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Un tío raro

EL LUNES TE CUENTO

Conocí a un tío raro. Me lo presentó una amiga de la Universidad. “Me han invitado a una fiesta con mi pareja –me dijo–, pero se da la circunstancia de que no tengo pareja”. Acepté encantado. “El anfitrión es un poco raro”, me advirtió de camino hacia una urbanización privada, de ricos y muy ricos, donde se celebraba la fiesta. A primera vista, el anfitrión me pareció un tío normal. Se quitó las gafas ovaladas para besar efusivamente a mi amiga, después me tendió la mano y dijo que sentía mucho placer de conocerme. Era uno de esos hombres maduros que se estancan después de pasar la década veloz (de los 30 a los 40 años) y permanecen quietos, parados, como en conserva. En este caso, sin una arruga en su cara suavemente bronceada ni una cana en su pelo castaño, peinado hacia atrás con gomina. Salvo la connotación química de su segundo nombre (le pusieron Protasio porque nació el 19 de junio, santos Gervasio y Protasio), no hallé más rareza en él. “Eso es porque no te has fijado bien”, dijo mi amiga. Paseábamos con un mojito en la mano por el enorme e historiado jardín que rodeaba la mansión de su amigo rico y “un poco raro”. Ella saludaba a sus colegas biólogos y veterinarios, allí invitados a cuenta del proyecto Lince Ibérico para la reproducción y conservación del felino montés. Yo quería hacer honor a mi oficio de observador y trataba de localizar visualmente al tal Protasio o Prota (su primer nombre era Ignacio) para descifrar su rareza. No era fácil. La noche empezaba a extender su manto y la tenue iluminación del jardín dificultaba la identificación de las personas. Nos sentamos en un banco de piedra y estuvimos contemplando el insólito vuelo de los murciélagos.

De pronto, lo vi.

–¿Ves como es raro? –dijo ella.

–Y se va a pegar una hostia.

–Eso le decimos, pero él turris burris.

Durante un buen rato estuve observando las evoluciones del tipo y, más que raro, me pareció un gilipollas o, por lo menos, más incongruente que el personaje de Ramón Gómez de la Serna en el relato del mismo título.

–¿Y anda siempre así?

–Si, desde que le conozco nunca le he visto andar hacia adelante, siempre para atrás.

–Supongo que lo hace para llamar la atención o para llevar la contraria a los demás, pero válgame Dios –repetí– si en una de esas no se cae y se estroncia o le atropella un autobús o…

–Él dice que no, que está desarrollando una mirada periférica como los animales herbívoros y que mientras tanto le vale con los espejitos retrovisores en los cristales de las gafas.

–Si es que hay gente pató –dije a lo Belmonte.

Unos años después, aquel rico anfitrión, propietario de grandes extensiones de tierras en Extremadura y marido de una hermosa mujer que había sido miss regional, se sufragó su escaño de senador y fue promocionado por el líder del partido conservador a la Presidencia del Senado. El vicepresidente de la Cámara Alta, que se sentaba a su lado y le veía tomar apuntes en una libreta oficial, me comentó que era un tío raro. Ya no caminaba hacia atrás, pues un trastazo le había curado aquella manía; ahora escribía palabras al revés, del final hacia el comienzo, como si llevar la contraria al orden natural y cultural de las cosas fuese lo suyo. Acabó en la oposición. Lógico.