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‘La verán mis ojos’ (XXIX): «El tesoro de don Amaro»

El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)
El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)

Por KEY GOOD

Una mañana fue Lucas a la estación de Chamartín a esperar a don Amaro, que venía de Lisboa en el Lusitania Express. Aquel don Amaro había realizado una larga travesía en un trasatlántico que cubría la ruta desde Río de Janeiro hasta A Coruña, tocando puertos en Veracruz y en la capital portuguesa, desde la que el viajero se trasladó a Ursaria. Era un hombre fuerte, de unos ochenta años, lento de remos y de palabra. Su forma de mirar le confería aire de mastín viejo y resignado. En cuanto bajó del tren, Lucas le saludó y él le dijo que traía unas ganas locas de fumar, de modo que buscaron un estanco, compró una cajetilla de Ducados y comenzó a fumar un cigarrilo tras otro, pues, según le dijo, aquel tabaco sabía superior.

Aquel don Amaro, un tipo perfectamente desconocido para Lucas, pronto se sintió desubicado en su viejo y nuevo país. Había ocupado el cargo de secretario general del sindicato de la banca y los seguros de la Unión General de Trabajadores, y pertenecido a aquellas Juventudes Socialistas que se pasaron en masa a la Tercera Internacional Proletaria y constituyeron la recia y batalladora base militante y militar del Partido Comunista de España, razón por la cual, los socialistas del renovado Partido Socialista Obrero Español no le querían ni en pintura y los nuevos dirigentes del sindicato ugetista, del que llegó a ser secretario general en el exilio tras la muerte de Francisco Largo Caballero en un campo de concentración, tampoco deseaban saber mucho de él, pues era comunista. A su vez, los comunistas le despreciaban porque era ugetista y ellos habían constituido sus Comisiones Obreras en los tajos durante los negros años de la dictadura y ahora mantenían una feroz competencia con la central ugetista por la primacía sindical.

Para don Amaro aquella división de los trabajadores carecía otro sentido y utilidad que no fuera la de beneficiar al gobierno y al patrón, así que enseguida comenzó a predicar la unidad sindical y expuso a los dirigentes socialistas y comunistas de uno y otro sindicato la conveniencia de unirse en una sola central obrera que, a su entender, debería ser la de mayor raigambre y renombre histórico, es decir la UGT. Pero eso equivalía a pedir la disolución de las Comisiones Obreras (CCOO), algo impensable para los comunistas, es decir, para los camaradas de su partido. Y significaba también “el entrismo y la contaminación” de elementos comunistas en la central ugetista, algo inadmisible para los socialistas y para el núcleo dirigente del sindicato. En teoría, unos y otros aplaudían sus palabras sobre la unidad sindical, pero en la práctica no. Después de unos días, todos le esquivaban.

Paseando las calles y bebiendo el vino de las viejas tabernas de Ursaría, Lucas compartió muchos recuerdos de aquel don Amaro, conoció la esquina donde los anarquistas le quisieron matar, pasó ante los portales de las fincas que albergaron las más concurridas casas de putas, miró las ventanas desde las que disparaban los quintacolumnistas… Detrás del edificio de Gobernación, en la Puerta del Sol, había un callejón, y al otro lado, un edificio de viviendas. “Unos días antes de la huelga general de octubre de 1934, los bancarios alquilamos el cuarto piso”, le contó señalando a las ventanas más altas de aquella casa. “Nos disponíamos a tender unos tablones sobre el callejón y a apoderarnos, armados con bombas y fusiles, de la presidencia de la República, pero a última hora suspendimos la operación”.

–¿Por qué razón?

–Los anarquistas se echaron p’atrás.

–Ellos dicen que apoyaron la huelga.

–En Barcelona hicieron algo, pero aquí la secundaron a medias. Entre eso y traición de los prietistas, carecía de sentido arriesgar el pellejo para tomar el Palacio de Invierno, así que suspendimos el asalto. La huelga revolucionaria sólo se verificó en Asturias, donde la represión del generalito canalla Yagüe fue terrible, terrible. En Madrid, Barcelona, Levante y Andalucía fracasó más o menos estrepitosamente.

A pesar de su aire cansado, el sindicalista se demostró un insaciable paseante. Ahora quería ver la cárcel modelo en la que permaneció encerrado con otros promotores de aquella huelga general revolucionaria desde octubre de 1934 hasta que fue liberado por la fuerza de las urnas en febrero de 1936. Luego fueron a ver la cárcel de Porlier, en el barrio de Salamanca. Era un colegio de escolapios situado entre las calles de Padilla y Torrijos, que ahora se llamaba Ortega y Gasset. Cuando llegaron al edificio, don Amaro miró la puerta y dijo: “Por aquí saqué al marqués de Urquijo la noche del 6 de noviembre de 1936”.

–¿Cómo fue eso?

–Aquella noche el marques salvó la vida dos veces.

–¿Dos veces..? –Se extrañó Lucas.

–Le tenían ahí dentro, con otros facciosos, ricachos, milicos golpistas y quintacolumnistas… Me costó un huevo persuadir a los carceleros de que le dejaran salir, pues era imprescindible su presencia en Bruselas para defender los intereses de la república. Después de remover Roma con Santiago, de hablar con no sé cuantos comités y de llamar a varios ministros, tuve que firmar un compromiso de custodia y devolución del pájaro para que me lo entragaran. Entonces, sin perder tiempo, le subí en el coche y le dije que se pusiera un traje, una camisa y una corbata que le había comprado. No le sentaba mal el traje. Como no tenía abrigo, le quité uno a punta de pistola a un ciudadano que pasaba por la calle de Serrano para que se abrigara. Luego, sorteando los arbitrarios controles de que los malditos anarquistas ponían por todas partes, logramos llegar al aeródromo de Cuatrovientos con bastante retraso sobre el horario previsto. El aviador Tonda nos esperaba con los motores del Douglas en marcha.

–¿A dónde me llevan?–Me preguntó el marqués.

–A París– le dije.

Y a aquel pobre hombre, forrado de millones, casi le da un soponcio. No sabía cómo ni por donde abrazarme.

–Ande, suba al avión y déjese de agradecimientos –le conminé.

El viejo sindicalista siguió mirando aquella puerta. En un momento, acercó la mano e hizo una raya con la uña de su pulgar derecho. Luego la retiro y limpiando las adherencias susurro: “La madera y la mujer, cada vez con más capas de barniz”.

Se alejaron del edificio y Lucas le preguntó para qué rayos llevaba a aquel aristócrata a París.

–Ahora te cuento… El marqués subió de dos zancadas la escalerilla y se coló en el avión sin saludar a los pasajeros. Me senté a su lado y le expliqué que todos los que íbamos eran gente de confianza, de modo que nada tenía que temer. Despegamos, pero no se tranquilizó hasta que el secretario del Tesoro, don Francisco Méndez Aspe, se acercó a él y le contó el motivo y alcance del viaje.

–¿Y cuál era el motivo?

–Te lo diré: el marqués tenía un buen paquete de acciones en la Chade, que era la compañía del gas y la electricidad, y en la aseguradora Sofino, de las que el Tesoro poseía casi la mitad del capital, pero necesitábamos su voto para desbaratar una estafa que había urdido el sagaz Francesc Cambó, accionista minoritario en ambas compañías.

–¿Y en qué consistía la estafa?

–Viendo el cabrón de Cambó que las tropas de los generales sublevados iban a entrar en Madrid de un momento a otro y que el Gobierno de la República no podía hacer para evitarlo y se batía en retiraba hacia Valencia, convocó por sorpresa una junta de accionistas de la Chade y de Sofino en Bruselas con el fin de anular las acciones del Tesoro y apropiarse de ambas compañías. Suponía, el muy ladrón, que en la situación desesperada en la que nos encontrábamos, con el Gobierno en retirada y el enemigo a las puertas de la ciudad, no estábamos en situación de defender los intereses públicos y de impedir su treta.

–Pero se equivocó más que la paloma de Alberti.

–Pues sí.

–¿Y el marqués aceptó votar con la República?

–Aceptó, vaya si aceptó. Se comprometió a votar con nosotros y a, cambio, le dijios que quedaría en libertad. De todos modos… ¡Oye, deja ya de mirar a las chavalas!

–Usted perdone, don Amaro.

–A mí también me gustan, pero me parece feo eso de volver la cabeza y mirarlas con tanto descaro.

–Es que yo padezco una…, no sé cómo explicarle…, una especie de deformación profesional. Desde hace años trato de reconocer a una que conocí, y he agarrado esa fea costumbre, bien lo sé, de mirarlas a todas a la cara para ver si alguna es ella. Lo siento, pero no lo puedo remediar.

El sindicalista le guiñó un ojo y dijo: “Déjala volar, que ya volverá si quiere”. Encendió otro cigarrillo y siguieron camino en dirección a la calle de Echegaray, donde Lucas conocía un restaurante asturiano muy bueno para comer bollu preñau, fabes, queso de Cabrales y otros productos de la tierra de Amaro.

–¿Qué paso con el marqués?, ¿cumplió el trato?

–Ni siquiera fue necesario que lo hiciera.

–¿Y eso?

–Antes de emprender el viaje, transmití por radio macuto a un contacto sindical el mensaje para aquel granuja se enterara de que Méndez Aspe y el marqués de Urquijo le esperaban en Bruselas, y, lógicamente, el muy sinvergüenza anuló la convocatoria.

–¡Joder, qué tipo!

–Me imagino su frustración al enterarse de que íbamos a Bruselas. Y después su la frustración de su frustración cuando se enteró de que no estábamos en Bruselas ni habríamos podido llegar a tiempo. Y encima, su frustración al cubo al constatar que Madrid no caía ni cayó.

–¿Y dejó libre al marqués?

–Naturalmente. ¿Qué otra cosa podía hacer con un hombre que aquella noche salvó la vida dos veces? No íbamos a liquidarle nosotros, ¿verdad? No éramos unos cuatreros, sino personas de bien. Don Francisco Méndez Aspe era la bondad, la honradez y la rectitud personificada. Tonda y el mecánico de abordo, del que no recuerdo el nombre, eran buenos socialistas. A Pedro Tonda todavía le vi hace unos días en el Gayoso antes de partir.

–¿Se comía bien en el Gayoso?

El sindicalista se rió.

–¡Quía, hombre! –exclamó; el Gayoso es la funeraria que montó un español allá en México, un negocio muy bueno: por sus salones acababan pasando, quisieran o no, casi todos los exiliados que iban palmando. Un buen negocio, esa funeraria. Con el paso del tiempo fue casi el único sitio donde solíamos encontrarnos los antiguos camaradas para dar el último adiós a de los nuestros.

–¿Qué suerte cupo el marqués para que burlara a la muerte dos veces la misma noche?

–Aquello fue… ¿Cómo te lo diría yo..?  Pura chiripa, una de esas casualidades que ocurren una vez en la vida. Verás… Despegamos con buen tiempo para volar, una noche clara, sin una nube… Tonda conocía perfectamente la ruta, ya que la había realizado muchas veces el mismo trayecto, casi siempre llevando y trayendo a ministros y altos cargos. Pero nada más cruzar los Pirineos, el tiempo fue empeorando, había borrasca y la atmósfera andaba revuelta. Volamos sobre las nubes, sin poder ver una sola luz allá abajo. El marqués dormía apaciblemente, envuelto en el abrigo que le había proporcionado, y don Francisco hacía lo propio dos asientos más adelante… Sólo se oía el ruido constante y monótono de las hélices, que invitaban a echar una cabezadita. Quizá por la excitación de los preparativos urgentes del viaje, la tensión de sacar al marqués de la cárcel o por la avidez de noticias y la angustia que me producía saber que los generalotes iban a asaltar Madrid aquella misma noche, yo no pude petar ojo. Volábamos, ya te digo, sobre aquellas masas nubosas sin ver una luz allá abajo. Me senté con Tonda en la cabina y, en un momento determinado, estableció contacto por radio con el aeropuerto de Orly. “En veinte minutos llegamos”, me dijo. Cuando ya estábamos sobre la vertical de París volvió a contactar y solicitó permiso para aterrizar. Pero le comunicaron que debía esperar porque en ese momento estaba descargando una tormenta de mil rayos y se habían visto obligados a cerrar el aeropuerto. Comenzamos a sobrevolar la ciudad, a la espera de que amainase la tormenta y nos dieran permiso para aterrizar, pero la respuesta de la torre de control no llegaba. Tonda mantenía la conexión abierta y preguntó dos o tres veces si podía iniciar la maniobra de aproximación, pero la respuesta era negativa. Ya llevábamos media hora sobrevolando París y yo veía a Tonda cada vez más intranquilo. Le pregunté si se encontraba bien o si pasaba algo, y me señaló el manómetro del oil: la aguja señalaba la reserva, el depósito de combustible estaba en las últimas. Le oí blasfemar y gritar a los de la torre, pidiéndo que nos dejaran aterrizar o acabaríamos estrellándonos sobre las casas, pero un tipo le repitió en francés y le explicó con cajas destempladas que la señalización eléctrica de la pista se había averiado a causa de la tormenta y que buscara otro aeropuerto. Tonda se cagó en sus muertos por no haberle informado antes. El aeropuerto más cercano era Orleáns y sólo nos quedaba esencia para ocho o diez minutos. Tonda sabía que con aquella reserva no podríamos llegar, de modo que se lanzó en picado y buscó un claro entre las nubes. Lo encontró y volvió a picar. Enseguida vimos el suelo. Planeó, soltó el tren de aterrizaje, apretó los dientes, salvó un riachuelo, una fila de árboles, una hilera de casas, más árboles, una granja, otra, y, de pronto, el avión dio un bote, otro y otro más sobre el suelo. Pero Tonda logró controlar y frenar el aparato antes de que nos estrellásemos contra una hilera de chopos. El avión no sufrió ningún daño y los pasajeros tampoco. Tonda estaba pálido. Sudaba. Supongo que yo y el mecánico también teníamos mala cara. Entonces el marqués se despertó. ¿Dónde estamos? Habíamos aterrizado en un prado cerca de Orleáns. La pericia de Tonda nos salvó la vida. Esa fue la primera vez que el de Urquijo se salvó aquella noche. Después nos enteramos de que habían sacado de madrugada a los presos de Porlier para trasladarlos a Guadalajara y de que antes de que llegaran a Alcalá de Henares, en Paracuellos del Jarama, los fusilaron como perros. Esa fue la segunda vez que el de Urquijo salvó el pellejo aquella noche.

Aquel don Amaro podía ser interminable. En su exilio mexicano había escrito varios libros que publicó un famoso y aprovechado editor que tenía dos mujeres con sus correspondientes hijos, una en México y otra en España, sobre la historia del sindicalismo español, los congresos obreros internacionales y sobre algunas operaciones económicas para pagar las armas a los soviéticos durante la Guerra Civil y para sobrevivir en el exilio después de la conflagración. Todos aquellos asuntos, trufados de aventuras personales, le convertían en un narrador excepcional. Sólo el deleite de un plato de fabada en el Garabatu le parecía una razón superior para emplear la boca en en menesteres distintos a hablar. Sin embargo, a los postres, mientras desmigaba un trozo de queso de Cabrales y lo regaba con sidra, diluyendo el olor prehistórico del ganado y triturando aquella masa con su tenedor para ingerirlo según la costumbre de su patria chica, retomó el relato de sus peripecias y, entonces, casi sin querer, con la lengua desatada por la sidra, confesó a Lucas que poseía un tesoro.

–¿Un tesoro de verdad?

–Naturalmente; una universidad de California me da un millón de dólares por él y otra de Washington me ofrece algo más.

–Eso es muchísima pasta, entre cien y doscientos millones de pesetas.

–Quizá más –repuso el sindicalista escanciando otro culín de sidra sin alterar el pulso y ofreciéndole el vidrio.

–¿Y en qué consiste el tesoro, si se puede saber?

–Son papeles, documentos y algunas joyas de oro y diamantes muy valiosas.

–¿Y donde lo guarda, si se puede saber?

–Los documentos siguen en México, en Veracruz, a buen recaudo, y las joyas siguen en Francia, creo que a buen recaudo también.

–¡Joer, don Amaro! No sabía yo que fuera usted multimillonario. Imagino que necesitará un ayudante, un secretario…

–De millonario, nada de nada; solo soy un jubilado bancario con una pensión en pesos y otra en pesetas para ir tirando; el tesoro no me ha dado más que dolores de cabeza y algunos gastos durante todos estos años, pero ya veremos.

Llegaron a la Cuesta de Moyano bastante alegres por efecto de la cuchipanda y las libaciones, y cuando don Amaro manifestó a don Nequin su preocupación por el asunto del tesoro, el librero sopesó la cuestión y se encogió de hombros sin ir más allá de una sencilla distinción entre las figuras del propietario y el poseedor. El origen del tesoro estaba meridianamente claro, los propietarios también eran conocidos, y el poseedor, con el bien ganado derecho a decidir, era él y sólo él. Ergo, allá él. Eso fue todo.

Resulta que en uno de aquellos vuelos nocturnos que realizaba a París el aviador Tonda para evacuar la recaudación de las llamadas Juntas de Reparación de la República, Amaro decidió empaquetar y salvar de las garras del enemigo, que se disponía a entrar en Madrid, los archivos de la Unión General de Trabajadores desde su fundación. Allí estaban las actas de las reuniones de la dirección del sindicato desde los tiempos fundacionales de Pablo Iglesias, Antonio García Quejido, Tomás Meabe y otros; estaban las cuentas del sindicato, los acuerdos, las huelgas, las reivindicaciones sociales, los conflictos y negociaciones, las grandes decisiones y protestas obreras, la solidaridad contante y sonante con las familias que quedaban desamparadas cuando los trabajadores morían en los tajos. Uno de los accidentes más terribles, con ochenta muertos, acaeció en la construcción de los depósitos de agua del Canal de Isabel II en Ríos Rosas, entonces canal de Lozoya, para suministrar el líquido elemento a los pobladores de la capital.

Aquella valiosa memoria de las largas luchas obrera, con sus victorias y derrotas, muchas derrotas, fue guardada en seis baules, llevada a la embajada española en París y, tras el triunfo de la dictadura en España y la amenaza de la ocupación nazi en Francia, trasladada a México por el propio Amaro en un buque y custodiada celosamente durante cuarenta años en Veracruz. El sindicalista había tenido tiempo de examinar a fondo aquellos documentos y de escribir varios libros sobre las organizaciones obreras y la lucha del proletariado. Su sabiduría de la materia bebía de las fuentes exclusivas y originarias y resultaba insuperable  a pesar de que, según decía, todavía le quedaban cuantiosos papeles y documentos por revisar e interpretar.

Los estadounidenses le mostraron, a don Amaro, muchísimo interés por adquirir aquella historia española y europea. Las universidades le pusieron precio y le ofrecían millones por el tesoro documental. En cambio, los nuevos dirigentes de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista, con los que había hablado del tema, no demostraban el menor interés ni estaban dispuestos siquiera a pagar el flete del barco o el transporte en avión de los famosos baúles. Con razón se sentía decepcionado. Era como si, de pronto, los nuevos dirigentes del partido y el sindicato del Abuelo prefiriesen ignorar a conocer y apreciar la historia o como si el aviador Borrajo tuviera más razón que un santo laico cuando lapidariamente dijo que ya no eran de este mundo.

El otro tesoro, el de oro, pedrería, plata y diamantes, parecía más fácil de rescatar. Y sin mayor dilación se pusieron manos a la obra. Lucas revisó el aceite, el agua, el aire, la batería, las bujías, las correas y otros detalles de la mecánica de su apreciado R-5, y al amanecer del día señalado recogió a Amaro en la puerta del hostal donde residía, cerca de la Gran Vía, y pusieron rumbo hacia a Irún. Almorzaron en San Sebastián, cruzaron la frontera sin problemas policiales y siguieron en dirección a Burdeos. Antes de entrar en los bosques de Las Landas se desviaron por unas carreteras secundarias que surcaban aquellas tierras amables y esponjosas. Amaro ejercía de copiloto y repetía: “Más rápido, más deprisa”; quería llegar a la casa del tesoro antes de que oscureciera. Lucas era un buen volantista y realizaba adelantamientos tan fugaces como temerarios. El R-5 en tercera, bufaba. Luego soltaba gas y el auto mantenía una gran velocidad, muy al gusto del sindicalista. Llegaron a una localidad costera, un pueblo deshilachado por el borde del litoral, y Lucas siguió las indicaciones del viejo sindicalista hasta una barriada de pescadores donde éste no tardó en identificar la casa.

Aunque habían transcurrido cuarenta años, la casa de sus recuerdos se mantenía en pie, remozada, pintada y con ventanales nuevos. Amaro se apeó del coche, estiró las piernas, respiró profundamente dos o tres veces, se acercó a la puerta y picó señales de morse con los nudillos y la palma de la mano. Veinte segundos después apareció una mujer delgada que parecía algo mayor que él, le miró fijamente por unos instantes, se restregó los ojos y exclamó: “¡¿Marito…?!” Amaro le contestó: “¡¿Carmenxtu!?, ¡Carmenxtu mía!” Y se abrazaron y comenzaron a besarse como locos.

Después, los dos se pusieron a llorar y se siguieron besando y acariciando. Lucas se sintió de más y se alejó hacia el muelle mirando las barcas de los pescadores mientras los dos viejos reverdecían sus sentimientos, su amor lejano y extraviado por las circunstancias forzadas que les había tocado vivir. Saludó a unas rederas que remendaban las mallas de pesca y siguió mirando al mar y recordó a Chin. ¿Cómo era posible que él no consiguiera encontrarla?

Unos días después de aquel viaje, don Amaro entregó a las autoridades regionales y al obispo de Cuenca, un hombre bocalán y reaccionario que odiaba la democracia con toda su alma, aquella caja de cartón que Carmenxtu y sus padres, una familia de pescadores vascos refugiados, había custodiado durante cuatro décadas en la tenada de su casa y que contenía la pedrería y las joyas del Portapaz del monasterio de Uclés, el famoso tesoro de Uclés, de incalculable valor.

Aquel don Amaro también había dejado en febrero de 1939 en la embajada de España en París la talla de la Virgen de Covadonga. La habían requisado los milicianos para ponerla a salvo de los moros mercenarios y la entregaron envuelta en su rico manto bordado en oro y convenientemente empaquetada a los delegados de las Juntas de Reparación, que la mandaron a Madrid junto con otros valiosos productos de las requisas destinadas a la compra de armas y municiones para defender la República. El bancario Amaro, adscrito al Tesoro, remitió a su vez aquella mercancía a la embajada española en París, desde la que se realizaban los pagos. Y pasado un tiempo, cuando la guerra se perdió y salió al exilio, encontró a La Santina entre los objetos embalados y almacenados en el sótano del edificio de la legación. La podía haber facturado hacia México en el buque Vita, que era el Giralda II de Alfonso XIII debidamente calafateado, reparado y rebautizado, como hizo con otros objetos que allí había, pero la colocó en un armario y allí la encontró el nuevo embajador designado por el dictador, señor Lequerica, “que se debió llevar un susto de cojones antes de ponerse a gritar ¡Milagro, milagro!, el muy fascistón”, se reía el sindicalista.

Algún tiempo después, con la mediación y ayuda de Lucas y Nequin, el sindicalista reunió los posibles para repatriar los archivos del sindicato y entregarlos a la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista. Se podía haber lucrado con la sencilla e indolora operación de fotocopiar los valiosos documentos, mercar los originales a una de aquellas universidades que tanto dinero le ofrecían y entregar las copias, si interesaban –que no interesaron–, a los nuevos dirigentes de su histórico sindicato. Pero en vez de obrar como empezaba a ser costumbre en los miles de individuos que ingresaban en las filas del partido y del sindicato de Pablo Iglesias para conseguir prebendas y cargos, actuó como lo que era, un hombre honrado, un patriota incapaz de obtener provecho de aquel tesoro que con tanto esfuerzo salvó de las garras de la ignorancia y la crueldad de los reaccionarios y con tanto celo conservó durante muchos años. ¿Cómo iba él a entregar un fragmento de la historia del sindicalismo español, por pequeño que fuese, a los americanos y traicionar a su país y a su clase, la trabajadora? Eso, de ninguna manera, pues tampoco pertenecía aquel don Amaro a la crecida y creciente ralea de obispos, clérigos, coadjutores y demás patriotas que mercaban tabla a tabla, piedra a piedra, pergamino a pergamino, el inagotable patrimonio histórico y artístico de la nación.

Acerca de don Amaro, de sus tesoros, libros y aventuras escribió Lucas Ubiese un puñado de reportajes. Como otros desexiliados, daba de sí para contar. La calidad humana de aquella gente impresionaba tanto al reportero que se prometía a sí mismo escribir cinco, diez, quince…, quizá más biografías noveladas cuando tuviera tiempo, aunque luego le daba otra pensada y se preguntaba a quién rayos podían interesar aquellas vidas de santos, apóstoles democráticos.

–¿Cree usted, don Amaro, que volveremos a ver la República en España? –Preguntó al viejo sindicalista.

–No lo creo.

–¿Por qué?

–Porque no se dan las condiciones ni se darán en mucho tiempo: la clase obrera ha cambiado mucho y la historia no se repite. Pasará mucho tiempo, generaciones, vendrá el siglo XXI, tendrás nietos, llegarán nuevos inventos, grandes avances… Lo más importante es que no haya guerras ni dictadores ni regímenes criminales. Con eso y con una justicia norte-sur que permita distribuir mejor los recursos del planeta y acabar con el hambre y las epidemias ya me daría yo con un canto en los dientes.