Recapitulación: En los capítulos anteriores hemos visto la precipitación de acontecimientos hacia el final de la dictadura y cómo Leonardo Rabadán o Raba desprecia la apuesta entre Lucas Ubiese y el viejo librero republicano Nemesio Quintana, Nequin, sobre si al final de la dictadura vendrá o no la república, y le dice que lo que hay que hacer para ganar dinero es sustraer el maletín que regularmente, una vez al mes, un alemán con aspecto de nazi coloca a los pies del general Ferrari en la tertulia que mantienen en La Campana. Los militares, gente de intendencia, suelen hablar con el alemán y su acompañante de proyectos extraños, como la búsqueda de petróleo en los Pirineos, y de suministro de fármacos y otros productos como gafas de visión nocturna, y Rabadán y Lucas concluyen que el contenido del maletín que el alemán entrega al pequeño general Ferrari no contiene otra cosa que el dinero del porcentaje que el birria del general se lleva a cambio. Tras fracasar en el primer intento, Raba logra arrebatar el maletín al milico aprovechando el barullo que organiza la troupe de acompañantes del gitano Juanito, marchante de arte, acompañado de la Mujer Morena de Julio Romero de Torres. ¿Qué ocurrirá después?

Por KEY GOOD
A Leonardo Rabadán o Raba le fue mudando el semblante y adquirió la expresión alegre de un colegial el último día de escuela. Se le notaba más desenvuelto que de costumbre. Dejó de beber cerveza durante el día y destilados por la noche. Su rostro sanguíneo fue adquiriendo color rosado. Manolo Bolo y algunos parroquianos notaron el cambio y la cocinera Tinina le preguntó si se había echado novia. El se rió y no contestó. Ella dijo: “A mí no me engañas, pillín”, y se sintió un poco decepcionada de que no le contara cómo era la mujer de la que se había prendado. El jefazo Marzo parecía muy complacido de que al menos uno de sus empleados fuese feliz.
Raba se las ingenió para sacar de la cueva la garrafa con el maletín y poner el dinero a buen recaudo. No dijo a Lucas donde lo había depositado. Sólo le informó de que había contado el botín y le aseguró que le tocaban dos millones contantes y sonantes. Era mucho dinero, aunque no tanto como a primera vista le había parecido. “Somos ricos, chico, pero hay que esperar y actuar sin levantar sospechas”, decía Raba.
Su vientre cervezoide fue bajando de volumen, se adecentó la sudorosa pelambrera y una mañana llegó tarde porque había acudido a la consulta de un odontólogo a curar las caries y limpiarse los piños. Parecía otro, Raba. Se compró ropa nueva, pantalones, una chaqueta de entretiempo y varias camisas de pinza que le sentaban bastante bien. En la calle, sin la chaquetilla y el mandil de camarero, no parecía un operario del montón. Lucas le observaba y no ocultaba su preocupación. Una noche primaveral, Lucas, fiel a su costumbre, ayudó a la Ratita a correr la mampara del cierre de la tienda de subvenir. Y puesto que el don Juan de Inesita se retrasaba, la acompañó hasta la esquina del Picardías para protegerla de los cabrones borrachos que andaban a putas por las angostas calles de la zona. En esas vio a Raba parar un taxi en la calle de la Cruz. Vivía lejos, Raba. Concretamente, en un piso de planta baja de treinta y cinco metros cuadrados en la barriada del Pilar, más allá de las chabolas de Peña Grande, y un taxi hasta allí costaba el bote de una semana. Ya no dudó de que el colega había comenzado a dar curso al botín mientras a él le pedía paciencia.
–Paciencia ¿hasta cuando, Raba?
–Hasta que se asienten las cosas.
Lucas quería que le adelantara una parte de su parte para poner un anuncio en los diarios con el fin de que Charín pudiera leerlo y dar señales de vida. La lista de Martínez era interminable y empezaba a estar harto de llamar por teléfono preguntando por Charo. Pensó un texto escueto: “Busco a Chin, mi único amor verdadero”, seguido de la dirección del estadero.
–Paciencia hasta que las cosas se asienten –insistía Raba un día y otro más.
–¿No acabaremos como en Sierra Madre, verdad? Yo no soy Bogart y me fío de ti, pero no me la juegues, camarada –le decía Lucas.
–Tranquilo, chico, que tampoco yo soy Tim ni el viejo Walter.
Ocurrieron cosas: con bastantes días de retraso sobre la fecha de autos, un diario de la tarde que era propiedad de la Hermandad de Combatientes publicó una noticia según la cual se había registrado una reyerta entre unos ladrones de raza gitana y unos policías militares de servicio que pasaban por la plaza de Santa Ana y se vieron obligados a intervenir en cumplimiento de su deber para evitar que aquellos individuos asaltaran y desvalijaran una joyería, de resultas de lo cual, resultó herido de muerte un gitano, dos fueron detenidos y los demás pusieron pies en polvorosa. Al parecer pertenecían a una peligrosa banda de ladrones de joyas, obras de arte y objetos valiosos. El caso era muy serio y el cronista felicitaba a los valerosos agentes de la policía militar por su desinteresada contribución al orden y a la preservación de la propiedad privada con riesgo de sus propias vidas.
Poco después, otro diario de la tarde se hizo eco en primera plana y en una página interior del fallecimiento del oficial austriaco del Tercer Reich Otto Skorzeny. El diario ilustraba la información con una fotografía del finado. La foto era antigua, pero el muerto era mismo don Otto que visitaba La Campaña en compañía de don Bernardh. Según la información, aquel hombre había sido oficial de las SS, el cuerpo más temido del régimen nazi, y hacía el número trece de la lista de genocidas condenados en ausencia por el tribunal de Nuremberg.
Raba guardó el periódico y se lo enseñó a Lucas en la cueva. “Lo ves, chico; esos tipos eran unos asesinos”. Al menos, por lo que decía el periódico, aquel don Otto era un criminal de guerra que vivía protegido en España por el régimen del dictador PTC. Lucas se quedó boquiabierto. “Y los hemos jodido, chico; los hemos jodido bien jodidos”, decía Raba sin poder contener su alegría.
El periódico relataba algunas gestas de aquel don Otto. Por lo visto, aquel hijo de la gran puta se había disfrazado de oficial estadounidense y había asesinado a más de cien militares norteamericanos apresados en la batalla de Las Ardenas. Era un jodido tramposo, un criminal hábil y escurridizo que, como otros muchos, consiguió abandonar Alemania antes de que las tropas soviéticas entraran en Berlín.
Según el periódico, aquel criminal nazi apareció con identidad falsa unos años después en Sudáfrica y realizó innumerables trabajos sucios para la CIA. Desde el país del cruel Pedro Botha, que mataba negros como hormigas, el canalla don Otto se trasladó a vivir a España, donde contó con la protección del régimen del dictador y se dedicó a hacer negocios.
La crónica también narraba la solemne despedida del cadaver: un grupo de oficiales españoles y una compañía del Ejército del Aire dispensó honores nocturnos al finado en un hangar de carga del aeropuerto de Barajas. Después metieron el féretro en un avión militar, fletado para la ocasión, y lo transportó de regreso a su tierra, Austria, pues era austriaco y no alemán.
La información venía ilustrada con unas fotografías muy oscuras en las que no se distinguía bien las caras de los asistentes a la despedida. Raba señaló a un tipo pequeño y dijo que bien podía ser el general milagro. Entre los que aupaban el féretro a la bodega del avión había una mujer y un paisano que podía ser su amigo don Bernardh.
–Si hubiera sabido que ese don Otto era un criminal nazi no se habría ido de rositas –dijo Lucas doblando el periódico.
–¿Qué habrías hecho tú, criatura?
–Joer, Raba…, envenenarlo.
–¿Envenenarlo…? ¡Menuda cosa! ¿Cuánto crees que habrían tardado en agarrarte, molerte a palos y enchironarte? ¿Para eso has estudiado? Hay que cavilar un poco, chico, y no obrar al tuntún.
Tenía razón Raba, siempre la tenía.
–¿Y tú que habrías hecho?
–Lo que hemos hecho: joderlos bien. ¿Quién te dice a ti que a éste no se lo han cargado los suyos por lo del maletín?
–¿Tú crees?
–Nos ha jodido si creo. Esa gente no tiene piedad ni misericordia. Date cuenta de que esos tipos se roban unos a otros, se traicionan… ¿Quién te dice a ti que el asesino ese, que trabajó para la CIA, no denunció a alguno y le dieron pasaporte? ¿Cómo te explicas que un tipo de aspecto saludable, que comía y bebía como un buitre, las haya diñado de la noche a la mañana?
Lucas se quedó pensando; desde luego, aquel don Otto alto, fuerte, huesudo, al que había servido vino fino, jamón, lomo, pescadito frito y queso en aceite hacía menos de dos semanas no tenia pinta de morirse. Todo era muy raro.
–Hay un libro de Frederic Forsay –dijo– en el que aparecen unos judíos que buscan a los nazis para ajustarles las cuentas. Esos judíos tienen una red en todo el mundo y se alertan unos a otros para cazar a los que perpetraron el holocausto. Yo creo que en Madrid deben tener algún delegado. Sería cuestión…
–¡Eh! Para el carro, chico… No te metas donde no te llaman, ¿estamos?
–Si, claro. Pero había pensado que si el otro alemán, don Bernardh, también es un criminal nazi podríamos facilitar a esa red los datos para que lo atrapen cuando vuelva por aquí.
–¿Y qué vamos a ganar con eso?
–Una satisfacción.
–¿Una satisfacción…? ¡Menuda cosa! Lo primero que debes saber es que la satisfacción se compra y los judíos no pagan. Esos lo quieren todo para ellos. No esperes que un judío te agradezca ningún favor; antes al contrario, esos tipos te venden sin que les importe si a la vuelta de una esquina los camaradas del nazi te apalean y degüellan como a un perro. Olvídate, chico. Y recuerda que la primera colaboración ha de ser con uno mismo.
Pasaron cosas: el general Ferrari no volvió a aparecer por La Campana y el jefazo Marzo se interesó por el distinguido cliente. El capitán Orejas le dijo que había sido trasladado a un destino de alta montaña, concretamente, a la provincia de Huesca, donde dirigía un proyecto muy importante para España.
–Muy importante y urgente tiene que ser cuando ni siquiera ha pasado a despedirse de los amigos –observó el jefazo Marzo.
–Lo es –dijo lacónicamente el capitán.
–¿De qué se trata, si se puede saber?
–Almacenaje de gas –contestó, renuente, el capitán.
–Algo he leído sobre el proyecto de gasificar España. ¿Entonces es cierto que se disponen a almacenar millones de metros cúbicos de gas natural en las oquedades del subsuelo aquel?
–Pues ya lo sabe usted –dijo el capitán.
–¿Tiene usted su dirección?
El capitán se la dio y el jefazo Marzo ordenó a Raba que empaquetase un jamón y se lo envió por un servicio de transporte de puerta a puerta.
–¿Le debe algo? –preguntó Lucas a Raba al observar.
–Munición de caza.
La tertulia de los señores milicos había menguado hasta el punto de que sólo el capitán Orejas, el Marino y, muy de tarde en tarde, el coronel Ayala aparecían por allí. El capitán miraba con desconfianza y resquemor a los parroquianos, especialmente al banderillero Molina y a los señores galguitas. Y cada tarde preguntaba a Lucas cuánto ganaba, si la casa le trataba bien, si tenía amigos y familia. Eran preguntas extrañas a las que el camarero contestaba con monosílabos, pues Raba le había advertido de que aquel tipo era peligroso y no cejaría en sus pesquisas hasta obtener algún rastro del cartapacio. “Mientras estos gordos no desaparezcan no tendremos margen de maniobra, chico”.
Una tarde, como para entretenerse mientras aparecía su compañero el Marino, el capitán volvió a la carga con sus inocentes preguntas a Lucas sobre la catadura de los clientes, de los compañeros y del propio Raba. Y él le contestó de ahecho: “Mire usted, capitán, seamos francos; usted quiere saber qué pasó con el maletín que los señores alemanes le entregaban ahí por debajo de la mesa al general Ferrari, ¿no es cierto? Pues sepa usted que yo no lo sé. Ya se lo dijimos a él. Lo que yo vi, y supongo que usted también, fue que entró el conductor y el general salió con su maletín. Y apenas una hora después regresó con dos policías militares diciendo que le había puesto serrín. Lo registraron todo, rompieron botellas, derramaron bandejas y no encontraron nada. ¿Por qué no se lo pregunta usted a él? Y si usted sospecha de algún cliente, diríjase a él y no me pregunte usted más, pues yo estoy para servir, no para decir qué me parecen los clientes por los que usted me pregunta”.
Aquella mole de capitán soltó una sonora carcajada y con ademán campechano exclamó: “¡Así me gustan a mí los hombres!, sinceros, honrados, intuitivos. En confianza te lo digo: tú vales, chaval”.
Y pasaron más cosas: Lucas Ubiese no podría olvidar el día de San Perfecto en santoral zaragozano porque aquel lunes apareció Leonardo Rabadán o Raba exhibiendo la fotocopia de un boleto de la quiniela con catorce aciertos. La cocinera Tinina se lo quería comer a besos. El jefazo no daba crédito a lo que oía y veía. “Toda la vida jugando diez pesetillas y nunca había pasado de diez aciertos, pero ya ven, la perseverancia llama a la suerte”.
–Desde luego, la suerte es algo que, como el amor verdadero, sobrevendrá una o dos veces cada siglo –dijo Lucas un poco desazonado por la negativa del querido compañero a adelantarle parte de su parte para pagar el anuncio a su Charín.
Raba le contestó con una mirada fría que le heló el corazón y luego se encerró con el jefazo en la oficinucha. Cuando Lucas subió de la cueva con las botellas rellenas de vino, Leonardo Rabadán o Raba ya había desaparecido. Tinina le dijo que había tenido algunas palabras más altas que otras con el jefazo y que al final se abrazaron y Marzo le dio un habano para el viaje y le dijo que aquella era su casa y que si volvía, ya sabía donde estaba, y por ahí p’allá…
Lucas recordó las palabras de Raba: “La vida es esto, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”. Tal vez nunca le volvería a ver. A estas horas estaría embarcado en un avión hacia Cuba para quedarse a vivir en la isla con Minegra y Michica, que eran su familia. “Adiós, Raba, que te vaya bien; después de todo, sabías lo que querías y lo planificaste y ejecutaste cojonudamente. Tenías razón cuando decías que en esta vida nada es lo que parece y lo que parece no es. Siempre te recordaré como un tío listo con apariencia de tonto y como un buen rabadán, conocedor del rebaño humano, y como un trampero”.