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29.–De paso por Afganistán

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Antes de volver a Irak, el Abuelo fue enviado a Afganistán. La derecha política mandaba en España. Después de cuatro años de gobierno con el apoyo de la derecha nacionalista catalana que lideraba Jordi Pujol i Solé, y de una apresurada privatización de las entidades de crédito y empresas públicas más rentables y saneadas a favor de significados amigantes (amigos mangantes) de los más destacados miembros del Gobierno (“La gran expropiación”, tituló el periodista José Mota un libro al respecto), esa derecha extractora obtuvo mayoría absoluta de los votos en las elecciones generales del año 2000. Ya podía legislar, hacer y deshacer a antojo, sin que la izquierda (socialdemócratas) en la oposición pudiera enmendar o vetar sus planes en el Parlamento. Y lo primero que el entonces jefe de Gobierno hizo ante la enormidad de los atentados en Estados Unidos fue cumplir su obligación de ponerse a disposición del presidente del país agredido para machacar a Al Qaeda y combatir a los talibanes, que se habían apoderado de Afganistán y constituían la base del terrorismo islámico sin fronteras. El presidente norteamericano pidió apoyo militar a los aliados de la OTAN y el jefe del Gobierno español envió una agrupación de medio millar de legionarios a Afganistán. Pidió apoyo logístico y éste aportó aviones Hércules de transporte de personal y material. Pidió el uso de las bases militares USA en España (Rota y Morón) sin limitaciones y éste respondió afirmativamente. Los militares españoles llegaron al atrasado y belicoso país asiático, considerado el mayor productor y exportador de opio (heroína) del mundo, cuando ya los estadounidenses habían realizado el trabajo (sucio) de expulsar del poder en Kabul a los fanáticos de Alá. Los talibanes presentaron poca resistencia. Ante la llegada de los imponentes batallones estadounidenses, armados hasta los pelos y provistos de helicópteros artillados con la más avanzada tecnología de combate, pegaron cuatro tiros y desaparecieron de la noche a la mañana. Muchos escondieron sus armas y se disfrazaron con piel de cordero. Incluso permitieron a sus mujeres desprenderse del burka y airear la cara. Otros huyeron de la capital como alma que lleva el diablo y se refugiaron en las intrincadas montañas y los profundos valles y desfiladeros del sureste de aquel ignoto territorio donde habían combatido a las tropas de la Unión Soviética hasta obligarlas a abandonar el país, una derrota que marcó el principio del fin de la URSS. Ahora la situación era distinta. Los proveedores de armas a los talibanes antaño eran sus enemigos hogaño. Así las cosas, con Kabul liberado y los talibanes replegados a la abrupta región montañosa de Tora Bora, en cuyas cuevas se escondían sus jefes predicadores y combatientes –mulás, imanes y demás seguidores del sanguinario y endemoniado Bin Laden–, quedaron los soldados españoles en la segunda línea de la retaguardia estadounidense, en misión de control y “estabilización” del país. En la práctica se trataba de patrullar algunas carreteras (había pocas) de entrada y salida de las poblaciones asignadas, con el doble fin de infundir temor a los terroristas e inspirar confianza a la amable población pastún. Aquella gente sufría una guerra interminable y había soportado la desaforada crueldad de los talibanes en el poder, de modo que agradecía como agua de mayo la presencia del contingente militar español de seguridad y protección. Esa era la situación cuando T llegó a Kabul para informar de las misiones de los militares españoles. Envió algunas crónicas, viajó a Herat –próspera ciudad comercial de una comarca agrícola y ganadera, fronteriza con Irán, donde la agrupación militar española se mantendría varios años– y se desplazó a Mazar-i-Sarif, en el norte del país. El cometido principal del destacamento español en esta ciudad de casi medio millón de habitantes consistía en distribuir e instalar las urnas de votación por los diferentes colegios electorales y en vigilar las elecciones individuales, libres, directas y secretas para elegir a los representantes en la asamblea o parlamento nacional. En términos oficiales, las funciones de los soldados profesionales allí enviados eran decisivas para “democratizar” el país. En términos reales todo siguió igual. El avión militar (un Hércules) en el que T llegó a Mazar-i-Sarif sobrevoló las montañas de Uzbekistán, el caudaloso y fronterizo Amu Daria y descendió soltando señuelos para protegerse de los francotiradores. Aterrizó en una estrecha pista asfaltada como si fuera un tramo de carretera (con baches). Por unos segundos no atropelló a una vaca que cruzaba cruzaba la pista en aquel momento, pero le pegó un buen susto. Una caseta con una antena en el techo servía de torre de control. Un terreno yermo del precario aeródromo en el que había una avioneta estacionada, un edificio acristalado de planta baja como sala de despacho y espera y dos depósitos de combustible, fue el lugar asignado a la agrupación militar española para que instalara su campamento. Un camino con algunas motas de asfalto enlazaba con la carretera general por la que se llegaba a Mazar y a otros asentamientos humanos, formados por sucesivos corrales de ocres tapias terrosas mordidas por el viento. Unos tipos armados con fusiles ametralladores controlaban ese y los demás caminos y carreteras de la provincia de Balj. Sus descoloridos turbantes, grises atuendos y luengas barbas les conferían un aire siniestro, acentuado de cerca por la frialdad de las miradas de sus ojos vivarachos y por el sonido tonitonante de las pocas palabras, como ladridos, que pronunciaban. Los tipos te echaban el alto y si no parabas te cosieran a balazos. Examinaban el coche por fuera y por dentro. Si no querían dejarte pasar, no pasabas. Para que quisieran, tenías que pagarles un puñado de dólares (no aceptaban moneda local). Y si no llevabas billetes del Tío Sam se volvían exigentes y te podías quedar sin teléfono portátil. Los celulares eran lo primero que arrebataban a los civiles extranjeros, seguidos de otros utensilios de trabajo de los reporteros como las cámaras y los pequeños ordenadores portátiles. Si, como era el caso, ibas bien informado sobre aquellas bandas de seres salvajes al servicio de un magdi o señor local de la guerra, y dejabas a buen recaudo las herramientas de trabajo y los objetos de valor, al final se conformaban con una cajetilla de tabaco (tasa habitual de los soldados españoles), un reloj, unas gafas de sol o alguna camiseta que les llamara la atención. Aquellos mujaidines eran los putos amos. Veintidós años de guerra contra invasores extranjeros y una pobreza extrema les habían configurado como alimañas al acecho de una presa, cualquier presa más débil que ellos. Di tú que para entonces hasta los periodistas más intrépidos e insensatos debían de ser conscientes de cómo las gastaban, pues una partida de aquellos sujetos feroces, a los que la vida del prójimo importaba una mierda pinchada en un palo, habían asesinado al reportero Julio Fuentes y a otros colegas que se resistieron a ser robados y probablemente violados. Aquello ocurrió en el otoño de 2002, un año y un mes después de que los fanáticos de Al Qaeda derribaran las Torres Gemelas y atacaran al Pentágono. Fuentes y otros periodistas europeos habían llegado a Afganistán desde Pakistán. Cruzaron la frontera desde Peshawar por la carretera que unía ambos países. Era el camino más corto entre Islamabad y Kabul, capitales de los dos Estados. Se concentraron en Jalalabad, ciudad de mayoría pastún, en la confluencia de los ríos Kabul y Kunar. Allí esperaron el permiso para poder seguir hasta Kabul. En aquella zona se habían librado combates recientes y las tropas estadounidenses, con la orientación y ayuda de guerrilleros pastunes, habían expulsado a los talibanes hacia las montañas del sur. En teoría controlaban aquella ruta cuando comunicaron a los periodistas que ya podían abandonar Jalalabad y recorrer los 150 kilómetros que les separaban de la Kabul liberada. El reportero español, que un día antes había publicado una crónica sobre una base abandonada de Al Qaeda en la que había localizado varias cajas de gas sarín, madrugó y se puso en marcha. Le gustaba ser el primero, cazar primicias. Iba con su colega y amiga del Corriere della Sera Grazia Cutuli. Otros periodistas de la Agencia Reuters les siguieron. Los demás se tomaron su tiempo y demoraron su salida hasta el día siguiente. Cutuli y Fuentes llevaban dos horas de ruta cuando, en el puente de Pul-i-Estikam, cerca de la localidad de Sarobi, un grupo de individuos armados con kalashnikov salieron de entre las piedras y les cortaron el paso. El conductor paró. “Bandidos”, dijo el intérprete. Algunos les apuntaban con las armas desde la orilla de la sinuosa carretera mientras otros les conminaban a salir del coche con sus enseres personales. A partir de ahí se desconoce lo que ocurrió en realidad. Sólo se sabe que a Julio le partieron la nariz de un culatazo, probablemente por resistirse a que les robaran o por defender a su compañera, una mujer con la cabeza descubierta y el pitillo en la boca que, sin duda, excitó los bajos instintos de las alimañas, prestas a secuestrarla y violarla. En plena discusión, llegó el coche de los reporteros de Reuters Azizulah Haidary (fotógrafo afgano) y Harry Burton (cámara australiano), quienes se apearon a ayudar a sus compañeros. Los bandidos se soliviantaron. No querían testigos. Obligaron a los conductores e intérpretes oriundos a salir por pies, conminaron a los cuatro periodistas a caminar por la polvorienta carretera hasta pasar una curva y los empujaron a punta de fusil hacia una oquedad de la montaña, al abrigo de las miradas de los escasos transeúntes. Separaron a Azizulah, forzaron a los tres occidentales a hincarse de rodillas y dispararon a quemarropa. El cuadro de Goya. A Fuentes le dieron en la cabeza, el cuello y un hombro. Para el reportero afgano reservaron una muerte más lenta y dolorosa. Quizá porque, al colaborar con los occidentales, le consideraron un traidor o porque pertenecía a la etnia hazara, muy odiada por los pastunes, le rebanaron el pescuezo y murió desangrado. Una placa en el centro de prensa de Kabul recodaba el martirio de los cuatro periodistas asesinados cuando el Abuelo pasó por allí, de modo sí, claro que estaban avisados sobre el comportamiento de aquellos homínidos del monte, bien armados y municionados con los malditos AK-47, los famosos fusiles ametralladores soviéticos de los que en 1991, año de la desintegración de la URSS, se habían facturado más de cien millones de unidades a todos los confines del planeta. En las guerras se cometían las mayores atrocidades, y en Afganistán, con dos generaciones de jóvenes que no conocían otra cosa que la miseria y la guerra, se perpetraban las peores canalladas. Aunque invariablemente morían más civiles que militares, en el conflicto afgano, bautizado por los estadounidenses con el nombre de Libertad Duradera, perdieron la vida ciento dos uniformados españoles (tres eran guardias civiles y dos policías) y resultaron heridos ochenta y seis. Murieron además dos intérpretes nacionalizados españoles y otro fue herido. Los que no cayeron en accidentes –62 murieron al estrellarse en Turquía el avión de alquiler en el que regresaban a casa y 17 al caer el helicóptero en el que patrullaban cerca de la ciudad de Herat–, fueron víctimas de emboscadas, tiroteos y bombas trampa. A pesar de los riesgos, la pérdida de muchos compañeros y la decisión del ministro de Defensa del PP y el Opus-Dei Federico Trillo de entregar los restos de 30 fallecidos en el accidente del Yak-42 sin haberlos identificado, los militares españoles hicieron su trabajo y, prórroga tras prórroga, permanecieron por más de quince años en aquel belicoso país. Sobre la misión de proteger y vigilar las elecciones en Mazar-i-Sarif, T resumió: “Llegó el día de los comicios, se votó, ganaron los que no podían perder, los poderosos señores de la guerra, subí al avión y me largué rumbo a Kirgicistán”. Sobre la Libertad Duradera el Abuelo dijo frunciendo el ceño: “En cuanto se marcharon los norteamericanos, los talibanes volvieron al poder”. Di tú que en los veinte transcurridos localizaron y liquidaron a Bin Laden. Estaba escondido en Pakistán. Lo mataron y arrojaron su cadáver al mar en algún lugar no identificado.