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‘La verán mis ojos’ (XVIII): «Identificado»

Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación
Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación

Por KEY GOOD

El agente de la casa de anuncios por palabras leyó en voz alta con tono papal la frase que Lucas acababa de escribir en el impreso: “Chin, encuentra tu amor verdadero”. Y debajo: “Librería X de Moyano”.

–¿Le quito la coma? –Preguntó.

–De ninguna manera.

–Tenga en cuenta, fraile, que le sube un pico.

–Tanto da –dijo Lucas.

–Así pues, con coma, diría… –el tipo repitió la frase–, y sin coma diría… –la repitió otra vez.

Arreciaron las risitas de varios jóvenes que aguardaban turno para poner sus anuncios. Dos oficinistas levantaron la cabeza y se le quedaron mirando con ojos de grulla. El publicista, un hombre de pelo engominado y perfectamente trajeado, añadió:

–¿Usted dirá?

–Con coma he dicho.

El publicista tecleó una maquina de calcular que tras un rugido de tripas escupió un papelito con el importe.

–¿Desde cuando, padre, se dedican ustedes a cristianizar a los chinos? –Le preguntó.

—Desde siempre, querido amigo.

–No creo que les compense –repuso el publicista mostrándole el tiket.

–Bueno, ahora me va a hacer el favor de poner también el anuncio en inglés –le pidió Lucas,

El publicista modificó su expresión irónica y dijo bajando la voz:

–Escríbalo usted si me hace el favor.

–¿No sabe usted inglés?

Negó con la cabeza.

–Pues ponga: “Find your trae love Chin”, sin coma.

El publicista no entendió la frase y Lucas le deletreó cada palabra, escuchando a sus espaldas las renovadas risitas de los anunciantes que esperaban turno. A continuación le ordenó que publicaran la frase también en francés, idioma que el publicista también ignoraba y que dio lugar a nuevas risitas. Lucas pensó: “Estas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles”. Tras deletrear: “Trouvez votre amour vre” y pagar el importe de la factura a nombre de la Orden del Carmelo, exenta de impuestos, abandonó aquella oficina publicitaria.

Todavía era temprano, pero la plaza del Callao ya estaba tomada por decenas de grises en guardia contra una manifestación de estudiantes que se anunciaba para el mediodía. Tenían cara de brutos, los grises. Los reclutaban en los pueblos, les inculcaban la obediencia ciega, les adoctrinaban contra el enemigo subversivo, los armaban y los sacaban de los cuarteles para aporrear y disparar botes de humo tóxico y pelotas de goma contra quienes se manifestaban en las calles pidiendo a gritos derechos y libertades.

Puesto que Nequin le había indicado que no abriese la caseta hasta las doce de mediodía por respeto a la competencia con los colegas vecinos, caminó sin ninguna prisa hacia la Cibeles, parándose aquí y allá para comprar un bolígrafo, sellos, sobres para cartas aviónicas, ropa interior y exterior, unos zapatos, un pijama y unas gafas de atrezo con la montura de pasta negra y los cristales redondos, estilo Miaja y Azaña, que le conferían un aire extraño y antiguo. Ya en el establecimiento se desprendió del escapulario y la túnica frailuna y puso unas letras a su hermano Richard y a la tía Zulaica para comunicarles que se hallaba bien, aunque prófugo, sin haber delinquido, pero bien. Chirriaron las bisagras de las casetas vecinas y cuando llegó don Nequin, volvió a ponerse el hábito y se ausentó a echar las cartas. Desde el Palacio de Correos y Comunicaciones siguió caminando hasta la Biblioteca Nacional. Cruzó la entrada que había en la mitad de la verja que rodeaba el impresionante edificio y subió la escalinata hacia la puerta principal, flanqueada por unas estatuas tan descomunales como las de los visigodos de la plaza de Oriente, de Cervantes, Lebrija, Vives, Gracian…

Recordó un cuento, no sabía si del pulido Azorín o del desaliñado Baroja, en el que las palabras aprovechan el traslado de la sede de la Real Academia desde la calle de Fuencarral al nuevo edificio del barrio de los Jerónimos para fugarse de los cajetines en los que las tienen encerradas. Salen bailando, locas de contentas, las conjunciones y proposiciones, desfilaban los pronombres y los sustantivos, van a caballo los verbos y en burro los adverbios… La manifestación es alegre, confusa, insolente, abundante, masiva, interminable. Ya la gran masa de palabras y palabrotas en libertad enfila el paseo de Recoletos y llena la plaza de Colón. Entonces, unos guardias muy severos que parecen académicos armados con máquinas de sancionar, despliegan unas barreras de paréntesis infranqueables y las encauzaron hacia la verja de la Biblioteca Nacional, donde las recluyen en el enorme edificio cuadrangular.

Al cruzar la puerta de la escalinata, Lucas creyó ver a uno de aquellos represores con un látigo en la mano. Era un hombre trajeado, de pelo ceniciento.

–¿Qué desea, padre?

–A la paz de Dios; he de consultar algunos libros de geografía, historia, latín, griego…, en fin.

–¿Tiene usted carné de la Biblioteca?

–Pues no, ignoraba que fuera necesario tener carné del establecimiento.

–Es necesario, pero no hay problema, sígame, se lo haremos enseguida y podrá usted consultar cuantos libros quiera. Le vamos a hacer dos, uno para la sección circulante, por si desea llevarse algún libro –tres como máximo a la semana–, y otro para la sala principal, que es donde trabajan los universitarios, profesores e investigadores. ¿Le parece bien?

–De mil amores, buen hombre.

Una ágil mecanógrafa de torso erguido y gesto marcial le preguntó el nombre y tecleo: “Fray Lucas de la Cruz Hubiese”. Él advirtió que no era necesario poner “fraile” y la mujer rompió la cartulina y tecleó sobre otra, añadiendo la dirección que Lucas le indicó de viva voz. Luego estampó un sello de caucho y con el aguilucho del escudo nacional y la leyenda de la institución y le entregó la cartulina original diciéndole que debía pegar una fotografía tamaño carné en la parte superior derecha y pasarse de nuevo por allí para plastificar el carné y evitar su deterioro.

–Bueno, pues ya puede usted consultar cualquier libro en la sala general o en la sección circulante. Incluso, si lo desea, puede mirar los mapas originales de Ptolomeo –le informó el amable funcionario que propendía a la genuflexión.

No hay como una sotana para que le atiendan a uno, se dijo Lucas agradeciendo la orientación y las atenciones del probo.

En la sección circulante había pocos libros, pues como su nombre indica, debían andar circulando. En la general, a juzgar por la impresionante extensión de los ficheros, había millones de volúmenes. Una gran sala con pupitres inclinados hacia los lectores y con sillones fraileros de madera acogía en la penumbra iluminada por los alógenos encendidos por los usuarios a unas decenas de cabezas humanas. Olía a calcetín sudado. Se sentó en la plaza correspondiente al número que le asignaron y enseguida un hombre con guardapolvos azul y rostro imperceptible que empujaba un carrito de libros por los pasillos del salón depositó en su pupitre los volúmenes que había solicitado: un texto en latín y un diccionario. Deseaba ejercitar la traducción. Advirtió en la prontitud con la que el hombre le sirvió los libros el positivo influjo de su indumentaria, pues una joven que ocupó el pupitre de enfrente al mismo tiempo que él, llevaba media hora esperando a que le trajeran los volúmenes y seguía mirando la magnífica claraboya emplomada del techo mientras él ya abordaba la traducción de la tercera página de De breviarium vitae, allí donde Séneca dice: “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Cuando el gran reloj esférico situado sobre el balcón interior del salón dio las 14:30, el fraile pensó que era buena hora para almorzar y desanduvo el camino hacia la caseta, donde enseguida se desprendió del hábito.

–Me tenías preocupado –le dijo Nequin.

–Objetivo cumplido –contestó él, mostrando la tarjeta de la Biblioteca Nacional. El viejo leyó el nombre y sus nuevos apellidos.

–¿Así que De la Cruz Hubiese?

–Me he puesto el apellido de los que se casan con Dios y me han regalado una hache, ¿qué le parece?

–No está mal; al menos en la biblioteca no te encontrarán.

En aquellos días, la credibilidad de un fraile era elevadísima. Lo comprobó Fray Lucas de la Cruz Hubiese en las mohosas dependencias de la Policía Nacional a las que acudió a sacarse el carné de identidad con su el nombre modificado y avalado por aquella tarjeta con sello oficial de la Biblioteca Nacional. Los policías le atendieron sin el menor asomo de duda. Sólo el funcionario que le embadurnó la yema del índice derecho en tinta china para colocar su huella en la parte inferior de la fotografía de la cartulina historiada con el águila oficial, le preguntó cómo no había ido antes a sacarse el documento de identidad, pues a su edad ya debía tener carné, a lo que él contestó que tenía entendido que no era necesario presentar el documento hasta que le llamaran a quintas para tallarse y prestar el servicio militar. Le parecieron muy amables, los policías. Tanto, que sin preguntarle por la fe de bautismo ni la partida de nacimiento, como pedían a los súbditos comunes, le confeccionaron el carné sin tener que esperar turno y se lo entregaron directamente sin ordenar pasase a recogerlo dentro de una semana, como decían a los demás.

En aquellos tiempos un fraile no sólo era un tipo creíble, sino la credibilidad personificada, pues representaba a Dios, al que nadie ha visto, pero en el que todos tenían la obligación de creer por obra y gracia del nacionalcatolicismo gobernante y legislador. El siervo y servidor de Cristo aporta consuelo y remedio a los dolores del alma y es el dogma frente a la duda unamuniana y la rectitud moral frente a la mentira, el pecado, el delito… El cura, el fraile, la monja… encarnan la piedad, la bondad, la verdad… Pero son algo más, son la semoviente representación de la esencia nacional, de la espada y de la cruz que engrandecieron la nación. Son también los guardianes del verdadero saber. Y son, por supuesto, una parte esencial del confesional Estado indivisible, por cuanto ruegan a Dios por su destino y rezan por su glorioso Caudillo o cabeza y por las demás autoridades civiles y militares, incluidos los agentes del orden. ¿Cómo no ser diligentes y deferentes con quienes tanto bien proporcionan a la patria?

Lucas colgó el hábito en el armario de la habitación que don Nequin y su esposa doña Luisa le habían asignado y consideró que su renovada identidad le permitiría sortear las acechanzas policiales a las que la casualidad y la ingenuidad le habían arrastrado. Entonces, cuando cometió el error, no conocía el mundo exterior. Sabía, porque lo decían los frailes, que detrás de los muros del internado estaba el pecado, la maldad y la perversión en sus múltiples y variadas manifestaciones, pero no podía saber, porque no había conocido a Leonardo Rabadán o Raba, que nada es lo que parece y lo que parece no es. Descubrió la utilidad del timo, la validez de la simulación y el valor de la picardía demasiado tarde, pues en el internado sólo había ejercitado la adulación a los tontos y superiores.

Ahora se sentía reconfortado de haber abandonando y olvidado la vida enclaustrada y, también contento consigo mismo porque había salido de aquella taberna en la que había aprendido cosas de la vida, la más importante: sobrevivir. Tenía dinero para estudiar y, como le dijo el Viejo cuando le depositó en el internado, para no tener que obedecer a los ricos. “Estudia, hijo, estudia, pues sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar y superar a los ricos”. Eso le dijo.

Y como llevaba razón, el Viejo, ahora podía ser el zar de su soberana voluntad. Madrugaba para ir a la biblioteca y pasaba la tarde comentando los acontecimientos y ayudando al buen Nequin en la caseta de los libros. La vida comenzaba a tener sentido y ya no era tan hostil como le había parecido.