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‘La verán mis ojos’ (I): «Lucas en Ursaria»

La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.
La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.

El jefazo le miró como quien examina un burro en el mercado del ganado y le preguntó de dónde había sacado esa cara de boñiga. Él estuvo a punto de devolverle la coz, pero se hallaba impecune y necesitaba el empleo, de modo que se mordió los labios y se encogió de hombros pensando dame pan y llámame lo que te de la gana, tío hijoeputa.

Cuando el jefazo hubo comprobado su docilidad, extrajo un cigarro habano de larga distancia del cajón de su mesa, lo olió, le cortó la boquilla con un capa puros y le prendió fuego con una cerilla de astilla. A continuación, le dijo soltando humo:

–Muy bien, chaval, ¿cuánto quieres ganar?

–Lo suficiente, señor; vivir se ha puesto al rojo vivo –contestó con un verso de Blas de Otero.

–Te pagaré algo; mañana a las nueve empiezas –repuso el jefazo levantando sus posaderas del sillón y tendiéndole la mano para rubricar el trato. Su movimiento dejó al descubierto en el costado izquierdo, bajo la americana, una pistola Astra de la fábrica Gabirondo y CIA. Era un tipo enjuto y pálido, de mediana edad y nariz historiada de boxeador, un hombre armado, el jefazo.

La escena tuvo lugar el 2 de junio del año 1973, doce días después de que Lucas hubiese llagado a la antigua Ursaría procedente del Norte. Los frailes del internado carmelitano donde estudiaba bachillerato superior y gozaba de buena fama como poeta y de mala como religioso por no creer en los misterios, se disponían a decretar el final del periodo lectivo y a enviarle de veraneo con los demás internos a una granja donde debía ayudar a los hermanos legos a limpiar las cubiles de los cerdos y a segar y majar el cereal y las gramíneas de unos predios y curatos.

Pero antes de que eso ocurriese, la tía Zulaica, hermana de su padre, llamó por teléfono a los frailes y les comunicó que el Viejo estaba en las últimas. Fray Octavio tomó  el recado, movió sus ciento cincuenta kilos de humanidad,  le llevó a la estación ferroviaria en el Dos Caballos y le pagó el viaje en el correo de las tres de la tarde, gracias a lo cual, llegó a tiempo de ver al Viejo todavía con vida.

Lo encontró, al Viejo, pálido y desmejorado, con la respiración asistida por un tubo conectado a un agujero que le habían hecho en la tráquea. Tenía los ojos hundidos y una expresión de infinito aburrimiento. Le acarició la frente y el pelo y mantuvo su cara apretada contra la del Viejo como cuando era niño y él le picaba con la barba. Tenía la piel fría, el Viejo. Introdujo el brazo por detrás de su espalda y le incorporó sobre la almohada. Entonces el Viejo abrió algo más los ojos e hizo un esfuerzo para mirarle. Su pecho sonaba como un sonajero. Lucas le dijo que se pondría bien, pero el Viejo le apretó la mano y negó con la cabeza. Lucas le llevó la contraria, afirmando con la cabeza y le dijo que Richard estaba en camino y que llegaría pronto. Al oír el nombre del hijo mayor, que se había marchado de casa hacía algunos años, el Viejo abrió un poco más los ojos y esbozó una mueca que quería ser una sonrisa. Lucas le acarició la frente y le dijo: “No te mueras, padre”.

Estuvieron así un buen rato hasta que el Viejo le fue aflojando la mano, y aunque Lucas le repitió que Richard llegaría pronto y le animó que se mantuviera despierto, el Viejo,  turris burris, se fue quedando sin fuerza y cerró los ojos. Se notaba que tenía ganas de morirse. Media hora después se quedó más frío que un témpano.

Un médico llamado doctor Rubiñán certificó el deceso en un papel con membrete oficial y póliza de sesenta céntimos y cuando Richard llegó de aquella isla del Mediterráneo en la que trabajaba cocinando cosas ricas para los ricos, otro médico les invitó a pasar a un higiénico despacho y les informó con gran amabilidad sobre las causas de la muerte del Viejo, que ni viejo era siquiera. Han sido varias, les dijo. La primera y principal corresponde a un envenenamiento silicótico irreversible y progresivo, complicado con una bronquitis de caballo, agravada por un proceso de inflamación de la pleura que ha dado lugar a un cuadro clínico de insuficiencia respiratoria aguda, sin retroceso ni remisión ante la ventilación, la medicación y la respiración asistida, de modo y manera que en las últimas horas se le ha inyectado morfina para evitarle el tránsito con sufrimiento. En pocas palabras, que el Viejo era un leño, un árbol seco, sin hojas para respirar.

Al oír la explicación del doctor, los sollozos de la tía Zulaica arreciaron y estalló en lágrimas, sujetándose la cabeza con ambas manos. Lucas empuñó el historial con los padecimientos del Viejo que le entregó el doctor y con la ayuda de Richard, que también se puso a llorar, incorporaron a la tía y la sacaron del despacho del amable médico. Nada más cruzar la puerta, la tía Zulaica empezó a maldecir a “esos”.

–¿Qué esos, tía?

–Esos canallas que le condenaron y le tuvieron en el batallón penitenciario trabajando en la mina tantos años… –alcanzó a decir entre sollozos.

Era la primera vez que Richard y Lucas oían que el Viejo había estado sometido a trabajos forzados, picando antracita, de resultas de lo cual había contraído la enfermedad irreversible y se había muerto antes de tiempo, es decir, mucho antes de lo que correspondía al promedio de duración de la vida.

Volvieron junto al cuerpo inerme del Viejo y Lucas y Richard miraron su rostro apacible y enjuto como si quisieran pedirle perdón por su ignorancia. La tía Zulaica lloraba como una Magdalena. Richard, que ya era un hombre hecho y derecho, la abrazaba, tratando de consolarla, y también lloraba. Lloró mucho Richard.

–¿Cuánto tiempo estuvo castigado en la antracita? –Le preguntó Lucas.

–Más de diez años, mi niño –dijo la tía Zulaica.

Richard miró a Lucas y ambos volvieron a mirar la cara del Viejo; ahora comprendían aquel ajetreo y la alegría de madre el domingo mensual, cuando les cepillaba las uñas, les ponía guapos, les peinaba con la raya bien recta a un lado, les vestía con la ropa nueva –la ropa del domingo– y les lleva en el coche de línea a ver a papá a Los Negrillos. Le tenían allí castigado, es decir, preso, con otros mineros y no le dejaban salir de aquel recinto de casuchas de madera podrida, situadas en la ladera del monte, a un lado y otro de una larga calle asfaltada con carbonilla prensada. Comían la tortilla y el picadillo de verduras que mamá preparaba la noche anterior y después salían a jugar al balón y al escondite con otros chicos y chicas mientras los padres y madres cerraban las puertas de las casuchas y hablaban y se hacían el amor. Luego, antes de que oscureciera, corrían hasta la carretera para no perder el autobús de línea de regreso.

El Viejo, ya dormido para siempre, nunca les reveló su condición de presidiario ni les explicó la causa de su confinamiento. Sólo sabían que padre estaba trabajando en la mina y que gracias al dinero que le daba a madre, ella les compraba ropa y comida y pagaba la escuela particular del maestro don José. Tampoco ella mencionó la palabra maldita. Estar “preso” era una vergüenza y significaba que algo muy malo habías hecho. Pero padre no estaba preso, sólo trabajaba en la mina para que la gente tuviera luz y los trenes y las máquinas y la industria funcionaran. Y como la luz no se podía parar ningún día y los trenes y las máquinas tampoco, por eso padre no tenía tiempo de venir a casa por la noche como los demás padres. Además, era por la noche cuando más falta hacía la luz.

Lucas no podría precisar cuanto tiempo permanecieron en aquella habitación acariciando la frente y el pelo rubio entrecano del Viejo y consolando a la tía Zulaica, que seguía llorando. Sólo recordaba que al atardecer se lo llevaron unos hombres y que poco después lo instalaron en un ataúd con olor a formol sobre dos sillas en una capilla que había en el sótano del sanatorio, junto a otros dos muertos, y que llegó un cura y rezó un pater noster para todos. Pasaron la noche dormitando junto al Viejo y por la mañana apareció otro cura y dijo una misa de réquiem y les echó gotas de agua con un hisopo, y luego vinieron los hombres de la funeraria y cerraron la tapa del féretro y lo cargaron con los otros dos en una camioneta y ellos subieron con el Viejo y llegaron al cementerio, donde otro cura le echó un requiescat in pace, y después dos enterradores colocaron el féretro con el Viejo en la misma tumba familiar en la que reposaban los restos de madre y sellaron de nuevo la losa con yeso, y un hombre de traje y corbata negra ajustó con la tía Zulaica el precio de la inscripción en la lápida y le preguntó si quería epitafio. “Un hombre bueno”, dijo la tía entre lágrimas.

Aunque Richard no lloró tanto como la tía, lloró bastante. En cambio, Lucas no soltó ni una lágrima, ni un sollozo siquiera, lo que le valió algunas miradas de reproche de tía Zulaica. No es no sintiera una gran pena por la muerte del Viejo, es que la mañana que le llevó al internado de los frailes carmelitas, cuando tenía once años, él comenzó a llorar, pues no se quería quedar en aquel lugar, y el Viejo le cogió en brazos y le convenció de que los tipos duros no lloran y él ya había llorado bastante cuando mamá se murió y ahora debía portarse bien y obedecer a aquellos señores frailes, que eran muy buenos, y estudiar mucho para convertirse en un hombre de provecho y no tener que obedecer a los ricos. Entonces él dejó de llorar. Y el Viejo le acarició, y antes de posarle en el suelo, le dijo muy serio:

–¿Verdad que no vas a llorar nunca?

–No, padre.

–¿Me lo prometes?

–Si, padre.

–Así me gusta.

Richard se quedó con el reloj y unos anteojos del Viejo y él se guardó el libro de familia con la fotografía en la que aparecían Richard y él entre madre y padre, y también se quedó con la maquinilla de afeitar del Viejo. Quitando el poco dinero que guardaba en una caja de carne de membrillo y la antigua casa con el huerto trasero en el que tía Zulaica y el Viejo apacentaban dos cabras, madre e hija, y cultivaban patatas, coles y tomates y cuidaban unas gallinas ponedoras y engordaban unas camadas de conejos para llevarlos a vender al mercado de la plaza mayor, no había más herencia que repartir. Así que una vez sellado el trato por el que la tía Zulaica, que tanto había querido y cuidado al Viejo, se quedaba con la casa, Lucas acompañó a Richard a la estación ferroviaria y cuando el tren partió, casi sin sentir, como suelen hacerlo todos los trenes, le prometió escribirle y salió de la estación y echó a andar por una larga avenida y siguió caminando por una carretera hasta el borde del cansancio.

Anochecía y se sentó en un mojón kilométrico. Le dolían los pies. La desolación y el vacío ocupaban su interior y anulaban su fuerza de voluntad. Aunque se sentía cansado, su pensamiento no dejaba de dar vueltas a aquella condena a trabajos forzados del Viejo que le condujo a la muerte a los 45 años, mucho antes de tiempo. ¿Era justo eso? ¿Quiénes eran los “canallas” que le habían provocado la enfermedad y la muerte? No lo sabía. La tía Zulaica sólo había pronunciado un pronombre genérico, pero tampoco sabía quiénes eran “esos”. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo averiguar la identidad de los acusadores y explotadores, y juró propinarles su merecido.

Había otros asuntos que tampoco entendía. Si en verdad Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos, ¿por qué había hecho lo contrario con el Viejo en vez de con los canallas que lo encarcelaron y explotaron hasta que enfermó? No tenía duda de que Dios era un invento. Y si no lo era, le parecía tan inmisericorde que no creía que fuera el Dios que interesaba a los hombres.

Recordó las palabras del Viejo: “Estudia hijo, estudia, que sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar a los ricos y librarnos de sus injusticias”. No le dijo “reza” ni “sé temeroso de Dios” ni toda esa letanía que repetían los frailes. No. Sólo le dijo: “Estudia, aprovecha las enseñanzas que estos frailes te van a dar y pórtate bien”. Y él deseaba que el Viejo se sintiera orgulloso y que un día pudiera decir: “Veis ese maestro que enseña a los niños pobres de ese pobre país, pues ese es mi hijo”. Era consciente del esfuerzo económico del Viejo para que él llegase a ser un hombre de provecho. Y sin embargo, ya no podría ver el resultado ni sentirse orgulloso de él. Siempre tuvo mala suerte, el Viejo.

Dudaba sobre el camino a seguir. Sentado en el mojón kilométrico se preguntaba qué sentido tenía regresar al internado, pasar un verano más en la granja de los legos, limpiando y cebando a los cerdos y majando y aventando el trigo. Al atardecer jugaban al fútbol en una campa con los chicos del pueblo, y los domingos iban a bañarse al río. La corriente era fuerte y los arrastraba kilómetros abajo hasta una cascada. Para evitar que los chavales se despeñaran por la Cola del Caballo, Alarico y él caminaban por una orilla y el lego Longinos iba por la otra a lomos de su borrica, la Catedrática, y les lanzaba una soga que ellos ataban al tronco de un chopo. Tensaban la gruesa maroma a ras del agua, y los chavales que se lanzaban desde un puente y bajaban braceando sobre la corriente, se agarraban a ella para no precipitarse a la Poza de las Truchas.

Las chicas iban a verles jugar al fútbol y algunas participaban en sus carreras de velocidad río abajo. Una que era muy linda y le gustaba mucho, aunque no se atrevía a mirarla, se arrancó una tarde hacia él y le preguntó si quería acompañarla a ver pájaros. Él contestó que sí, y se perdieron por un sendero entre los mimbrales. Ella iba diciendo nombres de pájaros: jilguero, calandria, pardal, mirlo, urraca, abubilla, avefría… Era flacucha y delicada y tenía una voz muy dulce.

–¿Sabes cómo se besan los pájaros? –Le preguntó.

–Ni idea –dijo él.

–Pues así –contestó ella alargando sus labios como si fuera a silbar y depositando un beso rapidísimo en los de él.

–Es un piquito –dijo riéndose.

El afirmó que los pájaros sólo se besan así cuando van en vuelo, pero cuando se posan en una rama se besan más despacio, “tal que así”, añadió acariciando la cara de la chica con ambas manos y depositando un beso pausado en sus labios.

–Y en el nido se besan mejor todavía mejor –replicó ella, agarrándole del brazo para que se agachara y se tendiera a su lado sobre unos hierbajos.

Él dijo que eso no era de pájaros sino de novios y ella se rió y estuvo de acuerdo, y permanecieron allí recostados, besándose hasta que se sintieron un poco mareados. Su nombre era Rosario, pero le decían Charo, y él le llamó Charín y luego, para abreviar, Chin.

Desde aquel día, cada domingo, cuando iban al río después de jugar fútbol, los dos desaparecían por unos senderos entre los mimbrales y, con la excusa de identificar pájaros para un trabajo escolar que ella estaba realizando, pasaban más de una hora juntos, mirándose y acariciándose y besándose, hasta que el lego Longinos tocaba el silbato ordenando el regreso. Se querían mucho, Lucas y Chin. Y se prometieron quererse siempre y siempre.

Pero ella no era de aquel pueblo, sino de la capital, y después de dos veranos no apareció por el Burgo para pasar las vacaciones con aquellos familiares que habitaban en una casa con un escudo de piedra sobre el portón principal, un caserón solariego que se asentaba en la prolongación de la calle mayor.

Ahora los recuerdos se mezclaban en la testa de Lucas con las dudas sobre el camino a seguir. Se preguntaba qué sentido tenía continuar la carrera clerical y hacerse fraile e ir de misionero a Ecuador a enseñar a los niños a leer y a escribir y a creer en Dios. Él creía en la justicia y en el amor, no en un ser supuesto y todopoderoso que infundía temor y amargaba la vida al personal, premiando a los malos y castigando a los buenos, a los que prometía mejor trato después de muertos.

De pronto, en la noche cerrada, paró un camión a pocos metros de donde permanecía sentado. Se apartó del chorro de luz de los focos. El vehículo transportaba vigas de hierro. El conductor se bajó, agarró un caldero de zinc, lo lleno de agua de una acequia cercana y a través de un embudo de lata conectado al tubo del radiador dio de beber a la máquina. Repitió la operación varias veces como si aquel dromedario fuera insaciable. Cuando acabó la operación, se dirigió a él y le preguntó si iba a alguna parte. Lucas recordó el aforismo de José Bergamín –“Cuándo te vas a enterar que vayas a donde vayas, estás dejado de ir”– y se encogió de hombros. Dudaba. El hombre dijo:

–Si te va bien, te llevo.

–¿Adónde va usted?

–A Madrid bajo.

En un instante pensó que en Madrid podía localizar a Chin y se dijo que la capital era también el lugar donde podría averiguar el delito del Viejo y la identidad de los canallas que lo acusaron y condenaron a trabajar en la mina, arruinando su salud y lucrándose de su sudor.

–¡Voy con usted!

–Está lejos Madrid, eh –le advirtió el camionero, que se llamaba Centeno.

–Cuanto más lejos, mejor.

–¿De qué pueblo eres?

–De ninguno ya; ni padre ni madre ni perro.., nada, no me queda nada, sólo una tía solterona y aburrida.

–¡Carajo! –Dijo el camionero.

El camión comenzó a rodar y Lucas sintió el alivio de haber dejado en la cuneta aquella duda que le pesaba como un saco de cincuenta kilos de mierda en la espalda. Ya no volvería al internado, ya era un hombre con pelo en pecho, un hombre de ninguna parte que en aquel instante inauguraba el futuro. Si localizaba a Chin en la antigua Ursaría, donde la suponía residenciada, y ella le seguía queriendo como cuando eran niños, sería de Ursaría, pues como escribió Ramón J. Sender, “el hombre no es de donde nace ni de donde pace, sino de donde yace con hembra placentera”, y si no la encontraba, sería del lugar que le diera la gana.

El camionero se puso a contar chistes de vascos, cojos, putas, gangosos, curas, catalanes, cornudos…, muchos chistes. Era un hombre gracioso y rudo. En cambio, él no sabía un triste chiste e intentó corresponder con algunas palabras capicúas como “anilina” y con frases capicúas como “atinar a la ranita” y con términos con una sola vocal como “odontólogo” o “efervescente” y con otras palabras con las cinco vocales como “paupérrimo” o “republicano”, y le explicó algunos fenómenos físicos extraídos de los libros, como la imposibilidad de que una fuerza irresistible pueda chocar contra un objeto inamovible o como la licuación de la sangre de San Pantaleón…, pero se dio cuenta de que sus palabras no le hacían ninguna gracia y desistió de mejorar el silencio.

Llevaban muchos kilómetros rodando por tierras castellanas cuando atisbaron a lo lejos una luz de color verde que parecía una luciérnaga colgada de un árbol. A medida que se acercaban, la luz se hizo más visible: era el letrero luminoso de un club nocturno. El camionero se desvió por un ramal de la carretera que llevaba hacia la luz. Los frenos del camión resoplaron como potros cansados. Centeno dijo: “Vamos a tomar algo y a dar de beber a Briones”. Se apearon. El aire olía a cerdo y a pescado. Varios camiones allí apartados, cargados con productos para el estómago de la gran urbe, goteaban agua del deshielo de las cajas con la pesca y orín de las reses que llevaban al matadero.

Centeno examinó el entorno, se acercó a la caja del camión, dio tres golpes con la mano abierta y gritó: “¡Egonaldi ostatu!” (Parada y fonda). Una voz le contestó desde dentro: “¡Goacen!” (Vamos).

Entraron en el bar-club y se acercaron a un mostrador de tabla barnizada, al fondo del cual se veía a una anciana haciendo migas en una sartén negra sobre la chapa de una cocina de hierro. En un extremo de la barra, una mujer rolliza y escotada se descolgó de un taburete y vino hacia ellos. Les preguntó qué deseaban tomar y por donde. Pidieron dos cervezas y una cazuela de “eso que huele tan bien”, dijo Centeno señalando a la anciana.

–Tienen mucho ajo –advirtió la moza, guiñándole un ojo.

–El ajo es bueno desde el punto de vista moral –dijo Lucas.

–¡Anda éste! –Exclamó la moza.

–¿Entonces…? –Dijo la moza mirando a Centeno.

–Hoy llevamos prisa.

–¿Ni una mamadiña?

–Vamos apurados de hora, hermosa.

Del fondo del bar-club, apenas iluminado por una lámpara de neón ensombrecida por una nube de mosquitos, llegaban risas femeninas y sonidos guturales.

Bebieron un trago de cerveza y comenzaron a aplicar la cuchara a la cazuela de migas. Sonó la puerta como un gato malherido y entró un tipo joven con barba negra de varios meses que mantuvo sujeto el portón hasta que entró una muleta de palo y después el palo de otra muleta y entre ambas, una pierna con un anciano encima.

–Egun gaur –saludó el de barba.

–Kaixo –le correspondió Centeno.

El barbudo ayudó al viejo a sentarse a una mesa junto a una ventana y después se acercó a la barra a ver lo que había de alimento. Pidió vino y migas e intercambió unas palabras con Centeno. El camionero le presentó a Lucas y el barbas le miró detenidamente. “Es de confianza”, dijo Centeno. “Salió de los frailes y va hacia Madrid”, añadió. El barbado le tendió la mano y Lucas se la estrechó. Se llamaba Argala y tenía la cara alargada como los caballos.

–Eta gizon zaharra? (¿Y el viejo?) –Dijo Centeno.

–Hementxe pilatze (Aquí mismo se queda).

–Hementxe? (¿Aquí?) –Dijo Centeno.

Argala asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con el anciano, que se había quitado la chapela y se acariciaba la pelusa cana.

Centeno pidió otra cerveza fría, pagó las consumiciones y dijo en voz alta, para que le oyeran: “En marcha pues”. Salieron, dio de beber a Briones unos calderos de agua que extrajo de un pozo cercano, se acercó al bar-club, golpeó el cristal de la ventana y, acto seguido, salió Argala y se encaramó a la caja del camión.

–¿No viene el señor mutilado? –Preguntó Lucas.

–Se queda ahí a putas; lo recogeré a la vuelta –dijo Centeno.

El camionero puso la radio y escucharon noticias insustanciales y jotas y cante flamenco rayado de interferencias, y después de otra parada para dar de beber a Briones, comenzaron a subir muy despacio la cordillera central hasta que una hora después llegaron a la cima de un puerto y desde lo alto se asomaron a un valle, al fondo del cual se oteaba la gran ciudad a lo lejos como un enorme cetáceo tumbado entre la bruma lechosa del amanecer. Aquello era Madrid, la antigua Ursaría, tierra de osos.

Antes de entrar en la trama urbana, que comenzaba en la plaza de Castilla, Centeno arrimó el camión a la orilla de la calzada y Lucas se bajó y le agradeció el transporte. El camionero le deseó suerte. El hombre con barba se apeó también. Llevaba un macuto grande de lona militar con varias capas de roña y una gran bolsa deportiva de Munich-72. Golpeó la chapa del camión y gritó: “¡Agur!” Luego se volvió hacia Lucas e hizo un ejercicio de estirar las costillas antes de inclinarse y echar el macuto al hombro. Lucas observó el esfuerzo y se aprestó a ayudarle, agarrando a su vez la bolsa. Pesaba bastante, como si llevara plomo.

Mientras caminaban hacia una hilera de casas donde se veía un café-bar, Lucas le preguntó por qué no había viajado en la cabina, donde había sitio suficiente y habría ido más cómodo, y aquel Argala le contestó que toda precaución es poca y que solía viajar de incógnito. De hecho, era un viajero clandestino. Entraron al café-bar y el barbudo le preguntó si conocía la ciudad, a lo que Lucas respondió que no, que nunca había estado en ella. El viajero clandestino se interesó:

–¿No tienes familia, pues?

–No conozco a nadie.

El viajero clandestino le hizo otras preguntas y Lucas le contó su circunstancia, después de lo cual, aquel Argala se quedó en silencio, como pensando algo importante. A continuación sacó un bolígrafo, escribió algo en una servilleta de papel y se la entregó.

–Guárdatela –le dijo.

Lucas leyó lo que había escrito. Era una dirección urbana. Introdujo la servilleta en el bolsillo trasero de su pantalón de tergal. Pero, instantes después, Argala abrió la boca masticando la pasta de un churro y le preguntó qué ponía en la servilleta. Lucas repitió la dirección.

–Bien, pues ahora dame ese papel.

Lucas se llevó la mano al trasero y le entregó la servilleta. El barbudo hizo una bola con ella y se la comió. Era un tío raro.

–Si quieres hacer algo útil o ir al monte, ya sabes.

–¿Útil como qué?

–¡Joderlos, lahostia! ¿Qué va a ser?

–Claro, claro –respondió Lucas.

–Si te decides, te acercas a esa dirección y metes una carta por debajo de la puerta diciendo donde podemos contactar contigo, ¿de acuerdo? Si no, olvídala, ¿estamos?

–Claro.

–Y no lo comentes a nadie, ¿estamos?

–A nadie, claro.

El barbudo le estrechó la mano, apuró el vaso de café con leche, se puso en pie, cargó el macuto al hombro, empuñó la bolsa, dijo “agur” y se largó sin pagar. Parecía un desertor del frente de batalla. Sin duda llevaba el fusil y las granadas en aquella bolsa deportiva que pesaba demasiado, se dijo Lucas mientras pagaba las consumiciones. Cuando salió del café-bar, alcanzó a ver a aquel Argala que se perdía a lo lejos por una boca del metro.

Caminó hacia el centro de la ciudad y al mediodía llegó a la famosa Puerta del Sol, kilómetro cero de España, y recorrió la extensión de la plaza tratando de adivinar el balcón al que se asomaba Rubén Darío. Leyó el rótulo del hostal París en el que, según sus lecturas, se había alojado el poeta, y entró a preguntar si estaba en lo cierto. Una mujer de pocas palabras y guardapolvos azul le señaló una foto muy antigua del poeta de las libélulas. El precio del hospedaje era muy alto y puesto que la mujer afirmó que no había rebaja hasta octubre, se despidió en busca de una hospedería más barata. Encontró una casa de huéspedes situada en una calle cercana que se llamaba del Príncipe. Una mujer que olía a gato le asignó una habitación abuhardillada con derecho a cuarto de baño compartido, le cobró una semana por adelantado y le entregó las llaves.

Díez días pasó Lucas callejeando de un lado a otro de la antigua Ursaría. Tal como le había indicado aquel Argala, entró en el primer edificio con bandera, donde un ujier muy amable le indicó que el asunto de la muerte de un minero enfermo correspondía a los sindicatos. A partir de aquel momento todo fueron dificultades. Preguntó a varios viandantes y localizó la sede de los llamados sindicatos. Allí, un tipo con gorra de general y bigote de mosca, situado detrás de un mostrador de despachar pólizas e impresos, le indicó que hiciera el favor de esperar a que llegaran los de información. Pasó dos horas sentado en una silla de plástico amarillo que se alineaba en una esquina de aquel hall, junto a unas plantas verdes, también de plástico, sin que los de información dieran señales de vida. Hombres de vientre abultado y camisa azul con yugos y flechas bordados en la pechera entraban y salían hablando en voz alta de salarios y convenios. Algunos fumaban puros del color de mierda de perro y dejaban tras de sí un olor apestoso. Ninguno de los que entraban era de información.

–¿No han venido los de información? –Preguntó por tres veces al hombre de gorra y el bigote de mosca.

–Pues no, y no creo que aparezcan ya –dijo mirando su reloj de pulsera.

–¿Y usted no me podría indicar…?

–Pues no; las consultas, en información.

–¿Entonces…?

–Entonces, a joderse, ¿verdad? Vuelve mañana si quieres.

Al día siguiente se encaminó directamente hacia la ventanilla de información, donde una mujer gruesa con cara de botijo y ojos diminutos, protegidos por unas gafas de culo de vaso, examinó con desgana el certificado de defunción del Viejo e hizo un gesto de asco cuando Lucas le preguntó si tenía derecho a pensión de huérfano por los años de trabajo penitenciario del Viejo.

–¿Tú qué crees? –Le respondió la mujer en tono desafiante.

–No sé, señora, por eso vengo a preguntar.

–¡Habráse visto, estos rojos de mierda! –Gritó la mujer.

Lucas recogió los papeles del Viejo y se alejó. Pero el hombre del bigote de mosca, que había oído la expresión de la mujer, le ordenó con voz enérgica: “¡Alto ahí, joven!” Él se quedó paralizado y el hombre se acercó con torpe paso de sapo.

–¿Qué le has dicho a doña Margarita?

–Nada, señor.

–¡Cómo que nada, chaval! ¿La has insultado, verdad?

Lucas negó convincentemente y le explicó que sólo le había preguntado si como hijo de un minero fallecido a causa de la silicosis contraída en los años de trabajo penitenciario tenía derecho a recibir una pensión de orfandad. Eso era todo.

–¿Y no le has dicho algo más?

–Nada, se lo aseguro, señor.

El hombre giró torpemente la cabeza hacia la ventanilla, ocupada por la gruesa cara redonda de la mujer de ojos diminutos, y luego, volviéndose hacia Lucas, le dijo en voz baja:

–Está mal follá.

Y tras aconsejarle que realizara la consulta en un organismo llamado instituto nacional de previsión o algo por el estilo, añadió alzando de nuevo la voz: “¡Lárgate y no vuelvas a pisar por aquí!”

En la sede de aquel llamado instituto nacional de previsión consiguió al tercer día hablar con el responsable del negociado pertinente, un hombre de mediana edad, con el pelo pajizo, que no hacía más que olerse las uñas y se llamaba don Enric. Después de escuchar su consulta, el hombre le dijo con voz oscura, sin dejar de olerse las uñas, que existía una posibilidad, si bien, remota, de obtener algún derecho, para lo cual debería satisfacer el consiguiente porcentaje de tramitación a través de una gestoría con letrados expertos en tramitaciones difíciles, cuya dirección le anotó en un trozo de papel, de lo que dedujo Lucas que aquel funcionario de previsión proveía para algún socio.

Acudió, no obstante, al negociado o agencia certificadora y gestora de trámites, una oficina con un cuadro del jefe del Estado con el brazo derecho muy estirado y la palma de la mano extendida, donde una mujer muy amable le envió al Ministerio de Justicia a obtener un certificado de penales al tiempo que le ordenó presentar otros certificados: de nacimiento, de bautismo y de buena conducta, así como una fotocopia compulsada del libro familiar, otra fotocopia del documento nacional de identidad y varias fotografías. Todo eso en lo atinente a su persona en calidad de solicitante. Y en lo referente al finando, es decir, al Viejo, debía aportar documento judicial de condena, certificación del organismo de redención de penas, certificación contractual de la sociedad o empresa a la que el recluso había sido asignado, certificación o extracto de emolumentos percibidos, certificación de aseguramiento, certificación episcopal de buen comportamiento, certificación gubernativa de buena conducta social posterior y certificación, por último, de defunción.

Una semana llevaba callejeando de un negociado a otro de la antigua Ursaría cuando un teniente militar con bigote reglamentario le recibió en una oscura oficina de secretario judicial y le puso al corriente de que su señoría el excelentísimo señor presidente del Tribunal Militar Central tardaría no menos de dos años en expedir la certificación de condena a trabajos forzados del Viejo con la consiguiente redención de la pena, siempre y cuando hubiese quedado constancia de la resolución judicial de la condena, lo cual requería que hubiese sido archivada por la junta judicial de zona y fuese hallada en aceptable estado de conservación, lo que resultaba altamente improbable habida cuenta de la precariedad archivística y del mucho tiempo transcurrido desde la proclamación del Glorioso Alzamiento Nacional.

No obstante, Lucas escribió allí mismo una solicitud al ilustrísimo presidente del Tribunal Militar Central recabando una copia del expediente de condena del Viejo y la consiguiente redención de pena. Tras añadir la fórmula al uso: “Es gracia que solicita a usted, a quien Dios guarde muchos años”, firmó la hoja holandesa y se la entregó a aquel secretario judicial, cuya desgana y escepticismo le dieron a entender que no lograría su propósito hasta que dieran peras los olmos.

El laberinto de trámites y certificaciones en el que aquellos tipos escondían los vestigios de sus injusticias, crueldades y arbitrariedades, le parecía interminable. Llegar al conocimiento de la verdad era como buscar la momia de Tutankamon, sólo que más complicado, debido a la tenaz resistencia de aquel ejército de burócratas vagos y malintencionados, algunos de los cuales iban armados. Algo había leído de Kafka al respecto.

Mientras caminaba de un negociado a otro, o hacia la abuhardillada habitación de la pensión, no dejaba de observar las caras de las muchachas con las que se cruzaba por si alguna era Chin. No creía en la casualidad, pero la casualidad existe. Algunas muchachas le miraban a su vez, aunque la mayoría esquivaba su mirada y sólo las menos agraciadas esbozaban una sonrisilla maliciosa.

Enseguida descubrió que el dinero es líquido, los líquidos se secan y el dinero se acaba. Su liquidez iba menguando deprisa. Aunque decidió alimentarse con bocadillos de calamares y gastar suelas en vez de dinero en el metro y los autobuses, se le iba acabando la magra herencia del Viejo. Según sus cálculos, sólo podría sobrevivir y sufragar la pensión una semana más.

Fue entonces cuando recordó la dirección del viajero clandestino y le escribió una carta exponiéndole su apurada situación y pidiéndole alojamiento por el morro. Llevó la misiva personalmente a aquella casa de vecindad, situada en una zona industrial del populoso barrio de Vallecas, y la introdujo por debajo de la puerta del tercero B. Supuso que aquel Argala le recordaría y tendría a bien contestarle positivamente, pero al cabo de cuatro días no había obtenido respuesta, de modo que escribió otra carta en un tono más apremiante, en la que, además de solicitar cobijo hasta que encontrara un trabajo remunerado, se ofrecía a realizar cualquier encomienda para “joderlos”, y sugería incluso con detalle los organismos civiles y militares que había visitado y que, por el trato que le habían dado, merecían un escarmiento.

La verdad es que el barbudo compañero de viaje no tuvo a bien contestarle ni para darle alojamiento ni, mucho menos, para requerir su colaboración, lo que, dada su penuria económica, le obligó a sortear a la patrona aquel domingo, levantándose temprano y saliendo a la calle antes de que llamara a su puerta para exigirle el pago de la semana por adelantado, lo que invariablemente hacía antes de acudir a misa de diez a una iglesia de la calle de Atocha. Tuvo, eso sí, el esmero de dejar una nota en la puerta diciéndole que regresaría y pidiéndole que guardara sus cosas hasta más ver. En realidad sólo tenía unos calzoncillos y una chupa de cuero negro que le quedaba pequeña.

Fue entonces cuando, a los pocos minutos de salir a caminar por la sucia ciudad en busca de Chin, vio en una calle cercana a la pensión un letrero escrito a tiza sobre el vidrio del escaparate de una taberna que decía: “Se precisa camarero”. Sin pensarlo dos veces ni contar hasta diez, entró a interesarse por el empleo. El establecimiento estaba vacío. Batió palmas y emergió un hombre desde una cueva situada detrás de la barra.

–¿Qué va a ser?

–Me interesa el trabajo que anuncian.

El hombre le miró de arriba abajo, como buscando algún defecto de hechura.

–¿Cómo dices que te llamas?

–Lucas Ubiese, ¿y usted?

–Leonardo.

–¡Ostras!, como el gran pintor, el genial inventor del Renacimiento…

–Oye chico, yo de pintura no sé, pero lo que es inventar, algo he inventado.

–¿Qué ha inventado señor Leonardo?

–Un cepo –dijo el hombre.

Se trataba de un camarero rollizo, de mediana edad y estatura, mal afeitado, de pelo negro, aplastado y alisado hacia atrás, rostro sanguíneo y voz gangosa. Su camisa blanca aparecía adornada con dos grandes manchas de sudor bajo los sobacos.

–¿Un cepo? –Se sorprendió Lucas.

–Si, chico, un cepo superior para cazar garduñas, liebres, conejos y otros bichos, ya sabes –explicó el hombre.

–¿Lo patentó y eso?

–Yo del gobierno nunca he querido saber nada… Entonces andaba de pastor y la caza a cepo estaba prohibida.

–Pero se cazaba.

–Nos ha jodido…

–¿Y se ganaba dinero?

–La piel de zorro y de conejo se pagaba. ¿De qué si no habría ido yo a América?

–¡Ostras! ¿Estuvo en América?

–Sí, chico, en América.

–¿Y allí inventó más cosas?

–¡Quía! Allá está todo inventado.

–Pero cuando uno tiene ingenio y se llama Leonardo, digo yo que donde menos se espera salta la idea.

–¿La idea..? ¡Menuda cosa! Lo que obliga a discurrir es el hambre, chico.

–Lleva razón.

–¡Nos ha jodido!

Entró un joven en camiseta con dos barras de hielo al hombro y las soltó sobre el mármol oscuro de la barra. El camarero le dio unas monedas y colocó el hielo en una cámara de zinc. Después agarró dos vasos y los llenó de cerveza rubia espumosa.

–Echa un trago –le dijo tendiéndole un vidrio.

–Muchas gracias, señor Leonardo.

–Llámame Raba.

–¿Eso que quiere decir…?

–Raba quiere decir Rabadán.

–¡Ah, claro! Como anduvo usted de pastor…

–Con el grado de rabadán, chico.

Lucas bebió un sorbo de cerveza. Estaba caliente. El camarero bebió a su vez y después le preguntó por qué le interesaba el trabajo. Él dijo que por el dinero.

–Esto es muy esclavo, chico –le advirtió Raba.

–Ya, pero necesito ganarme la vida.

–¿Ganar la vida..? ¡Menuda cosa…! La vida siempre se pierde, chico.

–Ya, pero mientras tanto…

–¿Qué experiencia tienes?

–Ninguna.

–¿Ninguna?

–Ninguna, señor Rabadán.

–¡Pues estamos jodidos!

Apuró el vaso de cerveza, carraspeó, le miró fijamente con sus ojos saltones y resolvió:

–¡Claro que tienes experiencia, chico! Si yo no he entendido mal, tú has trabajado en el Danubio. Es más, vienes de parte del teniente Piedrafita…, conque andando, vamos a ver al jefazo.

Se notaba la premiosa necesidad de un camarero y Lucas siguió a aquel hombre por el pasillo entre las mesas de mármol hasta el final del establecimiento. Era un local largo, con un recodo en el fondo y una ventana que daba a un patio de luces. Una placa dorada sobre una portañuela ponía: “Mingitorio”, y otra: “Privado”. Entraron por ésta hasta la cocina. Una mujer gruesa que dijo llamarse Tinina freía albondiguillas. Olía bien allí dentro. Rabadán subió unos escalones y llamó a otra puerta. Era la oficina del jefazo. Se oyó un “adelante” y Raba abrió la puerta e invitó a Lucas a presentarse ante el jefazo. Se trataba de un hombre de edad mediana, de rostro anguloso y pálido. Llevaba una corbata de color limón sobre una camisa azul y vestía una americana beige con un clavel rojo en la solapa.

–Marzo, aquí te traigo otro aspirante; creo que este vale; ha trabajado en el Danubio y conoce al teniente Piedrafita.

El hombre se apeó las gafas de la punta de la nariz y se puso a mirar de arriba abajo al muchacho como se mira a un troteras, hizo una mueca de desagrado, le pidió que se diera la vuelta, que se colocara de perfil y que le mostrara las manos.

–¿Así que del Danubio, eh?

Lucas puso cara de circunstancias.

–¿Cuánto mides?

–Uno sesenta, señor.

–¿Cuánto pesas?

–Cuarenta y ocho kilos.

–¿Cuánto corres?

–Bastante, señor.

–¿Y en zapatos?

–Menos, señor.

–¿Cómo te llamas?

–Lucas Ubiese, señor.

–¿Y de cuentas cómo andas?

–Creo que bien, señor; estudié aritmética hasta que me pasé a letras.

–¿De escritura bien?

–Creo que sí, señor.

–¿De donde eres?

–Del Norte.

–Así que mides uno sesenta, pesas poco, corres bastante, sabes aritmética, lees y escribes correctamente, te llamas Lucas, eres del norte, crees en Dios…

–Tengo mis dudas.

–¡No me interrumpas!

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo.

–¡Joder…! ¿Y estás dispuesto a trabajar de nueve a tres y de cinco a diez?

–Sí señor.

A continuación, como quedó dicho, aquel jefazo le llamó cara de boñiga y Lucas se aguantó, lo que fue interpretado como un signo positivo, es decir, de docilidad, por el jefazo, que decidió contratarle mediante el método del apretón de manos.

Cuando salió del despacho y regresó sobre sus pasos, Leonardo Rabadán o Raba, que había vuelto a su labor detrás de la barra, le preguntó qué tal.

–Bien; no me ha disparado.

–Es un fanfarrón, pero buena gente –dijo el veterano camarero.

–¿Por qué va armado?

–Por si acaso.

–¿Qué acaso?

–A saber, chico… Cuentas pendientes. Lo importante es que te ha contratado.

Acto seguido, el veterano camarero agarró una bayeta y borró el letrero del vidrio del escaparate, en el que había colocado una variedad de frascos de cerveza de importación y una merluza con la boca abierta, con un limón entre los dientes, tendida al sol como una sirena sobre un lecho de helechos. Luego se volvió hacia Lucas y dijo:

–Pues ya eres camarero, chico.

–Pero no tengo ni idea de esto.

–¡Claro que la tienes!

–Usted sabe que no.

–Yo sólo sé que has trabajado en el Danubio, ¿o no?

–¿Ese río largo y caudaloso que nace en Alemania, cruza media Europa y desembocaba en el Mar Negro, por debajo de la antigua Tulcea, casi tan vieja como Roma?

–No hombre, no, el Danubio de La Castellana.

–De acuerdo. Pero usted sabe, señor Raba, que no tengo experiencia en esto.

–No importa; tú mañana te traes unos zapatos oscuros, un pantalón de tergal negro, una chaquetilla blanca, la camisa blanca y la corbata negra, y ya verás como el hábito hace al monje.

–Supongo que usted me enseñará.

–Desde luego, chico; de momento ya has aprendido la primera lección.

–¿Cuál, señor Raba?

–Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte.

‘La verán mis ojos’ (XVI): «El hábito y el fraile»

Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo
Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo

Por KEY GOOD 

El despertador biológico sonó a la hora acostumbrada. La Rubia dormía. Lucas se desenredó de sus piernas, se incorporó, recogió su ropa, se lavó por partes, estilo aviador –primero las bajas y después el pecho y los sobacos–, se vistió rápidamente y salió escalera abajo. La atmósfera era limpia y los rayos de sol se abrían paso en el cielo aborregado y secaban los adoquines. Su inquietud se había evaporado y se sentía un hombre nuevo. Caminó en dirección a La Campana diciéndose a sí mismo que nada malo había hecho y nada malo le podía suceder. Si el mundo estaba dividido entre buenos y malos, legales e ilegales, deseables e indeseables, torcidos y derechos, él formaba parte de los buenos, los legales, deseables, derechos… No había cometido delito alguno, y si le buscaban no le podrían detener ni pegar ni encarcelar. No negaría haber escrito aquellas dos cartas al soldado –él supuso que aquel Argala era un soldado– que viajaba en la caja del camión de hierros con el anciano pata de palo que se quedó a putas en aquel club de carretera, pues las había escrito en verdad. Sus circunstancias eran las que eran: se le acababa el dinero, no tenía trabajo ni conocía a nadie en Ursaría que le pudiera socorrer y le permitiera dormir en su casa para ahorrarse la pensión. Era comprensible que se acordara de aquel tipo y le escribiera aquellas cartas y se las llevara a la dirección que le había dado. Supuso que su nombre no figuraba en el buzón de correos porque la casa no era suya, sino de algún familiar, y que por eso le dijo que llevara personalmente la carta y la metiera por debajo de la puerta. Ni a la primera ni a la segunda respondió. Eso fue todo, señores, diría a los guardias cuando le preguntaran.

No sentía miedo. Él estaba de parte de los buenos, los rectos, los legales, los trabajadores. Estudiaba la cultura griega para examinarse en junio de quinto y sexto de bachillerato en el instituto Ramiro de Maeztu, que era un pensador que se suicidó en Riga, allá en el Báltico. Tenía intención de examinarse en septiembre de reválida para ir a la Universidad. La Universidad eran palabras mayores. Para demostrar su erudición citaría a Demócrito de Abdera, el sabio que dijo que para alcanzar el conocimiento legítimo es preciso ir de lo evidente a lo imperceptible, de la superficie al fondo de las cosas. Y en lo profundo, donde se halla la verdad de las cosas, podrían encontrar las razones y las pruebas de que no había venido a Ursaría a hacer mal a nadie sino a conocer el mal que le hicieron al Viejo, a averiguar su condena, a saber si en la desgracia le quedaba algún derecho como huérfano –entonces no había cumplido 18 años–, y, en fin, a ganarse la vida y a buscar a una mujer.

En un bolsillo lateral de su chaqueta llevaba el listado telefónico de los Martínez de Ursaría. Pasó la mano sobre el tergal azul y sintió una extraña sensación de culpa por haber follado con la Rubia, una mujer veinte años mayor que él, de la que no se sentía enamorado por más amable y apetecible que le pareciera. “Pero ¿qué podía hacer yo, Chin, si llevaba más de un año buscándote y no te encontraba?”, le diría. O mejor, no le diría nada. Cuando la encontrara, a Chin, la llevaría una noche al teatro –al Príncipe o al Español– y a la salida la invitaría a tomar chocolate con churros en la Taberna del Portugués y en voz baja, para que no le oyera, diría a la Rubia que un hombre no puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Ella le comprendería. Era inteligente, la Rubia.

Se dio cuenta de que con las emociones de la noche anterior había olvidado el manual de lógica aristotélica en la Taberna del Portugués y pensó recuperarlo aquella noche. No estaba acostumbrado a caminar sin un libro o un periódico debajo del brazo –Raba le llamó una vez “sobaco ilustrado”– y se paró en un kiosco. Todos los diarios eran afectos al régimen y publicaban las mismas noticias, de modo que tanto daba comprar uno u otro. Acertó a agarrar el Ya, que editaban los obispos con gran lujo de fotografías en huecograbado, y se sorprendió al ver el retrato de un tal Beñarán junto al de otros dos terroristas. Aquella cara le resultaba familiar. Aunque no tenía barba, poseía el rostro alargado y los ojos de loco y cabellos revueltos de mismísimo Argala. Sí, era Aragala, el papelógrafo Argala que se había zampado la servilleta de papel en la que le escribió la dirección. ¡Joder!

Sus pies se quedaron clavados al suelo. Según la información, aquel tipo se llamaba Miguel Beñarán Ordeñana y había sido detenido la mañana del pasado domingo junto a los otros tres activistas criminales. Se trataba del jefe del comando terrorista que había asesinado al almirante don Luis Carrero Blanco. “¡Joder, joder y joder!”, exclamó.

La información se extendía en detalles sobre las detenciones de los terroristas, que, al parecer, utilizaban un piso franco en la calle de los Pajaritos, y añadía que la policía seguía trabajando en la búsqueda de algunos colaboradores del comando. Hacia el final del relato leyó que las fuentes solventes no descartaban la pertenencia a la banda armada de un camarero que fue muerto el día de autos por un disparo policial cuando huía y se disponía a colarse en un portal de calle de Fuencarral.

El relato le heló la sangre. No podía dar un paso. Una debilidad interior le recorría el cuerpo. Era como si el firmamento le cayera encima. Sintió un irrefrenable deseo de ser nada, de convertirse en hormiga y desaparecer. El quiosquero le miró por encima de las antiparras encanadas con esparadrapo que llevaba cabalgando inseguras sobre la punta de la nariz de cahiporra, y él le pagó rápidamente el importe del periódico y descubrió que podía caminar y dirigió sus pasos hacia una cafetería cercana, se sentó y solicitó un café con leche y un croissant. ¿Qué debía hacer? De primeras, una composición de lugar.

Abrió el periódico y releyó la información. El último párrafo sobre la muerte de un camarero le pareció un añadido extraño. ¿Querían que supiera que estaban buscando a un camarero y que si huía le podían matar? ¿Querían decir que disparaban primero y preguntaban después? No tuvo duda de que así era. Por lo tanto, la primera precaución consistía en levantar los brazos. Después le esposarían y le llevarían detenido a la dirección general de seguridad, en la Puerta del Sol. Don Nequin decía que en aquellos sótanos desnudaban a la gente y la molían a palos. Y él no sería una excepción. Debía tener en cuenta que el asesinato del presidente del Gobierno era un acto gravísimo, el más grave, sorprendente e inesperado desde el final de la Guerra Civil. Cualquier persona relacionada de alguna manera con la enormidad de la salvajada podía recibir el castigo que el régimen deseara. Y lo que el régimen deseaba era matarlos a todos.

Lucas Ubiese se colocó a sí mismo en la peor situación. Aunque confesara cuanto sabía de aquel Beñarán, todo les sabría a poco y le partirían las muelas o le reventarían el bazo. Aunque asegurara que no tenía nada que ver con ninguno de los detenidos ni sabia que aquel Argala se llamaba Miguel Beñarán, no le creerían. Si desconocía la actividad criminal de aquel tipo, ¿por qué le había escrito aquella frase indicándole a quiénes había que joder? ¿Cómo explicar a los maderos los desprecios y las esperas a las que había sido sometido cuando intentaba averiguar por qué condenaron al Viejo y saber si tenía algún derecho? Aunque entonces se hallaba en una situación apurada, al borde del hambre y de la intemperie de los impecunes, cualquier explicación sobre su circunstancia sólo serviría para revelar que era el hijo de un rojo indeseable, convicto y confeso. Y ese no parecía un buen camino.

Le preguntarían por qué había huido, es decir, por qué no había ido a dormir la noche anterior a la pensión. Aquella circunstancia implicaba un contacto y significaba que alguien le había avisado. ¿Cómo explicar que se había acostado con una mujer? Eso irritaría más a los guripas, de suyo, espinosos, y, sin ninguna duda, le patearían los testículos e irían a detener a la Rubia. Eran gente ruda y cruel, los guripas. Y cuando se mezcla la crueldad y la ignorancia, estamos perdidos, decía don Nequin.

Miró el reloj: las nueve y cuarto. Marzo y Tinina ya habrían llegado al tabernón y le echarían en falta. Enseguida arribaría el vinatero con las garrafas. Alguien debía bajarlas a la cueva y rellenar las botellas de vino, y ese alguien era él, pero siguió clavado en la silla, inmovilizado por la fatalidad. Entonces examinó su cartera y se puso a hacer cuentas. Tenía el billete azul de quinientas pesetas, doblado en un ángulo del forro de la billetera –era su fondo reservado para celebrar el encuentro con Chin, su único amor verdadero– uno de cien, tres de diez pesetas y algunas monedas. Con esa cuantía no podía ir lejos. Se incorporó y desde el teléfono público de la cafetería llamó a La Campana.

–Voy a llegar un poco tarde.

–¿Te has dormido otra vez? –le preguntó la gruesa cocinera Tinina.

–Sí, maldita sea.

–Pues vente volando, que el jefe está muy enfadado.

–Dígale que se ponga al aparato –le pidió.

Tras una breve espera oyó la voz enérgica del jefazo Marzo:

–¿Qué cojones has hecho, boñiga?

–Nada malo, se lo aseguro señor Marzo.

–Aquí hay unos señores policías que quieren hablar contigo.

–¿Están cerca de usted?

–Dos están en la barra y otros dos en la puerta. Son de la secreta y tienen cara de pocos amigos. ¿En qué lío te has metido, boñiga?

Lucas bajó la voz y pegó la boca al auricular rodeándolo con la mano para que nadie le oyera. En pocas palabras le contó que le relacionaban con unos terroristas a los que acusaban de haber liquidado al almirante Carrero y le explicó la casual relación con uno de ellos, asegurándole que nada tenía que ver con las andanzas, fechorias y enormidades de aquellos tipos.

–¿Usted me cree, verdad?

–¡Claro que te creo, boñiga! ¡Anda, vente para acá!

–Me van a detener, seguro.

–No lo toleraré.

–¿Qué va a hacer usted, dispararles?

–¡Vente y déjate de hostias, boñiga!

–Eso es lo que me van a hacer, hostiarme y meterme en chirona como si fuera una mierda.

–Vente de cualquier manera –insistió el jefazo.

–De acuerdo, pero prométame que me va ayudar –le pidió Lucas.

–Faltaría más, boñiga.

No apreció en el tono conminatorio del jefazo ni la comprensión ni el compromiso deseable. Por el contrario, la urgencia conminatoria le hizo sospechar que estaba dispuesto a entregarle para cobrar la recompensa que, según se rumoreaba, el ministro de la gobernación ofrecía a cuantos ciudadanos decentes aportaran algún dato serio y fiable sobre el paraderos de los terroristas. Aquella insistencia en llamarle boñiga –calificativo que no empleaba desde el día que le contrató– le pareció prueba suficiente para no obedecerle.

La calle de Cedaceros, la Carrera de San Jerónimo y la de la Cruz registraban la animación matinal de la apertura de los comercios. Lucas avanzaba despacio, remando en una barca sobre un mar de dudas. Desde la confluencia de la Cruz con Núñez de Arce alargó la mirada y vio a dos tipos plantados en la puerta de La Campana. Sin duda le estaban esperando para echarle el guante. Siguió por la Cruz arriba hasta el callejón del Gato. En dirección contraria venía Inés, la Ratita, con su andar alegre y desenvuelto sobre unos zapatitos rojos con tacones altos, con falda-pantalón por encima de las rodillas y un paraguas rojo y un bolso de igual color colgado del hombro. Ella le hizo una señal con la mano y aligeró el paso hacia él. Se desearon buenos días e, inmediatamente, ella le dijo que su compañero de ojos saltones, ese grande y feo de voz rasposa, dejó un paquete para él. Lucas hizo un esfuerzo por sonreír y le preguntó:

–¿Te refieres a Raba?

–No sé cómo se llama –contestó Inés, sonriendo a su vez. Aunque tenía sueño en los ojos y la mirada de miope, era más bonita cuando sonreía, la Ratita.

La situación requería una urgente composición de lugar y salió del paso diciendo que se dirigía a hacer un recado y que enseguida pasaría a recogerlo.

–Por cierto, ¿cuándo te lo dejó?

–Ayer por la tarde.

–No sé por qué no me lo entregó a mí –manifestó Lucas con cierto reproche.

–Me dijo que iba deprisa y no quería entrar para no entretenerse.

–¿Se iba de viaje?

–Eso me pareció; iba muy elegante y me entregó el paquete como quien dice desde la puerta del taxi –explicó la Ratita–. Te lo iba a entregar, pero yo no entro donde esos cerdos, y como no viniste a ayudarme a cerrar…

–Tenía mucho ajetreo, Inesita –se disculpó Lucas–; debe ser un libro que le dejé; guárdamelo, enseguida paso a recogerlo.

La Ratita enfiló por el callejón del Gato y Lucas siguió calle arriba hacia la plaza de Jacinto Benavente, reprochándose a sí mismo el juicio mal establecido y los insultos mentales que había proferido contra Raba. La gente buena no decepciona ni traiciona, se dijo a sí mismo. A Raba le gustaba la pasta, pero poseía un cierto sentido de la justicia distributiva. Después de todo, quizá fuera comunista.

Se detuvo ante el escaparate de la librería San Pablo, en una esquina de la plaza de Jacinto Benavente y se puso a mirar libros de las epístolas del apóstol romano a las distintas tribus del imperio, biografías del decapitado y otros relatos sobre santos y cuentos de curitas y frailes sobre la castidad juvenil en lucha con las tentaciones de Lucifer, teniendo cuidado de que aquella bruja no le viera la cara, pues tenía entendido que casi todas las putas trabajaban para la policía y eran buenas fisonomistas. Cuando, por fin, la mujer al punto emprendió un ligero paseo meneando el culo y un bolso plateado, se coló en el portal y corrió escalera arriba. Llamó al timbre de La Casa de los Religiosos y enseguida le abrió una operaria de edad mediana con gafas de costurera.

–Vengo a por un hábito –le dijo.

–Si es el encargo de los capuchinos, acabo de decirles por teléfono que no lo tendré listo hasta el jueves porque estoy sola; la Salomé se nos ha puesto de parto.

–Soy carmelita.

–Bueno, entonces pase; me alegro de que en la gran Vía de San Francisco se acuerden de nosotras. Ya sabía que tarde o temprano acabarían aquí.

–Dios bendiga su intuición –dijo Lucas.

–Entre los dulces, las yemas, las rosquillas, la huerta, los rezos, se ve que sus monjas no dan abasto, ¿verdad? Se hacen mayores y faltan vocaciones…, una pena.

–Tiene usted razón; surge una urgencia y no hay manera de que la resuelvan.

–Venga por aquí –le indicó la costurera conduciéndole por un largo pasillo hasta una sala que olía a naftalina y contenía unos percheros con hábitos de frailes–. Estos cuatro son de un encargo de Úbeda que dejaron en suspenso por una fuga de novicios; son de un tergal muy suave, nuevos a entrenar. Y llevan su escapulario y su capa con capucha. Están completos.

Examinó los atuendos y eligió el que parecía de su talla. Solicitó permiso a la mujer para probárselo y ella le ayudó a colocarse el hábito y le abrochó los automáticos hasta la bragueta. Él se enfundó el escapulario y ella le alisó la capucha con la palma de la mano sobre la espalda. “Le sienta de maravilla”, dijo la sastra. Y abriendo un armario que tenía un gran espejo acoplado a la lámina interior de la portañuela, le invitó a que comprobara su afirmación. “Ni hecho a medida”, confirmó Lucas. La mujer fue a buscar un cordón oscuro con borlas y se lo anudó en la cintura.

–¿Así que va usted a Roma?

–Veo que está bien informada.

–Sigo las canonizaciones por el Ya –dijo señalando el ejemplar que Lucas había dejado sobre el perchero–, y sé que ustedes tienen mártires por todo el mundo.

–Desgraciadamente…, desde Perú a Filipinas.

–Bueno, pues listo, vaya quitándose el hábito y enseguida se lo envuelvo.

–No es necesario; me lo llevo puesto. En esta zona de pecadoras…

–Si, padre sí, una vergüenza… Venga por aquí, le haré una factura para el superior y me va a hacer usted el favor de decirle que tenemos ese stock de hábitos de la orden y que estamos a su disposición para lo que necesiten los padres y los novicios.

Lucas se asombró del precio: dos mil quinientas pesetas. No tenía suficiente dinero para pagar su flamante atuendo y pidió a la mujer que se apiadase y tuviese en cuenta que eran frailes mendicantes y que una cantidad tan elevada sería considerada abusiva por el padre superior. De hecho, sólo le había dado seiscientas pesetas para el hábito nuevo. Con dificultad extrajo su cartera del bolsillo interior de la chaqueta y sacó el billete de quinientas pesetas de la esquina del cuero. Lo desdobló y estiró con ambas manos y luego sacó el billete de cien. La mujer miró el dinero sin disimular su tentación y recapacitó. “Está bien, por ser la primera vez le voy a hacer un descuento de novecientas pesetas, pero diga usted al padre superior que ya hacemos mucha caridad en nuestros precios y que quienes deberían hacerla son los que nos cobran la luz, la contribución, el arriendo del taller, los hilos y las telas, y esos no lo hacen, esos nos chupan la sangre y no nos perdonan un real”.

La mujer rectificó la factura y empuñó el dinero. “Me debe usted mil pesetas”, dijo. “Y para que le conste, el cordón frailero va de regalo”.

–No se preocupe, mujer; antes del mediodía volveré a pagarle, y si el padre superior no da su visto bueno, volveré a devolverle el hábito.

–Vaya y lleve cuidado con los charcos.

El joven fraile Lucas Ubiese pasó con andar largo ante los agentes trajeados que flanqueaban la entrada de La Campana, cruzó la acera y entró en la tienda de Inés, que se disponía a limpiar el vidrio del escaparate de las salpicaduras de la lluvia de la noche anterior. Ella se sorprendió al verle de aquella guisa y él le pidió que le guardara el secreto y le explicó que en realidad era un novicio carmelita que había sido sometido por sus superiores a una larga prueba, un largo periodo de fe en lucha contra las tentaciones luciferinas antes de cantar misa. “¿Acaso crees que si no fuera así no te habría comido a besos, Inesita, con lo bonita que tu eres?” La Ratita se ruborizó y dijo:

–No sabía que… ¿O sea que eres fraile? ¡Menuda sorpresa!

–Sí, mujer, sí; un fraile trabajador. Pero eso sólo lo sabemos tú y yo, y debes guardarme el secreto, ¿vale?

La Ratita asintió y sacó del cajón inferior de una estantería el paquete que había dejado Raba para él. Tenía, en efecto, el tamaño de un libro, y estaba envuelto en papel marrón, muy bien doblado y precintado con cinta plástica de celofán. Lo protegió con el ejemplar del periódico doblado y lo colocó junto al pecho bajo el escapulario de su flamante atuendo.

–Te sienta muy bien el hábito –le dijo Inés, completamente repuesta de su sorpresa.

–Gracias, preciosa; ya sabes donde tienes un amigo sacerdote por si un día te sientes muy pecadora y deseas… limpiar tu alma.

Al abandonar la tienda de lencería y subvenir advirtió las miradas de los guripas, cruzó la calzada hacia donde estaban, les saludó con una leve inclinación de cabeza y un “buenos días, señores”, observó el letrero escrito a tiza en el vidrio del escaparate: “Se precisa camarero”, y siguió en dirección a la plaza de Santa Ana. Un tipo que paseaba con cara de aburrimiento de un lado a otro del portal de la pensión disipó su intención de acceder a su habitación. Le importaban los libros de don Nequin, las cartas, sus notas personales, la ropa y las alpargatas, pero comprendía que con aquel guripa en la puerta no convenía arriesgar el pellejo y, además, a aquella hora ya las notas y las cartas de su hermano Richard y de la tía Zulaica estarían en manos de la policía, que, sin duda, les habría interrogado acerca de su paradero. También se habrían incautado del libro escolar y estarían realizando pesquisas en el internado.

Entró en la Taberna del Portugués y solicitó un café con leche poco cargado. Unas ancianas le miraron con sorpresa y murmuraron. Tenía razón la Rubia: su hermana Goyi era muy guapa. El cambio, el cuñado quisquilloso era un hombre feo y grasiento, de mirada recelosa. Trasladó el platillo con la taza de café a una mesa junto a las ancianas que no dejaban de mirarle –no era frecuente que los frailes entraran en los bares– y, acto seguido, ingresó en el retrete y abrió el paquete. Dentro de un gran sobre recio y marrón había dos fajos de billetes de cinco mil pesetas, tres fajos de billetes de dos mil y otros con billetes de mil pesetas. Era su parte del botín, los dos millones que mencionó Raba. Extrajo algunos billetes de mil pesetas, cerró el sobre y recompuso el cartonaje. Cuando se disponía a guardar el parné se percató de que había olvidado la cartera en la casa de ropa para religiosos y, desprovisto de documentación, se sintió un poco apátrida y otro poco recién nacido.

“Por Dios, padre, no necesitaba usted dejarme la cartera en prenda”, le reprendió la costurera al agarrar el billete de mil pesetas. “Le deseo que tenga un buen viaje a Roma y le ruego que me tenga presente en sus oraciones”, añadió. “La tendré en cuenta, buena mujer”, respondió Lucas mientras recordaba la primera lección de Leonardo Rabadán o Raba: “Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte”. Y con una sonrisa en los labios se despidió hasta más ver.

‘La verán mis ojos’ (VX): «La zona fría de la rubia»

La obra más conocida del autor de las "Coplas de los pecados mortales"
La obra más conocida del autor de las «Coplas de los pecados mortales»

Por KEY GOOD

La plaza de Santa Ana olía a tierra mojada. Un chaparrón primaveral al anochecer de aquel lunes de San Perfecto había limpiado el aire y daba gusto respirar. Al doblar la esquina de Núñez de Arce, Lucas se topó con el Llantas y le dio un duro. El vagabundo dormía indistintamente en el hueco de una entidad bancaria o en un banco de la plaza y aseguraba que estaba dando la vuelta al mundo en su bicicleta oxidada de ruedas desinfladas. Le gustaba hablar, al Llantas. Aquella noche abrió su desdentada boca, le dio las gracias y luego dijo: “Mala pasma por aquí”. Lucas se abstuvo de darle palique y siguió adelante, junto a la pared para protegerse de la lluvia fina, persistente. Al llegar a la esquina de la calle del Príncipe observó la presencia de dos tipos clavados como estatuas a ambos lados del portal de la pensión donde residía. Un tercer madero de la secreta fumaba en el interior de un coche gris, estacionado frente al Teatro Español, y otro hacía lo propio en un Seat también gris (eran inconfundibles), aparcado unos cien metros por delante del anterior. No tuvo duda de que eran tipos de la secreta al acecho de un pez gordo. Cruzó la calle y entró en la taberna del Portugués. La Rubia se extrañó de que llegara tan tarde.

–Se ha largado el encargado –le dijo.

–¿Y eso?

–Acertó una quiniela de catorce.

–Todos los tontos tienen suerte.

La Rubia ya había limpiado y desconectado la cafetera, de modo que puso a calentar la leche en un cazo y le indicó que se sentara ahí detrás. Después, se apresuró a correr el cerrojo de la acristalada puerta metálica de la entrada, dejó caer la esterilla enrollada en lo alto y apagó el letrero luminoso y las luces del local. En la trasera del establecimiento se almacenaban sacos de harina, bidones de aceite y cajas de refrescos. Lucas acercó una silla y se acodó en una cámara frigorífica de guardar helados. La luz mortecina de un foco de mantenimiento de bajo voltaje hacía imposible la lectura. La lógica aristotélica para burros podía esperar. Encendió un pitillo. Intentaba olvidar la traición de Raba y comenzó a repasar mentalmente los nombres nemotécnicos de los silogismos –bárbara, celaren, darii, ferio; cesare, camestres, festino, baroco; darati, felaton….–; se enredó con Llantas: “Todo ciclista quiere dar la vuelta al mundo, es así que el Llantas es ciclista, luego el Llantas quiere dar la vuelta al mundo”. Y luego con los patos: “Ningún pato baila el vals, ninguna de mis aves es pato, luego todas mis aves bailan el vals”. ¡Qué tontería!

Era demasiado tarde para dar la lata a los Martínez de las hojas de su listín telefónico y siguió intentando componer un ferisomorun, pero no lograba despintar de su cabeza la traición de Raba. Al final le salió uno: “Todo buitre puede volar, algunos cerdos no pueden volar, luego algunos cerdos no son buitres”.

–¿En qué piensas? –le preguntó la Rubia.

–En unas tonterías que se llaman silogismos.

–¿Para qué sirven?

–Para hacer churros mentales.

–Te noto un poco raro –dijo la Rubia colocando dos tazones de leche y unos sobaditos sobre la cámara.

–Estoy derrotado de cansancio y encima he de examinarme de esas argucias griegas conservadas por los clérigos de Constantinopla y redescubiertas por Tomás de Aquino para uso de unos seguidores llamados tomistas que vivían de deslumbrar beatas.

–¿Son difíciles esas argucias?

–Sólo raras.

–¿A ver?

–¿Cómo te lo explicaría yo…? Por ejemplo: “Los quesos tienen agujeros, los agujeros no son queso, luego cuanto más queso, menos queso”.

–Si que son raras.

–Ya te digo –dijo Lu antes de acercar la taza y chamuscarse los labios.

–La leche cruda hay que hervirla –se disculpó la Rubia.

–Ya veo que te preocupas de la salud de los clientes.

Después profirió otro silogismo: “Los camareros cuidan a sus clientes, es así que la Rubia es camarera, luego la Rubia cuida a sus clientes”.

–Es un silogismo en bárbara– aclaró.

–La Rubia sólo cuida de un cliente –le corrigió ella, tendiéndole los labios como si quisiera aliviar o compartir el dolor que le había causado la leche hirviendo.

En la intimidad de aquella trastienda apenas iluminada por la claridad del pequeño foco de mantenimiento, Lucas se dejó besar con la boca abierta, inhaló el aliento de la Rubia y sintió el calor de sus finos labios, seguidos de la lagartija de su lengua en el interior de su boca. Aquella mujer deseaba algo más que cordialidad y ternura, pues en un instante atrajo la mano de Lucas hacia sus pechos y se desabrochó la blusa, liberándose al mismo tiempo del recio sujetador. Lucas le acarició los pechos. Eran tibios y suaves como la cara de un bebé. Un aroma a heno le trasladó a su infancia. De pronto sintió que nada de aquello tenía sentido y se puso en pie. “Tengo que irme”.

La Rubia se levantó de la silla y extendió sus brazos asiéndole por el cuello.

–No te puedes ir –dijo. Y acto seguido le tapó la boca con un beso mientras lo estrechaba contra sí.

–Es muy tarde y mañana he de estar a las nueve en el tabernario. Además…

La Rubia le cortó la frase, besándole de nuevo.

–Además, ¿qué?

–Además tú también…

–No te preocupes por mí –dijo besándole otra vez mientras le desabrochaba la camisa y le acariciaba el bello del pecho.

–Además, esto no tiene ninguna lógica.

–¿Qué lógica necesitas, mi amor?

Él le susurró un silogismo:

–Ningún joven se enamora de una mujer mayor, las mujeres mayores no son ilógicas, luego ninguna ilógica se enamora de un joven.

Ella protestó:

–Soy ilógica y no soy mayor –Y le aplicó los labios al cuello como si fueran una ventosa.

–Hueles muy bien –dijo él.

–Mejor sabré.

–Sabes que tengo que irme y que…

–Te repito que no te puedes ir. Además, no te has tomado la leche, así que siéntate de una vez.

Lucas obedeció. Ella le recompuso la camisa, le revolvió los cabellos, le dio otro chupetón en el cuello, pronunció una exclamación cariñosa y se fue a buscar una botella de brandy con dos copas. Sin hacer caso de las indicaciones de Lucas de que no bebía alcohol, llenó ambas copas y le ordenó: “Bébetelo, te sentará bien”. Él apuró el café con leche y dio un sorbo a la copa de brandy. Era un licor suave. Dio un sorbo más largo y sintió el calor en el esófago. La Rubia bebió también. “Es Napoleón, el mejor coñac”, dijo. “¿A que te sientes mejor?”

–Contigo me siento bien, solo que…

–¿Te gusto?

–Ya lo creo que me gustas, Rubia; eres muy dulce, muy sabrosa.

–Y no soy tan mayor…

–No quería herirte, solo que…

–Solo que ¿qué? –dijo ella besándole de nuevo.

–Solo que, bueno, nunca he estado con una mujer.

La Rubia se rió y le acarició.

–Eso no tiene importancia; esta noche vas a estar con una que te quiere, pero no aquí, sino en la cama, y mañana verás como te sientes mejor.

–Mi cama es de medio metro y no cabemos los dos.

–No, no, cariño, aunque esta noche no vinieras conmigo, ni se te ocurra ir a la pensión: está llena de policías de la brigada político-social.

–¿De policías?

–De policías, si; me lo ha dicho el sucio; están buscando a un terrorista e interrogan a todo el mundo. Así que esta noche te vienes conmigo a dormir y así evitas que te den la murga.

Lucas apuró la copa y se sirvió otra. Con razón el Llantas le dijo que unos guripas malos rondaban la plaza de Santana y luego, aquellos coches y aquellos tipos flanqueando la puerta de la Lucense y del hostal Regional…

–¿Te dijo algo más el sucio?

–Me preguntó si en los últimos tiempos había visto por aquí algún tipo joven con acento vasco y pinta extraña, con barbas, mal peinado y eso. Le dije que no había visto más gente que la corriente. Y él me pidió que le llamara si sospechaba de alguno que no viniera habitualmente por aquí.

En ese momento Lucas no tuvo duda de que le estaban buscando a él si, como sospechaba, aquel Argala con barba y cara caballo con el que había llegado a Ursaría en el camión de Centeno y al que había escrito dos cartas pidiendo ayuda, era un terrorista etarra.

Disimuló su repentina inquietud con otro sorbo de coñac y acarició y paladeó los labios de la Rubia. “Ahora sé que eres sincera y me quieres y deseas evitarme las molestias de esos guripas”, le dijo.

–No te lo creas; lo que yo quiero es follarte, y si me gustas, ya veremos.

–¿Qué veremos?

Ella evitó contestar.

–Ya lo sé…, iremos a Grecia.

Ella buscó un paraguas, salieron y caminaron abrazados. Eran de la misma estatura. Cruzaron la plaza del Ángel y bajaron por la calle de Alcalá con pasos acompasados. De vez en cuando se volvían el uno a la otra o la otra al uno para besarse sin dejar de caminar. Cruzaron la plaza de la Cibeles, torcieron hacia la derecha y subieron por la silenciosa calle de Juan de Mena, donde ella vivía con una hermana menor y un cuñado quisquilloso que madrugaba para hacer churros.

La Rubia le fue contando algunos detalles familiares a medida que caminaban hacia su casa, “un piso grande y destartalado, un paramental”, decía ella. Lucas mantenía su brazo sobre los hombros de la Rubia y le dirigía los pasos mirando al suelo para evitar que pisara los charcos y los adoquines mal cimentados que chinglaban y despedían agua y barro contra las medias, las piernas y los zapatos. En su cabeza bullía la inquietud sobre de si sería él el terrorista prófugo. ¿Por qué había escrito aquellas cartas? ¿Por qué las había introducido por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos, si ya entonces sospechaba que aquel Argala no era trigo limpio? Si los guripas le habían echado el guante, era evidente que habían encontrado las cartas. ¿Por qué no se las había comido aquel papelófago con cara de potro, como  hizo con la servilleta, o, por lo menos, las había roto y arrojado a la papelera?

La Rubia seguía describiendo a su cuñado quisquilloso y a su inteligentísima hermana sin dejar de hacerle arrumacos.

–¿Cuál es la parte más fría de la mujer? –Le preguntó.

–No se.

–El culo –dijo ella riendo.

Él dejó caer lentamente el brazo desde su hombro hacia el costado y colocó la mano sobre su esférico glúteo, presionando suavemente para que el roce del caminar le proporcionase calor.

Tenía una habitación con dos balcones, la Rubia, y una cama grande, algodonosa y suave sobre un piso de tabla encerada que se quejaba al pisar. Sintió el jadeo de la Rubia, la placentera humedad del orgasmo encadenado de la correosa e intensa mujer y se fue quedando dormido con un sabor agrio y dulce en la boca y el nombre de Juan de Mena en la cabeza; si la fortuna era un laberinto, desconocía la suerte que le esperaba.