Archivo de la etiqueta: arenales franceses

‘La verán mis ojos’ (XXV): «Fuga y regreso a los arenales»

 

Refugiados españoles en los arenales franceses de Argeles sur Mare
Refugiados españoles en los arenales franceses de Argeles sur Mare

Por KEY GOOD

Más de una vez, escuchando a los históricos republicanos del desexilio, Lucas adquiría conciencia de la mala calaña del régimen dictatorial que paulatinamente iba quedando atrás, por haber sembrado tanta propaganda incitando al odio y al miedo a los rojos de allí afuera, cuando, en verdad, no eran ni tan peligrosos ni tan fieros como los pintaron, sino gente valiente, inteligente y buena. Los años de necia propaganda habían servido para justificar la persecución y liquidación de aquellos hombres y mujeres que poseían unos ideales democráticos y un modo muy distinto de entender la vida al que había impuesto el impostor. El miedo a la revancha de los derrotados –aquella gente sencilla y razonable– era el resultado de una campaña propagandística larga, constante y continuada de falsedades, y era también la peor herencia de la dictadura, pues todavía pesaba sobre la mayoría silenciosa y no contribuía a la reconciliación. De cuantas formas de miedo histórico habló don Claudio Sánchez Albornoz –miedo del pueblo al dictador y del dictador al pueblo–, aquel miedo del pueblo al pueblo le parecía a Lucas el peor.

Ni ira ni animadversión ni ánimo de venganza, nada de eso, advirtió en los regresados. Si acaso, una micra de desprecio hacia los reaccionarios, y bastante orgullo –orgullo intelectual– en algunos de ellos. Combatieron por su ideal de libertad y por un país más justo y perdieron. Pero la tristeza por los familiares y compañeros muertos parecía de alguna manera compensada con su razón histórica y con el hecho de que la historia les daba la razón. Esa razón, es decir, el avance del país hacia los ideales de la democracia y la justicia también parecía resarcir en la última curva del camino el recorrido de sus vidas marcadas por la guerra y el destierro.

Quien más quien menos se sentía feliz de regresar y comprendía que para superar la división entre los españoles y la maldita herencia del miedo fratricida, los nuevos dirigentes de los partidos de izquierdas no abusaran de su presencia y ejemplo. «Hacen falta libros para contar la historia y relatar sus historias”, decía don Nequin, como si las crónicas periodísticas  de Lucas, forzosamente parciales e incompletas sobre las vivencias de algunos de ellos supieran a poco, un sencillo aperitivo.

En aquellos días, Lucas escribió sobre don Anselmo Carretero, sobre el aviador Montilla, sobre el jefe guerrillero asturiano José Mata –un socialista que había trabajado de minero en el exilio en Francia y custodiado un pequeño capital de 300.000 pesetas que el Partido Socialista tenía en bonos del Estado francés y vino a Ursaría a entregar el dinero a los nuevos dirigentes–, sobre el internacionalista proletario Fedor Ganz, autor de un libro titulado Ensayo marxista de la historia de España, que le sorprendió por su sabiduría… Era un anciano muy pequeño, de pelo blanco, revuelto, ensortijado; había difundido el ideario del socialismo democrático durante la II República y vendido El Socialista en las calles de Bilbao para sobrevivir, aquel don Fedor. También sobre el sindicalista asturiano Teodomiro Menéndez, un hombre que había sobrevivido a la prisión y escapado al fusilamiento en la huelga revolucionaria de octubre de 1934, lanzándose por una ventana desde un cuarto piso, escribió un amplio reportaje.

Del dirigente histórico de las Juventudes Socialistas Curro López del Real, un hombre que permaneció fiel al Partido Socialista Obrero Español y no se fue con los comunistas, como hicieron otros jóvenes, le impresionó el modo de escapar de la cárcel de Carmona (Sevilla), en la que le recluyeron al término de la Guerra Civil. Lucas le preguntó cómo logró fugarse, y aquel Curro, que desbordaba gracia y contaba anécdotas para llorar de risa, le contestó:

–Con dos palabras.

–¿Cuáles?

–El “norte imantado”.

–¿Así de sencillo?

–Así.

–¿Cómo fue eso?

–Me apuntaron en un batallón de trabajo penitenciario y nos mataban a trabajar a pico y pala durante diez horas al día en la construcción de una carretera. Era algo insoportable. Yo no pensaba más que en escapar, pero no veía la manera de hacerlo. Sabía que si escapaba me exponía a que me agarraran y me fusilaran sin contemplaciones. A pesar del riesgo, no hacía más que dar vueltas y vueltas al asunto hasta que, de pronto, una mañana lluviosa y oscura, cuando nos llevaban al tajo en formación de a dos, los más altos delante, y los más bajos detrás, decidí que era el momento de jugármela y puse en práctica la idea que se me había ocurrido. Con voz bien alta, para que me oyeran los guardias, le pregunté al que iba a mi lado: “Ramón, ¿has traído el norte imantado?” Él puso cara de sorpresa. Yo añadí, más alto todavía, en tono muy cabreado: “¡Joder, Ramón! ¿No llevas el norte imantado? ¡Te dije que lo cogieras, pero otra vez lo has olvidado!”

Yo no sé qué pensaría el guardia que iba detrás de nosotros qué era aquello del “norte imantado” –ni yo mismo lo sabía–, sólo sé que le dije al compañero: “¡Pues tendré que ir a buscarlo!”, le hice una señal al guardia y eché a correr hacia la puerta del penal, que estaba a unos doscientos metros. Como llovía a jarros, el guardia se encogió de hombros y siguió camino con los demás presos. Así fue como me escapé”.

Curro siguió contando que unas horas después llegó a una estación del ferrocarril y se sentó a esperar el primer tren que pasara. No llegaba ninguno, aunque sí una pareja de guardias civiles que le miraron y se sentaron junto a él. Uno le dijo: “¿Te has escapado, verdad?” Él pensó: “Curro, estás jodido”, y contestó que sí. Llegó un tren, se subió, y, entre peripecia y peripecia, consiguió plantarse en Bruselas, donde sobrevivió a la ocupación nazi y desvivió el largo exilio de cuarenta años en compañía de una mujer muy alta y muy guapa, la Moyano, y con un carácter dulce y fuerte al mismo tiempo. Ahora, en la vejez, le ponía inyecciones.

La historia de los aviadores Bravo y Montilla le resultó apasionante. Combatieron juntos durante la guerra civil, se enfrentaron decenas de veces a los cazas Messeralemanes y a los Fiat o Chirris italianos y lucharon sin descanso a bordo de sus Moscas –los frágiles monoplazas que llevaban dos ametralladoras sincronizadas con el giro de la hélice– en la batalla del Ebro y a lo largo de casi todo el litoral Mediterráneo, desde Murcia hasta Girona. Montilla atribuía a Bravo más de veinte derribos de aviones enemigos, pero Bravo aseguraba que nunca los había contado y, como buen jefe de escuadrilla, asignaba el mérito a sus subordinados. Pertenecían a aquella clase de hombres que combatieron hasta el último día y la última bala. Y sobrevivieron.

“Ya estábamos en retirada, en el aeródromo de Figueres –contó Montilla una noche en la Taberna del Portugués–; hemos salido a hacer un servicio y cuando empezamos a perder altura para iniciar el aterrizaje, vemos una escuadrilla de Fiat que está ametrallando nuestro aeródromo. Ya no podemos ni aterrizar en nuestra casa. Las tres escuadrillas de Moscas nos lanzamos como fieras contra los Fiats. Ellos nos ven venir y huyen en vuelo rasante, aunque no se libran de una buena rociada de balas de nuestra parte. No les podemos perseguir porque ya nuestros tanques de gasolina están casi vacíos. Un Fiat se estrella cerca de nuestro aeródromo. Lo vemos arder mientras iniciamos el aterrizaje. Cargamos gasolina y volvemos a salir. Apenas tenemos tiempo para comer entre uno y otro servicio. Cada vez la historia se repite. Combate contra los Fiat, los Messer y los Heinkel. Estamos tratando todos, la aviación de caza en pleno, de que no ataquen a nuestras fuerzas del ejército de tierra y a los miles de civiles que se retiran por la carretera hacia la frontera francesa. No lo conseguimos más que parcialmente, aunque sí evitamos que aquello se convierta en una carnicería absoluta. Yo llego agotado a la casa de los pilotos. Cenamos todos juntos: Bravo, Tarazona, Calvo, Sanz, Balsa, Artigas, Pastor… Lo hacemos en silencio. La tragedia se refleja en nuestros semblantes. Ya no somos los jóvenes de antes. Sabemos que estamos a punto de perder la guerra y que antes todavía alguno de nosotros tendrá que morir, quizá en el último día, quizá en la última hora. Así son todas las guerras”.

–Manolo, no te pongas estupendo –le reconviene Bravo.

Montilla sigue su relato: “Recuerdo aquellos últimos combates como si hubieran sido ayer mismo. Después de cenar, descansamos cuatro o cinco horas y nos ponemos de nuevo en marcha. Nos dirigimos al campo de aviación y vemos desde lejos un resplandor. Un camión cisterna está ardiendo y junto a él también arde un avión. Cuando llegamos nos informan de que es un aparato de la línea aérea Peninsular, la Lape, que iba a despegar cuando la cisterna se le cruzó en la mitad del campo: los cuatro tripulantes del avión han muerto. Bueno, me digo, empezamos bien el día. Primer servicio. Nos amanece ya cerca de Girona. El enemigo está a mitad de camino hacia Figueres. La caza enemiga está también en el aire, tampoco esperan a que amanezca. Vienen temprano a cobrar su contribución en sangre. Ametrallan y bombardean sin piedad la carretera por la que se retiran hacia la frontera miles de civiles, entre ellos, mujeres, viejos y niños. Todo lo que se mueve en el camino es un blanco perfecto para esos saguinarios. Vemos cómo debajo de nosotros, los Chatos combaten contra los Fiat. Jacobo da señales de alaveo. Encima de notros hay seis Messer. De frente, y más o menos a nuestra altura, dos escuadrillas de Heinkel y una de Fiat. Otras dos escuadrillas de Fiat un poco más abajo. Jacobo se lanza contra los Heinkel y yo contra los Fiat. Abrimos fuego y les damos una pasada. Los Fiat dan medio tonó y se lanzan en picado. Empezamos a tomar altura cuando ya se nos están descolgando los Messer. Aguantamos la pasada dando el morro. Siento los impactos de las balas en el fuselaje, doy medio tonó y me largo en picado. Entonces tropiezo con las otras dos escuadrillas de Fiat y aprieto los gatillos, abriendo fuego sobre ellos. Miro atrás y veo a mi cola un Messer y dos Fiat que están a más altura. Doy media vuelta de barrena con motor y pico a la desesperada. Balsa y Pastor me siguen. Es un milagro que no hayan derribado a ninguno de los tres. El cielo está plagado de aviones enemigos de todas clases. Para donde uno mire hay aviones que se descuelgan para acosarnos. Realmente no me explico cómo no nos derribaron a todos. Ponemos rumbo a Figueres. Poco a poco van llegando los demás. Faltan dos aviones, uno de la cuarta y otro de la escuadrilla de Cano. Es nuestra primera contribución de hoy en sangre joven. Apenas acabamos de aterrizar los Moscas empiezan a hacerlo los Chatos. Apenas aterrizan los primeros de la escuadrilla, vemos a unos Fiat que les siguen y se lanzan a ametrallarlos. Tarazona, Calvo, yo y otros pilotos, algunos con metralletas y otros con pistolas, disparamos contra los Fiat. Entonces llegan dos Messer y se lanzan a atacar a los aviones que están en tierra, a los camiones y a todo el material rodante que ven. Algunos aviones arden, una cisterna también. Aquello parece un infierno. Por fin, considerando cumplida su misión de muerte y destrucción, los cazas enemigos se retiran y Tarazona, Calvo y yo nos miramos en silencio. Todo lo que teníamos que decir a los fascistas ya estaba dicho, ya estábamos roncos de gritarlo mientras les disparábamos”.

La Rubia, que se ha levantado a atender a los clientes, vuelve rápidamente para seguir escuchando a Montilla. “Ya estamos a principios de febrero, acabamos de llegar a Villajuiga, el último refugio de la Fuerza Aérea de la República. Ahí estamos mezclados Chatos y Moscas. El 6 de febrero de 1939 realizamos el último aterrizaje en España. Al día siguiente despegaremos para Francia: punto de destino, Toulouse, aeródromo militar francés. Esa noche casi no dormimos. Después de cenar, yo me pongo a hacer el equipaje: un pequeño petate con dos camisas, dos pares de calcetines y una muda interior. Es todo lo que pienso llevar a Francia. A las siete de la mañana salimos para el aeródromo. Abordamos los coches y cuando estamos llegando al campo oímos el ruido de un avión. Nos paramos y vemos pasar a un Mosca sobre nuestras cabezas; alguien ha despegado sin orden de hacerlo. Las instrucciones eran despegar en perfecta formación, primero los Chatos y después nosotros. Algunos tildan de traidor al que ya está volando, otros le insultan. El fugado es Jacobo Fernández Alberdi. Aterrizaría en Marsella sin novedad. ¡Suerte!”

Bravo pronuncia unas críticas contra el jefe Lacalle que Lucas no acierta a descifrar, aunque parecen indicar que el gran aviador se desentendió de su gente. Montilla prosigue su relato: “Me dirijo a mi avión y sujeto al sillín mi modesto equipaje. Empiezan a rugir los motores y con las primeras luces del alba, los Chatos empiezan a despegar. Subo a mi avión CN-195. Estoy en la cabina esperando la orden de despegar cuando veo que varios mecánicos y pilotos salen corriendo hacia los refugios. Me incorporo un poco y veo un Messer que viene en vuelo rasante hacia nuestro campo. Me tiro del avión justo a tiempo de oír cómo las balas se incrustan en el fuselaje. Cuando me incorporo veo en el centro del campo a Zarauza, Bravo, Arias, Tarazona, Sanz y algunos más. Zarauza y éste –señalando a Bravo– tienen metralletas en la mano y los demás, pistolas. Corro hacia ellos. Apenas hemos decidido derribar a ese hijo puta con una barrera de fuego cuando el Messer ya viene enfilando de nuevo hacia el campo. Estamos en el centro de la pista y empezamos a disparar. Pasa sobre nuestras cabezas. Dos aviones más están ardiendo. Uno de ellos es el mío, pero no tengo tiempo de hacer nada porque de nuevo el aparato enemigo se nos viene encima. Las balas caen a nuestro alrededor. Realmente esto es un suicidio, David contra Goliat, un grupo de pilotos llenos de rabia y desesperación en medio del campo, enfrentándose con metralletas y pistolas al mejor avión de combate entonces conocido. El avión pasa de nuevo sobre nuestras cabezas, dejando una estela de balas. Le seguimos disparando mientras pasa por encima. De pronto empieza a soltar humo del motor y contemplamos con sorpresa cómo aterriza sin ruedas y sin poder evitar capotar. Seguramente las balas de las ametralladoras de Zarauza y de éste –vuelve a señalar a Bravo– le han alcanzado de lleno. Salimos corriendo y cuando llegamos, casi sin aliento, vemos el triste estado del fascista, un capitán de la Legión Cóndor. Tiene las dos piernas casi cercenadas, un brazo desgarrado y sangra también por la cabeza. Está todavía consciente y nos mira con ojos de desesperación. Se desangra rápidamente y es cuestión de minutos que muera. Alguien dice: “Péguenle un tiro y que acabe de una vez”. No hay médicos ni ambulancia, y aunque los hubiera, no habrían podido hacer nada”.

Mientras Montilla habla, Bravo asiente con la cabeza. Parece un hombre de pocas palabras que no ha temido ni teme a la muerte, pero prefiere que sean otros, Montilla en este caso, los que cuenten la humillación de la derrota y la pérdida de los aviones en el último refugio que les quedaba. “Después de aquel desastre nos dirigimos todos a la caseta de mando. ¡Cabrones! Si no hubiera sido por la ayuda de los alemanes y los italianos, nunca nos habrían ganado la guerra, dice Sanz. Mientras caminamos oímos un disparo a nuestra espalda: el último piloto nazi de cuantos vinieron a masacrar a un pueblo y fueron dejando una estela de sangre y destrucción, acaba de pagar con su vida la labor de mercenario. Llegamos a la caseta del mando. Sólo nos quedan tres Moscas. Zarauza y éste se apartan unos metros del resto. Les vemos discutir. Finalmente nos comunican que ni Bravo ni Zarauza ni ninguno que haya tenido mando de escuadrilla, aunque fuera de forma provisional, cruzará la frontera en vuelo. Designan a tres pilotos para que despeguen en diez minutos y salgan rápidamente hacia Toulouse. Nosotros nos dirigimos a los coches. Tenemos órdenes superiores de concentrarnos en el valle de Espolla. La carretera está totalmente taponada por nuestras fuerzas y por los miles de civiles que se dirigen a Francia. Los tres Moscas pasan sobre nuestras cabezas. Menos mal, pues a lo lejos se observan en el cielo innumerables puntos negros. Es la aviación enemiga que viene a terminar su tarea. El cielo está lleno de humo procedente de la hoguera en la que se queman las ultimas ilusiones de libertad de un pueblo que luchó y murió por ella”.

El 8 de febrero de 1939, aquel grupo de aviadores supervivientes –Montilla, Bravo, Sanz, Balsa, Pastor, Zarauza…– pasa su última noche en España. Algunos confían en que el coronel Urzáiz, que es el que manda la columna de aviación que se va reuniendo en Espolla, les de alguna esperanza de seguir luchando y en que, cuando lleguen a Francia, les manden a la zona centro a recuperar terreno contra los sublevados o que estalle la guerra mundial y los demócratas franceses cuenten con ellos, pues se consideran los primeros en luchar por la democracia. Pero, según Montilla, nada de eso sucede. Lo que les espera son dos días de caminata a pie, sin parar, para escalar los Pirineos y, al otro lado, en la falda de la montaña, los gendarmes franceses que les arrean, alé, alé, y no les dejan descansar ni un minuto hasta que, a lo lejos, divisan el mar y por fin llegan –algunos agotados, con los pies heridos, apoyados en los compañeros– a la playa de Argelès sur Mer, donde miles de refugiados han sido concentrados y muchos de ellos empiezan a morir de hambre, frío, disentería y desesperación.

Bravo y Montilla recuerdan la “arenosis” –una mezcla de constipado, pulmonía, sed, hambre, frío, impotencia y humedad– de aquellos tristes días de febrero y sus gélidas noches en la maldita playa convertida en un inmenso campo de concentración. Con las telas de unos paracaídas arman una especie de tiendas de campaña y hacen un agujero en la arena para dormir con los pies juntos, acostados en forma de estrella. Sólo de noche se apaga el rumor de la enorme masa humana, más de doscientas mil almas. No hay leña para hacer un triste fuego en el que calentarse, no hay agua, no hay comida. Cuando la luz del alba aparece en el horizonte, vuelve el rumor de la inmensa masa humana que se levanta para ver amanecer el nuevo día. Muchos ya no se levantan; se ven pasar grupos de soldados cargando con algún compañero muerto. Algunos viejos se adentran en el mar y desaparecen. El triste cortejo es constante. Mueren mujeres, niños, soldados, ancianos. Hay piojos, disentería, infecciones. ¿Nos dejarán morir de hambre? Llega un camión a la entrada de la alambrada y se extiende el rumor de que trae comida. La gente se lanza a asaltarlo, pero unos senegaleses que han sustituido a los gendarmes, lo impiden a culatazos. Se forma una larga fila y les entregan un chusco de pan en una mano y dos o tres trozos de carbón en la otra. A la derrota suman el maltrato y la humillación de las autoridades francesas que, sin haber movido un dedo en defensa de la democracia en España, se titulan demócratas y defensores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. “¡Por los cojones!”, susurra Bravo.

“Paco, yo esto no lo aguanto más –le dije a Tarazona–; prefiero que me peguen un tiro a seguir aquí. ¿Te vienes conmigo? Sólo han pasado dos días. Tarazona piensa que nos agarrarán y que no conseguiremos nada, pero Andrés Fierro y dos pilotos más están dispuestos a escapar conmigo. Se lo decimos a Zarauza, que en ese momento es nuestro jefe. Él no se arriesga, pero aquí, mi amigo y superior Bravo y otros tres pilotos deciden acompañarnos. Como no conocemos el terreno, escaparemos de noche y esperaremos la luz del día para no perdernos. Quedamos a las seis de la mañana. Éste –dice Montilla, señalando a Bravo– controla el reloj. Es hora de irnos. Los siete nos dirigimos hacia el norte del campo. Según nos acercamos a las alambradas nos vamos agachando y acabamos reptando. A cuatrocientos metros hay un bosquecillo y un arroyo que desemboca en el mar. Esa es nuestra primera meta. Varios senegaleses vigilan, fusil en mano, al lado de las alambradas. Aprovechamos que dos de ellos se han juntado para hablar y han dejado un espacio bastante grande y nos deslizamos por debajo de la alambrada. Reptamos hacia el bosque. La oscuridad nos protege y seguimos escurriéndonos cada vez más lejos. Ya estamos a unos cincuenta metros de los primeros árboles. Alguien estornuda. Nos quedamos quietos, pero los senegaleses nos han oído y empiezan a gritar dándonos el alto, aunque no pueden vernos. Sentimos que vienen hacia nosotros y empiezan a disparar. Yo digo: “Bravo, se están acercando y es hora de correr hacia el bosque; si alguien recibe un balazo, mala suerte”. “Opino como tú”, me dice. “Compañeros, vamos a correr hacia el bosque”. Iniciamos una carrera a la desesperada. Cincuenta metros es una distancia corta y la recorremos en un momento. Aunque algunas balas silban a nuestro alrededor, ninguno ha sido alcanzado. Los senegaleses siguen disparando. Escuchamos también ruido de caballos que se aproximan. No nos queda más remedio que meternos en el arroyo por entre las cañas. Bravo y yo vamos delante. Los demás nos siguen. Nos agachamos dentro del agua dejando la cabeza fuera, justo a tiempo para ver cómo cuatro argelinos se acercan, sable en mano, y empiezan a registrar entre la maleza dando mandobles a derecha e izquierda. Están casi encima de nosotros. Pasan al otro lado del río. Seguimos quietos donde estamos. Vuelven a cruzar el arroyo y se dirigen a sus caballos. Los oímos y cabalgar hacia el campo de concentración. El agua está helada. Empapados y ateridos de frío, decidimos seguir caminando hacia el norte, en paralelo a la playa, hasta que amanezca”.

Montilla prosigue su relato. Bravo ha mirado su reloj. Le ha pedido que simplifique. Es un pragmático al que sólo interesa el resultado. Pero a Montilla no le da la gana simplificar. Es un derrotado que ama sus recuerdos. Cuanto peores, más los ama. La Rubia y Lucas le animan a seguir contando qué pasó después. Bravo sonríe y le guiña un ojo a la Rubia como diciendo: “Verás, verás a donde va el alcaraván a poner los huevos”. Ella rellena los vasos de mosto con limón. “Bueno, quedamos en que os habéis fugado de aquel infierno…”, dice la Rubia, animando a Montilla a retomar el hilo después de la interrupción de Bravo, que ha recordado que entre los fugados iban también Bascuña, un destacado jefe de un batallón de ametralladoras del ejército del general Modesto, y un comisario al que llamaban Colchones.

“Las primeras luces del día –sigue Montilla– se filtran entre las nubes. Es un día gris, nublado, sin sol que nos permita secar la ropa. A la derecha está la playa. A la izquierda, bastante lejos, se ve una carretera. Debe de ser por la que se va a Perpiñán. Bravo pregunta si alguno de nosotros tiene algo de comida. Uno tiene un bote de leche condensada y otro medio bacalao seco que ha cambiado a un soldado por una camisa. Hacemos un alto para desayunar: un sorbo de leche cada uno y un trocito de bacalao; nos queda la mitad para otra vez. Decidimos seguir caminando cerca de aquella carretera, pero no por ella. Cuando vemos un coche o un camión nos tiramos al suelo para que no nos vean. Al mediodía despachamos el resto de la leche y el bacalao. Al atardecer divisamos una masía. ¿Qué hacemos? Decidimos correr el riesgo y acercarnos. Tenemos un hambre canina. Andrés Fierro, que sabe francés, va delante para hablar con los de la casa y decirles que somos gente de paz, que no hace falta que avisen a la policía. Cuando estamos llegando, un hombre y una mujer de mediana edad salen a nuestro encuentro. Son catalanes y simpatizantes de nuestra causa, y están dispuestos a darnos comida y alojamiento por una noche. Nos parece mentira que alguien nos tienda la mano en esta tierra y les damos las gracias casi con lágrimas en los ojos. Nos sentamos alrededor del fuego, donde vemos cómo se calienta el puchero: un caldo con verduras y carne. Después dormimos como troncos en el pajar. Y antes del amanecer, el dueño de la masía nos despierta –debemos irnos, no quiere problemas con la gendarmería– y nos da dos hogazas de pan. Nos despedimos agradecidos. Todavía nos faltan cuarenta kilómetros hasta Perpiñán, ciudad a la que entramos de noche por un camino secundario. Bravo sabe que existe una casa de España y Fierro pregunta la dirección. Es un restaurante donde se reúnen los españoles residentes en la ciudad, casi todos simpatizantes de la República. Los dueños nos acogen con afecto, al igual que a todos los españoles que van llegando. Nos dan de comer y nos llevan a un desván, donde podemos dormir sobre unas colchonetas y donde nos encontramos con veinte refugiados más que ya están durmiendo. Los dueños nos dicen que sólo podemos estar dos días porque hay que dejar sitio para los que van llegando. A la mañana siguiente nos dirigimos al consulado para que nos documenten. Cuando llegamos hay cola para entrar y nos ponemos en ella. Nos dicen que tengamos cuidado porque cuando menos lo esperas aparecen los gendarmes y se llevan detenidos a los que hacen cola. Por lo visto, hacen estas redadas varias veces al día”.

Bravo apunta: “Lógicamente, puse un centinela en cada esquina de la calle hasta que entramos y nos documentan”. “Si, con unos pasaportes que no sirven para nada –añade Montilla– y no evitan que nos detengan si no tenemos el correspondiente pase de la policía francesa…. Yo aprovecho para preguntar al señor cónsul si conoce la dirección de don Diego Martínez Barrios en París, y cuál no es mi sorpresa cuando me responde que está allí, en el consulado, en ese momento. Entonces le digo que soy amigo personal suyo y que me gustaría saludarle, y me dice que mantiene una reunión con el ministro Álvarez del Vayo para organizar la evacuación de los refugiados hacia México y algún otro país de América Latina, y que espere allí, que cuando termine, él e anunciará al presidente de las Cortes. Éste –señalando a Bravo– y los demás me dicen que ya nos veremos en la casa de España y se largan. Yo me quedo esperando y al cabo de dos horas paso a ver a Martínez Barrios. Me recibe con el cariño de siempre y le cuento  nuestras aventuras hasta llegar aquí. “Bueno, me alegro de que estés vivo. ¿Tú querrías ir a México?” Naturalmente, don Diego. “Bien, pues en el primer barco que salga para México estarás en la lista de embarque. Toma mi dirección en París y no dejes de estar en contacto conmigo para que yo te avise de la fecha y el lugar de salida. Además recibirás unos francos que te mandará el partido (la Unión Republicana)”. Nos damos un abrazo, nos deseamos suerte y quedamos en vernos en América.

Salgo del consulado más contento que unas castañuelas. Me extraña no ver gente en la puerta. Doy dos pasos y un gendarme salta desde un portal y me agarra del brazo. “¡Le papier?” Le enseño el pasaporte. Farfulla algo que no entiendo y me lleva del brazo. Mala suerte. Poco ha durado mi libertad, me digo; ya veré la forma de volver a escapar. Me conducen a un enorme caserón, rodeado de un gran jardín, donde hay unos mil españoles detenidos que van a ser llevados a los campos de Argelès o de Saint Ciprien. Paso la noche como puedo, durmiendo en el suelo, como los demás, y por la mañana nos forman en fila de a tres y nos llevan caminando hacia la estación, donde subiremos al tren que nos trasladará al campo de concentración. En cuanto empezamos a caminar, veo gente que se va retrasando con la intención de escaparse por la cola. En consecuencia, los gendarmes aumentan la vigilancia en la parte posterior de la formación y disminuyen la de delante. Me adelanto todo lo que puedo y cuando paramos brevemente ante el portón de una fábrica, me separo caminando lentamente para no llamar la atención y me meto en la fábrica. Nada más entrar veo dos letrinas y me meto en una de ellas. Oigo los gritos de los gendarmes y el ruido de la columna que empieza a caminar. Dejo pasar un buen rato, salgo y me dirijo a la casa de España, donde Bravo y los demás se acaban de levantar y están desayunando.

–¿Dónde te has metido? Creímos que te había detenido –me dice Bravo.

–Es que me detuvieron al salir del consulado; me llevaron a un patio de reconcentración y cuando nos conducían a la estación para embarcarnos con destino a Argelès, me escapé de nuevo –les explico.

Entonces Bravo me cuenta que han decidido ir a Burdeos y ofrecerse al cónsul de China para ir a combatir contra los japoneses. Yo estoy de acuerdo. Pero no tenemos un franco y hemos de viajar “de colados” en el tren. Fierro se ha enterado de que pasa uno a las doce. Nos separamos para no llamar la atención. La estación está llena de policías, pero no parecen interesarse por nosotros. Subimos en varios vagones, tal como hemos acordado, y pasamos el viaje en los pasillos, transitando de un vagón a otro para burlar al revisor. A medida que el revisor avanza, vamos retrocediendo. Cuando el tren para en una estación, aprovechamos para bajar y volver a subir dos o tres vagones por delante, por los que ya ha pasado el revisor. Así, todo el día. El viaje es largo. Saltamos del tren cuando empieza a perder velocidad, antes de llegar a la estación y, en grupos de dos o tres, nos dirigimos a la plaza de Quinconce, donde nos han dicho que está el consulado de China. En efecto, ahí está, pero con las oficina cerrada. En cambio, la plaza ofrece unos hermosos bancos de piedra… para dormir”.

“¡Menuda nochecita!”, recuerda Bravo. “Fría, larga, interminable”, dice Montilla. “Por la mañana –añade Bravo–, en cuanto abrieron la oficina, subimos Fierro y yo a ver al cónsul y nos ofrecimos como combatientes junto con los demás pilotos, que nos esperaban abajo, y con los que habían quedado en Argelès. Las condiciones no son malas y el cónsul está dispuesto a contratarnos por un periodo mínimo de un año, mil dólares de sueldo al mes y otros mil por cada avión japonés que derribemos. Pero hay un problema: tenemos que pagarnos el viaje. ¡Hombre!, si tuviéramos dinero no estaríamos aquí. El cónsul se muestra inflexible y no hay nada que hacer”. “Lo que pasa –añade Montilla– es que el buen hombre desconfiaba de nosotros y temía que si nos pagaba el pasaje pudiéramos quedarnos en algún puerto americano de los varios que tocaba el barco en su travesía. Y tenía razón el cónsul”, añade Montilla sonriendo y guiñando un ojo a la Rubia.

–Usted ya era experto en fugas y se habría fugado, ¿no es eso?

–Naturalmente –dice Montilla sin dudar un momento.

–A éste no le gustan las chinas –afirma Bravo.

–Las del zapato no, desde luego –dice Montilla.

–Las mujeres chinas son muy dulces y amables, tengo entendido –dice la Rubia.

–Y muy buenas cocineras –añade Bravo–. Dicen que la felicidad consiste en tener una mujer japonesa, una cocinera china, una casa inglesa y un sueldo americano.

–Ya, pero si en vez de eso, el sueldo es chino, la casa es japonesa, la cocinera es americana y la mujer, inglesa…, la cosa cambia; de todos modos hay que reconocer que por una vez los chinos parecían dispuestos a ser generosos con nuestra piel de mercenarios –reconoce Montilla.

–¿Y qué hicieron después? –Pregunta Lucas.

–Propuse a Bravo y a los demás ir al puerto y ofrecernos para trabajar en cualquier barco que saliera hacia América, no importa a qué país, a cambio del pasaje y la comida. Había que intentarlo todo. Pero la mala suerte nos perseguía y no había barcos hacia América ni sabían cuando los habría, así que decidimos ir a Toulouse, donde aterrizaron nuestros aviones. Nos dividimos. Fierro y yo fuimos a la estación y decidimos esperar el tren sin movernos de allí. Estamos agotados y hambrientos. No vemos a Bravo y a los demás cuando abordamos el tren, otra vez sin billetes y burlando al revisor mediante el procedimiento que ya os he dicho. Nunca he podido olvidar, a pesar de los años transcurridos, lo que sentí al pasar por el coche comedor. Al abrir la puerta de aquel vagón, vi en la primera mesa a un francés comiendo un par de huevos fritos con patatas. Me quedé mirando su plato y sentí un dolor frío en el estómago. Sin poderlo remediar, las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Era la primera vez en mi vida que estaba llorando de hambre. Al amanecer llegamos a la estación de Toulouse, localizamos el consulado y allí el señor Azorín nos atiende amablemente, nos dice que Franco ya ha sido reconocido por las autoridades francesas y que por lo tanto nuestra situación es muy arriesgada. Después pide a su hijo que nos guíe con toda cautela hasta el hotel donde podemos encontrar a nuestro jefe máximo, el general Hidalgo de Cisneros. Éste nos recibe en su cuarto, en compañía del comandante Hernández Frank, y nos dice que ya no hay nada que hacer en España y que pese a las órdenes de seguir resistiendo, el problema es la evacuación. “Traten de buscar refugio en alguna casa conocida a la espera de cómo se desenvuelve la situación”, fueron sus palabras. Luego, echando mano a la cartera, nos da 500 francos a cada uno.

“Yo salí de aquel hotel –prosigue Montilla– con la moral por los suelos. ¿Y ahora qué hacemos? Andrés Fierro me contesta que tiene unos familiares en París y va a correr el riesgo de llegar hasta allá. Yo le digo que trataré de volver a Perpiñán y ahí esperaré el aviso de Martínez Barrios. Nos despedimos después de tomar un desayuno que parecía un banquete. Tal era el hambre acumulada que nos pusimos ciegos. Yo cogí el tren hacia Perpiñán, ahora sí, con mi boleto de tercera en el bolsillo, y al atardecer llegué a mi punto de destino. Cuando salí de la estación, abordé a un hombre que por la pinta me pareció español. Era español y estaba en las mismas condiciones que yo, o parecidas. Me dijo que él y otros tres compañeros estaban viviendo en una taberna de los barrios bajos y que si quería ir con él no creía que hubiera inconveniente en que alojaran a uno más, siempre y cuando tuviera francos para pagar; nos fuimos hacia allá”.

“Verás, verás”, le interrumpe Bravo mirando fijamente a la Rubia, que ha hecho ademán de levantarse a servir a dos clientes. Lucas se pone un mandil blanco con peto y lo hace por ella, pues no en vano ha sido camarero y discípulo del buen Raba en La Campana. Montilla sigue contando: “Aquella taberna era un buen refugio; estaba en una planta baja y tenía en la parte trasera, donde dormíamos sobre unas colchonetas, una ventana que deba a otra calle y por la que podíamos saltar en caso de que irrumpieran los gendarmes para detenernos. La dueña era una mujer mayor, amabilísima. Tenía una hija, Odette, de 28 años, morena y alta, hermosísima. El marido de esta chica había sido voluntario en las Brigadas Internacionales y estaba escondido en una casa familiar, en otra población, para evitar que le arrestaran. Ella me condujo a la trasera de la taberna y me dijo que podía descansar tranquilamente. No perdí el tiempo en recostarme sobre una colchoneta y quedar profundamente dormido. A la hora de comer me despertaron los demás. Eran todos oficiales del ejército de tierra y se habían escapado hacía unos días del campo de Saint Ciprien. Nos hicimos amigos y uno de ellos se enteró de que el ejército había abierto una pagaduría en la ciudad y que daban 500 francos a todos los que presentaran la documentación. Con mucho cuidado, para evitar a los gendarmes, fuimos allá y, en efecto, nos dieron los 500 francos. Yo regresé a la taberna y me senté en una silla a meditar sobre mi bonanza económica y el incierto futuro que me esperaba. Empecé a escribir a mi amigo Granados, que estaba en París con don Diego, para decirle que no dejara de recordarle lo de mi embarque hacia México. Estaba escribiendo cuando sentí unas manos que me tapaban los ojos. Por la suavidad comprendí que eran manos de mujer. Las bajé a mis labios y, dándome la vuelta, me encontré frente a la hermosa Odette. No hubo palabras. Sencillamente mis labios encontraron los suyos y con furiosa pasión la estreché entre mis brazos. Como diría García Lorca: “Aquella noche cabalgué en potra de nácar, sin bridas y sin estribos, el mejor de los caminos”. La hermosa Odette fue no solo la mujer que recreó mis sentidos, sino un remanso de paz para aquellos aciagos días que estaba viviendo. Todos los días encontrábamos el momento de poder disfrutar de nuestros amores”.

–Ya lo ves –dice Bravo mirando a la Rubia–, ni derrotado dejaba de ligar el tío.

La Rubia sonríe.

–Todo esto nos lo cuenta ahora este Tenorio, ahora que ya no se puede enterar su mujer –añade Bravo.

Montilla, que es viudo, le replica sin acritud: “Mientras estuve casado, le fui fiel y le conté mis amores pasados; apuesto a que tú no hiciste lo mismo con la rusa”.

Bravo evita contestar.

Montilla mira a la Rubia y remata: “Porque ahí donde le ven, no era poca cosa. Pero no seré yo quien desvele tu mote, comandante”.

Cuando Lucas se reincorporó al auditorio, Montilla seguía hablando de la bella Odette: “Bien comido, con una colchoneta que para mí era la mejor cama del mundo y con aquella hermosa mujer en mis brazos… ¿qué más podía desear un refugiado español en Francia en aquellos momentos? Pero los días pasaban y con ellos el dinero se acababa. Cuando tocó a su fin le dije a Odette que ya no tenía para pagar mi pensión y que tendría que irme. “No necesitas nada, aquí puedes estar siempre”. Y al decirme esto, me dio un beso y sentí cómo su mano se introducía en el bolsillo de mi pantalón. Cuando salí a la calle llevaba unos billetes que ella me había introducido. Yo, la verdad, me sentía un poco avergonzado: nunca había vivido de las mujeres y no tenía ánimo de hacerlo. Tomé una decisión un poco desesperada, pero no me quedaba otra salida. ¿A dónde podía ir sin dinero y sin documentación? Me presenté en una jefatura de policía y le pedí al jefe que me enviara al campo de Argelès, en el que se encontraban todos mis compañeros. Quería correr la misma suerte que ellos. Y tengo que decir que en citado comisario encontré al primer caballero francés desde que salí de España. Me dijo: “Mire teniente, tengo la triste obligación de detenerle y enviarle al campo de concentración, pero si tiene algunos francos, en vez de ir con los doscientos refugiados que tenemos detenidos, saque un boleto para el camión de pasaje que sale para Argelès dentro de tres horas y así podrá ir más cómodo y disfrutar de unas horas más de libertad. Sólo le pido su palabra de que tomará usted ese camión”. Se la di y me fui a comprar el boleto para el camión de línea y luego gasté el resto del dinero de Odette en comprar alimentos. Cargado con mi bolsa regresé al campo de donde unas semanas antes habíamos escapado. Cuando llegué, los senegaleses no me dejaban entrar y tuve que llamar al oficial de guardia e identificarme para que me abrieran las alambradas y me dejaran pasar. Allí estaban Bravo y los demás, que se alegraron de verme y dieron buena cuenta de las viandas que les traía”.

“A nosotros nos habían detenido en Burdeos”, dijo Bravo.