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21.–Trabaja con los buenos

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo nunca se creyó que los catalanes desquisieran a España, que era la forma de querer más acentuada de los nacionalistas catalanes para reafirmar su ideología. Fijate tú, decía, que los más prósperos de ellos, los de derechas, han aceptado a los Borbones como si tal cosa. Lo que ellos desearían es “catalanizar España”, añadía. Y preguntaba si es que no habían ejercido un papel ejemplar, equilibrado y moderador en las últimas décadas y, especialmente, en el tránsito sin ruptura de la dictadura a la democracia. Al margen de que hubiese zorrocotrocos en todas partes, el Abuelo se sentía como si jugase en Primera División, trabajando con los mejores en la redacción (delegación) de Madrid de El Periódico de Cataluña. Allí compartía tarea con la trigueña Merche (Mercedes Jansa), una mujer bien plantada, dura, dialéctica, con buenos reflejos, criterio propio y visión crítica. Sus razonamientos, casi siempre acertados, le permitían llevar a sus crónicas unas conclusiones difíciles de refutar. Era buena periodista y T se sentía feliz de trabajar con ella para la sección política. Le agradaba la firmeza, las convicciones y hasta la mala leche de aquella mujer. Además fungía junto a otro buen periodista y compañero en la pequeña redacción: Miguel Cifuentes, Cifu, cuatro o cinco años mayor que él, irónico, ocurrente, tranquilo, educado, elegante y, sobre todo, sabio. De Economía lo sabía todo. Jamás se saciaba de leer y manejaba una erudición muy superior al común. Buen conversador, atesoraba una montaña de anécdotas que administraba con singular prudencia y esmero. Se desanimaba de vez en cuando y si T le notaba alicaído le invitaba a café o cerveza, según la hora, y le pinchaba con los alfileres de Adam Smith. La campeona de la prudencia y la discreción era, sin embargo, Natalia del Pozo o Nati, la secretaria de redacción. Era la compañera del ya ilustre periodista político Raúl del Pozo y descendía de una familia de la aristocracia italiana, aunque muy pocos lo sabían, y los que se enteraban se extrañaban de que simpatizara con el Partido Comunista. Era delgada, pero su presencia llenaba la oficina y su ausencia se notaba más que cualquier otra. De voz suave y ademanes cadenciosos, poseía el don de la armonía, la capacidad de comprensión del prójimo y una cercanía que junto con una intuición prodigiosa y una curiosidad sin límites la convertía en balsámica, querida, imprescindible. Nati ayudaba a todos, resolvía problemas, facilitaba la vida. Y jamás olvidaba algún recado, aunque fuese una llamada familiar sin importancia. Su edad era una incógnita: parecía una mujer con tendencia a ser mayor, siempre con faldas largas y oscuras y blusas ocres y blancas. Pero se movía con la flexibilidad juvenil de una gacela. Nadie se atrevía a aventurar su edad. Sólo sabían que sus padres vivían en Italia porque se ausentaba una semana cada dos o tres meses para ir a visitarlos. Después de todo era una italiana que se había enamorado en España y apreciaba este país o una española a la que habían nacido en la península de al lado. La pequeña redacción se completaba con el compañero Soria, al que apenas conoció, pues enseguida cedió los trastos a Carlos Marcote, que no era tan grande como sugiere su apellido, lo que no quita para que fuese buen deportista, agradable y silencioso. Él se ocupaba del fútbol y su colega Antonio Merino, envolvente y grandote, cubría el espacio de los partidos de básquet como colaborador y le ayudaba los fines de semana con las reseñas de los choques de los equipos madrileños de fútbol de primera. Cuando el Barça jugaba en Madrid, Merino quedaba al margen, ya que la ayuda llegaba de Barcelona en forma de dos redactores literarios y uno gráfico. Por algo decían que el Barça era más que un club. La ciudad tenía otro equipo en primera división, pero acaso por llevar el nombre que llevaba, merecía menos atención; al llamarse “Real Club Deportivo Español”, el amigo y colega de La Vanguardia José María Orta y algunos más añadían: “Ese equipo catalán de fútbol, como su nombre indica”. El reportero gráfico procedente de la redacción central solía ponerse a las órdenes del veterano fotógrafo de la delegación Antonio Jiménez, especialista en el Real Madrid y en la Casa Real. Se distinguía por su elegancia y pulcritud hasta el punto de trabajar con traje y corbata y de no utilizar tejanos sin raya al medio. Le daba un aire a Humphrey Bogart, aunque era más alto y más guapo. Contaba con un laborante, Juan Manuel Prat, voluntarioso y con tal empeño en aprender el oficio que en poco más de dos años se convirtió en buen fotógrafo. Su hermana Marisa, mujer compacta, pequeña, taxonómica y rigurosa, se ocupaba de la cartería, las transacciones bancarias y la administración de la delegación. Luego ya, con mesa y máquina de escribir en la redacción, el colaborador Manuel Montero ejercía la crítica de las novedades teatrales y cinematográficas. Tenía buena pluma, había publicado una novela sin éxito, era bondadoso y, pese a su rabiosa juventud, prefería ahorrar el comentario de un estreno si la obra era mediocre a despellejarla como con tanto gusto (y regodeo) hacían otros. Se parecía en eso al bondadoso don José Prat, quien realizó la crítica teatral en el principal periódico de Bogotá (Colombia) durante más de treinta de sus cuarenta años de exilio y siempre halló algún motivo para no poner mal una obra. Por cierto, T me contó la crítica teatral más breve aparecida en un periódico de Madrid. Decía: “Don Jacinto Benavente ha estrenado Una señora, ya era hora”. El crítico disparaba con bala, pues entonces ya se sabía que el dramaturgo, premiado con el Nobel dos años después (1922), era homosexual. Anécdotas aparte, el Abuelo decía que los buenos periódicos estaban hechos por buenas personas. Había leído cuanto de Ryszard Kapuscinski publicaba la editorial Anagrama en castellano y coincidía con el gran periodista polaco en que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”. Su experiencia entre aquella gente de la delegación del periódico no sólo demostraba la verdad del aserto de Kapuscinski, sino también la diferencia cualitativa con otros diarios que retorcían y administraban las informaciones según convenía a los amos, casi todos conservadores y de derechas. La pluralidad política, credibilidad y calidad literaria, adaptada al lenguaje inteligible y popular, permitía al Periódico ganar mayor aceptación cada día y registrar una creciente demanda de ejemplares, con la consiguiente repercusión en la cuenta de resultados y la contratación de más y mejores profesionales. Consolidó la ventaja respecto a la competencia cuando, a comienzo de los años noventa del siglo pasado, se convirtió en el primer periódico del país en introducir fotografías a todo color en la primera página. Durante muchos años ocupó la segunda y tercera plaza de la tabla de venta y difusión del país, aunque solo se distribuía en Cataluña. Creo que entonces el Abuelo era feliz y estaba contento con su trabajo. Y eso que en un oficio plagado de granujas y falsarios de obediencia ciega a los poderosos, en el que las desgracias, los atentados terroristas, las diatribas y las calamidades eran el menú informativo de cada día, había poco margen para eso que hemos dado en llamar “felicidad”. Las exigencias informativas (y empresariales) eran tan intensas que transcurrían los años sin que, por ejemplo, disfrutara de una Navidad tranquila en casa con su familia. Él decía que se puede querer mucho pero es muy difícil disfrutar de todo a la vez. Amaba a su familia y para que nada le faltase aceptaba sin rechistar los sacrificios que le imponía una profesión que también amaba.