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‘La verán mis ojos’ (XXVIII): «Tiempo de reencuentros»

Homenaje a los "luchadores de la libertad", a cuyo recibimiento acudió Lucas Ubiese la primera vez que volvieron a España en un viaje organizado desde París en 1979
Homenaje a los «luchadores de la libertad», a cuyo recibimiento acudió Lucas Ubiese la primera vez que volvieron a España en un viaje organizado desde París en 1979

Por KEY GOOD

Las reuniones con los aviadores y demás combatientes republicanos se convirtieron para Lucas en un hábito sabatino. Y aunque Manuel Montilla decidió regresar a México, donde tenía una hija, Borrajo, Bravo, Merino y otros que volvieron para quedarse, elogiaban los avances del país hacia la democracia y la convivencia pacífica. Sólo don Nequin mantenía la remota esperanza de la reposición de la legalidad republicana. La prensa iba publicando los artículos de la nueva Constitución que estaba elaborando el Congreso de los Diputados. Y en aquel goteo caló sin ruido y con indiferencia la definición de España como una monarquía constitucional. Las fuerzas políticas de izquierda que se reclamaban republicanas pagaron el precio de un lugar al sol y aceptaron los hechos consumados. Por cierto, entre los preceptos constitucionales figuraba el derecho al divorcio, algo que alegró sobremanera a la Rubia del Portugués, no tanto para rehacer su vida en el orden sentimental, pues se sentía libre de amar y relacionarse físicamente con quien le venía en gana, sino para disolver el vínculo legal con su marido legal e impedir que se beneficiara del régimen ganancial de su sudor.

La mayoría de los viejos republicanos con los que Lucas se relacionaba desvivían humildemente. Nada esperaban del nuevo orden democrático. Borrajo tenía algún posible. Merino y su esposa, una mujer pequeña y sencilla que le había acompañado desde Venezuela, sobrevivían con la magra remuneración que él recibía como redactor y editorialista del periódico del Partido Socialista Obrero Español. Merino era un hombre ponderado y razonable y escribía con una elegancia superior. Profesaba un socialismo posibilista que anteponía la justicia y la libertad a los dogmas sectarios y estatalistas, un librepensador que no renunciaba al libre albedrío, algo difícil de entender y soportar para los comunistas y para no pocos correligionarios de su partido. Había publicado un libro y tenía algunas novelas de tierra caliente que nunca verían la luz. Bravo, por su parte, traducía al castellano a los pensadores y grandes literatos rusos para una nombrada editorial que le pagaba poco, tarde y mal.

Cierto es que algunos representantes de las formaciones políticas de izquierdas empezaron a reivindicar el reconocimiento legal de los militares republicanos, lo que, sin devolverles el uniforme, la categoría y el mando –algo impensable–, les podía reportar una paga de jubilación para que vivieran con cierto decoro hasta el encuentro con Caronte. Pasaría una década hasta que el deseado reconocimiento comenzara a verificarse y, entonces, la labor del bondadoso Yebra, que se había dejado la piel en los oscuros y tóxicos sótanos de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando los ejemplares de los periódicos y de La Gaceta de la República, se demostraría esencial para ayudar a muchos exmilitares republicanos y guardias de asalto a encontrar y acreditar ante la administración las referencias impresas de sus nombramientos y ascensos. Por su parte Lucas acompañó a Borrajo, Merino y a otros oficiales republicanos al Tribunal Militar Central –conocía aquellas dependencias porque acudía cada cierto tiempo a preguntar por la sentencia del Viejo– con el fin de que les expidieran los preceptivos certificados de amnistía para poder solicitar a continuación la preceptiva paga de jubilados.

El tiempo pasaba deprisa. Los representantes políticos elegidos por la gente realizaban su trabajo en aquellas Cortes Constituyentes de las que nadie esperaba milagros, sino equilibrios que hicieran entender a la oligarquía, al clero y al ejército que el poder ya no emanaba de sus bravatas, doctrinas y amenazas, sino del voto libre, igual, directo y secreto de todos los españoles. El Pataslargas mantenía un comportamiento aceptable y no había empezado a “borbonear” de un modo público e impúdico como había augurado don Nequin, y cuando llegó el 14 de abril, sólo algunos cientos de jóvenes y viejos salieron a la calle de Santa Engracia a conmemorar el aniversario de la proclamación de la II República y a reivindicar la reposición de la legalidad conculcada. Las autoridades dijeron que la “algarada” no venía a qué. Los manifestantes iban cantando el himno de Riego y querían llegar a la glorieta de Cuatro Caminos y leer un manifiesto. No les dejaron: la policía les cerró el paso a la altura de los depósitos soterrados del Canal de Isabel II y los corrió a palos, descalabrando a algunos viejos y a bastantes jóvenes. Lucas protegió a don Nequin, que, sin embargo, recibió el trallazo de la porra elástica de un guardia en un brazo. Otro agente, también con cara de bruto, intentó arrebatarle la bandera bordada que había sacado del confrecito del subsuelo de la librería, pero no lo consiguió. El porrazo le produjo una irritación roja en la piel que fue cambiando de color y se volvió morada y después amarilla. “Es la bandera republicana, abuelo; sobre su piel la están viendo sus ojos”, le dijo Lucas. Él sonrió, se rascó el brazo y no dijo nada.

Con el empuje hacia la democracia llegaron una mañana de finales del mes de octubre numerosos hombres y mujeres que habían formado parte de las Brigadas Internacionales. Eran una compañía, más de doscientos. Lucas acudió a recibirlos a la estación de Chamartín. Habló con muchos de ellos y escribió varios reportajes sobre sus combates y penalidades. Se habían citado en París, igual que cuando eran jóvenes, y viajaron toda la noche en el expreso Puerta del Sol. Una poetisa comunista de Vallecas que se llamaba Ángeles García Madrid y varios representantes de los partidos comunista y socialista les recibieron con aplausos y abrazos. Lucas observó la emoción en sus caras, las insignias republicanas y las estrellas de luchadores de la libertad en las solapas de sus abrigos y chaquetas. Les acompañó por los antiguos los frentes de la Ciudad Universitaria, del Jarama y de Brunete. Cerca de la localidad de Morata de Tajuña apareció el general Líster, un hombre campanudo, grueso y con cara de bruto. Almorzó con los brigadistas en la venta de Frascuelo y les vio desperdigarse y perderse durante horas por aquellas tierras calcáreas entre los olivos, dando rienda suelta a sus recuerdos y emociones. Algunos caminaron hasta la ladera de un picacho que llamaban Pingarrón, otros buscaban la Colina del Suicidio y muchos se inclinaban sobre el suelo recogiendo algunos trocitos de huesos que afloraban y a saber de qué clase de animal serían, y también puñados de tierra que amorosamente guardaban en bolsitas de plástico para llevársela consigo a Francia, Checoslovaquia, Bélgica, Alemania, Yugoslavia, Israel, Hungría, Estados Unidos de América… Había bastantes estadounidenses del batallón Lincolm. Era la primera, emocionada y emocionante visita que realizaban a España tras la evacuación desde Cataluña y la pérdida de la guerra hacía cuarenta años. Las autoridades ignoraron la visita de aquellos supervivientes –“luchadores de la libertad”, les llamaban– porque consideraron prematuros los homenajes y estimaron que el reconocimiento, la gratitud y la justicia podían esperar. Siempre fue lenta la justicia en España.

Lo que más impresionó a Lucas fue el reencuentro de uno de aquellos brigadistas, un belga, con su hijo español. El padre era un hombre bajito y el hijo superaba un palmo la media nacional y le sacaba una cabeza. El padre se había alistado voluntario al lado de la República, formando parte de las brigadas francesas. Salvó el pellejo en el puente Pindoque y combatió bravamente en Trijueque (Guadalajara), en la operación de distracción de Brunete, en la que murieron muchos compañeros suyos, y después en el frente de Aragón. Sospechaba que había dejado preñada a una moza española, pero no se enteró de que tenía un hijo hasta muchos años después. Y ahora, allí estaban, padre e hijo, aquel mozancón con una gorra de marinero y aquel jubilado belga con su estrella roja de cinco puntas prendida en la solapa de su abrigo.

Lucas pidió a la reportera gráfica que le acompañaba que registrara el entrañable encuentro. Luego, mirando la instantánea de aquellos hombres abrazados, padre e hijo, se preguntaba cómo era posible que aquella gente localizase con tanta facilidad a sus seres queridos después de tantos años y él, con las facultades intelectuales en plena forma y la proyección que le daba su nombre impreso a diario en un importante periódico nacional de mucha circulación, no fuera capaz de averiguar el paradero de Charín, su Chin, su amor, su único amor verdadero.