Archivo de la etiqueta: Alfonso XIII

‘La verán mis ojos’ (V): «Y ustedes la verán también»

Sello de la II República
Sello de la II República

Por KEY GOOD

  

En las noches de agosto no había modo de dormir bajo las tejas calientes, así que después de los largos paseos o de las charlas a intervalos con la Rubia del Portugués, Lucas dejaba que transcurrieran las horas entre lecturas y recuerdos hasta que, ya cerca del amanecer, se enfriaban las tejas y los jilgueros entonaban sus gorjeos en el borde del ventanuco por el que entraba el frescor. Algunos se colaban en la habitación y lo cagaban todo, los muy cabrones, pero le hacían compañía y les permitía quedarse a condición de que le despertasen. Cuando, al cabo de dos o tres horas de sueño, abría los ojos y miraba el reloj, se incorporaba sobresaltado porque ya eran las nueve de la mañana y, entonces, los gorriones, como si fueran conscientes de merecer una recompensa por el servicio realizado, le acompañaban al lavabo para beber agua.

Lucas cortaba las hojas del cuaderno con las notas de la noche anterior, compraba sobres y las franqueaba desde el estanco de la Flaca –poniendo buen cuidado de pegar boca abajo los sellos con la testa del dictador, como si deseara que se le bajara la sangre a la cabeza y las diñara de mala manera por haber fusilado tanto–, a las direcciones de la tía Zulaica y del hermano Richard. Les contaba su precaria y sencilla vida en Ursaría, les hablaba de la gente que había conocido y se despedía sin otro particular. La tía Zulaica solía contestar a vuelta de correo. Richard se demoraba uno o dos meses en responder. La tía Zulaica solía contarle que las gallinas, los conejos y las cabras estaban bien y que ella, aunque se resentía de las piernas, iba tirando. Por su parte, Richard le hablaba de sus progresos. Ya era jefe de la partida de la carne de un gran hotel de aquella isla donde vivía y se lo hacía con amantes suecas, inglesas, holandesas, alemanas…, mujeres de piel blanca y suave que se iban tostando al sol y aun siendo higiénicas, cosméticas y perfumadas, disfrutaban el sexo como guarras. Algunas se lo querían llevar de arrimo y le ofrecían empleos domésticos de jardinero y cocinero.

También los frailes le contestaron a vuelta de correo y le enviaron el libro azul con las calificaciones escolares. Lo abrió y buscó con avidez las notas del último año, el quinto curso de bachillerato, pero la hoja estaba en blanco. ¿A qué obedecía la omisión? Les escribió pidiendo aclaración, pero sólo obtuvo una respuesta formal, según la cual, carecían de competencia legal para calificar el quinto curso hasta que realizara el sexto y la reválida. Escribió otra carta quejándose de lo que consideraba una injusticia y los frailes le contestaron que había aprobado todas las asignaturas, pero que no podían consignar las calificaciones porque la legalidad vigente se lo impedía. Total, que le quitaban un año.

Quien siguió sin dar señal fue el barbudo Argala. Iba para dos meses que le había llevado aquellas cartas. Las introdujo por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos y, tanto en la primera como en la segunda misiva, consignó la dirección de la pensión donde le podían encontrar. Pero estaba claro que aquel tipo no quería ayudarle ni saber nada de él. Pertenecía a esa clase de gentecilla circunstancial y sin palabra, de la que es preferible no acordarse.

Ursaría en agosto era una ciudad tan sucia y maloliente como el resto del año, pero más tranquila. Muchas sedes y establecimientos cerraban por vacaciones, otras funcionaban a medio gas, había menos gente, desaparecían los clientes habituales y llegaban sudorosos turistas descarriados que insistían en cenar a las seis de la tarde. Gente rara. La vida era más lenta, más relajada. Raba y el jefazo Marzo disfrutaban sus vacaciones y algunas mañanas Lucas se retrasaba y abría la persiana de La Campana media hora después de lo acostumbrado, pero no importaba, pues la cocinera Tinina se retrasaba una hora, el vinatero venia dos veces por semana y el mozancón del hielo permanecía fiel a sus retrasos. Entre Manolo Bolo y él se sobraban para atender a los escasos clientes. Cuanto desaparecían los turistas y los pocos parroquianos que, como el banderillero Molina, permanecían en la ciudad con encomiable fidelidad a sus costumbres, cerraban la persiana y daban por concluida la jornada. La cocinera Tinina se encargaba de contar la caja y de guardar la recaudación. Aunque pactaba las sisas con Bolo, Lucas hacía como que no se enteraba y se conformaba con el sueldo y las propinas del bote, que se repartían una vez a la semana, la tarde de los domingos.

Las horas muertas, de tres a cinco y media, eran para él las mejores del día. Se llegaba a la Cuesta de Moyano y el librero Nequin y su amigo Yebra le invitaban a sentarse con ellos en una silla plegable de lona a la sombra de la caseta y les escuchaba hablar de la guerra, de la situación presente o no les escuchaba porque se limitaban a observar el tablero de ajedrez y a pensar sus jugadas, regando de vez en cuando el gaznate con un chorrito de agua del botijo.

Algunas tardes pasaba por allí un hombre pequeño y pulcro, con la piel lechosa como un gusano de la fruta, y se paraba a saludarles. Tenía voz aniñada. Solía sacar del bolsillo de su guayavera una cajita de puros entrefinos y les daba uno, como quien regala caramelos a los niños. Nequin lo aceptaba de mil amores y le tendía el botijo, pero Yebra lo rechazaba con gesto de mil dolores. El hombre se llamaba don Igna Ben (nombre de guerra) y los puritos eran su forma de hacer propaganda clandestina de su partido, pues en el transparente papel de celofán que envolvía cada cigarro introducía una etiqueta muy fina con la inscripción ARDE. Eran las siglas de Acción Republicana Democrática Española, el partido de don Manuel Azaña, y el purito ardía, claro que ardía.

Cuando el amable señor se volvía a poner el sombrero y proseguía su camino, Yebra señalaba con el dedo las volutas que salían del cigarro de Nequin y exclamaba: “¡Puro humo!”

–Humo de puro –le corregía Nequin.

–Puro humo, la República –puntualizaba Yebra.

Esa sencilla expresión o cualquier otra que hiciera al caso bastaba para que el librero se soliviantara y ambos se enzarzaban en una discusión que podía resultar tan larga como interesante.

El contraste de argumentos entre el funcionario y el librero le parecía a Lucas una fuente de conocimientos tan buena y fiable como la de algunos libros. Desbarraban, pero sabian argumentar. Yebra podía adoptar el papel de monárquico cerril para provocar a Nequin y éste podía actuar como un republicano acerrimo para fastidiar a Yebra. Como Yebra trabajaba en el sótano de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando periódicos, en una lucha sin cuartel contra los estragos de la polilla y la disolución de la tinta, poseía la ventaja que le daba el trato con la prensa de las primeras décadas del siglo XX  y conocía noticias y episodios regios que Nequin ignoraba.

En una de aquellas discusiones, Nequin llamó meapilas a los Borbones y predijo que el príncipe heredero seguiría la política del palio, entregando miles de millones del erario público a los vaticanistas para que siguieran engordando la panza. También predijo que en cuanto el Borbón designado por el dictador fuera entronizado, acudiría al Vaticano a besar el anillo al Papa, lo que equivalía a besarle el culo, pues anillo viene de ano. Entonces Yebra sacó a pasear su erudición y le contestó que “ni Alfonso XIII ni su antecesor tuvieron simpatía por la religión católica”.

–¡Eso si que es bueno! –Exclamó Nequin.

–Lo que pasa es que el clero les envenenó el reinado –añadió Yebra.

–Los obispos lo envenenan todo –asintió Nequin.

–No sé si sabes que una parte de la clerecía se conjuró contra Alfonso XII y se negó a celebrar los funerales por la reina María de las Mercedes, de la que él estaba locamente enamorado. Es más, algunos obispos esparcieron tanto desprecio y rechazo hacia el rey que el pobre desgraciado acabó escribiendo en su libro de caza, tras la muerte de su joven esposa, que el único consuelo que le quedaba era contemplar las ásperas sierras de El Escorial donde había sido feliz con su Merceditas, pues ni siquiera tenía la suerte ni el descanso moral de Felipe II de ser creyente.

–¿O sea, que no creía en Dios? ¡Qué tontería!

–Lo escrito, escrito está. Y yo me digo que si hubiera vivido más tiempo, habría podido dar algún un ejemplo más contundente de su rechazo a la clerigaya carlista, pero en fin… Bueno, y cuando Alfonso XIII subió al trono, muchos curas y obispos realizaron actos de política carlista contra él. Yo creo que al XIII no le podremos negar algunos esfuerzos sinceros por separar a la Iglesia del Estado.

–¿Ah, si? ¡Eso también es bueno!

–Ahí está el decreto del matrimonio civil que eximía de toda declaración religiosa a los que quisieran casarse por el juzgado y solventaba de esa manera la pretensión de la Iglesia Católica de declarar nulos los matrimonios civiles de los contrayentes que no hubieran abjurado previamente del catolicismo…

–Puro formulismo –dijo Nequin.

–Formulismo o lo que tú quieras, pero no del que besa el ano sino del que escuece el culo al Vaticano.

–Sin haberlo deseado, te ha salido un pareado –se rió Nequin.

–Bueno, eso sin contar la famosa Ley del Candado para poner coto a las ventas de bienes y patrimonio que realizaban las órdenes religiosas al mejor postor sin dar cuenta ni a los fieles ni, mucho menos, al Estado.

–En España la clerigaya siempre ha hecho su satánica voluntad, amigo Yebra.

–Pero la voluntad de someterlos a la ley no se le puede negar…

–Ya, ya.

–Y el XIII también respaldó la reforma de Canalejas para descargar al erario de las obligaciones con la Iglesia. Y cuando, presionado por el Vaticano, Canalejas presentó su dimisión, el XIII no se la aceptó, como tampoco aceptó la de Romanones como ministro de Gracia y Justicia cuando el nuncio y los obispos desataron una cruzada contra él a raíz del decreto de protección del patrimonio cultural que prohibía a la Iglesia vender y exportar obras de arte… Y tampoco aceptó la renuncia de Manuel Pedregal, ministro de Hacienda, que intentó frenar la sangría del Estado a manos del clero, separando bienes y limitando los diezmos eclesiásticos… En fin, si el XIII no llegó a implantar la libertad de cultos, al menos lo intentó.

–¡Tonterías!

–Tonterías o no –prosiguió Yebra–, lo cierto es que los últimos Borbones no tuvieron mala fe, ni fe siquiera; otra cosa es que toparan con la iglesia, amigo Nemesio, y no pudieran hacer más.

–Sólo te recordaré, querido Yebra, que la República se proclamó contra el rey y contra el clero, ¿o no? De modo que la dudosa voluntad del XIII de reducir los privilegios del clero católico, apostólico y romano, si alguna vez existió, se disipó pronto.

–Mira, eso no te lo voy a negar. El propio XIII parecía arrepentido de haber cedido a las exigencias del clero. Nada más tienes que ver lo que cuenta Julián Cortés-Cabanillas.

–¿Qué cuenta ese reaccionario?

–Pues que estando el destronado en Roma, fue a ver al Papa Pío XI con la intención de abordar el asunto del clero en España y cuando comenzó a hablar de los problemas del clericalismo que provocaron su caída, el Papa le interrumpió bruscamente: “Eso no me lo cuente a mí, expóngaselo al nuncio Pacelli”. Y dice Cabanillas que al salir de aquella audiencia, don Alfonso le preguntó al cardenal Cacia-Dominioni, que le acompañaba, qué tenía previsto hacer la Santa Sede cuando un Papa no convenía a la Iglesia, y el cardenal, un tanto perplejo, le contestó que al ser el Espíritu Santo quien inspira a los cardenales en el cónclave, se lo lleva consigo. A lo que Alfonso XIII replicó: “¿Y no cree, eminencia, que el Espíritu Santo parece estar ahora algo distraído?”

–¡Tonterías de monárquicos lacrimógenos!

–Pues yo sostengo que el XIII acabó desengañado de la Iglesia por el comportamiento ruin y desleal de la jerarquía hacia él. Y lo que me parece más importante: espero que el nieto y heredero haya aprendido la lección y ponga las peras a cuarto a nuncios, arzobispos, obispos, deanes, confesores y demás.

–Que te crees tu eso… Puestos a esperar, seguro que eliminan el sostenimiento del culto, suprimen el Óbolo Real y dejan de mantener al Cristo de Medinaceli… Yo no descartaría que se convirtieran en republicanos.

–Seamos serios, Nemesio.

–Sí, como los burros.

–Pues yo confío en que los Borbones hayan aprendido la lección y el que viene no tropiece en la misma piedra.

–Si, como los burros.

En ocasiones, cuando venía a cuento, terciaba Lucas proponiendo a Nequin la anulación de la apuesta que se traían, pues cada día aparecía con mayor nitidez la restauración de la monarquía y el alejamiento de la reposición de la legalidad republicana, y él no deseaba añadir derrota a su derrota. Pero el viejo librero se revolvía en su taburete y le replicaba:

–¡Ni hablar del peluquín!

–Usted sabe que va a perder –insistía Lucas.

–Eso está por ver –replicaba Nequin.

–Ya lo verá.

–¡Claro que veré la Republica! ¡La verán mis ojos!, la veremos todos, y Yebra también.

‘La verán mis ojos’ (III)

 

Plaza Santa Ana, en Madrid. Foto de Ángel Martínez
Plaza Santa Ana, en Madrid. Foto de Ángel Martínez

Por KEY GOOD

Reservados todos los derechos.Se autoriza las citas con la mención expresa del autor y de este soporte en blog. Esta novela inédita en castellano consta de XXXl capítulos y una coda.

 

 

3.–Apuesta, muchacho

 

Sobre las tres de la tarde decaía la bulla en el establecimiento y comenzaban para Lucas las horas muertas. Se desprendía de la chaquetilla y de la corbata, confeccionaba un bocadillo, lo colocaba en el pliegue de un periódico de la mañana, lo ponía bajo el brazo y salía a la plaza de Santa Ana a alimentarse y descansar en un banco de granito ante la atenta mirada con los ojos sin niñas de la estatua de don Pedro Calderón de la Barca. Cuando terminaba la ingesta se dirigía a una cabina telefónica situada en una esquina de la plaza y realizaba varias llamadas.

Aunque era consciente de la dificultad de encontrar a Chin mediante aquel procedimiento, se decía, como en La Biblia en Verso de Carulla, que si Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se piensa salta la liebre. Y día tras día sacaba del bolsillo aquellas páginas que había arrancado de la guía telefónica e insistía en marcar los números correspondientes a los Martínez. Preguntaba: “¿Está Rosario?”, y solía recibir la misma respuesta: “No es aquí”. En ocasiones no descolgaban el teléfono y entonces, en vez de tachar el apellido, anteponía un aspa para llamar por la noche desde la Taberna del Portugués. En Ursaría había Martínez para aburrir: más de cinco mil, de modo que si no la encontraba pronto se le iban a ir unas cuantas pesetas del bote por la ranura del negro teléfono.

De la cabina regresaba al banco de piedra y empleaba las horas muertas, hasta las cinco y media de la tarde, en la lectura de las áridas crónicas que empedraban las páginas del periódico, siempre ilustradas con fotos de personajes oscuros, feos, serios, seráficos…, los mandones. Cuando se aburría, cerraba los ojos y se dormía hasta que el agitado arrullo de las zuranas le despertaba. El sol se arqueaba hacia el oeste, la sombra avanzaba, las palomas se posaban en la estatua de Calderón de la Barca y le escarchaban la cabeza, el libro y la capa. En ocasiones, Lucas sacaba de su cartera un espejito y un peine de bolsillo y se arreglaba el pelo y la raya, pues le gustaba ir bien peinado a todas partes. Algunas veces se entretenía en espantar a las palomas de la testa de la estatua del dramaturgo mediante el procedimiento de proyectarles a los ojos y al pico un rayo de sol con el espejito. Ellas se tambaleaban y salían volando hacia los aleros de los tejados cercanos.

En una de esas descubrió la testa monda y lironda de un tipo recostado en una tumbona tras un ventanal de la primera planta del hotel Victoria y le orientó el rayo a ver qué pasaba. Medio minuto después, el propietario de aquella testa sentía el incordio solar y se arreaba un manotazo como si quisiera aplastar a un mosquito contra su calva. El asunto tenía gracia. Puesto que la cabeza del tipo que sesteaba aparecía cada tarde en el mismo lugar, Lucas repetía el juego, cronometrando por su Longines de pulsera el tiempo que tardaría el hombre en arrearse el manotazo. El juego era entretenido. Lo fue hasta que el tipo descubrió el origen del incordio y en vez de cerrar la cortina se asomó a la ventana y comenzó a gritarle imbécil. Él se guardó el espejo y le pidió disculpas, pero el sesteador se alteró más y más y le insultó con mayor fuerza. Algunos transeúntes se paraban a ver qué pasaba. Lucas se acercó a la ventana y, extendiendo los brazos, le dijo: “Usted es un majadero, pero tiene razón, soy un imbécil, del latín, sin báculo, y a la vista está que no llevo bastón”. Y se largó a paso ligero por el callejón del Gato.

No volvió a ver la cabeza del hombre que sesteaba hasta un tiempo después, cuando reconoció su cara asomada a la pantalla de la televisión. Era el celebrado dramaturgo don Joaquín Calvo Sotelo. Su sensible cabeza había resistido la proyección de un rayo solar durante un minuto antes de pegarse un palmetazo, pero eso él no lo sabía y es probable que no le importara. La profundidad del sueño o de los sueños poco importaba a los dramaturgos del régimen, cuya noble función consistía en adormecer al personal con enredos baratos.

Cuando refirió la anécdota a Leonardo Rabadán o Raba, éste le dijo que el mejor sitio para descansar y pasar las horas muertas era El Retiro. Y puesto que Lucas evitaba subir a la habitación abuhardillada de la pensión, ya que acumulaba más calor que el sótano del infierno, siguió la recomendación del veterano camarero y después de comer el bocata y de realizar algunas llamadas en busca de Chin, orientaba sus pasos por la calle de las Huertas hasta el Paseo del Prado y después subía despacio por la cuesta de Claudio Moyano, que fue ministro de Instrucción Pública, y se paraba ante los tableros de las casetas de libros que allí había para leer los títulos y hojear los que atraían su atención. En una de esas se le acercó, girando como un tornillo, un hombre fornido y pequeño con un guardapolvo gris y una boina en la cabeza.

–¿Te interesa, muchacho?

–¿Cuánto cuesta? –Le preguntó él, devolviendo el libro al montoncito del que lo había tomado.

–Diez años –dijo el librero.

La respuesta le pareció extraña.

–¿Cuánto dice?

–Diez años digo.

–Me refiero al precio –aclaró Lucas.

El librero inclinó la cabeza de un modo oblicuo y miró fijamente la mano de Lucas, cuyo dedo índice permanecía posado sobre el término “República” que campaba en la portada de aquel libro.

–¡Ya caigo! –Exclamó Lucas.

El libro se titulaba Madrid, el adveniment de la República.

–Yo de política no entiendo –dijo–, pero me creo que la República costará más de una década.

–En diez años la tenemos –dijo el librero.

–No lo creo; para eso hará falta que la dictadura se termine y que la gente rechace al nieto del rey Borbón que echó en votación el 14 de abril de 1931, si no estoy mal enterado. Y no se ven signos de que eso vaya ocurrir.

El librero permaneció en silencio, mirándole fijamente como si contemplase un lienzo. No era frecuente que un mozalbete con pantalón negro, serrín en los zapatos y pelo sudado supiera algo de la reciente historia de España. Al cabo de unos segundos, le retó:

–¿Qué apostamos a que en diez años la tenemos?

–No apuesto; si no tengo dinero para libros comprenderá usted que tampoco lo tengo para apostar.

–Algo tendrás. ¡Apuesta algo, muchacho!

–No, no apuesto. Ya me gustaría apostar y perder con tal de que viniese la República, pero a la vista está que viene un Borbón como una catedral. Dos veces echamos a los Borbones y las dos han vuelto. Y como dice el refrán, no hay dos sin tres.

–También dice que a la tercera va la vencida –afirmó el librero, volviendo a girar sobre sí mismo para controlar el negocio.

–La vencida en la historia siempre fue la Republica, según tengo entendido.

El librero volvió observarle con admiración y luego agarró el libro.

–Llévatelo, te lo regalo; me has caído bien, muchacho. ¿Cómo te llamas?

–Lucas Ubiese, señor.

–Nemesio Quintana, Nequin para los amigos –dijo el librero tendiéndole la mano. Se estrecharon las palmas y Lucas aceptó el libro. Como estaba escrito en catalán, aquel Nequin tuvo la amabilidad de regalarle un diccionario para las dudas.

–Se lo agradezco –dijo Lucas–; acepto el libro y el diccionario en préstamo, lo leo ahí arriba y a la que bajo se lo devuelvo.

–De acuerdo –dijo el librero.

Lucas despachó varios capítulos de aquellas crónicas amenas del periodista Josep Pla sobre la proclamación de la II República. Sentado en la hierba, con la espalda apoyada en un pino piñonero, se deleitó con el desagrado del autor por la existencia de un lugar llamado Madrid, se entero de los detalles de la expulsión pacífica del rey Alfonso XIII y se admiró de los codazos de los chaqueteros por entrar en el nuevo Gobierno. También se deleitó con la entronización popular del presidente Alcalá Zamora, al que llamaban El Botas y, en fin, se enteró de que el Rey depuesto por el pueblo en votación secreta, libre, universal y directa, más que abdicar dijera que se ausentaba.

Cuando desanduvo Moyano abajo, devolvió el libro y el diccionario al amable librero, señor Nequin, quien le preguntó si le había interesado. “Mucho, don Nequin, aunque sólo he podido leer la primera parte”.

Los días que siguieron, en cuanto el librero le veía aparecer, se apresuraba a buscar el libro y el diccionario y salía a su encuentro para entregárselos, al tiempo que le guiñaba un ojo en señal de complicidad y le retaba:

–¿Qué apostamos, amigo Lucas?

–Que no, don Nequin, no apuesto nada.

–¡Cobarde!

–Usted sabe que no tengo dinero y, además, me daría mucha pena verle perder.

–¡Que te crees tu eso! ¡En diez años la tenemos!

–Ni en veinte.

–Eso creo yo también, Nemesio –terció un hombre canoso, con corbata negra y traje azul raído que acompañaba al librero.

–Lo que tu crees ya lo sé, Yebra; tu crees hasta en Dios, al que no has visto, pero no crees en la República que verás a no tardar.

–Yo creo lo que me da la gana y pienso que el muchacho tiene razón.

Se organizó un pequeño rifirrafe entre el librero y el que parecía su amigo y oponente, que se zanjó cuando éste aconsejó a Lucas:

–No tengas piedad, muchacho; apuesta algo bueno, que seguro que ganas a este carcamal.

Lucas se quedó dudando. Sólo una vez en su vida había apostado y de aquello hacía muchos años. El padre dijo: “Vamos a la fiesta de los mineros” y les subió a Richard y a él en la bicicleta y les llevó a la campa donde se celebraba la romería. Era temprano. Lucía el sol de los últimos días del verano. Las familias mineras se distribuían con sus cestas de viandas por un cerro a la sombra de un pinar. En el valle se alineaban puestos de churreros, carameleros, maleteros que vendían bisutería, navajas y llaveros; lenceros que mercaban hilos de colores, medias de nailon y sedería fina; estañadores y hojalateros que ofrecían calderos, cazos y perolas; caceroleros y alfareros que exponían botijos, tazas, jarras y otros utensilios de barro cocido… Por el altavoz del escenario de la música se anunciaban competiciones, carreras de sacos, títeres para los niños, cucaña para los mozos y una demostración de perros adiestrados para rescatar a los mineros sepultados por los derrabes. Varios hombres se alinearon en dos grupos para tirar de la soga, unos hacia un lado y otros hacia el otro. Estuvieron forcejeando hasta que unos se pasaron de la raya y perdieron. Después, aquellos descamisados, formaron parejas delante de un montón de troncos de árboles y se prepararon para la siguiente competición, provistos de paquetes de clavos, hachas, escoplos, martillos y serruchos. Eran entibadores. El padre dijo: “Miradlos bien”. Pasaron por delante de ellos. “¿Los habéis visto?”, preguntó el padre. Richard y él asintieron. “Pues ahora, elegid una pareja”. Lucas señaló a dos forzudos muy feos. Richard estuvo de acuerdo. “Vamos a apostar por ellos”, dijo el padre, y se acercaron a una mesa plegable donde un hombre cerúleo, de respirar fatigoso, registraba las apuestas. “Treinta leandras por los de la mina Catalina”, dijo padre. El hombre cerúleo se guardó el dinero, puso un aspa en el papel y gritó con toda su fuerza: “¡Treinta más por Eolo y El Piloto!” El padre dijo: “Elegisteis bien: esos vuelan”. Poco después, el hombre cerúleo tocó un silbato y comenzó la competición. Los forzudos trabajaban duro y muy deprisa. Tomaban medidas, serraban los troncos, los ajustaban y los clavaban formando arquetas. Confeccionaron una arqueta y otra y otra más hasta que el hombre cerúleo tocó un silbato y gritó: “¡Tiempooo!”. El Piloto y su compadre habían trabajado deprisa, pero otra pareja de entibadores que no parecían ni tan forzudos ni tan feos fue más rápida. “Perdimos”, dijo el padre, y, en vez de comprarles una carterita para que guardaran la ganancia, les compró churros y un tazón de chocolate.

–No sé qué puedo apostar si no tengo nada –dijo Lucas.

–Lo que se te ocurra, seguro que ganas –le animó aquel Yebra.

–Bueno, pongamos el valor de esos tomos que tiene ahí arriba.

–Eso es muy poco –contestó el librero.

–¿La  Riqueza de las Naciones, poco..?

–Desde luego –repuso el librero.

–Pues usted dirá.

–Yo me apuesto la librería entera.

–Usted puede apostar lo que quiera, pero yo no puedo hacer frente…

–Claro que puedes –dijo el librero.

Y acto seguido le invitó a pasar a la caseta de madera, atestada de libros, quitó de la pequeña mesa el tablero de ajedrez en el que disputaba una partida con Yebra, entregó a éste un bolígrafo y le ordenó levantar acta del siguiente acuerdo:

“Mediante el presente escrito, Nemesio Quintana, Nequin, librero, y Lucas Ubiese, camarero, vecinos de esta villa, acuerdan apostar y apuestan por la República en términos tales que si fuere proclamada en una década o en menos tiempo a partir de los corrientes, ganará Nequin y si no fuese proclamada en dicho plazo ganará Ubiese. Ambos contendientes se juegan el valor de la caseta de libros de lance y ocasión de la que es titular Nequin, siendo aceptable para éste su contravalor en fuerza laboral”.

A continuación, y pese a la renuencia de Lucas, que si perdía se convertiría en esclavo de aquel tornillo, firmaron el documento y se estrecharon la mano.

–No te preocupes, muchacho, esto está ganado –le animó Yebra doblando el documento y guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta.

Aunque Lucas supuso que aquellos viejos guasones sólo deseaban politizarlo y reírse de él –lo que le importaba un pito, con tal de que aquel don Nequin le siguiera prestando libros–, con el paso de los días descubrió que el librero se tomaba la apuesta tan en serio que en cualquier asunto veía signos del final de la dictadura y del advenimiento de la República.

Así, en las noticias censuradas sobre lo que estaba sucediendo en la provincia del Sahara; en las breves notas, también censuradas, sobre la enfermedad de los naranjos valencianos (la tristeza) o sobre los brotes de cólera en Galicia o sobre los desprendimientos de piedras de los pórticos de las catedrales, víctimas de la desidia, veía muchas señales del acabose del régimen. Y también en las huelgas de los estudiantes y de los trabajadores de la construcción, la industria, la minería, la siderurgia, el transporte.

Un día le mostró a Lucas una noticia que anunciaba el paso del cometa Kohoutek y le dijo que iba a traer novedades positivas.

–¿Cuáles, don Nequin?

–Posiblemente, el final de la dictadura –dijo el librero, y a continuación le explicó que aquel era un buen cometa, no como Halley que pasó en 1910 y sólo trajo catástrofes, calamidades, nacimientos de quintillizos y de seres rarísimos como el Centauro Flores del que habó Antoniorrobles, que fue llevado a Alemania por el doctor judío Samuel Mausken y después rodó por medio mundo.

–¿No conoces la historia de Centauro Flores?

–No la he escuchado nunca.

–Pues nació en un pueblo de Valladolid a consecuencia de un desarreglo amoroso provocado por el Halley. Tenía, como su nombre indica, cabeza de niño y cuerpo de potrillo. La madre no sabía qué hacer con él. Una hija lo quería para jugar. El marido lo quería matar… Ya se disponía a tirarlo al río, metido en un saco para que se ahogara, cuando acertó a pasar por allí aquel doctor Mausken, que andaba de vacaciones recorriendo España, y se lo compró por 58 pesetas. El doctor se lo llevó a Alemania y lo entregó al Instituto Etnológico de Berlín para que lo estudiasen. El doctor murió al cabo de un tiempo y el Centauro, que había aprendido alemán y también hablaba la lengua natal, sintió la llamada de la sangre y se acercó a la embajada de España, donde el embajador Zulueta le permitió quedarse a vivir en el jardín y lo trató muy bien y le construyó un establo con escritorio, pues el Centauro Flores alimentó su instinto observador y se desenvolvió como escritor. Azorín lo admiró mucho por sus crónicas con personalidad hípica, que publicó el diario Claridades de Madrid. Pero quien le conoció de verdad fue Antoniorrobles, que me tiene escrito que cuando pase el Kohoutek y se lleve al ignominioso de una vez, vuelve de México a su casa de El Escorial y entonces, cuando eso ocurra, le iremos a visitar y él te contará las andanzas y aventuras del Centauro Flores.

Lucas se admiraba de que Nequin mantuviera una fluida correspondencia con exiliados republicanos que vivían en México, en Moscú, en Francia, en Bélgica, en Argelia y en otros lugares. A medida que fue intimando con él comenzó a descubrir la existencia de una España republicana, silenciosa y silenciada. Y aunque consideraba remoto que aquella gente pudiese reponer la Republica, reconoció que el librero no era un hipócrita en sus deseos y esperanzas. La apuesta no era una broma sino algo muy serio para el amigo Nequin.