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‘La verán mis ojos’ (XX): «Garbanzos y caballos»

Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios
Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios

Por KEY GOOD 

El viejo Nequin seguía viendo señales del acabose en las noticias de los periódicos. Extrapolaba, interpretaba y trazaba paralelismos para adaptar la realidad a su deseo. Lucas se había acostumbrado a sus calenturas mentales y evitaba entrar al trapo de su sesgada visión. Pero una tarde, el librero dijo que si el periódico se atrevía a publicar aquella nota, la cosa debía ser muy seria. Yebra y José Antonio Novais o Nove coincidieron en la apreciación.

Según la nota en primera plana de aquel periódico de la tarde, el dictador sufría un episodio de flebitis. No sabían qué diablos significaba aquello, y don Nequin echó mano al diccionario mientras Lucas y Yebra se lanzaron sobre unas enciclopedias de Medicina. Leyeron en voz alta las descripciones de la flebitis mientras Novais o Nove las relacionaba con la gacetilla.

Del intercambio de definiciones y descripciones concluyeron que un coágulo sanguíneo circulaba por las venas del tirano, concretamente por las de una extremidad inferior y podía dejarle tonto si le llegaba al cerebro. ¿Tardaría mucho? Puesto que el Patascortas era exactamente lo que el apodo indica, se mostraron esperanzados de que en pocas horas el trombo llegara a la testa.

No fueron los únicos en alcanzar la antedicha conclusión, pues los médicos actuaron con una diligencia impropia del sistema sanitario y se apresuraron a cortar el paso al coágulo, librando al dictador de la tontuna. Pese a la eficaz intervención de los galenos, los consejeros y acólitos de su excelencia le aconsejaron activar el mecanismo sucesorio, habida cuenta de que un organismo como el suyo, con ochenta años de uso, podía fallar en cualquier momento.

El PTC se recuperó enseguida y se fue a pescar unos atunes a bordo de su yate Azor y después se retrató paseando por el pazo de Meirás. El signo del acabose y el optimismo de don Nequin, que ya había informado a los de Francia y a los de América, se diluyó cuando el tirano regresó a Ursaría y presidió la corrida de toros de la Beneficencia. Se le vio en el palco concediendo orejas y, poco después, volvió a ocupar su trono en El Pardo.

Aunque el librero sostenía que la procesión iba por dentro y la revista Ajoblanco dijo que tenía el caballo de Troya en su interior, lo cierto es que el dictador parecía más fuerte que nunca y conservaba el pulso firme y la mano de hierro. Incrementó la represión, ordenó que secuestraran más revistas semanales, que se impusieran más multas gubernativas a los periódicos, renovó el control férreo de la radio y la televisión e intensificó las redadas contra los rojelios. Incluso la oposición democrática menos perseguida, como aquellos jovenzuelos socialistas con un líder que respondía al nombre de guerra de Isidoro, sufrían algunas detenciones. Concretamente, aquel Isidoro y el donostiarra Múgica, que se reclamaban seguidores de Pablo Iglesias, resultaron detenidos en el aeropuerto de Hondarribia y fueron desprovistos de sus pasaportes para impedir que acudieran a un mitin con el dirigente francés Fraçois Mitterand.

La represión arreció al final del verano. Lucas comenzó a sufrirla en el campus de la Universidad Complutense. Los grises patrullaban el área a caballo. Los de la policía secreta, disfrazados de estudiantes, les avisaban para que irrumpieran en los edificios de las facultades y disolvieran las asambleas a porrazos. La agitación contra la dictadura era extraordinaria. La enseñanza había pasado a segundo plano y ahí debía seguir hasta que consiguieran derribar al dictador.

La secuencia de cada día solía ser más o menos la siguiente: nada más llegar a la facultad se ordenaba a los profesores que hicieran el favor de abandonar las aulas porque había asamblea, y a continuación se informaba de las causas de la huelga general y se preparaba una manifestación que debían llegar hasta el centro de la ciudad o tan adentro como fuera posible. Para organizarla se repartían consignas, facultad por facultad, interrumpiendo clases y poniendo en fuga a los profesores que se resistieran a la protesta. Los bedeles, que eran gente servil, ex combatientes, burócratas enchufados, falangistas y guardias civiles jubilados, informaban a los decanos y avisaban a sus contactos de la policía secreta sobre las actividades subversivas de los estudiantes y de algunos profesores. Y cuando éstos se agrupaban en el hall de las facultades, en las asambleas previas a las marchas multitudinarias, los grises irrumpían a caballo, dando palos. Los estudiantes sangraban por las brechas que les abrían en la cabeza y en la frente.

Entonces los estudiantes descubrieron la utilidad de los garbanzos y cuando venían los caballos les lanzaban puñados de la famosa legumbre a las patas. Los équidos patinaban y descabalgaban a los jinetes, que caían rodando como maderos con sus porras y aparejos. En uno de esos derribos se apoderó Lucas del casco de un gris y lo exhibió brazo en alto como un trofeo, provocando urras y aplausos de sus compañeros. A continuación puso pies en polvorosa y poco después entregó la preciada prenda de cabeza al jefecillo de una célula comunista.

Entre las herramientas de las fuerzas represivas se hallaban unos camiones con cubas o cisternas llenas de agua con pintura negra, verde o amarilla, según los días. Eran las “lecheras”. Para interceptar y disolver las manifestaciones de los estudiantes lanzaban potentes chorros del agua podrida y coloreada. Había que tener mucho cuidado con las lecheras para preservar la ropa y evitar las detenciones y las palizas que podían venir después, dado que la estrategia represiva de los grises consistía en distribuir piquetes en las bocas y los pasillos del metro y arrestar a los que llevaban manchas de pintura. ¿Por qué odian tanto a los estudiantes?, se preguntaba Lucas al verles pegar con tanta saña a los estudiantes. Si te alcanzaba una esquirla del cañón de agua, convenía guardar la ropa o darle la vuelta para que la mancha no se notara. Eso lo aprendió Lucas al ver cómo aporreaban en la escalera del metro al Terrorífico y le llevaban detenido. Era valiente, el Terrorífico; siempre encabezaba las manifestaciones cubierto con un viejo abrigo de piel de zorro de su hermana para protegerse de los porrazos de los grises con los que se enfrentaba a empujones y puñetazos. Era fuerte y alto, asturiano de Gijón, el Terrorífico. Y le llamaban así porque gastaba una barba espesa y negra y era feo de narices.

El viejo Nequin solía recibir a Lucas con la curiosidad de quien espera grandes noticias positivas, aunque, desgraciadamente, casi nunca las había. Los estudiantes no iban a derribar el régimen si, como había ocurrido en Portugal, los obreros y los militares no ayudaban. De los primeros sólo cabía esperar una lucha salarial poco idealista y bastante alejada de aquel restablecimiento de la legalidad republicana con la que Nequin soñaba, y de los segundos no se podía esperar absolutamente nada, sólo balas. Es verdad que había una corriente de oficiales jóvenes dispuestos a armarla, pero, como decía Novais o Nové, que conocía a algunos y había informado del incipiente movimiento en las páginas de Le Monde, el prestigioso periódico para el que reportaba, en cuanto asomaran la cabeza se la cortaban.

Pese a todo, el viejo Nequin mantenía la ilusión de que el régimen no pasara de este año y aconsejaba en sus cartas a los de Francia y a los de América que fueran preparando las maletas. La exhibición de fuerza y la brutalidad policial eran para él el canto del cisne del PTC. Pero había que estar en aquellas comisiones de estudiantes y en aquellos comités a los que Lucas se apuntaba para palpar la inflexibilidad de los mandones, su dureza y las consignas de palo y tente tieso, y darse cuenta de que el régimen no iba a ceder. Por el contrario, los estamentos rechazaban cualquier reforma que significara una merma de poder o atentara contra el despotismo rampante establecido por derecho de conquista. Incluso se atrincheraban físicamente.

Lucas tuvo un conocimiento directo de lo que significaba el atrincheramiento. Le designaron miembro de una comisión de alumnos que quería revisar con el señor decano y los eminentes cátedros el calendario lectivo y algunos aspectos de los planes de estudio. De primeras, sus ilustrísimas rechazaron el diálogo. Luego reconsideraron y aceptaron una reunión breve en la que rechazaron de plano cuantas sugerencias y aportaciones les trasladaron en nombre y representación de los estudiantes. Y finalmente, al salir de la sala de juntas del decanato, varios individuos de la policía secreta les esposaron y los llevaron detenidos en un canguro de la policía armada a una comisaría situada en la plaza del Dos de Mayo.

Durante algunas horas sintió la flojera del miedo a que algún agente de cuantos transitaban de un lado a otro frente a los barrotes del calabozo le relacionara con el retrato robot que, sin ninguna duda, los dibujantes de la policía científica habrían hecho de su cara como integrante o colaborador o lo que quisieran de la banda terrorista vasca a partir de las descripciones que les habría proporcionado la bruja beata de la prensión, el jefazo Marzo, la cocinera Tinina, el cerillero Manolo Elimpia e incluso el colega Manolo Bolo. Desmadejado, en una esquina del banco de madera, intentó pasar desapercibido a las miradas de los guardias. Pasaban las horas y las necesidades fisiológicas apremiaban. Sus cuatro compañeros habían ido dos veces al tigre y se admiraban de su resistencia. Finalmente, se armó de valor, se acercó a los barrotes y pidió al señor cancerbero que tuviera a bien dejarle ir al retrete. El guardia se aproximó, estiró los brazos y dobló su cintura hacia un lado con gesto de portero de fútbol.

–Buena parada –dijo Lucas.

–¿Cómo lo has sabido, chaval?

–¡Hombre! Tiene usted la envergadura y las proporciones físicas de Iribar. ¿Nadie se lo ha dicho?

–Ahora que lo dices…, pues no, aunque una vez mi padre…

–Apostaría a que ha parado bastantes penaltis.

–Uno de cada tres.

–¿En un equipo importante, claro está?

–En El Salamanca.

–¡Ostras, eso si que es! –exclamó Lucas con admiración.

Para entonces, el guardia había abierto la puerta metálica y ante la urgencia del detenido silbó a un colega que ocupaba una silla al final al pasillo y éste silbó a su vez. “Anda, vete a cagar”, le dijo a Lucas.

–¿Cuándo El Salamanca estaba en tercera?

–No, no, en segunda división.

–¡Joder!

Lucas caminó con la cabeza gacha y el agente del otro extremo le señaló la puerta del servicio y dijo: “Dos minutos, chaval, y deja abierta la ventana”.

Ni los policías de guardia ni los del relevo ni el que, horas después, les llevó un bocata de mortadela que olían a sobaco sudado, hicieron el menor gesto de extrañeza al ver su cara, lo que mitigó su preocupación. De madrugada llevaron a cinco mujeres ligeras de ropa que les ofrecieron tabaco y conversación hasta que salió el sol y comenzó el ajetreo en la comisaría. Dos de ellas eran jovencitas que habían venido del pueblo a trabajar de criadas en casa de algún militar, un señor rico, un médico, un industrial o algún picapleitos de postín que las quisiera contratar, pero habían descubierto que aflojando rabos ganaban en un mes más de lo que por limpiar mierda, soportar infantes y aguantar a las señoras mandonas y frustradas les pagaban en un año, de modo que preferían hacer caja cuanto antes para regresar al pueblo y montar una mercería o, quizá, una boutique. El único riesgo era que las fichasen y se corriera la voz y llegaran el sonido llegara a los santones locales; si eso ocurría, ni boutique ni mercería: la deshonra desaconsejaba el regreso. Las otras tres mujeres que encerraron aquella madrugada eran profesionales maduras, de larga trayectoria y sin más proyecto de futuro que el de conservarse monas, no enfermar y seguir realizando su trabajo en la zona de Mesonero Romanos, La Ballesta, la calle de los Desamparados y otras zonas céntricas de la ciudad.

Pasadas las once de la mañana les condujeron –a él y a sus tres compañeros de delegación subversiva– al despacho del excelentísimo señor comisario, los ficharon, les devolvieron los documentos de identidad, y puesto que ninguno tenía antecedentes penales, aquel hombre de pelo entrecano y voz gangosa, les soltó una reprimenda sobre el cumplimiento de las leyes y la obediencia debida a los superiores, y los despidió diciendo que no quería volver a verles por allí.

–Ni nosotros tampoco a usted, lógicamente, señor –le contestó Lucas.

Cuando regresaron a la facultad, se enteraron de que más de un centenar de compañeros enfurecidos por las detenciones habían irrumpido en tropel en el despacho del decano, situado en la última planta del edificio, con la intención de tirarle por la ventana. El hombre se asustó muchísimo, les imploró piedad, se arrodilló y comenzó a rezar. Los estudiantes, al comprobar que aquel tío tenía más miedo que un ratón de armario, se apenaron de él y se pusieron a deliberar si convenía arrojarle o no. Al final se impuso la cordura y en vez de tirar al individuo decidieron lanzar por la ventana el cuadro del dictador que presidía su despacho. En cuanto se vio libre, el tipo hizo venir a una cuadrilla de albañiles y les ordenó que construyeran una tapia de ladrillo doble en la escalera que conducía a las dependencias del decanato. A continuación instaló cerrojos en las puertas de un ascensor que comunicaba el último piso con el garaje del sótano y se encapsuló.