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Del legado de Musk (enfermedad, hambre y muerte) a la debilidad de Trump

Madrid.–Luis Díez.

Doge no era una marca de automóviles, sino una maldición. El Departamento de Eficiencia Gubernamental o Doge, por sus siglas en inglés, fue el artefacto que el presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, puso en manos de su amigante Elon Musk, el hombre más rico del mundo, para podar la Administración Federal y eliminar gastos inútiles. El dueño de Tesla, la red X en Internet y la lanzadera espacial SpaceX, hizo el saludó fascista en el festejo multitudinario de la toma de posesión de Trump y apareció como el tipo decisivo para subsanar la administración. Dijo tener un plan para ahorrar un billón de dólares mediante la supresión del “despilfarro, el abuso y el fraude”. Era el mes de enero del corriente y toda la fanfarria de la corte de ultras millonarios sonaba tan metálica y ruidosa como quería el fanfarrón jefe.

Cinco meses después, del billón de euros ya no se habla, el amigante Musk ha abandonado el cargo y se ha enzarzado en una trama de reproches, descalificaciones e insinuaciones con el presidente que no auguran nada bueno. El Doge dice haber ahorrado 175.000 dólares. Pero los expertos sostienen que esa cifra está muy inflada. Según la Asociación para el Servicio Público, los ataques del Doge al personal gubernamental –despidos, recontrataciones, uso de licencias retribuidas y pérdida de productividad asociada– pueden costarle al gobierno (todos los ciudadanos, incluso los inmigrantes sin derechos de ciudadanía) más de 135.000 millones de dólares este año fiscal. Y eso sin contar las consecuencias judiciales de los desenfrenos de Musk.

Las repercusiones internas de los ajustes han sido graves en materia sanitaria, muy negativas para la alimentación infantil en las escuelas, fatales para algunas agencias de investigación como la encargada del banco de semillas, un organismo esencial para luchar contra las plagas y vital para la alimentación. Los palos a la ciencia han sido tremendos. Por ejemplo, la Universidad Johns Hopkins (Baltimore, Maryland), líder en investigación científica y reconocida en todo el mundo por sus avances biomédicos, ha tenido que despedir a más de 2000 personas por los recortes de Musk. La quita fue, en este caso, de 800 millones de dólares. Otro ejemplo: las becas de la Fundación Nacional de Ciencias, la principal agencia de investigación en ciencias físicas, han bajado al nivel de 1990.

Incluso el Servicio Nacional de Meteorología, que cuesta 4 dólares al año por estadounidense –el equivalente a cuatro litros de leche– y ofrece un rendimiento anual equivalente a un 8000 por ciento, ha sufrido el brutal tsunami del Doge. En solo tres meses, el Servicio Nacional de Metereología se ha visto aplastado. Sus 122 centros en todo el país han sufrido una reducción de personal del 60%, incluidos equipos directivos enteros. “Perder a los cazadores de huracanes sería catastrófico”, decían los afectados en los periódicos. Si las alertas anticipadas hasta una semana permitían a la gente protegerse y evacuar a tiempo pueblos y ciudades, tras los estragos del Doge, la red de alerta (24 horas al día, 7 días a la semana) ha quedado tuerta, o si lo prefieren, ciega por varias horas cada día.

“El legado de Elon Musk es enfermedad, hambre y muerte”. Así titulaba la columnista de The New York Times Michelle Goldberg un artículo sobre la práctica destrucción de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés) por parte del amigante de Trump. El relato comenzaba con la publicación de Musk de una frase, el 3 de febrero, en su red X: “Hemos pasado el fin de semana metiendo a USAID en la trituradora de madera. En vez de ir a unas fiestas estupendas hemos hecho esto”. Lo que el magnate de 53 años y sus secuaces estaban haciendo era eliminar el 80% de las subvenciones de la agencia. ¿Qué les importaba a ellos que cientos de miles de personas muriesen (y han muerto) hambre y enfermedades en los países más empobrecidos de África?

Decía Josep Borrell en una entrevista con Aimar Bretos en Hora 25 (Cadena Ser) que era muy difícil convencer a los líderes con una influencia decisiva sobre Netanyahu de que le obligasen a parar la matanza de palestinos en Gaza. No citó expresamente a Trump ni a ningún otro, pero dejó claro su mensaje cuando preguntó retóricamente al periodista: «¿Sabe usted cuanta gente morirá en el futuro inmediato solo por la retirada de la ayuda humanitaria al desarrollo?” Tampoco citó expresamente a EEUU. “Se lo digo yo: cuatro millones de personas”, afirmó. Con ello Borrell, el tipo que desde el primer momento pidió la revisión de las relaciones de la UE con Israel, puso de relieve la escasa importancia de las personas sin medios económicos para los que detentan y hasta ostentan el gran poder mundial.

¿Sabéis cómo se refiere Musk a las personas que desprecia? Les llama “PNJ”, un término de los videojuegos referido a los personajes que no son controlados por los jugadores y que, por lo tanto, no tienen poder de decisión. “Más que un insulto –dice la periodista Goldberg–, creo que el término revela algo sobre su visión del mundo. O bien no considera que la mayoría de las personas sean totalmente reales, o bien no ve el sentido de tratarlas como tales. Como le dijo a Joe Rogan (Comentarista y cómico) este año, “la debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”, refiriéndose a esta emoción como un “error” de nuestro sistema”.

Según Brooke Nichols, profesora asociada de salud global en la Universidad de Boston, “la trituradora de madera” que convirtió la USAID en serrín “ya ha provocado unas 300.000 muertes, en su mayoría de niños, y muy probablemente provocará muchas más de aquí a fines de año. “Esto es lo que ha logrado la incursión de Musk en la política”, escribió Goldberg el 31 de mayo, tras el anuncio del lanzador de cohetes espaciales que estallan y caen al océano de que dejaba de servir a Trump para dedicarse a sus empresas. Luego, el secretario de Estado Marco Rubio negó ante los diputados que la retirada de la ayuda haya causado tantas muertes como documentó el periodista Nicolás Kristof desde Africa Oriental. Pero su colega Goldberg, recogió testimonios que indican que Rubio miente o está mal informado.

Si el señor Musk hubiese recibido y escuchado a la embajadora de Barack Obama ante Naciones Unidas y después directora de la USAID con Joe Biden, Samantha Power, quizá no hubiera dado luz verde a la matanza silenciosa a la que se refería Borrell. Si en vez de dedicarse a hacer negocios en Catar, los Emiratos y Arabia Saudita junto con Elnecio arancelario y criptomonetario Trump, ese Musk se hubiese desplazado a Uganda para hacer su trabajo, habría conocido sobre el terreno las misiones de la Agencia Internacional, proporcionando medicinas a personas con VIH y alimentando a los refugiados de Sudán del Sur. Y quizá entonces se habría abstenido de pulsar el botón de la trituradora del Doge contra la USAID.

Es una canallada para la ultraderecha estadounidense y sus acólitos europeos que el hombre más rico del mundo le quite los alimentos y medicinas a los niños más pobres del mundo. Y es además, como dice la periodista Goldberg, muy mala publicidad para el señor Musk, sus coches, satélites y negocios en Internet. Ni vergüenza ni decencia ni reputación cabrá atribuir jamás al amigante del fanfarrón que preside el país más poderoso del mundo. Mala gente que camina y va apestando la tierra, diría nuestro Antonio Machado. A más recortes del gasto social –pensaba Musk–, más subvenciones para sí y otros amigantes (amigos mangantes). De hecho ya había colocado a un hombre suyo al frente de la NASA y ocupado otras agencias, incluido el banco de semillas, para pillar contratos multimillonarios. Pero se descompuso al ver que Trump reducía los impuestos a la gente acomodada y frustraba sus previsiones.

De la separación “amistosa” del dúo Trump-Musk pasaron al espectáculo. Comenzó Musk quejándose de la agenda legislativa de Trump. Éste se tomó las críticas con calma hasta que se le hincharon los párpados y manifestó su decepción con su exasesor. Entonces Musk contraatacó con una avalancha de burlas y acusaciones. Dijo que había traicionado las promesas de reducir el gasto federal, que sin su ayuda (después del atentado) no habría ganado las elecciones presidenciales y, lo más grave, que debería ser destituido por haber ocultado información sobre su relación con el infame pedófilo Jeffrey Epstein. Trump amenazó a Musk con eliminar los contratos a las empresas del multimillonario que le llevó un Tesla a los jardines de la Casa Blanca.

A partir de ahí todas las incógnitas están abiertas. Y no es un culebrón para entretener a los fervientes religiosos republicanos. ¿Participó el machista y mujeriego Trump en las fiestas sexuales con niñas de catorce años que organizaba su amigo el millonario Epstein, del que era vecino en Nueva York y en Florida? ¿Iba precisamente a una fiesta cuando Jeffrey le presentó a Melania? Eso declaró Epstein a la CNN. ¿Influyó Trump en la leve condena a su amigo y vecino cuando fue denunciado por múltiples violaciones a menores? En la lista secreta de las fiestas sexuales de Epstein habría muchos famosos y bastantes políticos. Un polémico pacto entre el canalla que atraía a las menores con engaños y la Fiscalía se saldo en 2008 con 13 meses de cárcel para el pedófilo que, sin embargo, volvió a prisión en 2019, al final del primer mandato de Trump y supuestamente se suicidó. La afirmación de Musk abre la caja de Pandora y sí, puede acabar con Trump. La democracia sirve también para limpiar la vida pública de tramposos, corruptos y delincuentes. Por eso los ultras la odian y aspiran a eliminarla.