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El rey que cayó de la Luna

Luis Díez.

El mismo día que el hombre llegó a la Luna, Franco nombró sucesor suyo en la Jefatura del Estado a Juan Carlos de Borbón, con el título de rey. Es como si el dictador hubiera elegido el momento de mayor distracción, con la gente mirando boquiabierta la televisión en blanco y negro, para sorprender a la nación con el injerto borbónico. Era el 21 de junio de 1969 y la gente, “la mayoría silenciosa”, no dijo ni mu. Desde entonces empezó a flotar en el ambiente la creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador.

Había interés en conocer la personalidad y el carácter de aquel príncipe. Pero la tarea era difícil porque las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotos en blanco y negro de las páginas de huecograbado del Ya, el ABC y el Arriba disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores.

En ocasiones protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y «disfrutar» de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra 12.869 toneladas de cobre-metal, 21.043 toneladas de plomo y 49.214 toneladas de cinc cada año. Aquellos tipos lo tenían todo calculado. Lo del reventón de la balsa y el desastre ecológico vino treinta y tantos años después y lo pagamos todos.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Madrid. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, se fue a visitar las Urdes, pero sin Luis Buñuel. La misma pobreza, las mismas caras. Los lugareños de aquella comarca por la que no pasaba el tiempo le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada. ¿Qué podía prometer si el dictador acababa de remitir una carta a los emigrantes en América, que celebraban un congreso en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban en España las condiciones para disfrutar de una vida digna?

Juan Carlos y su agradable esposa griega de sonrisa bien elaborada saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía española. Querían conocer al pueblo sobre el que iban a reinar y que el pueblo les conociera y les quisiera. El pueblo, como escribió Pio Baroja en Paradox Rey, siempre necesita llevar a alguien encima de la cabeza.

El heredero también visitaba cuarteles, inspeccionaba regimientos y presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya. Como futuro rey, velaba por los intereses nacionales con viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara; a Iraq, para obtener suministros de petróleo. Y, en fin, realizaba otras actividades oficiales.

Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba, eran mudas, pues el heredero nunca hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. Se notaba que no tenía permiso para hablar. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos democráticos –comunistas incluso– y le expulsó de Mallorca y le prohibió navegar por las aguas jurisdiccionales españolas. Si el heredero no era el hijo adoptivo más obediente y disciplinado que podía tener el dictador, lo parecía.

A pesar de ser una incógnita, la mayoría silenciada pensaba que no podía ser peor que el enano asesino del Pardo. Cuatro años después, en 1973, el dictador sufrió una flebitis y, ante el riesgo de que el coagulo sanguíneo le llegara desde la pierna derecha a la cabeza y lo dejara tonto o lo ultimara, activó el mecanismo sucesorio. El heredero asumió por unos días la jefatura del Estado. Fue su estreno. Pero el organismo del dictador, con casi ochenta años de uso, se recuperó enseguida y retomó el mando. Para demostrar que estaba sano se dejó filmar paseando por el Pazo de Meirás y pescando atunes a bordo del Azor. José Luis de Vilallonga escribió que estaba configurado para vivir cien años. Se equivocó. En septiembre de 1975 ordenó las cinco últimas ejecuciones de muerte y dos meses después las diñó. Al funeral acudió su admirador, el asesino Pinochet con su capote y su aire de fantoche. A la posterior e inmediata entronización de Juan Carlos I de Borbón vino Valerí Giscard D’Estaing, presidente de la República Francesa y el tipo que vetó el ingreso de España en el Mercado Común europeo.

Padre e hijo preocupados por la Corona

Ahora que el 20 de noviembre próximo se cumplen 50 años de la muerte del dictador y de la entronización de Juan Carlos I dos días después, éste ha reconocido expresamente que fue Franco quien le nombró rey “para crear un régimen más abierto”. Queda claro que a la dinastía borbónica no la repuso el pueblo, sino el dictador. En una entrevista en Le Figaro, el monarca emérito afirma: “Durante dos años (desde la muerte del dictador hasta la aprobación de la Constitución) tuve todos los poderes. El poder de indultar o de refrendar la pena de muerte. No tuve que hacerlo, gracias a Dios, ya que si hubiera dicho que no entonces, los generales me habrían derrocado». Por Júpiter si no queda claro que a pesar de tener “todos los poderes”, incluida la jefatura de las Fuerzas Armadas, tenía más miedo que un ratón.

La entrevista con Juan Carlos fue realizada por el periodista Charles Jaigu en una mansión con olivos centenarios trasladados desde España, como puede verse en la fotografía tomada por la escritora y periodista Laurencie Debray, publicada por Le Fígaro. La residencia está en la pequeña isla de Nurai, a diez minutos en lancha de la ciudad de Abu Dabi, y fue cedida al exrey por el jefe de Estado de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed. En realidad la entrevista es el aperitivo publicitario del libro de memorias de Juan Carlos que publicará en Francia la editorial Stock el 5 de noviembre con el título de Reconciliación. El libro saldrá después en España, publicado por Planeta. El exmonarca, que cumplirá 88 años el 5 de enero próximo, se ha valido de la pluma de Laurence Debray para contar los pasajes públicos más relevantes de su vida y confesar algunos errores como el de “haber aceptado dinero de Arabia Saudita”. Mucho dinero, a buen recaudo en Suiza y libre de impuestos, conviene aclarar. La periodista amiga del emérito ha sido su logógrafa durante durante años y antes publicó Mi rey caído (Edt Debate).

Así las cosas, habrá que esperar a la aparición de esas memorias para saber por qué no temió ser derrocado cuando rubricó la amnistía a los condenados por luchar por la democracia y los comunistas, socialistas, anarquistas (también los etarras) salieron de las cárceles. ¿No temió el derrocamiento porque no amnistiaron sólo a quienes luchaban por la democracia, sino, sobre todo, a los prebostes del régimen criminal faccioso y represivo derivado del triunfo militar de Franco con la ayuda de Hitler y Mussolini contra la II República democrática española? ¿No temió el derrocamiento porque a los únicos que no amnistiaron fue a los militares de la Unión Militar Democrática, la UMD? Pero al final, el golpe llegó, no contra él, sino contra la democracia. Juan Carlos dice que el 23-F “no hubo un solo golpe, sino tres: el de Tejero, el de Armada y el de los políticos cercanos al franquismo”. ¿Hará alguna alusión a Fraga, Blas Piñar, al comandante José Luis Cortina, cerebro de los espías del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), que no informó a Suárez sobre la trama golpista? A saber. El golpe que más le dolió fue el del general gallego Armada, del que dice: “Alfonso Armada estuvo 17 años a mi lado. Lo quería mucho, y me traicionó”.

El exmonarca anticipa en sus declaración al rotativo francés el deseo de ser recordado no solo como el rey que trajo la democracia –“la democracia no cayó del cielo”, dice–, sino también como el personaje que “evitó una guerra civil”. En ese sentido cuenta que mandó un mensaje al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, a través del presidente de Rumanía, Nicolás Ceaucescu, diciéndole: “No desatéis una guerra civil tras la muerte de Franco, dadme tiempo para legalizaros”, lo que ocurrió en abril de 1977, dos meses antes de las primeras elecciones generales celebradas el 15 de junio de ese año. ¿De verdad creía que el PCE iba a desatar una guerra civil? ¿Acaso no sabía que el PCE apostaba por la política de reconciliación desde mediados de los años cincuenta? Atribuir a los comunistas tanta voluntad de discordia y tanta capacidad armada como para desatar otra guerra es tener mala memoria y mala leche.

Lo que de verdad transmitió a Carrillo a través de su amigo Ceaucescu fue que esperaran y no se presentaran a las elecciones con sus siglas, sino como “independientes” para no soliviantar a los militares franquistas. Carrillo, que recorría España desde el día siguiente a la muerte del dictador, le respondió que de eso nada, que si no reconocían y legalizaban al PCE, la fuerza política que más había luchado y sufrido contra la dictadura y sus coletazos (recuérdese la Matanza de Atocha ya en «la sangrienta transición», como tituló Mariano Sánchez Soler su libro al respecto), tampoco ellos podrían reconocer y asumir la monarquía. Así lo escribió Santiago. Y según me dijo una vez Teodulfo Lagunero, el empresario que llevaba a Carillo en sus recorridos clandestinos y le facilitaba un chalé en Madrid, “al rey le importaba un bledo la democracia; a él y a su padre lo que les importaba de verdad era la Corona”. Téngase en cuenta que don Juan no había abdicado de sus aspiraciones y oficiaba con la velita encendida en Estoril, con el conde de los Gaitanes de moñaguillo, la Junta Democrática en el coro y Luis María Ansón de correveidile, pero se presentó en La Zarzuela, pegó un taconazo y exclamó: “¡A sus órdenes, Majestad!” Padre e hijo se abrazaron y asunto resuelto.

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De reyes, canes y calandrias

Cuentos y descuentos del sábado (24-08-2024).–Luis Díez.

“Hoy las golondrinas están contentas porque ya no hace tanto calor”, comentó Pilar al llegar al palmeral de la playa, acompañada de Manuel, el espía superviviente.

–¿Te lo han dicho ellas? –Le preguntó el aviador apagafuegos.

–Hombre, José Luis, las calandrias no hablan –dijo la recién llegada.

–¿Entonces qué sabes tú si están contentas o tristes, si pasan calor o frio? –Incidió el aviador tocapelotas.

–Eso se nota en el parloteo musical, en sus gorjeos, sus prrr efusivos, sus reclamos, esos uit, uit agudos. Pasan tanto calor las criaturas que llevaban días sin decir ni pío.

–Si fueran mirlos, con lo bien que cantan, me alegraría, pero esas antipáticas… anda y que les den –agregó el aviador.

–¿Antipáticas? –Se extrañó Pilar– ¿No sabes que las calandrias libraron de la corona de espinas a Nuestro Señor Jesucristo?

–Leyendas para beatas –replicó el apagafuegos.

La conversación, intrascendente hasta ese momento, adquirió fundamento cuando Raquel, la bióloga, aseguró que las aves lo pasan tan mal como los humanes con el calor extremo. Cualquier observador puede notar su escasa actividad en las horas centrales del día. No se atreven a salir del nido ni a abandonar las sombras porque también a ellas les cuesta mucho desprenderse del calor interno que genera la actividad muscular.

–Para ayudar a los gorriones, las golondrinas, los mirlos y otros pájaros familiares a sobrellevar estas oleadas de calor podemos dejar recipientes con agua en las terrazas, jardines o los alféizares de las ventanas –añadió la bióloga antes de referirse a la urohidrosis.

–¿Uro qué? –Saltó el aviador.

–Hidrosis, u-ro-hi-dro-sis, una forma de refrescarse que consiste en defecar o mear frecuentemente en las zonas escamosas de sus patas para enfriarse gracias a la evaporación.

–Una asquerosidad, osea –proclamó el aviador.

–Más o menos como tu sudor –le asestó Raquel.

–A propósito de si los pájaros hablan, ¿qué me dices de los loros? –se interesó el profesor Manises.

–Lo que es hablar no hablan, aunque reproduzcan los sonidos de las palabras de hasta cuatro sílabas –respondió pilar–. Y en cuanto a las entendederas, entienden mucho mejor los perros.

–Lógico. Por algo tienen la cabeza más grande –razonó Santiago, el churrero.

–Tengo yo un vecino que no habla con nadie; ni mujer ni hijos ni allegados, solo con su perro –comentó el arquitecto don Pepe.

–Me atrevo a asegurar que ese hombre está acostumbrado a mandar y ya nadie, salvo el perro, le obedece –aventuró Manises.

–Me gustan los perros porque siempre perdonan –comentó don Víctor Márquez como saliendo de alguna de sus ensoñaciones con personajes del pasado.

–Eso lo dirá usted –le replicó el aviador apagafuegos.

–Lo escribió Albert Camus en La Caída, un libro que le recomiendo.

–Ya querría ver yo a ese Camus rodeado de una manada de perros hambrientos del desierto a ver si escribía eso –arguyó el aviador.

–A quien me gustaría ver así es al criminal Netanyahu –manifestó Victor.

–Hostia, y a mí. Y que le arrancaran a mordiscos las orejas, la lengua, los ojos… Después de todo sería un trato consecuente con sus creencias y las de sus correligionarios, ojo por ojo –dijo el profesor.

–Religiones aparte, dicen que Hitler quería mucho a su perro –comentó el millonario don Baldo.

–Sigo sin entender a esa gente sentimental con los animales y criminal con los de su especie –prorrumpió Macarena, labios de cereza.

–Habrá que preguntarse donde quedó la cordialidad humana –dijo don Baldo.

–Tengo la impresión de que vamos a peor. Sobra agresividad, eso que muchos confunden con la competitividad, y falta cordialidad –dijo el profesor Manises–. Es probable que esa carencia de buenas maneras, imprescindibles para la convivencia humana, se deba a una educación fría, distante, tamizada por las tecnologías virtuales y, en definitiva, cada día menos interesada en formar personas al tiempo que excelentes técnicos y habilidosos trabajadores.

–¡Oh Bartleby, oh humanidad! –Exclamó, al pronto, Víctor Márquez.

–Oh, Melville, también yo preferiría no hacerlo –dijo el profesor antes de referirse a la responsabilidad que también cabe exigir a los dirigentes políticos y sociales para que den ejemplo y se abstengan de contribuir a este aumento de la agresividad y esta pérdida de la cordialidad humana. –Es como si hubieran olvidado su obligación de ejercer el magisterio público, como si despreciaran esta función esencial. Casi todos los que pintan o aspiran a pintar algo en la derecha política prefieren el trazo grueso, el bulo, el insulto, el ataque al hombre y la descalificación del adversario en vez del razonamiento crítico y la exposición veraz y honrada. Es más fácil hozar y destrozar que construir y edificar. Y encima se difunde mejor y es más rentable el dicterio que el argumento. Y esto también influye en la convivencia.

–Vaya si influye –afirmó don Pepe, el arquitecto–. Imaginad si en vez de unos tipos con la ironía de Santiago Carrillo, el desparpajo verbal de Felipe González, la elegancia de Enrique Tierno Galván (el VP o Viejo Profesor), la empatía de Adolfo Suárez y la erudición del tonitonante de un Fraga Iribarne, nos hubiesen tocado personajes como esos magistrados emberrechinados o esos banqueros campanudos e intolerantes o estos dizque patriotas insultones de las derechas de hogaño… Seguramente no habría habido Transición, sino más represión e imposición.

–Menos mal que el Rey, aunque golfo, salió listo –dijo Pilar.

–Era un Borbón y sabía que si no asumía la democracia se jugaba la Corona. Tres veces los echamos y las tres han vuelto. ¡Qué tíos! –Exclamó don Pepe.

–En todo caso respetó y nunca insultó a la izquierda –añadió Pilar.

–En eso llevas razón, y confiemos en que no cambien los tiempos y el coronado sucesor y su nieta Leonor mantengan la neutralidad y la tolerancia, por la cuenta que les trae –dijo don Pepe.

–¡Ni rey ni dios ni patrón! –proclamó el ferroviario y reavivó el diálogo.

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Borbón emberrechinado

 

Correveidiles palatinos han puesto en conocimiento de los españoles y demás interesados el enfado del rey emérito Juan Carlos I de Borbón por no haber sido invitado a la solemne sesión de las Cortes que protagonizó su hijo Felipe VI El Preparado para conmemorar el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura franquista. El olvido del Borbón padre por parte de la presidenta del Congreso, Ana Pastor Julián, se reputa imperdonable y ha sido noticia por la contrariedad de su enormidad. En esta corte de los milagros donde nos falta un Valle Inclán, también ha sido noticia el hecho de que por primera vez el rey llamase «dictadura» a la dictadura militar surgida del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 contra el orden democrático de la II República, dando lugar a la Guerra Civil y a cuarenta años de tenebrismo, represión y miedo. Decía el sociólogo Amando de Miguel que «el franquismo fue el fascismo con corrupción». Y fue algo más: un régimen de terror, asentado sobre montañas de muertos y cimentado con el miedo. De las tres clases de miedo enumeradas por el historiador Claudio Sánchez Albornoz: el miedo del pueblo al dictador, del dictador al pueblo y del pueblo al pueblo, el último fue el más toxico. La dictadura suministró pantanos de veneno a los españoles para impedir la reconciliación y perdurar per omnia seculas.

Tan paradójico parece el monarca emberrechinado, que dirían en Tocina (Sevilla), porque a sus 79 tacos ni siquiera ha aprendido a ser rey de sus humores, que es privilegio de los animales más evolucionados, como la noticiosa sorpresa por las palabras de su hijo en el templo de la soberanía nacional al prescindir del habitual eufemismo («régimen anterior») para referirse a la dictadura.

En lo atinente al cabreo del rey emérito, vale preguntar si no le aplaudieron bastante durante su reinado, para el que fue designado por el dictador, y si le parece mal que vitoreen a su hijo. ¿Quería dislocar los pescuezos de sus palmeras señorías, dirigiendo, ora al palco, ora al orador, sus ovaciones? ¿Por qué causa o razón debemos reputar inválida la dinástica sucesión cuando de aplausos se trata?

Comoquiera que 25 de los 46,5 millones de personas que residen en España no habían nacido cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio de 1977, bueno será recordar que en aquellos comicios participaron 18,5 de los 36 millones de españoles mayores de 21 años. Esa fue la edad para votar, y no los 18 años establecidos en la posterior ley electoral. De los que votaron entonces y hoy tienen 61 o más años, nueve millones ya han fallecido. Los otros nueve y pico recordarán que entonces se era mayor de edad a los 14 años para trabajar, a los 18 para ir a la mili (dos años) a defender a la patria, pero no para votar.

El sucesor de Franco a título de rey fue a Estados Unidos a anunciar ante el Congreso estadounidense las elecciones libres y democráticas. Su anuncio no figuraba en su discurso inicial, pero el entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, conde de Motrico, le introdujo las veintisiete palabras que finalmente pronunció ante los congresistas en Washington.

Era el año 1976, la gente estaba en las calles reclamando democracia y libertad, los trabajadores de la industria, la construcción y el transporte urbano estaban en huelga, la ultraderecha nazifascista asesinaba, secuestraba y apaleaba a estudiantes, trabajadores y periodistas. La Policía Armada (un cuerpo militar) disparaba a matar, no sólo con balas, sino también con botes de gases tóxicos y lacrimótenos. Al regresar de aquel viaje, el rey Juan Carlos echó a Carlos Arias Navarro, el último jefe de gobierno designado por el dictador, y nombró al falangista evolucionado Adolfo Suárez con el encargo de convocar las anunciadas elecciones. Con Arias salió del gobierno el vicepresidente y ministro de la Gobernación Manuel Fraga Iribarne, que era un desastre, provocó bastantes muertes, lanzó soflamas autoritarias («La calle es mía» y otras) y quiso mantener la pena de muerte a toda costa.

El rey Juan Carlos maniobró para intentar que el Partido Comunista de España (PCE), la principal (y casi única) fuerza de oposición a la dictadura, con un prestigio enorme entre los trabajadores y los jóvenes, es decir, en los ámbitos sindicales y universitarios, no se presentara a las elecciones. Llamó y escribió al presidente de Rumanía, el dictador comunista Nicolás Ceaucescu, para que transmitiera al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, que residía en París, que no podían presentarse a las elecciones con la siglas del partido y si querían, concurrieran como independientes. El dirigente eurocomunista en el exilio rechazó de plano tal pretensión. El resto de la historia ya es conocida por los videos de la Prego, Sólo añadir que Suárez, un hombre inteligente, comprendió que una democracia mutilada no era posible ni creíble, y se jugó el bigote frente al bunker franquista, los golpistas y los truenos de Fraga, legalizando al PCE. Además de inteligente, Suárez era afable, un tipo encantador. Y fue un hombre valiente.

Aquellas Cortes surgidas de las elecciones del 15J elaboraron la Constitución de 1978, y la monarquía quedó instituida como forma de Estado y fue refrendada por la mayoría de los españoles en el referendo del 6 de diciembre de aquel año. De este modo, el rey Juan Carlos I de Borbón pasó de ser un producto de la dictadura a un elemento de la democracia constitucional. En puridad le importó más recuperar y mantener la Corona que promover la libertad y los derechos de los españoles. Su temor a la oligarquía y al Ejército franquista explican la petición a los dirigentes comunistas, que ya en los años cincuenta apostaban por la reconciliación. Era un cobarde con un manto de la prudencia, pero un cobarde. Hasta su padre Juan de Borbón, heredero dinástico de Alfonso XIII y despreciado y odiado por Franco, elogió el patriotismo de los comunistas cuando se dejó querer por la llamada Junta Democrática.

Es tan cierto como el que se saca un ojo y queda tuerto que el emberrechinado monarca desarticuló el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 con la inestimable lealtad y diligencia de su ayudante militar, el general Sabino Fernández Campo, y que aquella noche del 23F, con los diputados y el Gobierno en pleno secuestrados a mano armada por los guardias civiles al mando del coronel Tejero Molina y con Milans del Bosch, Alfonso Armada y otros mandos militares en el ajo, se ganó la Corona y el aprecio de los demócratas. Si hubiera respaldado el golpe de Estado después de haber encerrado a Suárez con varios generales golpistas (los del «golpe de timón») que provocaron su dimisión, ni él sabe si habría podido volver, aunque fuera perniquebrado, de alguna cacería de elefantes en África o de otras agradables (y dispendiosas) aventuras.

Decía el poeta José Bergamín que las paradojas nos sirven de paracaídas para no rompernos la crisma. Pero no por eso deja de ser paradójico que para celebrar el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas se otorgue el protagonismo al rey, un jefe del Estado ajeno a la democracia, al que nadie ha votado y que no responde ante los representantes del soberano por más que reafirme, como hizo Felipe VI, «el compromiso de la Corona con la democracia». No vamos a rompernos la crisma con una sesión borbónica más o menos, pero quede claro que a los Borbones los repuso el dictador y fueron aceptados por los partidos dinásticos. Y que fue la lucha de la gente (sangre y tortura de demócratas asesinados y encarcelados), de los partidos de izquierda (PSOE, PCE y otros), de los grupos adheridos a la Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez, y el ansia y el clamor de libertad los que trajeron la democracia, con el acierto, claro, de algunos dirigentes políticos que supieron interpretar correctamente aquel tiempo.