La ruta de Cayo

Cuentos y descuentos del sábado (30-09-2023).–Luis Díez

Aquel día iba a Granada a cargar cervezas. A la altura de Puerto Lápice suena el teléfono. La compañera le dice: “Hola, mi amor, estoy en urgencias; el niño se ha caído de la bicicleta y se ha roto un brazo”. Vaya por Dios, qué mala suerte. “Le he curado las heridas, unos rasponazos, y lo van a escayolar enseguida. Quiere hablar contigo, te lo paso”.

El camionero escucha a su pequeño hijo, le dice le van a arreglar el brazo para que no le duela, le explica que le van a poner una escayola blanca para que se le cure. «No podrás moverlo, pero, a cambio, puedes hacer dibujos en el yeso y dejar que tus amigos escriban su nombre en tu brazo. Ya verás qué bonito te va a quedar». Y le promete llevarle un regalo cuando vuelva. Luego piensa: «Ni un día sin avería».

Apenas ha soltado el inoportuno en la bandeja sobre el salpicadero y enfilado la curva de Villarta de San Juan cuando vuelve a sonar el Himno de la Alegría. ¿Quién es ahora? La hermana:

–Hola Cayo, ya noto que vas conduciendo…

–Si, Mari, como siempre. ¿Qué está pasando?

–Esperemos que no sea nada, pero a madre le ha dado un infarto.

–¡Nada!

–Le ha dado mientras estaba en la diálisis. Me acaban de llamar del hospital, se han dado cuenta enseguida y le han inyectado los trobolíticos y otros fármacos a ver cómo reacciona.

–Joer, vaya por Dios…

–¿Cuándo vienes?

–Voy a cargar hoy, salgo hacia Valencia y no vuelvo hasta el martes por la tarde, pero si madre empeora suelto la carga donde sea.

–Bueno, te mantengo informado.

Hay días que no vale la pena madrugar, se dice depositando el impertinente en la bandejilla del salpicadero. La recta hasta Manzanares es un peligro. Lleva cajas de frascos vacíos y la cabeza del Volvo va como un caballo desbocado. Solo jodería que me pillara el radar de la DGT, se dice, levantando la alpargata y accionando el botón limitador. “Tu a noventa, Volvi”. A continuación conecta una emisora musical. Bob Dylan está llamando a las puertas del cielo con su guitarra.

Pasado Valdepeñas, a la altura de la ciudad íbera del Cerro de las Cabezas, se ilumina la pantalla del teléfono. Es la compañera, que al niño ya le han puesto la escayola. Habla con él: “¿Te ha dolido, verdad que no? Ahora no puedes mover el brazo durante unos días hasta que el hueso se suelde y te la quiten. Un beso, cariño mío”.

Ya en Despeñaperros, a la altura de la Cueva de los Muñecos, vuelve a sonar el inoportuno. Lo agarra. Es la prima Margarita con el mensaje de que su tío Leo se ha ido. Hacía algo más de un mes que lo habían metido en la residencia de ancianos y mira qué poco ha durado la criatura. De todos modos ya era mayorcito: 92 años, los diez últimos viudo, en casa de su hija, que le atendía de maravilla a pesar de tener que ir a trabajar. Se contagió con el maldito coronavirus y adiós muy buenas.

Lo sabía, sabía que no hay dos sin tres. Se despidió con toda la pena del mundo de su prima Margarita, hija única, soltera, generosa y cariñosa como hay otra. Se le empañaron los ojos, pero contuvo el llanto. No podía permitirse llorar conduciendo por Despeñaperros. Ni siquiera por el tío Leopoldo, el hermano de su padre al que tanto quería. Golpeó el volante con la fuerza de su brazo, se sintió triste, cabreado, derrotado. Abrió la ventanilla, tomó un sorbo de aire y lanzó un “¡Ay!” agudo y prolongado, seguido de otro y otro… Entonces se dio cuenta de que todavía llevaba el teléfono en la mano, lo depositó en la bandeja y le retiró la palabra hasta llegar a Granada. Eso le dijo.

Tres horas después, pasados Los Arenales, cerca del embalse del río Cubillas, un temblor de tierra arrugó el asfalto, inclinó el firme a derecha e izquierda, abrió grietas en el suelo, desvió el agua del río hacia la carretera general, paralizó el tráfico rodado y sorprendió a tirios y troyanos. Antes de que la tierra volviera a temblar, Cayo, ya cerca del polígono industrial de Granada, tuvo que rectificar sus palabras, empuñar el impertinente y avisar a la empresa de que llegaría tarde, si llegaba, debido a causas de fuerza mayor.

El tío Dionisio

Cuentos y descuentos del sábado (23-09-2023).–Luis Díez

El tío Dionisio no tenía mujer ni hijos ni dinero, pero libró al pueblo del peligro. La falta de hablidad para conquistar de palabra a la chica que le gustaba y una morfología debilucha y de corta estatura le dejaron soltero de por vida. Al ser canijo y endeble, pocas veces los capataces y manijeros de los dueños de las tierras le reclutaban para la zafra, la vendimia, la aceituna y otras tareas que le permitieran ganarse el jornal. Por esa razón carecía de dinero. Pero se las arreglaba y además sacaba pecho: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”, solía decir.

El hecho de que no le reclutaran para el tajo no significaba que se quedara en la plaza, maldiciendo, quieto parado, ya que echaba a andar y lo mismo se encaminaba hacia el río que se daba un garbeo hasta la laguna salobre o se orientaba hacia el encinar y seguía más allá por el monte de carrascos y pinos piñoneros con su mochila a la espalda. Y nunca volvía de vacío. De la orilla del río, a seis kilómetros del pueblo, solía regresar con un puñado de cangrejos y un atillo de mimbres al hombro; del monte volvía con la mochila provista de bellotas, ajetes, piñones, cebolletas… Según la temporada, también recolectaba espárragos trigueros, cardos blancos y marianos, boletus, setas…

Poca gente en el pueblo conocía el campo y el monte como el tío Dionisio. Sus caminatas de quince y veinte kilómetros cada día le permitían observar la naturaleza y acumular sabiduría muy útil para vivir. De la laguna se traía limo salado. En la rebusca, al paso por las fincas cosechadas, obtenía uvas para hacer su propio vino y olivas que prensaba para tener su aceite. En la cueva o silo donde vivía, situada en un cerro de la cimera del pueblo, debajo de un viñedo, poseía una habitación grande con tinajas para el vino y el aceite y con cestas de mimbre para otros frutos.

El tío Dionisio, siempre con su boina pegada a la cabeza y su mochila a la espalda, era asequible y apreciado por los niños. ¿Cómo no le iban a querer si les traía palulú, les tostaba almendras, les dejaba comer pasas dulces y, sobre todo, les permitía enredar con los pájaros? A un lado del tejadillo de la entrada a la cueva había entamado un palomar donde criaba palomas campestres y se beneficiaba de los huevos y los capones. En el otro lado tenía jaulas grandes, siempre limpias y con grano y agua para las perdices rojas. Las ocho o diez hembras ponedoras le proporcionaban huevos para dar y tomar y dos polladas de cuarenta o cincuenta ejemplares al año. La salida del cascarón y el correteo de los perdigones por una habitación acotada del silo hacían las delicias de los niños que, naturalmente, elegían su polluelo. El tío Donisio se los regalaba a condición de que los alimentaran y no les faltara agua.

La ceremonia de entrega requería un bautizo previo: el niño agarraba el perdigón que le gustaba, le ponía un nombre, le acariciaba el plumón y lo depositaba en una de las pequeñas jaulas de mimbre y albardín que el tío Dionisio confeccionaba en los días de mal tiempo. Dicho sea de paso, también tejía cestas que trocaba por hogazas de pan en la tahona. Cuando el valor de las cestas quedaba saldado, la panadera admitía huevos de palomas y de perdices. Eran pequeños, pero poseían unas proteínas tan alimenticias como los de las gallinas. El tendero Saturnino también los aceptaba como pago de cartones de leche y latas de sardinas.

Un día llegó la noticia de que gran parte del monte y sus estribaciones hacia el oeste iban a ser declaradas de interés para la defensa nacional y se convertirían en campo de tiro para los aviones de combate de las fuerzas aéreas propias y aliadas. Para entonces el tío Dionisio ya tenía algo de dinero, pues a raíz de la gran huelga general que dejó al reino sin televisión y a los capitalistas sin respiración, paralizando todas las empresas y actividades, el gobierno abrió la mano y concedió unas pensiones mínimas, no contributivas, a las personas mayores que habían cotizado poco y nada al seguro social por no tener trabajo. El tío Dionisio era una de ellas.

Ahora, con la tranquilidad de aquel ingreso regular, podía incluso subir al tren y llegarse a la capital, cosa que hizo para visitar a unos primos, a los que llevó productos del campo. Se compró además una pequeña grabadora, se llegó a la base aérea militar y desde el otro lado de las vallas de alambre que protegían las pistas de despegue y aterrizaje de los cazabombarderos, con mucho cuidado de que nadie lo viera, estuvo grabando el sonido brutal, ensordecedor de aquellos artefactos bélicos. Llenó de estridencias lejanas y cercanas dos cintas de una hora.

Ya en casa, enjauló palomas bravías (llegó a tener más de cuarenta), puso algunas trampas para cazar cuervos (también cayeron arrendajos) y los enjauló aparte. Durante días y días los adiestró a conveniencia: unos segundos antes de ponerles el grano y el agua hacía sonar por los altavoces del radiocasete el ruido de los motores de los aviones. Las palomas relacionaron enseguida el sonido con los suculentos granos molidos de maíz, los cuervos se mostraron más renuentes, pero al cabo de una semana ambas especies realizaban la sinapsis automática entre las estridencias y el condumio.

Un mes después, cuando apareció el primer caza en vuelo de reconocimiento a baja cota, el tío Dionisio dejó libres a los cuervos y soltó una docena de bravías, sin cesar por ello de adiestrar a más ejemplares. Los vuelos de observación se sucedieron durante un tiempo, para mayor enfado de los vecinos e irritación de sus representantes políticos municipales y regionales. Mientras tanto, las palomas, tordos y cuervos liberados en el monte por el tío Dionisio obedecían a su instinto, estrellándose contra las carlingas, radiadores y fuselajes de los aviones que aparecían a baja altura. El fenómeno preocupó a los aviadores y, finalmente, los técnicos determinaron que el riesgo de sufrir un accidente era elevado. Puesto que el reino disponía de zonas desérticas y tierras yermas para acotarlas como campo de tiro, el gobierno anunció que buscaría un emplazamiento mejor, pues se trataba de entrenarse para matar, no para morir en accidente por culpa de los pájaros. Después el presidente regional se colgó la medalla de haber salvado al pueblo, la comarca y la región del peligroso campo militar. ¡Qué tío!

Carabina

Cuentos y descuentos del sábado (16-09-2023).–Luis Díez

Las personas mayores se sentaban en unos poyos en la Traviesa, a la sombra del caserón de los sindicatos, y dejaban pasar el tiempo mano sobre mano como si ya lo hubieran hecho todo en la vida y no pudieran o quisieran hacer más. Su función era durar. ¿Para qué? Para seguir leyendo el periódico (los que aún tenían buena vista) y para contemplar las novedades. Una era la llegada del Galleguín. Estacionaba su Land-Rover en un lado de la Traviesa (le llamaban así porque era un espacio ancho, atravesado por cuatro calles de tierra), tocaba varias veces el claxon para avisar al vecindario de su presencia, se apeaba o, más bien, se descolgaba de su potente vehículo, pues era de corta estatura. A continuación abría el portón trasero y esperaba a la clientela, en su mayoría mujeres deseosas de contemplar los rodillos de telas de los más variados colores y texturas, perfectamente ordenados en los anaqueles del furgón. El Galleguín era simpático y listo, le gustaba regatear, ponía un precio alto y luego, según viera el percal, iba bajando hasta cerrar el trato con beneficio y unos botones, una cremallera o una bobina de hilo de regalo. La aparición del pequeño hombre del Land-Rover se registraba siempre dos o tres semanas antes de las fiestas del pueblo, pues como buen vendedor sabía que ninguna moza con algún posible renunciaba a estrenar vestido el día de San Roque. Las mujeres más habilidosas copiaban los patrones de Burda Moden y se confeccionaban unas prendas primorosas. Las menos mañosas recibían ayuda de las otras. Lógico.

Otras novedades de La Traviesa eran la llegada de maleteros, hombres curtidos que recorrían los caminos en bicicleta (y en burro) con una o dos maletas en el portabultos. Las colocaban sobre unas lastras, las abrían y mostraban su contenido: maquinillas de afeitar, cajitas con cuchillas, tijeras, navajas, corta uñas, sacacorchos, rollos de tanza, anzuelos de pescar, abrelatas, naipes, jabones aromáticos, frascos de perfume, tarritos de rímel, lapiceros de carmín, bisutería variada para alegrar la cara. Los hojalateros o estañadores llegaban también en bicicleta, el vehículo por antonomasia de los afiladores, que anunciaban con sus trinos y a voz en grito sus servicios.

Aquella gente mercantil era entretenida, aunque no tanto como los niños que aparecían el pueblo en los meses de verano y correteaban por La Traviesa detrás de un balón. Los ancianos solían llamar a alguno: “¡Guaje, ven acá!” El niño se acercaba y el anciano o la anciana le preguntaban: “¿Tú de quién eres?” Casi ningún crío entendía la pregunta y se quedaba en suspenso. Entonces un abuelo decía: “Tú eres de los Bartolos”. Y otro añadía: “Qué va, hombre, este tiene pinta de ser los Carabinas”. Algunas veces se acumulaban cinco opiniones distintas, como si los de mayor edad fueran aficionados a los acertijos o disfrutaran compitiendo a fisonomistas. El chaval casi nunca sabía el mote de sus ancestros. Era un niño de ciudad y las segundas y terceras generaciones de urbanitas olvidan para siempre los apodos familiares de los pueblos.

El asunto del mote era en mi pueblo menos complicado que Vigàta (Sicilia), donde traía de cabeza a la policía y a la administración judicial. Contaba Andrea Camilleri que en la isla italiana un tal Filippo Nuara, por ejemplo, será llamado por todos, empezando por sus padres y parientes, Nicola Nuara, nombre que, a su vez, será cambiado por el diminutivo de Cola Nuara, de modo que comenzarán a coexistir dos personas distintas, la de los documentos legales y la otra. Y si el tal Nuara habla poco, enseguida recibirá el mote: Cola Zoppo (aburrido) o como cojee un poco será llamado Cola Ticche Tacche (garrapata). No, mi pueblo no era la Vigàta del comisario Montalbano, pero allí cada familia tenía su marca registrada de acuerdo con alguna característica o algún acontecimiento: los habaneros, los criaturas, los albardines, los chopos y por ahí para allá. Finalmente preguntaban al niño el nombre y los apellidos de sus padres y resolvían el acertijo: “Entonces eres un Carabina”. Y le daban un caramelo.

Violadores y canallas

Cuentos y descuentos del sábado (8-09-2023).–Luis Díez

Sentado en el sillón ergonómico de su antepasado, el juez Alberite sudaba la camiseta hilvanando dictámenes. Después de leer despacio las sentencias y de analizar los argumentos y los fundamentos de los recursos, anotaba sus impresiones con letra deshilachada en una pequeña libreta de las que su secretaria le agenciaba en el chino. Al juez le gustaba hacer bien su trabajo, se esforzaba en cimentar sus formulaciones de forma que parecieran irrefutables y aplicaba los preceptos con austeridad y precisión. Sus propuestas de resolución casi siempre obtenían la unanimidad de los restantes catorce miembros de la Sala. A sus cincuenta y seis años había alcanzado la cima de la pirámide judicial del reino (la justicia se seguía administrando en nombre del Rey), y ahora, con cincuenta y nueve, acababa de cumplir su primer trienio sentando jurisprudencia. Desde que lo eligieron miembro de la Sala de lo Penal del Supremo laboraba a un ritmo constante, percibía a final de año las gratificaciones por productividad, igualaba el salario bruto del presidente del Gobierno (90.000 euros) y disfrutaba de unas prestaciones extraordinarias de las que sólo un puñado de magistrados y fiscales jefe podían gozar.

Realizó algunas anotaciones en su libreta, alargó el brazo, empuñó el vaso de plástico, dio un tiento al carajillo (café sólo de máquina con un chorro de orujo de su cosecha), paladeó el mejunje, depositó el vaso junto al áspero tapete del ratón, acarició el artefacto, movió la flecha de la pantalla del ordenador. “¿A ver qué tenemos aquí?”, se dijo. El documento venía de la Audiencia Provincial. Leyó los hechos probados: “Que sobre las 00.10 horas del día 10 de marzo de 2008, el procesado, Balbino, mayor de edad, sin antecedentes penales, en compañía de otros dos individuos que no han sido identificados, abordaron a Ángela cuando se hallaba en las cercanías de la estación de la estación ferroviaria, procediendo el procesado a cogerla fuertemente del brazo, ayudado por otro de los intervinientes, llevándola a un parque cercano por la fuerza. Una vez allí, Balbino intentó quitar a Ángela los pantalones, oponiendo ella gran resistencia, por lo que la agarró por el pelo y ley dio un puñetazo en la nuca que provocó que cayera al suelo, momento que aprovechó el procesado para tirarse encima de ella, quitarle los pantalones y penetrarla vaginalmente, sin llegar a eyacular, mientras los otros dos individuos agarraban a Ángela de las manos y las piernas para facilitar la actuación del procesado. Cuando Balbino finalizó su agresión y Ángela intentaba marcharse se abalanzó sobre ella otro de los individuos y la penetró vaginalmente mientras era sujetada de las manos y las piernas por el procesado y el otro interviniente, si bien no eyaculó en su interior sino en el suelo. Tras esta nueva agresión, y cuando Ángela se incorporó intentando abandonar el lugar, el tercero de los individuos le propinó un fuerte empujón, cayendo sobre el semen del segundo de los agresores y manchándose el pantalón, procediendo a continuación, mientras le profería frases obscenas, a agarrarla por la cabeza, obligándola a realizarle una felación, aunque no llegó a eyacular, siendo sujetada de las manos y las piernas por el procesado Balbino y segundo de los agresores referido”.

El juez Alberite contuvo una explosión de ira y asco, dio otro tiento al carajillo, leyó la condena: doce años de prisión en concepto de autor de un delito de violación, con su accesoria de inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena, más seis años de prisión, como cooperador necesario, en cada una de las otras dos violaciones, con su accesoria de inhabilitación. Masculló algo para sus adentros y sumo a la repugnancia por las violaciones perpetradas por los tres salvajes machistas, de los que sólo uno había sido capturado y condenado, la pena inmensa de tener que admitir la petición de rebaja de condena por mor de unos capullos metidos a legisladores. Anotó unas consideraciones en su libreta y aceptó parcialmente el recurso, sólo parcialmente, pues ya la suma de veinticuatro años de prisión al condenado violador topaba con los veinte como máximo, consignados en el Código Penal.

El magistrado Alberite alargó el brazo hacia el ratón, clicó, leyó: “El 24 de diciembre de 2014, a las 23:30 horas, Arturo, mayor de edad y sin antecedentes penales, estaba en casa de su prima para la celebración familiar de la Nochebuena y entre los asistentes se hallaba el menor Roberto, hijo de su prima y con el que mantenía una relación cercana, pues coincidían varias veces al año en reuniones familiares en las que los padres del menor dejaban que éste jugase y estuviese la mayor parte del tiempo con él. Los padres confiaban en la relación de amistad y familiaridad del menor con el tío Arturo y le permitían estar a solas con él. Arturo sabía que el pequeño Roberto tenía 12 años. El referido 24 de diciembre se quedó a solas con el menor en un dormitorio situado en la planta superior de la vivienda, situación que aprovechó para bajarse los pantalones y masturbarse, a la vez que con la otra mano empujaba la cabeza del menor en dirección a su pene, pero sin que llegase a contactar con la boca del menor, pues fue sorprendido antes por el padre del menor, que impidió que Arturo continuase su acción. Durante todo el año 2014 el mencionado Arturo había estado con el menor en varias reuniones familiares que aprovechó para quedar a solas con el menor y realizar sobre el mismo actos de tipo sexual para satisfacer sus apetitos. Antes del 24 de diciembre intentó en más de una ocasión penetrar analmente al pequeño, sin que conste que llegase a conseguir la penetración. Como consecuencia de las dificultades para la penetración anal, en más de una de esas ocasiones optó por chupar el pene del menor y por hacer posteriormente que el menor le chupase a él su pene y también consiguió que el menor cogiese su pene con la mano y le masturbase, mientras que en otras ocasiones Arturo restregaba su pene con el pie del menor”.

El juez Alberite dio otro tiento al carajillo como si tratara de eliminar el mal sabor de aquel delito castigado, cinco años después, con una pena inferior a la mitad de los once años de cárcel que contemplaba el Código Penal. En realidad el agresor sólo había cumplido un día de prisión preventiva desde que se descubrieron y denunciaron los hechos. Fue el 27 de diciembre de 2015, quedando después en libertad con la prohibición de acercarse a menos de quinientos metros del menor, quien recibió tratamiento psicológico, sin duración acreditada y sin que tampoco se hayan diagnosticado y evaluado las secuelas que le quedaron como consecuencia de lo sucedido. En cambio, la defensa del condenado pudo acreditar el “retraso madurativo” del agresor por causas “psicosociales”, así como “conductas impulsivas y cuadros de ansiedad”. La defensa del acusado Arturo alegó que sufría “impulsos intermitentes y difíciles de controlar” al existir “una alteración en los frenos inhibitorios, con una menor reflexión sobre las consecuencias que su conducta podía tener”. El tribunal condenó finalmente al agresor el 31 de mayo de 2019 como autor de un delito continuado de abuso sexual, consumado, con acceso carnal y prevalimiento, sobre menor de 13 años, a una pena de 11 años de prisión y el pago de una indemnización de 15.000 euros a la familia de la víctima. La sentencia disponía el cumplimiento de la pena en régimen de “libertad vigilada”, de manera que no tendría que entrar en prisión. Con todo, la defensa recurrió y el tribunal admitió la casación y reconoció la atenuante cualificada de “alteración psíquica”, reduciendo la pena a 5 años y seis meses.

Visto lo visto, el juez Alberite, miró el nombre del letrado defensor, un picapleitos anunciado en Google como “especialista en Económico matrimonial” (¿?), masculló una palabra ininteligible, apuró el carajillo y anotó en su libreta la decisión de rechazar el recurso, con imposición de las cargas judiciales al demandante, un majadero que ni siquiera se ha leído, se dijo, la reforma penal del delito de violación y desconoce que la pena aplicable es muy superior a la condena aplicada. No hay in dúbito pro reo, sino incompetencia con seguidismo y mala fe, pensó. Y a continuación sintió el deseo de dirigirse a la Ilustre Fregona solicitando a los académicos que recomienden a quienes usan la lengua castellana que no utilicen tan a la ligera el verbo “violar”. Si por sinónimos fuere ahí tienen, se dijo, violentar, quebrantar, infringir, vulnerar, atropellar, conculcar, quebrar, transgredir… Y no, las leyes no están para violarlas, como dijo un político nefasto. Pero eso quedaba fuera de sus funciones, así que acarició el ratón, clicó y pasó al siguiente recurso.

No jodamos

Cuentos y descuentos del sábado (2-09-2023).–Luis Díez

Don Nicasio era un buen jefe. Aprovechaba correctamente las circunstancias personales de las autoridades competentes y evitaba joder a los trabajadores. Dos cualidades de las que otros jefes carecían. Para aprovechar las circunstancias obtenía información previa, veraz y fidedigna, de los que podían joderle a él del modo más oneroso para la empresa, es decir, elevando los costes y reduciendo los beneficios. Téngase en cuenta que vivíamos en una sociedad capitalista gobernada por las leyes del mercado.

Si, por ejemplo, don Nicasio tenía que conseguir la certificación sobre el correcto acabado de una obra pública no dudaba en invitar al perito de la agencia revisora o de la administración, según los casos, a almorzar en un buen restaurante con los ingenieros, aparejadores y arquitectos del equipo. Tras los postres y el café, cuando los espirituosos digestónicos surtían efecto, don Nicasio comentaba algo sobre los hijos, sabedor de que el perito certificador tenía uno a punto de contraer matrimonio. La conversación fluía. Y, tal como suponía don Nicasio, el certificador se quejaba de la carestía de la vida, sobre todo, de la vivienda del hijo que abandonaba la casa familiar para crear su propio hogar. Don Nicasio asentía y le preguntaba al oído dónde iba su hijo a celebrar el convite, y cuando el perito respondía, él reponía: “Pues dile que no se preocupe de la factura, que está pagada”. Ya de vuelta a la oficina se ocupaban del papeleo y el certificador firmaba el conforme, todo correcto.

Eso no quiere decir que no hubiera peritos con el colmillo retorcido, individuos puntillosos que escrutaban hasta el último grano de grava, el último kilo de cemento y, calculadora en mano, la última tonelada de arena; medían las vigas, evaluaban la calidad del acero corrugado de la ferralla, computaban por procedimientos infalibles la masa de los taludes y movimientos de tierras. Vale, pero incluso esos tenían un punto débil, y don Nicasio lo sabía y conseguía embozarlos y evitar sus mordiscos. Se las ingeniaba para saber a quién le gustaba viajar, quién sentía debilidad por los juegos de azar, quiénes tenían esposas, novias y amantes caprichosas. Y no escatimaba detalles agradables hacia ellos. Si, por ejemplo, a uno le gustaba el juego se las ingeniaba para organizar una partida de póker de la que invariablemente salía victorioso con varios cientos de euros, incluso miles, en el bolsillo.

Aparte sus costosas (en apariencia) emboscadas a quienes podían obligarle a rectificar una obra, ya he dicho que don Nicasio evitaba fastidiar a los trabajadores. Incluso les ayudaba si no costaba dinero. En una contrata que dirigía en República Dominicana, donde los empleados cobraban en efectivo cada viernes, uno le pidió que le acompañara a la caseta de pago. Don Nicasio accedió, entró detrás de él, se fijó en dos tipos que aguardaban junto a la puerta abierta de par en par. Tras recibir su paga, el obrero empezó a gritarle: “¡Esto es muy poco, jefe! ¡Han contado mal! ¡No me han puesto todas las horas!” Don Nicasio, sorprendido, no sabía qué decir. El operario seguía gritando: “¡Usted quiere matar de hambre a mi familia!” Los dos tipos que esperaban junto a la puerta se percataron de la magra paga y largaron. El trabajador le agradeció efusivamente la ayuda para espantar a sus acreedores. Otro empleado que acababa de cobrar fue detenido a putan de pistola en la puerta de la caseta por dos soldados en función de agentes de la ley. Se lo llevaron. Apenas habían caminado cincuenta metros, el supuesto detenido vio que su acreedor se daba el piro, les guiñó un ojo y les entregó un billete de diez pesos a cada uno. Las tretas de los deudores eran el pan de cada día entre aquellas gentes que sólo tenían hambre y deudas.

Don Nicasio respetaba la ley sin dejar por ello de respetar, apreciar y proteger a los trabajadores a su cargo. “¿Por qué no viniste ayer?”, le preguntó a uno de aquellos dominicanos. “Es qué tenía una diligencia muy urgente”, respondió éste. “¿En qué consistía?”, se interesó. “Pues verá, jefe, yo tenía un papito, sabe usted, y ya no lo tengo”, dijo el joven trabajador. Don Nicasio entendió que había fallecido y le dio el pésame. Y claro que había muerto, pero hacía varios años. “Lo mató uno que salió ayer de la cárcel”, le explicó el empleado. Don Nicasio entendió “la diligencia” y se calló. Después de todo hay ocasiones y materias que es mejor ignorar.

Batiendo récords

Cuentos y descuentos del sábado (26-08-2023).–Luis Díez

Marisa y Fiol volvieron a coincidir en el metro. Se conocían desde los tiempos de la universidad, aunque Fiol, rico de familia, seguía estudiando por libre lo que quería y viajando a donde le daba la gana. Cursaba “mundología”, solía decir.

–¿En qué andas? –Le preguntó ella después de saludarse.

–Estoy elaborando una lista de récords –dijo él.

–¿Deportivos?

–No, esos ya los anotan los jueces de las competiciones; a mí me interesan los sociológicos.

–¿Por ejemplo?

–La mujer más alta del Reino de España, la famosa que más veces se ha casado…

–Esa te la digo yo, jeje… Me parece un ejercicio curioso, pero no se me alcanza el sentido y la utilidad de esos conocimientos.

–Cosas de los anglosajones, que conciben la vida como una competición. De hecho, si estudio esta materia se debe a que una revista estadounidense de mucho éxito me encarga listas de recorman españoles y me paga estupendamente.

–Lo llevas bien, supongo.

–Muy bien. Me voy a la hemeroteca, hojeo los periódicos de provincias, tomo nota de lo que me interesa y, de paso, me entero de lo que ocurre en el mundo. No es por presumir, pero ya les he enviado cuatro listados con diez o doce récords cada uno.

–Joer, Fiol, me empieza a picar la curiosidad.

–Bueno, siempre hay alguien que es el primero o el más en algo, en peso, en tamaño de la cabeza, en resistencia bailando, tocando el piano o subiendo escaleras. Siempre tendremos al cocinero de la mayor paella del reino y a los aspirantes a batir el récord. Y quien dice paella puede decir tortilla de patatas, etcétera. Hay récords para todos los gustos: una mujer se pasa cincuenta horas seguidas tocando el piano, un tipo empuja su furgoneta de 2,5 toneladas de peso y consigue desplazarla 50 metros en llano, en menos de un minuto. La variedad de esfuerzos extravagantes y bizarros es muy amplia. Y puesto que siempre hay gente tentada a ser la primera en algo, a conseguir el récord, la cantidad de tonterías es incontable y, además, irremediable. Pero también debo decir que al lado de los que dan vueltas a una farola o tocan las castañuelas o andan kilómetros a la patacoja, he registrado actividades intelectuales y estéticas de cierto mérito.

Marisa mostró un gesto de complacencia como si estuviera pensando: “Pues menos mal, si no nos van a tomar como un país de zopencos”. Y se interesó:

–¿Por ejemplo?

–Así, a bote pronto, la persona que más libros ha leído, y no es don Quijote.

–Una mujer –dijo Marisa.

–Afirmativo –le contestó Fiol antes de añadir–: La persona que más concursos de pintura rápida ha ganado.

–Otra mujer.

–Afirmativo: la alicantina María Dura.

–Mi estación, adiós Fiol y a ver si nos vemos más de vez en cuando.

–Adiós, Marisa.

El cuerpo del Presidente

Cuentos y descuentos del sábado (19-08-2023).–Luis Díez

«A mí me sacó de dudas el Presidente», dijo Juanito Alarcón en referencia al debate de mil demonios que se había entablado en aquellos tiempos entre los creacionistas y los darwinistas sobre el origen de la especie humana. Él no era de unos ni de otros. Le traía sin cuidado si el hombre y la mujer salieron de la nada o llegaron a ser como somos por la evolución natural y la selección de las especies. Él no practicaba religión alguna, no creía a curas y predicadores ni, por otra parte, entendía el lenguaje de los científicos y expertos. Además, carecía de tiempo para leer y entender aquella historia de Adán, Eva, la Serpiente y todo lo demás, y tampoco tenía capacidad, suponía, para meterse en el laberinto del genoma humano. Y eso que algunos lo consideraban un intelectual, asesor y amigo del Presidente mucho antes de que llegara a ser Presidente y durara década y media en la presidencia por mandato popular. Amigo y correligionario claro que era. Y si por “asesor” entendemos que lo mismo conducía el coche del amigo Isidoro (nombre del Presidente en la clandestinidad), que arreglaba grifos, pintaba, cocinaba o contaba anécdotas, chistes e ironizaba sobre señoritos y prebostes campanudos de derechas, entonces sí, también era “asesor”. Pero, sobre todo, Juanito era buena gente, un tipo sencillo y trabajador que, como la gran mayoría, aspiraba a una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales en derechos y deberes, y hacía lo que podía para conseguir una justicia social y unas mejoras salariales con las que dar estudios a sus hijos y desvivir sin tantos ahogos. La historia enseñaba que esa justicia sólo podía llegar de la mano del socialismo democrático y por eso él se confesaba rojo.

–¿Juan, cómo fue eso de que el Presidente te sacara de dudas en un asunto tan complejo como el origen del ser humano? –le preguntó el amigo Fiol.

–Muy sencillo –respondió–; ya sabéis que al Presidente le gustaba la naturaleza. Incluso en la sede palatina se relajaba plantando, regando y podando aquellos arboliyos…

–Bonsais.

–Correcto. Encinas, olivos, naranjos, acebuches, olmos…, un bosque variado en miniatura. En una ocasión también plantó un árbol grande, un champa junto a la tumba del gran Mahama Gandhi en la India. Ya te digo, amaba la naturaleza, deseaba estar en contacto con ella, perderse en el monte. Y siempre que podía se escapaba a Doñana. Una vez hicimos una marcha desde Malanda hasta las dunas de la playa del Inglesito; hacía bastante calor, así que me desnudé y me lancé al agua. Después de mucho insistir conseguí que venciera su pudor, se alejara un poco de los escoltas y me secundara. Nos bañamos en pelotas. Dicho sea de paso, le daba mucha vergüenza que lo vieran desnudo. Pero no por lo que estáis pensando, sino porque tenía el cuerpo, todo el cuerpo cubierto de pelos.

–¿Como los monos?

–Correcto.

–Ahora entiendo que te sacara de dudas.

La conversación prosiguió con críticas a aquel presidente peludo por no emplear su prestigio y reputación en concienciar a los ciudadanos de esta desaforada sociedad de consumo para que reduzcamos la emisión de gases contaminantes y no sigamos matando la vida en este planeta.

La baronesa cultivada

Cuentos y descuentos del sábado (12-08-2023).–Luis Díez

Desconocía la existencia de la baronesa de Pinopar hasta que el vecino de arriba, señor Sipero, elogió la sabiduría vegetal de aquella mujer que, al parecer, mantuvo una gran amistad con la marquesa de Pompadour, quien daría nombre a las infusiones que tomaba el enfermizo François Marie Arouet, más conocido como Voltaire. Según un librito de aquella baronesa, ilustrado como si fuera un catálogo, que el señor Sipero me permitió hojear en la cafetería del pie de casa, aquella aristócrata mallorquina por obra y gracia del archiduque Carlos de Austria sostenía que quienes comen con método son más dados a la meditación que a la vehemencia.

La patata, decía, es un buen alimento para los dirigentes políticos y los magistrados porque desarrolla el raciocinio y produce gran nivelación mental. Así que coman muchas patatas.

La zanahoria es estupenda para las personas que siempre andan disgustadas, malhumoradas y biliosas, pues su ingestión cura la melancolía, los celos, la ira y el deseo de venganza.

Las espinacas son muy recomandables para las personas pusilánimes, ya que aportan los minerales necesarios para fortalecer la voluntad. Todos los generales han consumido espinacas en abundancia. Y ya sabemos que después se convirtió en el vegetal favorito del Popeye de los dibujos animados.

Las aceitunas pequeñas, arbequinas, son extraordinarias para los banqueros, financieros y mercaderes, pues estimulan la minuciosidad, es decir, el aprecio de los peniques, los céntimos y otras fracciones menores de la unidad monetaria. Si se toman con vermú de Reus provocan entusiasmo.

Las calabazas, en cambio, poseen unos aminoácidos muy favorables para los estudiantes cuando las consumen sus profesores, pues desarrollan la comprensión y estimulan la vista gorda.

Entre las coles, la lechuga induce a las caricias y es excelente para los enamorados. Por cierto que al eminente ciclista Federico Martín Bahamontes, fallecido hace unos días –esto no lo decía la baronesa–, no sólo le llamaban el Águila de Toledo, sino también el Lechuga porque, como dice el dicho, entre col y col, lechuga. Y coll en francés significa puerto de montaña, de modo que entre puerto y puerto, allí estaba él. Seis veces quedó campeón de la montaña en el Tour. Honor y gloria. Descanse en paz.

En cuanto a las berzas, repollos y grelos en puré proporcionan tantas calorías a los niños pequeños que si quedan al cuidado de militares les dan mucha guerra y acaban por derrotarlos. Sobre los calabacines y las berenjenas decía la baronesa que suavizan el carácter y son muy recomendables para los alcaldes y gobernantes.

Quienes aspiren a tener ideas poéticas y artísticas, coman judías verdes a todo pasto, porque ellas proporcionan inspiración y armonía. Pero son las judías blancas, al decir de la baronesa, las reinas de los vegetales. Si se comen con manteca o aceite son más vigorizadoras que la carne de res y de pez, reponen el sistema nervioso y aunque parezca feo y resulte fétido, nos ayudan a realizar una función esencial del intestino grueso.

La baronesa refería a continuación las propiedades saludables de otros muchos vegetales, incluyendo las ortigas, que son diuréticas. Y dedicaba varias páginas a las plantas aromáticas: la albahaca, el tomillo, la canela en rama… Sobre las preciadas trufas, favoritas de miles, millones de paladares, sostenía que avivaban el sexo adormecido de las personas de cierta edad.

Luego ya, para demostrar que no carecía de espíritu crítico, ponía de vuelta y media a los guisantes verdes, pues desarrollan la frivolidad y hacen a la gente, especialmente a las mujeres, caprichosas y descuidadas. Eso decía.

Antes de devolver el librillo al señor Sipero eché en falta una referencia a las cebollas, tan habituales en nuestra cocina como las patatas, los tomates y los pimientos. Él me señaló un texto breve, sin ilustración, a modo de apéndice. Lo leí enseguida. “Las cebollas son excelentes para combatir la calvicie. Se frota bien con cebolla la parte de la cabeza donde empieza a clarear el pelo. Esto ocurre porque la piel del cráneo se endurece y se vuelve escamosa, impidiendo el crecimiento del cabello. Tras encebollar la zona enseguida notamos que el jugo ablanda el cuero cabelludo, eliminamos las escamas y el cabello vuelve a brotar”. Eso decía antes de añadir: “Dado que el olor a cebolla puede resultar molesto, podemos atemperar su efecto pasando varias veces medio limón por el área afectada”. Si que era cultivada la baronesa.

Meada regia

Cuentos y descuentos del sábado (05-08-2023).–Luis Díez

Cuentan lenguas de doble filo que hallándose un día en el palco presidencial de la plaza de toros de Las Ventas sintió Su Majestad una gana irresistible de mear y no hallando dónde poder hacerlo se desabrochó la bragueta y dirigió el miembro viril hacia el bolsillo del pantalón del tipo que tenía al lado, que no era otro que el comisario encargado de dirigir la lidia. Al notar éste el calorcillo húmedo del orín que fluía desde su bolsillo y le empapaba el pernil y le encharcaba el zapato se volvió hacia el Rey y le dijo respetuosamente:

–Majestad, se le ha calentado el champan.

–Jajajá –respondió éste, apurando la micción.

Luego, mientras Su Enormidad replegaba la chorra y cerraba la petrina, añadió a modo de disculpa:

–A determinada edad ya no te puedes fiar de la próstata.

–Si señor, por eso a los toros hay que venir meado –le recomendó el comisario.

Miles de amílcares muertos

Cuentos y descuentos del sábado (29-07-2023).–Luis Díez

Los oretanos eran gente pacífica y acogedora. Preferían mezclarse a guerrear. Se llevaban bien con los vetones, los carpetanos, los lobetanos y las demás tribus vecinas. Procreaban sin mayor reparo con sus semejantes de otras tierras y otros valles hasta el punto de tejer estrechos lazos de sangre con los bastetanos y los contestanos del sudeste peninsular. Solían extraer de la tierra algunos minerales y arcillas para realizar utensilios, conocían el valor alimenticio de algunas frutas y vegetales, y en vez de matar a los animales intentaban domesticarlos. Pero entonces llegaron a la costa mediterránea unos tipos armados en unas embarcaciones toscas que nada tenían que ver con las naves de los fenicios, que se dedicaban al comercio de la sal y de otros minerales y metales útiles, y tampoco se parecían a los barcos de pesca de los bastetanos ni de sus hermanos contestanos y edetanos.

Los recién llegados eran gente feroz y mal encarada. Asaltaban, saqueaban y arrasaban los poblados. Su crueldad carecía de límite. Mataban, apresaban y esclavizaban a los aborígenes, de cuyas despensas y tierras se apropiaban a sangre y fuego. Se hacían llamar cartagineses y estaban en guerra contra los romanos. Gran parte de ellos eran nubios del norte de África. Su cabecilla jefe respondía al nombre de Amilcar Barca.

Los estragos de los despiadados invasores llegaron enseguida a oídos de los oretanos. Y también las peticiones de ayuda de sus hermanos de la costa. Pero qué socorro podían prestarles si ellos eran gente de paz, carente de otras armas que no fueran las herramientas de labor, machucas, estacas y piedras. Según documentó el párroco de Montoro, Fernando José López de Cárdenas, en la primavera de 1783, cuando recorría las sierras sobre el valle de Alcudia recogiendo minerales por encargo del conde de Floridablanca, aquellos iberos oretanos dejaron huellas de su pacifismo en los palotes que halló aquel cura en la Peña Escrita, a unos pocos kilómetros de la actual Fuencaliente (Ciudad Real): figurillas bailando en parejas, gente gozosa, encantada de la vida. Las cuevas y roquedales con vestigios ancestrales revelan su carácter pacífico. Ni espadas ni arcos ni flechas ni hachas siquiera. Se celtificaron e incluso se mezclaron con los lusitanos, pero no guerrearon.

Sin embargo, las peticiones de socorro y los avisos de que venían aquellos guerreros sanguinarios (los cartagineses), arrasándolo y quemándolo todo, les colocó en la tesitura de defenderse. Entonces un mozo llamado Orisón tuvo una idea que luego se llamó “estratagema”. Consistía en echar el lazo a algunos animales que no se dejaban domesticar (toros bravos), atarles las patas, cargarlos en carretas empalizadas y llevarlos como donativo, en son de paz, al campamento de los cartagineses. Orisón y los oretanos más fuertes se pusieron manos a la obra. No dudaban de que Amilcar Barca aceptaría el regalo y de que sus guerreros se pondrían muy contentos con tanta y tan buena materia prima para sus festines y cuchipandas.

Guiados por sus amigos y aliados de las tribus ribereñas, Orisón y sus hermanos emplearon varios días en recorrer con sus carretas cargadas con media docena de toros bravos la distancia que los separaba del campamento de Amilcar y sus feroces guerreros. El lugar se llamaba Heliké (después Elche). Además de procurar que los toros no flojearan, los oretanos adornaron sus cuernos con juncos y retamas embadurnadas con sebo y aceite. Cuando llegaron al campamento salió Amilcar en su caballo a recibir el regalo. Entonces prendieron fuego a las testuces de los morlacos y abrieron las jaulas de los carros. Los toros saltaron, azuzados por el fuego, y los guerreros huyeron despavoridos, perseguidos por aquellos animales enfurecidos que los corneaban y desgraciaban a los caballos. Tal fue el pasmo y el pánico de los cartagineses que el propio Amilcar salió huyendo hacia el río, perseguido por un toro embolado, cayo del caballo y murió. No se sabe si se desnucó o se ahogó, pero apareció muerto.

La estratagema había funcionado. Los feroces cartagineses se quedaron sin jefe. Desde Cartago, en la orilla del sur del Mediterráneo, nombraron a Asdrubal hasta que llegó Anibal, que era hijo de Amilcar Barca y había jurado odio eterno a los romanos. Anibal se parecía mucho a su padre, pero era más astuto que él. Viendo cómo las gastaban los celtíberos, procuró hacerse amigo de ellos. ¿Cómo? Primero parlamentando y luego pidiendo la mano (y el resto del cuerpo) de una moza de la que se había enamorado en la colina de Auringis (ahora Jaén). La joven se llamaba Himilce y era hija de un jefe local llamado Mucro, quien aceptó el pacto de sangre y protegió así a las gentes de su tribu. Anibal e Himilce se casaron en Cartagena, donde los de Cartago tenían sus navíos atracados y un gran campamento. Su enlace constituyó una alianza que perduró hasta la invasión romana de lo que llamaron Hispania. Previamente, Anibal compuso un gran ejército que incluía toros bravos y elefantes y marchó contra Roma. Himilce murió mientras su belicoso marido cruzaba los Alpes para guerrear contra los romanos.

La historia jamás se detiene; de aquellos oretanos y demás tribus que habitaron la Península Ibérica en la edad del cobre y sufrieron las invasiones cartaginesa y romana, ochocientos años antes de nuestra era, quedaron muchos vestigios que nos permiten una interpretación cabal de la evolución humana. Hoy, por ejemplo, nadie utilizaría los toros bravos, con teas o sin ellas en la testuz, para combatir, ahuyentar o dar estopa a los enemigos. Pero eso no quiere decir que los Amilcar no sigan cayendo como moscas. Miles han muerto desde entonces. Sin ir más lejos, el verano pasado (2022) murieron ocho personas en los correbous o bous al carrer (suelta de toros por las calles) de las distintas localidades de la Comunidad Valenciana y más de trescientas resultaron heridas. ¿Cuántos más tendrán que sufrir y morir para poner coto a la barbaridad? Las derechas políticas se niegan por sistema a abrir un debate. Que cada ayuntamiento se las averigüe, dicen. Y ahora, con un torero de vicepresidente y consejero de Cultura del gobierno autonómico, sólo se admitirá un argumento: “¡Eh, bou!” «¡Eh, toro!»