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‘La verán mis ojos’ (XXII): «Je, je»

El acorazado España, en poder de los franquistas, acabo en el fondo del mar frente a la costa de Santander. Chocó con las minas que iba soltando el destructor Velasco, también en manos de los sublevados y fue bombardeado por Borrajo desde su fragil Breguet
El acorazado España, en poder de los franquistas, acabo en el fondo del mar frente a la costa de Santander. Chocó con las minas que iba soltando el destructor Velasco, también en manos de los sublevados y fue bombardeado por Borrajo desde su frágil avión Breguet

Recapitulación: Hemos visto en los capítulos anteriores cómo Leonardo se las ingenió para apoderarse del maletín con la pasta de los milicos, dejó su parte a Lucas y se marchó a Cuba. También cómo Lucas logró zafarse de la policía, que le relacionó con Argala por la carta que le envió cuando andaba impecune, y consiguió una nueva identidad. Ahora tenía dinero y se permitió poner un anuncio en la prensa para localizar a Chin, pero ella no lo leyó. Residía en casa del viejo Nequin, iba a la Universidad y  ayudaba a Nequin en sus quehaceres y el librero mantenía su apuesta e insistía en que en diez años vendría la República. En esas, después de firmar sus cinco últimas condenas a muerte, el dictador Patascortas (PTC), enfermó y murió. Entonces comenzaron a volver los desixiliados socialistas, comunistas, republicanos. ¿Quiénes eran, de qué hablaban, querían de verdad la República por la que habían luchado en su juventud o se conformaban con reponer los derechos y las libertades propias de un sistema democrático y devolver su cuerpo a la tierra en la que nacieron? 

Por KEY GOOD

Poco tiempo después de que el dictador se fuese al infierno y la losa de ocho toneladas de mármol que colocaron sobre su tumba en aquel templo perforado por cientos de presos políticos republicanos en la dura roca de granito de la sierra del Guadarrama confirmara que no regresaría de aquel lugar, y que el heredero, que había sido designado y refrendado por las Cortes el mismo día que el hombre pisó la luna, aterrizara en la capital federal de los Estados Unidos de América y anunciase a los congresistas de aquel país su proyecto de transitar de la autocracia a la democracia con el fin de que los súbditos españoles, a los que se había negado la posibilidad de decidir la forma de Estado y de los que se decía que no estaban preparados para vivir en libertad, pudieran elegir a sus gobernantes mediante elecciones limpias y libres, y de que el coronado, al que don Nequin llamaba PTL o Pataslargas, en contraste con su antecesor y padre político PTC o Patascortas, decretase una amplia amnistía que exoneró de responsabilidades a los ladrones y criminales del régimen anterior al tiempo que tranquilizó a Lucas en relación con los antecedentes que pudiera tener por su casual relación con aquel Argala, el cual salió de prisión y fue asesinado en Francia dos años después por los esbirros del dictador, y de que, de resultas de todo lo cual, los partidos socialista y comunista, que se reclamaban republicanos, renunciaran a sus principios y silenciaran su memoria a cambio de un lugar al sol desde el que empujar la historia, comenzaron a regresar algunos republicanos supervivientes de la guerra y del exilio.

Una tarde, cuando llegó Lucas a la caseta se encontró al librero Neguin departiendo animosamente ante la mesita del tablero de ajedrez con un hombre de pelo ralo y blanco que olía a jabón francés y tenía la mirada viva y la expresión traviesa. Vestía un elegante traje de mil rayas y adornaba su pecho con una corbata de color amapola, prendida a la camisa blanca con un alfiler de cabeza acristalada con los colores de la bandera tricolor. “Ya están aquí los republicanos”, se dijo antes de saludarle. El hombre se llamaba don Antonio García Borrajo y, en efecto, acababa de llegar de Francia. Don Nequin se mostraba encantado de su presencia, pues era nada menos que el secretario del último presidente republicano en el exilio.

Tras la interrupción de las presentaciones, el hombre prosiguió su relato sin importarle la presencia del recién llegado, y dijo que “aquel Primero de Mayo fue, en verdad, memorable; de madrugada recibimos un radio informándonos de que el monstruo venía hacia nosotros. El teniente coronel Martín Luna no sabía a qué carta quedarse. Era prudente y no quería gastar vidas ni perder los aviones. Yo le dije que estaba claro: había que bombardearlo. Mi ayudante Pepe me respaldó. El jefe dudó. Quería preservar a toda costa los dos únicos aparatos que nos quedaban en el aeródromo, si quiera fuera para poder huir en ellos y salvar el pellejo. ‘En cuanto os avisten os revientan a cañonazos’, nos dijo, el muy cabrón, para intimidarnos. O a lo mejor les reventamos nosotros, díjele yo”.

Aquel Borrajo había sido aviador y le estaba contando a Nequin cómo hundieron ante la costa de Santander al temible crucero España, el terror del Cantábrico en manos de los fascistas, soltando bombas a mano desde su frágil Breguet. “Yo sabía bien a lo que nos enfrentábamos, así que hablé a solas con Pepe y le expuse los riesgos y le conté que me habían derribado dos veces y seguía vivito y coleando, je, je. Él me dijo que no tenía miedo. Era un muchacho valiente mi sargento observador José Hernández Fernández. Así que empezamos a preparar el Breguet-19 para salir al encuentro del monstruo. Era noche cerrada. Cargamos dos bombas de cincuenta kilos y nos sentamos a esperar a que despuntara el alba. Confiábamos en que apareciesen algunas nubes bajas para zafarnos, pero el día se presentó despejado. Mala suerte, amigo Pepe, dije a mi ayudante. Entonces, Pedro Lambas Bernal, al ver que nuestra decisión de jugarnos el bigote contra el monstruo era firme y, pese a la falta de nubes, no nos volvíamos atrás, decidió sumarse con su avión Gourdou y cargó otras dos bombas de cincuenta kilos.

Lambas despegó primero y nosotros le seguimos. A las siete menos cuarto pusimos rumbo mar adentro. Yo sabía que el monstruo era difícil de abatir. El submarino U-2 le había perseguido sin resultado. Luego me enteré que el sumergible sufrió un sabotaje y los torpedos que le disparó fueron directamente al fondo del mar en cuanto salieron de las toberas. Incluso uno comenzó a dar vueltas entorno al submarino y les pasó rozando, je, je. ¿Acertaríamos nosotros desde una altura prudencial, soltando bombas con las manos? Yo lo dudaba.

Tomamos altura y desde unos ochocientos metros avistamos el siguiente panorama: el acorazado navegaba a tres millas marítimas de las costa, frente al puerto de Santander, seguido a poca distancia del destructor Velasco, que se dedicaba a sembrar minas para cerrar la salida del puerto a nuestro destructor José Luis Diez y al submarino U-3. En un instante, el acorazado comenzó a cañonear en dirección a un mercante inglés que se acercaba a la costa. A una distancia prudente se encontraban los destroyers de control internacional H-76, con bandera inglesa, y El Terrible, que era francés.

Entonces el Gordou de Lambas se lanzó en picado sobre el monstruo y le soltó sus dos bombas. Una acertó en proa. Yo me lancé detrás, teniendo el sol a la espalda para protegerme. Hice una diagonal abierta de cuarenta y cinco grados para recoger a unos cien metros del buque, pero las bombas que lanzó Pepe cayeron al mar. Aterrizamos y cargamos más bombas, las lanzamos y volvimos a cargar. Así hasta once veces. Hicimos las cinco últimas salidas con una bomba de cien kilos en cada viaje. Acertamos siete veces; nuestras bombas estallaron sobre la primera torre de mando y la chimenea central. Las cinco últimas fueron letales, y a las 8:50 de aquel Primero de Mayo, el acorazado faccioso se hundió definitivamente, je, je…”

El hombre cogió resuello y añadió: “Di tu que tuvimos una suerte de mil diablos porque al retroceder para esquivar el castigo, chocó con una de aquellas minas que había soltado el Velasco y la explosión le destrozó el timón y las hélices de popa, quedando inmovilizado como un cachalote herido, je, je. El Velasco intentó remolcarlo, pero no acertó con el cable. Viéndose perdidos, los facciosos abandonaron las defensas antiaéreas y se lanzaron a agua como ratones asustados. Permitimos al Velasco recogerlos y poner agua de por medio antes de soltar más bombas y hundirlo. ¿Pudimos apresarlo? Si. Pero ningún mando reparó en ello y nuestro objetivo era envirlo al infierno y evitar que hiciera más daño. A Lambas lo ascendieron a capitán y a Pepe y a mí a tenientes. Recuerdo los vítores en la prensa. “El pirata España fue echado a pique por un pequeñísimo avión Breguet gracias al heroísmo y la pericia de nuestros aviadores”, decía el ABC de Madrid. De heroísmo, nada; de valentía, un poco; de pericia, bastante, y de suerte, muchísima, je, je…”

El desexiliado Borrajo relató otros avatares a su amigo Nequin sin perder la sonrisa ni siquiera cuando habó de la derrota, la rendición y la entrega. Su desenvoltura juvenil y aquella expresión pícara en su cara proyectaban la imagen de un hombre feliz y cercano, uno de esos tipos que inspiran confianza. Era de mediana estatura y debía pertenecer a la quinta de Yebra y don Nequin.

Aquel Borrajo fue el primero de una larga lista de regresados a los que Lucas tuvo oportunidad de conocer y tratar. Eran socialistas, comunistas, republicanos… Pronto Lucas se encargó de ir a recogerlos al aeropuerto o a la estación ferroviaria de Chamartín, y puesto que sus estudios universitarios se relacionaban con los medios de comunicación social y con la función de informar –era la carrera más sencilla que podía cursar, aunque le habría gustado estudiar química y medicina–, no dudó en plasmar algunos testimonios y relatos en un periódico de la tarde en Ursaría que se distribuía por la mañana en el resto del país.

–¿Cómo salvó el pellejo, don Antonio? –le preguntó.

–Con mucho valor, je, je… –dijo Borrajo.

–Eso no lo dudo, pero ¿podría decirme cuál fue su suerte?

–Mi suerte consistió en tener buena suerte, una suerte de mil demonios, je, je… En realidad, pasé la mayor parte de la guerra en el hospital. Te cuento. Me derribaron dos veces cuando estaba en el centro, en Azuqueca de Henares; la última, salvé el avión, pero estuve a punto de palmar de plomonía. Me evacuaron al hospital militar de Alicante y allí pasé más de un año, la mayor parte de la guerra, volando en sueños y soñando con volar. Cuando me dieron el volante de alta, me pusieron a disposición del cuadro eventual de la Base de Los Alcázares, en Murcia, donde me nombraron jefe de la escuadrilla encargada de proteger la Base Naval de Cartagena y la ciudad de Murcia. Fueron unos meses malos, sin suministros, sin munición, nos bombardearon la base varias veces… Cataluña había caído y ya no tenía sentido resistir en aquellas circunstancias. Entonces decidimos huir al norte de África, pero los barcos que nos iban a trasladar nunca llegaron al puerto de Alicante. Nos engañaron como a chinos, je, je. En cambio, aparecieron los cabrones de los espaguetis facciosos de Mussolini, je, je. Flechas negras, les decían. Y nos condujeron al campo de prisioneros de Los Almendros. Después, los franquistas nos llevaron a Albatera, entre Alicante y Murcia para fusilarnos, je, je…

–¿Y qué pasó?

–Le dije al tanquista Romero y a otros compañeros: a mí estos hijos de puta no me fusilan. Y a las tres de la mañana del 12 de abril de 1939, Romero y yo nos fugamos. Romero tuvo mala suerte. Un centinela del perímetro exterior del campo disparó y lo alcanzó en el muslo derecho. Lo agarraron enseguida, lo llevaron a la base y, según me contaron, lo sentaron en una silla porque no se podía tenía en pie, y lo fusilaron.

–¿Y usted?

–Yo me adentré en unas huertas y me subí en un naranjo. Los guardias civiles me estaban buscando con perros amaestrados. Los oía pasar cerca de mí. Este cabrón tiene que estar por aquí. Las pasé canutas.

–De miedo…

–De miedo, de hambre, de sed y de cagalera. Estuve más de ocho horas subido en un naranjo, con una diarrea de mil demonios.

Don Antonio siguió contando que llegó a Madrid y estableció contacto con Antonio Buero Vallejo y otros elementos republicanos de la resistencia, pero tuvo mala suerte y le detuvieron. Gracias a la influencia de su padre, que era abogado, no le condenaron ni fusilaron inmediatamente, que era lo que solían hacer, sino que le trataron como un soldado prófugo del arma de aviación y le destinaron a la base aérea en Tetuán, en el Marruecos español, y después, gracias a las gestiones de su padre, le trasladaron al regimiento de automóviles de Madrid, situado en la calle de Ferraz, donde dio servicio con una DKV al teniente coronel Sertorius hasta que, a finales de julio de 1941, su expediente de depuración llegó a la jurisdicción central y le juzgaron por un delito de adhesión a la rebelión, que era la aberración jurídica que los militares sublevados aplicaban a los leales a la República, y le condenaron a treinta años de cárcel.

–Me podían haber fusilado, como a otros muchos, pero gracias a la influencia de mi padre optaron por quitarme el uniforme de teniente y anular mi condición de militar. Me metieron treinta años y me mandaron a la cárcel de Porlier con los demás civiles, a los que, por cierto, llevaban a fusilar a Aranjuez. De allí me mandaron a otras prisiones y acabé en el penal de Burgos, del que, gracias a la influencia de mi padre, salí con la condicional en junio de 1948, je, je.

–Y entonces se marchó de España.

–Naturalmente. Crucé el Bidasoa a nado una noche de noviembre de 1950 bajo el fuego de la Guardia Civil, je, je.

El desexiliado Borrajo satisfacía las curiosidades de Lucas con la tranquilidad y el buen humor de quien considera normal caminar por el alambre sobre un precipicio. Aunque su jovialidad contagiaba a Nequin y también a Yebra, Lucas notó la mirada de reproche del librero cuando mencionó al gentilhombre del rey Alfonso XIII, ministro de Asuntos Militares del Gobierno y presidente de la República en el exilio, don Emilio Herrera Linares. Era como si el librero estuviese diciendo: “¡Menudo pájaro!”

En un momento de la conversación, Borrajo informó al librero del regreso del compañero Bravo con su segunda esposa y su hija, que eran rusas, y le aseguró que el compañero Montilla llegaría de México en pocos días. Cuando llegasen se reunirían todos y verían lo que se podía hacer. Más ¿qué podían hacer aquellos desexiliados septuagenarios en un país que había borrado hacía tantos años la huella de su existencia? Nada, no podían hacer nada. Con saciar su hambre de España y volver del destierro al entierro en su tierra se conformaban. Lo comprobó Lucas cuando, a petición de don Nequin, se convirtió en cicerone de los que iban llegando. Con su R-5 les trasladaba al hotel Asturias o a casa del librero, según los casos, les paseaba por Ursaría y, en ocasiones, les acompañaba a sus terruños natales.

Las emociones se repetían con la llegada de cada viejo compañero del librero. Permanecían plantados uno frente al otro durante unos segundos, se miraban, se examinaban, se comprobaban y, finalmente se fundían en un largo abrazo sin poder contener las lágrimas. Aquellos hombres lloraban. Pero no de tristeza sino de alegría. Después hablaban y hablaban. Parecían felices, reconfortados, rejuvenecidos… Lo más sorprendente para Lucas era que se manifestaban conformes con el nuevo orden inspirado en los principios azañistas de paz, piedad y perdón. Sólo así, decían, se podía avanzar hacia una democracia plena de libertades y de derechos en un país cainita. Y aunque el orden al que aludían era monárquico, a ninguno parecía importar la reposición borbónica.

En ninguno de aquellos hombres y mujeres recién llegados advirtió Lucas asomo de resentimiento. Dolor sí –quizá, un dolor biológico por el recuerdo de la juventud perdida y los amigos muertos–, pero ni revancha ni odio. Su alegría de volver, de haber sobrevivido al dictador –felizmente sepultado bajo aquella losa de ocho toneladas–, su contento de ver el cielo de Ursaría, beber su agua de calidad inigualable, pasear por sus calles, degustar el jamón prohibido en el extranjero gracias a la peste porcina, tomar el consomé de Casa Lardy, comer las alubias con almejas del Garabatu, beber el vino de La Rioja y de La Mancha y disfrutar de tantos y tantos placeres de la tierra añorada, parecía eclipsar sus innumerables sinsabores y sufrimientos. Habían luchado y habían perdido. Se sentían traicionados, pero no derrotados.

Les oyó decir que el nazismo y el fascismo se comportaron interesada y generosamente bien con los militares sublevados y sus oligárquicos, fanáticos y clericales instigadores. Los totalitarios alemanes e italianos ayudaron y suministraron armas y combatientes a sus homólogos españoles para que lucharan y vencieran en una contienda desaforada en la que los fascismos inauguraron un nuevo concepto de la guerra bombardeando pueblos y ciudades, objetivos civiles sin piedad. Les oyó contar cómo los madrileños resistieron y los fascistas se propusieron matarles de hambre con un dogal. Pero ellos lucharon por tierra y aire e impidieron el cerco. A las órdenes del viejo Miaja, de su ayudante Vicente Rojo, del sagaz Paulino García Puente, del honrado Cipriano Mera, del barbudo Valentín González, del bravo Enrique Lister y con la ayuda de los hombres de Buenventura Durruti, de los que venían huyendo del oeste y de los voluntarios internacionales, rompieron en mil pedazos los planes de los avaros, orgullosos y despiadados generalitos y generalotes rebeldes. Gritaron: “¡No pasarán!”. Y no pasaron. Dijeron: “No nos cercarán, como hacen los lobos con su presa”, e impidieron el cerco a la capital. “Madrid, que bien resistes”, cantaban.

Pero si el fascio y los nazis fueron generosos con los suyos, los gobernantes de las democracias europeas y estadounidense no se comportaron de la misma manera con los demócratas. Unos miraron hacia otro lado y casi todos negaron su ayuda a la República, bloquearon las entregas de armas ya pagadas, actuaron traicionera e indecentemente y les dejaron de rodillas ante el interesado y no menos cruel san Pepe Stalin. Les oyó decir que los Chamberlain, Churchill, Daladier, Blom… no alcanzaban la consideración de payasos en el circo de las relaciones internacionales. Eran unos cobardes y unos malditos miserables. Y por culpa de aquellos farsantes, sus pueblos pagaron después un terrible saldo en sangre. Los demócratas españoles nada debían a los gobiernos de las llamadas “potencias democráticas”. Sólo el desprecio. Les oyó decir que únicamente los mandatarios de Checoslovaquia y de México se comportaron con dignidad y coherencia. Pero Checoslovaquia era pobre y México quedaba demasiado lejos.

Escuchando a aquellos hombres, imaginaba Lucas su frustración juvenil al ver sus vidas destrozadas, sus planes frustrados, sus ideales arrasados…, y sentía una mezcla de admiración y conmiseración, aunque, bien pensado, a muchos otros les había ido mucho peor. De aquel don Antonio García Borrajo, que vivía en casa de unos familiares, cerca de la glorieta de San Bernardo, admiró su alegría y su cargamento de condecoraciones. Poseía la Medalla de la Lealtad a la República Española, la Victoria Cross de la Gran Bretaña, la Legión de Honor de la República Francesa, la Medalla de Oro de la Defensa de los Derechos del Hombre y el título de coronel de los Ejércitos Aliados. Auque la guerra había truncado sus estudios de derecho en Barcelona, donde hizo el curso de aviador, los reemprendió en la Universidad de Estrasburgo, se doctoró y durante todo su exilio trabajó en sus dos frentes más queridos: el de asesor jurídico del ministro de Asuntos Militares de la República, Herrera Linares, y el de defensor de los derechos humanos como miembro y activista de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, de la que fue elegido vicepresidente en 1955 y reelegido desde entonces en cada congreso.

Detrás de cada medalla había un relato. La Cruz de la Victoria de los ingleses se la ganó por su participación en una red de evasión de prisioneros ingleses en manos de los nazis; la Legión de Honor francesa se la impuso el presidente Fraçois Mitterrand por su defensa de los derechos humanos; la de Oro de los Derechos del Hombre tenía detrás dos décadas de denuncias e investigaciones de los crímenes de los gobiernos dictatoriales de Guatemala, El Salvador y Perú. El colegio de abogados peruano le nombró abogado de honor por una misión como observador de los derechos humanos de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre en la que, después de dos meses de pesquisas, logró liberar de las garras de los militares al secretario general del sindicato de los trabajadores de las minas del Perú y a dos abogados limeños a los que habían hecho desaparecer e informado de su muerte a sus familiares. Durante su exilio, este hombre no había cejado un solo día en la denuncia de los crímenes de guerra y contra la humanidad que se seguían perpetrando en España. El Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, la sede de Naciones Unidas en Ginebra, el Senado de los Estados Unidos y otras instancias internacionales tuvieron que escuchar su voz contra los crímenes del dictador PTC. Si no mejoró el mundo, no desfalleció en su empeño.

El viejo republicano también le mostró su personal declaración de principios, escrita en un papel con el logotipo del “Conseil de L’Europe”. “¡Soy un librepensador! Desde mi más tierna infancia me siento atraído y más tarde vinculado al progreso y al desarrollo cultural y científico. ¡Mi obrar y pensar son republicanos! ¡Creo en el hombre y en el futuro de la humanidad! Construiremos y viviremos en el seno de un Estado de derecho, pluralista y democrático!” Mencionaba los nombres de algunos de sus maestros: Luis Jiménez de Asúa, José Castán, Jorge del Wechio… Y se proclamaba defensor a ultranza de los derechos humanos, las libertades, el civismo… Por último, denunciaba el autoritarismo, la intolerancia, el racismo, la xenofobia… ¡Joder, qué tío!

–¿Don Antonio, usted cree que volverá la República?

–No, amigo mío, no volverá. Los republicanos hemos realizado un acto de lealtad para, entre todos, sin exclusiones, recuperar la democracia que nos arrebataron. Por eso don Emilio Herrera Linares y todos los que con él estábamos disolvimos oficialmente el gobierno republicano en el exilio y prometimos lealtad a un monarca constitucional. Ese es el pacto. Y creo firmemente que es lo que hoy por hoy interesa a los españoles.

–Si ustedes, los republicanos, han renunciado a su idea, ¿quién respaldará entonces la racionalidad republicana?

–Acaso los propios Borbones si vuelven a las andadas.

–¿Volverán?

–Escarmentados están.

–¿Entonces no cree que sus ojos vean la República?

–No, amigo mío, no la verán.

En ese momento, Lucas recordó la mirada de reproche que le lanzó Nequin cuando el desexiliado habló de la decisión de Herrera Linares.

–Tengo entendido que muchos republicanos discrepan de la decisión disolvente que adoptaron ustedes ahí afuera sin consultar a los de aquí adentro.

–Siempre habrá quien se resista a admitir que ya no somos de este mundo, je, je.

‘La verán mis ojos’ (XXI): «Crueldad hasta el final»

Última aparición del dictador, acompañado del heredero, tras las últimas ejecuciones
Última aparición del dictador, acompañado del heredero, tras las últimas ejecuciones

Por KEY GOOD

Mucho impresionó a don Nequin, Yebra y Lucas el relato de viva voz que de aquellas ejecuciones trajo Novais o Nové. “Los  tiros sonaron secos como trallazos y el de gracia sonó hueco como el eco. A Ramón García Sainz, José Baena Alonso y José Luis Sánchez-Bravo los ejecutaron en esa finca de Hoyo de Manzanares, rodeada de alambradas, que alberga la Academia de Ingenieros del Ejército. Es un lugar muy pedregoso, en la falda de un monte tupido de arbustos y matorrales. En lo alto se ve un picacho y una mansión picuda. Me dijeron que la utiliza el dictador cuando tiene ganas de matar conejos desde la ventana… Un oficial de la policía armada encabezaba el piquete de los seis hombres con sus cetme al hombro; delante de ellos iban unos guardias civiles custodiando a los reos. Los llevaban esposados. Caminaron unos cien metros desde el lugar en que los apearon del coche y cuando llegaron al lugar elegido –una especie de semicírculo entre jaras, piornos y descuernacabras– les colocaron delante un paredón de piedras, les taparon los ojos con pañuelos negros, y el jefe policial gritó: ¡Car-gén!, ¡apun-tén! ¡Fueeegó! Y en la blanquecina luz de la mañana, los tres jóvenes cayeron fulminados por los certeros balazos a quemarropa en la cabeza y el corazón”.

A la misma hora ejecutaron en Barcelona a Juan Paredes, Txiki. No lo ultimaron a garrote vil, como ordenaba la sentencia, sino a tiros. La última voluntad del finado fue pasar la noche con su hermano Mikel y su abogada Oronich. Y a la misma hora, las ocho de la mañana, pasaron por las armas a Ángel Otaegi Etxeverría, Cara Quemada, en el penal de Burgos.

Ni los tres mensajes del Papa, implorando clemencia al dictador, ni las protestas de cientos de intelectuales y algunos mandatarios extranjeros contra las ejecuciones sumarísimas consiguieron torcer la decisión del tirano de infligir un escarmiento a los llamados elementos subversivos. En estas circunstancias, ¿alguien podía afirmar, como sostenía Nequin, que el régimen fuera fruta madura y estuviera a punto de caer?

–El miedo no cambia a la gente –dijo el librero, confiado en la continuidad de la lucha de los jóvenes concienciados y de los obreros.

–Pero paraliza –dijo Nové.

El corresponsal de Le Monde era un tipo delgado y frágil, de cuarenta y tantos años, que había vivido la posguerra en Ursaría y tenía la cabeza llena de recuerdos infantiles sobre los efectos del miedo: la parálisis, el servilismo, el chivateo… ¿Quién podía asegurar que el dictador no iba a emplear el Ejército contra la gente si ésta se atrevía a protestar contra la vuelta del terror? Por eso nadie se atrevía a salir a las calles a gritarle asesino y criminal.

Ese silencio interior contrastó con la repugnancia de algunos gobernantes de los países llamados civilizados y las protestas de miles de exiliados y emigrantes. Como si de pronto aquellas ejecuciones les hubiesen recordado el origen criminal y la catadura moral del dictador español, el presidente de México, don Luis Echeverría, reclamó que fuera condenado y expulsado de las Naciones Unidas y las democracias europeas retiraron a sus embajadores de Madrid en señal de rechazo a los abominables métodos del tirano.

Ya antes de las ejecuciones, algunos personajes de la cultura y la inteligencia como Ives Montand, Regis Debray, Claud Jean Mauriac, Costa Gavras…, viajaron a Ursaría para alertar al mundo contra la crueldad del dictador español. Cierto es que apenas pisaron suelo en el aeródromo de Barajas, los expulsaron.

Y después de las ejecuciones, la indignación se desbordó en las calles de Lisboa, París, La Haya, Nueva York… En Lisboa, los manifestantes asaltaron la embajada española y pusieron en fuga al embajador. En Holanda quemaron la sede diplomática. En París y en Utrech apedrearon las legaciones. Las manifestaciones de repulsa se sucedieron en Roma, Bruselas, Berlín… En Nueva York, exiliados, inmigrantes y simpatizantes de la causa de la libertad en España organizaron una marcha por la Quinta Avenida, en la que participaron varios miles de personas.

La prensa española, aunque amordazada, recogía los ecos de las protestas. Un periódico tan reaccionario como los demás ironizó sobre una fotografía del dirigente socialista sueco Olof Palme realizando una colecta en las calles de Estocolmo con un cartel en el pecho que decía: “For Spaniens frinet” (Para la libertad en España).

Lo que más preocupaba al dictador y sus secuaces era la amenaza de la Comisión Europea de suspender la negociación sobre la rebaja de los aranceles, pues perjudicaba a los mercaderes de bienes y productos semielaborados que se enriquecían comprando a terceros y vendiendo al Mercado Común y a algunos industriales autóctonos que se forraban asimismo a costa de los míseros salarios que pagaban a los trabajadores y del trato preferente que recibían de los gobiernos llamados comunitarios en materia de tasas arancelarias.

“Ahí les duele”, decía el librero en alusión a algunos jefes de cámaras de comercio que se atrevieron a pedir evolución y no involución del régimen. La voz cantante correspondió al presidente del Círculo de Economía, Más Cantí, un hombre más valiente que las pesetas, que pedía un cambio democrático para poder ingresar en el Mercado Común. “Si los industriales, los comerciantes y la burguesía presionan, el régimen se acabó”, pronosticaba don Nequin como si la dictadura fuera fruta podrida a punto de caer.

Pero el régimen tenía sus armas, su burricie, sus legiones de paniaguados. Y respondió a las condenas de la comunidad internacional con una campaña de reafirmación patriótica. Los alcaldes dictaron bandos convocando manifestaciones de apoyo al dictador, los gobernadores civiles y militares realizaron proclamas apelando al orgullo nacional, los ministros y generales hablaban del enemigo exterior como si los gobiernos de los países democráticos hubieran tramado un complot contra la patria. Todos sacaban pecho en aquella campaña que incluyó el desprecio de lo extranjero con el lema: “Consume nacional”. Pegaron miles de carteles con la leyenda: “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos”. El grito de “¡España, con dos cojones!” y de “¡Arriba España!” arreció entre los afectos.

Un día por la mañana las autoridades decretaron vacaciones en las escuelas, dieron permiso a los soldados, cesaron las actividades en los organismos burocráticos, se suspendieron las prácticas usureras en las sedes bancarias, cerraron las tiendas y los comercios y una muchedumbre enardecida llegó a Ursaria e inundó la plaza de Oriente. Gente con bigote reglamentario y sin él portaban banderas nacionales, guías de los requetés y de otras mesnadas de combatientes, enseñas con el yugo y las flechas de la Falange Española y de las Juntas Ofensivas Nacionales (JONS)… Una multitud soliviantada cantaba himnos patrióticos, coreaba marchas militares y vociferaba consignas imperiales.

Según contó el correponsal Novais o Nové, de pronto, aquella masa enloqueció en gritos y vítores al dictador, que acababa de aparecer tras la balaustrada de un balcón del Palacio de Oriente en compañía del príncipe heredero. Unos tambores y cornetas impusieron silencio y el PTC se dirigió a la muchedumbre: “Españoles, españoles todos, gracias por vuestra inquebrantable adhesión y por la serena y viril manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las agresiones de que han sido objeto varias de nuestras representaciones y establecimientos en Europa que nos demuestran una vez más lo que podemos esperar de determinados países corrompidos y aclara perfectamente su política constante contra nuestros intereses”. A su lado, el príncipe heredero, con semblante serio, miraba al infinito. El dictador se refirió a Portugal, “la nación hermana que debate en la anarquía y el caos”. Esto le pareció a don Nequin “muy significativo”, pues se notaba que el bicho acusaba el golpe de la deposición del homólogo del país vecino. Y no olvidó, el dictador, una referencia a la tradicional conspiración judeo-masónica-izquierdista que quiere destruir a España. “Todo obedece –dijo– a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social que a nosotros nos honra y a ellos les envilece”.

Los congregados extendieron los brazos al frente y atronaron la atmósfera coreando una y otra vez el apellido del dictador. Querían demostrar que eran muchos, que eran fuertes, que eran invencibles. El octogenario miró aquella masa de encorajinados súbditos durante medio minuto, retiró las manos de la balaustrada, se bajó del podio afelpado que le ponían bajo los pies y desapareció.

“Era una calavera con gafas”, aseguró Nové.

Aunque las calaveras no se mueren, el dictador las diñó dos meses después, al cabo de una interminable sucesión de episodios orgánicos e intervenciones quirúrgicas que permitieron a los súbditos aprender anatomía y cultivar la vena humorística, con dichos como “su excelencia ha sobrevivido a la última autopsia” y otros de similar mala leche.

Luego, inmediatamente colocaron en su lugar a aquel príncipe silente, deportivo y festivo que acompañaba al dictador en las ocasiones solemnes, y le nombraron jefe del Estado con el título de Rey. Al funeral del tirano acudió su émulo Pinochet envuelto en un impresionante capote militar que acentuaba su aspecto de fanfarrón. A los fastos de la entronización asistió el presidente de Francia, un hombre calvo, de mediana edad, con aire de oficinistas y ojos de granujilla. Tras el luto siguió el absoluto y  no ocurrió nada.

 

‘La verán mis ojos’ (XX): «Garbanzos y caballos»

Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios
Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios

Por KEY GOOD 

El viejo Nequin seguía viendo señales del acabose en las noticias de los periódicos. Extrapolaba, interpretaba y trazaba paralelismos para adaptar la realidad a su deseo. Lucas se había acostumbrado a sus calenturas mentales y evitaba entrar al trapo de su sesgada visión. Pero una tarde, el librero dijo que si el periódico se atrevía a publicar aquella nota, la cosa debía ser muy seria. Yebra y José Antonio Novais o Nove coincidieron en la apreciación.

Según la nota en primera plana de aquel periódico de la tarde, el dictador sufría un episodio de flebitis. No sabían qué diablos significaba aquello, y don Nequin echó mano al diccionario mientras Lucas y Yebra se lanzaron sobre unas enciclopedias de Medicina. Leyeron en voz alta las descripciones de la flebitis mientras Novais o Nove las relacionaba con la gacetilla.

Del intercambio de definiciones y descripciones concluyeron que un coágulo sanguíneo circulaba por las venas del tirano, concretamente por las de una extremidad inferior y podía dejarle tonto si le llegaba al cerebro. ¿Tardaría mucho? Puesto que el Patascortas era exactamente lo que el apodo indica, se mostraron esperanzados de que en pocas horas el trombo llegara a la testa.

No fueron los únicos en alcanzar la antedicha conclusión, pues los médicos actuaron con una diligencia impropia del sistema sanitario y se apresuraron a cortar el paso al coágulo, librando al dictador de la tontuna. Pese a la eficaz intervención de los galenos, los consejeros y acólitos de su excelencia le aconsejaron activar el mecanismo sucesorio, habida cuenta de que un organismo como el suyo, con ochenta años de uso, podía fallar en cualquier momento.

El PTC se recuperó enseguida y se fue a pescar unos atunes a bordo de su yate Azor y después se retrató paseando por el pazo de Meirás. El signo del acabose y el optimismo de don Nequin, que ya había informado a los de Francia y a los de América, se diluyó cuando el tirano regresó a Ursaría y presidió la corrida de toros de la Beneficencia. Se le vio en el palco concediendo orejas y, poco después, volvió a ocupar su trono en El Pardo.

Aunque el librero sostenía que la procesión iba por dentro y la revista Ajoblanco dijo que tenía el caballo de Troya en su interior, lo cierto es que el dictador parecía más fuerte que nunca y conservaba el pulso firme y la mano de hierro. Incrementó la represión, ordenó que secuestraran más revistas semanales, que se impusieran más multas gubernativas a los periódicos, renovó el control férreo de la radio y la televisión e intensificó las redadas contra los rojelios. Incluso la oposición democrática menos perseguida, como aquellos jovenzuelos socialistas con un líder que respondía al nombre de guerra de Isidoro, sufrían algunas detenciones. Concretamente, aquel Isidoro y el donostiarra Múgica, que se reclamaban seguidores de Pablo Iglesias, resultaron detenidos en el aeropuerto de Hondarribia y fueron desprovistos de sus pasaportes para impedir que acudieran a un mitin con el dirigente francés Fraçois Mitterand.

La represión arreció al final del verano. Lucas comenzó a sufrirla en el campus de la Universidad Complutense. Los grises patrullaban el área a caballo. Los de la policía secreta, disfrazados de estudiantes, les avisaban para que irrumpieran en los edificios de las facultades y disolvieran las asambleas a porrazos. La agitación contra la dictadura era extraordinaria. La enseñanza había pasado a segundo plano y ahí debía seguir hasta que consiguieran derribar al dictador.

La secuencia de cada día solía ser más o menos la siguiente: nada más llegar a la facultad se ordenaba a los profesores que hicieran el favor de abandonar las aulas porque había asamblea, y a continuación se informaba de las causas de la huelga general y se preparaba una manifestación que debían llegar hasta el centro de la ciudad o tan adentro como fuera posible. Para organizarla se repartían consignas, facultad por facultad, interrumpiendo clases y poniendo en fuga a los profesores que se resistieran a la protesta. Los bedeles, que eran gente servil, ex combatientes, burócratas enchufados, falangistas y guardias civiles jubilados, informaban a los decanos y avisaban a sus contactos de la policía secreta sobre las actividades subversivas de los estudiantes y de algunos profesores. Y cuando éstos se agrupaban en el hall de las facultades, en las asambleas previas a las marchas multitudinarias, los grises irrumpían a caballo, dando palos. Los estudiantes sangraban por las brechas que les abrían en la cabeza y en la frente.

Entonces los estudiantes descubrieron la utilidad de los garbanzos y cuando venían los caballos les lanzaban puñados de la famosa legumbre a las patas. Los équidos patinaban y descabalgaban a los jinetes, que caían rodando como maderos con sus porras y aparejos. En uno de esos derribos se apoderó Lucas del casco de un gris y lo exhibió brazo en alto como un trofeo, provocando urras y aplausos de sus compañeros. A continuación puso pies en polvorosa y poco después entregó la preciada prenda de cabeza al jefecillo de una célula comunista.

Entre las herramientas de las fuerzas represivas se hallaban unos camiones con cubas o cisternas llenas de agua con pintura negra, verde o amarilla, según los días. Eran las “lecheras”. Para interceptar y disolver las manifestaciones de los estudiantes lanzaban potentes chorros del agua podrida y coloreada. Había que tener mucho cuidado con las lecheras para preservar la ropa y evitar las detenciones y las palizas que podían venir después, dado que la estrategia represiva de los grises consistía en distribuir piquetes en las bocas y los pasillos del metro y arrestar a los que llevaban manchas de pintura. ¿Por qué odian tanto a los estudiantes?, se preguntaba Lucas al verles pegar con tanta saña a los estudiantes. Si te alcanzaba una esquirla del cañón de agua, convenía guardar la ropa o darle la vuelta para que la mancha no se notara. Eso lo aprendió Lucas al ver cómo aporreaban en la escalera del metro al Terrorífico y le llevaban detenido. Era valiente, el Terrorífico; siempre encabezaba las manifestaciones cubierto con un viejo abrigo de piel de zorro de su hermana para protegerse de los porrazos de los grises con los que se enfrentaba a empujones y puñetazos. Era fuerte y alto, asturiano de Gijón, el Terrorífico. Y le llamaban así porque gastaba una barba espesa y negra y era feo de narices.

El viejo Nequin solía recibir a Lucas con la curiosidad de quien espera grandes noticias positivas, aunque, desgraciadamente, casi nunca las había. Los estudiantes no iban a derribar el régimen si, como había ocurrido en Portugal, los obreros y los militares no ayudaban. De los primeros sólo cabía esperar una lucha salarial poco idealista y bastante alejada de aquel restablecimiento de la legalidad republicana con la que Nequin soñaba, y de los segundos no se podía esperar absolutamente nada, sólo balas. Es verdad que había una corriente de oficiales jóvenes dispuestos a armarla, pero, como decía Novais o Nové, que conocía a algunos y había informado del incipiente movimiento en las páginas de Le Monde, el prestigioso periódico para el que reportaba, en cuanto asomaran la cabeza se la cortaban.

Pese a todo, el viejo Nequin mantenía la ilusión de que el régimen no pasara de este año y aconsejaba en sus cartas a los de Francia y a los de América que fueran preparando las maletas. La exhibición de fuerza y la brutalidad policial eran para él el canto del cisne del PTC. Pero había que estar en aquellas comisiones de estudiantes y en aquellos comités a los que Lucas se apuntaba para palpar la inflexibilidad de los mandones, su dureza y las consignas de palo y tente tieso, y darse cuenta de que el régimen no iba a ceder. Por el contrario, los estamentos rechazaban cualquier reforma que significara una merma de poder o atentara contra el despotismo rampante establecido por derecho de conquista. Incluso se atrincheraban físicamente.

Lucas tuvo un conocimiento directo de lo que significaba el atrincheramiento. Le designaron miembro de una comisión de alumnos que quería revisar con el señor decano y los eminentes cátedros el calendario lectivo y algunos aspectos de los planes de estudio. De primeras, sus ilustrísimas rechazaron el diálogo. Luego reconsideraron y aceptaron una reunión breve en la que rechazaron de plano cuantas sugerencias y aportaciones les trasladaron en nombre y representación de los estudiantes. Y finalmente, al salir de la sala de juntas del decanato, varios individuos de la policía secreta les esposaron y los llevaron detenidos en un canguro de la policía armada a una comisaría situada en la plaza del Dos de Mayo.

Durante algunas horas sintió la flojera del miedo a que algún agente de cuantos transitaban de un lado a otro frente a los barrotes del calabozo le relacionara con el retrato robot que, sin ninguna duda, los dibujantes de la policía científica habrían hecho de su cara como integrante o colaborador o lo que quisieran de la banda terrorista vasca a partir de las descripciones que les habría proporcionado la bruja beata de la prensión, el jefazo Marzo, la cocinera Tinina, el cerillero Manolo Elimpia e incluso el colega Manolo Bolo. Desmadejado, en una esquina del banco de madera, intentó pasar desapercibido a las miradas de los guardias. Pasaban las horas y las necesidades fisiológicas apremiaban. Sus cuatro compañeros habían ido dos veces al tigre y se admiraban de su resistencia. Finalmente, se armó de valor, se acercó a los barrotes y pidió al señor cancerbero que tuviera a bien dejarle ir al retrete. El guardia se aproximó, estiró los brazos y dobló su cintura hacia un lado con gesto de portero de fútbol.

–Buena parada –dijo Lucas.

–¿Cómo lo has sabido, chaval?

–¡Hombre! Tiene usted la envergadura y las proporciones físicas de Iribar. ¿Nadie se lo ha dicho?

–Ahora que lo dices…, pues no, aunque una vez mi padre…

–Apostaría a que ha parado bastantes penaltis.

–Uno de cada tres.

–¿En un equipo importante, claro está?

–En El Salamanca.

–¡Ostras, eso si que es! –exclamó Lucas con admiración.

Para entonces, el guardia había abierto la puerta metálica y ante la urgencia del detenido silbó a un colega que ocupaba una silla al final al pasillo y éste silbó a su vez. “Anda, vete a cagar”, le dijo a Lucas.

–¿Cuándo El Salamanca estaba en tercera?

–No, no, en segunda división.

–¡Joder!

Lucas caminó con la cabeza gacha y el agente del otro extremo le señaló la puerta del servicio y dijo: “Dos minutos, chaval, y deja abierta la ventana”.

Ni los policías de guardia ni los del relevo ni el que, horas después, les llevó un bocata de mortadela que olían a sobaco sudado, hicieron el menor gesto de extrañeza al ver su cara, lo que mitigó su preocupación. De madrugada llevaron a cinco mujeres ligeras de ropa que les ofrecieron tabaco y conversación hasta que salió el sol y comenzó el ajetreo en la comisaría. Dos de ellas eran jovencitas que habían venido del pueblo a trabajar de criadas en casa de algún militar, un señor rico, un médico, un industrial o algún picapleitos de postín que las quisiera contratar, pero habían descubierto que aflojando rabos ganaban en un mes más de lo que por limpiar mierda, soportar infantes y aguantar a las señoras mandonas y frustradas les pagaban en un año, de modo que preferían hacer caja cuanto antes para regresar al pueblo y montar una mercería o, quizá, una boutique. El único riesgo era que las fichasen y se corriera la voz y llegaran el sonido llegara a los santones locales; si eso ocurría, ni boutique ni mercería: la deshonra desaconsejaba el regreso. Las otras tres mujeres que encerraron aquella madrugada eran profesionales maduras, de larga trayectoria y sin más proyecto de futuro que el de conservarse monas, no enfermar y seguir realizando su trabajo en la zona de Mesonero Romanos, La Ballesta, la calle de los Desamparados y otras zonas céntricas de la ciudad.

Pasadas las once de la mañana les condujeron –a él y a sus tres compañeros de delegación subversiva– al despacho del excelentísimo señor comisario, los ficharon, les devolvieron los documentos de identidad, y puesto que ninguno tenía antecedentes penales, aquel hombre de pelo entrecano y voz gangosa, les soltó una reprimenda sobre el cumplimiento de las leyes y la obediencia debida a los superiores, y los despidió diciendo que no quería volver a verles por allí.

–Ni nosotros tampoco a usted, lógicamente, señor –le contestó Lucas.

Cuando regresaron a la facultad, se enteraron de que más de un centenar de compañeros enfurecidos por las detenciones habían irrumpido en tropel en el despacho del decano, situado en la última planta del edificio, con la intención de tirarle por la ventana. El hombre se asustó muchísimo, les imploró piedad, se arrodilló y comenzó a rezar. Los estudiantes, al comprobar que aquel tío tenía más miedo que un ratón de armario, se apenaron de él y se pusieron a deliberar si convenía arrojarle o no. Al final se impuso la cordura y en vez de tirar al individuo decidieron lanzar por la ventana el cuadro del dictador que presidía su despacho. En cuanto se vio libre, el tipo hizo venir a una cuadrilla de albañiles y les ordenó que construyeran una tapia de ladrillo doble en la escalera que conducía a las dependencias del decanato. A continuación instaló cerrojos en las puertas de un ascensor que comunicaba el último piso con el garaje del sótano y se encapsuló.

‘La verán mis ojos’ (XIX): «El amor verdadero»

Kama Sutra Blotter Art
Kama Sutra Blotter Art

Por KEY GOOD

Los anuncios para localizar a Chin atrajeron a muchos compradores, de modo que don Nequin, comenzaba a resentirse de una antigua lesión en su pierna derecha y de otra en el hombro izquierdo de tanto despachar El libro del buen amor. “No sabía yo que el arcipreste de Hita se había puesto de moda”, comentaba a Lucas. También vendía kamasutras por un tubo.

–No es el arcipreste, es el amor –observó Lucas.

–¿Qué está pasando? ¿Es que ya no interesa Marx, Mao y Marcusse?

–A saber –respondía Lucas con encogimiento de hombros.

Puesto que los ejemplares de la amorosa temática se agotaron enseguida, don Nequin se apresuraba a apuntar los nombres de los peticionarios y solicitaba por teléfono la mercancía a la mayor brevedad. Lucas miraba la lista: ninguno era Charo.

–La gente está salida, hijo –dijo el librero.

–La primavera será –contestó Lucas sin desvelar el secreto–. ¿Cree usted que buscan ese libro hindú sobre prácticas sexuales?

El librero dudó. Luego dijo que algunas chicas le habían parecido pudorosas y otras, las de pelo desmadejado y faldas vaporosas, buscaban, sin ninguna duda, aquel texto oriental. El destape comenzaba a ser un fenómeno social y al librero le parecía muy bien que las mujeres, ya fueran casadas, solteras e, incluso, viudas, se liberaran de los malditos tabúes religiosos y aprendieran a disfrutar del sexo como Dios manda.

–También podemos estar ante una de esas novedades editoriales, uno de esos libros de autoayuda que lanzan los americanos y no nos hemos enterado –advirtió Lucas.

Don Nequin abrió la carpeta de novedades y consultó las hojas que le mandaban las editoriales y le entregaban los vendedores, y no halló título alguno sobre la materia.

–No hay duda de que buscan el Kamasutra, el libro del amor verdadero, según rezaba el subtítulo de la edición francesa; pediré un centenar.

Lucas propuso realizar una selección de libros amorosos y dedicar el expositor completo a la materia.

–Si la gente pide amor, debe recibir amor por ciento veinte pesetas –dijo Lucas antes de ofrecerse a realizar la jornada completa en la caseta mientras durase la ola, pues confiaba en que Charin se sintiera aludida y se pasara por allí.

–De ningún modo voy a permitir que pases aquí el día –protestó el librero–; lo primero son los exámenes.

–Pierda cuidado, la traducción y los silogismos están chupados. Y sobre las demás materias ya sabré enrollarme –le tranquilizó Lucas–; no me parece justo que usted reciba todo el chaparrón primaveral sin poder leer el periódico ni jugar ajedrez con Yebra ni escribir a los de América.

Don Nequin giró sobre sí mismo mascullando una frase ininteligible.

–Además –añadió Lucas–, sepa usted que me empieza a interesar este negocio y que si no se apea de la apuesta la va a perder.

El librero giró de nuevo sobre su eje, le miró, sonrió y guardó silencio. Luego afirmó: “La verán mis ojos”.

El amor daba tanto de sí –sexo, seso, discurso, deseo, pasión, captura, trasgresión, seducción, clandestinidad, oscuridad, ardor guerrero, máquina de tracción, lucha, guerra de enamorados, construcción y destrucción del mundo, espacios míticos, cautividad, fuga, coraje, ascetismo, orgullo…– que entre el Arte de amar de Virgilio, las teorías de Barthes con sus Fragmentos de un discurso amoroso, la intensidad erótica de Bataille calcinando al personaje en el instante sublime del orgasmo, la literatura sobre la liberación sexual, la Bovary de Flauver, La Regenta de Clarín, etcétera, Lucas compuso una amplia exposición. Y puesto que el país se abría a la pornografía y no eran pocos los libreros que mercaban “material americano” a precios abusivos, se esmeró en combatir la competencia con precios razonables y en seleccionar las obras con portadas llamativas en las que cabalgaran las palabras desnudas sobre sexo y erotismo. Gamiani de Musset, Las once mil vergas del enloquecido Apollinaire, Teleny de Wilde, Sor Mónika de Hoffmann. ¿Cabía mayor erotismo, placer y voluptuosidad? Afrodita de Pierre Louys, Cuentosde Bocaccio, El coño de Irenede Aragon, Historia del ojode Bataille,El diálogo de Venus y Príapode Alberti… ¿Alguien podía ofrecer más? Erich Fromm copió el título de Virgilio, El arte de amar, pero valía también como libro de orientación. Cuando llegaran los cien kamasutras que don Nequin había encargado a Francia los colocaría también en el amplio expositor. Sobre el amor podrían encontrar lo mejor, sin desdeñar La Subida al Monte Carmelo, de Juan de la Cruz, faltaría más. La mística atraía a la juventud y el romanticismo atormentado embelesaba a las jovencitas que sobrevolaban la caseta como las golondrinas de Gustavo Adolfo. Don Nequin admitía una hilera de poesía, pero sólo de los poetas del Veintisiete, del Cincuenta y poco más. “Miguel Hernández, Federico, si acaso Salinas… Por supuesto, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, pero nada de ñoñerias, que hay muchas esparcidas por los libros”, decía. “Y con José Agustín Goitisolo, Celaya, Otero y pocos más ya van servidos, que hay mucha majadería de petulantes murcianos de premio y juego floral”.

Chin quería decir Chin, o sea nada. Era una contraseña íntima, un nombre que solo Lucas y ella conocían. Pero sonaba a brindis, a choque de vidrios. Y Lucas, un ex camarero al fin y al cabo, decidió instalar una nevera portátil con hielo y botellas de sidra y vasos de plástico para ser fiel al anuncio que por cinco días y después por cinco más publicaban los diarios y revistas de Ursaría. De este modo, en las calurosas tardes del final de la primavera, los compradores de libros refrescaban la garganta y podían brindar por el amor verdadero. El rito era el siguiente:

–¿Cómo se llama usted? –Preguntaba al comprador.

–Enedina.

–Pues tenga usted, Enedina –decía entregándole un vaso en el que acababa de escanciar unos centímetros de sidra–, por el amor verdadero –y alargaba el suyo hacia el de la compradora.

La especialización de la caseta era un éxito, la fórmula del brindis le permitía conocer el nombre de las compradoras y compradores y resultaba agradable y original. Cierto es que algunas declinaban la invitación y otras preferían el botijo. El negocio de don Nequin iba viento en popa.

Llegaron los kamasutras y se vendieron muy bien. Lucas prorrogó el anuncio cinco días más, e iban quince. La factura era cuantiosa. Chin no acababa de aparecer. Sólo una vez sintió el pálpito de tenerla ante sí y cuando la observó mejor descubrió que no era Chín ni se llamaba así ni ella le reconoció a él. Era evidente que había fracasado o que ella no había leído el anuncio o, si lo había leído, no se había sentido aludida o le había despreciado. ¿Quién lo podía saber?

Lucas redujo el anuncio a una frase en castellano en el periódico de mayor tiraje de Ursaría. Don Nequin se estaba forrando, pero él aún tardó una semana en desvelarle el origen del fenómeno y en exponerle el motivo que le había llevado a utilizar la librería como sede de su búsqueda sin informarle ni pedirle permiso de antemano.

Lejos de enfadarse, don Nequin, le abrazó y felicitó. Luego se rascó la cabeza bajo la boina y de un modo tímido, paternal, le reprochó que no hubiera tenido la suficiente confianza para contarle el asunto del cambiazo del maletín a los nazis y los milicos ni para revelarle el secreto de su amor hacia aquella joven. A continuación suavizó su reproche con un “no importa, todos guardamos algún secreto”.

Sin abandonar la línea política de la librería ni descuidar a los selectos clientes, a los que proporcionaba libros de allende las fronteras, prohibidos en España, don Nequin decidió mantener la exitosa orientación de la oferta y sostener el anuncio en el periódico por un tiempo indefinido. De ese modo ayudaría a Lucas a encontrar a Chin. También él estaba convencido de que tarde o temprano aquella chica acabaría apareciendo, de modo que no se privaba de preguntar el nombre a las compradoras que por la edad y características podrían ser Charín.

Lucas se centró en preparar los exámenes de quinto y sexto de bachillerato, pues se acercaba la fecha de demostrar sus conocimientos en el Instituto Ramiro de Maeztu. Las notas no fueron malas ni buenas, pero aprobó todas las asignaturas, incluida la gimnasia, para lo que tuvo que trepar por una cuerda y saltar un potro y un plinton, artefactos que veía por primera vez. En septiembre se examinaría de lo que llamaban reválida y si aprobaba –eran las mismas materias– se inscribiría en la Universidad. La Universidad, palabra mayor, le había parecido inaccesible, y ahora la tenía al alcance de la mano. ¿Y Chin? La seguiría buscando día tras día mientras le durase la vida. Eso se dijo.

‘La verán mis ojos’ (XVIII): «Identificado»

Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación
Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación

Por KEY GOOD

El agente de la casa de anuncios por palabras leyó en voz alta con tono papal la frase que Lucas acababa de escribir en el impreso: “Chin, encuentra tu amor verdadero”. Y debajo: “Librería X de Moyano”.

–¿Le quito la coma? –Preguntó.

–De ninguna manera.

–Tenga en cuenta, fraile, que le sube un pico.

–Tanto da –dijo Lucas.

–Así pues, con coma, diría… –el tipo repitió la frase–, y sin coma diría… –la repitió otra vez.

Arreciaron las risitas de varios jóvenes que aguardaban turno para poner sus anuncios. Dos oficinistas levantaron la cabeza y se le quedaron mirando con ojos de grulla. El publicista, un hombre de pelo engominado y perfectamente trajeado, añadió:

–¿Usted dirá?

–Con coma he dicho.

El publicista tecleó una maquina de calcular que tras un rugido de tripas escupió un papelito con el importe.

–¿Desde cuando, padre, se dedican ustedes a cristianizar a los chinos? –Le preguntó.

—Desde siempre, querido amigo.

–No creo que les compense –repuso el publicista mostrándole el tiket.

–Bueno, ahora me va a hacer el favor de poner también el anuncio en inglés –le pidió Lucas,

El publicista modificó su expresión irónica y dijo bajando la voz:

–Escríbalo usted si me hace el favor.

–¿No sabe usted inglés?

Negó con la cabeza.

–Pues ponga: “Find your trae love Chin”, sin coma.

El publicista no entendió la frase y Lucas le deletreó cada palabra, escuchando a sus espaldas las renovadas risitas de los anunciantes que esperaban turno. A continuación le ordenó que publicaran la frase también en francés, idioma que el publicista también ignoraba y que dio lugar a nuevas risitas. Lucas pensó: “Estas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles”. Tras deletrear: “Trouvez votre amour vre” y pagar el importe de la factura a nombre de la Orden del Carmelo, exenta de impuestos, abandonó aquella oficina publicitaria.

Todavía era temprano, pero la plaza del Callao ya estaba tomada por decenas de grises en guardia contra una manifestación de estudiantes que se anunciaba para el mediodía. Tenían cara de brutos, los grises. Los reclutaban en los pueblos, les inculcaban la obediencia ciega, les adoctrinaban contra el enemigo subversivo, los armaban y los sacaban de los cuarteles para aporrear y disparar botes de humo tóxico y pelotas de goma contra quienes se manifestaban en las calles pidiendo a gritos derechos y libertades.

Puesto que Nequin le había indicado que no abriese la caseta hasta las doce de mediodía por respeto a la competencia con los colegas vecinos, caminó sin ninguna prisa hacia la Cibeles, parándose aquí y allá para comprar un bolígrafo, sellos, sobres para cartas aviónicas, ropa interior y exterior, unos zapatos, un pijama y unas gafas de atrezo con la montura de pasta negra y los cristales redondos, estilo Miaja y Azaña, que le conferían un aire extraño y antiguo. Ya en el establecimiento se desprendió del escapulario y la túnica frailuna y puso unas letras a su hermano Richard y a la tía Zulaica para comunicarles que se hallaba bien, aunque prófugo, sin haber delinquido, pero bien. Chirriaron las bisagras de las casetas vecinas y cuando llegó don Nequin, volvió a ponerse el hábito y se ausentó a echar las cartas. Desde el Palacio de Correos y Comunicaciones siguió caminando hasta la Biblioteca Nacional. Cruzó la entrada que había en la mitad de la verja que rodeaba el impresionante edificio y subió la escalinata hacia la puerta principal, flanqueada por unas estatuas tan descomunales como las de los visigodos de la plaza de Oriente, de Cervantes, Lebrija, Vives, Gracian…

Recordó un cuento, no sabía si del pulido Azorín o del desaliñado Baroja, en el que las palabras aprovechan el traslado de la sede de la Real Academia desde la calle de Fuencarral al nuevo edificio del barrio de los Jerónimos para fugarse de los cajetines en los que las tienen encerradas. Salen bailando, locas de contentas, las conjunciones y proposiciones, desfilaban los pronombres y los sustantivos, van a caballo los verbos y en burro los adverbios… La manifestación es alegre, confusa, insolente, abundante, masiva, interminable. Ya la gran masa de palabras y palabrotas en libertad enfila el paseo de Recoletos y llena la plaza de Colón. Entonces, unos guardias muy severos que parecen académicos armados con máquinas de sancionar, despliegan unas barreras de paréntesis infranqueables y las encauzaron hacia la verja de la Biblioteca Nacional, donde las recluyen en el enorme edificio cuadrangular.

Al cruzar la puerta de la escalinata, Lucas creyó ver a uno de aquellos represores con un látigo en la mano. Era un hombre trajeado, de pelo ceniciento.

–¿Qué desea, padre?

–A la paz de Dios; he de consultar algunos libros de geografía, historia, latín, griego…, en fin.

–¿Tiene usted carné de la Biblioteca?

–Pues no, ignoraba que fuera necesario tener carné del establecimiento.

–Es necesario, pero no hay problema, sígame, se lo haremos enseguida y podrá usted consultar cuantos libros quiera. Le vamos a hacer dos, uno para la sección circulante, por si desea llevarse algún libro –tres como máximo a la semana–, y otro para la sala principal, que es donde trabajan los universitarios, profesores e investigadores. ¿Le parece bien?

–De mil amores, buen hombre.

Una ágil mecanógrafa de torso erguido y gesto marcial le preguntó el nombre y tecleo: “Fray Lucas de la Cruz Hubiese”. Él advirtió que no era necesario poner “fraile” y la mujer rompió la cartulina y tecleó sobre otra, añadiendo la dirección que Lucas le indicó de viva voz. Luego estampó un sello de caucho y con el aguilucho del escudo nacional y la leyenda de la institución y le entregó la cartulina original diciéndole que debía pegar una fotografía tamaño carné en la parte superior derecha y pasarse de nuevo por allí para plastificar el carné y evitar su deterioro.

–Bueno, pues ya puede usted consultar cualquier libro en la sala general o en la sección circulante. Incluso, si lo desea, puede mirar los mapas originales de Ptolomeo –le informó el amable funcionario que propendía a la genuflexión.

No hay como una sotana para que le atiendan a uno, se dijo Lucas agradeciendo la orientación y las atenciones del probo.

En la sección circulante había pocos libros, pues como su nombre indica, debían andar circulando. En la general, a juzgar por la impresionante extensión de los ficheros, había millones de volúmenes. Una gran sala con pupitres inclinados hacia los lectores y con sillones fraileros de madera acogía en la penumbra iluminada por los alógenos encendidos por los usuarios a unas decenas de cabezas humanas. Olía a calcetín sudado. Se sentó en la plaza correspondiente al número que le asignaron y enseguida un hombre con guardapolvos azul y rostro imperceptible que empujaba un carrito de libros por los pasillos del salón depositó en su pupitre los volúmenes que había solicitado: un texto en latín y un diccionario. Deseaba ejercitar la traducción. Advirtió en la prontitud con la que el hombre le sirvió los libros el positivo influjo de su indumentaria, pues una joven que ocupó el pupitre de enfrente al mismo tiempo que él, llevaba media hora esperando a que le trajeran los volúmenes y seguía mirando la magnífica claraboya emplomada del techo mientras él ya abordaba la traducción de la tercera página de De breviarium vitae, allí donde Séneca dice: “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Cuando el gran reloj esférico situado sobre el balcón interior del salón dio las 14:30, el fraile pensó que era buena hora para almorzar y desanduvo el camino hacia la caseta, donde enseguida se desprendió del hábito.

–Me tenías preocupado –le dijo Nequin.

–Objetivo cumplido –contestó él, mostrando la tarjeta de la Biblioteca Nacional. El viejo leyó el nombre y sus nuevos apellidos.

–¿Así que De la Cruz Hubiese?

–Me he puesto el apellido de los que se casan con Dios y me han regalado una hache, ¿qué le parece?

–No está mal; al menos en la biblioteca no te encontrarán.

En aquellos días, la credibilidad de un fraile era elevadísima. Lo comprobó Fray Lucas de la Cruz Hubiese en las mohosas dependencias de la Policía Nacional a las que acudió a sacarse el carné de identidad con su el nombre modificado y avalado por aquella tarjeta con sello oficial de la Biblioteca Nacional. Los policías le atendieron sin el menor asomo de duda. Sólo el funcionario que le embadurnó la yema del índice derecho en tinta china para colocar su huella en la parte inferior de la fotografía de la cartulina historiada con el águila oficial, le preguntó cómo no había ido antes a sacarse el documento de identidad, pues a su edad ya debía tener carné, a lo que él contestó que tenía entendido que no era necesario presentar el documento hasta que le llamaran a quintas para tallarse y prestar el servicio militar. Le parecieron muy amables, los policías. Tanto, que sin preguntarle por la fe de bautismo ni la partida de nacimiento, como pedían a los súbditos comunes, le confeccionaron el carné sin tener que esperar turno y se lo entregaron directamente sin ordenar pasase a recogerlo dentro de una semana, como decían a los demás.

En aquellos tiempos un fraile no sólo era un tipo creíble, sino la credibilidad personificada, pues representaba a Dios, al que nadie ha visto, pero en el que todos tenían la obligación de creer por obra y gracia del nacionalcatolicismo gobernante y legislador. El siervo y servidor de Cristo aporta consuelo y remedio a los dolores del alma y es el dogma frente a la duda unamuniana y la rectitud moral frente a la mentira, el pecado, el delito… El cura, el fraile, la monja… encarnan la piedad, la bondad, la verdad… Pero son algo más, son la semoviente representación de la esencia nacional, de la espada y de la cruz que engrandecieron la nación. Son también los guardianes del verdadero saber. Y son, por supuesto, una parte esencial del confesional Estado indivisible, por cuanto ruegan a Dios por su destino y rezan por su glorioso Caudillo o cabeza y por las demás autoridades civiles y militares, incluidos los agentes del orden. ¿Cómo no ser diligentes y deferentes con quienes tanto bien proporcionan a la patria?

Lucas colgó el hábito en el armario de la habitación que don Nequin y su esposa doña Luisa le habían asignado y consideró que su renovada identidad le permitiría sortear las acechanzas policiales a las que la casualidad y la ingenuidad le habían arrastrado. Entonces, cuando cometió el error, no conocía el mundo exterior. Sabía, porque lo decían los frailes, que detrás de los muros del internado estaba el pecado, la maldad y la perversión en sus múltiples y variadas manifestaciones, pero no podía saber, porque no había conocido a Leonardo Rabadán o Raba, que nada es lo que parece y lo que parece no es. Descubrió la utilidad del timo, la validez de la simulación y el valor de la picardía demasiado tarde, pues en el internado sólo había ejercitado la adulación a los tontos y superiores.

Ahora se sentía reconfortado de haber abandonando y olvidado la vida enclaustrada y, también contento consigo mismo porque había salido de aquella taberna en la que había aprendido cosas de la vida, la más importante: sobrevivir. Tenía dinero para estudiar y, como le dijo el Viejo cuando le depositó en el internado, para no tener que obedecer a los ricos. “Estudia, hijo, estudia, pues sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar y superar a los ricos”. Eso le dijo.

Y como llevaba razón, el Viejo, ahora podía ser el zar de su soberana voluntad. Madrugaba para ir a la biblioteca y pasaba la tarde comentando los acontecimientos y ayudando al buen Nequin en la caseta de los libros. La vida comenzaba a tener sentido y ya no era tan hostil como le había parecido.

‘La verán mis ojos’ (XVII): «Ser sin ser»

Antonio Machado
Antonio Machado

Por KEY GOOD

El librero Nequin concedía mucha importancia a la cultura visual. “La letra tarda en llegar, pero la estampa es rapidísima; la imagen circula a la velocidad de la luz y, en cambio, la palabra va despacio y la letra impresa tarda tanto en llegar que con frecuencia ni llega. Yo siempre digo que entre la imagen y la palabra impresa ocurre lo que entre la mentira y la verdad: la mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad no ha terminado de atarse los cordones de los zapatos. Y don Fernando Lázaro Carreter, que algún respeto me merece –no así otros colegas suyos de orejas grandes que se pasean por aquí–, me da la razón. Vivimos en el siglo de la imagen, de las apariencias. Manda la estampa sobre la razón y la imagen sobre la verdad. Ves ahí a un sabio hablando en televisión y si preguntas qué ha dicho, nadie lo sabe, aunque todos aseguran que le conocen porque le ha visto. Estamos en el fin del siglo de las mentiras, muchacho”.

El viejo Nequin seguía perorando contra las imágenes del barroco, la Semana Santa y la televisión. Un hombre o una mujer altos, decía, reciben por causa de la imagen un plus de autoridad; no importa si son inútiles para el mando e incompetentes de toda incompetencia, pues su estampa, la estatura en este caso, les coloca por encima de los demás y ellos mismos se lo acaban creyendo y adoptando esa pose de superioridad. Muchos no tienen dos dedos de frente, pero se creen superiores. Y también ocurre lo contrario. ¿Ves ahí al dictador PTC…? Pues eso, lo que su nombre indica, las patas cortas, en contraste con las zancas de su cuñado Serrano Suñer, al que no puede ver ni en pintura, es lo que le tiene amargado. Por más podios y cajones que le pongan y más estatuas enormes que esparzan por las calles y plazas, no se consuela, el muy canalla. El siglo de la imagen le tiene amargado. No sé yo si Hitler en la era de la televisión se habría electrocutado.

Lucas empezaba a intuir adonde quería llegar mientras le ayudaba a colocar los ensayos y las novelas recientes en la primera línea del amplio mostrador de la caseta y transportaba los cajones con los volúmenes de segunda mano a la tabla sobre los caballetes que instalaba entre los árboles de la acera.

La imagen posee una enorme capacidad de disimulo, mentira y falsedad. Ya no es la palabra, sino la imagen lo que encandila. Hoy en día todo es imagen, diseño, apariencia. No importa el contenido. Un tipo huero, pura carcasa sin nada dentro, sin una idea, un pensamiento…, un zote con mala leche, puede llegar a jefe de gobierno. Y quien dice gobierno, dice de Estado.

El librero seguía perorando y mirándole de tanto en tanto de un modo oblicuo como si quisiera percatarse de que le estaba escuchando. No había perdido la mueca de ironía con la que le había recibido disfrazado de fraile. Lucas creía conocerle y sabía que era un hombre con la mayéutica de un vendedor de lavadoras. Salvo en alguna discusión política con Novais o Nove y con su amigo Yebra, no acostumbraba a mencionar las cosas por su nombre, y solía preferir la escucha al parloteo, la pregunta sugerente a la certeza y la coletilla irónica y rotunda a la conclusión razonada. Como los zorros, exploraba el terreno y acechaba al oponente buscando su punto débil, sus pasos inseguros, y le desplazaba con vueltas y circunloquios hacia el terreno que le interesaba. Era tenaz en su juego, don Nequin, y poseía una cualidad que Lucas no sabía si detestar o admirar: su testarudez y rectitud ideológica. Algunos le llamaban dogmatismo y otros idiotez.

La palabrería del librero sobre la imagen no era gratuita. Lucas comprendió que si de primeras había celebrado la ocurrencia de tomar los hábitos para zafarse de los buitres que intentaban clavarle el pico, aquellos circunloquios sobre la falsedad de las estampas eran la expresión sonora de que le desagradaba el disfraz. Su rectitud de creencias y descreimientos impedía al librero un trato amistoso y cercano con curas y frailes. Admitía la existencia de sacerdotes y religiosos evolucionados y revolucionarios, pero la mayoría de esos pertenecían a otras tierras y actuaban en los países empobrecidos de Eurasia, África y Latinoamérica. Por otra parte, un fraile en un negocio de libros que se burlaba del Índice y no respetaba las prohibiciones políticas, llamaba más la atención que un agente de la Inquisición y alejaba a los compradores. Dicho de otro modo: el hábito ahuyentaba a los humanos que buscaban sus pequeños volúmenes de maldades y pecados, y en absoluto beneficiaba al negocio.

Sin necesidad de que don Nequin siguiera perorando sobre la imagen, se desprendió del disfraz diciéndose que el hábito podía ser adecuado para moverse en las zonas con riesgo como los trenes, autobuses o el metro, donde los guripas realizaban controles de identidad, pero allí, para pasar el rato con el librero, bastaba con unas gafas de sol que le protegieran de los torpes retratos robot que solían llevar en la cartera los agentes de secreta. Para el régimen del dictador PTC, todos los libreros eran sospechosos de subversión, así que cuanto más gremial pareciese, tanto mejor.

Aquel día el librero y el camarero almorzaron juntos y pasaron gran parte de la tarde platicando sobre el terrorismo. Según don Nequin, aquellos animales salvajes, los terroristas, ocasionaban un gran daño a la causa de la libertad, pues azuzaban el instinto criminal y represor indiscriminado de la fiera gubernamental. “Los terroristas –decía– traen mucho daño a los trabajadores y ningún beneficio. Al régimen le va bien que exista el terrorismo para detener, aterrorizar y mantener al pueblo a raya. Una prueba la tienes en esos cuervos del TOP –en referencia a los jueces del Tribunal de Orden Público– que castigan con veinticinco años de cárcel a los rojos por subversión mientras legalmente no pueden sancionar con más de veinte años de prisión a los terroristas”.

Aquella consideración legal del régimen del dictador PTC hacia los terroristas atemperó la inquietud de Lucas. En un momento de la conversación recordó algunos detalles sobre la voladura de aquel almirante jefe del Gobierno y preguntó a don Nequin si no veía él un cierto paralelismo entre los etarras del comando Txikia y los bolcheviques que iban a atentar contra el Gran Duque, pues parecía que los primeros, los vascos, podían haber accionado la bomba cualquier día, pero eligieron la mañana que no iba acompañado de su hija para mandarle al otro barrio, y los segundos, los bolcheviques, se abstuvieron, según Los Justos de Albert Camus, de arrojar la bomba en el coche del Gran Duque al ver que iba acompañado de un niño. El librero contestó sin dudar: “No, hijo, no, estos terroristas no tienen entrañas ni fundamento ideológico”. Llegó Yebra y aparcaron la materia.

Para entonces Nequin y Lucas ya habían consultado los códigos penales y de enjuiciamiento, llegando a la conclusión de que le podían caer de uno a dos lustros de cárcel por colaboración con los terroristas. Y aunque en nada hubiese colaborado él con aquel jefe de los asesinos del que hablaban los periódicos, le delataba la expresión de una de sus cartas a Argala. “Si le escribiste que sabías a quién había que joder –dijo el librero–, no dudes de que te acusarán de señalar objetivos, te considerarán miembro de la organización terrorista y, en consecuencia, te condenarán por colaboración con banda armada”. Lucas adujo que el término “joderlos” significaba poco y nada. Y don Nequin replicó: “Según y como”, y añadió: “Cinco años de cárcel no te los quita nadie”.

–No me cogerán.

–Claro que no –dijo el libero.

Al verle leyendo ante la pequeña mesa del interior de la caseta, el visitante Yebra le preguntó si libraba y Lucas asintió con la cabeza. A continuación colocó el tablero de ajedrez con las fichas imantadas y ahuecó el ala para hacerle sitio y que pudiera proseguir su partida con el librero. Sentado con un libro entre las manos en la pequeña escalera de acceso a la caseta observaba de tanto en tanto a los husmeadores y atajaba las tentativas de hurto de algunos rasposos con tres suaves silbidos que los aludidos traducían correctamente: “Que te veo”. Algunos devolvían el libro que se habían guardado bajo el suéter y otros le miraban temerosos de Dios. Él movía la cabeza a un lado y otro y si alguno tenía pinta de trabajador, cerraba los ojos.

El nuevo tratamiento del viejo Nequin –ya no le llamaba “muchacho”, sino “hijo”– le pareció una manifestación evidente de que se disponía a protegerle y ayudarle en su indeseable trance. Luego, cuando Yebra asumió que de tablas no pasaba y se despidió hasta mañana, el librero le enseñó a cerrar la caseta, le mostró la trampilla excavada bajo el piso de tabla de la caseta –un encofrado con una cámara acorazada en la que guardaba dos incunables, una bandera tricolor bordada en oro y una pequeña caja de caudales–, sacó una manta de debajo del expositor de libros y le dijo que aquella noche dormiría como los frailes, sobre las tablas, pues no convenía sorprender a la Luisa ni dar que hablar a doña Carmen con un huésped por sorpresa. Mañana despejaría una habitación para que se acomodara en su casa hasta que el temporal amainara y la policía se olvidara de él. “No te preocupes si escuchas ruidos bajo las tablas: son los ratones del Botánico que vienen a roer libros”.

Don Nequin desapareció Moyano abajo con paso tranquilo y su característico contoneo de tornillo y él se sentó en el escalón de la caseta a ver pasar a las muchachas del atardecer. ¿Cómo podría saber si alguna de ellas era Chin? La gente crece hasta los dieciocho, veinte o veintidós años, engorda, cambia de fisonomía, de expresión, de voz… ¿Cómo sería ahora Chin? ¿A qué se dedicaría? ¿En qué parte de la ciudad residiría? ¿Habría crecido mucho? ¿Sería más alta que él? La estatura tanto da, se dijo convencido de poder reconocer sus ojos de avellana, el timbre suave de su voz clara, sus cabellos trigueños, la forma de sus labios y las facciones de su cara… La gente cambia, pero aquellos rasgos de Chin no se le despintaban y se sentía capaz de identificarla en cuanto la viera. ¿Le reconocería ella? ¿Le recordaría y le querría tanto como él o, al menos, algo..?

Un asunto le preocupaba: ahora tenía dinero para publicar un anuncio en todos los periódicos y revistas de Ursaría con el fin de localizarla, pero no podía usar su documento de identidad para contratar el reclamo. ¿Qué podría hacer? Podía esperar a que, como decía Nequin, la policía se olvidara de él. La espera, otra vez… Y entretanto ella pasearía del brazo de otro por los apartados senderos del gran parque donde abrazarse en la oscuridad del anochecer junto a los tallos leñosos de los centenarios pinos piñoneros y los madroños y las acacias en flor. Quizá tenían su árbol, quizá lo habían señalado como viviente testigo mudo de su amor al que acudir a reconciliarse después de esas discrepancias, discusiones y enfados tan frecuentes entre los novios. Esperar no le parecía una buena solución. Evocó el aforismo de don Antonio Machado: “Toda espera es espera de seguir esperando”. El poeta murió en el otro lado de la frontera pirenaica mientras esperaba. “To be or not to be”, fue lo último que escribió. Ser y seguir siendo, se dijo, dispuesto a buscar una solución a su estúpida condición de prófugo enamorado.

‘La verán mis ojos’ (XVI): «El hábito y el fraile»

Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo
Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo

Por KEY GOOD 

El despertador biológico sonó a la hora acostumbrada. La Rubia dormía. Lucas se desenredó de sus piernas, se incorporó, recogió su ropa, se lavó por partes, estilo aviador –primero las bajas y después el pecho y los sobacos–, se vistió rápidamente y salió escalera abajo. La atmósfera era limpia y los rayos de sol se abrían paso en el cielo aborregado y secaban los adoquines. Su inquietud se había evaporado y se sentía un hombre nuevo. Caminó en dirección a La Campana diciéndose a sí mismo que nada malo había hecho y nada malo le podía suceder. Si el mundo estaba dividido entre buenos y malos, legales e ilegales, deseables e indeseables, torcidos y derechos, él formaba parte de los buenos, los legales, deseables, derechos… No había cometido delito alguno, y si le buscaban no le podrían detener ni pegar ni encarcelar. No negaría haber escrito aquellas dos cartas al soldado –él supuso que aquel Argala era un soldado– que viajaba en la caja del camión de hierros con el anciano pata de palo que se quedó a putas en aquel club de carretera, pues las había escrito en verdad. Sus circunstancias eran las que eran: se le acababa el dinero, no tenía trabajo ni conocía a nadie en Ursaría que le pudiera socorrer y le permitiera dormir en su casa para ahorrarse la pensión. Era comprensible que se acordara de aquel tipo y le escribiera aquellas cartas y se las llevara a la dirección que le había dado. Supuso que su nombre no figuraba en el buzón de correos porque la casa no era suya, sino de algún familiar, y que por eso le dijo que llevara personalmente la carta y la metiera por debajo de la puerta. Ni a la primera ni a la segunda respondió. Eso fue todo, señores, diría a los guardias cuando le preguntaran.

No sentía miedo. Él estaba de parte de los buenos, los rectos, los legales, los trabajadores. Estudiaba la cultura griega para examinarse en junio de quinto y sexto de bachillerato en el instituto Ramiro de Maeztu, que era un pensador que se suicidó en Riga, allá en el Báltico. Tenía intención de examinarse en septiembre de reválida para ir a la Universidad. La Universidad eran palabras mayores. Para demostrar su erudición citaría a Demócrito de Abdera, el sabio que dijo que para alcanzar el conocimiento legítimo es preciso ir de lo evidente a lo imperceptible, de la superficie al fondo de las cosas. Y en lo profundo, donde se halla la verdad de las cosas, podrían encontrar las razones y las pruebas de que no había venido a Ursaría a hacer mal a nadie sino a conocer el mal que le hicieron al Viejo, a averiguar su condena, a saber si en la desgracia le quedaba algún derecho como huérfano –entonces no había cumplido 18 años–, y, en fin, a ganarse la vida y a buscar a una mujer.

En un bolsillo lateral de su chaqueta llevaba el listado telefónico de los Martínez de Ursaría. Pasó la mano sobre el tergal azul y sintió una extraña sensación de culpa por haber follado con la Rubia, una mujer veinte años mayor que él, de la que no se sentía enamorado por más amable y apetecible que le pareciera. “Pero ¿qué podía hacer yo, Chin, si llevaba más de un año buscándote y no te encontraba?”, le diría. O mejor, no le diría nada. Cuando la encontrara, a Chin, la llevaría una noche al teatro –al Príncipe o al Español– y a la salida la invitaría a tomar chocolate con churros en la Taberna del Portugués y en voz baja, para que no le oyera, diría a la Rubia que un hombre no puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Ella le comprendería. Era inteligente, la Rubia.

Se dio cuenta de que con las emociones de la noche anterior había olvidado el manual de lógica aristotélica en la Taberna del Portugués y pensó recuperarlo aquella noche. No estaba acostumbrado a caminar sin un libro o un periódico debajo del brazo –Raba le llamó una vez “sobaco ilustrado”– y se paró en un kiosco. Todos los diarios eran afectos al régimen y publicaban las mismas noticias, de modo que tanto daba comprar uno u otro. Acertó a agarrar el Ya, que editaban los obispos con gran lujo de fotografías en huecograbado, y se sorprendió al ver el retrato de un tal Beñarán junto al de otros dos terroristas. Aquella cara le resultaba familiar. Aunque no tenía barba, poseía el rostro alargado y los ojos de loco y cabellos revueltos de mismísimo Argala. Sí, era Aragala, el papelógrafo Argala que se había zampado la servilleta de papel en la que le escribió la dirección. ¡Joder!

Sus pies se quedaron clavados al suelo. Según la información, aquel tipo se llamaba Miguel Beñarán Ordeñana y había sido detenido la mañana del pasado domingo junto a los otros tres activistas criminales. Se trataba del jefe del comando terrorista que había asesinado al almirante don Luis Carrero Blanco. “¡Joder, joder y joder!”, exclamó.

La información se extendía en detalles sobre las detenciones de los terroristas, que, al parecer, utilizaban un piso franco en la calle de los Pajaritos, y añadía que la policía seguía trabajando en la búsqueda de algunos colaboradores del comando. Hacia el final del relato leyó que las fuentes solventes no descartaban la pertenencia a la banda armada de un camarero que fue muerto el día de autos por un disparo policial cuando huía y se disponía a colarse en un portal de calle de Fuencarral.

El relato le heló la sangre. No podía dar un paso. Una debilidad interior le recorría el cuerpo. Era como si el firmamento le cayera encima. Sintió un irrefrenable deseo de ser nada, de convertirse en hormiga y desaparecer. El quiosquero le miró por encima de las antiparras encanadas con esparadrapo que llevaba cabalgando inseguras sobre la punta de la nariz de cahiporra, y él le pagó rápidamente el importe del periódico y descubrió que podía caminar y dirigió sus pasos hacia una cafetería cercana, se sentó y solicitó un café con leche y un croissant. ¿Qué debía hacer? De primeras, una composición de lugar.

Abrió el periódico y releyó la información. El último párrafo sobre la muerte de un camarero le pareció un añadido extraño. ¿Querían que supiera que estaban buscando a un camarero y que si huía le podían matar? ¿Querían decir que disparaban primero y preguntaban después? No tuvo duda de que así era. Por lo tanto, la primera precaución consistía en levantar los brazos. Después le esposarían y le llevarían detenido a la dirección general de seguridad, en la Puerta del Sol. Don Nequin decía que en aquellos sótanos desnudaban a la gente y la molían a palos. Y él no sería una excepción. Debía tener en cuenta que el asesinato del presidente del Gobierno era un acto gravísimo, el más grave, sorprendente e inesperado desde el final de la Guerra Civil. Cualquier persona relacionada de alguna manera con la enormidad de la salvajada podía recibir el castigo que el régimen deseara. Y lo que el régimen deseaba era matarlos a todos.

Lucas Ubiese se colocó a sí mismo en la peor situación. Aunque confesara cuanto sabía de aquel Beñarán, todo les sabría a poco y le partirían las muelas o le reventarían el bazo. Aunque asegurara que no tenía nada que ver con ninguno de los detenidos ni sabia que aquel Argala se llamaba Miguel Beñarán, no le creerían. Si desconocía la actividad criminal de aquel tipo, ¿por qué le había escrito aquella frase indicándole a quiénes había que joder? ¿Cómo explicar a los maderos los desprecios y las esperas a las que había sido sometido cuando intentaba averiguar por qué condenaron al Viejo y saber si tenía algún derecho? Aunque entonces se hallaba en una situación apurada, al borde del hambre y de la intemperie de los impecunes, cualquier explicación sobre su circunstancia sólo serviría para revelar que era el hijo de un rojo indeseable, convicto y confeso. Y ese no parecía un buen camino.

Le preguntarían por qué había huido, es decir, por qué no había ido a dormir la noche anterior a la pensión. Aquella circunstancia implicaba un contacto y significaba que alguien le había avisado. ¿Cómo explicar que se había acostado con una mujer? Eso irritaría más a los guripas, de suyo, espinosos, y, sin ninguna duda, le patearían los testículos e irían a detener a la Rubia. Eran gente ruda y cruel, los guripas. Y cuando se mezcla la crueldad y la ignorancia, estamos perdidos, decía don Nequin.

Miró el reloj: las nueve y cuarto. Marzo y Tinina ya habrían llegado al tabernón y le echarían en falta. Enseguida arribaría el vinatero con las garrafas. Alguien debía bajarlas a la cueva y rellenar las botellas de vino, y ese alguien era él, pero siguió clavado en la silla, inmovilizado por la fatalidad. Entonces examinó su cartera y se puso a hacer cuentas. Tenía el billete azul de quinientas pesetas, doblado en un ángulo del forro de la billetera –era su fondo reservado para celebrar el encuentro con Chin, su único amor verdadero– uno de cien, tres de diez pesetas y algunas monedas. Con esa cuantía no podía ir lejos. Se incorporó y desde el teléfono público de la cafetería llamó a La Campana.

–Voy a llegar un poco tarde.

–¿Te has dormido otra vez? –le preguntó la gruesa cocinera Tinina.

–Sí, maldita sea.

–Pues vente volando, que el jefe está muy enfadado.

–Dígale que se ponga al aparato –le pidió.

Tras una breve espera oyó la voz enérgica del jefazo Marzo:

–¿Qué cojones has hecho, boñiga?

–Nada malo, se lo aseguro señor Marzo.

–Aquí hay unos señores policías que quieren hablar contigo.

–¿Están cerca de usted?

–Dos están en la barra y otros dos en la puerta. Son de la secreta y tienen cara de pocos amigos. ¿En qué lío te has metido, boñiga?

Lucas bajó la voz y pegó la boca al auricular rodeándolo con la mano para que nadie le oyera. En pocas palabras le contó que le relacionaban con unos terroristas a los que acusaban de haber liquidado al almirante Carrero y le explicó la casual relación con uno de ellos, asegurándole que nada tenía que ver con las andanzas, fechorias y enormidades de aquellos tipos.

–¿Usted me cree, verdad?

–¡Claro que te creo, boñiga! ¡Anda, vente para acá!

–Me van a detener, seguro.

–No lo toleraré.

–¿Qué va a hacer usted, dispararles?

–¡Vente y déjate de hostias, boñiga!

–Eso es lo que me van a hacer, hostiarme y meterme en chirona como si fuera una mierda.

–Vente de cualquier manera –insistió el jefazo.

–De acuerdo, pero prométame que me va ayudar –le pidió Lucas.

–Faltaría más, boñiga.

No apreció en el tono conminatorio del jefazo ni la comprensión ni el compromiso deseable. Por el contrario, la urgencia conminatoria le hizo sospechar que estaba dispuesto a entregarle para cobrar la recompensa que, según se rumoreaba, el ministro de la gobernación ofrecía a cuantos ciudadanos decentes aportaran algún dato serio y fiable sobre el paraderos de los terroristas. Aquella insistencia en llamarle boñiga –calificativo que no empleaba desde el día que le contrató– le pareció prueba suficiente para no obedecerle.

La calle de Cedaceros, la Carrera de San Jerónimo y la de la Cruz registraban la animación matinal de la apertura de los comercios. Lucas avanzaba despacio, remando en una barca sobre un mar de dudas. Desde la confluencia de la Cruz con Núñez de Arce alargó la mirada y vio a dos tipos plantados en la puerta de La Campana. Sin duda le estaban esperando para echarle el guante. Siguió por la Cruz arriba hasta el callejón del Gato. En dirección contraria venía Inés, la Ratita, con su andar alegre y desenvuelto sobre unos zapatitos rojos con tacones altos, con falda-pantalón por encima de las rodillas y un paraguas rojo y un bolso de igual color colgado del hombro. Ella le hizo una señal con la mano y aligeró el paso hacia él. Se desearon buenos días e, inmediatamente, ella le dijo que su compañero de ojos saltones, ese grande y feo de voz rasposa, dejó un paquete para él. Lucas hizo un esfuerzo por sonreír y le preguntó:

–¿Te refieres a Raba?

–No sé cómo se llama –contestó Inés, sonriendo a su vez. Aunque tenía sueño en los ojos y la mirada de miope, era más bonita cuando sonreía, la Ratita.

La situación requería una urgente composición de lugar y salió del paso diciendo que se dirigía a hacer un recado y que enseguida pasaría a recogerlo.

–Por cierto, ¿cuándo te lo dejó?

–Ayer por la tarde.

–No sé por qué no me lo entregó a mí –manifestó Lucas con cierto reproche.

–Me dijo que iba deprisa y no quería entrar para no entretenerse.

–¿Se iba de viaje?

–Eso me pareció; iba muy elegante y me entregó el paquete como quien dice desde la puerta del taxi –explicó la Ratita–. Te lo iba a entregar, pero yo no entro donde esos cerdos, y como no viniste a ayudarme a cerrar…

–Tenía mucho ajetreo, Inesita –se disculpó Lucas–; debe ser un libro que le dejé; guárdamelo, enseguida paso a recogerlo.

La Ratita enfiló por el callejón del Gato y Lucas siguió calle arriba hacia la plaza de Jacinto Benavente, reprochándose a sí mismo el juicio mal establecido y los insultos mentales que había proferido contra Raba. La gente buena no decepciona ni traiciona, se dijo a sí mismo. A Raba le gustaba la pasta, pero poseía un cierto sentido de la justicia distributiva. Después de todo, quizá fuera comunista.

Se detuvo ante el escaparate de la librería San Pablo, en una esquina de la plaza de Jacinto Benavente y se puso a mirar libros de las epístolas del apóstol romano a las distintas tribus del imperio, biografías del decapitado y otros relatos sobre santos y cuentos de curitas y frailes sobre la castidad juvenil en lucha con las tentaciones de Lucifer, teniendo cuidado de que aquella bruja no le viera la cara, pues tenía entendido que casi todas las putas trabajaban para la policía y eran buenas fisonomistas. Cuando, por fin, la mujer al punto emprendió un ligero paseo meneando el culo y un bolso plateado, se coló en el portal y corrió escalera arriba. Llamó al timbre de La Casa de los Religiosos y enseguida le abrió una operaria de edad mediana con gafas de costurera.

–Vengo a por un hábito –le dijo.

–Si es el encargo de los capuchinos, acabo de decirles por teléfono que no lo tendré listo hasta el jueves porque estoy sola; la Salomé se nos ha puesto de parto.

–Soy carmelita.

–Bueno, entonces pase; me alegro de que en la gran Vía de San Francisco se acuerden de nosotras. Ya sabía que tarde o temprano acabarían aquí.

–Dios bendiga su intuición –dijo Lucas.

–Entre los dulces, las yemas, las rosquillas, la huerta, los rezos, se ve que sus monjas no dan abasto, ¿verdad? Se hacen mayores y faltan vocaciones…, una pena.

–Tiene usted razón; surge una urgencia y no hay manera de que la resuelvan.

–Venga por aquí –le indicó la costurera conduciéndole por un largo pasillo hasta una sala que olía a naftalina y contenía unos percheros con hábitos de frailes–. Estos cuatro son de un encargo de Úbeda que dejaron en suspenso por una fuga de novicios; son de un tergal muy suave, nuevos a entrenar. Y llevan su escapulario y su capa con capucha. Están completos.

Examinó los atuendos y eligió el que parecía de su talla. Solicitó permiso a la mujer para probárselo y ella le ayudó a colocarse el hábito y le abrochó los automáticos hasta la bragueta. Él se enfundó el escapulario y ella le alisó la capucha con la palma de la mano sobre la espalda. “Le sienta de maravilla”, dijo la sastra. Y abriendo un armario que tenía un gran espejo acoplado a la lámina interior de la portañuela, le invitó a que comprobara su afirmación. “Ni hecho a medida”, confirmó Lucas. La mujer fue a buscar un cordón oscuro con borlas y se lo anudó en la cintura.

–¿Así que va usted a Roma?

–Veo que está bien informada.

–Sigo las canonizaciones por el Ya –dijo señalando el ejemplar que Lucas había dejado sobre el perchero–, y sé que ustedes tienen mártires por todo el mundo.

–Desgraciadamente…, desde Perú a Filipinas.

–Bueno, pues listo, vaya quitándose el hábito y enseguida se lo envuelvo.

–No es necesario; me lo llevo puesto. En esta zona de pecadoras…

–Si, padre sí, una vergüenza… Venga por aquí, le haré una factura para el superior y me va a hacer usted el favor de decirle que tenemos ese stock de hábitos de la orden y que estamos a su disposición para lo que necesiten los padres y los novicios.

Lucas se asombró del precio: dos mil quinientas pesetas. No tenía suficiente dinero para pagar su flamante atuendo y pidió a la mujer que se apiadase y tuviese en cuenta que eran frailes mendicantes y que una cantidad tan elevada sería considerada abusiva por el padre superior. De hecho, sólo le había dado seiscientas pesetas para el hábito nuevo. Con dificultad extrajo su cartera del bolsillo interior de la chaqueta y sacó el billete de quinientas pesetas de la esquina del cuero. Lo desdobló y estiró con ambas manos y luego sacó el billete de cien. La mujer miró el dinero sin disimular su tentación y recapacitó. “Está bien, por ser la primera vez le voy a hacer un descuento de novecientas pesetas, pero diga usted al padre superior que ya hacemos mucha caridad en nuestros precios y que quienes deberían hacerla son los que nos cobran la luz, la contribución, el arriendo del taller, los hilos y las telas, y esos no lo hacen, esos nos chupan la sangre y no nos perdonan un real”.

La mujer rectificó la factura y empuñó el dinero. “Me debe usted mil pesetas”, dijo. “Y para que le conste, el cordón frailero va de regalo”.

–No se preocupe, mujer; antes del mediodía volveré a pagarle, y si el padre superior no da su visto bueno, volveré a devolverle el hábito.

–Vaya y lleve cuidado con los charcos.

El joven fraile Lucas Ubiese pasó con andar largo ante los agentes trajeados que flanqueaban la entrada de La Campana, cruzó la acera y entró en la tienda de Inés, que se disponía a limpiar el vidrio del escaparate de las salpicaduras de la lluvia de la noche anterior. Ella se sorprendió al verle de aquella guisa y él le pidió que le guardara el secreto y le explicó que en realidad era un novicio carmelita que había sido sometido por sus superiores a una larga prueba, un largo periodo de fe en lucha contra las tentaciones luciferinas antes de cantar misa. “¿Acaso crees que si no fuera así no te habría comido a besos, Inesita, con lo bonita que tu eres?” La Ratita se ruborizó y dijo:

–No sabía que… ¿O sea que eres fraile? ¡Menuda sorpresa!

–Sí, mujer, sí; un fraile trabajador. Pero eso sólo lo sabemos tú y yo, y debes guardarme el secreto, ¿vale?

La Ratita asintió y sacó del cajón inferior de una estantería el paquete que había dejado Raba para él. Tenía, en efecto, el tamaño de un libro, y estaba envuelto en papel marrón, muy bien doblado y precintado con cinta plástica de celofán. Lo protegió con el ejemplar del periódico doblado y lo colocó junto al pecho bajo el escapulario de su flamante atuendo.

–Te sienta muy bien el hábito –le dijo Inés, completamente repuesta de su sorpresa.

–Gracias, preciosa; ya sabes donde tienes un amigo sacerdote por si un día te sientes muy pecadora y deseas… limpiar tu alma.

Al abandonar la tienda de lencería y subvenir advirtió las miradas de los guripas, cruzó la calzada hacia donde estaban, les saludó con una leve inclinación de cabeza y un “buenos días, señores”, observó el letrero escrito a tiza en el vidrio del escaparate: “Se precisa camarero”, y siguió en dirección a la plaza de Santa Ana. Un tipo que paseaba con cara de aburrimiento de un lado a otro del portal de la pensión disipó su intención de acceder a su habitación. Le importaban los libros de don Nequin, las cartas, sus notas personales, la ropa y las alpargatas, pero comprendía que con aquel guripa en la puerta no convenía arriesgar el pellejo y, además, a aquella hora ya las notas y las cartas de su hermano Richard y de la tía Zulaica estarían en manos de la policía, que, sin duda, les habría interrogado acerca de su paradero. También se habrían incautado del libro escolar y estarían realizando pesquisas en el internado.

Entró en la Taberna del Portugués y solicitó un café con leche poco cargado. Unas ancianas le miraron con sorpresa y murmuraron. Tenía razón la Rubia: su hermana Goyi era muy guapa. El cambio, el cuñado quisquilloso era un hombre feo y grasiento, de mirada recelosa. Trasladó el platillo con la taza de café a una mesa junto a las ancianas que no dejaban de mirarle –no era frecuente que los frailes entraran en los bares– y, acto seguido, ingresó en el retrete y abrió el paquete. Dentro de un gran sobre recio y marrón había dos fajos de billetes de cinco mil pesetas, tres fajos de billetes de dos mil y otros con billetes de mil pesetas. Era su parte del botín, los dos millones que mencionó Raba. Extrajo algunos billetes de mil pesetas, cerró el sobre y recompuso el cartonaje. Cuando se disponía a guardar el parné se percató de que había olvidado la cartera en la casa de ropa para religiosos y, desprovisto de documentación, se sintió un poco apátrida y otro poco recién nacido.

“Por Dios, padre, no necesitaba usted dejarme la cartera en prenda”, le reprendió la costurera al agarrar el billete de mil pesetas. “Le deseo que tenga un buen viaje a Roma y le ruego que me tenga presente en sus oraciones”, añadió. “La tendré en cuenta, buena mujer”, respondió Lucas mientras recordaba la primera lección de Leonardo Rabadán o Raba: “Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte”. Y con una sonrisa en los labios se despidió hasta más ver.

‘La verán mis ojos’ (VX): «La zona fría de la rubia»

La obra más conocida del autor de las "Coplas de los pecados mortales"
La obra más conocida del autor de las «Coplas de los pecados mortales»

Por KEY GOOD

La plaza de Santa Ana olía a tierra mojada. Un chaparrón primaveral al anochecer de aquel lunes de San Perfecto había limpiado el aire y daba gusto respirar. Al doblar la esquina de Núñez de Arce, Lucas se topó con el Llantas y le dio un duro. El vagabundo dormía indistintamente en el hueco de una entidad bancaria o en un banco de la plaza y aseguraba que estaba dando la vuelta al mundo en su bicicleta oxidada de ruedas desinfladas. Le gustaba hablar, al Llantas. Aquella noche abrió su desdentada boca, le dio las gracias y luego dijo: “Mala pasma por aquí”. Lucas se abstuvo de darle palique y siguió adelante, junto a la pared para protegerse de la lluvia fina, persistente. Al llegar a la esquina de la calle del Príncipe observó la presencia de dos tipos clavados como estatuas a ambos lados del portal de la pensión donde residía. Un tercer madero de la secreta fumaba en el interior de un coche gris, estacionado frente al Teatro Español, y otro hacía lo propio en un Seat también gris (eran inconfundibles), aparcado unos cien metros por delante del anterior. No tuvo duda de que eran tipos de la secreta al acecho de un pez gordo. Cruzó la calle y entró en la taberna del Portugués. La Rubia se extrañó de que llegara tan tarde.

–Se ha largado el encargado –le dijo.

–¿Y eso?

–Acertó una quiniela de catorce.

–Todos los tontos tienen suerte.

La Rubia ya había limpiado y desconectado la cafetera, de modo que puso a calentar la leche en un cazo y le indicó que se sentara ahí detrás. Después, se apresuró a correr el cerrojo de la acristalada puerta metálica de la entrada, dejó caer la esterilla enrollada en lo alto y apagó el letrero luminoso y las luces del local. En la trasera del establecimiento se almacenaban sacos de harina, bidones de aceite y cajas de refrescos. Lucas acercó una silla y se acodó en una cámara frigorífica de guardar helados. La luz mortecina de un foco de mantenimiento de bajo voltaje hacía imposible la lectura. La lógica aristotélica para burros podía esperar. Encendió un pitillo. Intentaba olvidar la traición de Raba y comenzó a repasar mentalmente los nombres nemotécnicos de los silogismos –bárbara, celaren, darii, ferio; cesare, camestres, festino, baroco; darati, felaton….–; se enredó con Llantas: “Todo ciclista quiere dar la vuelta al mundo, es así que el Llantas es ciclista, luego el Llantas quiere dar la vuelta al mundo”. Y luego con los patos: “Ningún pato baila el vals, ninguna de mis aves es pato, luego todas mis aves bailan el vals”. ¡Qué tontería!

Era demasiado tarde para dar la lata a los Martínez de las hojas de su listín telefónico y siguió intentando componer un ferisomorun, pero no lograba despintar de su cabeza la traición de Raba. Al final le salió uno: “Todo buitre puede volar, algunos cerdos no pueden volar, luego algunos cerdos no son buitres”.

–¿En qué piensas? –le preguntó la Rubia.

–En unas tonterías que se llaman silogismos.

–¿Para qué sirven?

–Para hacer churros mentales.

–Te noto un poco raro –dijo la Rubia colocando dos tazones de leche y unos sobaditos sobre la cámara.

–Estoy derrotado de cansancio y encima he de examinarme de esas argucias griegas conservadas por los clérigos de Constantinopla y redescubiertas por Tomás de Aquino para uso de unos seguidores llamados tomistas que vivían de deslumbrar beatas.

–¿Son difíciles esas argucias?

–Sólo raras.

–¿A ver?

–¿Cómo te lo explicaría yo…? Por ejemplo: “Los quesos tienen agujeros, los agujeros no son queso, luego cuanto más queso, menos queso”.

–Si que son raras.

–Ya te digo –dijo Lu antes de acercar la taza y chamuscarse los labios.

–La leche cruda hay que hervirla –se disculpó la Rubia.

–Ya veo que te preocupas de la salud de los clientes.

Después profirió otro silogismo: “Los camareros cuidan a sus clientes, es así que la Rubia es camarera, luego la Rubia cuida a sus clientes”.

–Es un silogismo en bárbara– aclaró.

–La Rubia sólo cuida de un cliente –le corrigió ella, tendiéndole los labios como si quisiera aliviar o compartir el dolor que le había causado la leche hirviendo.

En la intimidad de aquella trastienda apenas iluminada por la claridad del pequeño foco de mantenimiento, Lucas se dejó besar con la boca abierta, inhaló el aliento de la Rubia y sintió el calor de sus finos labios, seguidos de la lagartija de su lengua en el interior de su boca. Aquella mujer deseaba algo más que cordialidad y ternura, pues en un instante atrajo la mano de Lucas hacia sus pechos y se desabrochó la blusa, liberándose al mismo tiempo del recio sujetador. Lucas le acarició los pechos. Eran tibios y suaves como la cara de un bebé. Un aroma a heno le trasladó a su infancia. De pronto sintió que nada de aquello tenía sentido y se puso en pie. “Tengo que irme”.

La Rubia se levantó de la silla y extendió sus brazos asiéndole por el cuello.

–No te puedes ir –dijo. Y acto seguido le tapó la boca con un beso mientras lo estrechaba contra sí.

–Es muy tarde y mañana he de estar a las nueve en el tabernario. Además…

La Rubia le cortó la frase, besándole de nuevo.

–Además, ¿qué?

–Además tú también…

–No te preocupes por mí –dijo besándole otra vez mientras le desabrochaba la camisa y le acariciaba el bello del pecho.

–Además, esto no tiene ninguna lógica.

–¿Qué lógica necesitas, mi amor?

Él le susurró un silogismo:

–Ningún joven se enamora de una mujer mayor, las mujeres mayores no son ilógicas, luego ninguna ilógica se enamora de un joven.

Ella protestó:

–Soy ilógica y no soy mayor –Y le aplicó los labios al cuello como si fueran una ventosa.

–Hueles muy bien –dijo él.

–Mejor sabré.

–Sabes que tengo que irme y que…

–Te repito que no te puedes ir. Además, no te has tomado la leche, así que siéntate de una vez.

Lucas obedeció. Ella le recompuso la camisa, le revolvió los cabellos, le dio otro chupetón en el cuello, pronunció una exclamación cariñosa y se fue a buscar una botella de brandy con dos copas. Sin hacer caso de las indicaciones de Lucas de que no bebía alcohol, llenó ambas copas y le ordenó: “Bébetelo, te sentará bien”. Él apuró el café con leche y dio un sorbo a la copa de brandy. Era un licor suave. Dio un sorbo más largo y sintió el calor en el esófago. La Rubia bebió también. “Es Napoleón, el mejor coñac”, dijo. “¿A que te sientes mejor?”

–Contigo me siento bien, solo que…

–¿Te gusto?

–Ya lo creo que me gustas, Rubia; eres muy dulce, muy sabrosa.

–Y no soy tan mayor…

–No quería herirte, solo que…

–Solo que ¿qué? –dijo ella besándole de nuevo.

–Solo que, bueno, nunca he estado con una mujer.

La Rubia se rió y le acarició.

–Eso no tiene importancia; esta noche vas a estar con una que te quiere, pero no aquí, sino en la cama, y mañana verás como te sientes mejor.

–Mi cama es de medio metro y no cabemos los dos.

–No, no, cariño, aunque esta noche no vinieras conmigo, ni se te ocurra ir a la pensión: está llena de policías de la brigada político-social.

–¿De policías?

–De policías, si; me lo ha dicho el sucio; están buscando a un terrorista e interrogan a todo el mundo. Así que esta noche te vienes conmigo a dormir y así evitas que te den la murga.

Lucas apuró la copa y se sirvió otra. Con razón el Llantas le dijo que unos guripas malos rondaban la plaza de Santana y luego, aquellos coches y aquellos tipos flanqueando la puerta de la Lucense y del hostal Regional…

–¿Te dijo algo más el sucio?

–Me preguntó si en los últimos tiempos había visto por aquí algún tipo joven con acento vasco y pinta extraña, con barbas, mal peinado y eso. Le dije que no había visto más gente que la corriente. Y él me pidió que le llamara si sospechaba de alguno que no viniera habitualmente por aquí.

En ese momento Lucas no tuvo duda de que le estaban buscando a él si, como sospechaba, aquel Argala con barba y cara caballo con el que había llegado a Ursaría en el camión de Centeno y al que había escrito dos cartas pidiendo ayuda, era un terrorista etarra.

Disimuló su repentina inquietud con otro sorbo de coñac y acarició y paladeó los labios de la Rubia. “Ahora sé que eres sincera y me quieres y deseas evitarme las molestias de esos guripas”, le dijo.

–No te lo creas; lo que yo quiero es follarte, y si me gustas, ya veremos.

–¿Qué veremos?

Ella evitó contestar.

–Ya lo sé…, iremos a Grecia.

Ella buscó un paraguas, salieron y caminaron abrazados. Eran de la misma estatura. Cruzaron la plaza del Ángel y bajaron por la calle de Alcalá con pasos acompasados. De vez en cuando se volvían el uno a la otra o la otra al uno para besarse sin dejar de caminar. Cruzaron la plaza de la Cibeles, torcieron hacia la derecha y subieron por la silenciosa calle de Juan de Mena, donde ella vivía con una hermana menor y un cuñado quisquilloso que madrugaba para hacer churros.

La Rubia le fue contando algunos detalles familiares a medida que caminaban hacia su casa, “un piso grande y destartalado, un paramental”, decía ella. Lucas mantenía su brazo sobre los hombros de la Rubia y le dirigía los pasos mirando al suelo para evitar que pisara los charcos y los adoquines mal cimentados que chinglaban y despedían agua y barro contra las medias, las piernas y los zapatos. En su cabeza bullía la inquietud sobre de si sería él el terrorista prófugo. ¿Por qué había escrito aquellas cartas? ¿Por qué las había introducido por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos, si ya entonces sospechaba que aquel Argala no era trigo limpio? Si los guripas le habían echado el guante, era evidente que habían encontrado las cartas. ¿Por qué no se las había comido aquel papelófago con cara de potro, como  hizo con la servilleta, o, por lo menos, las había roto y arrojado a la papelera?

La Rubia seguía describiendo a su cuñado quisquilloso y a su inteligentísima hermana sin dejar de hacerle arrumacos.

–¿Cuál es la parte más fría de la mujer? –Le preguntó.

–No se.

–El culo –dijo ella riendo.

Él dejó caer lentamente el brazo desde su hombro hacia el costado y colocó la mano sobre su esférico glúteo, presionando suavemente para que el roce del caminar le proporcionase calor.

Tenía una habitación con dos balcones, la Rubia, y una cama grande, algodonosa y suave sobre un piso de tabla encerada que se quejaba al pisar. Sintió el jadeo de la Rubia, la placentera humedad del orgasmo encadenado de la correosa e intensa mujer y se fue quedando dormido con un sabor agrio y dulce en la boca y el nombre de Juan de Mena en la cabeza; si la fortuna era un laberinto, desconocía la suerte que le esperaba.

 

‘La verán mis ojos’ (XIV): «La suerte sonríe a Raba»

Recapitulación: En los capítulos anteriores hemos visto la precipitación de acontecimientos hacia el final de la dictadura y cómo Leonardo Rabadán o Raba desprecia la apuesta entre Lucas Ubiese y el viejo librero republicano Nemesio Quintana, Nequin, sobre si al final de la dictadura vendrá o no la república, y le dice que lo que hay que hacer para ganar dinero es sustraer el maletín que regularmente, una vez al mes, un alemán con aspecto de nazi coloca a los pies del general Ferrari en la tertulia que mantienen en La Campana. Los militares, gente de intendencia, suelen hablar con el alemán y su acompañante de proyectos extraños, como la búsqueda de petróleo en los Pirineos, y de suministro de fármacos y otros productos como gafas de visión nocturna, y Rabadán y Lucas concluyen que el contenido del maletín que el alemán entrega al pequeño general Ferrari no contiene otra cosa que el dinero del porcentaje que el birria del general se lleva a cambio. Tras fracasar en el primer intento, Raba logra arrebatar el maletín al milico aprovechando el barullo que organiza la troupe de acompañantes del gitano Juanito, marchante de arte, acompañado de la Mujer Morena de Julio Romero de Torres. ¿Qué ocurrirá después?

Décimo de Lotería Nacional
Décimo de Lotería Nacional

Por KEY GOOD

A Leonardo Rabadán o Raba le fue mudando el semblante y adquirió la expresión alegre de un colegial el último día de escuela. Se le notaba más desenvuelto que de costumbre. Dejó de beber cerveza durante el día y destilados por la noche. Su rostro sanguíneo fue adquiriendo color rosado. Manolo Bolo y algunos parroquianos notaron el cambio y la cocinera Tinina le preguntó si se había echado novia. El se rió y no contestó. Ella dijo: “A mí no me engañas, pillín”, y se sintió un poco decepcionada de que no le contara cómo era la mujer de la que se había prendado. El jefazo Marzo parecía muy complacido de que al menos uno de sus empleados fuese feliz.

Raba se las ingenió para sacar de la cueva la garrafa con el maletín y poner el dinero a buen recaudo. No dijo a Lucas donde lo había depositado. Sólo le informó de que había contado el botín y le aseguró que le tocaban dos millones contantes y sonantes. Era mucho dinero, aunque no tanto como a primera vista le había parecido. “Somos ricos, chico, pero hay que esperar y actuar sin levantar sospechas”, decía Raba.

Su vientre cervezoide fue bajando de volumen, se adecentó la sudorosa pelambrera y una mañana llegó tarde porque había acudido a la consulta de un odontólogo a curar las caries y limpiarse los piños. Parecía otro, Raba. Se compró ropa nueva, pantalones, una chaqueta de entretiempo y varias camisas de pinza que le sentaban bastante bien. En la calle, sin la chaquetilla y el mandil de camarero, no parecía un operario del montón. Lucas le observaba y no ocultaba su preocupación. Una noche primaveral, Lucas, fiel a su costumbre, ayudó a la Ratita a correr la mampara del cierre de la tienda de subvenir. Y puesto que el don Juan de Inesita se retrasaba, la acompañó hasta la esquina del Picardías para protegerla de los cabrones borrachos que andaban a putas por las angostas calles de la zona. En esas vio a Raba parar un taxi en la calle de la Cruz. Vivía lejos, Raba. Concretamente, en un piso de planta baja de treinta y cinco metros cuadrados en la barriada del Pilar, más allá de las chabolas de Peña Grande, y un taxi hasta allí costaba el bote de una semana. Ya no dudó de que el colega había comenzado a dar curso al botín mientras a él le pedía paciencia.

–Paciencia ¿hasta cuando, Raba?

–Hasta que se asienten las cosas.

Lucas quería que le adelantara una parte de su parte para poner un anuncio en los diarios con el fin de que Charín pudiera leerlo y dar señales de vida. La lista de Martínez era interminable y empezaba a estar harto de llamar por teléfono preguntando por Charo. Pensó un texto escueto: “Busco a Chin, mi único amor verdadero”, seguido de la dirección del estadero.

–Paciencia hasta que las cosas se asienten –insistía Raba un día y otro más.

–¿No acabaremos como en Sierra Madre, verdad? Yo no soy Bogart y me fío de ti, pero no me la juegues, camarada –le decía Lucas.

–Tranquilo, chico, que tampoco yo soy Tim ni el viejo Walter.

Ocurrieron cosas: con bastantes días de retraso sobre la fecha de autos, un diario de la tarde que era propiedad de la Hermandad de Combatientes publicó una noticia según la cual se había registrado una reyerta entre unos ladrones de raza gitana y unos policías militares de servicio que pasaban por la plaza de Santa Ana y se vieron obligados a intervenir en cumplimiento de su deber para evitar que aquellos individuos asaltaran y desvalijaran una joyería, de resultas de lo cual, resultó herido de muerte un gitano, dos fueron detenidos y los demás pusieron pies en polvorosa. Al parecer pertenecían a una peligrosa banda de ladrones de joyas, obras de arte y objetos valiosos. El caso era muy serio y el cronista felicitaba a los valerosos agentes de la policía militar por su desinteresada contribución al orden y a la preservación de la propiedad privada con riesgo de sus propias vidas.

Poco después, otro diario de la tarde se hizo eco en primera plana y en una página interior del fallecimiento del oficial austriaco del Tercer Reich Otto Skorzeny. El diario ilustraba la información con una fotografía del finado. La foto era antigua, pero el muerto era mismo don Otto que visitaba La Campaña en compañía de don Bernardh. Según la información, aquel hombre había sido oficial de las SS, el cuerpo más temido del régimen nazi, y hacía el número trece de la  lista de genocidas condenados en ausencia por el tribunal de Nuremberg.

Raba guardó el periódico y se lo enseñó a Lucas en la cueva. “Lo ves, chico; esos tipos eran unos asesinos”. Al menos, por lo que decía el periódico, aquel don Otto era un criminal de guerra que vivía protegido en España por el régimen del dictador PTC. Lucas se quedó boquiabierto. “Y los hemos jodido, chico; los hemos jodido bien jodidos”, decía Raba sin poder contener su alegría.

El periódico relataba algunas gestas de aquel don Otto. Por lo visto, aquel hijo de la gran puta se había disfrazado de oficial estadounidense y había asesinado a más de cien militares norteamericanos apresados en la batalla de Las Ardenas. Era un jodido tramposo, un criminal hábil y escurridizo que, como otros muchos, consiguió abandonar Alemania antes de que las tropas soviéticas entraran en Berlín.

Según el periódico, aquel criminal nazi apareció con identidad falsa unos años después en Sudáfrica y realizó innumerables trabajos sucios para la CIA. Desde el país del cruel Pedro Botha, que mataba negros como hormigas, el canalla don Otto se trasladó a vivir a España, donde contó con la protección del régimen del dictador y se dedicó a hacer negocios.

La crónica también narraba la solemne despedida del cadaver: un grupo de oficiales españoles y una compañía del Ejército del Aire dispensó honores nocturnos al finado en un hangar de carga del aeropuerto de Barajas. Después metieron el féretro en un avión militar, fletado para la ocasión, y lo transportó de regreso a su tierra, Austria, pues era austriaco y no alemán.

La información venía ilustrada con unas fotografías muy oscuras en las que no se distinguía bien las caras de los asistentes a la despedida. Raba señaló a un tipo pequeño y dijo que bien podía ser el general milagro. Entre los que aupaban el féretro a la bodega del avión había una mujer y un paisano que podía ser su amigo don Bernardh.

–Si hubiera sabido que ese don Otto era un criminal nazi no se habría ido de rositas –dijo Lucas doblando el periódico.

–¿Qué habrías hecho tú, criatura?

–Joer, Raba…, envenenarlo.

–¿Envenenarlo…? ¡Menuda cosa! ¿Cuánto crees que habrían tardado en agarrarte, molerte a palos y enchironarte? ¿Para eso has estudiado? Hay que cavilar un poco, chico, y no obrar al tuntún.

Tenía razón Raba, siempre la tenía.

–¿Y tú que habrías hecho?

–Lo que hemos hecho: joderlos bien. ¿Quién te dice a ti que a éste no se lo han cargado los suyos por lo del maletín?

–¿Tú crees?

–Nos ha jodido si creo. Esa gente no tiene piedad ni misericordia. Date cuenta de que esos tipos se roban unos a otros, se traicionan… ¿Quién te dice a ti que el asesino ese, que trabajó para la CIA, no denunció a alguno y le dieron pasaporte? ¿Cómo te explicas que un tipo de aspecto saludable, que comía y bebía como un buitre, las haya diñado de la noche a la mañana?

Lucas se quedó pensando; desde luego, aquel don Otto alto, fuerte, huesudo, al que había servido vino fino, jamón, lomo, pescadito frito y queso en aceite hacía menos de dos semanas no tenia pinta de morirse. Todo era muy raro.

–Hay un libro de Frederic Forsay –dijo– en el que aparecen unos judíos que buscan a los nazis para ajustarles las cuentas. Esos judíos tienen una red en todo el mundo y se alertan unos a otros para cazar a los que perpetraron el holocausto. Yo creo que en Madrid deben tener algún delegado. Sería cuestión…

–¡Eh! Para el carro, chico… No te metas donde no te llaman, ¿estamos?

–Si, claro. Pero había pensado que si el otro alemán, don Bernardh, también es un criminal nazi podríamos facilitar a esa red los datos para que lo atrapen cuando vuelva por aquí.

–¿Y qué vamos a ganar con eso?

–Una satisfacción.

–¿Una satisfacción…? ¡Menuda cosa! Lo primero que debes saber es que la satisfacción se compra y los judíos no pagan. Esos lo quieren todo para ellos. No esperes que un judío te agradezca ningún favor; antes al contrario, esos tipos te venden sin que les importe si a la vuelta de una esquina los camaradas del nazi te apalean y degüellan como a un perro. Olvídate, chico. Y recuerda que la primera colaboración ha de ser con uno mismo.

Pasaron cosas: el general Ferrari no volvió a aparecer por La Campana y el jefazo Marzo se interesó por el distinguido cliente. El capitán Orejas le dijo que había sido trasladado a un destino de alta montaña, concretamente, a la provincia de Huesca, donde dirigía un proyecto muy importante para España.

–Muy importante y urgente tiene que ser cuando ni siquiera ha pasado a despedirse de los amigos –observó el jefazo Marzo.

–Lo es –dijo lacónicamente el capitán.

–¿De qué se trata, si se puede saber?

–Almacenaje de gas –contestó, renuente, el capitán.

–Algo he leído sobre el proyecto de gasificar España. ¿Entonces es cierto que se disponen a almacenar millones de metros cúbicos de gas natural en las oquedades del subsuelo aquel?

–Pues ya lo sabe usted –dijo el capitán.

–¿Tiene usted su dirección?

El capitán se la dio y el jefazo Marzo ordenó a Raba que empaquetase un jamón y se lo envió por un servicio de transporte de puerta a puerta.

–¿Le debe algo? –preguntó Lucas a Raba al observar.

–Munición de caza.

La tertulia de los señores milicos había menguado hasta el punto de que sólo el capitán Orejas, el Marino y, muy de tarde en tarde, el coronel Ayala aparecían por allí. El capitán miraba con desconfianza y resquemor a los parroquianos, especialmente al banderillero Molina y a los señores galguitas. Y cada tarde preguntaba a Lucas cuánto ganaba, si la casa le trataba bien, si tenía amigos y familia. Eran preguntas extrañas a las que el camarero contestaba con monosílabos, pues Raba le había advertido de que aquel tipo era peligroso y no cejaría en sus pesquisas hasta obtener algún rastro del cartapacio. “Mientras estos gordos no desaparezcan no tendremos margen de maniobra, chico”.

Una tarde, como para entretenerse mientras aparecía su compañero el Marino, el capitán volvió a la carga con sus inocentes preguntas a Lucas sobre la catadura de los clientes, de los compañeros y del propio Raba. Y él le contestó de ahecho: “Mire usted, capitán, seamos francos; usted quiere saber qué pasó con el maletín que los señores alemanes le entregaban ahí por debajo de la mesa al general Ferrari, ¿no es cierto? Pues sepa usted que yo no lo sé. Ya se lo dijimos a él. Lo que yo vi, y supongo que usted también, fue que entró el conductor y el general salió con su maletín. Y apenas una hora después regresó con dos policías militares diciendo que le había puesto serrín. Lo registraron todo, rompieron botellas, derramaron bandejas y no encontraron nada. ¿Por qué no se lo pregunta usted a él? Y si usted sospecha de algún cliente, diríjase a él y no me pregunte usted más, pues yo estoy para servir, no para decir qué me parecen los clientes por los que usted me pregunta”.

Aquella mole de capitán soltó una sonora carcajada y con ademán campechano exclamó: “¡Así me gustan a mí los hombres!, sinceros, honrados, intuitivos. En confianza te lo digo: tú vales, chaval”.

Y pasaron más cosas: Lucas Ubiese no podría olvidar el día de San Perfecto en santoral zaragozano porque aquel lunes apareció Leonardo Rabadán o Raba exhibiendo la fotocopia de un boleto de la quiniela con catorce aciertos. La cocinera Tinina se lo quería comer a besos. El jefazo no daba crédito a lo que oía y veía. “Toda la vida jugando diez pesetillas y nunca había pasado de diez aciertos, pero ya ven, la perseverancia llama a la suerte”.

–Desde luego, la suerte es algo que, como el amor verdadero, sobrevendrá una o dos veces cada siglo –dijo Lucas un poco desazonado por la negativa del querido compañero a adelantarle parte de su parte para pagar el anuncio a su Charín.

Raba le contestó con una mirada fría que le heló el corazón y luego se encerró con el jefazo en la oficinucha. Cuando Lucas subió de la cueva con las botellas rellenas de vino, Leonardo Rabadán o Raba ya había desaparecido. Tinina le dijo que había tenido algunas palabras más altas que otras con el jefazo y que al final se abrazaron y Marzo le dio un habano para el viaje y le dijo que aquella era su casa y que si volvía, ya sabía donde estaba, y por ahí p’allá…

Lucas recordó las palabras de Raba: “La vida es esto, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”. Tal vez nunca le volvería a ver. A estas horas estaría embarcado en un avión hacia Cuba para quedarse a vivir en la isla con Minegra y Michica, que eran su familia. “Adiós, Raba, que te vaya bien; después de todo, sabías lo que querías y lo planificaste y ejecutaste cojonudamente. Tenías razón cuando decías que en esta vida nada es lo que parece y lo que parece no es. Siempre te recordaré como un tío listo con apariencia de tonto y como un buen rabadán, conocedor del rebaño humano, y como un trampero”.

‘La verán mis ojos’ (XIII): «Mujer Morena y serrín»

Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres
Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres

Por KEY GOOD 

La Mujer Morena de Julio Romero de Torres se salió del cuadro y apareció en La Campana. Era una anciana muy delgada y colorista a la que Juanito, un marchante de arte y cliente ocasional del establecimiento, llamaba Mami. Su vistosa y alegre indumentaria atraía la atención de los numerosos parroquianos en cuyas turbias mentes se daban patadas la ancianidad y el color del aquella mujer. Cincuenta años después, la Mujer Morena vestía el precioso mantón de Manila, se adornaba la sien con el mismo clavel rojo, lucía idéntico peinado con el mismo mechón negro ensortijado sobre su frente y exhibía las mismas arrecadas con las que el pintor cordobés la había inmortalizado. Llegó como traída en volandas por Juanito y la troupe de gitanos que le acompañaba. Entraron en oleadas. El primer grupo eran cuatro o cinco y tras él fueron llegando otros en goteo. Al final, quince o veinte individuos inundaban el establecimiento.

Juanito tiraba de billetera para que a Mami y a los hermanos no les faltase de nada. Raba decía que aquel Juanito era un buen tipo. Cuando, de tarde en tarde, aparecía por La Campana con Mami y sus hermanos cales era señal de que había realizado una buena venta, un negocio extraordinario en el extranjero. Raba le consideraba amable y generoso porque una vez tuvo el detalle de enviar a un propio a comprar unos pantalones para el viejo Toledo. “Tenga usted, abuelo, póngase estos calzones y tire los que lleva”, le dijo sin humillarle. Como Toledo padecía de la próstata, se orinaba encima y desprendía un olor apestoso. Como, además, el señorito Juanito sabía o intuía que el viejo era muy pobre, le invitaba a lo que deseara tomar –casi siempre un vaso de vino y tres albondiguillas– y pedía a Raba que no le cobrara nunca, pues él se ocuparía de liquidar los débitos del anciano cada vez que pasase por el establecimiento. Según Raba, aquel Juanito cumplió escrupulosamente su palabra hasta que Toledo tropezó con el capitán Orejas y lo arrolló un taxi.

La Mujer Morena no aguantaba mucho tiempo de pie en el corro de la trouppe, así que Lucas se preocupó de instalarla en una silla ante la mesa cuatro sobre la que fue depositando platos con raciones de viandas, botellas de fino y catavinos vacíos para que cada cual se sirviera a su gusto. “Mami, coma usted”, le decía Juanito inclinándose ante ella con un plato de virutas de jamón y colocándole el rizo sobre la frente y acariciándola. Era muy cariñoso y atento, el trajeado y perfumado Juanito.

Después de las primeras libaciones, enseguida comenzó el palmeo. El rasgar de una guitarra arrancó un quejido de la garganta de un gitanillo. La Mujer Morena realizó un gesto con la cabeza y el guitarrista punteó unas notas altas y templó y ajustó las cuerdas. Parecía que en cualquier momento Mami se podía arrancar por peteneras. Todas las miradas confluían en ella. También los milicos y los alemanes don Bernardh y don Otto, que aquel anochecer de marzo se habían visto sorprendidos por el jolgorio flamenco, estiraban el pescuezo para verla. A juzgar por su expresión, los señores alemanes parecían muy complacidos con el palmeo y el cante, y a don Otto se le contagió el ritmo en un pie.

En un momento determinado Juanito ordenó a Lucas que pusiera de beber a los señores oficiales, pero el capitán Orejas rechazó la invitación, sin duda pensando en el alto coste de la reciprocidad del convite, y Lucas comunicó al marchante de arte que los señores militares no deseaban tomar nada. Entonces el gitano manifestó su contrariedad con un gesto de cara, ojos y puños, y abriéndose paso hacia ellos, les rogó que aceptasen una botellita de vino fino y un poco de jamón de su parte.

–No, caballero, muchas gracias, esta noche tenemos banquete –dijo el capitán.

–¿Es que no quieren brindar con nosotros por España? –les reprochó Juanito, mirando fijamente al general Ferrari.

–¡Recogilondrios! ¡Claro que sí! –exclamó el general birria.

–¿A qué debemos tan elevado patriotismo? –quiso saber el coronel Ayala.

–A que hoy mismo, un trozo de España ha quedado plantado en el corazón de Norteamérica –afirmó Juanito antes de explicarles que había trasladado pieza a pieza y piedra a piedra una iglesia románica de las que aquí despreciamos y que a esta misma hora de América había quedado instalada en un bello jardín entre las arterias de la magnífica ciudad de Boston, donde ya ha comenzado a ser admirada.

–¡Si no es un símbolo de la España grande e imperial, que venga Dios y lo vea! –agregó el mercader de arte para rematar su explicación.

Los milicos reconocieron la gesta exportadora que a todas luces indicaba que lo español era inmortal e imperecedero y, como tal, carecía de fronteras, y por ello y por no sé cuantas cosas más, España era grande y se merecía, claro está, el brindis que proponía aquel afortunado patriota, es decir, el gitano Juanito.

Así las cosas, el camarero se apresuró a cargar la bandeja y servir a los señores milicos y a sus amigos germanos, y Rabadán, al quite, se aprestó a ayudarle abandonando la barra con una bandeja vacía para recoger los vidrios y los platos usados de lo alto de las mesas.

Ya con las copas llenas, Juanito batió palmas reclamando atención y silencio: “¡Señores, señores, un momento, señores!” Un punteo de guitarra acompañó su breve discurso: “Señores míos, les propongo que brindemos todos juntos con nuestros amigos oficiales del glorioso Ejército Nacional por los valores históricos imperecederos de nuestra Patria común, indivisible y grande, cuya indeleble huella imperial se derrama por los cinco continentes, desde Oceanía a la Patagonia. Así pues, caballeros, ¡por España!”

El revuelo y el chasquido de los vidrios en torno a la mesa de los señores milicos fue seguido del desplazamiento de la Mujer Morena, que se incorporó y ahora sí, se arrancó en un taconeo ágil y furioso. Unos minutos después, tendía la mano al general Ferrari, arrancándole de su silla y llevándole al centro del círculo de palmeros y jaleadores. La Mami realizó varias piruetas y con la mano extendida hacia el general echó a cantar por Chiquita la Piconera.

Debió ser el movimiento de sillas, el jaleo, la atención de los germanos al cante y al baile, la suma del capitán Orejas y del Marino al corro de los palmeros y la prolongación durante una hora de la aquella fiesta de patriótica hermandad entre payos y gitanos que culminó con el cante del pasodoble al pintor y a la modelo –“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…”, etcétera–, lo que facilitó a Raba una limpia ejecución sin contratiempos de la operación indolora del cambio de maletines.

Ni siquiera Lucas se percató de la hábil actuación de Leonardo Rabadán o Raba. Sólo cuando los señores alemanes se despidieron hasta más ver y Juanito y Mami y su trouppe fueron saliendo en dirección al Villa Rosa, un tablao flamenco donde siguieron la juerga, y apareció el sargento conductor del general Ferrari y detrás salieron Ayala y el Marino y el capitán Orejas, Lucas se enteró de que el maletín del general milagro no era el que había dejado a sus pies el alemán don Bernardh sino el que habían llenado con serrín y mantenían guardado en la parte baja del armario de Manolo Elimpia. Se enteró porque en cuanto traspusieron, Raba se acercó a él para ayudarle a recoger los vidrios y le susurró: “¡Lo conseguimos, chico!”

Los maletines de la misma marca poseían una mecánica de cierre idéntica, con la misma llave para todos, y lo abrieron en la cueva sin mayor dificultad. Debajo de unos papeles manuscritos y mecanografiados, prendidos con una grapa, y unas facturas con números y nombres ilegibles, enseguida vieron los fajos de billetes de mil, dos mil y cinco mil pesetas. Rabadán calculó al vuelo: “Lo menos cuatro millones, chico”.

–Cierra, cierra, y cuidado con las huellas –le advirtió Lucas.

Raba cerró el cartapacio y Lucas lo limpio con una bayeta antes de abrir la carcasa de plástico de una garrafa de vino, meter el maletín, incrustarle una boca de vidrio rota para disimular y cerrarla de nuevo. “Visto para sentencia, chico”. Colocaron la garrafa entre las otras allí almacenadas y salieron a la superficie, Lucas con una caja para recoger frascos de refrescos vacíos y Raba con varias botellas de vino para reponer el consumo y disimular su momentánea ausencia tras la barra.

Era ya tarde. En las mesas quedaban algunos parroquianos rezagados, el crítico teatral don Alfredo, el banderillero Molina, el señor Carro –burócrata municipal que libaba con un galguita– y Unamunín, que hacía lo propio con otro experto jurista. En la barra se acodaban dos o tres borrachines. Lucas miraba el reloj: faltaban diez minutos para completar su turno. Manolo Bolo limpiaba las mesas y, para presionar a los rezagados y evitar que se apalancasen nuevos clientes, colocaba las sillas patas arriba sobre las mesas de mármol y barría el suelo de un modo enérgico. “¿Por qué no se irán de una puta vez estos pesados?”, susurraba. De pronto un coche negro se paró delante de la puerta e irrumpió el general Ferrari como deux est machina, seguido de dos fornidos policías militares con cara de pueblo, y se dirigió a Raba:

–¡Quiero saber quién ha sido y quiero aquí el maletín ahora mismo!

Rabadán se sorprendió y le preguntó en qué consistía la cuestión, y el general le informó con profusión de recogilondrios que le habían quitado el maletín.

–¿Está seguro de que se lo han quitado aquí?

–¡Recogilondrios, pues claro que ha sido aquí! ¡Ahí mismo! –dijo señalando con el dedo su sitio habitual.

–Pues ¿qué quiere que le diga?, yo no he visto nada. Espere a ver si el chico…

Lucas subió de la cueva en ropa de calle y aseguró que tampoco había visto nada extraño.

–¡Recogilóndrios! ¿No viste a ningún gitano salir con un maletín?

–No mi general. Un gitano con un maletín se nota. Si lo hubiera visto…

–¡Haz memoria!

–Ya la hago, pero si hubiera visto a alguno, lo recordaría; un gitano con un maletín se nota, vaya si se nota.

–¿Y no viste nada raro, chico? –le preguntó Raba.

–Nada extraño, si descontamos el  brindis y la alegría que se vivió aquí mismo.

–¿Y tú, Bolo? –inquirió Raba.

–Yo estaba de cocina y sólo me asomé una vez al oír el cante.

–Mi general –interrumpió Lucas–, ¿está usted seguro de que le hurtaron ese maletín? Haciendo memoria creo que lo llevaba usted en la mano cuando salió. Es posible que lo haya olvidado usted en otro sitio…

–¿Acaso dudas de mi palabra?

–No, no, por Dios, mi general. Sólo he querido decir que algunas veces, cuando uno va cargado, se olvida de lo que lleva en la mano… Eso me ha pasado a mí y le ocurre a cualquiera, ya me comprende.

–¡Claro que te comprendo, granuja! –exclamó el militar, visiblemente furioso. Acto seguido, caminó hacia un montón de porquería de la barredura que Manolo Bolo había formado al final de la barra y ordenó a uno de los dos mozos de uniforme que dejara de mordisquear la correa del casco e hiciera el favor de inclinarse y coger un puñado de serrín. El policía militar obedeció sin rechistar y le mostró la palma de la mano con las moleduras de madera. El general cogió algunas briznas con sus dedos, las puso ante sus ojos, las olió y exclamó: “¡Es el mismo serrín!”

Raba, Lucas y Bolo observaban con curiosidad y asombro las pesquisas del general y el primero le preguntó si se encontraba bien, a lo que el militar contestó: “Perfectamente, no se preocupe”. Y a continuación ordenó a los dos mozos: “Registren todo esto”, dijo haciendo un semicírculo con una mano. “Y usted –añadió mirando a Manolo Bolo–, baje el cierre y que no entre nadie”.

–No tan deprisa, general –afirmó Raba encarándose a él con los brazos en jarras–; aquí las órdenes las da el jefe y nadie va a registrar nada sin un mandamiento judicial, ¿me entiende?

Unamunín y el jurista se acercaron a la barra. El banderillero Molina salió huyendo. Los borrachines rezagados le siguieron. El general dio por no oídas las palabras de Raba y ordenó a los dos policías militares que comenzasen a registrar bajo el escaparate y las cámaras frigoríficas. Pero Rabadán y Lucas se colocaron en la entrada de la barra y les dijeron que no podían registrar nada sin una orden judicial. Y Unamunín y el jurista se pusieron de su lado y argumentaron que cualquier registro en propiedad privada que careciera de mandamiento judicial o no se realizase en presencia de la autoridad judicial propiamente dicha vulneraba la ley y podría ser motivo de denuncia, en la que, si aquella violación se perpetrase, ellos mismos actuaría de testigos de los denunciantes.

Dicho lo cual, Unamunín, que estaba un poco cogorza, pero regía perfectamente, sacó una agenda de su bolsillo, la estampó sobre la barra para reafirmar su decisión de testimoniar frente al birria del general, la abrió parsimoniosamente como si se dispusiese a levantar acta, miró los números que figuraban en los correajes blancos de los dos PM (Policía Militar), los anotó, miró al general con gesto desafiante y le dijo: “Sepa usted que se juega los galones”.

–¡La madre que te…!

–¿Se atreve a amenazarme?

–¡Recogilondrios, el abogaducho de mierda! ¡Claro que me atrevo! ¡Arréstenlo! –Ordenó el general a los PM.

Pero éstos se miraron entre sí, como diciendo: “Se ha vuelto loco”. Y uno se inclinó sobre el general y le susurró unas palabras al oído. De sobra sabía el general que no podían detener a un paisano, salvo si le pillaban in fraganti cometiendo un delito.

–Recapacite usted, señor oficial; este señor no es un abogaducho de mierda, es un letrado del Estado –le hizo saber el compañero jurista de Unamunín.

–No se preocupe, no será arrestado –replicó Ferrari. Y luego, dirigiéndose a los PM, les ordenó: “¡Adelante!”

Los PM saltaron la barra y lo revolvieron todo, comenzando por el espacio que había debajo del escaparate y siguiendo por las cámaras frigoríficas. Rompieron algunas botellas y arrojaron al suelo las cajas de marisco, pescado, una bandeja con callos congelados, albóndigas, salazones. Rabadán, alarmado, corrió a llamar por teléfono al jefazo Marzo, y Unamunín, en un extremo de la barra, anotaba el descoloque que Lucas y Manolo Bolo se esforzaban en reparar tras la acción de los uniformados.

–¿Qué hay aquí abajo? –preguntaron.

–La cueva del vino –dijo Lucas.

Los PM abrieron la trampilla y se dispusieron a bajar por la escalerilla de madera, cubierta de mugre y serrín. “Cuidado, no se vayan a estronciar”, les advirtió Raba. Lucas les siguió. El general Ferrari bajó unos peldaños y observó el registro desde lo alto. A la luz de las dos bombillas que iluminaban la cueva lo ojearon todo, husmearon por las esquinas, miraron bajo la pila, atestada de botellas vacías de vino que serían enjuagadas y rellenadas al día siguiente, movieron las garrafas, las cajas con frascos de refrescos.

–Aquí no hay nada –dijo un PM mirando hacia arriba.

–¡Revisen, revisen! –ordenó el general.

Movieron las garrafas de vino, dieron varias vueltas, uno detrás del otro por la insalubre cueva, que olía a alcantarilla y vinagre, y se miraron entre sí con gesto de circunstancia.

–Nada, mi general.

En ese momento se asomó el jefazo Marzo, que acababa de llegar, y les gritó: “¡Vayan terminando, amigos!” El general aceptó la orden y les ordenó que subieran. Lucas respiró tranquilo y subió tras soldados. Cuando llegó arriba vio al jefazo con la mano junto al pecho, cerca de la cartuchera de su Astra sobaquera, frente al pequeño Ferrari, que se negaba a suspender el registro. Los PM registraban el armario de Manolo Elimpia y revolvían sus cajas con tabaco. Después se dirigieron a la cocina. Al jefazo le molestaba la falta de confianza del general en el personal de la casa, pero aceptaba el registro y el estropicio si con ello se quedaba tranquilo.

Siguieron a los PM hasta la cocina y, una vez allí, revisadas las perolas, una nevera, el horno y las alacenas, el oficial admitió que le habían dado un maletín lleno de serrín “como el que esparcís aquí por el suelo para absorber la humedad”.

–¿Un maletín con serrín? –se extrañó el jefazo.

–Si, serrín como el de ahí fuera.

–¡Lógico! –exclamó Raba.

Su afirmación sorprendió a los congregados. Él explicó:

–Pongamos por caso, general, que el maletín contuviera papeles, documentos, incluso dinero… Un suponer. ¿De dónde sale el papel? De la madera, ¿no? Así que quien haya querido hacerle una pifia sabía que el serrín pesa lo mismo que el papel, fue a una carbonería, compró una bolsa de serrín y la puso en el maletín para que usted no sospechara al peso.

–Es posible –admitió el general–, pero no puso una bolsa, sino a granel.

–¡Ya es mala leche! –Exclamó Raba.

–Joder, Ferrari, ¿cómo se te ocurre pensar que alguien de aquí te iba a gastar una broma tan pesada? Si no te conociera bien diría que se te ha ido la olla y no nos consideras amigos ni personas serias y honradas –le reprochó el jefazo Marzo.

Los PM seguían remirando en los armarios de la vajilla y las perolas. El general les ordenó que dejaran de buscar y comenzó a darse golpecitos en la frente con el dedo índice y a exclamar: “¡Qué recogilondrios, recogilondrios!” Luego, como si se hubiera convencido de un fallo personal irreparable o reparable en otro lugar, se disculpó con el jefazo Marzo por las molestias que le había causado y ordenó la retirada.

Unamunín y el jurista se miraron de reojo y cuando el militar abandonó el establecimiento se rieron de buena gana y comentaron: “El enemigo les quita la estrategia y les pone serrín, que es lo que tienen esos en la cabeza… Como para ganar una guerra están”.

–¿Me puedo ir ya? –preguntó Lucas.

–Si, hasta mañana, chico.