El orador se colocó tras el micrófono y prorrumpió: “Queridas compañeras y queridos compañeros, apreciados amigos y apreciadas amigas, bienvenidos todos y todas…” Un oyente se dijo: “He aquí otro personaje dedicado a crear un problema para cada solución”. El orate inició su discurso: “Me voy a referir a la carestía de la vida; días atrás estaba yo comiendo pollo (“¡Y polla!”, gritó uno) en un restaurante low cost cuando me vino a la cabeza (“¡Y el cabezo!”, gritó uno que parecía otro) la idea (“¡Y el ideo!”) de que, al precio que están las cosas (“¡Y los cosos!”), valdría la pena (“¡Y el pene!”) ponerse a criar avestruces (“¡Y avestruzos!”, intercaló otro que parecía uno).
Aunque el tribuno era un político consagrado, se sintió molesto por la persistencia del toca pelotas. Hizo una pausa, se quitó las gafas, dirigió una larga mirada al público. “Veo que aquí hay algún machista”. “¡Y machisto!”, exclamó uno.
El orador miró al techo, como pidiendo paciencia a algún dios, y unos segundos después prosiguió su monólogo: “En una esquina (“¡Y esquino!”, exclamó alguien) había un perro chico (“¡Y perra chica!”) de pelo amarillo (“¡Y pela amarilla!”) que me miraba con el respeto que se merece un cargo público (“¡Y carga pública!”).
Entre el público florecían risitas.
El conferenciante, visiblemente molesto, dijo en tono tajante: “Si alguno o alguna no tiene interés en lo que estoy diciendo y voy a decir sobre la inflación, le ruego que se marche y deje de tocar las pelotas”. “¡Y los pelotos!”, añadió alguien.
Se oyó una carcajada y después otra y otra y más. Es lo que tiene la risa, que es contagiosa, empieza uno y al final casi todos ríen.
Pero el tribuno no se dio por vencido. Quería hablar de la inflación y no renunciaba a su exposición, así que esperó a que la risa dejara de burbujear. “Bueno, ahora en serio –dijo–; aquí no se obliga a nadie (“¡Ni nadia!”, apostilló uno), así que si alguien está a disgusto, puede abandonar el salón” (“¡Y la salona!”).
El orate hizo un gesto como si atrapara una mosca y luego apretó el puño para estrujarla y prosiguió con su prédica sobre la carestía (“¡Y el carestío!”), el alza de los combustibles (“¡Y las combustiblas!”), el alto precio de los garbanzos (“¡Y las garbanzas!”), las peras (“¡Y los peros!”). Y así sucesivamente. “¿Y todo ello, por culpa de quién?”, preguntó al auditorio. “¡Del Gobierno!”, gritó alguien. “Efectivamente –añadió el orador–, de los miembros y miembras de este gobierno”.
“Acabáramos”, se dijo el oyente, un poco frustrado de que el orate, un necio, no hubiese aprendido algo.
Con un título tan bíblico como real, Nunca se sacia el ojo de ver, el escritor Daniel Díez Carpintero reúne otros nueve cuentos, publicados por la editorial Sloper. Si en su primer volumen de relatos, El mosquito de Nueva York(premio Café 1916), publicado por la misma editorial, demostró un gran talento para reflejar la necedad humana y sus parientes cercanos, la obstinación y la impaciencia, en este nuevo libro nos ofrece más cuentos de un realismo crudo y en los que, al mismo tiempo, la realidad se muestra deformada por la subjetividad obsesionante y alucinatoria de los personajes. Estamos ante nueve piezas de profundidad psicológica y carga emocional muy intensas. Sin distanciarse de la vida común, cada uno de estos relatos atrapa al lector desde la primera línea, le conduce por atmósferas inquietantes y anómalas, le muestra la privacidad de criaturas insólitas, raras, en ocasiones memorables y provistas de una ternura secreta. El ojo que nunca se sacia de ver aviva nuestra curiosidad sobre la realidad de seres cuyo destino posee la fuerza de la desgracia y la virtud de la esperanza.
Desde el hedonista al que solo le interesa el deseo sexual que siente por la joven predicadora que llama a la puerta para hablarle de Dios, hasta el desempleado que vuelve cada verano al camping de Sanabria junto al lago y, entre otros fenómenos, evalúa el progreso de los vecinos del año pasado (ya no arman la tienda de campaña: ahora tienen autocaravana), pasando por las vivencias del padre y el hijo pequeño que regresan a un país, el suyo, en el que nadie es bienvenido y sienten la pobreza y la desgracia palpitando como el pulso de sus arterias, cada cuento de Carpintero se lee con avidez y sorpresa: son piezas llena de hallazgos verbales y estilísticos. Como en las buenas narraciones, aquí siempre se sugiere más de lo que se cuenta y hay mucho más de lo que se ve.
Sobre su libro anterior, El mosquito de Nueva York, la revista Quimera destacó: “En algunos de los cuentos se crea una mixtura de tensión, humor negro e ironía que nos lleva a una atmósfera anómala, pocas veces recreada en la narrativa breve española”. Que los amantes del género breve apunten su nombre. He aquí un cuentista de raza.
Acerca de la igualdad de género contó el profesor Leontief, recién llegado de asomarse a los acantilados, el caso de un crédulo muy notable que habiendo leído la noticia de que las mujeres serían llamadas a hacer el servicio militar obligatorio –alistadas, se dice– lo mismo que los hombres, picó el anzuelo y publicó un artículo defendiendo ardorosamente la iniciativa gubernamental. “Ya es hora de que se les reconozca, a las mujeres, el derecho a la igualdad en el sacrosanto deber de defender a la patria”, escribió.
Don Tancredo miró al profesor con cara de risa y dijo: “Me acuerdo perfectamente del artículo de aquel mastodonte; vaya si picó”.
–Lo que no quita para que le dieran el Nobel de Literatura –dijo el profesor.
–¿Qué quieren decir con que picó? –preguntó Vera.
–Que la noticia era falsa, una inocentada digna de Alfonso Castelao en la primera plana de un periódico de la capital el 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes –le aclaró el profesor.
32
La visita a don Tancredo Muerto permite a Vera Veraz verificar la vigencia del pareado de Gasulla en su Biblia en Verso: “Jesucristo nació en un pesebre y donde menos se espera salta la liebre”. La liebre es el noruego de enorme cabeza Johannes Tellefsen. Vera ha contenido su curiosidad mientras le contaba la muerte de don Tancredo, pero finalmente le pregunta:
–¿A qué ha sobrevidido usted, don Super?
–A mucha mala leche.
–¿En qué sentido?
El viejo estira trabajosamente el pescuezo, eleva su cabezota caída sobre el pecho, mira fijamente con sus acuosos ojos azules a don Tancredo Muerto y dice:
–Anda, cuéntaselo tú.
–Tampoco hay mucho que contar, salvo que este carcamal ha sobrevivido a tres naufragios.
–Y a mucha mala leche –insiste don Super Viviente.
–Eso también, pero tres naufragios son tres naufragios.
–¿Podría entrar en detalles? –le pide Vera.
–Aquí el amigo era primer ingeniero maquinista de un buque noruego cuando un submarino alemán le lanzó un torpedo sin señal ni aviso previo. El buque se hundió en unos pocos minutos y él logró saltar a un bote con otros 19 de los 22 compañeros que iban en el barco. Dos murieron. Estaban a unas 200 millas de las costas de México y al cabo de cinco días llegaron a Gutiérrez Zamora, donde los acogieron y atendieron muy bien antes de ser trasladados a un hospital de Puebla, donde se restablecieron. Aquel fue su último naufragio. Antes había sobrevivido a otro ataque de los malditos nazis en el Mar del Norte. Saltó a un bote y lo evacuaron a Inglaterra. De allí embarcó hacia Estados Unidos, donde contrató en un buque de pabellón panameño y los malditos nazis lo atacaron. Pereció toda la tripulación menos aquí el amigo y un compañero. Ellos salieron vivos y consiguieron hacer una balsa. Estuvieron… ¿Cuanto tiempo estuviste la segunda vez que te atizaron?
–Ocho o nueve días –dice el noruego.
–Estuvieron todo ese tiempo amenazados por los tiburones.
–Peores eran los nazis; si nos localizan nos joden –añade.
–¿Peores que los tiburones?
–Más malos que el gas.
–La cosa es que se los habrían merendado si no llega a ser por un aviador mexicano que los vio en alta mar y dio parte para que los rescataran. Pero la suerte duró poco porque a los dos o tres días de embarcar otra vez en un barco noruego, lo volvieron a atacar, y ahí tiene usted el tercer naufragio de aquí, el camarada.
–Ciertamente extraordinario. Ya supongo que no se volvió a embarcar –dijo Vera.
–Supone bien.
–¿Y cómo se las arregló para vivir?
–La pintura.
–¿Es discípulo del gran Munch?
–Lo admiro mucho, me ha enseñado mucha técnica, pero yo no disecciono almas como hacía él. La angustia de El Grito, la soledad de Melancolía y todos los demás sentimientos son demasiado elevados…
–Supongo que el erotismo de Los Amantes o El beso…
–Eso es otra cosa. La Madonna me parece más asequible a las racionales mentes.
–Diga usted que aquí el amigo, aunque no se las dé, es muy buen pintor ambulante –tercia don Tancredo–; anda que no habrá retratado guajes ni nada, incluso después de que llegara la fotografía.
–Y pueblos, monumentos, paisajes urbanos…
–¿Y usted?
–Yo no, yo arreglo relojes –contesta don Tancredo.
El noruego Johannes alarga la mano, agarra el cuaderno de láminas que ha dejado sobre la silla, lo abre, mueve el lapicero sobre la lámina a la velocidad endiablada de un sismógrafo que registrara un terremoto del nueve, saca de la faltriquera una esponjita, la pasa con decisión sobre la página, escribe una palabra breve, arranca la lámina de los aros de alambre del cuaderno y se la entrega a Vera: “Su retrato, señorita”. Ella lo mira y se admira. “He quedado que ni pintada”, dice.
33
La mayoría de los habitantes de aquella tierra mágica había oído hablar del Centauro, pero ninguno era capaz de aportar dato o pista alguna que pudiera conducir a Vera y al profesor Leontief hasta los familiares o allegado de aquel ser con cabeza de persona y cuerpo de caballo. Se sabía que Centauro era un joven muy inteligente, de ojos oscuros y grandes, pelo ensortijado y voz dulce y agradable, con un deje de relincho de caballo. También se sabía que había trotado mucho por toda Europa antes de que estallara la segunda Guerra Mundial (1940-1945) y que había escrito muchas crónicas y entrevistas con personajes de primer órden para el periódico Claridad y que se desempeñó bien como corresponsal diplomático, pues manejaba perfectamente las lenguas alemana, inglesa, francesa e italiana. Pero a partir de ahí no se sabía más. Unos decían que posiblemente le pilló la bomba atómica que los estadounidense lanzaron sobre Irosima y otros sostenían que lo habían matado por confusión los norteamericanos en Italia, pues el último reportaje que había publicado en el periódico de la UGT era del país de la bota, concretamente una entrevista al galope con el Ducce Benito Musolini. Todo esto ya lo sabía y tenía perfectamente documentado Vera Veraz.
Un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad famosa por el caballo blanco del Apóstol, les recomendó que consultaran con el escritor Álvaro Cunqueiro. Fueron a verle y les habló de cometas y fenómenos celestes que habrían influido en la concepción de aquel ser tan raro como extraordinario. Pero después de una larga conversación, con merienda incluida, solo les pudo recomendar que consultaran a una meiga, una mujer muy sabia y con grandes dotes de adivinación, quien, por aproximación y con cierto margen de error, podría indicarles la zona donde estaría la aldea natal de Centauro. La meiga residía en otra ciudad. Les dio hora para el martes a primera hora. “¿No puede ser antes?”, le rogó el profesor. La mujer sabia le contestó que no. El profesor insistió: “Ya comprendo, doña Beberinda, que tiene la agenda llena y que su tiempo es oro, pero estamos dispuestos a pagarle más si nos atiende antes”. La meiga le aclaró: “No van por ahí los tiros, amigo; veo en su cara un tema muy complejo y mi mejor día es el de Marte”. Esta respuesta conformó al profesor, aunque no tanto a su ayudante de campo, quien después de tantas jornadas de viaje ya ardía en deseos de reunirse con su novio.
Se alojaron en el Marnos, que resultó ser el hotel de los amantes. El nombre ya lo indicaba: “¿A dónde vamos?”, preguntaba él o ella. “Vamos a Marnos”, respondía ella o él. Y entretuvieron los dos días de espera leyendo y paseando junto al mar.
–Veo una cebra –dijo la meiga adivina después de varios minutos con los ojos cerrados.
–¿África?
–No, un traje a rayas –precisó doña Beberinda, volviendo a mirar el agua del caldero oxidado que pendía de las canencias sobre un fuego de troncos rodeado de piedras del río en el suelo de aquel caserón desvencijado por el que pululaban las gallinas. .
–¿Campo de concentración? –inquirió Vera.
–Campo de concentración –afirmó la mujer antes de sentarse y volver a cerrar los ojos. Leontief y Vera esperaban impacientes, pero doña Beberinda sólo dijo: “Perros, muchos perros”, lo que les llevó a suponer lo peor.
–¿Lo devoraron los perros? –preguntó el profesor.
Doña Beberinda no contestó. Se advertía el trance en su expresión y ellos se abstuvieron de preguntar. Varios minutos después, la meiga pronunció otras tres palabras que en realidad eran dos: “Agua, mucha agua”. Vera iba a preguntar si era el mar, pero Leontief le hizo una seña con el dedo en el labio. La bruja se mantenía inmóvil, agarrada a la cadena de la canencia con ambas manos, los ojos cerrados y la cabeza muy alta. Las perlas de sudor de la frente recorrían su cara y caían desde la punta de la nariz hacia el cubo oxidado con agua. Sudaba como un picador. “Esta mujer se va a asar como una patata”, pensaba Vera mirando al profesor. Transcurrieron diez minutos hasta que la meiga abrió los ojos, sacudió ligeramente su cabeza, que acababa en moño y fue a sentarse sobre una piedra lisa, rodeada de otras piedras alisadas en las que solían sentarse los clientes.
–Lo primero que he de decirles es que Centauro no es de esta tierra aunque haya sido visto por aquí, sino de Castilla, del interior de Cantabria, provincia de Burgos, tierra alta, olor a oveja, padre pastor, rabadán de la Mesta.
–¿Lo devoraron los perros?
–Lo persiguieron, pero él corrió más.
–¿Y el agua? –dijo Vera.
–Eso es que cruzó el Atlántico.
–¿Donde puede estar?
–Llegó a Norteamérica por mar.
–¿Cuántos años pudo vivir?
–Lo que dura un caballo, treinta o treinta y cinco a lo más.
Vera Veraz se sintió tan contenta de que al Centauro no hubiese sido descuartizado por las hambrientas jaurías de perros locos de los nazis que pagó de buena gana la alta minuta a la meiga y aun solicitó al profesor unas monedas sueltas de propina para los muchos niños necesitados que aquella mujer prohijaba. Se despidieron y abandonaron la ciudad en la dirección que la adivina les había indicado. Cruzaron paraísos naturales en trenes de vía estrecha y viajaron en autobuses de línea que, según el profesor, deberían llamarse de puntos suspensivos por las sorpresas y el suspense que a los viajeros deparaban. Llegaron al territorio de las Merindades donde, según la visionaria, el Centauro habría sido engendrado y nacido sietemesino el Año del Cometa. Pero Las Merindades eran unas comarcas de mucha extensión para localizar la aldea natal del Centauro y obtener datos sobre él por boca de familiares y vecinos. Eso sin contar con que los pobladores de aquellas tierras eran gentes pedregosas, recias y de poco hablar. La tarea no iba a ser fácil, pero di tu que tuvieron una suerte del demonio al dar con un cartero jubilado de más de un siglo de edad y la cabeza más sana que la hostia o la hostia de sana, como dijeron indistintamente los parroquianos a los que solía ganar al mus.
–Naturalmente que me acuerdo del Centauro –les dijo el cartero, que se llamaba Camilo y tenía cara de mirlo–; es más, no necesito acordarme porque no olvido nada.
–Eso es estupendo –se alborozó Vera.
–Según se mire –templó el hombre.
–Quiero decir que su memoria histórica es magnífica para que nos cuente lo del Centauro –puntualizó Vera–. Tengo entendido que nació el Año del Cometa ¿verdad?
–Sí señorita; aquel año pasaron muchas cosas raras y ensegida vino la guerra. De lo atinente al Centauro ya les digo que la criatura vino al mundo en la choza de los Florez, en el monte. La madre estaba horrorizada y se negó a darle de mamar para que se muriera. El padre iba a ahogarle en el río para que no sufriera. Pero su hermanita le quería para jugar con él y como al padre le daba pena matarle, le hizo un corralito aparte y aceptó que la nena lo alimentara con biberones de leche de burra. Al cabo de unos días, el Centauro ya trotaba y decía palabras. Empezó a hablar enseguida. Y era listo el pardal. Con decirle que una vez que subía yo en la Pedorreta a llevar la correspondencia a los de los chozos, cosa que hacía cada semana, me preguntó si podía ser amigo mío y como le dije que sí, enseguida me encargó que le comprara El siglo de las luces de Alejo Carpentier. ¿Cómo me vas a pagar? Con setas, dijo él. Y además te arreglo la Pedorreta para que alcance más potencia y no haga ese ruido y la gente no se ría de ti.
–¿De verdad le dijo eso, don Camilo?
–Tan cierto como el que saca un ojo y queda tuerto.
–¿Y qué pasó después?
–Acertó a pasar por allí un tal doctor Maustken, un espeleólogo alemán que recorría la zona buscando mineral, y a la que vio al Centauro Florez lo quiso para él y entró en tratos con el padre y lo compró por 58 pesetas y se lo llevó. La hermanita lloraba, pero el papá la consoló comprándole una muñeca y un vestido nuevo, y el propio Centauro le prometió que le escribiría contándole cosas de aquel país, como, en efecto, así hizo. En cuanto llegó a Alemania, fue ingresado por aquel doctor Maustken en el famoso Instituto de Biología Genómica Helmohltz Xentrum Munchen para que lo examinaran y estudiaran y realizaran experimentos con él. Más que ingresado diga usted, señorita, que fue mercado por el espeleólogo, el muy cara dura, a un precio que multiplicó por diez lo que había pagado.
–Pobrecito, lo metieron en cautividad.
–Si, señorita, así fue; le impidieron trotar en libertad. Aunque si le sirve de consuelo diga usted que enseguida aprendió palabras de esa lengua que se estornuda y empezó a ganar el corazón de los científicos hasta el punto de que le traían tabaco a escondidas y le permitían fumar y de que en vez de inyectarle virus y todas aquellas porquerías, se las ponían a los ratones y no a él, lo que le permitió seguir su evolución natural. Y claro, como era tan simpático y enredador, enseguida los científicos empezaron a divertirse con sus ocurrencias y le trasladaron a una estancia más espaciosa en la que le construyeron un pequeño hipódromo para que hiciera ejercicio.
–¿Quiere decir que aquellos bárbaros del norte no le trataron mal?
–Parece ser que no le hicieron tanto daño como era de temer. Se ve que les divertían sus piruetas, su forma de saltar y muchas de sus expresiones. Sobre todo las mujeres se entusiasmaban con él. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, es decir, que por un lado descendió la actividad científica del laboratorio porque los investigadores se pasaban el tiempo jugando, apostando y discutiendo con el Centauro.
–¿Discutiendo?
–Ya le digo, señorita; de apostar entre ellos a ver si saltaba la altura de tal o cual listón pasaron a los ejercicios dialécticos con él, pues en cuanto leyó a Arthur Schopenhauer, estalló la dinamita intelectual que llevaba en el cerebro y filosofaba mucho mejor, ¿donde va a dar? que don Miguel de Unamuno y que el mismísimo don José Ortega y Gasset, lo cual apasiona tanto o más que la música y el deporte a aquella gente. Y comoquiera que además nuestro Centauro Florez –digo “nuestro” porque nunca dejó de ser de aquí y de escribir regularmente a la familia– manejaba la dialéctica clásica, les aplicaba la mayéutica de Sócrates y los desenmascaraba.
–Eso siempre es peligroso.
–Según y cómo; si les quitas la máscara poco a poco, tipo test, esas gentes aceptan mejor el asco de sí mismos. Y diga usted señorita que el Centauro era inocente, pero no tonto, y que parece ser que solo una vez estuvo en peligro porque le dijo a uno de sus tercos adversarios dialécticos, que se creían superiores: “Compara la impresión de un animal devorado por otro desde el punto de vista del que es devorado”.
–Una provocación en toda regla a aquella gente que se creía superior –observó Vera.
–Eso mismo digo yo –coincidió el centenario don Camilo–, pero se conoce que la cosa no pasó a mayores porque de la investigación que realizó la dirección de aquel centro sobre las causas del descenso de la producción de los laborantes resultó que la línea descendente comenzó con la compra del Centauro por parte del centro y se acentuó con el paso de las semanas, a medida que la criatura iba creciendo en talento y sabiduría, y también físicamente, claro. En definitiva, que habían hecho un mal negocio con aquella compra, así que llamaron al embajador de España, que era el señor Zulueta, y se lo entregaron diciendo que era español. El embajador, muy buena persona por cierto, se lo llevó encantado y como el Centauro no tenía ninguna gana de volver a España sin tener la oportunidad de conocer Berlín y asomarse a las vallas de las grandes obras que los jefes del régimen nazi acometían en la ciudad, le instaló una casita de madera y le dejó quedarse a vivir en el jardín de la embajada. Se dio entonces la circunstancia de que entre el grupo de periodistas que en aquellos días visitaron la embajada iba el director del periódico madrileño Claridad y, admirado con la labia y los conocimientos de Florez, le nombró corresponsal fijo y volante.
–Tengo entendido que llegó a entrevistar al mismísimo Hitler.
–Así fue, aunque no se tratara de una entrevista periodística clásica porque, en realidad, fue el producto de un desafío.
–¿No me diga que desafió al Führer?
–Como lo oye, señorita. Y no solo eso: también retó al duce Mussolini, que era otro fanfarrón.
–Cuénteme cómo fue eso –le pidió Vera antes de solicitar al tabernero más chupitos de pacharán casero, no fuera a ser que a su interlocutor, que lo bebía con agua, se le secara el gaznate y dejara de hablar.
–En lo atinente al maldito Hitler aquel, nuestro Centauro Florez le retó a una partida de ajedrez con la sana intención de que demostrara que era tan inteligente como quería hacer creer. Ya comprenderá que tratándose de un centauro aceptó el desafío por mero divertimento y curiosidad, pues nunca había visto a un centauro que jugara ajedrez y, por otra parte, en contra del criterio de su correligionario, el paticorto y archimentiroso Goebels, estimó que ganar la partida a un tipo así era pan comido. Le citó en una lujosa residencia palatina del interior de la Selva Negra a la que el centauro llegó a galope tendido y, sin ofrecerle un zumo ni una manzana siquiera, le introdujo en una sala custodiada por guardias inmóviles, con los dedos índice a cinco milímetros del gatillo, se bebió de un trago media jarra de cerveza y le ordenó que moviera ficha, lo que el Centauro hizo con mucho gusto. Luego de beberse el resto de la cerveza y un largo trago de otra jarra –se las ponían de tres en tres–, aquel tío optó por una salida en tromba para arrollar a Florez, que enseguida adoptó una táctica defensiva y aplicó la técnica de guerrilla, con golpes certeros a la retaguardia. El tío le miraba de mala hostia y Florez, que de buena gana se habría tomado una birra, se reía para sus adentros y mantenía su seriedad profesional mientras le infligía una escabechina.
–Supongo que era consciente de que se jugaba la vida.
–Naturalmente que si, y por eso mismo cuando vio que el tío se iba poniendo rojo de ira y estaba a punto de estallar como una bombona de gas butano, le ofreció tablas a cambio de que le respondiera unas preguntas sencillas para el periódico cuya corresponsalía le había sido asignada. Y ahí tiene usted el origen, causa y razón de la famosa entrevista en exclusiva en la que aquel botarate, una auténtica bestia parda enloquecida, anunció su intención de apoderarse del mundo y de demostrar por las malas la superioridad de la raza aria.
–No me explico cómo nuestro Centauro salió vivo de aquella entrevista.
–Eso fue parte del trato, aunque en otros términos, naturalmente, pues Florez, que no tenía ni un pelo de tonto y sabía cómo las gastaba el tipo, añadió para quedar en tablas la condición de que le firmara un salvoconducto para poder entrevistar a su amigo Mussolini. Y como el tío aceptó y ordenó a un propio que le entregara su tarjeta, quedó atrapado en su propia decisión y no tuvo más remedio que dejarle marchar sano y salvo.
–¡Anda que le importa mucho a esa gente revocar o contradecir sus decisiones!
–Eso mismo pienso yo –reconoció el centenario don Camilo–, pero se ve que el demonio de Goebels no controlaba todas las horas del día de su muñeco asesino y al no estar enterado de la visita del Centauro no pudo ordenar que le apresaran.
El relato del bondadoso cartero jubilado prosiguió con el viaje a Italia del Centauro Florez para cabalgar al lado de Mussolini y preguntarle por las cuestiones que afligían a sus súbditos y a los demás pueblos de las riberas del Mediterráneo. De lo que no pudo hablar ya don Camilo fue del destino final del padre del centauro, pues lo mataron en la guerra y lo enterraron dios sabe donde, ni de la madre y la hermana, pues se marcharon a Lisboa y es más que probable que desde allí embarcaran hacia México, reclamadas por el Centauro Florez propiamente dicho. Antes de despedirse, la hermosa Vera supo también que la Pedorreta era la frágil motocicleta Guzzi que utilizaba el cartero para repartir la correspondencia.
Llegados a este punto de las rarezas consignadas por Vera Veraz en su recorrido por una parte del norte peninsular es oportuno señalar que así como ella y el profesor Leontief no albergaron duda de la existencia del Centauro Florez, el comité científico que examinó su trabajo manifestó profundas reticencias sobre un ser que según los doctos miembros pertenecía a la mitología y más recientemente a las creencias de algunos pueblos de América que nunca habían visto un hombre a caballo y pensaron que hombre y caballo eran el mismo monstruo. Entonces, como si hubieran adivinado de antemano los reparos hacia el Centauro, Vera y el profesor contraatacaron y pidieron que entrara en la sala de deliberaciones don Antonio Robles, quien confirmó la existencia y residencia en México, donde él mismo había vivido exiliado y de donde acababa de regresar, del refugiado Centauro Flores (nadie advirtió el cambio de la z por la s) y aportó datos tales como que coincidían con indeseada frecuencia en El Gayoso, que era el salón de la funeraria donde despedían a los amigos españoles que iban muriendo, y también se veían de cuando en cuando en la Tertulia de los Cuatro Gatos. Y dijo más. Dijo que había sido muy simpático, gran amigo de los niños, buen instructor de maestros y que dedicó toda su vida a hacer el bien a los demás. Lástima que los días sean demasiado largos y la vida demasiado corta. Eso dijo.
Torre romántica y digna residencia de personajes como Sabino Ordás y don Tancredo Muerto
Por KEY GOOD
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Tenía Vera Veraz verdadera curiosidad por conocer a un personaje legendario, un trasterrado de vuelta a este país, del que había oído hablar en una tertulia de literatos y había leído un artículo en un periódico de papel. Le llamaban don Sabino y aseguraban que residía en una localidad llamada Ardón, no lejos de la capital de provincia a la que esperaban llegar al mediodía. Aunque se hablaba mucho de aquel don Sabino Ordás, pocos, muy pocos, le habían visto. Ni siquiera una licenciada de la Universidad de Salamanca, la más antigua y renombrada de España, que realizó su tesis doctoral sobre la vida y la obra literaria y filosófica de aquel eminente contemporáneo había podido hablar con él. Eso le parecía a Vera raro de verdad y estimulaba su curiosidad. ¿Quién, por importante que sea y ocupado que esté se puede negar a una una conversación con una estudiosa de su vida y obra? “Lo cierto es –le aseguró la doctorada– que durante medio año le llamé por teléfono cada semana para que me recibiera una hora con el fin de resolver algunas dudas y vadear algunas lagunas, y nunca accedió a una entrevista conmigo. Unas veces estaba constipado y otras indispuesto”.
–También le podías haber consultado por teléfono.
–Que te crees tu eso… Nunca se ponía al aparato.
–¿Y con quién hablabas?
–Con una mujer que decía ser su asistente y secretaria.
–Bueno, podías haber ido a verle sin aviso previo –sopesó Vera.
–Lo hice, pero no dio resultado; no le pude ver. La celosa secretaria, una mujer mayor que vestía de negro y se cubría la cabeza con un pañuelo negro atado al cuello, me dio con la puerta en las narices después de recomendarme con sus ladridos de mastín que me largara de allí y no volviera a molestar al señor ni en persona ni por teléfono… Figúrate las malas pulgas de la doña.
–Me hago cargo: no era molestable –dijo Vera.
–Le envié una invitación por si deseaba asistir a la exposición y defensa de mi tesis.
–¿Y?
–No apareció.
–Puede que tenga la cara o el cuerpo deforme como un monstruo.
–¡Qué va! Dicen que es un viejo de lo más normal, que sale a pasear con un cachorro de Berdulia, la perra más promiscua del lugar, y que gusta platicar con un guardia civil comunista y que se cura los constipados con unos suculentos asados de ancas de ranas rociadas con miel que le prepara una vecina muy religiosa a la que resolvió un dilema.
–¿Qué dilema? –se interesó Vera.
–De si las ranas son carne o pescado. Él le dijo que pescado, perfectamente comestible en Cuaresma sin contravenir las normas de la Santa Madre Iglesia ni perder las indulgencias plenarias.
–Por cierto, ¿cómo te salió la tesis?
–Muy bien: sobresaliente cum laude.
–Enhorabuena –la felicitó Vera.
Mientras recordaba la conversación con la especialista en el eminente personaje, el tren paró en una estación cuyo nombre podía ser Orejudo y entre los nuevos viajeros subieron dos mujeres tan gruesas que a duras penas cabían por el pasillo entre los escañiles. La de mayor edad era la más gorda y la más torpe. Las carnes se le derramaban por todas las partes del cuerpo. Se movía con gran dificultad y la joven la empujaba y gobernaba para que avanzase de costado. Se sentaron y en un instante prorrumpieron en un concierto de pedos que ahuyentó primero a los viajeros más cercanos y acabó vaciando el vagón. “¡Madre…, que cuescos!”, salió alarmada una muchacha. Leontief aprovechó la presencia del revisor para rogarle: “¿Podría usted, por favor, abrir alguna ventanilla del vagón para que no tengamos desgracia que lamentar por la acumulación de gas metano?” El revisor le contestó que no era posible en estos coches encapsulados de ahora, se asomó al vagón, dio media vuelta, cerró la portañuela, se encogió de hombros y regresó sobre sus pasos.
Antes de llegar a la villa de Ardón repasó Vera algunas referencias sobre el eminente desexiliado don Sabino Ordás. Unas aludían a su entorno actual y otras podían venir al caso para estimular la conversación que esperaba entablar con él. Para llegar a él y persuadirle de que la recibiera podía apelar a Saturnino Plata, agricultor y convecino, propietario de una cueva del vino. Este Plata era fácil de identificar por su corpulencia, que le valía el apodo de Platón. Luego estaba el vinatero Hilario, hombre amable y ameno; también, don Facundo Madruga, contertulio y buen amigo del filósofo y escritor; doña Chon Orallo, la piadosa vecina, excelente cocinera y cuyas ancas de rana, calificadas por Agustín García Calvo como “dignas del Altísimo”, le fortalecían y ayudaban contra gripes y constipados; Manuel Rodríguez, un cabo de la Guardia Civil con el que decían que el desexiliado echaba largos párrafos desde su regreso a España y que probablemente tuviera la misión de informar al gobernador sobre sus actividades, no fuera el diablo… Y también Filín, hijo del cantinero de Ardón. Y si había suerte, el maestro jubileta al que llamaban don Pedro. Digo “suerte” porque desvivía en una residencia de ancianos en la capital y aunque solía desplazarse a visitarle todas las tardes en un ciclomotor debidamente acondicionado con parabrisas, manguitos y gualdrapas contra las inclemencias meteorológicas, algunas veces le fallaba el motor.
Otras referencias le servirían, según pensó, para tirar del hilo de la conversación, comenzando por Hemingway: pescaron truchas y salmones a mano, en la primavera de 1947, durante unas vacaciones canadienses que fueron narradas por Steven Fitzpatrick en un artículo que le hizo ganar el Premio Pulitzer al año siguiente. Y siguiendo por Manuel Andujar, un hombre muy bueno, que ayudó desde su puesto de mando en un suplemento literario de un gran periódico mexicano a muchísimos literatos españoles trasterrados, y que profesó gran cariño y admiración a don Sabino, con el que cultivó una larguísima amistad marcada por los intermitentes desplazamientos de éste desde California al México DF. También le podía mencionar a Román Jakobson, el estructuralista al que el maestro de Ardón invitó a impartir un curso en Salt Lake, y a Bernard Malamud, el gran escritor del llamado “renacimiento judío” de la novela norteamericana, y a quien conoció en los Encuentros de la Universidad de Salt Lake. Malamud quedó muy impresionado por Ordás y le dedicó su libro “Idiots Fist”. Las referencias literarias, cinematográficas, científicas y hasta políticas de las que Vera Veraz iba pertrechada eran abundantísimas y tan auténticas como la amistad con Federico García Lorca, Luis Cernuda, Alejo Carpentier, Saul Bellow, Max Aub, Arturito Barea, Andrés Carranque de los Ríos, Arturo Morí, Ricardo Gullón, Anselmo Carretero y Jiménez, Luis Buñuel, Pompeu Fabra, Buenaventura Durruti, Pablo Picasso, María Zambrano, Gonzalo Sobejano y hasta Miguel de Unamuno, con el que hizo una excursión a Alba de Tormes, según las referencias que sobre la relación de don Sabino con el atormentado filósofo del dolor del alma había obtenido en una de esas revista de “gran impacto” científico que casi nadie conoce y muy pocos leen. En la relación de relaciones del eminente personaje no podía olvidar a Paulino Masip, cuya novela Diario de Hamlet García fue considerada uno de los mejores relatos en lengua castellana del segundo tercio del siglo XX,ni mucho menos a Truman Capote, con cuya hermana Leia mantenía don Sabino una larga relación epistolar. Capote iba diciendo a los amigos de Nueva York que Ordás había regresado a España y que vivía en “un lugar imaginario, jamás nombrado en ningún mapa”. Se nota que conocía el deseo de sabio de Ardón de no ser molestado.
La localidad de Ardón era un lugar tranquilo y llano, rodeado de arcillosas tierras de labranza en las que jaspeaban algunos viñedos con cepas de poca altura y se alzaban maizales, girasoles y cereales en parcelas de regadío. Leontief admiró un área de ondulados montículos. Bajo aquellos gibas del terreno, los lugareños conservaban unas cuevas excavadas por sus antepasados para fermentar el mosto de la uva y custodiar el vino en grandes cubas. Era como si las personas hubieran aprendido de los conejos, dijo el profesor. O de las hormigas, dijo Vera. Casi todas las familias con raíces en el pueblo tenían su “bodega”, pues así llamaban a aquellos agujeros en los que se guarecían de la canícula veraniega y de la friura invernal y celebraban largas meriendas a base de tomates, chorizo, jamón y vino de las cubas. El nombre le venía, al pueblo, de un rey visigodo que sucedió a Aguila II y reinó entre el 712 y el 720 de nuestra era. Leontief elogió ante Vera la arquitectura de adobe y consideró contrario a la armonía natural el zarpado de la fiera de la moderna construcción vertical. Ya en el casco urbano admiraron la rotunda firmeza del edificio más sólido y monumental, a prueba de inundaciones, o sea, la iglesia parroquial, y se encaminaron hacia la taberna de Hilario a tirar del hilo y degustar el vino. Les atendió un mozalbete con gesto de estar a disgusto en este mundo. Les puso dos copas de vino de la tierra. Vera le preguntó por don Sabino y él contestó sin mirarla siquiera: “Pregunten a mi padre”, y se sentó en lo alto de un arcón a seguir leyendo una novela de Coetzee. Vera dedujo en voz alta: “Tu debes ser Filín”, y el joven asintió sin levantar la vista del libro. Era como si aquel homínido –se dijo Vera– no hubiese alcanzado la capacidad del homo sapiens de mirar y admirar la belleza femenina. “Entonces –añadió– nos podrás indicar el domicilio de don Sabino”. El joven negó con la testa. “Este es más raro que las montañas de Holanda”, dijo el profesor con la copa de clarete en una mano, caminando hacia la puerta del establecimiento a ver la calle. Poco después entró un hombre con un saco de patatas y otro de cebollas a la espalda, cantando un aria de la Traviata de Verdi como un Alfredo Kraus cualquiera. Bajo el peso de los tubérculos miró de abajo arriba a Vera. “Enseguida estoy con ustedes”, dijo cuando ella le preguntó a modo de descubrimiento: “¿El señor Hilario, verdad?” Tomaron el vino a palo seco, sentados en unas sillas de plástico ante una de las mesas, también de plástico, que había en la entrada de la cantina, y cuando apareció aquel Hilario, le solicitaron más vino y unas porciones de tortilla de patatas, especialidad de la casa, a las que llamaban “pinchos”.
–Pues sí, ahí anda el hombre –dijo Hilario en alusión a don Sabino–. Que ¿qué tal marcha dicen ustedes? Pues como siempre, marchar marcha como siempre –añadió el tabernero antes de alzar la voz y ordenar a un vecino que se acercara: “¡Madruga, ven p’acá!” El vecino certificó que la salud del sabio era excelente y aseguró que disponía del último grito tecnológico, una computadora u ordenador o como le digan. Él mismo había visto con sus ojos cómo la descargaban de una furgoneta que venía de la capital y se la entraban en casa. “Se ve que con esos inventos modernos le sacan más rendimiento a la producción humana y tengo p’amí que hasta la fuerzan y todo esos pirañas de las editoriales”.
Madruga miró a la señorita y al cantinero y soltó una risita al despedirse y seguir camino de sus quehaceres. Vera se quiso cerciorar:
–Así pues, no está tan delicado de salud como tengo entendido.
–Pues no, lo que es delicado no está.
–Se ve que las ancas de rana hacen milagros.
–Ya lo creo.
–Tengo entendido que viene mucha gente a visitarle.
–Más de la que él quisiera –dijo Hilario.
–Gente ilustre –me refiero.
–Ya lo creo. Ayer, sin ir más lejos, anduvo por aquí un periodista muy nombrado, don Jorge Bezares, ¿le suena? –Vera asintió–; venía de Cádiz con su esposa, Mari Carmen, y tres mozos a cual más guapo. Y el día anterior vinieron unos extranjeros. De Holanda me parecieron a mí. Y ingleses también vienen muchos y hasta de los Estados Unidos y todo. Es lógico. Estuvo tantos años por allá.
El cantinero era hombre locuaz y agradable y sentía orgulloso del sabio o, como decían ahora, del “intelectual” de bien ganada fama, no solo en el mundo hispano sino también anglosajón y hasta germano, pues, aunque ese día él estaba de compras en la capital y no le pudo ver, hasta el mismísimo Gunter Grass había estado por allí.
–De mal carácter, nada –aseguró en respuesta a Vera–. Hombre, lo que pasa es que es crítico con la mugre. ¿Cómo no va a serlo? Usted considere que han sido décadas de mierda, de mucho estiércol, ¿no sé si me entienden? Ríanse ustedes de los establos de Aurgías… Ni con todo el agua del Sil, el Esla –que por ahí pasa–, el Duero, el Tajo, el Ebro, el Guadiana y el Guadalquivir limpiamos este país.
Dicho eso, añadió vino a su copa y a la de los visitantes y en respuesta a Vera Veraz negó que don Sabino rechazara las visitas:
–Hombre, lo que pasa es que le hacen perder mucho tiempo y claro, eso repercute en la producción del pensamiento, y quien dice pensamiento, dice también del estudio del chino, porque anda aprendiendo el chino mandarín.
–¿A sus años?
–Ya lo creo.
–¿Qué edad tiene? –se interesó el profesor.
–¡Uf..! Pongamos que es inmortal –dijo el cantinero.
–¿Entonces no rechaza las visitas? –le preguntó Vera.
–Quien haya dicho eso miente como un bellaco. ¿Cómo va a rechazar visitantes tan ilustres como los que por aquí se acercan? No digo yo que no se haya negado a conversar con algún mugroso de la vieja corte y el roñoso pesebre del dictador que se murió, tíos desalmados, plagiarios, aprovechados, censores, represores, mediocres y hasta chivatos sin escrúpulos. Pero quitando eso, todo el mundo es bienvenido y bien recibido. Pregunten si no a los buenos narradores de estas tierras, a sus amigos Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio… ¡Un trio de aupa! O a ese periodista gordito, Dámaso Santos, que aun siendo lo que su apellido dice, no deja de ser un buen enredador.
–¿Tendría usted inconveniente en acompañarnos a su domicilio y presentarnos a don Sabino?
Se quedó el cantinero en silencio como si tuviera que meditar la petición de la hermosa Vera, acercó la copa de vino a los labios, bebió, se aclaró la garganta con un leve carraspeo. A continuación miró con franqueza al profesor Leontief, esbozó una sonrisa y le preguntó:
–¿Usted también cree o está en el misterio?
–Cosas más raras se han visto –se justificó Leontief mirando a Vera Veraz. Ella sonrió como si quisiera disimular el escozor del anzuelo clavado en el cielo de la boca y a continuación dijo: “Aunque don Sabino no esté, para nosotros siempre existirá; tampoco somos quién para vulnerar su inmortalidad y, mucho menos perjudicar la afluencia de visitantes a esta tierra de vino y pan llevar”. El cantinero se lo agradeció: “Así me gusta” y enseguida entonó: “O sole mío…” “O sole, o sole mío –le acompañaron a duo–, sta ‘nfronte a te, sta ‘nfronte a te!”
27
Al pasar por delante de una oficina bancaria, leyó Leontief el rótulo en lo alto de un cartel anunciador, celosamente pegado al grueso vidrio, y replicó en voz alta: “Un fantasma recorre Europa y el resto del planeta: es la usura”. Vera también leyó el letrero: ”Ahorradores del mundo, veníos”. Y constató la vigencia de Marx y Engels.
28
En el apeadero de Villalibre subió al tren una pareja de jóvenes de apenas dieciocho años de edad, él con una gorra colocada del revés que ponía Laser, unos pantalones vaqueros muy anchos y mal ajustados a la cintura, camiseta cenicienta y una cazadora de cuero de decimoqinta mano, y ella con media cabeza rapada al cero y la otra media con el cabello teñido con los vivos colores de los pájaros tropicales. Auparon sus mochilas al portaequipajes, se quitaron las zapatillas y se acomodaron en los asientos mascando chicle. De vez en cuando se daban un pico en los labios como dos pajaritos. Quiso el descuido y la vibración ferroviaria que de una de las mochilas mal cerradas cayese un bote metálico de esos que llaman spray sobre la testa del revisor. El hombre puso mala cara. Lógico. Sin dejar de pasarse la mano por la cabeza con el pelo en retirada para palpar el brote del chincón, examinó el spray y comprobó que contenía pintura. Era un Mega Colors de alta presión de los que utilizan los grafitteros. El hombre hizo su lectura y sacó una conclusión. Se guardó el bote en el bolsillo de su pantalón de revisor, puso voz de mando militar y ordenó a los jóvenes: “¡Quietecitos ahí!” Después giró sobre sus tacones, cerró con llave la puerta del vagón, volvió a girar, recorrió el pasillo a paso ligero, salió por la otra puerta y la bloqueó también para que nadie pudiera salir. Por fin había atrapado (o eso creía él) al comando de graffiteros que en los últimos tiempos plasmaban su arte, identidad, señas y señales (o lo que fuera) en las carrocerías de los trenes, acaso para que su obra y su marca recorrieran la geografía y surtieran efecto, estimulando a otros a seguir con la protesta (o la competencia). El tren perdió velocidad en una sucesión de curvas y entró en la siguiente estación. Instantes después apareció el revisor en compañía de dos guardias civiles para arrestar a los jóvenes. Pero los jóvenes ya no estaban allí, habían desaparecido. El revisor hizo un gesto de decepción, se pasó la mano por la cabeza y enseguida una mujer le informó de que habían saltado por la ventana. Al oírla, un guardia dijo: “Esos se perniquebraron, no andarán lejos”. El revisor preguntó a la informante: “¿Y el material?”. Se refería a las mochilas. La mujer señaló a Leontief y dijo: “Se las tiró ese señor”. Los guardias miraron al profesor y uno de ellos se acercó: “Perdone caballero, ¿ha ayudado usted a dos delincuentes a huir?” El profesor levantó la vista del libro y contestó que no le constaba que los dos jóvenes fueran delincuentes. Y enseguida añadió: “Por lo que he podido averiguar, son hijos de Muelle”.
–Muelle murió –aseguró el guardia.
–Entonces, huérfanos de Muelle –precisó el profesor. Vera Veraz anotó el nombre de “Muelle” en el apartado de anónimos raros por su insistencia en dejar su marca, un simpático muelle, en las paredes de toda la geografía ibérica.
29
Llegaron a unas tierras altas y verdes, salpicadas de robles, toxos, carballos y otros árboles que con el avance de la “sociedad del conocimiento” perdieron el nombre y ahora llaman “biomasa”. De las lecturas y conocimientos previos en contraste con aquel paisaje dedujo Vera que en dos o tres horas llegarían al punto de destino y podrian hallarse ante su objetivo, pues ya estaban en “tierra mágica”. El profesor asintió y añadió que además de mágica era “lírica” aquella tierra. Y a renglón seguido emprendió un monólogo sobre la afirmación de un histório intelectual de que España era “triuna”, con una zona lírica o galaico-portuguesa; una zona dramática o central, de norte a sur, y una zona plástica o mediterránea. El intelectual se llamaba Salvador de Madariaga y se había significado por su afán de europeizar España. “Tal era su talla política y pensativa –dijo el profesor– que salió elegido diputado de la II República por esta tierra sin pisarla una sola vez para pedir el voto a sus pobladores, gente inteligente, astuta y melancólica”.
El profesor se explayó sobre el citado Madariaga y lo elogió como un hombre de Estado que de la teoría juvenil tridimensional pasó a la observación más coincidente con la realidad de que España era en realidad una nacion de naciones y profesó el federalismo. Murió en el exilio, en Francia. Tan acendrado fue su patriotismo y su amor a España –característica común de la mayoría de los exiliados durante la dictadura que se alzó sobre una montaña de muertos y arruinó el país por cuarenta años en el siglo XX– que ni un solo día dejó de pensar en España y estando ya en la última curva del camino dejó escritas unas notas sobre lo que, a su entender, podía ser la articulación del Estado español mediante un sistema de “autonomías” que reconociendo la identidad histórica de las distintas naciones peninsulares e insulares evitara la desmembración del Estado como, según pronosticó, iba a ocurrir en Yugoslavia cuando el mariscal Josip Broz, Tito, desapareciera, lo que, en efecto, ocurrió después de un baño de sangre en las salvajes guerras civiles que asolaron los Balcanes en las dos últimas décadas del siglo XX. El Estado de las Autonomías –siguió explicando el profesor– fue un bodrio que no respetó la identidad histórica de Castilla y de León, un bodrio histórico desde el conocimiento y el sentimiento histórico, aunque un bodrio útil porque sirvió para evitar la separación de otras naciones históricas como Catalunya, Euskalerría y Galiza. Y también sirvió para evitar los recelos y agravios de los demás pobladores, sobre todo, andaluces, extremeños, manchegos, aragoneses y de otras zonas. ¿No sé si me entiendes? Vera asintió: “Te entiendo, Leo; entiendo que el bodrio aplastó a leoneses y castellanos”. El profesor movió levemente la cabeza y dijo: “Más o menos”. A continuación añadió: “Aquel intelectual, el federalista Madariaga dibujó en 1969 el mapa de lo que a su modo de ver debía ser el Estado autonomico en España. ¿Y sabes qué? Que al final su dibujo coincidió, extrañamente, con el mapa autonómico recogido en la Constitucion de 1978”.
–Rara coincidencia –dijo Vera.
–O inspiración de políticos –dijo el profesor.
–Supongo que tiene que haber gente así –dijo Vera.
–Si, ”hay gente pa tó”, que diría Belmonte cuando le presentaron al filósofo José Ortega y Gasset –dijo el profesor antes de recomendarle que leyera la biografía que del torero Belmonte escribió el periodista Manuel Chaves Nogales.
30
Sin tiempo para reflexionar sobre los raros fenómenos providenciales, como el referido por el profesor, se halló Vera ante don Tancredo Muerto, personaje de luenga y guedeja barba, mirada de miope a través de unas antiparras con la montura de pasta, piel cobriza y oxidada, más flaco que Valle Inclán.
–Debemos entender que don Tancredo duró poco.
–Muy poco –dijo don Tancredo Muerto.
–¿Cuánto?
–Lo que duran los gorriones.
–¿Cuánto es eso?
–Una década, año arriba, año abajo.
–No está mal –afirmó Vera Veraz–. ¿Y de qué murió?
–Las mujeres…
–¿Lo dejó por las mujeres?
–Lo mataron las mujeres.
–¿Cómo fue eso?
–Terrible, fue terrible.
–¿Me lo puede contar?
–¿Y para qué quiere saberlo?
–Para escribirlo…
–¡Qué escribirlo ni escribirlo! Eso ya lo hizo un tal Hemingway.
–E incluirlo en el estudio sobre…
–Qué incluirlo…
–No me interrumpa, por favor. –le rogó Vera.
–No me interrumpa usted cuando la estoy interrumpiendo… ¡Ni incluirlo ni nada que se le parezca, ¿estamos?!
Vera asintió con un mohín de decepción y apagó la grabadora de imagen y sonido con la que solía recoger los testimonios de los humanes, dispuesta a dejar a aquel don Tancredo Muerto con sus malas pulgas y a salir cuanto antes de aquella casa alejada del último núcleo urbano y plantada junto a un acantilado. En ese momento, una voz que procedía del piso superior interpeló a su interlocutor: “¿A quién riñes, Tancredo?”
–Me están haciendo una interviú –contestó. Luego añadió en tono cordial–: Usted disculpe, señorita; ya comprenderá que soy inclasificable.
–Como algunos de su clase –dijo Vera para chincarle. El viejo aguantó el puyazo y Vera lo interpretó como un signo positivo y decidió explicarle su tarea científica relacionada con la verificación de las más singulares rarezar humanas como aquella de permanecer impávido…
Don Tancredo Muerto soltó una carcajada de las que espantan palomas.
–¿He dicho algo gracioso?
–Impávido… ¿Sabe usted, criatura, lo que es impávido?
–Dícese del que no expresa emoción ni responde a los estímulos sensitivos, según creo.
–Ya veo que no lo sabe; es un asqueroso juego de mafiosos; si quiere, se lo cuento.
–No lo hagas –dijo el viejo de arriba, bajando por la escalera de tablas gimientes. Don Tancredo se lo presentó como el amigo Johannes Tellefsen, un noruego grande con un cabezón enorme.
–Llámeme Super –dijo.
–¿Super… qué?
–Super Viviente.
–Tanto gusto, don Super Viviente. ¿Por no quiere que me cuente ese juego?
–Es asqueroso y machista –dijo el noruego elevando con dificultad su cabezota de girasol agostado.
–Tanto da –dijo Vera–. Cuéntemelo –añadio mirando a don Tancredo.
–Ya digo que lo practican mucho los mafiosos y algunos de esos que aquí llaman empresarios, individuos sin escrúpulos. Se juntan a cenar y a los postres de la cuchipanda llaman a las señoritas putas, las meten debajo la mesa y juegan al impávido propiamente dicho. Las chicas hacen su trabajo de fondo en las braguetas de esos cabrones, y el primero que rompe la impavidez, pierde y paga la comilona y las putas. ¿Qué le parece?
–Harto lamentable.
La conversación derivó hacia los abusos de palabra y obra sobre las mujeres. En la católica España caían asesinadas unas cincuenta mujeres al año. Las mataban los maridos, los novios, los compañeros sentimentales. ¿Qué sentimientos eran esos? Durante las décadas de dictadura, atraso y burricie predominó el lema: “La maté porque era mía”, y la justicia, aun siendo ciega, miró para otro lado. Y al no ser sorda, la justicia, escuchó el vocablo “pasional” de aquellos crímenes y atemperó el castigo de los criminales, equiparándolo en muchos casos con los correspondientes a las faltas leves. Todavía hoy el lenguaje sigue infestado de expresiones campanudas como “cojonudo” por bueno y valeroso y “coñazo” por negativo y empalagoso. La temática animó a Vera a volver a la carga.
–¿Y dice usted que a don Tancredo le mataron las mujeres?
–Más o menos –reafirmó éste.
–Las odiará, supongo.
–En absoluto.
–¿No les guarda rencor?
–Ni una chispa, nada. Yo las amo, son lo mejor de la vida, lo mejor del mundo, sin ellas no habría mundo.
–Pero lo mataron, ¿no?
–Correcto. ¿Por qué cree usted, criatura, que me llaman Muerto, don Tancredo Muerto?
–Porque lo mataron, claro.
–Correcto. Pero lo mismo que le digo eso, también le digo otra cosa: a lo mejor me libraron de la muerte.
–No le entiendo.
–Quiero decir que al quitarme de en medio, ¿quien sabe si no impidieron que un toro me atropellara, me corneara y me ultimara de mala manera?
–Yo diría que fue un crimen de lesa igualdad –terció don Super Viviente.
–Correcto. Anda, cuéntaselo tú –dijo don Tancredo.
El noruego no había dejado de mirar a Vera de reojo y depositó el lapicero y el cuaderno de láminas en una silla de culo de paja para poder hablar con las manos y la boca al mismo tiempo. Luego principió:
–Mi amigo Tancredo es el primero de España y del mundo entero en mantenerse quieto, clavado en el ruedo, desde que sale el toro bravo hasta que termina la lidia y lo arrastran las mulillas. Su éxito es grande, grandísimo. El público enloquece de temor y pavor. Su fama se expande por las ondas hertzianas y en todos los sitios reclaman su presencia.
–Correcto.
–Su cotización aumenta, gana mucho dinero, amasa una fortuna.
–Exacto.
–Pero ya sabe usted lo que pasa con estas cosas.
–¿Qué pasa?
–Que enseguida se despierta la jodida ambición y aparecen imitadores en todas partes. La inflación de don tancredos aumenta de un modo proporcional a la caída de la bolsa. Hay gente dispuesta a morir por cuatro duros, y lo que es peor, algunos mueren y raro es el que no acaba en la enfermería por no pintarse debidamente de cal, aunque lo más grave no es la competencia de los incompetentes; lo más grave es que algunos tancredos son mujeres disfrazadas de hombres. Ahí se jodió todo. Las autoridades dijeron que eso sí que no y cortaron por lo sano y prohibieron los tancredos.
Muchas, varias y variadas razones de admiración halló Vera Veraz en la lectura de los libros que el jugador conjugador le regaló. Aquel tipo sentía pasión por los lemas comerciales y políticos. Se diría que era un cazador de lemas. De la eclosión de Mayo del 68, cuando en París y en muchas otras ciudades de Francia, y también de México, los jóvenes salieron del cascarón y ocuparon las calles contra la guerra y la mierda del capital, volaron consignas como la imaginación al poder, bajo los adoquines está la playa y muchas otras sobre la utopía al alcance de la mano. Revolotearon libres como mariposas, pero enseguida fueron atrapadas por un ejército de cazadores con munición a cuenta de la industria, el comercio y la política.
Pasó el tiempo y se registraron otras revueltas. De la explosión de indignación contra los sátrapas de varios países del norte de África, Siria y la Península Arábiga, en la primera década del siglo XXI, quedó la sangre derramada por las decenas de miles personas y la asociación de dos sustantivos, primavera árabe, en competencia con el lema de unos grandes almacenes.
Pasó el tiempo, poco tiempo, y en la primavera de 2011 estalló en España la ola de indignación de la juventud por la falta de empleo, pan, techo y futuro, debido a la supeditación de los políticos y gobernantes a los intereses de los especuladores financieros que arramblaban con todo lo que tenía algún valor, incluida el agua que bajaba por las ramblas, el viento que soplaba y el sol que calentaba. Los jovenes españoles eran listos, habían estudiado, estaban bien preparados y en vez de bautizar la protesta con una asociación de palabras que pudiera ser explotada por el sistema económico dominante, utilizaron dos números y una letra: “15M”. Todos conocían su significado: 15 de mayo, fiesta del Isidro y día de la decisión de acampar en la Puerta del Sol, la plaza principal de la capital del Reino y kilómetro cero de España. Ningún publicista osó utilizar aquel 15M como hicieron con la foto del Che Guevara que tomó en 1960 Alberto Díaz Korda durante el entierro de las víctimas de la explosión de un buque fondeado en La Habana. La foto «no fue concebida, sino intuida», dijo una vez Korda.
En este punto se quedó Vera pensando y al comprobar que el profesor seguía el vuelo de una avispa que insistía en cruzar la ventanilla del tren, le preguntó si algún lema de los que iba a enunciar serviría de gancho comercial. Leontief aceptó el juego y dijo: “Dispara”.
–No estamos de paseo, estamos de cabreo.
–Zapatillas duras que provocan rozadoras –dijo el profesor.
–No es una crisis, es una estafa
–Con una flecha hacia la tienda de al lado.
–De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue cueste lo que cueste.
–Para la OTAN o su palíndromo NATO.
–Parados, moveos.
–Para una discoteca.
–Pienso, luego estorbo.
–Para la fábrica.
–Perroflauta peligroso.
–Para la puerta de casa.
–Dormíamos y despertamos.
–Para un centro de rehabilitación de comatosos.
–Únete, a ti también te roban.
–Para quitarle clientes a las compañías eléctricas, telefónicas, etcétera, mediante la organización de cooperativas.
–Manos arriba, esto es un contrato.
Se quedó el profesor pensando y contestó después de un minuto: “Para ladrones sin imaginación”.
22
Una pareja de la Guardia Civil con sus acharoladas prendas de cabeza, uniforme de gala y armas reglamentarias al cinto, subió al tren en el apeadero de Laska. Uno miró al profesor y saludó con aire superior:
–¿Qué tal todo?
–Todo es mucho –correspondió el profesor.
Los agentes de la ley se disponían a sentarse junto a ellos, aunque optaron por depositar sus traseros en los asientos contiguos, donde viajaba un hombre de aire cansado que enseguida arrojó por la ventana el pitillo que acababa de encender. Los guardias se percataron.
–¿No sabe usted que está prohibido fumar?
–En cuanto les he visto he caído en la cuenta.
–¿Adonde va?
–Más bien vengo. Del tajo vengo. El cabrón del encargado me ha puesto turno de noche… ¿Adonde se dirigen ustedes, tan elegantes en día de diario?
Los guardias no contestaron. “Ya caigo –añadió el hombre–; seguro que van al desfile del nuevo gobernador”. Uno asintió con el tricornio.
–¿Desfilan muchos efectivos? –se interesó el trabajador.
–Todos –dijo un guardia.
–Buen día para los atracadores.
–Ya te digo –asintió el guardia.
23
Vera Veraz escuchó la antedicha conversación y comentó después con el profesor la fabulosa capacidad de los medios de comunicación social de producir frases hechas y modismos raros.
–Cierto –dijo Leontief–, raro es que al interesarse por uno no añade todo, como si uno fuera la totalidad o de uno le interesara nada en realidad. Y raro, también, ¡vive Dios!, que no llamen efectivos a los guardias, aunque de efectivos tengan poco. En fin, los modismos pasan. Lo que permanece en este reino es la Guardia Civil con su tricornio, su lema…
–¿Qué lema?
–Son dos. Uno para la casa-cuartel: “Todo por la patria”…
–¡Claro!
–¿Qué claro?
–El “todo”; por eso preguntan “todo” –aclaró Vera.
–Podría ser.
–¿Y el otro lema?
–El otro es de comportamiento: “Paso corto, vista larga y mala leche”.
24
Después de la interrupción de los guardias prosiguió Vera Veraz la lectura de las obras del jugador de palabras y alcanzó varias conclusiones. Fue la primera y principal que aquel hombre al que la Guerra Civil de 1936 impidió realizar más estudios que los de la escuela de Ferrer Guardia en la ciudad de Santander y más aprendizaje del que se derivó de sus tardes en el periódico local del que su padre era tipógrafo, alcanzó nombradía como conjugador de palabras gracias a la lectura, una y otra vez, de aquel libro que Gringo Viejo, Ambrose Bierce, nunca había sido capaz de leer: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Extraño y admirable le parecía a ella que un joven que tuvo que abandonar su país con lo puesto obtuviera fama y fortuna con perlas y lemas cervantinos mucho antes de aquella eclosión de mayo del 68 que llenó el mundo de mariposas, y que lo hiciera en norteamérica, donde la influencia de la lengua del prolijo William era abrumadora. El propio John Fitzgerald Kennedy tuvo noticia de las perlerías del tipo y le llamó para que, con otros creativos, elaborara su campaña sobre la nueva frontera. A Kennedy lo mataron poco despúes. A él pudieron haberlo liquidado mucho antes, en la Batalla del Ebro, en la que, con 18 años, había alcanzado el grado de capitán del Ejército de la República. Fueron derrotados por los que se hacían llamar “nacionales”, que muy nacionales no eran si tenemos en cuenta el masivo reclutamiento de combatientes oriundos del norte de África, a los que llamaban “moros”, y la enorme ayuda de hombres y máquinas de guerra que recibieron de los jerarcas nazis de Alemania y de los jefes fascistas de Italia. Fueron derrotados, pero él salvó el pellejo. Salian de retirada hacia Francia por la frontera de Port Bou cuando un soldado que llevaba un libro le pidió tabaco y él le entregó el paquete entero a cambio de aquel ajado volumen. El soldado accedió encantado. Era El Quijote. Ni remotamente podía imaginar que aquel libro marcaría y cambiaría su vida.
En este punto prorrumpió Vera en una letanía interior del tenor de “con la iglesia hemos topado, amigo Sancho; libre nací y en libertad me fundo; no existe oficio de mucha ganancia que no se obtenga sin comprar a alguien; eso que llaman necesidad se extiende por todas partes; la libertad, amigo Sancho, es el mayor don que a los hombres dieron los cielos; errar es de hombres y ser herrado de bestias…” Y por ahí para allá.
Después de pasar la noche del 5 de febrero de 1939 en el túnel ferroviario de aquella localidad de Port Bou, donde se hermanó con el también capitán Luis Cilla, que tenía galletas y carne enlatada, el jugador de palabras llegó a Banyuls, donde aquel Cilla reconoció al gran poeta Antonio Machado, sentado con su madre en un banco de la plaza del pueblo, a la espera de un transporte que les llevara a París. Hacía un frío de cojones y temiendo que don Antonio y su madre agarraran una pulmonía, les entregó su capote militar. Pocos días después, el poeta murió en la cercana localidad de Collioure, y al jugador, todavía en ciernes, le ocurrió lo que decía el poeta: «Leyendo El Quijote me parece comprenderlo todo. ¿Será cierto que don Quijote habla a cada uno con su propia voz?»
A mucha necesidad, hambre, desgracia y desventura sobrevivió el jugador en los campos de refugiados a los que fueron conducidos en Francia –aquellos arenales al pie del mar donde tantos se ahogaron voluntariamente con su dolor– y en la tierra mexicana a la que finalmente pudo llegar. La observación de la cultura y los usos de las gentes de por allá y la quijotil lección fueron para él una herramienta tan polivalente como esas navajas que además de cortar, abrir latas, descorchar botellas, también sirven para abrir puertas. Entró por la puerta de la publicidad, sus ideas tuvieron éxito, su esfuerzo obtuvo recompensa. Creció, creó su propia marca, construyó su edificio, se relacionó con los mejores y mayores publicistas, inventó palabras –por ejemplo, mercadotécnia en lugar del marketing inglés–, descubrió y lanzó músicos y cantantes que alcanzaron fama y favor popular. Un día, ya “doctor honoris causa” por varias universidades, el escritor mexicano Jorge Megía Prieto lo comparó con un “pescador de perlas” y lo calificó de “cincelador de laconismos magistrales”. Para demostrarlo, el Megía aquel, tuvo la ocurrencia de apelar al acertijo. Escribió cuatro frases –una: la caridad con los pobres es la propaganda de los ricos; dos: la política es un conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios; tres: el cretinismo electoral es, seguramente, el producto más importante de la propaganda, y cuatro: un elector es la persona que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato elegido por otros– y a continuación preguntó: “¿Qué frases son de Eulalio Ferrer y qué frases de Maurice Bierce?”
Otra cualidad de aquel personaje, el jugador y conjugador de palabras, impresionó a Vera Veraz. Fue su rara gratitud. Rara en el sentido de que si es de bien nacido ser agradecido, no tenía por qué mostrar su agradecimiento a un personaje de ficción como el ingenioso hidalgo manchego. Sin embargo, antes de que en Memphis surgiera el museo del rey del rock, Elvis Presley, y de que la Unión de Estados Americanos, USA, se llenase de salones de la fama, había él instalado en Guanajuato el Museo Cervantino que, en agradecido homenaje, iba acumulando cuantos motivos artísticos (plásticos, literarios y musicales) hallaba al alcance de la mano y la billetera aquel Ferrer. El Museo Iconográfico del Quijote, MIQ, situado junto al famoso monumento al Pípila, alcanzó una relevancia internacional extraordinaria y contribuyó mucho al reconocimiento de Guanajuato como ciudad patrimonio de la humanidad por parte de la Unesco. Es hoy un foco cultural que ilumina la ciudad de un modo permanente, incesante y continuado. La potencia de la gratitud impelió al jugador de palabras a organizar en esta ciudad el Festival Internacional Cervantino, considerado el festival más famoso del Estado y probablemente el evento artístico mexicano más conocido a nivel mundial. Desde 1972 se celebra cada año a finales de octubre e incluye decenas de representaciones musicales y teatrales, así como manifestaciones artísticas y literarias que se desarrollan en calles, plazas y edificios públicos. Atrae a artistas de primer nivel e invitados de todo el mundo.
25
En la estación de Gado subió al vagón un hombre de pelo negro, frente escasa, rostro ancho y bigote negro y espeso con las puntas hacia abajo, cual corchetes de los labios. Vera le echó entre cincuenta y sesenta años. Sus manos no tenían signos de trabajar en el campo. Saludó con la cabeza y se sentó frente al profesor, quien le observó a intervalos y después le preguntó:
–¿Es usted méxicano?
–Si, pues… ¿Y en qué lo ha notado güey?
–Se parece mucho al Chapo Guzmán –dijo el profesor.
–Ya me lo dijeron pues… Vaya tranquilo cuate, que no soy el pendejo que se fugó de la cárcel de alta seguridad del Altiplano por un túnel iluminado, bien ventilado y con raíles… ¿Qué opina usted señorita?
–Que de alta seguridad, nada de nada–dijo Vera.
El tren frenó, el viajero se despidió: “Con Dios”, y se apeó en la estación, dejando tras de sí el mosqueo y la duda.
–¿Crees que era el Chapo? –preguntó Vera al profesor.
–Desde luego parecía un fantasma –dijo el profesor antes de añadir que hay gente así, descerebrados que emulan a los famosos, aunque sean de la calaña del diablo–. En una ocasión, visitando el Parque Disney, en Orlando, vi a tipo idéntico al entonces presidente de Estados Unidos, George W Bush. El público porfiaba por hacerse fotos con él más que con el Pato Donald. Otra vez, en el Metro de Madrid me topé con otro tipo clavadito al jefe del Gobierno que había entonces, un gallito presumido y belicoso, y tuve que interponerme para evitar que un viajero le partiera la cara. Esos gilipollas corren sus riesgos.
Vera apuntó una observación sobre los raros parecidos, casuales o intencionados, y recordó que su amiga Marta vio a Pinochet en un comercio de Londres y pensó que era un doble –los dictadores suelen tener esas cosas–, por lo que no avisó a la policía para que lo detuviera, por genocida. Luego se dijo que si el extraño viajero fuera en verdad el criminal jefe del cártel de Sinaloa ya habría cambiado de cara para que nadie le reconociera, y se quedó tranquila.
En general no les resultaba difícil, a Vera y al profesor, hallar rarezas locales a poco que preguntasen. Unas eran totales y otras parciales, unas eran de nacimiento y otras sobrevenidas. En una localidad intermedia que tenía catedral y era cabeza de partido judicial decidieron apearse del tren y disfrutar del tiempo primaveral obtuvieron la referencia de un ilustre personaje del que decían que insultaba estupendamente. De primeras se podía decir que en España se insultaba mucho y bien desde los lejanos tiempos de don Francisco de Quevedo y Villegas. Pero de un antiguo alumno de las monjas conocidas como Discípulas de Jesús en su tierna infancia y de los frailes jesuitas parecía rara aquella cualidad.
–¿Y qué insultos son esos? –se interesó Vera Veraz.
–Se los busco en un momento –respondió el informador, un librero jubilado a los cincuenta años de un ente oficial. Desapareció en la trastienda y regresó con un cuaderno–. Léalos usted misma –dijo a Vera indicándole una hoja manuscrita. Vera leyó en voz alta: “Inconsistente, tonto, inútil, bobo, incapaz, acomplejado, cobarde, prepotente, mentiroso, inestable, desleal, perezoso, pardillo, irresponsable, revanchista, débil, arcángel, sectario, radical, chisgarabís, maniobrero, indecente, loco, hooligan, propagandista, visionario, chapucero, excéntrico, disimulador, estafador, agitador, fracasado, triturador constitucional, malabarista, mendigo de treguas, traidor a los muertos…”
–¿Y dice usted que este hombre ha llegado a jefe de gobierno?
–Así es –afirmó el librero.
–¡Válgame Dios! –exclamó el profesor.
El periódico del día siguiente aportaba más cromos a la colección, pues aquel excelentísimo señor presidente de gobierno tildaba de “títere de los radicales” a su principal adversario político, al que profesaba tal aversión que no se explica cómo no le llamaba aversario.
17
A propósito de insultos apuntó el profesor Leontief el histórico amomiado. Se utilizaba ya poco. De su origen –bien repugnante, por cierto– refirió la costumbre de algunas gentes de alcurnia de sacar de la tumba las momias de ciertos santos y acostarlas en la cama al lado de los moribundos.
–¿A santo de qué? –se interesó Vera.
–Por ver si obraban milagro –dijo el profesor.
–¿Se dio el caso?
–No, que se sepa –contestó el profesor–, aunque no faltaron amomiados que del susto y el horror de contemplar a la momia a su lado y olfatear su olor a cuero viejo pensaron: “Mira lo que voy a ser”, y recuperaron las ganas de vivir y una cierta lucidez. Ahí tenemos el caso de Felipe IV, que viéndose acompañado de la momia de San Isidro Labrador, recuperó las luces y dicen que pronunció algunas frases notables y que cambió testamento. Pero ni aun amomiado pudo vencer a la muerte y durar más de unas horas, pues, en contra de la creencia del cardenal primado y del nuncio, la momia no lo sanó. Eso no quita para que le ayudara a entrar en el cielo.
–Eso me recuerda…
–También a mí –la interrumpió el profesor, en referencia a la amomiación del último dictador español mediante el uso del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús. La momia entera era imposible de reunir, ya que los restos de aquella mística emprendedora fueron dispersados a trozos. Según la política propagandística que hace cinco siglos llamaban «del corazón», quedó la buena mujer más repartida que la lotería de Navidad. El brazo izquierdo y el corazón se conservaron en Alba de Tormes, el dedo meñique se lo cortó el padre Gracián para quedárselo él, la mano derecha y el ojo izquierdo fueron llevados a Ronda y la izquierda acabó en Lisboa. El pie derecho y un trozo de la mandíbula superior fueron enviados a Roma. Un dedo llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro viajó a Sanlúcar de Barrameda. Los demás fueron esparcidos por la España de la cristiandad.
–¿Podríamos decir que la santa andariega anduvo más en muerte que en vida?
El profesor dudó antes de responder: «Busca un cuentakilómetros. ¡Ah! Y no olvides el último viaje de la mano derecha, desde Ronda al Pardo, ida y vuelta».
18
Siguiendo el curso de un río llegaron a un pequeño pueblo de catorce casas, media docena de perros y siete u ocho vecinos con caras de aburrimiento. Vera preguntó a una mujer si el pueblo tenía gente ilustre. De primeras, doña Dora se extrañó, aunque enseguida convocó a otros vecinos y entre todos fueron sacaron nombres y referencias de algunos allí nacidos que habían alcanzado cierta notoriedad. Figuraba entre ellos un aviador, la hija de una de allí que se había ido a Barcelona y se había hecho militar y había muerto en Bosnia, uno que llegó a cura y ahora decían que andaba en Roma, por lo no sería de extrañar que, con lo listo que era, llegara a obispo y a cardenal.
–Se nos olvida Recaredo –dijo, al pronto, una vecina.
–¿El tío Recaredo, dices?
–Si, el que mataron en Mauthausen.
–Ese no cuenta, no era español.
19
Sostenía el profesor Leontief que no por carecer de recursos naturales eran pobres muchos pueblos y recomendaba a su ayudante que averiguase y valorase la materia gris que aportaban al Estado y a la humanidad en su conjunto. De esa consideración, rara por cierto en los tiempos del “fraking”, los parques eólicos y los huertos solares que se vivían cual fiebre del oro en la atormentada geografía Ibérica, obtuvo Vera Veraz algunos hallazgos raros, como aquella aldea en la que celebraban reuniones desde tiempo inmemorial para contarse cuentos unos a otros y, a falta de escuelas y maestros, se enseñaban también a leer y a escribir unos a otros, dándose el caso de uno que halló empleo de barrendero en la ciudad, donde tampoco había escuelas para los niños pobres, hijos de obreros, lo que le animó a recogerlos en la Casa del Pueblo cuando acababa la faena y a echarles cuentos y enseñarles el silabario y las cuatro reglas principales de la aritmética. Muchos años después, aquel hombre que barría las calles salió en un libro que escribió un dirigente político muy célebre, el cual confesaba orgulloso: “A mí me enseñó a leer un barrendero de Avilés”.
Eso no quita –añadía el profesor– para que haya otras muchas personas que llegan a la vejez sin saber qué han venido a hacer en este mundo.
20
En una ciudad del norte se enteró la bella Vera de la presencia de un gran jugador –no un deportista, sino un jugador de verdad– que había ganado una fortuna y sintió curiosidad por saber cómo era. El jugador accedió a concederle una entrevista y la citó en su casa, en un barrio alto, donde pasaba unos días de vacaciones. Ella esperaba encontrar a un tipo joven o, por lo menos, de mediana edad, alto, apuesto, de recias mandíbulas y cara de granuja. Pero en vez del modelo de tahúr del Misisipi, con su chaleco, su traje oscuro y su sexto dedo, se encontró a un viejito apacible, regordete, tranquilo, azucarado y con leves síntomas de la enfermedad de Parkinson.
–¿De verdad se ha hecho usted millonario con el juego? –le preguntó cuando se hubieron sentado ante un ventanal desde el que se veía la hermosa bahía a la que se asomaba la ciudad.
–Si, con los juegos de palabras –respondió el jugador.
–Eso si es raro.
–No tanto como usted cree si tenemos en cuenta la belleza y potencialidad del castellano, amiga mía –argumentó el jugador y, a continuación, le fue mostrando algunos libros que había escrito y publicado durante su larga, exitosa y productiva vida de publicista allende el océano Atlántico, comenzando por el que tituló De la lucha de clases a la lucha de frases.
–¿En qué piensas? –preguntó Vera al abstraído profesor.
–En griego.
–Lo entiendo: es más elegante que el latín –dijo la ayudante, añadiendo “logo” y no “ista” a la desinencia de algunas palabras como “odontólogo, cardiólogo, cosmólogo” en vez de “dentista, corazonista o cosmolista”. Lo que ya le parecía demasiado era “politólogo”–. Pero también podrías pensar en castellano…
El profesor asintió y aprovechó la sugerencia para criticar la injusticia que los hablantes de la lengua de Cervantes y de Gabo cometemos al aplicar a las personas connotaciones negativas de los nombres de los más nobles animales que nos ayudan en la vida como el cerdo, el perro, el burro, la vaca, la oveja, la cabra, la gallina… Del perro la amistad y fidelidad, del cerdo hasta el andar…
–Añada algunos frutales –sugirió Vera en referencia al ciruelo, el membrillo y otros árboles que nos ofrecen sus dulces frutos.
–¿Y donde dejamos el alcornoque? –preguntó el profesor invitando a Vera a leer un rótulo descomunal sobre una larga pared de ladrillos: “Fábrica de caracoles”.
12
El tren paró en una estación, bajaron y subieron viajeros, reanudó la marcha y al poco frenó de repente, con gran estrépito de discos, ruedas y zapatas. Algunos viajeros que todavía no se habían acomodado en sus asientos sufrieron el empellón de la inercia. Una señora cayó al suelo. El profesor se apresuró a socorrerla. Un hombre exclamo: “¡Cago en el misterio!” Algunos se apearon a ver qué estaba pasando. Vera les siguió y pudo ver una mujer tendida en la vía. El maquinista y dos hombres más la desalojaron en volandas. El profesor preguntó a Vera con la mirada.
–Una suicida frustrada –dijo ella.
–Renuente, diría yo. ¿A quién se le ocurre elegir una recta? ¿Acaso no saben que los trenes llevan frenos?
Vera Veraz le concedió la razón con un parpadeo. Luego pensó: “Hay gente estúpida. Y la estupidez, como la gripe, es contagiosa». Y añadió en voz alta: «Parece que hemos elegido la ruta del suicidio». Leontief asintió.
–¿Incluiría esta línea en el catálogo de fenómenos raros?
–No, sin certeza estadística –dijo el profesor. A continuación se refirió al gran Arthur Koestler, concediéndole el título de “suicida ejemplar”, en contraposición con su compatriota Attila József, al que definió como «suicida a medias».
–¿Cómo dice? –inquirió Vera, intrigada.
El profesor puso cara de puntos suspensivos y recitó con voz queda: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”.
–¿Baudelaire?
–Attila József –dijo el profesor–. Sostenía que era inmortal.
–¿Inmortal y suicida a medias? ¿Cómo es eso, profesor?
–El bueno de Attila se quería suicidar, eligió el día, la hora, el lugar y el procedimiento y se tendió en la vía para que un tren que pasaba todos los días a la misma hora por una curva cercana al lago Balatton, en Hungría, le seccionara el pescuezo. Solo que ese día el tren no pasó. Se levantó y fue a ver lo que ocurría. ¿Y qué dirás que vio?
–Ni idea.
–Vio el tren parado y los trozos de un cuerpo destrozado.
–¡Joder!
–Otro suicida se le adelantó. Y desde entonces decía que era inmortal.
–Osease que de medio suicida nada –razonó Vera.
–No te precipites, amiga –la corrigió el profesor–; lo cierto es que su siguiente trato ferroviario no fue para que el tren le cortara el pescuezo, sino solo un brazo.
–¿Y qué pasó?
–Pasó el tren y le cortó el brazo y el resto del cuerpo.
–¡Qué mala pata! –exclamó Vera.
–Estas cosas ocurren cuando se coloca mal el brazo –dijo el profesor Leontief, y siguió recitando en húgaro.
13
A propósito de suicidas por cuenta ajena evocó Leontief el caso de Ambrose Bierce, alias Biter, el amargo. Odiaba a los magnates del ferrocarril, un gran invento para exterminar a los bisontes a tiros desde las ventanillas, y jamás se habría humillado poniendo fin a sus días aplastado por un tren, lo que, por otra parte, resultaría pornográfico. Por eso prefirió cabalgar en su yegua blanca hasta la frontera con México y cruzar el puente con la confianza de que una certera bala de los furiosos revolucionarios mexicanos acabara con sus vida.
–¿Lo consiguió?
–Ni le dispararon.
–¿No estaban en guerra con los gringos?
–Cierto, pero le dejaron cruzar el puente y el jefe de los revolucionarios le preguntó si sabía disparar. Él abrió el zurrón. Llevaba una camisa de lana por si hacía frío, un libro que nunca había podido leer y un revolver. Lo empuñó. El jefe revolucionario lanzó una moneda al aire y el gringo le acertó con la bala, así que en vez de liquidarle, le incorporaron al grupo. Después de un tiempo de aventuras, amores y correrías se le perdió la pista y hoy en día todavía desconocemos cómo murió y donde fue enterrado. Sabemos que El gringo viejo inspiró una aceptable novela a Carlos Fuentes y que después se hizo una película…
–¿Se sabe qué libro era aquel?
–Pues claro: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
14
A propósito de rarezas, recordó Vera Veraz unas notas de Gerald Brenan, aquel soldado británico con paga vitalicia por sus servicios militares en la primera Guerra Mundial que decidió recorrer la Iberia y se sintió tan a gusto Al sur de Granada que anidó en La Alpujarra. Digo “anidó” porque cuando las buenas gentes de aquella tierra le oyeron hablar pensaron que utilizaba el lenguaje de los pájaros.
–¿Diría usted que Brenan era raro? –preguntó la hermosa Vera al profesor. Dudó éste unos veinte segundos antes de contestar:
–Lo era; fue uno de los pocos ingleses que no vino a España a fundar una taberna.
Se quedó Vera evaluando la exageración, no exenta de mala leche, y recordó un pasaje de los Pensamientos en una estación seca en el que el ilustre hispanista decía que «los españoles se aproximan a la tesitura de los griegos y los romanos antiguos bastante más que cualquier otro pueblo moderno porque ellos han preservado ese equilibrio sutil entre los sentidos y el intelecto que los romanos denominaban humanitas”.
–¿Diría usted, Leontief, que los españoles son los más humanos de los europeos?
–En cuanto se europeizaron dejaron de serlo.
–¿A qué debemos atribuirlo?
–A lo que decía Brenan sin ir más lejos: «Los españoles ya no son nativos de un país pobre y poco desarrollado, sino de uno próspero y muy atareado; con la desaparición de los usos y costumbres que eran inherentes a una vida despaciosa, han perdido mucho de su antigua idiosincrasia, de manera que su modo de vida está más próximo a la de otros pueblos europeos, así como sus ciudades, ahora cercadas por horrendos bloques de viviendas al estilo moderno, han perdido mucho de su encanto».
El tren se acercaba a una ciudad. Desde lejos se apreciaba el avance de la fiera de la construcción. Vera se fijó en un gran cartel publicitario de piscinas sin peces bajo el letrero de “Arquitectura líquida”.
–Creo que Brenan tenía razón –musitó Vera.
15
Poco después subió al tren un joven apuesto y tan elegante que cualquiera dijera que iba a una boda. Atraído por la belleza de Vera, dijo: “Con permiso” y se sentó a su lado. Leontief pegó la hebra y enseguida se interesó por la actividad del nuevo viajero.
–Soy inventor y deportista –dijo él.
–¿Y qué ha inventado, si se puede saber?
–El cuádruple salto mortal desde barra fija –contestó el joven.
Vera no pudo ocultar un gesto de admiración al unísono con el profesor. Ciertamente el atleta parecía incómodo en su traje. Leontief mostró su curiosidad por la meritoria actividad del joven – la Península Ibérica y sus islas Baleares y Canarias ya descollaban como tierra de grandes deportistas– y el viajero la satisfizo de buena gana, sin dejar de mirar por eso a la deslumbrante Vera y, con gran frecuencia, a su reloj de pulsera.
–¿Lleva usted prisa?
–Si, llego tarde a la boda.
–¿Es usted el novio?
–No –dijo el joven.
–Entonces, tranquilo –repuso el profesor.
Vera desestimó la rareza de un deportista que no se halla cómodo en su traje ni cuando va de boda, por estimar que podía ser un fenómeno tan vulgar como frecuente, lo que no quita que retuviera el “cuádruple salto mortal”, pues hasta entonces sólo había oído hablar del triple salto de los mortales: largo, ancho y alto.
El profesor Leontief cerró el libro, extrajo su libreta del bolsillo de la chaqueta y anotó algo. Vera se interesó:
–¿Qué es?
–Una palabra.
–¿Qué palabra?
—Mandilandinga –dijo el profesor, reafirmando en su ayudante de campo la convicción de que de que el estudio de la rareza debía ser multidisciplinario.
7
El tren redujo la velocidad. Poco después entró en la estación de Baños y, puesto que Leontief, un hombre de acción, descendiente de un cazador de leones, no perdonaba la hora del aperitivo, se apearon y se encaminaron hacia el núcleo urbano. Llegaron a una plaza empedrada con cantos del río y se acercaron a la zona bulliciosa, unos soportales de vigas de madera ocre sostenidas por columnas lisas de roca caliza. Entraron en una cantina presidida por el letrero Se prohibe cantar y el profesor preguntó a la dama de mediana edad que trajinaba al otro lado de la barra de madera avinagrada si tenía buen vino. “Superior, de la tierra ¿Media jarrita?”. El profesor asintió y preguntó: “¿Y queso?”. La mujer contestó: “Superior, de oveja. ¿Unos taquitos?” El profesor miró a Vera y ella dijo: “Sea”.
Se sentaron en un banco de tabla sin respaldo que recorría una mesa larga y cubierta con un hule de figuras geométricas desvaídas que olía a lejía, y en lo que paladeaban el vino áspero y el agradable sabor del queso curado y leían los históricos titulares de las amarillentas páginas de periódicos con las que habían empapelado aquel ameno establecimiento de techo bajo y melancólico, entró un hombre como de treinta años, seguido de otros dos de mayor edad y solicitaron unos botellines de cerveza y se sumaron al ejercicio que ya practicaba otro parroquiano acodado en la barra de contemplar la belleza de Vera. Ella ya estaba acostumbrada al escrutinio. Conocía la errónea creencia masculina de que las mujeres y las televisiones no soportan que no las miren. Los hombres hablaban en voz alta y la miraban a intervalos. Hablaban de la potencia, la velocidad y de otras características de los automóviles. En un instante, el más joven se soliviantó y le dijo a otro:
–¡Te prohíbo que hables mal de mi coche!
–¡Tu coche es una mierda!
–¡Retira eso o te arranco la cabeza!
–¡No tienes cojones!
–¿Que no tengo cojones..? Sal fuera y verás.
–Haiga paz –dijo el tercero.
El retado estiró el brazo hacia la barra, agarró el frasco de cerveza, lo acercó a los labios como si fuera a regalarse un trago y ¡zas!, le asestó un botellazo en el entrecejo al retador. Éste se tambaleó y se apoyó en el mostrador. El agresor soltó el caño del botellín roto y le propinó un directo al hígado que le dejó tendido en las lastras del suelo. La cantinera y el otro parroquiano le ayudaron a incorporarse y le limpiaron el rostro manchado de sangre y cerveza.
–Estas cosas pasan –dijo en voz baja el profesor– cuando la idiocia insiste en expresarse.
–¿La idiocia? –dudó Vera Veraz, consciente del incendio de su luminosidad.
8
Solo uno de los cuatro ancianos que se habían sentado a tomar el sol en el poyo de la Casa del Pueblo conservaba el oído en buen estado, de modo que contestó a Vera que el más notable del pueblo era un conde reaccionario, podrido de millones que, encima, cobraba “eso de la paca” por las tierras y el ganado. Se refería a las subvenciones de la Política Agraria Común europea, conocida por sus siglas PAC. “Menudo hijo de la gran puta…”, remató el anciano su respuesta.
–¿Por qué lo dice?
–¡Coño! Si es que no respeta el convenio y paga una miseria a los braceros, el muy cabrón… Oiga, ¿no será usted pariente o eso?
–No señor –dijo Vera.
–Pues es una lástima.
–¿Por qué?
–¡Coño! Porque así podría decirle lo que se piensa de él, aunque de sobra debe saberlo el muy cabrón.
En este punto, Vera Veraz recordó la anécdota, según la cual, el dictador español llamó a Ramón Gómez de la Serna para nombrarle director de la Biblioteca Nacional con el fin de mejorar la imagen cultural del régimen. El escritor viajó a Madrid desde Buenos Aires, donde residía por decoro intelectual, y cuando estuvo ante el dictador le dijo que de buena gana aceptaría el cargo si no fuera por la pena que sentía.
–¿Pena de qué, Ramón?
–De que en la calle hablen tan mal de usted, señor. Comprenda que no debo ni puedo aceptar el cargo porque sería un director penoso.
Y regresó a Buenos Aires.
El profesor Leontief se había entretenido, contemplando algunos detalles de la arquitectura local, y se sumó al grupo, saludando a los vejetes con una ligera inclinación de cabeza. Vera le hizo una señal significando que no había nada que rascar. Él correspondió con otra indicándole que insistiera. Así lo hizo. Unos minutos después, el sano de entendederas señaló al anciano que ocupaba la esquina izquierda del poyo y parecía el más mustio y acabado de los cuatro, diciendo que “para ilustre, éste”.
–¿A qué debemos atribuir su celebridad?
–Es poeta.
–¿Célebre de verdad?
–¡Coño, claro! Usted pregunte por Frechilla a las mujeres y verá si es célebre y celebrado en cien lenguas a la redonda.
Se admiró Vera y al mirar al aludido descubrió en sus pequeños ojos azules una expresión de de picardía. Se cubría la cabeza con una boina raída y le pareció extremadamente flaco y enclenque. Tenía los huesos de la cara y los hombros tan marcados bajo la piel curtida por el aire que parecía recién salido de un campo de concentración. Quitando eso, le pareció un hombre guapo. Se acercó a él con intención de saber algo más. El vate, que no había dejado de mirar a la moza ni un instante, hizo un gesto canino, alzó la cabeza y arrugó la nariz, abriendo las aletas como si quisiera olisquearla..
–Si son del cine llegan tarde: ya se llevaron a los enanos –afirmó.
–No son del cine, Frechilla, son de la universidad –le corrigió en tono mayor el que conservaba el oído–. Ya ve –comentó a Vera–, todavía el hombre está obsesionado porque se llevaron a dos enanos de aquí a trabajar en el cine, en Francia y Alemania y en los Estados Unidos, y nunca los devolvieron. De eso ha más de cincuenta años, usted considere…
–¿Qué clase de poesía hace usted, Frechilla?
–¿Qué?
–¡¿Que cómo es la poesía tuya?!
–Romántica, como debe ser la poesía. Díselo tu, Josman, dile a esta joven, que está más buena que el pan, que yo era amigo de Pedro Salinas, el de La voz a tí debida. Y cuéntale lo demás y entra ahí, anda, y sácale un Rosalía y se lo vendes con descuento, que yo he de ir a los pardales.
–¿Qué prisa tienes, hombre?
–No es la prisa, es el condumio.
9
El profesor sostuvo que nada había de raro en un poeta local, pero cuando Vera Veraz le fue explicando que el mencionado Frechilla no había trabajado jamás y que había vivido de la poesía desde que dejó La Legión, a la edad de 30 años recién cumplidos, admitió que aquello era raro, rarísimo. Ya de nuevo en el tren, Leontief hojeó la gavilla de poemas del librito Rosalía que ella había adquirido, y confesó que no estaban mal.
Naturalmente, Vera Veraz le ahorró las explicaciones que no había podido corroborar, y entre las que no eran de poca importancia la promiscuidad del vate Frechilla. Tan fecunda había sido su actividad sexual como poética. De algún modo se podía decir que escribía con el pene. Al decir del viejo con las facultades auditivas en buen uso se apareó con muchas mujeres en cien leguas a la redonda y dedicó un poema a cada una. No siempre la inspiración le llegaba con la primera coyunda, sobre todo si estaban jugosas y eran agradecidas, añadió el anciano.
Al contrario de las matrioskas, una rareza muy grande podía ocultar otra mayor, se dijo Vera, quien tampoco desveló al profesor el singular origen del poemario que tenía en la mano. Su título, Rosalía, era el penúltimo de los cuatro nombres de la condesa consorte. Lo escribió para congraciarse con ella después de que se enterara de la publicación en la capital del Coctel de Féminas, dedicadoa otras mujeres. La condesa era muy celosa, pero Frechilla le hizo saber que en su picha mandaba él. Finalmente acordaron una reparación y el poeta le dedicó Rosalía.
–¿Que cuantos polvos habrá por poema, dice usted…? A saber. Pero le diré una cosa: el trato con esa golfa le vino a Frechilla de maravilla; hasta engordó y todo y se compró buena ropa. Que ¿cuánto duró el idilio? Pues verá usted, unos tres años, sobre poco más o menos”.
–¿Y después?
–Después nada; ella se estrelló con un coche último modelo.
–Qué pena, ¿verdad?
–Pues sí, señorita, una pena. Pero le digo una cosa: la satisfacción de llamar cornudo al conde por el procedimiento de leer las primorosas poesías de ese libro no nos la quita nadie.
–¿Se ha leído mucho?
–Muchísimo; quien más quien menos, todo el mundo el mundo en la comarca tiene su volumen..
–¿Más que el Cóctel de Féminas?
–¡Coño, claro!
10
Evocaba la hermosa Vera la conversación con el anciano de buenas entendederas y miraba el paisaje primaveral del ameno valle desde la ventanilla del ten. El profesor se mostraba relajado en el asiento de enfrente, con el poemario cerrado en la mano y la mano caída en la entrepierna sobre sobre el entretenimiento orgánico. A un lado del camino de hierro había un montículo escarpado con los muñones de un castillo en ruina. Lo atrajo Vera con el zoom de su cámara para contemplarlo mejor y entonces descubrió a un tipo sentado en lo alto de la pétrea pared derruida que alargaba una caña hacia el vacío y la movía a intervalos a un lado y otro. Al ver su cara se sorprendió: era el vate Frechilla, que estaba pescando pájaros mediante el procedimiento de los hilos invisibles con mosquitos prendidos de los anzuelos. En ese momento entendió la repentina retirada del vate: ya víctima de la vejez, se alimentaba con gorriones.
Iniciamos este 16 de agosto de 2015 la publicación del nuevo y magnífico relato del escritor norteamericano Key Good, Ensayo sobre la Rareza, traducido al castellano por Lavanda Guerrero Pérez. El texto consta de 33 capítulos. Dada la brevedad de cada uno de ellos, los publicaremos como los dedos de una mano, de cinco en cinco.
Por KEY GOOD
1
En aquellos días visitaba la Península Ibérica el hispanista y profesor Leontief, acompañado de su hermosa alumna Vera Veraz en funciones de ayudante de campo. En el apeadero de Peñaforada acertó a subir al tren un hombre con cara de patata de la temporada pasada que se apoyaba en una cachaba y en el brazo de un mozalbete con cara de patata temprana. De inmediato se sintió atraído, el mozalbete, por la belleza de Vera y se acercó a ella y le entregó un papelito con su número de teléfono. “Ese es mi padre –le dijo, señalando al viejo–, se llama Dionisio Castañal y va a la ciudad para que lo ingresen y lo operen en el hospital. ¿No tendría usted inconveniente en avisarme si hay alguna incidencia, verdad?” Vera asintió y el joven abandonó el vagón antes de que el tren echara de nuevo a rodar.
–¿Cómo es que no lleva usted teléfono inalámbrico? –se interesó el profesor.
–Pues ya lo ve; yo no pago por lo que es mío –contestó el nuevo viajero.
–¿Suyo?
–Si hombre: las palabras –aclaró el rústico.
El profesor miró a Vera y elevó la ceja izquierda –se entendían con el tablero de instrumentos de la cara–, alertándola de que se hallaban ante un hombre raro, y prosiguió la liviana conversación con él, llegando a la conclusión de que el principal incidente del que Vera podía informar al joven era un descarrilamiento con consecuencias leves, pues en aquella abrupta, las ruedas del último vagón se salían de la vía de vez en cuando. Unos minutos después el tren redujo la velocidad para abordar un tramo sinuoso, a unos metros de un barranco del que solo se podía adivinar el fondo, y aquel Dionisio Castañal se incorporó del asiento como quien se dispone a estirar las piernas, se encaminó hacia la portañuela, la abrió y se lanzó al vacío. El profesor se quedó lívido. Vera gritó. Algunos viajeros tiraron de la palanca del freno. El maquinista paró. Varias personas se apearon y se asomaron al roquedal. Una mujer con buena vista señaló una mancha de sangre sobre uno de los muñones de aplita que sobresalían en la vertical de piedra, al fondo de la cual se adivinaba un río, y exclamó: “¡Se estronció!”. Dos hombres asintieron. Uno dijo: “Rebotó ahí y se escachó allá abajo, vaya por dios”. El maquinista avisó al servicio de rescate de la Benemérita y ordenó a los curiosos que regresaran al tren. Ya iban con retraso. Los viajeros volvieron a sus asientos. Entonces Vera lanzó una dura mirada al profesor.
–¿Cómo podía adivinar que se iba a suicidar? –se justificó el profesor.
–Por deducción, Leo –le contestó la discípula antes de sacar de la mochila su libreta de observaciones de campo.
–La premisa era muy endeble –dijo el profesor.
–Pero suficiente –replicó Vera. Y a continuación anotó en su libreta de raros el caso de aquel hombre que sintiéndose dueño de sus palabras hasta el punto de negarse a contratar un teléfono móvil como hacía todo el mundo, pues a él no le pagaban por la propiedad de la materia prima, las palabras y expresiones, debió considerarse igualmente propietario de su enfermedad y prefirió morir con ella antes de que se la arrebataran en un hospital.
–¿Cómo definiría usted esa rareza, profesor? –consultó Vera a Leontief.
–Egoísmo ontológico en grado gnoseológico –dijo el profesor.
2
El trabajo de campo –le llamaban así aunque de campo, campo, no era– de Vera Veraz sobre las rarezas humanas contenía ya un número de casos tan abundante como para hacerla dudar de la definición a bote pronto del profesor. ¿Y si no es egoísmo, sino esencialidad, lo que el suicida padecía? ¿Cuantas veces hemos oído que en este lado del globo los humanes nos caracterizamos por la falta de esencialidad? Hemos alcanzado tal grado de estupidez que ya comemos sin tener hambre, bebemos sin tener sed, fornicamos sin la menor intención de procrear –lo que no quita que esté bien disfrutar del placer sexual–, acumulamos atuendos, calzado, joyas y enseres que ni en tres vidas gastaremos, y hablamos y nos comunicamos aunque no tengamos nada que decir ni que comunicar. El canadiense Marshall McLuhan quedó periclitado: nosotros somos el medio y el mensaje. Pongamos a un tipo sin teléfono móvil como ese suicida en medio de una masa humana armada con smartphones y nos parecerá un raro ejemplar. ¿Raro porque se considera dueño de sus palabras y no está dispuesto a pagar dinero por largarlas a través de ese artefacto o raro porque no teniendo nada importante que decir prefiere estar callado? Ya nunca lo sabremos.
En lo atinente a la propiedad de la enfermedad de la que el suicida no habría querido desprenderse, ¿quién le dice a usted que no estamos ante un caso similar al de aquel hombre que al enterarse de las exigencias de la exploración de la próstata se negó a que el médico le metiera los dedos por el culo y acabó muriendo de esa afección tan común y sencilla de eliminar mediante la cirugía avanzada? ¿Cómo se llamaba el tipo? ¡Ah, ya me acuerdo! El Raro de Nuévalos.
Vera Veraz se entretuvo en buscar sus notas sobre la rareza de aquel Raro de Nuevalos, que no era solo una, sino dos. Las encontró. El profesor leía una novelita titulada La Pícara Justina y ella evitó molestarle con consultas sobre paralogismos y pensó para sí misma cuán dañina puede ser la enseñanza mal administrada y cuántos estragos puede infligir a una mente primaria como la de aquel raro de Nuévalos la creencia de que descendía de los romanos y la amenaza de algún cura libidinoso de las llamas del infierno por toda la eternidad si se dejaba meter algo por el culo. Con la evolución mental estancada de por vida a la edad de nueve o diez años, aquel hombre raro seguía creyendo a los setenta años que descendía de los romanos y seguía escribiendo los números con letras y la fecha de nacimiento igual que sus sabios antepasados, es decir, VI-VIII-MCMLI, lo que significaba 6 de agosto de 1951. Aparte de raro por utilizar letras de tumba en vez de números, como todo el mundo, el Raro de Nuévalos sabía que los romanos no tenían ceros, eran sin ceros, y él también, y lo contaba todo sin picardía ni doblez –incluida la afección de la próstata que le llevó al otro barrio–, por lo cual le motejaban el Tonto del Pueblo.
3
La rareza se puede contraer a cualquier edad y en cualquier lugar; su variedad y extensión la convierte en una materia ilimitada; su estudio en términos de descripción, análisis y comprensión reclama una delimitación o acotación y requiere la aplicación de múltiples herramientas, de modo y manera que esas múltiples disciplinas, la «multidisciplinaridad», le aporten un valor «integral».
Esas y otras insípidas frases académicas iba hilvanando Vera Veraz en su mente a modo de exordio de su trabajo mientras el tren corría como un juguete de cuerda por una jugosa alameda de chopos, fresnos y pastos. Pronto saldrían a campo abierto. La verdad es que eso de “integral” no le gustaba, le sonaba a integrista y facha, y lo de la “multidiciplinaridad” le tocaba mucho los píes. ¿No había un sinónimo, una palabra de una sola pieza? El profesor Leontief, sentado frente a ella, alzó en ese instante su vista del libro, y ella aprovechó la pausa:
–Leontief, ¿cómo se llamaba aquel colega de Salamanca?
–No sé de qué me hablas.
–Del profesor que mencionó Fernando Lázaro Carreter con tanta guasa.
–¡Ah, ya! Teórgano Expósito.
–No me refiero a ese… Tanto da.
El profesor se ajustó las lupas sobre la nariz y siguió leyendo mientras ella, incapaz de encontrar aquel nombre en el disco duro de su memoria sin “ran”, se meaba de risa para sus adentros recreando la escena en su imaginación. Allí estaba el señor rector, se disponía a realizar la presentación, se colocaba tras del atril del orador, elevaba ligeramente el micrófono, dirigía una mirada de este a oeste al público asistente (estudiantes) y prorrumpía: “Les presento a ustedes a don… ¿Cómo se llama usted?”, preguntaba volviendo la cabeza hacia el conferenciante.
–José María Brunaldo –le apuntaba éste.
–¡Ah, si! En qué estaría yo pensando… Les presento al señor Grimando…
–Brunaldo –le corregía el conferenciante.
–Bien, bien. Les presento a don José Mariano Brunaldo…
–María –le soplaba el conferenciante a su espalda.
–¡Cierto! Así pues me es grato presentarles a don José María Brunaldo, especialista… ¿En qué es usted especialista, señor Brunaldo?
–En la totalidad.
–Tiene usted la palabra.
4
La rareza y la sorpresa van de la mano como la causa y el efecto del escolástico. Conocí a un niño en Vacamundi que respondía al nombre de Manolito y se enfurecía si le llamaban Manolito. Como muchos otros de su edad, quería ser mayor. Pero la rareza de éste era su odio hacia los diminutivos. En el colegio pegaba a los que le llamaban Manolito. El señor cura del pueblo le nombró monaguillo y él enseguida amenazó con pegar una paliza al que se atreviera a llamarle moñaguillo. “Llamazme Monago, no Monaguillo”, advirtió a los demás niños.
Con esto deseo significar –seguía hilvanando Vera Veraz su introducción– que la rareza no tiene edad y lo mismo la podemos descubrir en un brutinín como aquel Manolito Monaguillo que en aquella niña de Turrisburris –Margarita se llamaba– que libraba una batalla contra el sueño y se negaba a dormir para evitar ser torturada.
–¿Quién te tortura, Margarita?
–Las Matemáticas.
–Dime qué te hacen.
–Me atacan con el uno, me pinchan con su anzuelo; mira –decía mostrando picaduras que parecían de mosquitos en las piernas y los brazos.
–Defiéndete con el siete.
–Todos son uno.
5
Hay rarezas caducas y rarezas perennes como las hojas de los árboles que, en general, suelen ser muy raros, pues como versificó Bergamín, se desnudan en invierno y se visten en verano. Las rarezas perennes pueden ser congénitas y duran toda la vida o, como dice el refrán, “el que nace lechón muere gorrino”.
En este punto dudó sobre la cita.
–Profesor, ¿los refranes son académicos?
–¡Claro que no!
Entonces quito el refrán. Carlitos pertenecía a la especie de los raros congénitos: nació con la cabeza más picuda que el griego Pericles y tenía una cara rarísima, muy estrecha, tanto que al mirarle de frente tenías la sensación de que estabas viendo una pintura egípcia. Todos se reían de él y su cabeza provocaba sorpresa y curiosidad en todas partes. Pero eso no quiere decir que sus facultades mentales fueran inferiores a los demás; antes, al contrario, era un muchacho inteligentísimo, aventajaba a todos sus compañeros y obtenía las mejores notas. Su padre, que también tenía la cabeza picuda, por lo cual le llamaban Calabacín, trabajaba en una industria de satélites artificiales.
¿Cómo eliminar esa la rareza?, se preguntaba él y se preguntaba su familia. De ninguna manera. La rareza era de por vida y la solución de cortarse la cabeza no le parecía oportuna. Finalmente resolvió estudiar árabe y como los árabes usan turbante, cuando se asentó en Egipto dejó de ser mirado como un bicho raro y comenzó a ser admirado como un joven de singular belleza ancestral. Con ello quiero decir que la rareza congénita, según y cómo.
La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.
El jefazo le miró como quien examina un burro en el mercado del ganado y le preguntó de dónde había sacado esa cara de boñiga. Él estuvo a punto de devolverle la coz, pero se hallaba impecune y necesitaba el empleo, de modo que se mordió los labios y se encogió de hombros pensando dame pan y llámame lo que te de la gana, tío hijoeputa.
Cuando el jefazo hubo comprobado su docilidad, extrajo un cigarro habano de larga distancia del cajón de su mesa, lo olió, le cortó la boquilla con un capa puros y le prendió fuego con una cerilla de astilla. A continuación, le dijo soltando humo:
–Muy bien, chaval, ¿cuánto quieres ganar?
–Lo suficiente, señor; vivir se ha puesto al rojo vivo –contestó con un verso de Blas de Otero.
–Te pagaré algo; mañana a las nueve empiezas –repuso el jefazo levantando sus posaderas del sillón y tendiéndole la mano para rubricar el trato. Su movimiento dejó al descubierto en el costado izquierdo, bajo la americana, una pistola Astra de la fábrica Gabirondo y CIA. Era un tipo enjuto y pálido, de mediana edad y nariz historiada de boxeador, un hombre armado, el jefazo.
La escena tuvo lugar el 2 de junio del año 1973, doce días después de que Lucas hubiese llagado a la antigua Ursaría procedente del Norte. Los frailes del internado carmelitano donde estudiaba bachillerato superior y gozaba de buena fama como poeta y de mala como religioso por no creer en los misterios, se disponían a decretar el final del periodo lectivo y a enviarle de veraneo con los demás internos a una granja donde debía ayudar a los hermanos legos a limpiar las cubiles de los cerdos y a segar y majar el cereal y las gramíneas de unos predios y curatos.
Pero antes de que eso ocurriese, la tía Zulaica, hermana de su padre, llamó por teléfono a los frailes y les comunicó que el Viejo estaba en las últimas. Fray Octavio tomó el recado, movió sus ciento cincuenta kilos de humanidad, le llevó a la estación ferroviaria en elDos Caballosy le pagó el viaje en el correo de las tres de la tarde, gracias a lo cual, llegó a tiempo de ver al Viejo todavía con vida.
Lo encontró, al Viejo, pálido y desmejorado, con la respiración asistida por un tubo conectado a un agujero que le habían hecho en la tráquea. Tenía los ojos hundidos y una expresión de infinito aburrimiento. Le acarició la frente y el pelo y mantuvo su cara apretada contra la del Viejo como cuando era niño y él le picaba con la barba. Tenía la piel fría, el Viejo. Introdujo el brazo por detrás de su espalda y le incorporó sobre la almohada. Entonces el Viejo abrió algo más los ojos e hizo un esfuerzo para mirarle. Su pecho sonaba como un sonajero. Lucas le dijo que se pondría bien, pero el Viejo le apretó la mano y negó con la cabeza. Lucas le llevó la contraria, afirmando con la cabeza y le dijo que Richard estaba en camino y que llegaría pronto. Al oír el nombre del hijo mayor, que se había marchado de casa hacía algunos años, el Viejo abrió un poco más los ojos y esbozó una mueca que quería ser una sonrisa. Lucas le acarició la frente y le dijo: “No te mueras, padre”.
Estuvieron así un buen rato hasta que el Viejo le fue aflojando la mano, y aunque Lucas le repitió que Richard llegaría pronto y le animó que se mantuviera despierto, el Viejo, turris burris, se fue quedando sin fuerza y cerró los ojos. Se notaba que tenía ganas de morirse. Media hora después se quedó más frío que un témpano.
Un médico llamado doctor Rubiñán certificó el deceso en un papel con membrete oficial y póliza de sesenta céntimos y cuando Richard llegó de aquella isla del Mediterráneo en la que trabajaba cocinando cosas ricas para los ricos, otro médico les invitó a pasar a un higiénico despacho y les informó con gran amabilidad sobre las causas de la muerte del Viejo, que ni viejo era siquiera. Han sido varias, les dijo. La primera y principal corresponde a un envenenamiento silicótico irreversible y progresivo, complicado con una bronquitis de caballo, agravada por un proceso de inflamación de la pleura que ha dado lugar a un cuadro clínico de insuficiencia respiratoria aguda, sin retroceso ni remisión ante la ventilación, la medicación y la respiración asistida, de modo y manera que en las últimas horas se le ha inyectado morfina para evitarle el tránsito con sufrimiento. En pocas palabras, que el Viejo era un leño, un árbol seco, sin hojas para respirar.
Al oír la explicación del doctor, los sollozos de la tía Zulaica arreciaron y estalló en lágrimas, sujetándose la cabeza con ambas manos. Lucas empuñó el historial con los padecimientos del Viejo que le entregó el doctor y con la ayuda de Richard, que también se puso a llorar, incorporaron a la tía y la sacaron del despacho del amable médico. Nada más cruzar la puerta, la tía Zulaica empezó a maldecir a “esos”.
–¿Qué esos, tía?
–Esos canallas que le condenaron y le tuvieron en el batallón penitenciario trabajando en la mina tantos años… –alcanzó a decir entre sollozos.
Era la primera vez que Richard y Lucas oían que el Viejo había estado sometido a trabajos forzados, picando antracita, de resultas de lo cual había contraído la enfermedad irreversible y se había muerto antes de tiempo, es decir, mucho antes de lo que correspondía al promedio de duración de la vida.
Volvieron junto al cuerpo inerme del Viejo y Lucas y Richard miraron su rostro apacible y enjuto como si quisieran pedirle perdón por su ignorancia. La tía Zulaica lloraba como una Magdalena. Richard, que ya era un hombre hecho y derecho, la abrazaba, tratando de consolarla, y también lloraba. Lloró mucho Richard.
–¿Cuánto tiempo estuvo castigado en la antracita? –Le preguntó Lucas.
–Más de diez años, mi niño –dijo la tía Zulaica.
Richard miró a Lucas y ambos volvieron a mirar la cara del Viejo; ahora comprendían aquel ajetreo y la alegría de madre el domingo mensual, cuando les cepillaba las uñas, les ponía guapos, les peinaba con la raya bien recta a un lado, les vestía con la ropa nueva –la ropa del domingo– y les lleva en el coche de línea a ver a papá a Los Negrillos. Le tenían allí castigado, es decir, preso, con otros mineros y no le dejaban salir de aquel recinto de casuchas de madera podrida, situadas en la ladera del monte, a un lado y otro de una larga calle asfaltada con carbonilla prensada. Comían la tortilla y el picadillo de verduras que mamá preparaba la noche anterior y después salían a jugar al balón y al escondite con otros chicos y chicas mientras los padres y madres cerraban las puertas de las casuchas y hablaban y se hacían el amor. Luego, antes de que oscureciera, corrían hasta la carretera para no perder el autobús de línea de regreso.
El Viejo, ya dormido para siempre, nunca les reveló su condición de presidiario ni les explicó la causa de su confinamiento. Sólo sabían que padre estaba trabajando en la mina y que gracias al dinero que le daba a madre, ella les compraba ropa y comida y pagaba la escuela particular del maestro don José. Tampoco ella mencionó la palabra maldita. Estar “preso” era una vergüenza y significaba que algo muy malo habías hecho. Pero padre no estaba preso, sólo trabajaba en la mina para que la gente tuviera luz y los trenes y las máquinas y la industria funcionaran. Y como la luz no se podía parar ningún día y los trenes y las máquinas tampoco, por eso padre no tenía tiempo de venir a casa por la noche como los demás padres. Además, era por la noche cuando más falta hacía la luz.
Lucas no podría precisar cuanto tiempo permanecieron en aquella habitación acariciando la frente y el pelo rubio entrecano del Viejo y consolando a la tía Zulaica, que seguía llorando. Sólo recordaba que al atardecer se lo llevaron unos hombres y que poco después lo instalaron en un ataúd con olor a formol sobre dos sillas en una capilla que había en el sótano del sanatorio, junto a otros dos muertos, y que llegó un cura y rezó unpater nosterpara todos. Pasaron la noche dormitando junto al Viejo y por la mañana apareció otro cura y dijo una misa de réquiem y les echó gotas de agua con un hisopo, y luego vinieron los hombres de la funeraria y cerraron la tapa del féretro y lo cargaron con los otros dos en una camioneta y ellos subieron con el Viejo y llegaron al cementerio, donde otro cura le echó unrequiescat in pace, y después dos enterradores colocaron el féretro con el Viejo en la misma tumba familiar en la que reposaban los restos de madre y sellaron de nuevo la losa con yeso, y un hombre de traje y corbata negra ajustó con la tía Zulaica el precio de la inscripción en la lápida y le preguntó si quería epitafio. “Un hombre bueno”, dijo la tía entre lágrimas.
Aunque Richard no lloró tanto como la tía, lloró bastante. En cambio, Lucas no soltó ni una lágrima, ni un sollozo siquiera, lo que le valió algunas miradas de reproche de tía Zulaica. No es no sintiera una gran pena por la muerte del Viejo, es que la mañana que le llevó al internado de los frailes carmelitas, cuando tenía once años, él comenzó a llorar, pues no se quería quedar en aquel lugar, y el Viejo le cogió en brazos y le convenció de que los tipos duros no lloran y él ya había llorado bastante cuando mamá se murió y ahora debía portarse bien y obedecer a aquellos señores frailes, que eran muy buenos, y estudiar mucho para convertirse en un hombre de provecho y no tener que obedecer a los ricos. Entonces él dejó de llorar. Y el Viejo le acarició, y antes de posarle en el suelo, le dijo muy serio:
–¿Verdad que no vas a llorar nunca?
–No, padre.
–¿Me lo prometes?
–Si, padre.
–Así me gusta.
Richard se quedó con el reloj y unos anteojos del Viejo y él se guardó el libro de familia con la fotografía en la que aparecían Richard y él entre madre y padre, y también se quedó con la maquinilla de afeitar del Viejo. Quitando el poco dinero que guardaba en una caja de carne de membrillo y la antigua casa con el huerto trasero en el que tía Zulaica y el Viejo apacentaban dos cabras, madre e hija, y cultivaban patatas, coles y tomates y cuidaban unas gallinas ponedoras y engordaban unas camadas de conejos para llevarlos a vender al mercado de la plaza mayor, no había más herencia que repartir. Así que una vez sellado el trato por el que la tía Zulaica, que tanto había querido y cuidado al Viejo, se quedaba con la casa, Lucas acompañó a Richard a la estación ferroviaria y cuando el tren partió, casi sin sentir, como suelen hacerlo todos los trenes, le prometió escribirle y salió de la estación y echó a andar por una larga avenida y siguió caminando por una carretera hasta el borde del cansancio.
Anochecía y se sentó en un mojón kilométrico. Le dolían los pies. La desolación y el vacío ocupaban su interior y anulaban su fuerza de voluntad. Aunque se sentía cansado, su pensamiento no dejaba de dar vueltas a aquella condena a trabajos forzados del Viejo que le condujo a la muerte a los 45 años, mucho antes de tiempo. ¿Era justo eso? ¿Quiénes eran los “canallas” que le habían provocado la enfermedad y la muerte? No lo sabía. La tía Zulaica sólo había pronunciado un pronombre genérico, pero tampoco sabía quiénes eran “esos”. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo averiguar la identidad de los acusadores y explotadores, y juró propinarles su merecido.
Había otros asuntos que tampoco entendía. Si en verdad Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos, ¿por qué había hecho lo contrario con el Viejo en vez de con los canallas que lo encarcelaron y explotaron hasta que enfermó? No tenía duda de que Dios era un invento. Y si no lo era, le parecía tan inmisericorde que no creía que fuera el Dios que interesaba a los hombres.
Recordó las palabras del Viejo: “Estudia hijo, estudia, que sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar a los ricos y librarnos de sus injusticias”. No le dijo “reza” ni “sé temeroso de Dios” ni toda esa letanía que repetían los frailes. No. Sólo le dijo: “Estudia, aprovecha las enseñanzas que estos frailes te van a dar y pórtate bien”. Y él deseaba que el Viejo se sintiera orgulloso y que un día pudiera decir: “Veis ese maestro que enseña a los niños pobres de ese pobre país, pues ese es mi hijo”. Era consciente del esfuerzo económico del Viejo para que él llegase a ser un hombre de provecho. Y sin embargo, ya no podría ver el resultado ni sentirse orgulloso de él. Siempre tuvo mala suerte, el Viejo.
Dudaba sobre el camino a seguir. Sentado en el mojón kilométrico se preguntaba qué sentido tenía regresar al internado, pasar un verano más en la granja de los legos, limpiando y cebando a los cerdos y majando y aventando el trigo. Al atardecer jugaban al fútbol en una campa con los chicos del pueblo, y los domingos iban a bañarse al río. La corriente era fuerte y los arrastraba kilómetros abajo hasta una cascada. Para evitar que los chavales se despeñaran por la Cola del Caballo, Alarico y él caminaban por una orilla y el lego Longinos iba por la otra a lomos de su borrica, la Catedrática, y les lanzaba una soga que ellos ataban al tronco de un chopo. Tensaban la gruesa maroma a ras del agua, y los chavales que se lanzaban desde un puente y bajaban braceando sobre la corriente, se agarraban a ella para no precipitarse a la Poza de las Truchas.
Las chicas iban a verles jugar al fútbol y algunas participaban en sus carreras de velocidad río abajo. Una que era muy linda y le gustaba mucho, aunque no se atrevía a mirarla, se arrancó una tarde hacia él y le preguntó si quería acompañarla a ver pájaros. Él contestó que sí, y se perdieron por un sendero entre los mimbrales. Ella iba diciendo nombres de pájaros: jilguero, calandria, pardal, mirlo, urraca, abubilla, avefría… Era flacucha y delicada y tenía una voz muy dulce.
–¿Sabes cómo se besan los pájaros? –Le preguntó.
–Ni idea –dijo él.
–Pues así –contestó ella alargando sus labios como si fuera a silbar y depositando un beso rapidísimo en los de él.
–Es un piquito –dijo riéndose.
El afirmó que los pájaros sólo se besan así cuando van en vuelo, pero cuando se posan en una rama se besan más despacio, “tal que así”, añadió acariciando la cara de la chica con ambas manos y depositando un beso pausado en sus labios.
–Y en el nido se besan mejor todavía mejor –replicó ella, agarrándole del brazo para que se agachara y se tendiera a su lado sobre unos hierbajos.
Él dijo que eso no era de pájaros sino de novios y ella se rió y estuvo de acuerdo, y permanecieron allí recostados, besándose hasta que se sintieron un poco mareados. Su nombre era Rosario, pero le decían Charo, y él le llamó Charín y luego, para abreviar, Chin.
Desde aquel día, cada domingo, cuando iban al río después de jugar fútbol, los dos desaparecían por unos senderos entre los mimbrales y, con la excusa de identificar pájaros para un trabajo escolar que ella estaba realizando, pasaban más de una hora juntos, mirándose y acariciándose y besándose, hasta que el lego Longinos tocaba el silbato ordenando el regreso. Se querían mucho, Lucas y Chin. Y se prometieron quererse siempre y siempre.
Pero ella no era de aquel pueblo, sino de la capital, y después de dos veranos no apareció por el Burgo para pasar las vacaciones con aquellos familiares que habitaban en una casa con un escudo de piedra sobre el portón principal, un caserón solariego que se asentaba en la prolongación de la calle mayor.
Ahora los recuerdos se mezclaban en la testa de Lucas con las dudas sobre el camino a seguir. Se preguntaba qué sentido tenía continuar la carrera clerical y hacerse fraile e ir de misionero a Ecuador a enseñar a los niños a leer y a escribir y a creer en Dios. Él creía en la justicia y en el amor, no en un ser supuesto y todopoderoso que infundía temor y amargaba la vida al personal, premiando a los malos y castigando a los buenos, a los que prometía mejor trato después de muertos.
De pronto, en la noche cerrada, paró un camión a pocos metros de donde permanecía sentado. Se apartó del chorro de luz de los focos. El vehículo transportaba vigas de hierro. El conductor se bajó, agarró un caldero de zinc, lo lleno de agua de una acequia cercana y a través de un embudo de lata conectado al tubo del radiador dio de beber a la máquina. Repitió la operación varias veces como si aquel dromedario fuera insaciable. Cuando acabó la operación, se dirigió a él y le preguntó si iba a alguna parte. Lucas recordó el aforismo de José Bergamín –“Cuándo te vas a enterar que vayas a donde vayas, estás dejado de ir”– y se encogió de hombros. Dudaba. El hombre dijo:
–Si te va bien, te llevo.
–¿Adónde va usted?
–A Madrid bajo.
En un instante pensó que en Madrid podía localizar a Chin y se dijo que la capital era también el lugar donde podría averiguar el delito del Viejo y la identidad de los canallas que lo acusaron y condenaron a trabajar en la mina, arruinando su salud y lucrándose de su sudor.
–¡Voy con usted!
–Está lejos Madrid, eh –le advirtió el camionero, que se llamaba Centeno.
–Cuanto más lejos, mejor.
–¿De qué pueblo eres?
–De ninguno ya; ni padre ni madre ni perro.., nada, no me queda nada, sólo una tía solterona y aburrida.
–¡Carajo! –Dijo el camionero.
El camión comenzó a rodar y Lucas sintió el alivio de haber dejado en la cuneta aquella duda que le pesaba como un saco de cincuenta kilos de mierda en la espalda. Ya no volvería al internado, ya era un hombre con pelo en pecho, un hombre de ninguna parte que en aquel instante inauguraba el futuro. Si localizaba a Chin en la antigua Ursaría, donde la suponía residenciada, y ella le seguía queriendo como cuando eran niños, sería de Ursaría, pues como escribió Ramón J. Sender, “el hombre no es de donde nace ni de donde pace, sino de donde yace con hembra placentera”, y si no la encontraba, sería del lugar que le diera la gana.
El camionero se puso a contar chistes de vascos, cojos, putas, gangosos, curas, catalanes, cornudos…, muchos chistes. Era un hombre gracioso y rudo. En cambio, él no sabía un triste chiste e intentó corresponder con algunas palabras capicúas como “anilina” y con frases capicúas como “atinar a la ranita” y con términos con una sola vocal como “odontólogo” o “efervescente” y con otras palabras con las cinco vocales como “paupérrimo” o “republicano”, y le explicó algunos fenómenos físicos extraídos de los libros, como la imposibilidad de que una fuerza irresistible pueda chocar contra un objeto inamovible o como la licuación de la sangre de San Pantaleón…, pero se dio cuenta de que sus palabras no le hacían ninguna gracia y desistió de mejorar el silencio.
Llevaban muchos kilómetros rodando por tierras castellanas cuando atisbaron a lo lejos una luz de color verde que parecía una luciérnaga colgada de un árbol. A medida que se acercaban, la luz se hizo más visible: era el letrero luminoso de un club nocturno. El camionero se desvió por un ramal de la carretera que llevaba hacia la luz. Los frenos del camión resoplaron como potros cansados. Centeno dijo: “Vamos a tomar algo y a dar de beber a Briones”. Se apearon. El aire olía a cerdo y a pescado. Varios camiones allí apartados, cargados con productos para el estómago de la gran urbe, goteaban agua del deshielo de las cajas con la pesca y orín de las reses que llevaban al matadero.
Centeno examinó el entorno, se acercó a la caja del camión, dio tres golpes con la mano abierta y gritó: “¡Egonaldi ostatu!” (Parada y fonda). Una voz le contestó desde dentro: “¡Goacen!” (Vamos).
Entraron en el bar-club y se acercaron a un mostrador de tabla barnizada, al fondo del cual se veía a una anciana haciendo migas en una sartén negra sobre la chapa de una cocina de hierro. En un extremo de la barra, una mujer rolliza y escotada se descolgó de un taburete y vino hacia ellos. Les preguntó qué deseaban tomar y por donde. Pidieron dos cervezas y una cazuela de “eso que huele tan bien”, dijo Centeno señalando a la anciana.
–Tienen mucho ajo –advirtió la moza, guiñándole un ojo.
–El ajo es bueno desde el punto de vista moral –dijo Lucas.
–¡Anda éste! –Exclamó la moza.
–¿Entonces…? –Dijo la moza mirando a Centeno.
–Hoy llevamos prisa.
–¿Ni una mamadiña?
–Vamos apurados de hora, hermosa.
Del fondo del bar-club, apenas iluminado por una lámpara de neón ensombrecida por una nube de mosquitos, llegaban risas femeninas y sonidos guturales.
Bebieron un trago de cerveza y comenzaron a aplicar la cuchara a la cazuela de migas. Sonó la puerta como un gato malherido y entró un tipo joven con barba negra de varios meses que mantuvo sujeto el portón hasta que entró una muleta de palo y después el palo de otra muleta y entre ambas, una pierna con un anciano encima.
–Egun gaur –saludó el de barba.
–Kaixo –le correspondió Centeno.
El barbudo ayudó al viejo a sentarse a una mesa junto a una ventana y después se acercó a la barra a ver lo que había de alimento. Pidió vino y migas e intercambió unas palabras con Centeno. El camionero le presentó a Lucas y el barbas le miró detenidamente. “Es de confianza”, dijo Centeno. “Salió de los frailes y va hacia Madrid”, añadió. El barbado le tendió la mano y Lucas se la estrechó. Se llamaba Argala y tenía la cara alargada como los caballos.
–Eta gizon zaharra? (¿Y el viejo?) –Dijo Centeno.
–Hementxe pilatze (Aquí mismo se queda).
–Hementxe? (¿Aquí?) –Dijo Centeno.
Argala asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con el anciano, que se había quitado la chapela y se acariciaba la pelusa cana.
Centeno pidió otra cerveza fría, pagó las consumiciones y dijo en voz alta, para que le oyeran: “En marcha pues”. Salieron, dio de beber a Briones unos calderos de agua que extrajo de un pozo cercano, se acercó al bar-club, golpeó el cristal de la ventana y, acto seguido, salió Argala y se encaramó a la caja del camión.
–¿No viene el señor mutilado? –Preguntó Lucas.
–Se queda ahí a putas; lo recogeré a la vuelta –dijo Centeno.
El camionero puso la radio y escucharon noticias insustanciales y jotas y cante flamenco rayado de interferencias, y después de otra parada para dar de beber a Briones, comenzaron a subir muy despacio la cordillera central hasta que una hora después llegaron a la cima de un puerto y desde lo alto se asomaron a un valle, al fondo del cual se oteaba la gran ciudad a lo lejos como un enorme cetáceo tumbado entre la bruma lechosa del amanecer. Aquello era Madrid, la antigua Ursaría, tierra de osos.
Antes de entrar en la trama urbana, que comenzaba en la plaza de Castilla, Centeno arrimó el camión a la orilla de la calzada y Lucas se bajó y le agradeció el transporte. El camionero le deseó suerte. El hombre con barba se apeó también. Llevaba un macuto grande de lona militar con varias capas de roña y una gran bolsa deportiva de Munich-72. Golpeó la chapa del camión y gritó: “¡Agur!” Luego se volvió hacia Lucas e hizo un ejercicio de estirar las costillas antes de inclinarse y echar el macuto al hombro. Lucas observó el esfuerzo y se aprestó a ayudarle, agarrando a su vez la bolsa. Pesaba bastante, como si llevara plomo.
Mientras caminaban hacia una hilera de casas donde se veía un café-bar, Lucas le preguntó por qué no había viajado en la cabina, donde había sitio suficiente y habría ido más cómodo, y aquel Argala le contestó que toda precaución es poca y que solía viajar de incógnito. De hecho, era un viajero clandestino. Entraron al café-bar y el barbudo le preguntó si conocía la ciudad, a lo que Lucas respondió que no, que nunca había estado en ella. El viajero clandestino se interesó:
–¿No tienes familia, pues?
–No conozco a nadie.
El viajero clandestino le hizo otras preguntas y Lucas le contó su circunstancia, después de lo cual, aquel Argala se quedó en silencio, como pensando algo importante. A continuación sacó un bolígrafo, escribió algo en una servilleta de papel y se la entregó.
–Guárdatela –le dijo.
Lucas leyó lo que había escrito. Era una dirección urbana. Introdujo la servilleta en el bolsillo trasero de su pantalón de tergal. Pero, instantes después, Argala abrió la boca masticando la pasta de un churro y le preguntó qué ponía en la servilleta. Lucas repitió la dirección.
–Bien, pues ahora dame ese papel.
Lucas se llevó la mano al trasero y le entregó la servilleta. El barbudo hizo una bola con ella y se la comió. Era un tío raro.
–Si quieres hacer algo útil o ir al monte, ya sabes.
–¿Útil como qué?
–¡Joderlos, lahostia! ¿Qué va a ser?
–Claro, claro –respondió Lucas.
–Si te decides, te acercas a esa dirección y metes una carta por debajo de la puerta diciendo donde podemos contactar contigo, ¿de acuerdo? Si no, olvídala, ¿estamos?
–Claro.
–Y no lo comentes a nadie, ¿estamos?
–A nadie, claro.
El barbudo le estrechó la mano, apuró el vaso de café con leche, se puso en pie, cargó el macuto al hombro, empuñó la bolsa, dijo “agur” y se largó sin pagar. Parecía un desertor del frente de batalla. Sin duda llevaba el fusil y las granadas en aquella bolsa deportiva que pesaba demasiado, se dijo Lucas mientras pagaba las consumiciones. Cuando salió del café-bar, alcanzó a ver a aquel Argala que se perdía a lo lejos por una boca del metro.
Caminó hacia el centro de la ciudad y al mediodía llegó a la famosa Puerta del Sol, kilómetro cero de España, y recorrió la extensión de la plaza tratando de adivinar el balcón al que se asomaba Rubén Darío. Leyó el rótulo del hostal París en el que, según sus lecturas, se había alojado el poeta, y entró a preguntar si estaba en lo cierto. Una mujer de pocas palabras y guardapolvos azul le señaló una foto muy antigua del poeta de las libélulas. El precio del hospedaje era muy alto y puesto que la mujer afirmó que no había rebaja hasta octubre, se despidió en busca de una hospedería más barata. Encontró una casa de huéspedes situada en una calle cercana que se llamaba del Príncipe. Una mujer que olía a gato le asignó una habitación abuhardillada con derecho a cuarto de baño compartido, le cobró una semana por adelantado y le entregó las llaves.
Díez días pasó Lucas callejeando de un lado a otro de la antigua Ursaría. Tal como le había indicado aquel Argala, entró en el primer edificio con bandera, donde un ujier muy amable le indicó que el asunto de la muerte de un minero enfermo correspondía a los sindicatos. A partir de aquel momento todo fueron dificultades. Preguntó a varios viandantes y localizó la sede de los llamados sindicatos. Allí, un tipo con gorra de general y bigote de mosca, situado detrás de un mostrador de despachar pólizas e impresos, le indicó que hiciera el favor de esperar a que llegaran los de información. Pasó dos horas sentado en una silla de plástico amarillo que se alineaba en una esquina de aquel hall, junto a unas plantas verdes, también de plástico, sin que los de información dieran señales de vida. Hombres de vientre abultado y camisa azul con yugos y flechas bordados en la pechera entraban y salían hablando en voz alta de salarios y convenios. Algunos fumaban puros del color de mierda de perro y dejaban tras de sí un olor apestoso. Ninguno de los que entraban era de información.
–¿No han venido los de información? –Preguntó por tres veces al hombre de gorra y el bigote de mosca.
–Pues no, y no creo que aparezcan ya –dijo mirando su reloj de pulsera.
–¿Y usted no me podría indicar…?
–Pues no; las consultas, en información.
–¿Entonces…?
–Entonces, a joderse, ¿verdad? Vuelve mañana si quieres.
Al día siguiente se encaminó directamente hacia la ventanilla de información, donde una mujer gruesa con cara de botijo y ojos diminutos, protegidos por unas gafas de culo de vaso, examinó con desgana el certificado de defunción del Viejo e hizo un gesto de asco cuando Lucas le preguntó si tenía derecho a pensión de huérfano por los años de trabajo penitenciario del Viejo.
–¿Tú qué crees? –Le respondió la mujer en tono desafiante.
–No sé, señora, por eso vengo a preguntar.
–¡Habráse visto, estos rojos de mierda! –Gritó la mujer.
Lucas recogió los papeles del Viejo y se alejó. Pero el hombre del bigote de mosca, que había oído la expresión de la mujer, le ordenó con voz enérgica: “¡Alto ahí, joven!” Él se quedó paralizado y el hombre se acercó con torpe paso de sapo.
–¿Qué le has dicho a doña Margarita?
–Nada, señor.
–¡Cómo que nada, chaval! ¿La has insultado, verdad?
Lucas negó convincentemente y le explicó que sólo le había preguntado si como hijo de un minero fallecido a causa de la silicosis contraída en los años de trabajo penitenciario tenía derecho a recibir una pensión de orfandad. Eso era todo.
–¿Y no le has dicho algo más?
–Nada, se lo aseguro, señor.
El hombre giró torpemente la cabeza hacia la ventanilla, ocupada por la gruesa cara redonda de la mujer de ojos diminutos, y luego, volviéndose hacia Lucas, le dijo en voz baja:
–Está mal follá.
Y tras aconsejarle que realizara la consulta en un organismo llamado instituto nacional de previsión o algo por el estilo, añadió alzando de nuevo la voz: “¡Lárgate y no vuelvas a pisar por aquí!”
En la sede de aquel llamado instituto nacional de previsión consiguió al tercer día hablar con el responsable del negociado pertinente, un hombre de mediana edad, con el pelo pajizo, que no hacía más que olerse las uñas y se llamaba don Enric. Después de escuchar su consulta, el hombre le dijo con voz oscura, sin dejar de olerse las uñas, que existía una posibilidad, si bien, remota, de obtener algún derecho, para lo cual debería satisfacer el consiguiente porcentaje de tramitación a través de una gestoría con letrados expertos en tramitaciones difíciles, cuya dirección le anotó en un trozo de papel, de lo que dedujo Lucas que aquel funcionario de previsión proveía para algún socio.
Acudió, no obstante, al negociado o agencia certificadora y gestora de trámites, una oficina con un cuadro del jefe del Estado con el brazo derecho muy estirado y la palma de la mano extendida, donde una mujer muy amable le envió al Ministerio de Justicia a obtener un certificado de penales al tiempo que le ordenó presentar otros certificados: de nacimiento, de bautismo y de buena conducta, así como una fotocopia compulsada del libro familiar, otra fotocopia del documento nacional de identidad y varias fotografías. Todo eso en lo atinente a su persona en calidad de solicitante. Y en lo referente al finando, es decir, al Viejo, debía aportar documento judicial de condena, certificación del organismo de redención de penas, certificación contractual de la sociedad o empresa a la que el recluso había sido asignado, certificación o extracto de emolumentos percibidos, certificación de aseguramiento, certificación episcopal de buen comportamiento, certificación gubernativa de buena conducta social posterior y certificación, por último, de defunción.
Una semana llevaba callejeando de un negociado a otro de la antigua Ursaría cuando un teniente militar con bigote reglamentario le recibió en una oscura oficina de secretario judicial y le puso al corriente de que su señoría el excelentísimo señor presidente del Tribunal Militar Central tardaría no menos de dos años en expedir la certificación de condena a trabajos forzados del Viejo con la consiguiente redención de la pena, siempre y cuando hubiese quedado constancia de la resolución judicial de la condena, lo cual requería que hubiese sido archivada por la junta judicial de zona y fuese hallada en aceptable estado de conservación, lo que resultaba altamente improbable habida cuenta de la precariedad archivística y del mucho tiempo transcurrido desde la proclamación del Glorioso Alzamiento Nacional.
No obstante, Lucas escribió allí mismo una solicitud al ilustrísimo presidente del Tribunal Militar Central recabando una copia del expediente de condena del Viejo y la consiguiente redención de pena. Tras añadir la fórmula al uso: “Es gracia que solicita a usted, a quien Dios guarde muchos años”, firmó la hoja holandesa y se la entregó a aquel secretario judicial, cuya desgana y escepticismo le dieron a entender que no lograría su propósito hasta que dieran peras los olmos.
El laberinto de trámites y certificaciones en el que aquellos tipos escondían los vestigios de sus injusticias, crueldades y arbitrariedades, le parecía interminable. Llegar al conocimiento de la verdad era como buscar la momia de Tutankamon, sólo que más complicado, debido a la tenaz resistencia de aquel ejército de burócratas vagos y malintencionados, algunos de los cuales iban armados. Algo había leído de Kafka al respecto.
Mientras caminaba de un negociado a otro, o hacia la abuhardillada habitación de la pensión, no dejaba de observar las caras de las muchachas con las que se cruzaba por si alguna era Chin. No creía en la casualidad, pero la casualidad existe. Algunas muchachas le miraban a su vez, aunque la mayoría esquivaba su mirada y sólo las menos agraciadas esbozaban una sonrisilla maliciosa.
Enseguida descubrió que el dinero es líquido, los líquidos se secan y el dinero se acaba. Su liquidez iba menguando deprisa. Aunque decidió alimentarse con bocadillos de calamares y gastar suelas en vez de dinero en el metro y los autobuses, se le iba acabando la magra herencia del Viejo. Según sus cálculos, sólo podría sobrevivir y sufragar la pensión una semana más.
Fue entonces cuando recordó la dirección del viajero clandestino y le escribió una carta exponiéndole su apurada situación y pidiéndole alojamiento por el morro. Llevó la misiva personalmente a aquella casa de vecindad, situada en una zona industrial del populoso barrio de Vallecas, y la introdujo por debajo de la puerta del tercero B. Supuso que aquel Argala le recordaría y tendría a bien contestarle positivamente, pero al cabo de cuatro días no había obtenido respuesta, de modo que escribió otra carta en un tono más apremiante, en la que, además de solicitar cobijo hasta que encontrara un trabajo remunerado, se ofrecía a realizar cualquier encomienda para “joderlos”, y sugería incluso con detalle los organismos civiles y militares que había visitado y que, por el trato que le habían dado, merecían un escarmiento.
La verdad es que el barbudo compañero de viaje no tuvo a bien contestarle ni para darle alojamiento ni, mucho menos, para requerir su colaboración, lo que, dada su penuria económica, le obligó a sortear a la patrona aquel domingo, levantándose temprano y saliendo a la calle antes de que llamara a su puerta para exigirle el pago de la semana por adelantado, lo que invariablemente hacía antes de acudir a misa de diez a una iglesia de la calle de Atocha. Tuvo, eso sí, el esmero de dejar una nota en la puerta diciéndole que regresaría y pidiéndole que guardara sus cosas hasta más ver. En realidad sólo tenía unos calzoncillos y una chupa de cuero negro que le quedaba pequeña.
Fue entonces cuando, a los pocos minutos de salir a caminar por la sucia ciudad en busca de Chin, vio en una calle cercana a la pensión un letrero escrito a tiza sobre el vidrio del escaparate de una taberna que decía: “Se precisa camarero”. Sin pensarlo dos veces ni contar hasta diez, entró a interesarse por el empleo. El establecimiento estaba vacío. Batió palmas y emergió un hombre desde una cueva situada detrás de la barra.
–¿Qué va a ser?
–Me interesa el trabajo que anuncian.
El hombre le miró de arriba abajo, como buscando algún defecto de hechura.
–¿Cómo dices que te llamas?
–Lucas Ubiese, ¿y usted?
–Leonardo.
–¡Ostras!, como el gran pintor, el genial inventor del Renacimiento…
–Oye chico, yo de pintura no sé, pero lo que es inventar, algo he inventado.
–¿Qué ha inventado señor Leonardo?
–Un cepo –dijo el hombre.
Se trataba de un camarero rollizo, de mediana edad y estatura, mal afeitado, de pelo negro, aplastado y alisado hacia atrás, rostro sanguíneo y voz gangosa. Su camisa blanca aparecía adornada con dos grandes manchas de sudor bajo los sobacos.
–¿Un cepo? –Se sorprendió Lucas.
–Si, chico, un cepo superior para cazar garduñas, liebres, conejos y otros bichos, ya sabes –explicó el hombre.
–¿Lo patentó y eso?
–Yo del gobierno nunca he querido saber nada… Entonces andaba de pastor y la caza a cepo estaba prohibida.
–Pero se cazaba.
–Nos ha jodido…
–¿Y se ganaba dinero?
–La piel de zorro y de conejo se pagaba. ¿De qué si no habría ido yo a América?
–¡Ostras! ¿Estuvo en América?
–Sí, chico, en América.
–¿Y allí inventó más cosas?
–¡Quía! Allá está todo inventado.
–Pero cuando uno tiene ingenio y se llama Leonardo, digo yo que donde menos se espera salta la idea.
–¿La idea..? ¡Menuda cosa! Lo que obliga a discurrir es el hambre, chico.
–Lleva razón.
–¡Nos ha jodido!
Entró un joven en camiseta con dos barras de hielo al hombro y las soltó sobre el mármol oscuro de la barra. El camarero le dio unas monedas y colocó el hielo en una cámara de zinc. Después agarró dos vasos y los llenó de cerveza rubia espumosa.
–Echa un trago –le dijo tendiéndole un vidrio.
–Muchas gracias, señor Leonardo.
–Llámame Raba.
–¿Eso que quiere decir…?
–Raba quiere decir Rabadán.
–¡Ah, claro! Como anduvo usted de pastor…
–Con el grado de rabadán, chico.
Lucas bebió un sorbo de cerveza. Estaba caliente. El camarero bebió a su vez y después le preguntó por qué le interesaba el trabajo. Él dijo que por el dinero.
–Esto es muy esclavo, chico –le advirtió Raba.
–Ya, pero necesito ganarme la vida.
–¿Ganar la vida..? ¡Menuda cosa…! La vida siempre se pierde, chico.
–Ya, pero mientras tanto…
–¿Qué experiencia tienes?
–Ninguna.
–¿Ninguna?
–Ninguna, señor Rabadán.
–¡Pues estamos jodidos!
Apuró el vaso de cerveza, carraspeó, le miró fijamente con sus ojos saltones y resolvió:
–¡Claro que tienes experiencia, chico! Si yo no he entendido mal, tú has trabajado en el Danubio. Es más, vienes de parte del teniente Piedrafita…, conque andando, vamos a ver al jefazo.
Se notaba la premiosa necesidad de un camarero y Lucas siguió a aquel hombre por el pasillo entre las mesas de mármol hasta el final del establecimiento. Era un local largo, con un recodo en el fondo y una ventana que daba a un patio de luces. Una placa dorada sobre una portañuela ponía: “Mingitorio”, y otra: “Privado”. Entraron por ésta hasta la cocina. Una mujer gruesa que dijo llamarse Tinina freía albondiguillas. Olía bien allí dentro. Rabadán subió unos escalones y llamó a otra puerta. Era la oficina del jefazo. Se oyó un “adelante” y Raba abrió la puerta e invitó a Lucas a presentarse ante el jefazo. Se trataba de un hombre de edad mediana, de rostro anguloso y pálido. Llevaba una corbata de color limón sobre una camisa azul y vestía una americana beige con un clavel rojo en la solapa.
–Marzo, aquí te traigo otro aspirante; creo que este vale; ha trabajado en el Danubio y conoce al teniente Piedrafita.
El hombre se apeó las gafas de la punta de la nariz y se puso a mirar de arriba abajo al muchacho como se mira a un troteras, hizo una mueca de desagrado, le pidió que se diera la vuelta, que se colocara de perfil y que le mostrara las manos.
–¿Así que del Danubio, eh?
Lucas puso cara de circunstancias.
–¿Cuánto mides?
–Uno sesenta, señor.
–¿Cuánto pesas?
–Cuarenta y ocho kilos.
–¿Cuánto corres?
–Bastante, señor.
–¿Y en zapatos?
–Menos, señor.
–¿Cómo te llamas?
–Lucas Ubiese, señor.
–¿Y de cuentas cómo andas?
–Creo que bien, señor; estudié aritmética hasta que me pasé a letras.
–¿De escritura bien?
–Creo que sí, señor.
–¿De donde eres?
–Del Norte.
–Así que mides uno sesenta, pesas poco, corres bastante, sabes aritmética, lees y escribes correctamente, te llamas Lucas, eres del norte, crees en Dios…
–Tengo mis dudas.
–¡No me interrumpas!
–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo.
–¡Joder…! ¿Y estás dispuesto a trabajar de nueve a tres y de cinco a diez?
–Sí señor.
A continuación, como quedó dicho, aquel jefazo le llamó cara de boñiga y Lucas se aguantó, lo que fue interpretado como un signo positivo, es decir, de docilidad, por el jefazo, que decidió contratarle mediante el método del apretón de manos.
Cuando salió del despacho y regresó sobre sus pasos, Leonardo Rabadán o Raba, que había vuelto a su labor detrás de la barra, le preguntó qué tal.
–Bien; no me ha disparado.
–Es un fanfarrón, pero buena gente –dijo el veterano camarero.
–¿Por qué va armado?
–Por si acaso.
–¿Qué acaso?
–A saber, chico… Cuentas pendientes. Lo importante es que te ha contratado.
Acto seguido, el veterano camarero agarró una bayeta y borró el letrero del vidrio del escaparate, en el que había colocado una variedad de frascos de cerveza de importación y una merluza con la boca abierta, con un limón entre los dientes, tendida al sol como una sirena sobre un lecho de helechos. Luego se volvió hacia Lucas y dijo:
–Pues ya eres camarero, chico.
–Pero no tengo ni idea de esto.
–¡Claro que la tienes!
–Usted sabe que no.
–Yo sólo sé que has trabajado en el Danubio, ¿o no?
–¿Ese río largo y caudaloso que nace en Alemania, cruza media Europa y desembocaba en el Mar Negro, por debajo de la antigua Tulcea, casi tan vieja como Roma?
–No hombre, no, el Danubio de La Castellana.
–De acuerdo. Pero usted sabe, señor Raba, que no tengo experiencia en esto.
–No importa; tú mañana te traes unos zapatos oscuros, un pantalón de tergal negro, una chaquetilla blanca, la camisa blanca y la corbata negra, y ya verás como el hábito hace al monje.
–Supongo que usted me enseñará.
–Desde luego, chico; de momento ya has aprendido la primera lección.
–¿Cuál, señor Raba?
–Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte.