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C14.– Falsarios de la razón de Estado

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez

Merche y Tilo aparcaron a Botones a prudencial distancia de las dependencias. El inspector quería preservar su automóvil de las miradas de los curiosos, los colegas y los delincuentes, y nunca usaba el espacio reservado a los maderos. Entraron en el edificio y fueron a la zona de detenidos, donde sus compañeros Fabiola y Marcos acababan de tramitar la ficha de la mujer paquete y de enviarla al calabozo. El motorista se hallaba en trámite en la “sala de caretos”, un cuartucho de cuatro metros, con un armario metálico y una regleta pegada a la pared desnuda, donde el fotógrafo de la unidad retrataba de cuerpo entero, de frente y de perfil a los detenidos. Puesto que diez de cada diez salían con mala cara se comprende el nombre del cuartucho. A continuación pasaban a la sala de interrogatorios, donde se confeccionaba la ficha, se guardaban los objetos personales del detenido (casco de motorista incluido) en una bolsa de papel, se les hacían varias preguntas y si a la tercera no respondían se les indicaba que podían avisar a su abogado o se llamaba a uno de oficio. Además se les permitía realizar una llamada a algún familiar o amigo.

–¿Podría hacer el favor de quitarme las esposas? –dijo el motorista, enojado, antes de sentarse en el pupitre que Marcos le indicaba.

–Le mantendremos esposado para hacerle un favor a usted y nosotros mismos, amigo –le contestó Marcos.

El detenido hizo un gesto de contrariedad y se encaró con el agente:

–¡Usted no sabe quien soy yo!

–Claro que sí, puedo olerle desde aquí.

Tilo y Merche relevaron a Marcos y pidieron al sujeto que se sentara y tranquilizara. Tenía cara de hogaza, el cabello negro, el cuello corto, los ojos grandes y negros como el lignito (sin brillo), los hombros anchos y los pectorales de deportista. Merche creyó haber visto antes a aquel individuo. Sopló al oído de Tilo: “Creo que es el tipo que me siguió”. Es decir, el mismo que también le siguió a él, el saltador del autobús. Según su documento de identidad, se hacía llamar Mauro Pérez Agua (a saber cuál sería su verdadero nombre) y había nacido en Madrid hacía veintiocho años.

–¿Le apetece algo, un refresco, agua, café? –le ofreció Tilo.

El tal Mauro fijó la mirada en el póster de una pradera con cuatro vacas pastando y unas montañas a lo lejos (anuncio de una industria láctea), supuso en voz alta que no había carajillos y pidió café con leche. El inspector se asomó a la puerta, depositó unas monedas en la mano del agente de guardia y realizó el encargo. Mientras Merche rellenaba la filiación y otros datos sobre la apariencia y el estado de salud del detenido, Tilo le preguntó dónde compraba esas zapatillas tan elegantes, las Triple Stitch que usaba habitualmente. El tipo se sorprendió.

–¿Cómo lo sabe?

–Lo sé.

–¿Para qué quiere saberlo?

–Si no quiere, no me lo diga, pero sepa que aquí las preguntas las hacemos nosotros.

Entró el guardia con los cafés y tres botellines de agua. Tilo miró a Merche y asintió. Quedaba claro que ojos de lignito, el saltador del autobús y el tal Mauro eran la misma persona.

–Antes de entrar en materia me gustaría saber qué planeaban contra mí o mi familia después del seguimiento que me hizo días atrás hasta las cercanías de mi casa –le preguntó Merche.

El tipo no se inmutó.

Tilo insistió, pero no logró resultado alguno, de lo que dedujo en voz alta una variedad de canalladas que podían ir desde el secuestro de niños a la muerte de mujeres, pasando por el apaleamiento de perros domésticos con bates de béisbol como si fueran negros callejeros, ¿verdad? El tipo se enojó, bebió un sorbo de café y dio un fuerte golpe con las esposas sobre el pupitre.

–Ya veo que no es muy hablador. ¿Va a declarar sin abogado o le enviamos directamente al calabozo? –le preguntó Merche.

–No tengo nada que decir, salvo que han cometido un error muy grave; mi compañera y yo somos agentes de información para la seguridad del Estado, no delincuentes –dijo el detenido.

–Claro, y eso os permite realizar seguimientos a los policías que investigan los crímenes contra personas indocumentadas y sin techo. ¿Qué ibas a hacer contra ese negro? ¿Matarlo como a una cucaracha? –inquirió Merche.

–Parece que en esta ocasión habían elegido suficiente heroína adulterada para matar a un elefante, ¿verdad? –precisó Tilo, todavía con el arma homicida dentro de una bolsita de pruebas en el bolsillo bajero del pantalón.

El tal Mauro se mantenía en silencio con la mirada perdida en el paisaje del prado y las vacas. Quedaba claro que no iba a decir ni mu, así que Merche le preguntó si deseaba hacer la preceptiva llamada telefónica a la que tenía derecho y si disponía de asistencia letrada particular, para avisarla o en su defecto llamaban a un abogado de oficio.

El tipo no se dio por aludido. Esperaron un minuto, bebieron el café y Tilo le repitió los derechos, pero el tal Mauro había enmudecido de verdad. Sabía que el agente le había filmado con su teléfono, jeringuilla en mano, inclinado sobre el negro que dormía en aquella sucursal bancaria y que no tenía escapatoria. Por si fuera poco, Merche le informó:

–Pesan cargos contra usted por tres asesinatos consumados y uno, esta noche, en grado de tentativa.

El tipo le lanzó una mirada de desprecio. Ella correspondió:

–Más te vale quitarte la muela hueca y tragarte la cápsula de miloche. ¡Estás acabado, mamón!

Tilo se incorporó, abrió la puerta y ordenó a los agentes de guardia:

–Conduzcan a este sujeto al calabozo y devuelvan las esposas a la inspectora.

Puesto que tenían que completar la jornada de pesca nocturna con la práctica papelística al uso, los dos investigadores siguieron el largo pasillo mal iluminado hacia la zona meramente administrativa. Fabiola y Marcos ya estaban en la pecera, manos a la obra. Su relato de las detenciones les pareció escueto y preciso, es decir tan correcto que el negro dormido al que iban a matar no parecía un señuelo, sino un negro de verdad. En este punto Tilo extrajo la jeringuilla del bolsillo, se la mostró a los compañeros, la depositó en un cajón de su mesa que abrió y cerró con llave. A falta de análisis sostuvo que contenía una cantidad de heroína suficiente para dejar tieso a un caballo en menos que canta un gallo. “Pero pongamos que le iban a inyectar una sustancia tóxica y venenosa, mortal de necesidad en pocos minutos”. Marcos, al teclado, intercaló la referencia al arma del delito. En ese instante les interrumpió el timbre del teléfono del despacho. Era de la recepción para decirles que un caballero se interesaba por los detenidos.

–Dígale que espere un poco, enseguida le atendemos –dijo Tilo. Colgó el auricular e informó a sus compañeros–: Muchachos, tenemos visita.

Sin necesidad de preguntar la identidad del recién llegado supusieron que se trataba del coronel jefe de los detenidos, el señor Dosbarrios López del Arenal, alias Escualo Mayor, así que dejaron el colorín colorado para otro momento, se equiparon convenientemente y se apresuraron a recibirlo como se merecía. La sala de espera era una habitación rectangular con sillas de plástico clavadas a una barra que recorría los dos laterales. Entró Tilo y dejó la puerta entreabierta.

–Buenas noches, soy el inspector Dátil –le saludó.

El visitante esperaba de pie y correspondió al saludo sin dar su nombre.

–¿Es usted abogado de alguno de lo detenidos? –inquirió.

–No es el caso.

–¿Su padre, imagino?

–En cierto modo si, padre profesional –dijo con tono orgulloso.

–Pues permita que le diga, señor…

–Dosbarrios.

–…señor Dosbarrios que los ha encauzado usted muy mal.

–¡Pero bueno! ¿Quién cojones eres tú para decir eso?

–No se soliviante, caballero, si le digo que no se puede ir por ahí matando gente que no les gusta, empezando por los negros.

–¿Qué sabrás tú lo que se puede y no se puede? –dijo el coronel al tiempo que extraía del bolsillo interior de su elegante americana una credencial del Servicio de Inteligencia del Estado, el famoso SIE, y se la mostraba.

–La razón de Estado –siguió diciendo– no requiere explicación, pero por deferencia a un majadero como tú y tus compinches haré una excepción: la muerte de unos africanos en la Capital del Reino tiene una finalidad terapéutica de dimensión histórica y resulta útil, muy útil para que se publicite a través de los medios de comunicación en los países de origen. Es una medida muy drástica, lo sabemos, que sirve de acompañamiento a las devoluciones de indocumentados que el Gobierno está realizando. ¿Me entiendes, zoquete?

A Tilo le pareció que el tiempo pasaba muy despacio. Su acuerdo con los compañeros era que entrasen al cabo de cinco minutos. Se disponía a contestar al insultón y agresivo coronel, pero éste, al parecer, acostumbrado a no respetar nada, tampoco el turno de palabra, clamó por la libertad de sus subordinados.

–Si estima en algo su carrera, sueltelos inmediatamente –amenazó.

En ese instante se abrió por fin la puerta.

–¡Queda detenido, caballero! –exclamó Merche, pistola en mano.

El tipo, más tieso que un cirio de cuaresma, dibujó la mueca de una sonrisa irónica que enseguida, en cuanto Marcos se adelantó y le asió un brazo para aplicarle el grillete, desapareció de su cara de piel de zapato marrón, bien lustrosa y bronceada.

–No, coronel –dijo entonces Tilo–, ni el fin justifica los medios ni el Estado puede practicar impunemente el terrorismo, aunque usted se crea Netanyahu.

Coda:

Había transcurrido año y medio desde la captura nocturna de los criminales. Fueron juzgados y condenados por el Tribunal Central para delitos muy graves a cadena perpetua o “prisión permanente revisable”, según el eufemismo que utilizó el exalcalde Gasradón cuando, siendo ministro de Justicia, el máximo castigo en el Código Penal. Tilo, según su costumbre, fue a reunirse con su amigo el arabista Jorge Morales en la terraza del Dulce. Y entonces éste, que, como es sabido, realizaba traducciones para el SIE, le aseguró haber visto en la sede del centro a un tipo clavado al coronel Dosbarrios, aunque con una barba cenicienta y espesa. Tilo se resistió a creer que fuera el mismo, pero Morales había indagado y le participó el secreto mejor guardado del SIE: los agentes usaban nombres falsos, filiaciones que no les correspondían, documentos que pertenecían a personas ingresadas de por vida en determinados centros psiquiátricos. Eso le dijo y eso quería decir que los condenados eran otros. Los falsarios dominaban la cúpula del Estado, delinquían para proteger a la sociedad, decían, y no entraban en prisión.

Aquella noche, cuando llegó la linda Franteska, Mingus saltó a su regazo y Tilo le lanzó la consabida adivinanza con su última ocurrencia de juego de palabras: “Me levanto, me asomo a la ventana y siempre hay unas. ¿Cómo crees que me siento?”

–En ayunas.

–Cierto y verdad.

FIN

C13.–Los depredadores entran a matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

La una de la madrugada era una hora adecuada para poner a dormir al pacífico maniquí en el zaguán de la sucursal bancaria de la plaza de Mariano de Cavia, un periodista taurino que sin embargo acuñó el término “balompié”. Con Merche ojo avizor a los mandos de Botones, Tilo sacó el cebo con el gorro y la capucha puestas, cubierto por con manta vieja y envuelto en los cartones de la caja del vendedor. En un abrir y cerrar de ojos lo trasladó desde el asiento trasero del Golf al vestíbulo de espeso cristal con puerta abatible del establecimiento usurario, lo tendió dejando al descubierto las fosas nasales, la boca y la barbilla por un lado y media alpargata por el otro, y se retiró sin ser visto. Aquella madrugada de sábado para domingo de finales de noviembre se veía poca gente en las calles. Merche callejeó por la zona. Él ruló a pie por la plaza. De semáforo en semáforo tardó seis minutos en dar la vuelta al ruedo de asfalto, con su famosa fuente ornamental de delfines metálicos nadadores en el centro. A la tercera decidió permanecer quieto, sentado en el reborde esquinero de un jardincillo elevado, rodeado de aligustre, entre la calle de Cavanilles y la avenida del Mediterráneo. A unos quince metros de la sucursal bancaria, aquel sitio le pareció ideal para vigilar la carnaza e intervenir si pintaba la ocasión.

En la media hora que llevaba en aquel punto de observación Tilo solo había visto a un joven entrar en el vestíbulo de la sucursal y salir un minuto después. Era un tipo andino e iba acompañado por dos amigos que se quedaron fuera. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la entrada de una discoteca subterránea en la que se arremolinaban chicos y chicas con ganas de marcha. Mientras se acercaba a verificar que el maniquí seguía intacto recordó la primera vez que entró en una discoteca; se llamaba Studen o algo así y acudió animado por su vecino y amigo Florencio Febrero, quien tenía una novia o algo así, una chica muy flaca y muy alta. Enseguida se la cedió y desapareció. Qué tío. Él se sintió ridículo, bailando suelto y agarrado con aquella chica del Instituto de Enseñanza Media que apenas hablaba, apenas se reía y parecía más insulsa que una patata cruda. Podía haber huido, pero aguantó dos horas con aquella criatura que le sacaba la cabeza y no le parecía guapa ni fea. Cosas de la adolescencia.

Volvió a su observatorio esquinero. Antes había periódicos de papel, se podían agarrar de cualquier papelera urbana y colocar para no mancharse el trasero del pantalón donde se iba a sentar uno. Pero la prensa se fue a la mierda y esa ventaja desapareció, de modo que pasó la mano por la piedra antes de sentarse. Llevaba un pantalón de vestir de la marca Cortefiel y una chaqueta de entretiempo de la misma marca u otra parecida. Sólo los cómodos y elásticos Fluchos en los pies le diferenciaban de un oficinista al uso, aunque a esa hora todos los gatos son pardos. Con la mirada fija en la sucursal se le enredó el pensamiento en la maldad humana. Desde que el buen Arias y su camarero de cenas, el bueno de Morata, enviaron sus notas al “buzón de limpieza” recomendado por los presuntos criminales racistas en las redes sociales hasta las doce de la mañana de este sábado se habían registrado la friolera de sesenta y cuatro mensajes de otras tantas personas confirmando la presencia del “negrata maloliente” en el hall de la archimencionada sucursal. Qué cosas. Merche atribuyó el flujo de maldad a los bulos desatados en las últimas horas sobre supuestos delitos perpetrados por negros. El más impactante, una violación atribuida a un hombre de color en el distrito de Usera.

Se lanzaba el bulo, se generaba el miedo y, acto seguido, los “salvadores” recogían la respuesta, es decir, los mensajes de decenas de personas incautas e ignorantes pidiendo ayuda y mano dura contra los inmigrantes. Llegaban incluso a denunciar, como en este caso, la ocupación del zaguán de una entidad bancaria por parte de un negro inexistente. ¡Manda narices! En ese instante Tilo observa la maniobra de un potente Mercedes deportivo AMG-GT95 que da una vuelta completa a la rotonda, se arrima a la acera de la sucursal bancaria, frena y para. De la portañuela del copiloto sale una persona, parece una mujer, se acerca a la puerta acristalada de la entidad bancaria, pero no la abre, solo mira el interior y vuelve sobre sus pasos. En cuanto sube abordo, el coche acelera y desaparece transformado en ruido, avenida del Mediterráneo abajo.

Tilo alerta a Merche.

–Los escualos han visto el cebo –le dice.

–Sí, los he visto, han venido a verificar.

–¿Dónde estás?

–He encontrado sitio delante de la Parisienne, en el chaflán rodeado de setos donde se puede aparcar en batería –contesta Merche.

–Perfecto, aviso a Fabiola y Marcos para que estén preparados.

Los dos colegas han aparcado el coche camuflado en la calle de Cabanilles, a diez metros de la esquina donde se halla el objetivo. Es un buen sitio para caer sobre los malos en cinco o seis zancadas. Tilo les informa de que las alimañas ya se han dejado ver. Según lo que ya saben de los casos anteriores, los depredadores siempre han actuado a partir de las tres de la madrugada. Si siguen su método, falta una hora para el baile, pero la visita para verificar el cebo significa que pueden aparecer en cualquier momento y han de estar atentos y lo más cerca posible del maniquí. Fabiola le pide su posición. Tilo se la da. Ella se acerca a verle. Repasan el escenario y ella confiesa que le prefiere como pareja de baile.

–¿Qué tiene Marcos de malo?

–Le noto renuente y…

–¿Y qué?

–No me gusta su olor.

Tilo se sorprende de que salte la pituitaria en plena operación. ¡Manda narices! Nunca acaba uno de conocer a la gente. Va a soltarle una reprimenda, pero se contiene. Cierto es que si tiene que hacer el paripé de enamorada que se despide de su pareja en la puerta de casa resulta comprensible su elección, se dice.

–Acércate a Merche y se lo comentas; si a ella no le importa actuar con Marcos a mi tampoco contigo.

Fabiola le da las gracias y desaparece. Tilo sospecha que tiene algo contra Marcos que no ha querido contarle. Ella sabrá. En ese instante vibra el teléfono. Es Jon. El vigilante de noche del Santana Plaza le informa de que están saliendo los presuntos malincuentes en el Mercedes deportivo y la motocicleta de alta cilindrada que utilizan en otras ocasiones. Ha contado tres.

–Gracias Jon, eres un gran tipo y un buen amigo.

Se apresura a alertar a los compañeros.

–En diez minutos los tenemos aquí –les dice.

Merche ha aceptado a Marcos como pareja, sale de Botones y se dirige al coche K aparcado en Cabanilles. Cada cual conoce su papel y tras el cambio provocado por Fabiola les corresponde actuar de enamorados que se besan y se estrechan entre los brazos ante las puertas de entrada a las fincas más cercanas a la sucursal bancaria. Si los malos llegan por una calle podrán ver de refilón a una pareja, si llegan por otra calle podrán ver a otra pareja y si vienen por la avenida de Menéndez Pelayo, bordeado el parque del Retiro, o por el Paseo de la Reina Cristina desde Atocha, no verán a ninguna. El último trayecto es el más corto.

Cuatro minuto después de haber ocupado sus posiciones y suprimido el seguro de las reglamentarias, el ruido de una motocicleta les anuncia la presencia de los forajidos. El motorista con paquete da un frenazo en plena rotonda, se escora a la derecha y sube a la acera aprovechando la rampa del paso de peatones sin peatones. Se detiene delate de la sucursal. El paquete se apea, extrae de un bolsillo de su cazadora de piel un pequeño objeto, como un bolígrafo, y se lo entrega al motorista, que ha dejado la máquina inclinada sobre la pata metálica y con el motor encendido, como si la operación que van a realizar fuera cuestión de un momento. Los dos llevan cascos negros con brillo de cucarachas. El paquete –Tío diría que una tía– empuja la puerta de la entidad bancaria y deja pasar al motorista. Al instante, Tilo y Fabiola se lanzan hacia ellos. Y lo propio hacen Merche y Marcos desde la otra esquina. Marcos se ocupa de desactivar la moto y guardar las llaves para evitar la huida. El grito de “¡Alto, policía!”, proferido por Fabiola, hace que la mujer paquete suelte la puerta e intente salir corriendo, pero Fabiola la deja fuera de juego de un certero disparo en el trasero. Tilo grita al presunto asesino, ya inclinado sobre el maniquí: “¡No toque a ese hombre!” Al oírlo, intenta clavar la jeriguilla que lleva en la mano en cualquier parte del cuerpo del supuesto negro dormido. Pero Tilo se lo impide. No quiere complicaciones y aprieta el gatillo. Le acierta en la mano y el tipo suelta la inyección y queda noqueado. Merche al quite le agarra los brazos y le coloca los grilletes.

–¡Andando, hijoputa!

El tipo se resiste.

Tilo, todavía con el arma en la mano, le asesta un calambrazo en la entrepierna. El tipo suelta un alarido.

–Obedece, capullo –le dice.

Merche le empuja y Tilo lo sujeta por un brazo.

–Vamos, mono.

El tipo resopla.

Fabiola y Marcos ya han empaquetado en el asiento trasero del K a la mujer paquete, que sigue con el casco puesto. Tilo y Merche llegan con el motorista, lo colocan en el asiento, le ponen el cinturón de seguridad y, por si no lo sabe, le informan de que está detenido. El tipo ha quedado mudo. Fabiola, con la reglamentaria en la mano, hace saber a Tilo que se basta y se sobra para mantener tranquilos a los presuntos asesinos. El miedo no cambia a la gente, pero paraliza. Y si no, para eso está el percutor de calambrazos, también llamado pistola eléctrica. Los agentes salen a toda prisa con los detenidos hacia las dependencias policiales. Tilo y Merche vuelven al lugar de los hechos, recogen con mucho cuidado la jeringuilla, recuperan el maniquí y lo depositan en el maletero de Botones. Antes de subir al coche se paran uno junto al otro, se miran, sonríen, se besan. No se lo pide el guión sino el estado de ánimo, el cuerpo.

C12.–La estratagema del anzuelo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Tilo aprovechó el tiempo del almuerzo entre plato y plato para explicar a Merche y Fabiola su estratagema del anzuelo. Se trataba de tentar a la suerte, les dijo, y de pescar in fraganti a los escualos si tenían la buena idea de entrar al cebo.

A Merche le pareció un buen plan.

–Si tenemos en cuenta el desinterés de la juez, es lo mejor, por no decir lo único que podemos hacer.

En cambio Fabiola dudó de que fuera ético provocar el delito para efectuar detenciones.

–Puestos a malas –advirtió–, cualquier abogado anula las detenciones y nos jode la carrera si quiere. Vamos, que nos pone de patitas en la calle.

Merche rebatió la premisa mayor:

–No se trata de provocar el delito sino de tenderles una trampa. Si pican, estupendo, y si no nos quedamos como estábamos.

Para disipar las dudas de la colega, Tilo le preguntó cuántas veces había conseguido detener con engaños a un criminal. A lo que ella resopló antes de reconocer que había arrestado a unos cuantos malincuentes con la treta del coche. Consiste en realizar el seguimiento de un malo y un rato después de que haya aparcado su coche y entrado en casa, realizar una llamada telefónica al piso o vivienda donde se haya refugiado y preguntar si el automóvil de la marca tal y la matrícula cual es suyo. Si la respuesta es afirmativa, la detención está hecha sin necesidad de mandamiento judicial. Con avisarle: “Pues baje, que se lo están robando”, el malo queda detenido en cuanto sale del portal.

Después del almuerzo, el inspector se ofreció a acercar a Merche a su barrio. Ella aceptó, pero una vez a bordo de Botones le preguntó a qué iba a dedicar la tarde y decidió acompañarle a visitar al señor Arias. Tilo no tenía dudas de que una persona tan buena como el titular de la Taberna del Picador se prestaría a colaborar en el señuelo para atraer y facilitar la detención de los presuntos autores del terrible final de Amadou. Sin embargo, le asaltó el temor de que la presencia de Merche obstaculizara la colaboración del buen hombre.

–Es probable que el señor Arias te guarde rencor por la mala noche que le hiciste pasar en el calabozo –advirtió a su compañera.

–No me importa –dijo ella–; si vamos a ver estoy segura de que compensará el recuerdo de esa mala noche con el resultado de la investigación. Mi abuelo decía que hay que sufrir para ganar.

–Aristóteles dijo: “puede que sí, puede que no”.

–Pues va a ser que sí.

Merche tenía razón. El señor Arias se alegró de verles, escuchó atentamente los avances de la investigación y, tal como Tilo suponía, no dudó en utilizar su correo electrónico para enviar al buzón de los agentes del SIE el mensaje que le dictó sobre la presencia de un negro que dormía bajo un cajero automático en el zaguán de una entidad bancaria. El inspector estercoló el recado con los términos más asquerosos que fue capaz de encontrar, le indicó que se había topado tres veces en una semana con el negrata maloliente y añadió un mensaje político concluyente: “Si no acabamos con estos, van a acabar estos con nosotros”.

Entre el café, las explicaciones y la operación de mensajería desde el ordenador portátil que el pequeño Oliveras había dejado en manos de Merche, dieron las seis de la tarde y el camarero de cenas, Morata, llegó puntual a su empleo complementario. Después de saludar a su jefe y a los agentes y de ponerse la ropa de faena, Tilo le informó sobre el desarrollo de la investigación y le preguntó si podía contar con él para el último tramo de la misión, la detención de los presuntos asesinos de subsaharianos. Su respuesta fue positiva e inmediata. El inspector le explicó, como ya había hecho con el señor Arias, que la colaboración no acababa en el envío del correo electrónico al buzón de marras, pues se podía prolongar hasta llegar al juicio si conseguían detener y poner a la sombra a los criminales. De hecho, su comparecencia como testigo de cargo podía ser decisiva para condenar a aquellos individuos. Morata reafirmó su voluntad. Merche redactó el mensaje, lo leyó en voz alta y el camarero asintió. Mandaron el mensaje y después de interesarse por la familia numerosa, brindaron con unos chupitos de brandy por el buen resultado de intervención y se despidieron hasta la próxima.

De nuevo en marcha, la subinspectora insistió en acompañar a su colega y amigo al siguiente cometido. Él adujo que era doméstico, aunque también podría ser operativo si tenemos en cuenta que debía de buscar adecuada para el maniquí.

–Venga tío, yo te ayudo –afirmó Merche.

Tilo manifestó su extrañeza ante la disposición de la compañera de regalar horas a la empresa.

–De eso nada –se apresuró ella–: las hago por adelantado y las descuento mañana para ir de compras; ya tenemos el invierno encima y los hijos necesitan el equipamiento adecuado.

El inspector condujo en silencio hasta su barrio, estacionó el Golf en el amplio patio con el suelo cimentado que formaban dos largos edificios rectangulares de tres alturas y, con la ayuda de Merche subió el maniquí a casa. Ni que decir tiene que Mingus los recibió con su escandalosa algazara habitual, si bien, en vez de escapar escalera abajo se entretuvo en husmear las cajas y olfatear a Merche, dando tiempo a Tilo de cerrar la puerta.

–Mira lo que hemos traído –le dijo, acariciándole la nariz y la testa.

Merche abrió la caja y sacó la cabeza del muñeco de tamaño natural. Tilo hizo lo propio con el busto de cartón piedra. Aunque olía a almacén textil, a Mingus le gustó y dio varias vueltas a su alrededor, incitando al extraño forastero a seguirlo. Ensamblaron la cabeza, enroscaron en la base del tronco de cartón piedra el palo de un metro de alto que venía incrustado en una peana con tres patas. Ya frente al armario ropero de Tilo, Merche eligió un pantalón vaquero, una camiseta oscura de cuello redondo, la chaqueta azul de un chándal con la cremallera en buen uso y una cazadora marrón, acolchada y con capucha para vestir al muñeco. Con el añadido de un gorro elástico de fina lana color teja, dio por completado el atuendo, al que Tilo agregó unas Adidas desvencijadas a juego con los vaqueros. Eran sus prendas de ir a la Sierra del Guadarrama con Mingus, pero bueno, todo sea por la causa, se dijo.

Ya con el modelo para armar perfectamente equipado y acomodado en el maletero de Botones, llevaron a Mingus a que hiciese sus necesidades y corretease con sus congéneres por el parque de los pinos y, quince minutos después se encaminaron hacia la terraza del Dulce, donde Merche tuvo mucho gusto en conocer al arabista Jorge Morales. Apenas se habían sentado y solicitado unas cervezas, llegó la checa Franteska (Teska para los amigos), a quien la subinspectora tampoco conocía. Tilo le presentó a su colega como gran policía y Morales hizo lo propio con su compañera como gran políglota y directora de una próspera agencia de traducción oral y escrita. Merche, siempre tan curiosa, se preguntó en voz alta hasta qué punto eso que llaman inteligencia artificial representa una amenaza para los traductores de idiomas. Teska quiso creer que no, pues siempre habrá demanda de traducciones de calidad, pero Morales interfirió su explicación recordando que allí solo se hablaba de cosas agradables, nunca de trabajo.

–Cierto y verdad –afirmó Tilo–; mis disculpas por no haber informado a la compañera.

–No pasa nada –dijo Morales con una sonrisa dirigida a las dos féminas–, aunque si traemos el curre y el discurre a casa no descansamos nunca, de ahí que este rato, la hora de los perros, lo empleemos en distraernos y hablar de cualquier cosa, anécdotas, chistes, incluso adivinanzas…

–Adivina adivinanza –incurrió Teska mirando a Tilo–: ¿Si sor María es una buena monja, qué causa el juez justiciero al ordenar su ingreso en prisión?

Tilo iba a decir “sor-presa”, pero se le adelantó Merche.

–Afirmativo, te toca –dijo Teska.

–Una señorita muy enseñoritada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿qué es?

–Muy fácil: la lengua –respondió la pentecostés.

–Por cierto, de tantas lenguas como sabes, ¿cuál es la que más te gusta? –se interesó Tilo,

La checa no dudó:

–La lengua de vaca rebozada –contestó, provocando la hilaridad de los contertulios.

–¡Atención, adivinanza! –exclamó Tilo con otra ocurrencia en los labios– La capitana de la trainera grita a una palista: ¡Reme más deprisa, por dios! ¿Cómo se llama la remera?

Pasan unos segundos, Merche y Teska se miran como si quisieran ponerse de acuerdo para responder. Finalmente la checa responde: “Remedios”. Merche añade: “y no es ramera por la e, je je”.

–Sobresaliente –calificó Tilo antes de incidir–: Adivina, adivinanza. ¿Cómo se llama un perrito envuelto en una manta?

–Perrito caliente –dijo Merche.

C11.–El buzón de los ‘malincuentes’

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Desde uno de los pocos bancos públicos que quedaban en la Plaza de Santana, ocupada por las terrazas de los bares, el documentalista Oliveras conectó su ordenador portátil a Internet. El ISP (proveedor de servicios a Internet) le asignó automáticamente una dirección IP. A partir de ahí generó la información necesaria para crear un sitio web y realizó las operaciones convenientes para alojarlo con las dos direcciones IP posibles: una compartida y otra dedicada. El documentalista sabía que los sitios web con alojamientos compartidos pertenecen a proveedores establecidos por zonas, de modo que la web recién creada era uno de los numerosos sitios alojados en el mismo servidor. Para un experto en la materia o SME (Subject Matter Expert), la operación de anclar su web recién creada en un sitio en el que participaba de direcciones IP compartidas resultaba fácil y rápida. Completó su plan comprando por cuatro euros una dirección IP dedicada, con la que obtuvo un certificado SSL y la consiguiente capacidad de ejecutar la transferencia de archivos FTP desde su servidor. De esta forma se facilitó el uso compartido y la transferencia de archivos con operadores dentro de una misma organización y se proporcionó opciones para el uso compartido de FTP anónimo.

Veinte minutos después, el documentalista Oliveras cerró su ordenador portátil, lo guardó en la mochila y abandonó la plaza. En sus tripas tecnológicas llevaba el mecanismo de abeja que le permitía identificar las flores del mal y, lo más importante, emplear una herramienta que los expertos llaman malware para instalar un espía en la IP del objetivo conveniente. Ya en las dependencias policiales, se dirigió al despacho de Tilo y Merche, les explicó los procedimientos de búsqueda y control, y diez minutos más tarde identificaron el sitio de los presuntos criminales. Entonces Oli le aplicó un intruso que era capaz de copiar y a continuación sustraer sus datos y espiar toda la actividad de los dispositivos informáticos sin dañar el hardware físico de los sistemas o equipos de red de los malincuentes.

A un tipo como Tilo, incapaz de saber adónde van a parar los textos que se pierden en el ordenador, las habilidades del pequeño Oliveras le parecían mágicas y le sonaban a chino. ¿Era posible que hubiera gente así? La había. Y aquel Oli, convertido en jáquer o pirata informático, era capaz de espiar a los espías, de copiar los correos electrónicos de los malos, de enviar copia de todos los mensajes salientes y entrantes a un dispositivo informático y telefónico determinado y anónimo: su ordenador portátil. ¿Cómo conseguía las claves, los números y los nombres secretos con los que los malos protegían su información? Ni Tilo ni Merche ni Fabiola, que participaba de la investigación, lo sabían. Tampoco consideraron que fuera el momento de pedirle que descifrara el enigma.

El documentalista Oliveras podía ir más lejos. Tenía capacidad, les dijo, de sabotear al enemigo, obstaculizar su funcionamiento con algunos palos en las ruedas para fastidiarle un poco o, si lo preferían, podía averiar y destruir al mismo tiempo todos sus dispositivos, es decir, eliminarle con un código que él llamó con el nombre bíblico de Torre de Babel porque generaba tal confusión en el lenguaje universal de acceso a Internet que desbarataba las configuraciones.

–Tranquilo, Oli, tiempo habrá para la avería y la destrucción –se apresuró Tilo, impresionado por su facilidad para acceder al correo electrónico de los supuestos delincuentes al servicio del Estado. Mayor fue la sorpresa de Merche cuando, con la barbilla apoyada en el hombro de Oliveras, leyó algunos mensajes recibidos por los enemigos y pidió al documentalista que abriera las respuestas.

–¡Eureka! –exclamó, estimulando la atención de Fabiola y del propio Tilo.

Cualquier persona ajena a la investigación podía comprobar la función de buzón de aquel correo electrónico. Leyeron varios mensajes recibidos. Eran avisos estimulados por activistas en las redes sociales con nombres tan explícitos como Black trash (Basura negra), Blacks out (Negros fuera), Cleaning company (Compañía de limpieza), Desinfection agency (Agencia de desinfección) y otros que llamaban a colaborar en el barrido de la “inmundicia africana”, aportando información sobre las calles, plazas y establecimientos donde la presencia de aquella “escoria” fuera habitual.

Oliveras y Tilo se ofrecieron a traer café a sus compañeras, centradas en la inspección del correo electrónico y, más concretamente en la búsqueda de los mensajes que pudieran tener relación con las fechas y los lugares en los que habían sido asesinados los tres jóvenes negros en menos de treinta días. Cuando regresaron de la planta baja con los vasitos de plástico en las manos, Merche y Fabiola habían impreso una buena resma de avisos sobre los pasadizos del Retiro y de Colón. Había otros sobre la Plaza Mayor, el parking de la Plaza de Jacinto Benavente, los túneles y el intercambiador de la estación ferroviaria de Atocha, así como de otros lugares más alejados del centro y, singularmente, de los distritos más adinerados de la ciudad en los que, por suerte, no se habían registrado asesinatos de momento. Los sicarios tenían su prioridad.

El documentalista dejó el ordenador portátil a disposición de las investigadoras y se fue a otros quehaceres de su departamento. Tilo examinó algunos folios con los mensajes ya leídos y marcados por Fabiola. De la zona donde mataron a Amadou vio dos avisos en lenguaje agresivo y soez. La verdad es que los comunicantes se dirigían a las supuestas entidades de limpieza en términos displicentes y encanallados. ¿A qué obedecía tanto odio contra la pobre gente? ¿Alguien en su sano juicio podía creer que unos jóvenes, incluso niños, que huían del hambre, las enfermedades y las guerras y arriesgaban sus vidas en desiertos hostiles y mares revueltos (muchos morían) para llegar a un lugar donde poder comer y seguir vivos representaban una amenaza para la patria? El lenguaje de aquella gente tóxica, intoxicada, era terrible.

Uno proponía: “Con una machine gun con cargadores de 300 balas cada uno se haría una limpieza en menos de media hora”; otro escribía: “Tenéis que limpiar de negratas el pasaje de Colón con perros anvrientos”; otro planteaba: “Les atáis una losa en el culo y al lago con ellos, son puta escoria”; otro reclamaba: “Urge limpieza étnica o seremos un país tercermundista en un par de décadas”, y otro afirmaba en referencia a Hitler: “El pintor austriaco tenía que a ver acavado su travajo de esternimio con los monos ilegales que están ocupando Madrid”. Los receptores respondían a cada mensaje con unas palabras de agradecimiento y repetían una frase concluyente: “Estamos en ello”.

–Si esto no tiene relevancia penal –comentó Tilo a sus compañeras–, que venga Dios, cualquier dios, y lo lea.

Sus compañeras se mantuvieron en silencio. Centradas en la pantalla del pequeño ordenador, daban pequeños sorbos a sus cafés y no se dejaban distraer fácilmente de la lectura y el análisis de los mensajes de odio racista, islamófobo y político que recibía el buzón de los supuestos criminales. Tilo les devolvió los folios que había examinado y consideró llegado el momento de centrarse en su idea, así que se acomodó ante su escritorio, sacó la libreta de notas del bolsillo de la chaqueta, descolgó el teléfono y marcó el número que había apuntado la tarde anterior en la entrada de la calle de Jorge Juan. Pero el proveedor de maniquís daba comunicando.

El inspector aprovechó la pausa para revisar el correo electrónico. Tal como intuía, su señoría judicial no había contestado a la petición de entrevista personal. Quizá la persona de su secretaría encargada de filtrar los recados no se lo había pasado todavía. La burocracia ralentizaba la acción, cualquier acción. En este caso indicaba el único camino urgente a seguir para prevenir mayores males: la acción directa contra los criminales. A ello se orientaba su idea.

Descolgó otra vez el auricular y volvió a marcar el número de teléfono del escaparatista y proveedor de muñecos de tamaño humano, pero la línea seguía ocupada. Bebió un sorbo al café, se incorporó, caminó tres pasos hasta la puerta, giró ciento ochenta grados, miró a Merche y manifestó en voz alta la conveniencia de informar de la investigación a los compañeros Marcos y Rosado. También a Leo, aunque tuviera otro caso entre manos.

–¿Es una orden? –musitó Merche con desgana.

–Claro que si, aunque si os parece también puedo convocarlos yo cuando hayáis revisado todo eso y lo estiméis oportuno –dijo.

–No es eso, Tilo. Sabes de sobra que no me importa hacer lo que me indiques, pero en este caso creo firmemente que debemos dejar en ayunas a Rosado, por lo menos de momento. No me fio de él. Es demasiado para dejarle comer de nuestra cazuela.

–Ya sabes que a mí tampoco me gusta, pero…

–¡Ni pero ni hostias! –terció Febiola–. Ese menda no es de fiar, insulta a los diferentes, alardea del supremacismo ibérico, es un machista asqueroso y se salta el reglamento cada dos por tres vociferando bulos y lemas políticos de la ultraderecha nazi-franquista. Creo que Merche tiene razón y no conviene correr más riesgos de los necesarios.

A Tilo las afirmaciones de Merche y Fabiola le parecieron razonables.

–De acuerdo, pero necesitamos a Marcos por dos razones: la primera porque parece fuera de dudas que el extranjero asesinado en el pasadizo de Colón aparece en los mensajes del buzón de los presuntos asesinos, y la segunda porque necesitaremos su ayuda en el momento de intervenir contra los malos. Así que habrá que ponerle al corriente de la investigación y pedirle la máxima discreción con el monstruo.

–Pedirle no, exigirle. Ni una mínima filtración –afirmó Merche.

–Correcto –afirmó Tilo–; aplíquese al monstruo faccioso la política del champiñón, que como bien sabemos consiste en mantenerlo a oscuras y darle mierda.

Fabiola desconocía los dichos de Tilo y soltó una corta carcajada. El inspector volvió a sentarse detrás de su mesa, empuñó el adminiculo del teléfono y marcó el número. A la tercera fue la vencida. Una voz aterciopelada respondió con un “buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?” Tilo le preguntó si tenían maniquís de color negro. Los tenían. Y el interlocutor, que se identificó como el escaparatista y decorador Homero Molor en persona se sintió muy halagado por la elección de su establecimiento. Después de escuchar las necesidades de Tilo, estimó que la mejor solución consistía en una cabeza con cuello adosable a un busto de varón por el módico precio de cuatrocientos euros. Lo de “módico” lo dijo con especial suavidad. Pero Tilo recabó detalles y argumentó que para no llevar ojos de cristal, aquella testa le parecía muy cara, a lo Homero respondió ponderando la finura y resistencia del material. “Le engañaría si le digo que es una cabeza para toda la vida –añadió el escaparatista–, pues la puede dejar en herencia como si fuera nueva”.

–¡Por Júpiter señor Homero, no pensaba morirme todavía! –exclamó Tilo.

–Por supuesto, amigo; solo era una forma de explicarle la calidad del material. Y en cuanto al busto le digo que sí, que lleva brazos y manos para lucir camisas, jerséis y americanas en toda su extensión.

–Estupendo, aunque insisto en que cuatrocientos es mucho dinero por medio muñeco de cartón piedra plastificado.

El decorador de escaparates no se apeó del burro, pero incluyó el gasto de transporte en el precio mencionado.

–¿Brillo o mate? –le preguntó.

–Mate –respondió Tilo, evocando para sí la paradoja de que era para matar.

Acordaron la forma de pago y media hora después el inspector dirigía hacia el aparcamiento policial la furgoneta paquetera con la mercancía. Guardó en el maletero de Botones (su Golf superconectado) las dos cajas con el busto y la cabeza negra adosable del maniquí y le dio un billete de diez euros al transportista.

Antes de abandonar la oficina para ir a almorzar, Merche, Fabiola y Tilo comunicaron a la comisaria su decisión de adaptar el horario a las circunstancias operativas y ésta les pidió que la mantuvieran informada y les dio el visto bueno. La verdad es que Gordimer se había saltado olímpicamente las reuniones matinales de los dos últimos días, señal de que se encontraba más relajada y de que el ruido contra la ineficacia policial en la persecución de los criminales iba reduciendo sus decibelios. Pronto vendría el silencio.

C10.–Una idea llamada «maniquí»

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

El inspector Tilo Dátil llevaba media hora paseando sin rumbo definido por los aledaños de las calles de Serrano y Diego de León. Bajaba por Príncipe de Vergara hacia la plaza del Marqués de Salamanca cuando sintió la vibración del teléfono móvil en su bolsillo. Era Merche para decirle que tenía la impresión de haber sido seguida hasta casa. Residía en la zona alta de la avenida de Arturo Soria y solía moverse en el metro y el autobús, unos medios de transporte tan protegidos como desprotegidos contra los seguimientos por la afluencia de usuarios.

–¡Por Júpiter, Merche! Vas a tener que agarrar un K (coche de camuflaje).

–Quita, quita, siempre faltan coches; prefiero modificar un poco el horario.

–¿Se lo has dicho a tu contrario?

–Ya sabes que no comento en casa los asuntos del trabajo; bastante tiene él con ocuparse de los niños, que ya no son tan niños y exigen más atención. Date cuenta de que tienen nueve y once años y a poco que aflojes se desmandan. Aunque quisiera venir a esperarme, tendría que dejarles solos después de recogerlos en el colegio. Y eso sí que no, que están en la edad del despiste y el juego sin límite.

–¿Qué podemos hacer? –se preguntó Tilo en plan retórico antes de contestarse a sí mismo–: iré a buscarte y traerte yo.

–De eso ni hablar.

–Desconocemos la intención de esos tarugos, los que sean, pero no vamos a permitir que nos asusten. De momento ya saben donde vives y harías bien en comentárselo a tu marido para que adopte las precauciones más convenientes. No quiero ni pensar que secuestren un crío, así que toda precaución es poca.

–Vale, en eso estoy de acuerdo. Se lo diré –accedió Merche–, pero en lo atinente a mis idas y venidas debo decirte y como mejor proceda te digo que rechazo de plano tu compañía. ¿Te vale? Y por si fueren pocas las razones de mi santísima voluntad, a fortiori puedo apelar mi inseparable herramienta percutora de calambres.

Tilo aceptó los argumentos de la colega y le pidió disculpas por haber minusvalorado sin querer su capacidad de autodefensa. Ella las aceptó. Él le preguntó cómo era el perseguidor y ella lo describió como un tipo joven y fuerte, uno setenta, rostro cerúleo, abultado y redondo, modelo hogaza de pan y ojos grandes y negros, protegidos por unas gafas con cristales transparentes y marco cuadrado de pasta negra, modelo retro y seguramente de atrezo.

–¿Y zapatillas de pijos, Triple Stitch, color tinto? –le preguntó Tilo.

–Siii. ¿Cómo lo sabes? ¿También te ha seguido a ti?

–Afirmativo. Creo que es el saltarín del autobús, el mismo individuo de la moto de alta cilindrada del Plaza Santana… Parece que nuestros amigos malincuentes han encontrado un entretenimiento para el motorista de alpargatas con puntadas italianas. Habrá que hacer algo para compensar su esfuerzo –dijo Tilo.

–Esperemos que su señoría nos ayude –repuso Merche en tono resignado.

Se despidieron. Tilo siguió caminando, bajó por la calle de Goya. Las aceras cubiertas de costoso granito de Granilouro (Pontevedra) por decisión de un alcalde aficionado hacer agujeros que él llamaba Gasradón (cancerígeno) estaban limpias de negros, la plaza de Margaret Thatcher estaba limpia de negros. Se preguntó por qué habían dedicado una plaza en el lateral izquierdo del Paseo de la Castellana a la mandataria ultraliberal británica que arrojaba los residuos nucleares de las centrales nucleares de su país en la “fosa atlántica”, frente a las costas de Galicia. No halló respuesta. El barrio de Salamanca estaba limpio de negros, la plaza del Descubrimiento estaba limpia de negros. El parking y el pasadizo de Colón habían dejado de ser lugares tranquilos para los africanos.

Bordeaba el monumental caserón de la Biblioteca Nacional en dirección a la calle de Serrano cuando volvió a vibrar su teléfono. Era Jon, el vigilante del Plaza Santana con el mensaje de que había entrado una pareja, hombre y hembra, en el aparcamiento del hotel y ocupado una plaza reservada a la empresa de la primera planta: los espías. Anotó la matrícula del coche, un Mercedes deportivo AMG-GT95, con alerón trasero; un vehículo imponente, de más de cien mil euros, azulón sin brillo; una máquina capaz de superar los trescientos kilómetros por hora, perfecta para poner tierra de por medio en caso de necesidad. Agradeció la colaboración del buen Jon, pero ya no se esforzó en llamar a la DGT para preguntar quién era el titular de vehículo. Por experiencia conocía la respuesta.

Cruzó Serrano, se adentró unos veinte metros por la calle de Jorge Juan y entró en una repostería italiana a tomar un café. Había visto algo sugerente y no quería que la idea se fuera volando. Se concentró en el capuchino, saboreó la trufa de chocolate que la camarera le puso en el platillo y permaneció diez minutos dando forma a la idea. Pagó, sonrió a la camarera, salió, dio unos pasos, sacó la libreta del bolsillo y apuntó una dirección, un teléfono y debajo la palabra “maniquí”.

Eran más de la siete de la tarde cuando llegó al barrio. En el autobús, su balance del día le pareció positivo. Gracias a Merche habían localizado el nido de víboras y obtenido pistas que jamás hubieran sospechado. Sólo les faltaba esperar la respuesta de su señoría para actuar con firmeza y por derecho. Miró el correo electrónico en la pantalla de su teléfono móvil. Nada, del juzgado no había llegado el acuse de recibo a sus escritos. Las cosas de palacio iban despacio o, simplemente, no iban. Se consoló con el aforismo de Bergamín: “Cuando te vas a enterar que vayas a donde vayas no vas a ninguna parte”. Y acto seguido recreó su idea y se instaló en el optimismo del pescador que lanza el anzuelo con la carnaza y se siente seguro de que picarán los peces más gordos.

Ya en casa, sacó a Mingus al parque de los pinos y se pasó por la terraza del Dulce. El amigo Morales carecía de novedades, pues sin haber sido requerido para traducir del árabe las escuchas a los malos (“Observaciones telefónicas a células durmientes”, les llamaban) había dedicado la jornada a leer periódicos, cocinar y vaguear. Hablaron de fútbol. Con la llegada de Frantiska llegó el momento de las adivinanzas:

–¿Dónde está la diferencia entre calor y color? –disparó ella.

–El calor es una sensación térmica y el color, visual –dijo él.

–No, no, en las vocales de la primera sílaba –anunció ella triunfal.

Tilo buscó el empate:

–Adivina adivinanza, su pin es un ocho, ¿cómo se llama el personaje?

–Muy fácil: Pinocho.

Tilo mordió el polvo y repitió la jugada:

–Se llama Tiko y come paté de pato, ¿qué es?

–Pa-te-ti-ko –silabeo Frantiska.

–O sea, yo, je je.

C9.–Dispersos y con miedo, los negros

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

De vuelta hacia las dependencias, el inspector Tilo Dátil seguía buscando respuesta a la cuestión de cómo rayos se habían enterado los matones de que el negro Amadou dormía en el coche de Arias. Su testa, con el cabello en flecha y entradas capilares a derecha e izquierda, no daba para más. Consultó con Merche, pero ella rechazó la hipótesis de que un tipo tan amable y servicial como el patriota Morata fuera un cínico redomado, capaz de engañarlos.

–Vale que no le gusten los africanos –argumentó ella– y que, como tantas personas, crea que nos están invadiendo y van imponernos sus leyes y apoderarse del país. Pero su opinión cambia radicalmente en cuanto conocen y tratan con esos desdichados inmigrantes.

–¿Pondrías la mano en el fuego por él? –incidió Tilo.

–Tengo la impresión de que fue sincero con nosotros. Él conocía a Amadou, le parecía un buen chaval, se sentía muy apenado por la pérdida y la verdad es que no parecía conocer a los sospechosos de los servicios secretos y que se mostró dispuesto a colaborar con nosotros en lo que hiciera falta. Se me hace muy difícil pensar que sea un felón.

–A mí también –coincidió Tilo.

Antes de entrar en la pecera, el inspector se asomó a la puerta del gabinete técnico y encontró, como esperaba, al pequeño Oliveras. Se acercó a su mesa. El documentalista interrumpió su tarea y le invitó a sentarse. Tilo le explicó su bloqueo sobre quién podía haber alertado a los matones y Oliveras le respondió que podía haber sido cualquier vecino o transeúnte que hubiera visto al negro refugiarse en aquel coche. Las redes sociales sirven para muchas cosas, también para eso, le dijo.

Tilo abundó en la explicación de las pesquisas realizadas hasta el momento antes de preguntarle si era posible capturar la conexión a Internet, el wi-fi o como se diga, del escondrijo de seguridad de los malos en la primera planta del hotel Plaza Santana. Lo era. Para el pequeño Oliveras (pequeño en estatura) casi nada relacionado con la tecnología de las comunicaciones era imposible. Bastaba, le dijo, con realizar las operaciones indoloras convenientes desde el lugar correcto para conseguir la dirección IP y demás coordenadas de aquellos sujetos. Pero necesitaba tiempo y estaba a punto de terminar su jornada.

–¿Lo harás?

–Será lo primero que haga mañana –le prometió.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela.

Entre tanto, Merche se había sentado en su cubículo ante el ordenador y peleaba con el lenguaje intentando dar forma a una nota informativa dirigida a su señoría judicial sobre las últimas pesquisas. En su lucha con las palabras trataba conferir a la presunción la firmeza del conocimiento y a la casualidad la calidad del acierto probatorio. Sin desvelar más datos de los imprescindibles y, desde luego, obviando que conocieran la pertenencia al SIE de los presuntos autores de la muerte de Amadou (sin alusión a los demás negros asesinados), solicitaba dos cosas: una entrevista personal para ampliar la información si fuere necesario y una orden de detención de los integrantes de la presunta célula asesina.

Tilo se demoró intercambiando impresiones con la colega Fabiola, que le pareció adormilada en la pecera que compartía con Leo. Ambos llevaban la investigación del inmigrante muerto en el pasadizo Alcalá-Retiro y, según le confesó, tenían tantas pistas como el primer día: ninguna. Su pesimismo al respecto era equivalente al de su compañero, el inspector Leopoldo Riesco, quien, según le informó, había dado el caso por imposible ante la comisaria.

–Si gran jefa Gordimer no da el caso por cerrado se debe al qué dirán –añadió Fabiola antes de explicarle que la comisaria había asignado a su compañero la investigación de un presunto homicidio en La Moraleja, una urbanización de lujo en el municipio de Alcobendas, y la habían dejado sola con el “mono”.

–¿A quién mierda se le ocurrió el nombre de “caso Monos”? –le preguntó Tilo.

–¿Conoces a un tal Rosado? –preguntó ella a su vez.

Tilo contuvo el insulto contra el colega.

Gordimer está convencida de que no vamos a sacar nada en limpio en estos casos y que debemos encajar las críticas sin preocuparnos demasiado y esperar a que escampe.

–¿Eso dice? –se extraño Tilo.

–Eso dice Leo que dice –afirmó Fabiola–; tampoco se trata de dar palos de ciego e incurrir en detenciones ilegales como la del vigilante del Museo de Cera al que Rosado y Marcos implicaron en el homicidio del pasadizo de Recoletos.

–¡Ostras! No lo sabía –exclamó Tilo–. ¿Y si no escampa? ¿Y si siguen cayendo africanos?Vamos a ver qué dice Chipri.

Bajaron a la planta baja, territorio de la “pringue”, donde el comisario general de seguridad ciudadana, Pedro Chipriota, les informó de la desaparición de los negros sin techo de los pasadizos, zaguanes y aparcamientos de los distritos nobles de la ciudad. El término “noble” significaba para él “adinerado, rico, caro”. Se refería a los llamados Salamanca, Retiro, Chamberí, Arguelles, cuyos habitantes tenían fama de trabajar poco, vivir más años y mucho mejor que los de Vallecas, por ejemplo, votaban masivamente a las derechas, incluidos los neonazis, y pertenecían a la alta burguesía.

–Los negros están acojonados –les contó el comisario–, no se dejan ver por las calles de esos distritos desde hace quince días y los del top manta han desaparecido de las esquinas y los andenes del metro. Lo más curioso es que también los magrebíes se han evaporado de las zonas noble de la capital.

–¿Sabemos adonde han ido? –se interesó Tilo.

–Según la información de mi gente, tenemos un grupo de quince o veinte que no sale del parque del Retiro. Están congregados en tres subgrupos: junto al monumento del lago, en el pinar del sureste y en la entrada por la Cuesta de Moyano. Han organizado sus turnos de guardia nocturna para dormir tranquilos. Otros muchos se han trasladado a Lavapiés. Nos tememos que acaben a palos con los moros y los chinos, aunque por el momento los van aceptando. Hemos notado que también rulan por fuera de la M-30, en los barrios de Usera, Carabanchel, Villaverde y los respectivos polígonos industriales.

–¿Están dando problemas?

–De orden público ninguno, aunque nunca falta algún tendero quejoso por la venta ilegal de marroquinería. Pero de algo tienen que vivir las criaturas. Me he reunido con las asociaciones de pequeños comerciantes y les he pedido un poco de tolerancia para evitar mayores males.

–Acabarán matando a alguno, Chipri, seguro –dijo Fabiola.

–Lo que está pasando no es normal –repuso el comisario–, parece obra de sicarios, aunque vosotros tenéis mejor un poco mejor información.

–Un poco sería algo –dijo Fabiola.

–Todos sabemos, tú también, Chipri, que han saturado la atmósfera de basura contra los inmigrantes. Los bulos, las noticias falsas, las manipulaciones de la realidad y la ruindad política de los titulares de los grandes poderes ejecutivo y judicial están permitiendo, si no propiciando, una criminalidad sin tasa ni límite –afirmó Tilo.

–¿Quieres decir que vamos a tener más muertos?

–Eso me temo, Chipri; se ha abierto la veda de la caza del negro –reafirmó Tilo.

El supercomisario, con mando sobre dos mil policías, lo que en términos militares equivaldría a una brigada del ejército, evitó rebatir a Tilo, aunque deseó fervientemente que su pronóstico fuera exagerado. En sus mensajes a las asociaciones de vecinos y comerciantes les pedía tolerancia con los africanos, les explicaba que sus patrullas de uniformados hacían lo que podían, pero si les presionaban demasiado, los echaban de las calles, les quitaban la mercancía un día sí y otro también, corrían el riesgo de desviarlos a la delincuencia pura y dura, los robos, atracos, el tráfico de estupefacientes… la prostitución.

–Intentamos ser prudentes y equilibrados, pero los cañones del miedo y el odio disparan a larga distancia y comparto con vosotros el temor a que toda esa porquería que esparcen por las redes sociales acabe causando víctimas también en los barrios bajos.

–¿Temor fundado? –incidió Fabiola.

–De momento estamos en el nivel de pintadas –admitió el superjefe.

–¿Hay detenciones?

–Son muy hábiles –susurró el responsable de seguridad ciudadana, dando a entender que el tiempo de las consultas había terminado.

Cuando Tilo y Fabiola regresaron a la primera planta, la subinspectora Merche había terminado la nota para su señoría judicial y, a punto de concluir su jornada, solo esperaba el visto bueno de su compañero para remitirla por correo electrónico. A Tilo le pareció bien medida y correcta. Ella colocó la información reservada y la petición oficial de entrevista personal con la juez en la bandeja del email y pulsó la tecla de envío. A continuación se puso la chaqueta, se colgó el bolso al hombro y se despidió de Tilo y de Fabiola. Era implacable con los horarios y, salvo causa de fuerza mayor, no regalaba un minuto a la empresa. Por lo demás, los tres sabían que su señoría no leería la nota ni las solicitudes de los agentes hasta que le diera la gana.

C8.–Coincidencias a falta de pruebas

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

El recepcionista del hotel Plaza Santana, camarero del Picador y padre de familia numerosa Manuel Morata Perea condujo a Merche y a Tilo al cubículo del vigilante de seguridad, un joven fuerte y fornido, con uniforme paramilitar, aficionado al ajedrez y los videojuegos.

–Hola, Jon, estos señores son policías, están investigando un crimen y necesitan ver las grabaciones de las entradas y salidas del garaje la madrugada del sábado.

–Sin problema –asintió el vigilante sin mirar las placas policiales.

–¿Podremos ver también las imágenes de los sábados anteriores? –le preguntó Tilo.

–Por supuesto. Aquí guardamos las grabaciones de un trimestre y se da la casualidad de que no vence hasta el uno del mes que viene, así que están ahí –dijo, señalando al monitor.

–¿Las borráis después de tres meses? –se interesó Merche.

–No, no, las mandamos al archivo de la empresa y se conservan cinco años –dijo Jon el vigilante.

Morata se fue a sus quehaceres y el joven Jon les acercó unos taburetes al panel de consolas visibles en una gran pantalla. Tras una breve explicación sobre el funcionamiento de la video vigilancia, comenzó a manejar la moviola de la filmación correspondiente a la cámara de entrada y salida del garaje hasta que encontró las imágenes de la fecha y la hora indicada. Vieron bajar por la rampa un Ferrari SF90 rojo Burdeos, seguido de una BMV con dos motoristas encima.

–Parece un millonetti con churri a bordo y escolta detrás –comentó Jon.

Visionaron la secuencia varias veces a cámara lenta y Tilo anotó en su libreta algunos detalles de la vestimenta de los tipos, la hora impresa en la parte inferior de la grabación –las 3:50 de la noche que quemaron el coche del señor Árias con Amadou dentro– y las matrículas de los dos vehículos. A los motoristas, con las cabezas protegidas por los cascos, no se les veía la cara. Y la poca luz impedía distinguir con nitidez a los ocupantes del Ferrari.

Tilo buscó en Google el número de teléfono de la famosa (por sus multas) Dirección General de Tráfico y llamó para consultar quiénes eran los titulares de los vehículos cuyos números y letras de matrícula pronunció a continuación. Pero, maldita sea, la primera matrícula, la del Ferrari, figuraba protegida y, en consecuencia, no le podían aportar ese dato. Y la segunda, la de la moto, se hallaba también bajo la protección de la ley de secretos oficiales y ni siquiera con mandato judicial podían desvelar la identidad del titular físico o jurídico. Nada.

El inspector colgó y volvió a marcar. En esta ocasión eludió a la máquina que respondía con una agradable voz femenina y esperó hasta que pudo hablar con una funcionaria de carne y hueso.

–¿Entonces no hay manera de enterarse del nombre de los propietarios de esos dos vehículos? –Preguntó tras explicar su petición.

–Pues mire, no –respondió la voz natural.

–Pero supongo que si esos vehículos han sido utilizados para cometer delitos, la policía podrá saber a nombre de quién están.

–Pues mire, tampoco.

–¿Y qué podemos hacer?

–Nada, si está clasificado, nadie, ni siquiera nosotros lo podemos saber.

–O sea, que esto es como el futuro –dijo Tilo.

–Pues casi, casi; tendrá que solicitar que lo desclasifiquen y esperar la respuesta –respondió la funcionaria.

–Queda claro que los titulares de esas matrículas son espías del SIE –abundó Tilo.

–Pues mire, si. Bueno… eso creo yo, pero tampoco se lo puedo confirmar.

Tilo le agradeció el desliz (algo que una máquina jamás cometería, se dijo), miró con gesto resignado a Merche y al vigilante, que llevaba en la cazadora la insignia del dios egipcio de la visión, y se despidió de la funcionaria deseando que Horus le conserve la vista.

Permanecieron unos segundos indecisos, pero Merche solicitó a Jon que buscara las imágenes del sábado anterior. Con un poco de suerte podrían ver algo, pensó. La operación fue rápida e inútil a los efectos identificadores. Las secuencias de aquel sábado era clavadas a las del sábado siguiente y serían un calco del anterior. Con todo, Jon buscó estas últimas rápidamente. El joven vigilante vasco estaba intrigado por lo que había oído a Tilo y se hallaba en la mejor disposición de colaborar para desarticular aquel comando delictivo.

–¡No me jodas (con perdón) que tenemos un nido espías ahí atrás! –se sorprendió Jon.

–Eso parece, aunque a nosotros tanto nos da si son espías o astronautas; buscamos a presuntos delincuentes –repuso Tilo.

–¿Delincuentes protegidos por la ley…?

–Eso parece.

–¿Se puede saber qué han hecho?

–Supongo que has oído hablar de la muerte de los inmigrantes sin papeles –dijo Tilo.

–¿Esos negros?

–Sí, esos.

–¡Joder, la hostia! ¿Y yo que pensaba que eran directivos de una multinacional farmacéutica alemana o estadounidense?

–¿Por qué pensabas eso? ¿Has hablado con ellos? –le preguntó Tilo.

–Lo que es hablar, no, nunca; si alguna vez me he cruzado con alguno ahí abajo, lo he saludado como a cualquier otro cliente del hotel. Tienen su ascensor privado a cuatro metros del público. Y si, ahora que lo pienso, creo haber saludado alguna vez, buenos días o buenas tardes, a una mujer rubia mientras esperaba el ascensor. Era una tía alta, casi tan alta como yo, muy maquillada, recauchutada, con un busto impresionante y acento extranjero, alemán o así. Supongo que de ver el logotipo que tienen en una placa junto al elevador me dio por pensar que eran gente de una farmacéutica teutona. El logo es una gragea como la Bayer, pero en vez de cruz lleva un botón sobresaliente como una mama en el centro y unas letras despatarradas alrededor, supongo que el nombre de la empresa.

–Pues ya lo ves, amigo Jon, en estos tiempos casi nada es lo que parece y lo que parece no es –comentó Merche.

–Pues si son los asesinos, aunque no lo parezcan están acabados. Contad conmigo para echarles el guante… o lo que esté en mi mano –se ofreció Jon.

Merche le regaló media sonrisa.

En lo que Tilo le agradecía su desinteresada colaboración, el joven vigilante congelo una imagen de la secuencia que estaba repasando, alargó un cable hasta un ordenador portátil orillado en un extremo de la tabla a modo de mesa, conectó la clavija y transfirió la fotografía.

–Pongamos la lupa sobre esos mierdas –dijo.

A continuación recortó y amplió varias veces la imagen. Era el rostro mal iluminado del conductor del coche deportivo.

–¡Vale, vale! –ordenó Tilo.

–¡Que me aspen si no es Mandíbula de Hierro! –exclamó Merche al verlo.

–¡Por Júpiter, claro que es! –correspondió Tilo en referencia al coronel que se hacía llamar Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber cuál sería su verdadero nombre). El prominente mentón de aquel hombre lo hacía inconfundible. Por suerte para ellos había acercado la testa al parabrisas cuando entraba en la rampa, facilitando a la cámara fija grabar su rostro durante unos segundos, los suficientes para poder reconocer sus fauces.

–¡Bien por Jon! –exclamó Tilo, apretando el antebrazo del joven vigilante–. Nos has ayudado mucho y bien –añadió antes de pedirle que custodiase esas filmaciones por si las pedía el juez y de explicarle que el mejor modo de colaborar con ellos para capturar a esos tipos en el supuesto de que fueran los criminales que andaban buscando era avisarles con una llamada de teléfono si detectaba sus entradas a altas horas de la madrugada.

Tras despedirse de Jon se acercaron a la recepción y agradecieron la amable colaboración del patriota Morata, quien se alegró muchísimo de que sus sospechas comenzaran a verificarse y de que la colaboración del vigilante les fuera útil. Ya en la calle se dieron cuenta de que las sorpresas les provocaban aquel hambre canina de los tiempos de la universidad, cuando los dos andaban famélicos día y noche, así que no necesitaron consultarse la indicación al taxista.

–Vamos al Zarajos, en la calle Gaztambide –le indicó Merche.

Como en los viejos tiempos, un buen filete de hígado a la plancha les aportaría las proteínas, el hierro y la vitamina B que necesitaban para seguir rulando. Luego, mientras masticaban aquella carne blanda, color suela de zapato, amenizada con patatas crujientes y regada con cerveza tostada, fueron pasando del optimismo por el hallazgo a la fría realidad. Tilo sacó su libreta de notas, la colocó junto al plato, la abrió y, entre bocado y bocado, emprendió una lenta letanía de casualidades entre las actividades del nido de espías y la muerte de los negros. Sin probar la relación causa-efecto, las coincidencias comenzaban con la visita del coronel Dosbarrios, alias Mandíbula de Hierro, al Luci-Bombón. ¿Tenía razón el arabista Morales cuando le dijo que aquella visita no era casual? No podía saberlo, pero también era casualidad que aquel encuentro se produjera tres horas después de que él y Merche fueran asignados al caso Monos. ¿Era casual que sus compañeros de homicidios apenas hubieran realizado trabajo de campo, de búsqueda de testigos de aquellos crímenes, y que ni siquiera hubiesen interrogado al propietario del Peugeot en el que murió Amadou? Y desde luego, las coincidencias detectadas por el patriota Morata resultaban abrumadoras. ¿Qué hacer, por donde tirar?

Tanto Merche como él sabían que la concurrencia de actos, el albur y las casualidades eran elementos etéreos, con cero valor legal como indicios. Necesitaban un asidero, algo un poco más sólido a lo que agarrarse para caer sobre aquellos tipos. Repasaron el staff de los jefes superiores. Con la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, no podían contar. Con solo recordar su espanto cuando Merche se refirió a los servicios secretos sobre el silenciador y el veneno…

–Por cierto, ¿sabes cómo se llama ese veneno de los espías? –aprovechó ella.

–Le llaman Miloche, aunque su marca es Compuesto 1080, fluroacetato. Ninguna persona conocida ha sobrevivido a una dosis de más de cinco miligramos de esa sustancia para la que no hay antídoto conocido –la ilustró Tilo.

–Miloche… Espero acordarme cuando tengamos a ese monstruo entre rejas –dijo Merche antes antes de volver al margen de maniobra–: Está claro que la comisaria es impracticable, pero podría ser puenteable.

Tilo pronunció en voz baja los nombres del jefe zona, de la brigada central, del jefe superior, del delegado del Gobierno y hasta del director general. Eran todos de la misma cuerda política, una cadena de mando incompetente y discriminatoria que hasta hace poco, hasta que varios intelectuales de prestigio y sindicalistas de mucho peso elevaron su voz, atribuía la muerte violenta de los africanos a rencillas y venganzas entre ellos y se limitaba a tramitar los casos sin pesquisa ni investigación alguna.

–Por el escalafón ejecutivo tiene poco sentido puentear a la comisaria –dijo Tilo–. Por cierto que la muy… ni ha contestado a mi protesta por el nombre “caso Monos”.

–No esperes que conteste, es facha –añadió Merche.

El camarero les ofreció el postre de la casa: naranja o arroz con leche. Optaron por lo segundo.

–Quizá por la vía judicial –prosiguió Merche– podríamos conseguir permiso para arrestar a esos malincuentes y, con un poco de suerte, obtener también un mandamiento de entrada y registro de ese escondrijo.

–Me has leído el pensamiento –dijo Tilo–. Tendremos que trabajarnos a su señoría, sin olvidar al fiscal. Lo ideal sería tener algún indicio algo más sólido antes de acudir a hablar con ellos directamente.

Examinaron el asunto. La juez que se ocupaba del presunto homicidio de Amadou era una perfecta desconocida para ellos. El responsable de la acusación pública, más desconocido todavía. Aparte el atestado técnico, enviado de oficio, ellos sólo les habían remitido el primer resumen de las diligencias practicadas (testimonios) y habían recibido un escueto acuse de recibo por toda respuesta. Si ya resultaba difícil hablar con su señoría para formular una consulta telefónica, más difícil iba a ser concertar una entrevista. En general, los jueces no eran molestables, no admitían consultas por teléfono ni en persona. Tenían tanta labor que no podían perder un minuto de su precioso tiempo en disquisiciones con los investigadores. Aún así, decidieron intentarlo.

Antes de cerrar su libreta de notas y guardarla en el bolsillo, el inspector leyó la palabra “Alpargata” y recordó haberla escrito porque la cámara del garaje del hotel registró la marca y el color tinto de las zapatillas de uno de los motoristas y le parecieron idénticas a las del saltarín del autobús. ¿Paranoia o enésima coincidencia?

C7.–Patriota consecuente

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

El reloj biológico le jugó una mala pasada. Le despertó la musiquilla zarzuelera del teléfono móvil, olvidado en el bolsillo del pantalón. Se incorporó, lo extrajo a toda prisa. Era su colega Merche.

–Perdón, compañera, me he dormido –dijo al ver la hora: las nueve de la mañana.

–Estas cosas ocurren cuando el cuerpo y la mente necesitan descanso –contestó ella en un tono irreconocible, pues solía mostrarse inflexible con el horario.

–¿Alguna novedad en la reunión de las ocho? –preguntó él.

–Nada nuevo, cinco minutos, un café y cada mochuelo a su olivo. Ah, y Górdimer no ha venido; se ve que también se le han pegado las sábanas.

–Me afeito, saco a Mingus y voy para allá –dijo Tilo con voz apresurada.

–Tranquilo. Te he llamado para que sepas que el garbanzo se ha ablandado. ¿Qué hacemos con él? –dijo en alusión al tabernero Julio Arias.

–¿Te ha dado algo útil?

–Creo que si. Tengo la impresión de que el calabozo ha sido una medicina para su memoria.

–Déjale que se vaya –resolvió Tilo.

–Estu…pendo. Hay tres mujeres esperándole, se alegrarán de verle libre.

–Sin duda, Merche, sin duda –repuso el inspector imaginando el chorreo de la esposa y las dos hijas al buen Arias. “Sólo a un gilipollas como tú –le dirían– se le ocurre dejar el coche a un negro para dormir. Hay que ser muy tonto, un tonto de remate para hacer lo que has hecho. ¿Y si te lo roba? ¿Y si atropella a alguien? ¿Y si tiene un accidente y mata a alguien? Tontaco es poco, hay que ser imbécil, pero muy imbécil. Y encima dejarle el cuarto de baño privado y darle de cenar y ¿qué más Julio, qué más? Seguro que le diste dinero, que le compraste ropa, ¿a que sí?”

En lo que se afeitaba, Tilo recordó las admoniciones de su querida madre a su amado padre, que en paz descansen. Sonrió para sí al evocar los castigos que ella le imponía mientras arrugaba la nariz una, dos, tres veces. No solo le castigaba con encargos, tareas de limpieza en la casa y otros menesteres, sino que, según le contó cuando alcanzó la edad del discernimiento, “cada vez que tu madre pliega la nariz quiere decir una semana sin sexo”. Entonces, cuando había palabras altas, él se fijaba y la nariz de la madre. Llegó a contar vedas de un mes sin follar.

–Eso sí era fastidiar, ¿verdad Mingus?

El cócker movió el rabo como si le diera la razón.

Una hora después, ya en la central policial, Merche le informó de las aportaciones del señor Arias. Eran presunciones y sospechas. Ninguna certeza. Pero Merche las consideró válidas porque le parecieron sinceras.

–Además, mejor esto que nada –añadió, colgándose del brazo de Tilo.

Se pusieron en marcha hacia la plaza de Santa Ana, donde el empleado del turno de meriendas y cenas del señor Arias, el camarero Manuel Morata, realizaba su jornada laboral en el lujoso hotel que dominaba aquella plaza presidida por la estatua con ojos sin niñas de don Pedro Calderón de la Barca. Lo encontraron sin esfuerzo. Era el recepcionista.

–¿Nos concede unos minutos? –le pidió Merche, placa policial en mano.

–Faltaría más –respondió Morata– ¿Cuántos minutos quieren?

–Eso depende de usted –contestó Merche.

El recepcionista colocó en su lugar a un botones uniformado y les condujo por un pasillo mal iluminado hasta una saleta que olía a huevos fritos y tenía las paredes empapeladas con hojas de periódicos sabanos de Londres, Washington y Nueva York, una alta estantería con anaqueles de madera llenos de libros en español, inglés y francés y una larga mesa con cinco sillas a cada lado. Antes de invitarles a sentarse les preguntó si deseaban tomar algo, a lo que Merche dijo que le vendría bien un café con leche desnatada. Morata lo encargó junto con una jarra de agua y cuatro vasos, a través de un telefonillo vertical pegado al marco de la puerta, y luego se sentó.

–Soy todo suyo –dijo.

Tilo correspondió a la cortesía del recepcionista interesándose por su extensa actividad laboral y éste afirmó que las catorce horas diarias de trabajo (ocho en el Santana y seis en El Picador) a duras penas le proporcionan cumquibus suficiente para sacar a su prole adelante.

–¿Cuántos hijos tiene?

–Tres chicos y dos chicas de entre seis y dieciséis años –dijo Morata.

–Pues si, amigo, se necesita un buen salario para alimentar tantas bocas.

–Entre el carro del supermercado, la ropa, el calzado, las matrículas, los libros, el material escolar y demás y demás… Pero si no engrandecemos a la patria, seguirán llegando de ahí abajo y acabarán apoderándose de ella.

–Me parece un poco exagerado, Manuel –dijo Tilo.

–Pues a mí me parece que no exagero; ya hay barrios enteros donde se cuentan más sudamericanos, moros, negros, rumanos, chinos y de todos esos de los países de la fenecida Unión Soviética que españoles –repuso Morata.

Merche aprovechó la entrada del camarero para girar la cabeza y lanzar una mirada de aviso al colega, que respondió con el parpadeo de “mensaje recibido”.

–Si a eso le añades la inflación de homosexuales y lesbianas que padecemos, ya me contarás de quién va a ser España dentro de veinte o treinta años –agregó Morata.

Tilo se encogió de hombros, esperando que Merche captara el mensaje, y replicó al recepcionista:

–Ya veo, amigo Manuel, que no te gustan los inmigrantes y que seguramente eres de los que creen que nos quitan el puesto de trabajo, se acuestan con nuestras mujeres, violan a nuestras hijas, se organizan en bandas para robar, matar, vender drogas, cometer atentados…

–No, no es eso, aunque vosotros conocéis mejor que nadie todo en ese mundo delictivo; lo que yo digo es que con tanta afluencia de inmigrantes y con una tasa de nacimientos cada vez menor, nuestra patria va a cambiar de manos y nuestra identidad se va a ir al carajo en muy poco tiempo.

–Y eso te da miedo.

–No me gusta.

–Lógico, a nadie le gusta que le quiten la identidad –le concedió Tilo–. ¿Pero te has preguntado por qué los ricos, esos grandes patriotas, siempre envueltos en la bandera de la patria, no tienen más hijos?

Merche se llevó la taza de café a los labios y volvió a mirar fijamente a Tilo para indicarle que dejara la demografía y fuera al grano.

–Claro que me lo he preguntado, señor Tilo: son unos putos egoístas. Y encima, para no estropearse, las señoritas van al extranjero a alquilar mujeres gestantes que den a luz por ellas. Es como si de los avances de la ginecología solo les importara la estética; ni barriga ni complicaciones ni incordios del embarazo, del parto… sin dolor. Vientres de alquiler y punto pelota.

El inspector se hallaba impresionado por el lenguaje ágil y la capacidad de respuesta de aquel tipo de cuello corto y grueso, al que calculó poco más de cuarenta años, uno sesenta de estatura, el pelo negro, engominado, los ojos oscuros y la mirada inquieta. Le habría gustado profundizar en sus ideas patrióticas y evaluar su catadura reaccionaria, pero Merche carraspeó en falso.

–No estamos aquí para hablar de política demográfica –terció la subinspectora mirando de reojo a Tilo y clavando la vista en Morata–, sino para que nos hables de Amadou.

–Ya me avisó mi jefe Arias de que vendríais a preguntarme sobre el negro muerto.

–Asesinado –puntualizó Merche.

–Si, una pena. Era un buen chico.

–¡Pero hombre, si te molestan los negros!

–Me fastidia que vengan tantos, pero reconozco que Amadou era un buen chaval, muy servicial y trabajador. Andaba un poco asustado por la muerte de otros negros que dormían en la calle. Le aconsejé que se fuera a Lleida, a la zona del Segre, donde encontraría bastantes congéneres de su raza y podría trabajar dos o tres meses en la recogida de la fruta. Pagan muy poco, pero pagan, y entre tantos negros se encontraría más seguro y a gusto. Mi jefe Arias también le animó a irse a Cataluña y le ofreció dinero para el viaje.

–¿Por qué no se fue?

–Bueno, él conocía bien el trabajo del campo, había estado en los plásticos de los frutos rojos en Huelva y en las campañas de invierno en el Poniente almeriense. No creo que le importara trabajar, pero según me dio a entender, dudada de que los gambianos, en su mayoría mandingas, le acogieran tan bien como suponíamos. Tenía miedo y quería largarse, desde luego, aunque decidió esperar unos días a ver si le llegaba la respuesta de su primo hermano, que residía en Marsella y de la noche a la mañana, sin saber por qué, había dejado de comunicarse con él. Ni su teléfono daba señales de vida ni le llamaba. Temía que algo malo le hubiera sucedido. Le escribió una carta y estaba esperando la respuesta, que debía de llegar al Picador, cuando lo calcinaron en el coche de mi jefe.

–Eso nos contó el señor Arias, quien también se refirió a ti diciendo que sabías cosas que podían resultar interesantes para aclarar el crimen –dijo Merche.

–Bueno, no sé yo si les servirá de algo, pero aquí se ven y oyen cosas –dijo Morata, moviendo las pupilas en todas direcciones.

–Aquí… ¿Te refieres al hotel?

–Si, al hotel.

–Explícate –dijo Merche con voz imperativa.

Acostumbrados a los testigos creativos, ninguno de los dos investigadores de homicidios le preguntó qué tenía que ver aquel negro que limpiaba los cristales por la mañana y las mesas y el suelo por la noche en la Taberna El Picador con el lujoso hotel donde Morata fungía a jornada completa. “¿A ver por qué cerro de Úbeda se descuelga éste?”, se preguntaba Tilo.

–Primero os cuento el contexto –prorrumpió Morata–: el hotel tiene habitaciones alquiladas todo el año a algunos clientes que no las utilizan casi nunca; hay además cinco piezas estratégicas, siempre disponibles, por si ocurre alguna emergencia y, finalmente, tenemos un cliente institucional, por llamarle de alguna manera, que ocupa cuatro alcobas en el pasillo interior de la primera planta, dos como oficina y sala de reuniones y las otras dos, comunicadas entre sí, para descansar y algo más. Esas habitaciones están aisladas del resto por un tabique y una puerta blindada en el pasillo interior de la primera planta. Son como un refugio, un piso de seguridad para esa gente. Los usuarios aparcan sus vehículos, casi siempre cochazos de alta gama y motos de gran cilindrada, en un espacio acotado del garaje y entran y salen por un ascensor privado. Poseen su propio servicio de limpieza y la recepción carece de llaves de esa zona del hotel. Aunque solo detectamos la presencia de esos tíos y tías por los coches, sabemos que mantienen reuniones nocturnas y realizan algún tipo de actividad o teletrabajo por ordenador.

El recepcionista acariciaba el vaso con agua mientras hablaba. Hizo una pausa y lo elevó hacia sus labios. Después de un trago largo, seguido de dos más breves, expuso sus presunciones y sospechas.

–A lo peor no les sirve para nada, pero hay dos cosas que me llevaron a relacionar a esos inquilinos con la muerte de los negros. Una es la coincidencia de los asesinatos con las reuniones nocturnas que mantuvieron aquí esos sábados después de los crímenes, a altas horas de la noche. Pregunté al recepcionista senior que hacía el turno de noche antes de que se jubilara y me aseguró que nunca había visto otro tal y que esos tipos no solían aparecer por aquí los fines de semana. Tampoco el vigilante nocturno había registrado tanta actividad antes de que empezaran las muertes de los negros.

–¿Podrían ser sicarios de alguna mafia de tráfico de drogas y de personas que se encargaran de liquidar a los deudores?

–No digo que no, aunque por lo poco que he podido ver parecen más bien ejecutivos agresivos o directivos y expertos en bolsa de algún grupo societario estadounidense, británico o alemán. La verdad es que me importaba un rábano de qué empresa fueran y a qué se dedicaban mientras no interfirieran en la vida y la dinámica del hotel. Bueno, me importaba un bledo hasta que ocurrió lo de Amadou.

–¿Cuántos se reunían aquí las noches de las muertes de los africanos?

–Tenemos constancia de que venían al menos cuatro. Dos llegaban en un Ferrari y los otros dos entraban inmediatamente detrás en una moto de alta cilindrada.

–¿Cual era esa segunda cosa que le indujo a relacionar a los inquilinos con los crímenes?

–Otra coincidencia. Pero muy, muy extraña. Resulta que la noche que quemaron a Amadou, esos inquilinos llamaron a la recepción del hotel. Les cogí el teléfono. Y para mi sorpresa dijeron si podía hacerles el favor de llevarles cuatro carajillos. Bueno, ellos dijeron café con whisky Les contesté que sí. Dada la hora, algo más de las cuatro de la madrugada, todo el personal operativo éramos el vigilante y yo. Pasé a la cafetería, hice los carajillos, los puse en una bandeja y se los subí hasta la puerta del pasillo. Golpee con los nudillos y me abrió un tipo joven, de rostro redondo, con una barbita negra y rala que parecía una cerca de alambre de espino. Le entregue la bandeja con las bebidas y oí que estaban hablando dentro de la habitación. No me enteré de lo que decían ni me importaba, pero en un instante alguien dijo: “Peugeot en llamas”. Recogí el importe de los carajillos y dejé la bandeja en el suelo, al otro lado de la puerta, para que depositaran los vidrios y la vajilla cuando terminasen. Eso fue todo. Pero unas horas después, cuando me llamó Arias con la noticia de que le habían quemado el coche y el pobre Amadou estaba dentro, me quedé más pasmado que Felipe IV ante Marfisa. Mi sorpresa y mi pena fueron inmensas. El bueno de Amadou había escapado de las llamas en las chabolas onubenses, pero no acertó a salir a tiempo del Peugeot. Fue entonces cuando me acordé de las palabras que oí en el pasillo de los inquilinos. Podían haber dicho coche, pero no dijeron coche, sino Peugeot, Peugeot en llamas. ¿Cómo sabían esos la marca del coche si a esa hora ningún medio de comunicación había dado la noticia?

–Me pregunto por qué no comunicaste esa circunstancia a la policía –incidió Merche.

–¿Verdad que debí decírselo cuanto antes?

–Nos ha jodido, Manuel, pues claro.

–Me dejé guiar por Arias. Se lo conté esa tarde cuando llegué a trabajar y me dijo que esperase a que vinieran los maderos, que debían de estar a punto de caer. Pero pasaron las horas y no aparecieron, pasó el domingo y tampoco. Por la Taberna del Picador no asomó un policía hasta que llegasteis vosotros el lunes a media mañana, pero yo no estaba y se ve que él echó en saco roto o no se acordó de lo que le conté hasta que le dejasteis a dormir en el calabozo.

Merche apuró el café, miró a Tilo con una chispa de optimismo y se cuestionó las incógnitas que Morata había dejado sobre la mesa. ¿Cómo sabían que el coche en llamas era un Peugeot y no, por ejemplo, un Renault? La subinspectora deseaba que el testimonio de aquel hombre fuera bueno.

–¿Hay algún modo o manera de ver a esos sujetos para poder identificarlos? –le preguntó.

Morata asintió y dijo que la cámara del garaje graba las entradas y salidas de los vehículos las veinticuatro horas del día.

–¿Podemos echar una ojeada?

–Claro que sí.

C6.–Lectura nocturna

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Camino de casa con Mingus dejando su huella mingitoria aquí y allá, el inspector Tilo Dátil creyó ver al tipo que había saltado del autobús. No pudo verle la cara porque unos metros antes de cruzarse con él, el saltarín se volvió de espaldas y elevó el brazo con la mano estirada como si el saludo fascista atrajera a los taxistas. De hecho, los atraía, y el sujeto desapareció en un taxi. A Tilo le resultó extraño. Ya en el apartamento, puso la cena a Mingus (un par de salchichas de Fráncfort con macarrones hervidos), se zampó la tortilla de jamón que la asistenta Reme le había dejado en un plato tapado con una lámina de aluminio y a continuación se trasladó a la saleta, entreabrió el balcón, activó el ordenador portátil y se sumergió en la lectura del dossier que el documentalista Oliveras le había remitido por correo electrónico.

“El fuego ha vuelto a hacer de las suyas. Anoche insistió en expresarse y redujo a cenizas un racimo de chabolas de inmigrantes africanos en el paraje conocido como Pinospardos, a seis kilómetros de la localidad de Palos. Las llamas se elevaron en el cielo, alcanzando gran altura. El fuego se extendió rápidamente y arrasó todo el campamento, incluidos algunos vehículos. Por suerte, no ha habido muertos que lamentar, aunque sí heridos. No se sabe cuantos. La mayor parte de los quemados fueron asistidos en las dos ambulancias que se desplazaron a la zona. Aparte de las curas urgentes, los furgones sanitarios proporcionaron oxígeno a algunas mujeres y niños muy pequeños que no pudieron huir tan aprisa y sufrieron los dañinos efectos del humo”.

El relato de la revista La Mar de Onuba ilustraba el infierno con dos fotografías: una nocturna, de chabolas ardiendo y sombras humanas huyendo de las llamaradas, y otra diurna, al amanecer, del antiguo poblado convertido en ceniza. Sobre el terreno calcinado, todavía humeante, se distinguían los restos metálicos de dos coches y algunas motos y bicicletas. Unos cuatrocientos trabajadores inmigrantes, temporeros de la fresa (“frutos rojos”) lo habían perdido todo. Pero lo más sorprendente era que el alcalde del término municipal, un hombre con apellidos tan frecuentes como Romero y Hernández y nombre de orden religiosa, se negó a que los heridos y damnificados fueran acogidos en instalaciones municipales. ¿Por qué? Tilo buscó la respuesta en la web municipal. Palos de la Frontera contaba con edificios municipales y pabellones más que suficientes para socorrer a aquella pobre gente. Las instalaciones del magnífico polideportivo Plus Ultra, con duchas, canchas, piscina cubierta y vestuarios para dos campos de fútbol, habrían servido para cobijar y confortar a aquellos trabajadores del campo.

Tilo bebió un trago de agua para digerir su indignación. Aquel pollo nada solidario ni tampoco lo caritativo que se deducía de la profusión de fotografías en las que aparecía encabezando procesiones y otros actos católicos, le pareció un miserable de tomo y lomo. Además de alcalde, era diputado nacional del partido conservador, la principal organización política de la derecha en el poder desde el año 2011. También había sido diputado autonómico en el Parlamento de Andalucía. Por si fuera poco, tenía suerte, pues le habían tocado cuatrocientos mil euros en la lotería de Navidad, según declaró (por obligación) en el registro del Congreso de los Diputados.

Bebió más agua y siguió leyendo recortes de prensa. Las informaciones sobre la quema de asentamientos de inmigrantes en los campos de agricultura intensiva bajo túneles de plástico eran frecuentes. Los propietarios de la tierra, productores e industriales de los municipios freseros y hortofrutícolas de varias provincias andaluzas habían descubierto una mina de oro en los cultivos de primor, frutos rojos, hortalizas, flores y melones de invierno bajo un mar de plástico que crecía sin límites. La productividad era enorme. Decenas de miles de toneladas de alimentos vegetales salían de los invernaderos hacia los mercados centrales de las principales capitales europeas. Los ingresos se contaban en decenas de miles de millones de euros.

Así las cosas, la prosperidad económica provocaba la desaparición de cientos de hectáreas de pinares y la aparición en su lugar de parcelas plastificadas, con la tierra rozada, enarenada y preparada para el cultivo. La feracidad de la tierra abonada y soleada, junto a la excelente acogida de los frutos en los mercados, constituía tal promesa de millones que la plastificación crecía cada año. La única limitación era la falta de agua para regar. Pero la perforación de pozos permitía sacar a flote grandes cantidades del líquido elemento de los acuíferos subterráneos que fluían a profundidades superiores a ciento cincuenta metros. En dos décadas de explotación, los productores se habían apropiado clandestinamente de los acuíferos del Parque nacional de Doñana y estaban a pique de secar el mayor humedal de Europa, una joya de la naturaleza, refugio esencial y único de la avifauna, protegido por la ONU.

La otra limitación productiva era la falta de mano de obra, de braceros locales. Los jóvenes de las localidades prósperas gracias a la agricultura avanzada rechazaban las labores en aquellos invernaderos a más de cuarenta grados bajo los plásticos. Se negaban a correr la suerte de sus abuelos. Algunos no los conocían, pues en las comarcas del poniente almeriense, pioneras de los cultivos bajo plástico, habían quemado sus vidas y muerto antes de tiempo para salir de pobres. También en Nijar y en otras zonas del norte de esa provincia se registraba el mismo fenómeno. Y también en Huelva. El esfuerzo de aquellos abuelos, víctimas de los especuladores de los medios de producción tales como la arena, el agua, los abonos, los plásticos de mala calidad, los sulfatos, nitratos y plaguicidas, sometidos a la devolución de unos créditos bancarios con intereses abusivos y dependientes de intermediarios sin escrúpulos a la hora de vender su producción, acabaría redundando al paso del tiempo en la prosperidad de los hijos, de modo que los nietos preferirían las ciudades, los estudios universitarios y unas tareas menos penosas que el trabajo en los invernaderos. Para eso estaban los inmigrantes. Lógico. Con razón decían que los humanes somos la especie más abundante que hay.

Tilo bebió otro sorbo de agua, echó una hojeada a los datos económicos de un estudio de los sindicatos y de varias organizaciones no gubernamentales, según los cuales, los inmigrantes son un “factor clave” del crecimiento económico en nuestro país. El desarrollo agrícola les debe mucho. Desde hace más de treinta años, la agricultura intensiva basada en invernaderos, se ha desarrollado por el sur de la Península Ibérica gracias al empleo de mano de temporeros no cualificados. Así, el peso del empleo en el sector agrícola ha alcanzado el 25,10 por ciento en provincias como Almería, seguida de Huelva, con el 23 por ciento y de Murcia y Albacete, con el 11,50 y el 10 por ciento, respectivamente. Este nivel de empleo rebasa ampliamente la media nacional que, según el Instituto Nacional de Estadística, es del 4,90 por ciento del total de trabajadores. La prosperidad del sector se puede cuantificar con los 60.100 millones del valor de las exportaciones agroalimentarias cada año, lo que representa en torno al 20 por ciento del total de las ventas españolas al exterior.

Los empresarios agrícolas (también ganaderos) suplen la falta de braceros locales con inmigrantes procedentes de Rumanía, Marruecos, Ghana, Guinea Ecuatorial, Malí, Senegal y, en menor medida, de algunos países de América del Sur. Los atropan por temporada para que recojan las cosechas y después les piden que se larguen. Los freseros onubenses, por ejemplo, les ofrecen contratos en destino y les pagan el viaje desde las ciudades marroquíes de Marrakech, Kenitra, Fez… Cada año traen más jornaleras. En las últimas campañas alcanzaron la cifra de 15.000 temporeras. Prefieren a las mujeres jóvenes y de mediana edad porque, según dicen, las manos femeninas son más adecuadas para la recolección de la fresa, que es muy delicada. Además, generan menos conflictos, no fuman, no beben, no van al cine ni a las discotecas y se concentran más en trabajar y ahorrar. Entre las mujeres eligen a las casadas con hijos porque de ese modo aseguran su retorno, aunque no les pagan el viaje de vuelta.

Con todo, el contingente de temporeras marroquíes resulta insuficiente para los cuatro meses álgidos de recolección y empaquetado del oro carmesí, así que echan mano de cuantos subsaharianos, en su mayoría sin documentación legal, ofrecen sus brazos, docilidad y resignación para trabajar largas jornadas bajo los túneles de plástico. No tienen nada, son muy pobres, aceptan salarios por debajo del mínimo legal establecido. Aunque la ley obliga a los empleadores a darles alojamiento y a pagar su parte de los seguros sociales, muchos de ellos se desentienden de sus obligaciones con los más vulnerables, los que han entrado clandestinamente, arriesgando su vida en frágiles embarcaciones en el mar, de modo que su residencia y la de otros, incluidos hombres y mujeres marroquíes, son esos núcleos de chabolas que entaman en los campos, alejados varios kilómetros de los cascos urbanos de pueblos y ciudades. Construyen sus refugios con materiales de desecho procedentes de los invernaderos y las escombreras, tales como cartones, plásticos, palés de madera, cuerdas, tubos, alambres, trapos y otros elementos útiles.

Ya inmerso en la problemática de los incendios de las infraviviendas de los inmigrantes africanos, Tilo Dátil se preguntaba cómo era posible que los ayuntamientos no les suministraron agua. Tampoco alumbrado público ni otros servicios elementales. Algunas informaciones sobre las quemas referían esas carencias. La Mar de Onuba se hacía eco de una solicitud de cuarenta colectivos sociales y políticos a las administraciones públicas para que tendieran tubos con agua potable y recogieran los residuos urbanos de los asentamientos de inmigrantes existentes en la provincia de Huelva (más de cuarenta). Pero las autoridades locales y autonómicas competentes no habían movido un dedo para facilitar la vida y preservar la salud de aquellas gentes. ¿Por qué? La respuesta se resumía en un sencillo silogismo: Primero les negaban la vecindad y al no ser vecinos era como si no existieran y al no existir, las autoridades no contraían obligación alguna con los inexistentes.

El director y los redactores de aquella revista, uno de los pocos medios críticos con el poder, calificaban de “racismo institucional” la actitud de las autoridades por su incuria contra los trabajadores inmigrantes. Aunque los ignoraban, acababan reconociendo su existencia cuando terminaban las campañas agrícolas. Entonces querían que se largaran. Y puesto que muchos de ellos no tenían a donde ir, aparecía el fuego y calcinaba sus chabolas. Los incendios siempre eran accidentales, casuales y atribuidos a los propios africanos, aunque se hubieran originado en varios puntos a la vez. Los informes sindicales y de varias organizaciones no gubernamentales se referían a la quema de los poblados como una forma de expulsar a los africanos. La otra consistía en destruir las frágiles construcciones con maquinaria pesada.

Tilo miró la hora en el ángulo inferior derecho del ordenador. Era tarde, le pesaban los párpados. Cerró la libreta de notas. Había escrito “negros fogueados” y apuntado debajo algunos datos. La casuística le resultaba formidable para explicar el egoísmo, la ignorancia, la injusticia y, en definitiva, esa mugre mental y moral que llevaba a preguntarse a quién podía importar un negro más o menos. Desconectó el ordenador. Mingus roncaba a los pies de la cama. Se apresuró a ducharse y encamó. Le quedaban seis horas para dormir.

C5.–Sospechas enojosas

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

De vuelta a casa, Tilo aprovechó el trayecto en el autobús para repasar la jornada como solía hacer a diario. Un día más sin un indicio en el caso Monos. ¿Era posible que nadie hubiese visto nada en ninguno de los cuatro crímenes? ¿Era creíble que las pesquisas en los pubs, boites y discotecas nocturnas de las zonas en las que fueron perpetrados los asesinatos a sangre fría no hubieran reportado datos válidos sobre los presuntos autores? Apostaría cualquier cosa a que aquellos perros salvajes eran una camada de ultraderechistas emanados de familias bien o, como solía decir el jefe del Gobierno, “gente de bien”, convenientemente dirigida y protegida.

Ni siquiera los análisis de balística habían aportado datos válidos sobre los dos proyectiles alojados en la testa y el pecho del negro asesinado en el pasadizo de Colón y, al parecer, percutidas por una pistola con silenciador. ¿Quién podía tener un arma con silenciador? Los sicarios de organizaciones criminales y terroristas, pero también los militares, guardias, guardas, policías y ciudadanos con licencia de armas que quisieran disparar sin hacer ruido. El espectro era tan amplio que el dato no valía ni para tacos de escopeta. Si al menos los asesinos hubieran dejado algún casquillo en el lugar del crimen, los investigadores podrían saber qué arma utilizaron.

Recordó la cara de asombro de la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, cuando en la reunión informativa de las ocho de la mañana, Merche sostuvo que había algo en común entre el negro baleado en el pasadizo de Colón y el apiolado meses atrás con una inyección letal en el parking de la terminal internacional del aeropuerto. Y a continuación expuso la hipótesis de que si la sustancia empleada para paralizar en diez segundos el corazón y el cerebro del joven del aeropuerto era la misma que utilizaban los agentes de los servicios de inteligencia como solución final para evitar las torturas y morir sin revelar la información a los captores, el silenciador de la pistola empleada en el paso subterráneo podía tener la misma procedencia.

La presunción de Merche provocó un respingo de rechazo y disgusto en la comisaria. El inspector Rosado se unió a la jefa. En cambio, los colegas Leo, Marcos y Fabiola aceptaron la hipótesis de trabajo, manifestando que cualquier coincidencia podía aportar pistas. A él le habría gustado añadir algún dato relacionado con los procedimientos de los asesinos, pero a la víctima del subterráneo de El Retiro, bajo la calle de Alcalá, le escacharon el cráneo con un bate de béisbol y al muerto en Cibeles le cortaron la yugular a la altura del pescuezo. Ni los peritos policiales ni los del Instituto de Medicina Legal encontraron algo que les permitiera tirar del hilo. En el caso que les tocaba a ellos, el muerto en el incendio del coche del callejón sin salida junto a la Avenida de los Toreros, los forenses no parecían tener ninguna prisa.

Con todo, frente a la perplejidad de la superiora y del colega Rosado, respaldó la hipótesis de Merche en el sentido de que los crímenes podían estar dirigidos por elementos operativos de los servicios secretos. Tilo no recordaba cuáles fueron sus palabras, pero se esmeró en explicar que el uso de la “inteligencia” era una hipótesis tan verosímil como aquella que querían creer todos de que se trataba de rencillas, por no decir guerras, entre ellos, no se sabe por qué. Al inspector Tilo le daba en la nariz que aquellos crímenes eran obra del mismo autor intelectual (uno o varios) con algún tipo de cobertura… Iba a decir “política”, pero se abstuvo añadir porquería a una noble actividad ya bastante envilecida por individuos corruptos y prácticas mafiosas.

La comisaria Górdimer se sulfuró al rebatir la hipótesis de que el SIE (solo ella mencionó esas siglas) estuviera detrás de aquellas muertes. Y a renglón seguido exigió detenciones. Pero los gestos de desazón e impotencia de los agentes la llevaron a rebajar el tono y al final no exigió, sino que imploró algún arresto para rebajar las críticas y reducir la alarma social. Entonces Merche dijo que tenían un sospechoso. Y en cuanto acabó la reunión, envió una patrulla de seguridad ciudadana a buscar al señor al señor Arias con el fin de realizar una diligencia formal. Del interrogatorio y la decisión de tratar a aquel hombre como a un garbanzo, Tilo dedujo que su compañera Merche era una buena sofista.

Ya en la parada, el policía secreto ayudó a una gestante avanzada a salvar el escalón del autobús. Luego, cuando el bus partió, contempló, perplejo, la arriesgada operación de un tipo que contuvo el cierre automático de la puerta y saltó a la acera. Se ve que se había despistado y prefería partirse una pierna a caminar el kilómetro que lo separaba de la siguiente parada. Más de una vez también él, embebido en sus elucubraciones o en la lectura de John Grisham, Michael Connelly y otros maestros del thriller, entre los que le parecían admirables los novelistas españoles Julia Navarro, Domingo Villar, Mikel Santiago…, se había pasado de parada, aunque nunca le había dado por emplear la fuerza con las puertas de acordeón del autobús para saltar y pegarse una costalada.

Tilo se fijo en el saltarín: uno setenta, pelo al cero, barba negra recortada en pico, unos treinta y cinco años de edad. Vestía ropa de marca (pantalón de loneta fina y chaqueta camisera de leñador, aborregada por dentro) y calzaba esas modernas alpargatas elásticas, tan elegantes como los zapatos de piel curtida de vaca. No la pareció un trabajador del comercio o de la industria, como tantos en el barrio, sino de la burocracia y las artes blancas, con jornada de seis horas más dos de gimnasio.

Subió a casa, abrazó al efusivo Mingus y lo sacó al parque. Dejó al canelo enredar y correr con sus congéneres por la campa de los pinos y después de un rato le calcó la correa y se dirigió con él de ramal a la terraza del Dulce para saludar y echar unos párrafos y una birra, como de costumbre, con el amigo Morales.

–Tengo algo para ti –dijo el arabista en cuanto Tilo se sentó. Ese algo eran los datos que había podido recabar sobre el coronel Dosbarrios–. Al parecer –prosiguió– es un jefazo importante en la estructura del órgano central del SIE.

–Si es jefazo es importante y no se moja.

–Los operativos sí intervienen –dijo Morales–. A diferencia de los jefes de análisis, presupuesto, administración, formación y misiones exteriores e interiores, los operativos actúan sobre el terreno y van poco a la central. De hecho solo acuden cuando tienen reuniones entre ellos. Por eso, el otro día, cuando me diste el nombre de Martín Dosbarrios y me dijiste que era coronel, no me sonaba de nada, pero esta mañana me he enterado que le llaman Mandíbula de Hierro y dispone de una secretaria y un despacho en la tercera planta.

–¿Mandíbula de hierro?

–Si, y le atribuyen un cierto parecido mandibulario con los neanderthalensis –dijo Morales.

–Si, es ese personaje –afirmó Tilo, recordando que también a él le llamó la atención las prominentes mandíbulas de aquel tipo la vez que le vio con los de información antiterrorista en el Luci-Bombón–. ¿Qué más me puedes decir de él?

–Muy poco. Parece ser que tiene sus propios grupos operativos y que también realiza cometidos de reclutamiento de los futuros agentes en el ámbito civil. Por lo visto, antes los extraían del Ejército, la Policía y la Guardia Civil, pero hace dos décadas decidieron civilizar el espionaje e introdujeron una cuota de civiles.

–¿Y el coronel Neandertal se ocupa de captarlos y tutelarlos? –quiso cerciorarse Tilo.

–Eso me han dicho.

–¿Tienes alguna posibilidad de enterarte de si algún pupilo operativo del coronel se dedica a la cuestión migratoria?

–Ya sabes que las misiones operativas son ultrasecretas.

–Ultras, desde luego –musitó, resignado, el inspector.

–De todos modos, me quedo con la copla –dijo Morales.

–Y si puedes echar algún anzuelo en aguas tranquilas, sin riesgo…

–En ese lugar todas las palabras tienen riesgo. Hasta en la cafetería te vigilan, observan si saludas a uno, si hablas con otro… Lo único que puedes hacer es aplicar el oído periférico e intentar captar algo.

La llegada de Frantiska distendió la conversación. Mantenían el acuerdo de no hablar de cosas feas, incluido el trabajo en aquellas sentadas de apenas una hora al atardecer, la hora de los perro le decían.

–Adivina adivinanza –prorrumpió la checa mientras Tilo alzaba la mano llamando al camarero–: Llueve, hace frío, no hay taxis… ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

El inspector pidió al veterano camarero el consabido bitter Kas para Frantiska.

–Muy fácil: estamos hablando de la “sintaxis”. Ahora yo –atacó–: adivina en qué piensa una profesora con hipo mientras lee una tesis.

–En la hipótesis.

–¡Bien por Frantiska!