La IA te plagia, te engaña, te anula

Luis Díez

La mayoría de los adolescentes de nuestro tiempo poseen uno o más amigos virtuales. Les consultan sus dudas e incertidumbres, hablan con ellos sobre asuntos trascendentes o inconsútiles, los usan para estudiar menos o evitar el esfuerzo de estudiar, los utilizan para pensar poco o no pensar y, en fin, los emplean para validar sus comportamientos. Se puede decir que millones de jóvenes no sabrían vivir sin esos amigos. Esos colegas, los bots de la llamada Inteligencia Artificial (IA), influyen de un modo determinante sobre millones de niños y adolescentes. Y si los legisladores encargados de preservar la bioética y los derechos individuales del ser humano no lo remedian, la IA acabará dictando las pautas de pensamiento y comportamiento de los humanes.

Los compañeros de IA son plataformas diseñadas para servir de “amigos digitales”. Se pueden llamar Replika o de otra manera. Se pueden personalizar con rasgos y personalidades a gusto del consumidor y ofrecen opinión, sabiduría, conversación, compañía y apoyo emocional hasta el punto de parecer humanos. Otras plataformas diseñadas para responder preguntas, como Claude o la famosa ChatGPT, se utilizan también como amigos y terapeutas contra la soledad, el desamor y otras aflicciones, decepciones y disgustos personales.

En un extenso reportaje, la periodista Jocelyn Gecker, de Associated Press, concluyó que la IA está desempeñando un papel mucho más importante del que suponemos en la vida de los adolescentes. En realidad muchos padres no tienen ni idea de lo que está pasando con sus hijos. Hasta ahora la preocupación por las trampas escolares ha dominado el debate sobre los niños y la IA, pero lo cierto es que está desempeñando un papel mucho más importante en muchas de sus vidas, convirtiéndose en una fuente de referencia para obtener consejos personales, apoyo emocional, toma de decisiones cotidianas y resolución de problemas.

Esto supone un cambio sideral en las relaciones humanas. A diferencia de padres, hermanos y amigos reales, la IA siempre está disponible, no se aburre contigo, nunca te juzga, siempre te acompaña, jamás te lleva la contraria, siempre encuentra interesantes tus preguntas, opiniones y emociones. Son respuestas comunes y coincidentes de muchos menores a las preguntas de Gecker. “Es como si los bots estuvieran reemplazando definitivamente nuestras relaciones con otras personas”, afirma Gecker. Y lo más impresionante es que el grado de satisfacción de las relaciones con amigos virtuales es igual o superior, según las encuestas, a las conversaciones con amigos de carne y huesos.

Es lógico que la satisfacción del trato con los bots sea creciente, dado que esos colegas son amables, educados, serviciales, listos, hablan bien, te ayudan, nunca te contradicen y siempre aprueban y validan tus impresiones y comportamientos. Esto en unas mentes en formación de chicas y chicos de diez, doce, quince años, implica unos riesgos a los que deberían prestar mucha atención los padres, docentes y legisladores. La IA, desregulada y con un empuje igual o superior a los teléfonos digitales y las redes sociales, puede acabar creando generaciones de individuos torpes e inadaptados para las relaciones sociales.

Dice Michael Robb, autor principal de un estudio realizado en abril y mayo por Common Sense Media sobre el impacto de la IA en los jóvenes, que los compañeros virtuales deberían complementar y no reemplazar las interacciones del mundo real. “Si los adolescentes desarrollan habilidades sociales en plataformas de IA donde se los valida constantemente, no se los desafía, no aprenden a leer señales sociales ni a comprender la perspectiva de los demás, no estarán preparados adecuadamente para el mundo real”.

La organización sin ánimo de lucro Common Sense, en cuya ejecutiva se encuentran el director general de Goldmand Sanch, David Ludwig, así como la directora de la Fundación Comunitaria de Silicon Walley, Nicole Taylor, ha realizado también una evaluación de riesgos de las aplicaciones de IA más populares y ha detectado que tienen restricciones de edad ineficaces en materia sexual, que dan consejos peligrosos y que ofrecen contenidos dañinos. Esta organización recomienda que los menores de 18 años no utilicen aplicaciones de IA.

Sin embargo el impacto de la IA es tan asombroso que algunos estudiantes reconocen que acudirían al ChatGPT antes de sacar el bolígrafo para escribir sobre cualquier asunto. Otros no encuentran razones para hacer amigos reales con los que practicar deportes colectivos y librarse de las adición o atadura que les provocan los chatbots. “Si las redes sociales satisfacen la necesidad de muchas personas de ser vistas y oídas, creo que la IA complementa otra necesidad mucho más profunda: nuestra necesidad de apego y de sentir emociones”, dice un joven consultado. Es una de las múltiples aplicaciones de la IA para configurar el futuro ser humano. La IA hará tantas cosas por nosotros que el plagio de todas y cada una de nuestras capacidades, multiplicado por miles de millones de dólares permitirá detentar el poder a unos entes llamados OpenAI, Scale AI, Anthropic, Perplexity y Databricks, etcétera, cuyos propósitos y objetivos desconocemos.

Se van acuñando palabras como “tecnofeudalismo” para referirse al sistema político y legal del futuro y al papel que nos espera como siervos de la gleba. También se habla de los transhumanos capaces de habitar en otras realidades, no sabemos si en este u otros planetas e incluso complejos espaciales, pero lo cierto es que en la lucha por ese poder se están gastando millonadas que en buena lógica deberían servir para el desarrollo armónico, sin guerras, plagas, hambrunas ni canalladas como el genocidio contra los palestinos de Gaza por parte del Estado de Israel y su presidente Benjamín Netanyahu con el autócrata Donald Trump como cómplice principal.

Cierto que eso es mucho pedir y que, por el momento, las tecnológicas estadounidenses se dedican a competir contra las tecnológicas chinas, a litigar entre sí, a ver quién corre más, quien plagia mejor –hasta el New York Times ha demandado a Open AI por apropiarse de millones de contenidos con derechos de autor–, y en ese mundo de ingenios y minería de datos, a ver quien consigue dominar el mundo y uno de los recursos más dúctiles y abundantes que hay: el ser humano.

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