NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez
Merche y Tilo aparcaron a Botones a prudencial distancia de las dependencias. El inspector quería preservar su automóvil de las miradas de los curiosos, los colegas y los delincuentes, y nunca usaba el espacio reservado a los maderos. Entraron en el edificio y fueron a la zona de detenidos, donde sus compañeros Fabiola y Marcos acababan de tramitar la ficha de la mujer paquete y de enviarla al calabozo. El motorista se hallaba en trámite en la “sala de caretos”, un cuartucho de cuatro metros, con un armario metálico y una regleta pegada a la pared desnuda, donde el fotógrafo de la unidad retrataba de cuerpo entero, de frente y de perfil a los detenidos. Puesto que diez de cada diez salían con mala cara se comprende el nombre del cuartucho. A continuación pasaban a la sala de interrogatorios, donde se confeccionaba la ficha, se guardaban los objetos personales del detenido (casco de motorista incluido) en una bolsa de papel, se les hacían varias preguntas y si a la tercera no respondían se les indicaba que podían avisar a su abogado o se llamaba a uno de oficio. Además se les permitía realizar una llamada a algún familiar o amigo.
–¿Podría hacer el favor de quitarme las esposas? –dijo el motorista, enojado, antes de sentarse en el pupitre que Marcos le indicaba.
–Le mantendremos esposado para hacerle un favor a usted y nosotros mismos, amigo –le contestó Marcos.
El detenido hizo un gesto de contrariedad y se encaró con el agente:
–¡Usted no sabe quien soy yo!
–Claro que sí, puedo olerle desde aquí.
Tilo y Merche relevaron a Marcos y pidieron al sujeto que se sentara y tranquilizara. Tenía cara de hogaza, el cabello negro, el cuello corto, los ojos grandes y negros como el lignito (sin brillo), los hombros anchos y los pectorales de deportista. Merche creyó haber visto antes a aquel individuo. Sopló al oído de Tilo: “Creo que es el tipo que me siguió”. Es decir, el mismo que también le siguió a él, el saltador del autobús. Según su documento de identidad, se hacía llamar Mauro Pérez Agua (a saber cuál sería su verdadero nombre) y había nacido en Madrid hacía veintiocho años.
–¿Le apetece algo, un refresco, agua, café? –le ofreció Tilo.
El tal Mauro fijó la mirada en el póster de una pradera con cuatro vacas pastando y unas montañas a lo lejos (anuncio de una industria láctea), supuso en voz alta que no había carajillos y pidió café con leche. El inspector se asomó a la puerta, depositó unas monedas en la mano del agente de guardia y realizó el encargo. Mientras Merche rellenaba la filiación y otros datos sobre la apariencia y el estado de salud del detenido, Tilo le preguntó dónde compraba esas zapatillas tan elegantes, las Triple Stitch que usaba habitualmente. El tipo se sorprendió.
–¿Cómo lo sabe?
–Lo sé.
–¿Para qué quiere saberlo?
–Si no quiere, no me lo diga, pero sepa que aquí las preguntas las hacemos nosotros.
Entró el guardia con los cafés y tres botellines de agua. Tilo miró a Merche y asintió. Quedaba claro que ojos de lignito, el saltador del autobús y el tal Mauro eran la misma persona.
–Antes de entrar en materia me gustaría saber qué planeaban contra mí o mi familia después del seguimiento que me hizo días atrás hasta las cercanías de mi casa –le preguntó Merche.
El tipo no se inmutó.
Tilo insistió, pero no logró resultado alguno, de lo que dedujo en voz alta una variedad de canalladas que podían ir desde el secuestro de niños a la muerte de mujeres, pasando por el apaleamiento de perros domésticos con bates de béisbol como si fueran negros callejeros, ¿verdad? El tipo se enojó, bebió un sorbo de café y dio un fuerte golpe con las esposas sobre el pupitre.
–Ya veo que no es muy hablador. ¿Va a declarar sin abogado o le enviamos directamente al calabozo? –le preguntó Merche.
–No tengo nada que decir, salvo que han cometido un error muy grave; mi compañera y yo somos agentes de información para la seguridad del Estado, no delincuentes –dijo el detenido.
–Claro, y eso os permite realizar seguimientos a los policías que investigan los crímenes contra personas indocumentadas y sin techo. ¿Qué ibas a hacer contra ese negro? ¿Matarlo como a una cucaracha? –inquirió Merche.
–Parece que en esta ocasión habían elegido suficiente heroína adulterada para matar a un elefante, ¿verdad? –precisó Tilo, todavía con el arma homicida dentro de una bolsita de pruebas en el bolsillo bajero del pantalón.
El tal Mauro se mantenía en silencio con la mirada perdida en el paisaje del prado y las vacas. Quedaba claro que no iba a decir ni mu, así que Merche le preguntó si deseaba hacer la preceptiva llamada telefónica a la que tenía derecho y si disponía de asistencia letrada particular, para avisarla o en su defecto llamaban a un abogado de oficio.
El tipo no se dio por aludido. Esperaron un minuto, bebieron el café y Tilo le repitió los derechos, pero el tal Mauro había enmudecido de verdad. Sabía que el agente le había filmado con su teléfono, jeringuilla en mano, inclinado sobre el negro que dormía en aquella sucursal bancaria y que no tenía escapatoria. Por si fuera poco, Merche le informó:
–Pesan cargos contra usted por tres asesinatos consumados y uno, esta noche, en grado de tentativa.
El tipo le lanzó una mirada de desprecio. Ella correspondió:
–Más te vale quitarte la muela hueca y tragarte la cápsula de miloche. ¡Estás acabado, mamón!
Tilo se incorporó, abrió la puerta y ordenó a los agentes de guardia:
–Conduzcan a este sujeto al calabozo y devuelvan las esposas a la inspectora.
Puesto que tenían que completar la jornada de pesca nocturna con la práctica papelística al uso, los dos investigadores siguieron el largo pasillo mal iluminado hacia la zona meramente administrativa. Fabiola y Marcos ya estaban en la pecera, manos a la obra. Su relato de las detenciones les pareció escueto y preciso, es decir tan correcto que el negro dormido al que iban a matar no parecía un señuelo, sino un negro de verdad. En este punto Tilo extrajo la jeringuilla del bolsillo, se la mostró a los compañeros, la depositó en un cajón de su mesa que abrió y cerró con llave. A falta de análisis sostuvo que contenía una cantidad de heroína suficiente para dejar tieso a un caballo en menos que canta un gallo. “Pero pongamos que le iban a inyectar una sustancia tóxica y venenosa, mortal de necesidad en pocos minutos”. Marcos, al teclado, intercaló la referencia al arma del delito. En ese instante les interrumpió el timbre del teléfono del despacho. Era de la recepción para decirles que un caballero se interesaba por los detenidos.
–Dígale que espere un poco, enseguida le atendemos –dijo Tilo. Colgó el auricular e informó a sus compañeros–: Muchachos, tenemos visita.
Sin necesidad de preguntar la identidad del recién llegado supusieron que se trataba del coronel jefe de los detenidos, el señor Dosbarrios López del Arenal, alias Escualo Mayor, así que dejaron el colorín colorado para otro momento, se equiparon convenientemente y se apresuraron a recibirlo como se merecía. La sala de espera era una habitación rectangular con sillas de plástico clavadas a una barra que recorría los dos laterales. Entró Tilo y dejó la puerta entreabierta.
–Buenas noches, soy el inspector Dátil –le saludó.
El visitante esperaba de pie y correspondió al saludo sin dar su nombre.
–¿Es usted abogado de alguno de lo detenidos? –inquirió.
–No es el caso.
–¿Su padre, imagino?
–En cierto modo si, padre profesional –dijo con tono orgulloso.
–Pues permita que le diga, señor…
–Dosbarrios.
–…señor Dosbarrios que los ha encauzado usted muy mal.
–¡Pero bueno! ¿Quién cojones eres tú para decir eso?
–No se soliviante, caballero, si le digo que no se puede ir por ahí matando gente que no les gusta, empezando por los negros.
–¿Qué sabrás tú lo que se puede y no se puede? –dijo el coronel al tiempo que extraía del bolsillo interior de su elegante americana una credencial del Servicio de Inteligencia del Estado, el famoso SIE, y se la mostraba.
–La razón de Estado –siguió diciendo– no requiere explicación, pero por deferencia a un majadero como tú y tus compinches haré una excepción: la muerte de unos africanos en la Capital del Reino tiene una finalidad terapéutica de dimensión histórica y resulta útil, muy útil para que se publicite a través de los medios de comunicación en los países de origen. Es una medida muy drástica, lo sabemos, que sirve de acompañamiento a las devoluciones de indocumentados que el Gobierno está realizando. ¿Me entiendes, zoquete?
A Tilo le pareció que el tiempo pasaba muy despacio. Su acuerdo con los compañeros era que entrasen al cabo de cinco minutos. Se disponía a contestar al insultón y agresivo coronel, pero éste, al parecer, acostumbrado a no respetar nada, tampoco el turno de palabra, clamó por la libertad de sus subordinados.
–Si estima en algo su carrera, sueltelos inmediatamente –amenazó.
En ese instante se abrió por fin la puerta.
–¡Queda detenido, caballero! –exclamó Merche, pistola en mano.
El tipo, más tieso que un cirio de cuaresma, dibujó la mueca de una sonrisa irónica que enseguida, en cuanto Marcos se adelantó y le asió un brazo para aplicarle el grillete, desapareció de su cara de piel de zapato marrón, bien lustrosa y bronceada.
–No, coronel –dijo entonces Tilo–, ni el fin justifica los medios ni el Estado puede practicar impunemente el terrorismo, aunque usted se crea Netanyahu.
Coda:
Había transcurrido año y medio desde la captura nocturna de los criminales. Fueron juzgados y condenados por el Tribunal Central para delitos muy graves a cadena perpetua o “prisión permanente revisable”, según el eufemismo que utilizó el exalcalde Gasradón cuando, siendo ministro de Justicia, el máximo castigo en el Código Penal. Tilo, según su costumbre, fue a reunirse con su amigo el arabista Jorge Morales en la terraza del Dulce. Y entonces éste, que, como es sabido, realizaba traducciones para el SIE, le aseguró haber visto en la sede del centro a un tipo clavado al coronel Dosbarrios, aunque con una barba cenicienta y espesa. Tilo se resistió a creer que fuera el mismo, pero Morales había indagado y le participó el secreto mejor guardado del SIE: los agentes usaban nombres falsos, filiaciones que no les correspondían, documentos que pertenecían a personas ingresadas de por vida en determinados centros psiquiátricos. Eso le dijo y eso quería decir que los condenados eran otros. Los falsarios dominaban la cúpula del Estado, delinquían para proteger a la sociedad, decían, y no entraban en prisión.
Aquella noche, cuando llegó la linda Franteska, Mingus saltó a su regazo y Tilo le lanzó la consabida adivinanza con su última ocurrencia de juego de palabras: “Me levanto, me asomo a la ventana y siempre hay unas. ¿Cómo crees que me siento?”
–En ayunas.
–Cierto y verdad.
FIN