C13.–Los depredadores entran a matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

La una de la madrugada era una hora adecuada para poner a dormir al pacífico maniquí en el zaguán de la sucursal bancaria de la plaza de Mariano de Cavia, un periodista taurino que sin embargo acuñó el término “balompié”. Con Merche ojo avizor a los mandos de Botones, Tilo sacó el cebo con el gorro y la capucha puestas, cubierto por con manta vieja y envuelto en los cartones de la caja del vendedor. En un abrir y cerrar de ojos lo trasladó desde el asiento trasero del Golf al vestíbulo de espeso cristal con puerta abatible del establecimiento usurario, lo tendió dejando al descubierto las fosas nasales, la boca y la barbilla por un lado y media alpargata por el otro, y se retiró sin ser visto. Aquella madrugada de sábado para domingo de finales de noviembre se veía poca gente en las calles. Merche callejeó por la zona. Él ruló a pie por la plaza. De semáforo en semáforo tardó seis minutos en dar la vuelta al ruedo de asfalto, con su famosa fuente ornamental de delfines metálicos nadadores en el centro. A la tercera decidió permanecer quieto, sentado en el reborde esquinero de un jardincillo elevado, rodeado de aligustre, entre la calle de Cavanilles y la avenida del Mediterráneo. A unos quince metros de la sucursal bancaria, aquel sitio le pareció ideal para vigilar la carnaza e intervenir si pintaba la ocasión.

En la media hora que llevaba en aquel punto de observación Tilo solo había visto a un joven entrar en el vestíbulo de la sucursal y salir un minuto después. Era un tipo andino e iba acompañado por dos amigos que se quedaron fuera. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la entrada de una discoteca subterránea en la que se arremolinaban chicos y chicas con ganas de marcha. Mientras se acercaba a verificar que el maniquí seguía intacto recordó la primera vez que entró en una discoteca; se llamaba Studen o algo así y acudió animado por su vecino y amigo Florencio Febrero, quien tenía una novia o algo así, una chica muy flaca y muy alta. Enseguida se la cedió y desapareció. Qué tío. Él se sintió ridículo, bailando suelto y agarrado con aquella chica del Instituto de Enseñanza Media que apenas hablaba, apenas se reía y parecía más insulsa que una patata cruda. Podía haber huido, pero aguantó dos horas con aquella criatura que le sacaba la cabeza y no le parecía guapa ni fea. Cosas de la adolescencia.

Volvió a su observatorio esquinero. Antes había periódicos de papel, se podían agarrar de cualquier papelera urbana y colocar para no mancharse el trasero del pantalón donde se iba a sentar uno. Pero la prensa se fue a la mierda y esa ventaja desapareció, de modo que pasó la mano por la piedra antes de sentarse. Llevaba un pantalón de vestir de la marca Cortefiel y una chaqueta de entretiempo de la misma marca u otra parecida. Sólo los cómodos y elásticos Fluchos en los pies le diferenciaban de un oficinista al uso, aunque a esa hora todos los gatos son pardos. Con la mirada fija en la sucursal se le enredó el pensamiento en la maldad humana. Desde que el buen Arias y su camarero de cenas, el bueno de Morata, enviaron sus notas al “buzón de limpieza” recomendado por los presuntos criminales racistas en las redes sociales hasta las doce de la mañana de este sábado se habían registrado la friolera de sesenta y cuatro mensajes de otras tantas personas confirmando la presencia del “negrata maloliente” en el hall de la archimencionada sucursal. Qué cosas. Merche atribuyó el flujo de maldad a los bulos desatados en las últimas horas sobre supuestos delitos perpetrados por negros. El más impactante, una violación atribuida a un hombre de color en el distrito de Usera.

Se lanzaba el bulo, se generaba el miedo y, acto seguido, los “salvadores” recogían la respuesta, es decir, los mensajes de decenas de personas incautas e ignorantes pidiendo ayuda y mano dura contra los inmigrantes. Llegaban incluso a denunciar, como en este caso, la ocupación del zaguán de una entidad bancaria por parte de un negro inexistente. ¡Manda narices! En ese instante Tilo observa la maniobra de un potente Mercedes deportivo AMG-GT95 que da una vuelta completa a la rotonda, se arrima a la acera de la sucursal bancaria, frena y para. De la portañuela del copiloto sale una persona, parece una mujer, se acerca a la puerta acristalada de la entidad bancaria, pero no la abre, solo mira el interior y vuelve sobre sus pasos. En cuanto sube abordo, el coche acelera y desaparece transformado en ruido, avenida del Mediterráneo abajo.

Tilo alerta a Merche.

–Los escualos han visto el cebo –le dice.

–Sí, los he visto, han venido a verificar.

–¿Dónde estás?

–He encontrado sitio delante de la Parisienne, en el chaflán rodeado de setos donde se puede aparcar en batería –contesta Merche.

–Perfecto, aviso a Fabiola y Marcos para que estén preparados.

Los dos colegas han aparcado el coche camuflado en la calle de Cabanilles, a diez metros de la esquina donde se halla el objetivo. Es un buen sitio para caer sobre los malos en cinco o seis zancadas. Tilo les informa de que las alimañas ya se han dejado ver. Según lo que ya saben de los casos anteriores, los depredadores siempre han actuado a partir de las tres de la madrugada. Si siguen su método, falta una hora para el baile, pero la visita para verificar el cebo significa que pueden aparecer en cualquier momento y han de estar atentos y lo más cerca posible del maniquí. Fabiola le pide su posición. Tilo se la da. Ella se acerca a verle. Repasan el escenario y ella confiesa que le prefiere como pareja de baile.

–¿Qué tiene Marcos de malo?

–Le noto renuente y…

–¿Y qué?

–No me gusta su olor.

Tilo se sorprende de que salte la pituitaria en plena operación. ¡Manda narices! Nunca acaba uno de conocer a la gente. Va a soltarle una reprimenda, pero se contiene. Cierto es que si tiene que hacer el paripé de enamorada que se despide de su pareja en la puerta de casa resulta comprensible su elección, se dice.

–Acércate a Merche y se lo comentas; si a ella no le importa actuar con Marcos a mi tampoco contigo.

Fabiola le da las gracias y desaparece. Tilo sospecha que tiene algo contra Marcos que no ha querido contarle. Ella sabrá. En ese instante vibra el teléfono. Es Jon. El vigilante de noche del Santana Plaza le informa de que están saliendo los presuntos malincuentes en el Mercedes deportivo y la motocicleta de alta cilindrada que utilizan en otras ocasiones. Ha contado tres.

–Gracias Jon, eres un gran tipo y un buen amigo.

Se apresura a alertar a los compañeros.

–En diez minutos los tenemos aquí –les dice.

Merche ha aceptado a Marcos como pareja, sale de Botones y se dirige al coche K aparcado en Cabanilles. Cada cual conoce su papel y tras el cambio provocado por Fabiola les corresponde actuar de enamorados que se besan y se estrechan entre los brazos ante las puertas de entrada a las fincas más cercanas a la sucursal bancaria. Si los malos llegan por una calle podrán ver de refilón a una pareja, si llegan por otra calle podrán ver a otra pareja y si vienen por la avenida de Menéndez Pelayo, bordeado el parque del Retiro, o por el Paseo de la Reina Cristina desde Atocha, no verán a ninguna. El último trayecto es el más corto.

Cuatro minuto después de haber ocupado sus posiciones y suprimido el seguro de las reglamentarias, el ruido de una motocicleta les anuncia la presencia de los forajidos. El motorista con paquete da un frenazo en plena rotonda, se escora a la derecha y sube a la acera aprovechando la rampa del paso de peatones sin peatones. Se detiene delate de la sucursal. El paquete se apea, extrae de un bolsillo de su cazadora de piel un pequeño objeto, como un bolígrafo, y se lo entrega al motorista, que ha dejado la máquina inclinada sobre la pata metálica y con el motor encendido, como si la operación que van a realizar fuera cuestión de un momento. Los dos llevan cascos negros con brillo de cucarachas. El paquete –Tío diría que una tía– empuja la puerta de la entidad bancaria y deja pasar al motorista. Al instante, Tilo y Fabiola se lanzan hacia ellos. Y lo propio hacen Merche y Marcos desde la otra esquina. Marcos se ocupa de desactivar la moto y guardar las llaves para evitar la huida. El grito de “¡Alto, policía!”, proferido por Fabiola, hace que la mujer paquete suelte la puerta e intente salir corriendo, pero Fabiola la deja fuera de juego de un certero disparo en el trasero. Tilo grita al presunto asesino, ya inclinado sobre el maniquí: “¡No toque a ese hombre!” Al oírlo, intenta clavar la jeriguilla que lleva en la mano en cualquier parte del cuerpo del supuesto negro dormido. Pero Tilo se lo impide. No quiere complicaciones y aprieta el gatillo. Le acierta en la mano y el tipo suelta la inyección y queda noqueado. Merche al quite le agarra los brazos y le coloca los grilletes.

–¡Andando, hijoputa!

El tipo se resiste.

Tilo, todavía con el arma en la mano, le asesta un calambrazo en la entrepierna. El tipo suelta un alarido.

–Obedece, capullo –le dice.

Merche le empuja y Tilo lo sujeta por un brazo.

–Vamos, mono.

El tipo resopla.

Fabiola y Marcos ya han empaquetado en el asiento trasero del K a la mujer paquete, que sigue con el casco puesto. Tilo y Merche llegan con el motorista, lo colocan en el asiento, le ponen el cinturón de seguridad y, por si no lo sabe, le informan de que está detenido. El tipo ha quedado mudo. Fabiola, con la reglamentaria en la mano, hace saber a Tilo que se basta y se sobra para mantener tranquilos a los presuntos asesinos. El miedo no cambia a la gente, pero paraliza. Y si no, para eso está el percutor de calambrazos, también llamado pistola eléctrica. Los agentes salen a toda prisa con los detenidos hacia las dependencias policiales. Tilo y Merche vuelven al lugar de los hechos, recogen con mucho cuidado la jeringuilla, recuperan el maniquí y lo depositan en el maletero de Botones. Antes de subir al coche se paran uno junto al otro, se miran, sonríen, se besan. No se lo pide el guión sino el estado de ánimo, el cuerpo.

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