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C14.– Falsarios de la razón de Estado

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez

Merche y Tilo aparcaron a Botones a prudencial distancia de las dependencias. El inspector quería preservar su automóvil de las miradas de los curiosos, los colegas y los delincuentes, y nunca usaba el espacio reservado a los maderos. Entraron en el edificio y fueron a la zona de detenidos, donde sus compañeros Fabiola y Marcos acababan de tramitar la ficha de la mujer paquete y de enviarla al calabozo. El motorista se hallaba en trámite en la “sala de caretos”, un cuartucho de cuatro metros, con un armario metálico y una regleta pegada a la pared desnuda, donde el fotógrafo de la unidad retrataba de cuerpo entero, de frente y de perfil a los detenidos. Puesto que diez de cada diez salían con mala cara se comprende el nombre del cuartucho. A continuación pasaban a la sala de interrogatorios, donde se confeccionaba la ficha, se guardaban los objetos personales del detenido (casco de motorista incluido) en una bolsa de papel, se les hacían varias preguntas y si a la tercera no respondían se les indicaba que podían avisar a su abogado o se llamaba a uno de oficio. Además se les permitía realizar una llamada a algún familiar o amigo.

–¿Podría hacer el favor de quitarme las esposas? –dijo el motorista, enojado, antes de sentarse en el pupitre que Marcos le indicaba.

–Le mantendremos esposado para hacerle un favor a usted y nosotros mismos, amigo –le contestó Marcos.

El detenido hizo un gesto de contrariedad y se encaró con el agente:

–¡Usted no sabe quien soy yo!

–Claro que sí, puedo olerle desde aquí.

Tilo y Merche relevaron a Marcos y pidieron al sujeto que se sentara y tranquilizara. Tenía cara de hogaza, el cabello negro, el cuello corto, los ojos grandes y negros como el lignito (sin brillo), los hombros anchos y los pectorales de deportista. Merche creyó haber visto antes a aquel individuo. Sopló al oído de Tilo: “Creo que es el tipo que me siguió”. Es decir, el mismo que también le siguió a él, el saltador del autobús. Según su documento de identidad, se hacía llamar Mauro Pérez Agua (a saber cuál sería su verdadero nombre) y había nacido en Madrid hacía veintiocho años.

–¿Le apetece algo, un refresco, agua, café? –le ofreció Tilo.

El tal Mauro fijó la mirada en el póster de una pradera con cuatro vacas pastando y unas montañas a lo lejos (anuncio de una industria láctea), supuso en voz alta que no había carajillos y pidió café con leche. El inspector se asomó a la puerta, depositó unas monedas en la mano del agente de guardia y realizó el encargo. Mientras Merche rellenaba la filiación y otros datos sobre la apariencia y el estado de salud del detenido, Tilo le preguntó dónde compraba esas zapatillas tan elegantes, las Triple Stitch que usaba habitualmente. El tipo se sorprendió.

–¿Cómo lo sabe?

–Lo sé.

–¿Para qué quiere saberlo?

–Si no quiere, no me lo diga, pero sepa que aquí las preguntas las hacemos nosotros.

Entró el guardia con los cafés y tres botellines de agua. Tilo miró a Merche y asintió. Quedaba claro que ojos de lignito, el saltador del autobús y el tal Mauro eran la misma persona.

–Antes de entrar en materia me gustaría saber qué planeaban contra mí o mi familia después del seguimiento que me hizo días atrás hasta las cercanías de mi casa –le preguntó Merche.

El tipo no se inmutó.

Tilo insistió, pero no logró resultado alguno, de lo que dedujo en voz alta una variedad de canalladas que podían ir desde el secuestro de niños a la muerte de mujeres, pasando por el apaleamiento de perros domésticos con bates de béisbol como si fueran negros callejeros, ¿verdad? El tipo se enojó, bebió un sorbo de café y dio un fuerte golpe con las esposas sobre el pupitre.

–Ya veo que no es muy hablador. ¿Va a declarar sin abogado o le enviamos directamente al calabozo? –le preguntó Merche.

–No tengo nada que decir, salvo que han cometido un error muy grave; mi compañera y yo somos agentes de información para la seguridad del Estado, no delincuentes –dijo el detenido.

–Claro, y eso os permite realizar seguimientos a los policías que investigan los crímenes contra personas indocumentadas y sin techo. ¿Qué ibas a hacer contra ese negro? ¿Matarlo como a una cucaracha? –inquirió Merche.

–Parece que en esta ocasión habían elegido suficiente heroína adulterada para matar a un elefante, ¿verdad? –precisó Tilo, todavía con el arma homicida dentro de una bolsita de pruebas en el bolsillo bajero del pantalón.

El tal Mauro se mantenía en silencio con la mirada perdida en el paisaje del prado y las vacas. Quedaba claro que no iba a decir ni mu, así que Merche le preguntó si deseaba hacer la preceptiva llamada telefónica a la que tenía derecho y si disponía de asistencia letrada particular, para avisarla o en su defecto llamaban a un abogado de oficio.

El tipo no se dio por aludido. Esperaron un minuto, bebieron el café y Tilo le repitió los derechos, pero el tal Mauro había enmudecido de verdad. Sabía que el agente le había filmado con su teléfono, jeringuilla en mano, inclinado sobre el negro que dormía en aquella sucursal bancaria y que no tenía escapatoria. Por si fuera poco, Merche le informó:

–Pesan cargos contra usted por tres asesinatos consumados y uno, esta noche, en grado de tentativa.

El tipo le lanzó una mirada de desprecio. Ella correspondió:

–Más te vale quitarte la muela hueca y tragarte la cápsula de miloche. ¡Estás acabado, mamón!

Tilo se incorporó, abrió la puerta y ordenó a los agentes de guardia:

–Conduzcan a este sujeto al calabozo y devuelvan las esposas a la inspectora.

Puesto que tenían que completar la jornada de pesca nocturna con la práctica papelística al uso, los dos investigadores siguieron el largo pasillo mal iluminado hacia la zona meramente administrativa. Fabiola y Marcos ya estaban en la pecera, manos a la obra. Su relato de las detenciones les pareció escueto y preciso, es decir tan correcto que el negro dormido al que iban a matar no parecía un señuelo, sino un negro de verdad. En este punto Tilo extrajo la jeringuilla del bolsillo, se la mostró a los compañeros, la depositó en un cajón de su mesa que abrió y cerró con llave. A falta de análisis sostuvo que contenía una cantidad de heroína suficiente para dejar tieso a un caballo en menos que canta un gallo. “Pero pongamos que le iban a inyectar una sustancia tóxica y venenosa, mortal de necesidad en pocos minutos”. Marcos, al teclado, intercaló la referencia al arma del delito. En ese instante les interrumpió el timbre del teléfono del despacho. Era de la recepción para decirles que un caballero se interesaba por los detenidos.

–Dígale que espere un poco, enseguida le atendemos –dijo Tilo. Colgó el auricular e informó a sus compañeros–: Muchachos, tenemos visita.

Sin necesidad de preguntar la identidad del recién llegado supusieron que se trataba del coronel jefe de los detenidos, el señor Dosbarrios López del Arenal, alias Escualo Mayor, así que dejaron el colorín colorado para otro momento, se equiparon convenientemente y se apresuraron a recibirlo como se merecía. La sala de espera era una habitación rectangular con sillas de plástico clavadas a una barra que recorría los dos laterales. Entró Tilo y dejó la puerta entreabierta.

–Buenas noches, soy el inspector Dátil –le saludó.

El visitante esperaba de pie y correspondió al saludo sin dar su nombre.

–¿Es usted abogado de alguno de lo detenidos? –inquirió.

–No es el caso.

–¿Su padre, imagino?

–En cierto modo si, padre profesional –dijo con tono orgulloso.

–Pues permita que le diga, señor…

–Dosbarrios.

–…señor Dosbarrios que los ha encauzado usted muy mal.

–¡Pero bueno! ¿Quién cojones eres tú para decir eso?

–No se soliviante, caballero, si le digo que no se puede ir por ahí matando gente que no les gusta, empezando por los negros.

–¿Qué sabrás tú lo que se puede y no se puede? –dijo el coronel al tiempo que extraía del bolsillo interior de su elegante americana una credencial del Servicio de Inteligencia del Estado, el famoso SIE, y se la mostraba.

–La razón de Estado –siguió diciendo– no requiere explicación, pero por deferencia a un majadero como tú y tus compinches haré una excepción: la muerte de unos africanos en la Capital del Reino tiene una finalidad terapéutica de dimensión histórica y resulta útil, muy útil para que se publicite a través de los medios de comunicación en los países de origen. Es una medida muy drástica, lo sabemos, que sirve de acompañamiento a las devoluciones de indocumentados que el Gobierno está realizando. ¿Me entiendes, zoquete?

A Tilo le pareció que el tiempo pasaba muy despacio. Su acuerdo con los compañeros era que entrasen al cabo de cinco minutos. Se disponía a contestar al insultón y agresivo coronel, pero éste, al parecer, acostumbrado a no respetar nada, tampoco el turno de palabra, clamó por la libertad de sus subordinados.

–Si estima en algo su carrera, sueltelos inmediatamente –amenazó.

En ese instante se abrió por fin la puerta.

–¡Queda detenido, caballero! –exclamó Merche, pistola en mano.

El tipo, más tieso que un cirio de cuaresma, dibujó la mueca de una sonrisa irónica que enseguida, en cuanto Marcos se adelantó y le asió un brazo para aplicarle el grillete, desapareció de su cara de piel de zapato marrón, bien lustrosa y bronceada.

–No, coronel –dijo entonces Tilo–, ni el fin justifica los medios ni el Estado puede practicar impunemente el terrorismo, aunque usted se crea Netanyahu.

Coda:

Había transcurrido año y medio desde la captura nocturna de los criminales. Fueron juzgados y condenados por el Tribunal Central para delitos muy graves a cadena perpetua o “prisión permanente revisable”, según el eufemismo que utilizó el exalcalde Gasradón cuando, siendo ministro de Justicia, el máximo castigo en el Código Penal. Tilo, según su costumbre, fue a reunirse con su amigo el arabista Jorge Morales en la terraza del Dulce. Y entonces éste, que, como es sabido, realizaba traducciones para el SIE, le aseguró haber visto en la sede del centro a un tipo clavado al coronel Dosbarrios, aunque con una barba cenicienta y espesa. Tilo se resistió a creer que fuera el mismo, pero Morales había indagado y le participó el secreto mejor guardado del SIE: los agentes usaban nombres falsos, filiaciones que no les correspondían, documentos que pertenecían a personas ingresadas de por vida en determinados centros psiquiátricos. Eso le dijo y eso quería decir que los condenados eran otros. Los falsarios dominaban la cúpula del Estado, delinquían para proteger a la sociedad, decían, y no entraban en prisión.

Aquella noche, cuando llegó la linda Franteska, Mingus saltó a su regazo y Tilo le lanzó la consabida adivinanza con su última ocurrencia de juego de palabras: “Me levanto, me asomo a la ventana y siempre hay unas. ¿Cómo crees que me siento?”

–En ayunas.

–Cierto y verdad.

FIN

C13.–Los depredadores entran a matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

La una de la madrugada era una hora adecuada para poner a dormir al pacífico maniquí en el zaguán de la sucursal bancaria de la plaza de Mariano de Cavia, un periodista taurino que sin embargo acuñó el término “balompié”. Con Merche ojo avizor a los mandos de Botones, Tilo sacó el cebo con el gorro y la capucha puestas, cubierto por con manta vieja y envuelto en los cartones de la caja del vendedor. En un abrir y cerrar de ojos lo trasladó desde el asiento trasero del Golf al vestíbulo de espeso cristal con puerta abatible del establecimiento usurario, lo tendió dejando al descubierto las fosas nasales, la boca y la barbilla por un lado y media alpargata por el otro, y se retiró sin ser visto. Aquella madrugada de sábado para domingo de finales de noviembre se veía poca gente en las calles. Merche callejeó por la zona. Él ruló a pie por la plaza. De semáforo en semáforo tardó seis minutos en dar la vuelta al ruedo de asfalto, con su famosa fuente ornamental de delfines metálicos nadadores en el centro. A la tercera decidió permanecer quieto, sentado en el reborde esquinero de un jardincillo elevado, rodeado de aligustre, entre la calle de Cavanilles y la avenida del Mediterráneo. A unos quince metros de la sucursal bancaria, aquel sitio le pareció ideal para vigilar la carnaza e intervenir si pintaba la ocasión.

En la media hora que llevaba en aquel punto de observación Tilo solo había visto a un joven entrar en el vestíbulo de la sucursal y salir un minuto después. Era un tipo andino e iba acompañado por dos amigos que se quedaron fuera. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la entrada de una discoteca subterránea en la que se arremolinaban chicos y chicas con ganas de marcha. Mientras se acercaba a verificar que el maniquí seguía intacto recordó la primera vez que entró en una discoteca; se llamaba Studen o algo así y acudió animado por su vecino y amigo Florencio Febrero, quien tenía una novia o algo así, una chica muy flaca y muy alta. Enseguida se la cedió y desapareció. Qué tío. Él se sintió ridículo, bailando suelto y agarrado con aquella chica del Instituto de Enseñanza Media que apenas hablaba, apenas se reía y parecía más insulsa que una patata cruda. Podía haber huido, pero aguantó dos horas con aquella criatura que le sacaba la cabeza y no le parecía guapa ni fea. Cosas de la adolescencia.

Volvió a su observatorio esquinero. Antes había periódicos de papel, se podían agarrar de cualquier papelera urbana y colocar para no mancharse el trasero del pantalón donde se iba a sentar uno. Pero la prensa se fue a la mierda y esa ventaja desapareció, de modo que pasó la mano por la piedra antes de sentarse. Llevaba un pantalón de vestir de la marca Cortefiel y una chaqueta de entretiempo de la misma marca u otra parecida. Sólo los cómodos y elásticos Fluchos en los pies le diferenciaban de un oficinista al uso, aunque a esa hora todos los gatos son pardos. Con la mirada fija en la sucursal se le enredó el pensamiento en la maldad humana. Desde que el buen Arias y su camarero de cenas, el bueno de Morata, enviaron sus notas al “buzón de limpieza” recomendado por los presuntos criminales racistas en las redes sociales hasta las doce de la mañana de este sábado se habían registrado la friolera de sesenta y cuatro mensajes de otras tantas personas confirmando la presencia del “negrata maloliente” en el hall de la archimencionada sucursal. Qué cosas. Merche atribuyó el flujo de maldad a los bulos desatados en las últimas horas sobre supuestos delitos perpetrados por negros. El más impactante, una violación atribuida a un hombre de color en el distrito de Usera.

Se lanzaba el bulo, se generaba el miedo y, acto seguido, los “salvadores” recogían la respuesta, es decir, los mensajes de decenas de personas incautas e ignorantes pidiendo ayuda y mano dura contra los inmigrantes. Llegaban incluso a denunciar, como en este caso, la ocupación del zaguán de una entidad bancaria por parte de un negro inexistente. ¡Manda narices! En ese instante Tilo observa la maniobra de un potente Mercedes deportivo AMG-GT95 que da una vuelta completa a la rotonda, se arrima a la acera de la sucursal bancaria, frena y para. De la portañuela del copiloto sale una persona, parece una mujer, se acerca a la puerta acristalada de la entidad bancaria, pero no la abre, solo mira el interior y vuelve sobre sus pasos. En cuanto sube abordo, el coche acelera y desaparece transformado en ruido, avenida del Mediterráneo abajo.

Tilo alerta a Merche.

–Los escualos han visto el cebo –le dice.

–Sí, los he visto, han venido a verificar.

–¿Dónde estás?

–He encontrado sitio delante de la Parisienne, en el chaflán rodeado de setos donde se puede aparcar en batería –contesta Merche.

–Perfecto, aviso a Fabiola y Marcos para que estén preparados.

Los dos colegas han aparcado el coche camuflado en la calle de Cabanilles, a diez metros de la esquina donde se halla el objetivo. Es un buen sitio para caer sobre los malos en cinco o seis zancadas. Tilo les informa de que las alimañas ya se han dejado ver. Según lo que ya saben de los casos anteriores, los depredadores siempre han actuado a partir de las tres de la madrugada. Si siguen su método, falta una hora para el baile, pero la visita para verificar el cebo significa que pueden aparecer en cualquier momento y han de estar atentos y lo más cerca posible del maniquí. Fabiola le pide su posición. Tilo se la da. Ella se acerca a verle. Repasan el escenario y ella confiesa que le prefiere como pareja de baile.

–¿Qué tiene Marcos de malo?

–Le noto renuente y…

–¿Y qué?

–No me gusta su olor.

Tilo se sorprende de que salte la pituitaria en plena operación. ¡Manda narices! Nunca acaba uno de conocer a la gente. Va a soltarle una reprimenda, pero se contiene. Cierto es que si tiene que hacer el paripé de enamorada que se despide de su pareja en la puerta de casa resulta comprensible su elección, se dice.

–Acércate a Merche y se lo comentas; si a ella no le importa actuar con Marcos a mi tampoco contigo.

Fabiola le da las gracias y desaparece. Tilo sospecha que tiene algo contra Marcos que no ha querido contarle. Ella sabrá. En ese instante vibra el teléfono. Es Jon. El vigilante de noche del Santana Plaza le informa de que están saliendo los presuntos malincuentes en el Mercedes deportivo y la motocicleta de alta cilindrada que utilizan en otras ocasiones. Ha contado tres.

–Gracias Jon, eres un gran tipo y un buen amigo.

Se apresura a alertar a los compañeros.

–En diez minutos los tenemos aquí –les dice.

Merche ha aceptado a Marcos como pareja, sale de Botones y se dirige al coche K aparcado en Cabanilles. Cada cual conoce su papel y tras el cambio provocado por Fabiola les corresponde actuar de enamorados que se besan y se estrechan entre los brazos ante las puertas de entrada a las fincas más cercanas a la sucursal bancaria. Si los malos llegan por una calle podrán ver de refilón a una pareja, si llegan por otra calle podrán ver a otra pareja y si vienen por la avenida de Menéndez Pelayo, bordeado el parque del Retiro, o por el Paseo de la Reina Cristina desde Atocha, no verán a ninguna. El último trayecto es el más corto.

Cuatro minuto después de haber ocupado sus posiciones y suprimido el seguro de las reglamentarias, el ruido de una motocicleta les anuncia la presencia de los forajidos. El motorista con paquete da un frenazo en plena rotonda, se escora a la derecha y sube a la acera aprovechando la rampa del paso de peatones sin peatones. Se detiene delate de la sucursal. El paquete se apea, extrae de un bolsillo de su cazadora de piel un pequeño objeto, como un bolígrafo, y se lo entrega al motorista, que ha dejado la máquina inclinada sobre la pata metálica y con el motor encendido, como si la operación que van a realizar fuera cuestión de un momento. Los dos llevan cascos negros con brillo de cucarachas. El paquete –Tío diría que una tía– empuja la puerta de la entidad bancaria y deja pasar al motorista. Al instante, Tilo y Fabiola se lanzan hacia ellos. Y lo propio hacen Merche y Marcos desde la otra esquina. Marcos se ocupa de desactivar la moto y guardar las llaves para evitar la huida. El grito de “¡Alto, policía!”, proferido por Fabiola, hace que la mujer paquete suelte la puerta e intente salir corriendo, pero Fabiola la deja fuera de juego de un certero disparo en el trasero. Tilo grita al presunto asesino, ya inclinado sobre el maniquí: “¡No toque a ese hombre!” Al oírlo, intenta clavar la jeriguilla que lleva en la mano en cualquier parte del cuerpo del supuesto negro dormido. Pero Tilo se lo impide. No quiere complicaciones y aprieta el gatillo. Le acierta en la mano y el tipo suelta la inyección y queda noqueado. Merche al quite le agarra los brazos y le coloca los grilletes.

–¡Andando, hijoputa!

El tipo se resiste.

Tilo, todavía con el arma en la mano, le asesta un calambrazo en la entrepierna. El tipo suelta un alarido.

–Obedece, capullo –le dice.

Merche le empuja y Tilo lo sujeta por un brazo.

–Vamos, mono.

El tipo resopla.

Fabiola y Marcos ya han empaquetado en el asiento trasero del K a la mujer paquete, que sigue con el casco puesto. Tilo y Merche llegan con el motorista, lo colocan en el asiento, le ponen el cinturón de seguridad y, por si no lo sabe, le informan de que está detenido. El tipo ha quedado mudo. Fabiola, con la reglamentaria en la mano, hace saber a Tilo que se basta y se sobra para mantener tranquilos a los presuntos asesinos. El miedo no cambia a la gente, pero paraliza. Y si no, para eso está el percutor de calambrazos, también llamado pistola eléctrica. Los agentes salen a toda prisa con los detenidos hacia las dependencias policiales. Tilo y Merche vuelven al lugar de los hechos, recogen con mucho cuidado la jeringuilla, recuperan el maniquí y lo depositan en el maletero de Botones. Antes de subir al coche se paran uno junto al otro, se miran, sonríen, se besan. No se lo pide el guión sino el estado de ánimo, el cuerpo.