C12.–La estratagema del anzuelo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Tilo aprovechó el tiempo del almuerzo entre plato y plato para explicar a Merche y Fabiola su estratagema del anzuelo. Se trataba de tentar a la suerte, les dijo, y de pescar in fraganti a los escualos si tenían la buena idea de entrar al cebo.

A Merche le pareció un buen plan.

–Si tenemos en cuenta el desinterés de la juez, es lo mejor, por no decir lo único que podemos hacer.

En cambio Fabiola dudó de que fuera ético provocar el delito para efectuar detenciones.

–Puestos a malas –advirtió–, cualquier abogado anula las detenciones y nos jode la carrera si quiere. Vamos, que nos pone de patitas en la calle.

Merche rebatió la premisa mayor:

–No se trata de provocar el delito sino de tenderles una trampa. Si pican, estupendo, y si no nos quedamos como estábamos.

Para disipar las dudas de la colega, Tilo le preguntó cuántas veces había conseguido detener con engaños a un criminal. A lo que ella resopló antes de reconocer que había arrestado a unos cuantos malincuentes con la treta del coche. Consiste en realizar el seguimiento de un malo y un rato después de que haya aparcado su coche y entrado en casa, realizar una llamada telefónica al piso o vivienda donde se haya refugiado y preguntar si el automóvil de la marca tal y la matrícula cual es suyo. Si la respuesta es afirmativa, la detención está hecha sin necesidad de mandamiento judicial. Con avisarle: “Pues baje, que se lo están robando”, el malo queda detenido en cuanto sale del portal.

Después del almuerzo, el inspector se ofreció a acercar a Merche a su barrio. Ella aceptó, pero una vez a bordo de Botones le preguntó a qué iba a dedicar la tarde y decidió acompañarle a visitar al señor Arias. Tilo no tenía dudas de que una persona tan buena como el titular de la Taberna del Picador se prestaría a colaborar en el señuelo para atraer y facilitar la detención de los presuntos autores del terrible final de Amadou. Sin embargo, le asaltó el temor de que la presencia de Merche obstaculizara la colaboración del buen hombre.

–Es probable que el señor Arias te guarde rencor por la mala noche que le hiciste pasar en el calabozo –advirtió a su compañera.

–No me importa –dijo ella–; si vamos a ver estoy segura de que compensará el recuerdo de esa mala noche con el resultado de la investigación. Mi abuelo decía que hay que sufrir para ganar.

–Aristóteles dijo: “puede que sí, puede que no”.

–Pues va a ser que sí.

Merche tenía razón. El señor Arias se alegró de verles, escuchó atentamente los avances de la investigación y, tal como Tilo suponía, no dudó en utilizar su correo electrónico para enviar al buzón de los agentes del SIE el mensaje que le dictó sobre la presencia de un negro que dormía bajo un cajero automático en el zaguán de una entidad bancaria. El inspector estercoló el recado con los términos más asquerosos que fue capaz de encontrar, le indicó que se había topado tres veces en una semana con el negrata maloliente y añadió un mensaje político concluyente: “Si no acabamos con estos, van a acabar estos con nosotros”.

Entre el café, las explicaciones y la operación de mensajería desde el ordenador portátil que el pequeño Oliveras había dejado en manos de Merche, dieron las seis de la tarde y el camarero de cenas, Morata, llegó puntual a su empleo complementario. Después de saludar a su jefe y a los agentes y de ponerse la ropa de faena, Tilo le informó sobre el desarrollo de la investigación y le preguntó si podía contar con él para el último tramo de la misión, la detención de los presuntos asesinos de subsaharianos. Su respuesta fue positiva e inmediata. El inspector le explicó, como ya había hecho con el señor Arias, que la colaboración no acababa en el envío del correo electrónico al buzón de marras, pues se podía prolongar hasta llegar al juicio si conseguían detener y poner a la sombra a los criminales. De hecho, su comparecencia como testigo de cargo podía ser decisiva para condenar a aquellos individuos. Morata reafirmó su voluntad. Merche redactó el mensaje, lo leyó en voz alta y el camarero asintió. Mandaron el mensaje y después de interesarse por la familia numerosa, brindaron con unos chupitos de brandy por el buen resultado de intervención y se despidieron hasta la próxima.

De nuevo en marcha, la subinspectora insistió en acompañar a su colega y amigo al siguiente cometido. Él adujo que era doméstico, aunque también podría ser operativo si tenemos en cuenta que debía de buscar adecuada para el maniquí.

–Venga tío, yo te ayudo –afirmó Merche.

Tilo manifestó su extrañeza ante la disposición de la compañera de regalar horas a la empresa.

–De eso nada –se apresuró ella–: las hago por adelantado y las descuento mañana para ir de compras; ya tenemos el invierno encima y los hijos necesitan el equipamiento adecuado.

El inspector condujo en silencio hasta su barrio, estacionó el Golf en el amplio patio con el suelo cimentado que formaban dos largos edificios rectangulares de tres alturas y, con la ayuda de Merche subió el maniquí a casa. Ni que decir tiene que Mingus los recibió con su escandalosa algazara habitual, si bien, en vez de escapar escalera abajo se entretuvo en husmear las cajas y olfatear a Merche, dando tiempo a Tilo de cerrar la puerta.

–Mira lo que hemos traído –le dijo, acariciándole la nariz y la testa.

Merche abrió la caja y sacó la cabeza del muñeco de tamaño natural. Tilo hizo lo propio con el busto de cartón piedra. Aunque olía a almacén textil, a Mingus le gustó y dio varias vueltas a su alrededor, incitando al extraño forastero a seguirlo. Ensamblaron la cabeza, enroscaron en la base del tronco de cartón piedra el palo de un metro de alto que venía incrustado en una peana con tres patas. Ya frente al armario ropero de Tilo, Merche eligió un pantalón vaquero, una camiseta oscura de cuello redondo, la chaqueta azul de un chándal con la cremallera en buen uso y una cazadora marrón, acolchada y con capucha para vestir al muñeco. Con el añadido de un gorro elástico de fina lana color teja, dio por completado el atuendo, al que Tilo agregó unas Adidas desvencijadas a juego con los vaqueros. Eran sus prendas de ir a la Sierra del Guadarrama con Mingus, pero bueno, todo sea por la causa, se dijo.

Ya con el modelo para armar perfectamente equipado y acomodado en el maletero de Botones, llevaron a Mingus a que hiciese sus necesidades y corretease con sus congéneres por el parque de los pinos y, quince minutos después se encaminaron hacia la terraza del Dulce, donde Merche tuvo mucho gusto en conocer al arabista Jorge Morales. Apenas se habían sentado y solicitado unas cervezas, llegó la checa Franteska (Teska para los amigos), a quien la subinspectora tampoco conocía. Tilo le presentó a su colega como gran policía y Morales hizo lo propio con su compañera como gran políglota y directora de una próspera agencia de traducción oral y escrita. Merche, siempre tan curiosa, se preguntó en voz alta hasta qué punto eso que llaman inteligencia artificial representa una amenaza para los traductores de idiomas. Teska quiso creer que no, pues siempre habrá demanda de traducciones de calidad, pero Morales interfirió su explicación recordando que allí solo se hablaba de cosas agradables, nunca de trabajo.

–Cierto y verdad –afirmó Tilo–; mis disculpas por no haber informado a la compañera.

–No pasa nada –dijo Morales con una sonrisa dirigida a las dos féminas–, aunque si traemos el curre y el discurre a casa no descansamos nunca, de ahí que este rato, la hora de los perros, lo empleemos en distraernos y hablar de cualquier cosa, anécdotas, chistes, incluso adivinanzas…

–Adivina adivinanza –incurrió Teska mirando a Tilo–: ¿Si sor María es una buena monja, qué causa el juez justiciero al ordenar su ingreso en prisión?

Tilo iba a decir “sor-presa”, pero se le adelantó Merche.

–Afirmativo, te toca –dijo Teska.

–Una señorita muy enseñoritada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿qué es?

–Muy fácil: la lengua –respondió la pentecostés.

–Por cierto, de tantas lenguas como sabes, ¿cuál es la que más te gusta? –se interesó Tilo,

La checa no dudó:

–La lengua de vaca rebozada –contestó, provocando la hilaridad de los contertulios.

–¡Atención, adivinanza! –exclamó Tilo con otra ocurrencia en los labios– La capitana de la trainera grita a una palista: ¡Reme más deprisa, por dios! ¿Cómo se llama la remera?

Pasan unos segundos, Merche y Teska se miran como si quisieran ponerse de acuerdo para responder. Finalmente la checa responde: “Remedios”. Merche añade: “y no es ramera por la e, je je”.

–Sobresaliente –calificó Tilo antes de incidir–: Adivina, adivinanza. ¿Cómo se llama un perrito envuelto en una manta?

–Perrito caliente –dijo Merche.

Deja un comentario