NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.
Desde uno de los pocos bancos públicos que quedaban en la Plaza de Santana, ocupada por las terrazas de los bares, el documentalista Oliveras conectó su ordenador portátil a Internet. El ISP (proveedor de servicios a Internet) le asignó automáticamente una dirección IP. A partir de ahí generó la información necesaria para crear un sitio web y realizó las operaciones convenientes para alojarlo con las dos direcciones IP posibles: una compartida y otra dedicada. El documentalista sabía que los sitios web con alojamientos compartidos pertenecen a proveedores establecidos por zonas, de modo que la web recién creada era uno de los numerosos sitios alojados en el mismo servidor. Para un experto en la materia o SME (Subject Matter Expert), la operación de anclar su web recién creada en un sitio en el que participaba de direcciones IP compartidas resultaba fácil y rápida. Completó su plan comprando por cuatro euros una dirección IP dedicada, con la que obtuvo un certificado SSL y la consiguiente capacidad de ejecutar la transferencia de archivos FTP desde su servidor. De esta forma se facilitó el uso compartido y la transferencia de archivos con operadores dentro de una misma organización y se proporcionó opciones para el uso compartido de FTP anónimo.
Veinte minutos después, el documentalista Oliveras cerró su ordenador portátil, lo guardó en la mochila y abandonó la plaza. En sus tripas tecnológicas llevaba el mecanismo de abeja que le permitía identificar las flores del mal y, lo más importante, emplear una herramienta que los expertos llaman malware para instalar un espía en la IP del objetivo conveniente. Ya en las dependencias policiales, se dirigió al despacho de Tilo y Merche, les explicó los procedimientos de búsqueda y control, y diez minutos más tarde identificaron el sitio de los presuntos criminales. Entonces Oli le aplicó un intruso que era capaz de copiar y a continuación sustraer sus datos y espiar toda la actividad de los dispositivos informáticos sin dañar el hardware físico de los sistemas o equipos de red de los malincuentes.
A un tipo como Tilo, incapaz de saber adónde van a parar los textos que se pierden en el ordenador, las habilidades del pequeño Oliveras le parecían mágicas y le sonaban a chino. ¿Era posible que hubiera gente así? La había. Y aquel Oli, convertido en jáquer o pirata informático, era capaz de espiar a los espías, de copiar los correos electrónicos de los malos, de enviar copia de todos los mensajes salientes y entrantes a un dispositivo informático y telefónico determinado y anónimo: su ordenador portátil. ¿Cómo conseguía las claves, los números y los nombres secretos con los que los malos protegían su información? Ni Tilo ni Merche ni Fabiola, que participaba de la investigación, lo sabían. Tampoco consideraron que fuera el momento de pedirle que descifrara el enigma.
El documentalista Oliveras podía ir más lejos. Tenía capacidad, les dijo, de sabotear al enemigo, obstaculizar su funcionamiento con algunos palos en las ruedas para fastidiarle un poco o, si lo preferían, podía averiar y destruir al mismo tiempo todos sus dispositivos, es decir, eliminarle con un código que él llamó con el nombre bíblico de Torre de Babel porque generaba tal confusión en el lenguaje universal de acceso a Internet que desbarataba las configuraciones.
–Tranquilo, Oli, tiempo habrá para la avería y la destrucción –se apresuró Tilo, impresionado por su facilidad para acceder al correo electrónico de los supuestos delincuentes al servicio del Estado. Mayor fue la sorpresa de Merche cuando, con la barbilla apoyada en el hombro de Oliveras, leyó algunos mensajes recibidos por los enemigos y pidió al documentalista que abriera las respuestas.
–¡Eureka! –exclamó, estimulando la atención de Fabiola y del propio Tilo.
Cualquier persona ajena a la investigación podía comprobar la función de buzón de aquel correo electrónico. Leyeron varios mensajes recibidos. Eran avisos estimulados por activistas en las redes sociales con nombres tan explícitos como Black trash (Basura negra), Blacks out (Negros fuera), Cleaning company (Compañía de limpieza), Desinfection agency (Agencia de desinfección) y otros que llamaban a colaborar en el barrido de la “inmundicia africana”, aportando información sobre las calles, plazas y establecimientos donde la presencia de aquella “escoria” fuera habitual.
Oliveras y Tilo se ofrecieron a traer café a sus compañeras, centradas en la inspección del correo electrónico y, más concretamente en la búsqueda de los mensajes que pudieran tener relación con las fechas y los lugares en los que habían sido asesinados los tres jóvenes negros en menos de treinta días. Cuando regresaron de la planta baja con los vasitos de plástico en las manos, Merche y Fabiola habían impreso una buena resma de avisos sobre los pasadizos del Retiro y de Colón. Había otros sobre la Plaza Mayor, el parking de la Plaza de Jacinto Benavente, los túneles y el intercambiador de la estación ferroviaria de Atocha, así como de otros lugares más alejados del centro y, singularmente, de los distritos más adinerados de la ciudad en los que, por suerte, no se habían registrado asesinatos de momento. Los sicarios tenían su prioridad.
El documentalista dejó el ordenador portátil a disposición de las investigadoras y se fue a otros quehaceres de su departamento. Tilo examinó algunos folios con los mensajes ya leídos y marcados por Fabiola. De la zona donde mataron a Amadou vio dos avisos en lenguaje agresivo y soez. La verdad es que los comunicantes se dirigían a las supuestas entidades de limpieza en términos displicentes y encanallados. ¿A qué obedecía tanto odio contra la pobre gente? ¿Alguien en su sano juicio podía creer que unos jóvenes, incluso niños, que huían del hambre, las enfermedades y las guerras y arriesgaban sus vidas en desiertos hostiles y mares revueltos (muchos morían) para llegar a un lugar donde poder comer y seguir vivos representaban una amenaza para la patria? El lenguaje de aquella gente tóxica, intoxicada, era terrible.
Uno proponía: “Con una machine gun con cargadores de 300 balas cada uno se haría una limpieza en menos de media hora”; otro escribía: “Tenéis que limpiar de negratas el pasaje de Colón con perros anvrientos”; otro planteaba: “Les atáis una losa en el culo y al lago con ellos, son puta escoria”; otro reclamaba: “Urge limpieza étnica o seremos un país tercermundista en un par de décadas”, y otro afirmaba en referencia a Hitler: “El pintor austriaco tenía que a ver acavado su travajo de esternimio con los monos ilegales que están ocupando Madrid”. Los receptores respondían a cada mensaje con unas palabras de agradecimiento y repetían una frase concluyente: “Estamos en ello”.
–Si esto no tiene relevancia penal –comentó Tilo a sus compañeras–, que venga Dios, cualquier dios, y lo lea.
Sus compañeras se mantuvieron en silencio. Centradas en la pantalla del pequeño ordenador, daban pequeños sorbos a sus cafés y no se dejaban distraer fácilmente de la lectura y el análisis de los mensajes de odio racista, islamófobo y político que recibía el buzón de los supuestos criminales. Tilo les devolvió los folios que había examinado y consideró llegado el momento de centrarse en su idea, así que se acomodó ante su escritorio, sacó la libreta de notas del bolsillo de la chaqueta, descolgó el teléfono y marcó el número que había apuntado la tarde anterior en la entrada de la calle de Jorge Juan. Pero el proveedor de maniquís daba comunicando.
El inspector aprovechó la pausa para revisar el correo electrónico. Tal como intuía, su señoría judicial no había contestado a la petición de entrevista personal. Quizá la persona de su secretaría encargada de filtrar los recados no se lo había pasado todavía. La burocracia ralentizaba la acción, cualquier acción. En este caso indicaba el único camino urgente a seguir para prevenir mayores males: la acción directa contra los criminales. A ello se orientaba su idea.
Descolgó otra vez el auricular y volvió a marcar el número de teléfono del escaparatista y proveedor de muñecos de tamaño humano, pero la línea seguía ocupada. Bebió un sorbo al café, se incorporó, caminó tres pasos hasta la puerta, giró ciento ochenta grados, miró a Merche y manifestó en voz alta la conveniencia de informar de la investigación a los compañeros Marcos y Rosado. También a Leo, aunque tuviera otro caso entre manos.
–¿Es una orden? –musitó Merche con desgana.
–Claro que si, aunque si os parece también puedo convocarlos yo cuando hayáis revisado todo eso y lo estiméis oportuno –dijo.
–No es eso, Tilo. Sabes de sobra que no me importa hacer lo que me indiques, pero en este caso creo firmemente que debemos dejar en ayunas a Rosado, por lo menos de momento. No me fio de él. Es demasiado para dejarle comer de nuestra cazuela.
–Ya sabes que a mí tampoco me gusta, pero…
–¡Ni pero ni hostias! –terció Febiola–. Ese menda no es de fiar, insulta a los diferentes, alardea del supremacismo ibérico, es un machista asqueroso y se salta el reglamento cada dos por tres vociferando bulos y lemas políticos de la ultraderecha nazi-franquista. Creo que Merche tiene razón y no conviene correr más riesgos de los necesarios.
A Tilo las afirmaciones de Merche y Fabiola le parecieron razonables.
–De acuerdo, pero necesitamos a Marcos por dos razones: la primera porque parece fuera de dudas que el extranjero asesinado en el pasadizo de Colón aparece en los mensajes del buzón de los presuntos asesinos, y la segunda porque necesitaremos su ayuda en el momento de intervenir contra los malos. Así que habrá que ponerle al corriente de la investigación y pedirle la máxima discreción con el monstruo.
–Pedirle no, exigirle. Ni una mínima filtración –afirmó Merche.
–Correcto –afirmó Tilo–; aplíquese al monstruo faccioso la política del champiñón, que como bien sabemos consiste en mantenerlo a oscuras y darle mierda.
Fabiola desconocía los dichos de Tilo y soltó una corta carcajada. El inspector volvió a sentarse detrás de su mesa, empuñó el adminiculo del teléfono y marcó el número. A la tercera fue la vencida. Una voz aterciopelada respondió con un “buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?” Tilo le preguntó si tenían maniquís de color negro. Los tenían. Y el interlocutor, que se identificó como el escaparatista y decorador Homero Molor en persona se sintió muy halagado por la elección de su establecimiento. Después de escuchar las necesidades de Tilo, estimó que la mejor solución consistía en una cabeza con cuello adosable a un busto de varón por el módico precio de cuatrocientos euros. Lo de “módico” lo dijo con especial suavidad. Pero Tilo recabó detalles y argumentó que para no llevar ojos de cristal, aquella testa le parecía muy cara, a lo Homero respondió ponderando la finura y resistencia del material. “Le engañaría si le digo que es una cabeza para toda la vida –añadió el escaparatista–, pues la puede dejar en herencia como si fuera nueva”.
–¡Por Júpiter señor Homero, no pensaba morirme todavía! –exclamó Tilo.
–Por supuesto, amigo; solo era una forma de explicarle la calidad del material. Y en cuanto al busto le digo que sí, que lleva brazos y manos para lucir camisas, jerséis y americanas en toda su extensión.
–Estupendo, aunque insisto en que cuatrocientos es mucho dinero por medio muñeco de cartón piedra plastificado.
El decorador de escaparates no se apeó del burro, pero incluyó el gasto de transporte en el precio mencionado.
–¿Brillo o mate? –le preguntó.
–Mate –respondió Tilo, evocando para sí la paradoja de que era para matar.
Acordaron la forma de pago y media hora después el inspector dirigía hacia el aparcamiento policial la furgoneta paquetera con la mercancía. Guardó en el maletero de Botones (su Golf superconectado) las dos cajas con el busto y la cabeza negra adosable del maniquí y le dio un billete de diez euros al transportista.
Antes de abandonar la oficina para ir a almorzar, Merche, Fabiola y Tilo comunicaron a la comisaria su decisión de adaptar el horario a las circunstancias operativas y ésta les pidió que la mantuvieran informada y les dio el visto bueno. La verdad es que Gordimer se había saltado olímpicamente las reuniones matinales de los dos últimos días, señal de que se encontraba más relajada y de que el ruido contra la ineficacia policial en la persecución de los criminales iba reduciendo sus decibelios. Pronto vendría el silencio.