NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.
El inspector Tilo Dátil llevaba media hora paseando sin rumbo definido por los aledaños de las calles de Serrano y Diego de León. Bajaba por Príncipe de Vergara hacia la plaza del Marqués de Salamanca cuando sintió la vibración del teléfono móvil en su bolsillo. Era Merche para decirle que tenía la impresión de haber sido seguida hasta casa. Residía en la zona alta de la avenida de Arturo Soria y solía moverse en el metro y el autobús, unos medios de transporte tan protegidos como desprotegidos contra los seguimientos por la afluencia de usuarios.
–¡Por Júpiter, Merche! Vas a tener que agarrar un K (coche de camuflaje).
–Quita, quita, siempre faltan coches; prefiero modificar un poco el horario.
–¿Se lo has dicho a tu contrario?
–Ya sabes que no comento en casa los asuntos del trabajo; bastante tiene él con ocuparse de los niños, que ya no son tan niños y exigen más atención. Date cuenta de que tienen nueve y once años y a poco que aflojes se desmandan. Aunque quisiera venir a esperarme, tendría que dejarles solos después de recogerlos en el colegio. Y eso sí que no, que están en la edad del despiste y el juego sin límite.
–¿Qué podemos hacer? –se preguntó Tilo en plan retórico antes de contestarse a sí mismo–: iré a buscarte y traerte yo.
–De eso ni hablar.
–Desconocemos la intención de esos tarugos, los que sean, pero no vamos a permitir que nos asusten. De momento ya saben donde vives y harías bien en comentárselo a tu marido para que adopte las precauciones más convenientes. No quiero ni pensar que secuestren un crío, así que toda precaución es poca.
–Vale, en eso estoy de acuerdo. Se lo diré –accedió Merche–, pero en lo atinente a mis idas y venidas debo decirte y como mejor proceda te digo que rechazo de plano tu compañía. ¿Te vale? Y por si fueren pocas las razones de mi santísima voluntad, a fortiori puedo apelar mi inseparable herramienta percutora de calambres.
Tilo aceptó los argumentos de la colega y le pidió disculpas por haber minusvalorado sin querer su capacidad de autodefensa. Ella las aceptó. Él le preguntó cómo era el perseguidor y ella lo describió como un tipo joven y fuerte, uno setenta, rostro cerúleo, abultado y redondo, modelo hogaza de pan y ojos grandes y negros, protegidos por unas gafas con cristales transparentes y marco cuadrado de pasta negra, modelo retro y seguramente de atrezo.
–¿Y zapatillas de pijos, Triple Stitch, color tinto? –le preguntó Tilo.
–Siii. ¿Cómo lo sabes? ¿También te ha seguido a ti?
–Afirmativo. Creo que es el saltarín del autobús, el mismo individuo de la moto de alta cilindrada del Plaza Santana… Parece que nuestros amigos malincuentes han encontrado un entretenimiento para el motorista de alpargatas con puntadas italianas. Habrá que hacer algo para compensar su esfuerzo –dijo Tilo.
–Esperemos que su señoría nos ayude –repuso Merche en tono resignado.
Se despidieron. Tilo siguió caminando, bajó por la calle de Goya. Las aceras cubiertas de costoso granito de Granilouro (Pontevedra) por decisión de un alcalde aficionado hacer agujeros que él llamaba Gasradón (cancerígeno) estaban limpias de negros, la plaza de Margaret Thatcher estaba limpia de negros. Se preguntó por qué habían dedicado una plaza en el lateral izquierdo del Paseo de la Castellana a la mandataria ultraliberal británica que arrojaba los residuos nucleares de las centrales nucleares de su país en la “fosa atlántica”, frente a las costas de Galicia. No halló respuesta. El barrio de Salamanca estaba limpio de negros, la plaza del Descubrimiento estaba limpia de negros. El parking y el pasadizo de Colón habían dejado de ser lugares tranquilos para los africanos.
Bordeaba el monumental caserón de la Biblioteca Nacional en dirección a la calle de Serrano cuando volvió a vibrar su teléfono. Era Jon, el vigilante del Plaza Santana con el mensaje de que había entrado una pareja, hombre y hembra, en el aparcamiento del hotel y ocupado una plaza reservada a la empresa de la primera planta: los espías. Anotó la matrícula del coche, un Mercedes deportivo AMG-GT95, con alerón trasero; un vehículo imponente, de más de cien mil euros, azulón sin brillo; una máquina capaz de superar los trescientos kilómetros por hora, perfecta para poner tierra de por medio en caso de necesidad. Agradeció la colaboración del buen Jon, pero ya no se esforzó en llamar a la DGT para preguntar quién era el titular de vehículo. Por experiencia conocía la respuesta.
Cruzó Serrano, se adentró unos veinte metros por la calle de Jorge Juan y entró en una repostería italiana a tomar un café. Había visto algo sugerente y no quería que la idea se fuera volando. Se concentró en el capuchino, saboreó la trufa de chocolate que la camarera le puso en el platillo y permaneció diez minutos dando forma a la idea. Pagó, sonrió a la camarera, salió, dio unos pasos, sacó la libreta del bolsillo y apuntó una dirección, un teléfono y debajo la palabra “maniquí”.
Eran más de la siete de la tarde cuando llegó al barrio. En el autobús, su balance del día le pareció positivo. Gracias a Merche habían localizado el nido de víboras y obtenido pistas que jamás hubieran sospechado. Sólo les faltaba esperar la respuesta de su señoría para actuar con firmeza y por derecho. Miró el correo electrónico en la pantalla de su teléfono móvil. Nada, del juzgado no había llegado el acuse de recibo a sus escritos. Las cosas de palacio iban despacio o, simplemente, no iban. Se consoló con el aforismo de Bergamín: “Cuando te vas a enterar que vayas a donde vayas no vas a ninguna parte”. Y acto seguido recreó su idea y se instaló en el optimismo del pescador que lanza el anzuelo con la carnaza y se siente seguro de que picarán los peces más gordos.
Ya en casa, sacó a Mingus al parque de los pinos y se pasó por la terraza del Dulce. El amigo Morales carecía de novedades, pues sin haber sido requerido para traducir del árabe las escuchas a los malos (“Observaciones telefónicas a células durmientes”, les llamaban) había dedicado la jornada a leer periódicos, cocinar y vaguear. Hablaron de fútbol. Con la llegada de Frantiska llegó el momento de las adivinanzas:
–¿Dónde está la diferencia entre calor y color? –disparó ella.
–El calor es una sensación térmica y el color, visual –dijo él.
–No, no, en las vocales de la primera sílaba –anunció ella triunfal.
Tilo buscó el empate:
–Adivina adivinanza, su pin es un ocho, ¿cómo se llama el personaje?
–Muy fácil: Pinocho.
Tilo mordió el polvo y repitió la jugada:
–Se llama Tiko y come paté de pato, ¿qué es?
–Pa-te-ti-ko –silabeo Frantiska.
–O sea, yo, je je.