C9.–Dispersos y con miedo, los negros

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

De vuelta hacia las dependencias, el inspector Tilo Dátil seguía buscando respuesta a la cuestión de cómo rayos se habían enterado los matones de que el negro Amadou dormía en el coche de Arias. Su testa, con el cabello en flecha y entradas capilares a derecha e izquierda, no daba para más. Consultó con Merche, pero ella rechazó la hipótesis de que un tipo tan amable y servicial como el patriota Morata fuera un cínico redomado, capaz de engañarlos.

–Vale que no le gusten los africanos –argumentó ella– y que, como tantas personas, crea que nos están invadiendo y van imponernos sus leyes y apoderarse del país. Pero su opinión cambia radicalmente en cuanto conocen y tratan con esos desdichados inmigrantes.

–¿Pondrías la mano en el fuego por él? –incidió Tilo.

–Tengo la impresión de que fue sincero con nosotros. Él conocía a Amadou, le parecía un buen chaval, se sentía muy apenado por la pérdida y la verdad es que no parecía conocer a los sospechosos de los servicios secretos y que se mostró dispuesto a colaborar con nosotros en lo que hiciera falta. Se me hace muy difícil pensar que sea un felón.

–A mí también –coincidió Tilo.

Antes de entrar en la pecera, el inspector se asomó a la puerta del gabinete técnico y encontró, como esperaba, al pequeño Oliveras. Se acercó a su mesa. El documentalista interrumpió su tarea y le invitó a sentarse. Tilo le explicó su bloqueo sobre quién podía haber alertado a los matones y Oliveras le respondió que podía haber sido cualquier vecino o transeúnte que hubiera visto al negro refugiarse en aquel coche. Las redes sociales sirven para muchas cosas, también para eso, le dijo.

Tilo abundó en la explicación de las pesquisas realizadas hasta el momento antes de preguntarle si era posible capturar la conexión a Internet, el wi-fi o como se diga, del escondrijo de seguridad de los malos en la primera planta del hotel Plaza Santana. Lo era. Para el pequeño Oliveras (pequeño en estatura) casi nada relacionado con la tecnología de las comunicaciones era imposible. Bastaba, le dijo, con realizar las operaciones indoloras convenientes desde el lugar correcto para conseguir la dirección IP y demás coordenadas de aquellos sujetos. Pero necesitaba tiempo y estaba a punto de terminar su jornada.

–¿Lo harás?

–Será lo primero que haga mañana –le prometió.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela.

Entre tanto, Merche se había sentado en su cubículo ante el ordenador y peleaba con el lenguaje intentando dar forma a una nota informativa dirigida a su señoría judicial sobre las últimas pesquisas. En su lucha con las palabras trataba conferir a la presunción la firmeza del conocimiento y a la casualidad la calidad del acierto probatorio. Sin desvelar más datos de los imprescindibles y, desde luego, obviando que conocieran la pertenencia al SIE de los presuntos autores de la muerte de Amadou (sin alusión a los demás negros asesinados), solicitaba dos cosas: una entrevista personal para ampliar la información si fuere necesario y una orden de detención de los integrantes de la presunta célula asesina.

Tilo se demoró intercambiando impresiones con la colega Fabiola, que le pareció adormilada en la pecera que compartía con Leo. Ambos llevaban la investigación del inmigrante muerto en el pasadizo Alcalá-Retiro y, según le confesó, tenían tantas pistas como el primer día: ninguna. Su pesimismo al respecto era equivalente al de su compañero, el inspector Leopoldo Riesco, quien, según le informó, había dado el caso por imposible ante la comisaria.

–Si gran jefa Gordimer no da el caso por cerrado se debe al qué dirán –añadió Fabiola antes de explicarle que la comisaria había asignado a su compañero la investigación de un presunto homicidio en La Moraleja, una urbanización de lujo en el municipio de Alcobendas, y la habían dejado sola con el “mono”.

–¿A quién mierda se le ocurrió el nombre de “caso Monos”? –le preguntó Tilo.

–¿Conoces a un tal Rosado? –preguntó ella a su vez.

Tilo contuvo el insulto contra el colega.

Gordimer está convencida de que no vamos a sacar nada en limpio en estos casos y que debemos encajar las críticas sin preocuparnos demasiado y esperar a que escampe.

–¿Eso dice? –se extraño Tilo.

–Eso dice Leo que dice –afirmó Fabiola–; tampoco se trata de dar palos de ciego e incurrir en detenciones ilegales como la del vigilante del Museo de Cera al que Rosado y Marcos implicaron en el homicidio del pasadizo de Recoletos.

–¡Ostras! No lo sabía –exclamó Tilo–. ¿Y si no escampa? ¿Y si siguen cayendo africanos?Vamos a ver qué dice Chipri.

Bajaron a la planta baja, territorio de la “pringue”, donde el comisario general de seguridad ciudadana, Pedro Chipriota, les informó de la desaparición de los negros sin techo de los pasadizos, zaguanes y aparcamientos de los distritos nobles de la ciudad. El término “noble” significaba para él “adinerado, rico, caro”. Se refería a los llamados Salamanca, Retiro, Chamberí, Arguelles, cuyos habitantes tenían fama de trabajar poco, vivir más años y mucho mejor que los de Vallecas, por ejemplo, votaban masivamente a las derechas, incluidos los neonazis, y pertenecían a la alta burguesía.

–Los negros están acojonados –les contó el comisario–, no se dejan ver por las calles de esos distritos desde hace quince días y los del top manta han desaparecido de las esquinas y los andenes del metro. Lo más curioso es que también los magrebíes se han evaporado de las zonas noble de la capital.

–¿Sabemos adonde han ido? –se interesó Tilo.

–Según la información de mi gente, tenemos un grupo de quince o veinte que no sale del parque del Retiro. Están congregados en tres subgrupos: junto al monumento del lago, en el pinar del sureste y en la entrada por la Cuesta de Moyano. Han organizado sus turnos de guardia nocturna para dormir tranquilos. Otros muchos se han trasladado a Lavapiés. Nos tememos que acaben a palos con los moros y los chinos, aunque por el momento los van aceptando. Hemos notado que también rulan por fuera de la M-30, en los barrios de Usera, Carabanchel, Villaverde y los respectivos polígonos industriales.

–¿Están dando problemas?

–De orden público ninguno, aunque nunca falta algún tendero quejoso por la venta ilegal de marroquinería. Pero de algo tienen que vivir las criaturas. Me he reunido con las asociaciones de pequeños comerciantes y les he pedido un poco de tolerancia para evitar mayores males.

–Acabarán matando a alguno, Chipri, seguro –dijo Fabiola.

–Lo que está pasando no es normal –repuso el comisario–, parece obra de sicarios, aunque vosotros tenéis mejor un poco mejor información.

–Un poco sería algo –dijo Fabiola.

–Todos sabemos, tú también, Chipri, que han saturado la atmósfera de basura contra los inmigrantes. Los bulos, las noticias falsas, las manipulaciones de la realidad y la ruindad política de los titulares de los grandes poderes ejecutivo y judicial están permitiendo, si no propiciando, una criminalidad sin tasa ni límite –afirmó Tilo.

–¿Quieres decir que vamos a tener más muertos?

–Eso me temo, Chipri; se ha abierto la veda de la caza del negro –reafirmó Tilo.

El supercomisario, con mando sobre dos mil policías, lo que en términos militares equivaldría a una brigada del ejército, evitó rebatir a Tilo, aunque deseó fervientemente que su pronóstico fuera exagerado. En sus mensajes a las asociaciones de vecinos y comerciantes les pedía tolerancia con los africanos, les explicaba que sus patrullas de uniformados hacían lo que podían, pero si les presionaban demasiado, los echaban de las calles, les quitaban la mercancía un día sí y otro también, corrían el riesgo de desviarlos a la delincuencia pura y dura, los robos, atracos, el tráfico de estupefacientes… la prostitución.

–Intentamos ser prudentes y equilibrados, pero los cañones del miedo y el odio disparan a larga distancia y comparto con vosotros el temor a que toda esa porquería que esparcen por las redes sociales acabe causando víctimas también en los barrios bajos.

–¿Temor fundado? –incidió Fabiola.

–De momento estamos en el nivel de pintadas –admitió el superjefe.

–¿Hay detenciones?

–Son muy hábiles –susurró el responsable de seguridad ciudadana, dando a entender que el tiempo de las consultas había terminado.

Cuando Tilo y Fabiola regresaron a la primera planta, la subinspectora Merche había terminado la nota para su señoría judicial y, a punto de concluir su jornada, solo esperaba el visto bueno de su compañero para remitirla por correo electrónico. A Tilo le pareció bien medida y correcta. Ella colocó la información reservada y la petición oficial de entrevista personal con la juez en la bandeja del email y pulsó la tecla de envío. A continuación se puso la chaqueta, se colgó el bolso al hombro y se despidió de Tilo y de Fabiola. Era implacable con los horarios y, salvo causa de fuerza mayor, no regalaba un minuto a la empresa. Por lo demás, los tres sabían que su señoría no leería la nota ni las solicitudes de los agentes hasta que le diera la gana.

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