NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.
El recepcionista del hotel Plaza Santana, camarero del Picador y padre de familia numerosa Manuel Morata Perea condujo a Merche y a Tilo al cubículo del vigilante de seguridad, un joven fuerte y fornido, con uniforme paramilitar, aficionado al ajedrez y los videojuegos.
–Hola, Jon, estos señores son policías, están investigando un crimen y necesitan ver las grabaciones de las entradas y salidas del garaje la madrugada del sábado.
–Sin problema –asintió el vigilante sin mirar las placas policiales.
–¿Podremos ver también las imágenes de los sábados anteriores? –le preguntó Tilo.
–Por supuesto. Aquí guardamos las grabaciones de un trimestre y se da la casualidad de que no vence hasta el uno del mes que viene, así que están ahí –dijo, señalando al monitor.
–¿Las borráis después de tres meses? –se interesó Merche.
–No, no, las mandamos al archivo de la empresa y se conservan cinco años –dijo Jon el vigilante.
Morata se fue a sus quehaceres y el joven Jon les acercó unos taburetes al panel de consolas visibles en una gran pantalla. Tras una breve explicación sobre el funcionamiento de la video vigilancia, comenzó a manejar la moviola de la filmación correspondiente a la cámara de entrada y salida del garaje hasta que encontró las imágenes de la fecha y la hora indicada. Vieron bajar por la rampa un Ferrari SF90 rojo Burdeos, seguido de una BMV con dos motoristas encima.
–Parece un millonetti con churri a bordo y escolta detrás –comentó Jon.
Visionaron la secuencia varias veces a cámara lenta y Tilo anotó en su libreta algunos detalles de la vestimenta de los tipos, la hora impresa en la parte inferior de la grabación –las 3:50 de la noche que quemaron el coche del señor Árias con Amadou dentro– y las matrículas de los dos vehículos. A los motoristas, con las cabezas protegidas por los cascos, no se les veía la cara. Y la poca luz impedía distinguir con nitidez a los ocupantes del Ferrari.
Tilo buscó en Google el número de teléfono de la famosa (por sus multas) Dirección General de Tráfico y llamó para consultar quiénes eran los titulares de los vehículos cuyos números y letras de matrícula pronunció a continuación. Pero, maldita sea, la primera matrícula, la del Ferrari, figuraba protegida y, en consecuencia, no le podían aportar ese dato. Y la segunda, la de la moto, se hallaba también bajo la protección de la ley de secretos oficiales y ni siquiera con mandato judicial podían desvelar la identidad del titular físico o jurídico. Nada.
El inspector colgó y volvió a marcar. En esta ocasión eludió a la máquina que respondía con una agradable voz femenina y esperó hasta que pudo hablar con una funcionaria de carne y hueso.
–¿Entonces no hay manera de enterarse del nombre de los propietarios de esos dos vehículos? –Preguntó tras explicar su petición.
–Pues mire, no –respondió la voz natural.
–Pero supongo que si esos vehículos han sido utilizados para cometer delitos, la policía podrá saber a nombre de quién están.
–Pues mire, tampoco.
–¿Y qué podemos hacer?
–Nada, si está clasificado, nadie, ni siquiera nosotros lo podemos saber.
–O sea, que esto es como el futuro –dijo Tilo.
–Pues casi, casi; tendrá que solicitar que lo desclasifiquen y esperar la respuesta –respondió la funcionaria.
–Queda claro que los titulares de esas matrículas son espías del SIE –abundó Tilo.
–Pues mire, si. Bueno… eso creo yo, pero tampoco se lo puedo confirmar.
Tilo le agradeció el desliz (algo que una máquina jamás cometería, se dijo), miró con gesto resignado a Merche y al vigilante, que llevaba en la cazadora la insignia del dios egipcio de la visión, y se despidió de la funcionaria deseando que Horus le conserve la vista.
Permanecieron unos segundos indecisos, pero Merche solicitó a Jon que buscara las imágenes del sábado anterior. Con un poco de suerte podrían ver algo, pensó. La operación fue rápida e inútil a los efectos identificadores. Las secuencias de aquel sábado era clavadas a las del sábado siguiente y serían un calco del anterior. Con todo, Jon buscó estas últimas rápidamente. El joven vigilante vasco estaba intrigado por lo que había oído a Tilo y se hallaba en la mejor disposición de colaborar para desarticular aquel comando delictivo.
–¡No me jodas (con perdón) que tenemos un nido espías ahí atrás! –se sorprendió Jon.
–Eso parece, aunque a nosotros tanto nos da si son espías o astronautas; buscamos a presuntos delincuentes –repuso Tilo.
–¿Delincuentes protegidos por la ley…?
–Eso parece.
–¿Se puede saber qué han hecho?
–Supongo que has oído hablar de la muerte de los inmigrantes sin papeles –dijo Tilo.
–¿Esos negros?
–Sí, esos.
–¡Joder, la hostia! ¿Y yo que pensaba que eran directivos de una multinacional farmacéutica alemana o estadounidense?
–¿Por qué pensabas eso? ¿Has hablado con ellos? –le preguntó Tilo.
–Lo que es hablar, no, nunca; si alguna vez me he cruzado con alguno ahí abajo, lo he saludado como a cualquier otro cliente del hotel. Tienen su ascensor privado a cuatro metros del público. Y si, ahora que lo pienso, creo haber saludado alguna vez, buenos días o buenas tardes, a una mujer rubia mientras esperaba el ascensor. Era una tía alta, casi tan alta como yo, muy maquillada, recauchutada, con un busto impresionante y acento extranjero, alemán o así. Supongo que de ver el logotipo que tienen en una placa junto al elevador me dio por pensar que eran gente de una farmacéutica teutona. El logo es una gragea como la Bayer, pero en vez de cruz lleva un botón sobresaliente como una mama en el centro y unas letras despatarradas alrededor, supongo que el nombre de la empresa.
–Pues ya lo ves, amigo Jon, en estos tiempos casi nada es lo que parece y lo que parece no es –comentó Merche.
–Pues si son los asesinos, aunque no lo parezcan están acabados. Contad conmigo para echarles el guante… o lo que esté en mi mano –se ofreció Jon.
Merche le regaló media sonrisa.
En lo que Tilo le agradecía su desinteresada colaboración, el joven vigilante congelo una imagen de la secuencia que estaba repasando, alargó un cable hasta un ordenador portátil orillado en un extremo de la tabla a modo de mesa, conectó la clavija y transfirió la fotografía.
–Pongamos la lupa sobre esos mierdas –dijo.
A continuación recortó y amplió varias veces la imagen. Era el rostro mal iluminado del conductor del coche deportivo.
–¡Vale, vale! –ordenó Tilo.
–¡Que me aspen si no es Mandíbula de Hierro! –exclamó Merche al verlo.
–¡Por Júpiter, claro que es! –correspondió Tilo en referencia al coronel que se hacía llamar Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber cuál sería su verdadero nombre). El prominente mentón de aquel hombre lo hacía inconfundible. Por suerte para ellos había acercado la testa al parabrisas cuando entraba en la rampa, facilitando a la cámara fija grabar su rostro durante unos segundos, los suficientes para poder reconocer sus fauces.
–¡Bien por Jon! –exclamó Tilo, apretando el antebrazo del joven vigilante–. Nos has ayudado mucho y bien –añadió antes de pedirle que custodiase esas filmaciones por si las pedía el juez y de explicarle que el mejor modo de colaborar con ellos para capturar a esos tipos en el supuesto de que fueran los criminales que andaban buscando era avisarles con una llamada de teléfono si detectaba sus entradas a altas horas de la madrugada.
Tras despedirse de Jon se acercaron a la recepción y agradecieron la amable colaboración del patriota Morata, quien se alegró muchísimo de que sus sospechas comenzaran a verificarse y de que la colaboración del vigilante les fuera útil. Ya en la calle se dieron cuenta de que las sorpresas les provocaban aquel hambre canina de los tiempos de la universidad, cuando los dos andaban famélicos día y noche, así que no necesitaron consultarse la indicación al taxista.
–Vamos al Zarajos, en la calle Gaztambide –le indicó Merche.
Como en los viejos tiempos, un buen filete de hígado a la plancha les aportaría las proteínas, el hierro y la vitamina B que necesitaban para seguir rulando. Luego, mientras masticaban aquella carne blanda, color suela de zapato, amenizada con patatas crujientes y regada con cerveza tostada, fueron pasando del optimismo por el hallazgo a la fría realidad. Tilo sacó su libreta de notas, la colocó junto al plato, la abrió y, entre bocado y bocado, emprendió una lenta letanía de casualidades entre las actividades del nido de espías y la muerte de los negros. Sin probar la relación causa-efecto, las coincidencias comenzaban con la visita del coronel Dosbarrios, alias Mandíbula de Hierro, al Luci-Bombón. ¿Tenía razón el arabista Morales cuando le dijo que aquella visita no era casual? No podía saberlo, pero también era casualidad que aquel encuentro se produjera tres horas después de que él y Merche fueran asignados al caso Monos. ¿Era casual que sus compañeros de homicidios apenas hubieran realizado trabajo de campo, de búsqueda de testigos de aquellos crímenes, y que ni siquiera hubiesen interrogado al propietario del Peugeot en el que murió Amadou? Y desde luego, las coincidencias detectadas por el patriota Morata resultaban abrumadoras. ¿Qué hacer, por donde tirar?
Tanto Merche como él sabían que la concurrencia de actos, el albur y las casualidades eran elementos etéreos, con cero valor legal como indicios. Necesitaban un asidero, algo un poco más sólido a lo que agarrarse para caer sobre aquellos tipos. Repasaron el staff de los jefes superiores. Con la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, no podían contar. Con solo recordar su espanto cuando Merche se refirió a los servicios secretos sobre el silenciador y el veneno…
–Por cierto, ¿sabes cómo se llama ese veneno de los espías? –aprovechó ella.
–Le llaman Miloche, aunque su marca es Compuesto 1080, fluroacetato. Ninguna persona conocida ha sobrevivido a una dosis de más de cinco miligramos de esa sustancia para la que no hay antídoto conocido –la ilustró Tilo.
–Miloche… Espero acordarme cuando tengamos a ese monstruo entre rejas –dijo Merche antes antes de volver al margen de maniobra–: Está claro que la comisaria es impracticable, pero podría ser puenteable.
Tilo pronunció en voz baja los nombres del jefe zona, de la brigada central, del jefe superior, del delegado del Gobierno y hasta del director general. Eran todos de la misma cuerda política, una cadena de mando incompetente y discriminatoria que hasta hace poco, hasta que varios intelectuales de prestigio y sindicalistas de mucho peso elevaron su voz, atribuía la muerte violenta de los africanos a rencillas y venganzas entre ellos y se limitaba a tramitar los casos sin pesquisa ni investigación alguna.
–Por el escalafón ejecutivo tiene poco sentido puentear a la comisaria –dijo Tilo–. Por cierto que la muy… ni ha contestado a mi protesta por el nombre “caso Monos”.
–No esperes que conteste, es facha –añadió Merche.
El camarero les ofreció el postre de la casa: naranja o arroz con leche. Optaron por lo segundo.
–Quizá por la vía judicial –prosiguió Merche– podríamos conseguir permiso para arrestar a esos malincuentes y, con un poco de suerte, obtener también un mandamiento de entrada y registro de ese escondrijo.
–Me has leído el pensamiento –dijo Tilo–. Tendremos que trabajarnos a su señoría, sin olvidar al fiscal. Lo ideal sería tener algún indicio algo más sólido antes de acudir a hablar con ellos directamente.
Examinaron el asunto. La juez que se ocupaba del presunto homicidio de Amadou era una perfecta desconocida para ellos. El responsable de la acusación pública, más desconocido todavía. Aparte el atestado técnico, enviado de oficio, ellos sólo les habían remitido el primer resumen de las diligencias practicadas (testimonios) y habían recibido un escueto acuse de recibo por toda respuesta. Si ya resultaba difícil hablar con su señoría para formular una consulta telefónica, más difícil iba a ser concertar una entrevista. En general, los jueces no eran molestables, no admitían consultas por teléfono ni en persona. Tenían tanta labor que no podían perder un minuto de su precioso tiempo en disquisiciones con los investigadores. Aún así, decidieron intentarlo.
Antes de cerrar su libreta de notas y guardarla en el bolsillo, el inspector leyó la palabra “Alpargata” y recordó haberla escrito porque la cámara del garaje del hotel registró la marca y el color tinto de las zapatillas de uno de los motoristas y le parecieron idénticas a las del saltarín del autobús. ¿Paranoia o enésima coincidencia?