Archivo por meses: noviembre 2024

C12.–La estratagema del anzuelo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Tilo aprovechó el tiempo del almuerzo entre plato y plato para explicar a Merche y Fabiola su estratagema del anzuelo. Se trataba de tentar a la suerte, les dijo, y de pescar in fraganti a los escualos si tenían la buena idea de entrar al cebo.

A Merche le pareció un buen plan.

–Si tenemos en cuenta el desinterés de la juez, es lo mejor, por no decir lo único que podemos hacer.

En cambio Fabiola dudó de que fuera ético provocar el delito para efectuar detenciones.

–Puestos a malas –advirtió–, cualquier abogado anula las detenciones y nos jode la carrera si quiere. Vamos, que nos pone de patitas en la calle.

Merche rebatió la premisa mayor:

–No se trata de provocar el delito sino de tenderles una trampa. Si pican, estupendo, y si no nos quedamos como estábamos.

Para disipar las dudas de la colega, Tilo le preguntó cuántas veces había conseguido detener con engaños a un criminal. A lo que ella resopló antes de reconocer que había arrestado a unos cuantos malincuentes con la treta del coche. Consiste en realizar el seguimiento de un malo y un rato después de que haya aparcado su coche y entrado en casa, realizar una llamada telefónica al piso o vivienda donde se haya refugiado y preguntar si el automóvil de la marca tal y la matrícula cual es suyo. Si la respuesta es afirmativa, la detención está hecha sin necesidad de mandamiento judicial. Con avisarle: “Pues baje, que se lo están robando”, el malo queda detenido en cuanto sale del portal.

Después del almuerzo, el inspector se ofreció a acercar a Merche a su barrio. Ella aceptó, pero una vez a bordo de Botones le preguntó a qué iba a dedicar la tarde y decidió acompañarle a visitar al señor Arias. Tilo no tenía dudas de que una persona tan buena como el titular de la Taberna del Picador se prestaría a colaborar en el señuelo para atraer y facilitar la detención de los presuntos autores del terrible final de Amadou. Sin embargo, le asaltó el temor de que la presencia de Merche obstaculizara la colaboración del buen hombre.

–Es probable que el señor Arias te guarde rencor por la mala noche que le hiciste pasar en el calabozo –advirtió a su compañera.

–No me importa –dijo ella–; si vamos a ver estoy segura de que compensará el recuerdo de esa mala noche con el resultado de la investigación. Mi abuelo decía que hay que sufrir para ganar.

–Aristóteles dijo: “puede que sí, puede que no”.

–Pues va a ser que sí.

Merche tenía razón. El señor Arias se alegró de verles, escuchó atentamente los avances de la investigación y, tal como Tilo suponía, no dudó en utilizar su correo electrónico para enviar al buzón de los agentes del SIE el mensaje que le dictó sobre la presencia de un negro que dormía bajo un cajero automático en el zaguán de una entidad bancaria. El inspector estercoló el recado con los términos más asquerosos que fue capaz de encontrar, le indicó que se había topado tres veces en una semana con el negrata maloliente y añadió un mensaje político concluyente: “Si no acabamos con estos, van a acabar estos con nosotros”.

Entre el café, las explicaciones y la operación de mensajería desde el ordenador portátil que el pequeño Oliveras había dejado en manos de Merche, dieron las seis de la tarde y el camarero de cenas, Morata, llegó puntual a su empleo complementario. Después de saludar a su jefe y a los agentes y de ponerse la ropa de faena, Tilo le informó sobre el desarrollo de la investigación y le preguntó si podía contar con él para el último tramo de la misión, la detención de los presuntos asesinos de subsaharianos. Su respuesta fue positiva e inmediata. El inspector le explicó, como ya había hecho con el señor Arias, que la colaboración no acababa en el envío del correo electrónico al buzón de marras, pues se podía prolongar hasta llegar al juicio si conseguían detener y poner a la sombra a los criminales. De hecho, su comparecencia como testigo de cargo podía ser decisiva para condenar a aquellos individuos. Morata reafirmó su voluntad. Merche redactó el mensaje, lo leyó en voz alta y el camarero asintió. Mandaron el mensaje y después de interesarse por la familia numerosa, brindaron con unos chupitos de brandy por el buen resultado de intervención y se despidieron hasta la próxima.

De nuevo en marcha, la subinspectora insistió en acompañar a su colega y amigo al siguiente cometido. Él adujo que era doméstico, aunque también podría ser operativo si tenemos en cuenta que debía de buscar adecuada para el maniquí.

–Venga tío, yo te ayudo –afirmó Merche.

Tilo manifestó su extrañeza ante la disposición de la compañera de regalar horas a la empresa.

–De eso nada –se apresuró ella–: las hago por adelantado y las descuento mañana para ir de compras; ya tenemos el invierno encima y los hijos necesitan el equipamiento adecuado.

El inspector condujo en silencio hasta su barrio, estacionó el Golf en el amplio patio con el suelo cimentado que formaban dos largos edificios rectangulares de tres alturas y, con la ayuda de Merche subió el maniquí a casa. Ni que decir tiene que Mingus los recibió con su escandalosa algazara habitual, si bien, en vez de escapar escalera abajo se entretuvo en husmear las cajas y olfatear a Merche, dando tiempo a Tilo de cerrar la puerta.

–Mira lo que hemos traído –le dijo, acariciándole la nariz y la testa.

Merche abrió la caja y sacó la cabeza del muñeco de tamaño natural. Tilo hizo lo propio con el busto de cartón piedra. Aunque olía a almacén textil, a Mingus le gustó y dio varias vueltas a su alrededor, incitando al extraño forastero a seguirlo. Ensamblaron la cabeza, enroscaron en la base del tronco de cartón piedra el palo de un metro de alto que venía incrustado en una peana con tres patas. Ya frente al armario ropero de Tilo, Merche eligió un pantalón vaquero, una camiseta oscura de cuello redondo, la chaqueta azul de un chándal con la cremallera en buen uso y una cazadora marrón, acolchada y con capucha para vestir al muñeco. Con el añadido de un gorro elástico de fina lana color teja, dio por completado el atuendo, al que Tilo agregó unas Adidas desvencijadas a juego con los vaqueros. Eran sus prendas de ir a la Sierra del Guadarrama con Mingus, pero bueno, todo sea por la causa, se dijo.

Ya con el modelo para armar perfectamente equipado y acomodado en el maletero de Botones, llevaron a Mingus a que hiciese sus necesidades y corretease con sus congéneres por el parque de los pinos y, quince minutos después se encaminaron hacia la terraza del Dulce, donde Merche tuvo mucho gusto en conocer al arabista Jorge Morales. Apenas se habían sentado y solicitado unas cervezas, llegó la checa Franteska (Teska para los amigos), a quien la subinspectora tampoco conocía. Tilo le presentó a su colega como gran policía y Morales hizo lo propio con su compañera como gran políglota y directora de una próspera agencia de traducción oral y escrita. Merche, siempre tan curiosa, se preguntó en voz alta hasta qué punto eso que llaman inteligencia artificial representa una amenaza para los traductores de idiomas. Teska quiso creer que no, pues siempre habrá demanda de traducciones de calidad, pero Morales interfirió su explicación recordando que allí solo se hablaba de cosas agradables, nunca de trabajo.

–Cierto y verdad –afirmó Tilo–; mis disculpas por no haber informado a la compañera.

–No pasa nada –dijo Morales con una sonrisa dirigida a las dos féminas–, aunque si traemos el curre y el discurre a casa no descansamos nunca, de ahí que este rato, la hora de los perros, lo empleemos en distraernos y hablar de cualquier cosa, anécdotas, chistes, incluso adivinanzas…

–Adivina adivinanza –incurrió Teska mirando a Tilo–: ¿Si sor María es una buena monja, qué causa el juez justiciero al ordenar su ingreso en prisión?

Tilo iba a decir “sor-presa”, pero se le adelantó Merche.

–Afirmativo, te toca –dijo Teska.

–Una señorita muy enseñoritada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿qué es?

–Muy fácil: la lengua –respondió la pentecostés.

–Por cierto, de tantas lenguas como sabes, ¿cuál es la que más te gusta? –se interesó Tilo,

La checa no dudó:

–La lengua de vaca rebozada –contestó, provocando la hilaridad de los contertulios.

–¡Atención, adivinanza! –exclamó Tilo con otra ocurrencia en los labios– La capitana de la trainera grita a una palista: ¡Reme más deprisa, por dios! ¿Cómo se llama la remera?

Pasan unos segundos, Merche y Teska se miran como si quisieran ponerse de acuerdo para responder. Finalmente la checa responde: “Remedios”. Merche añade: “y no es ramera por la e, je je”.

–Sobresaliente –calificó Tilo antes de incidir–: Adivina, adivinanza. ¿Cómo se llama un perrito envuelto en una manta?

–Perrito caliente –dijo Merche.

C11.–El buzón de los ‘malincuentes’

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Desde uno de los pocos bancos públicos que quedaban en la Plaza de Santana, ocupada por las terrazas de los bares, el documentalista Oliveras conectó su ordenador portátil a Internet. El ISP (proveedor de servicios a Internet) le asignó automáticamente una dirección IP. A partir de ahí generó la información necesaria para crear un sitio web y realizó las operaciones convenientes para alojarlo con las dos direcciones IP posibles: una compartida y otra dedicada. El documentalista sabía que los sitios web con alojamientos compartidos pertenecen a proveedores establecidos por zonas, de modo que la web recién creada era uno de los numerosos sitios alojados en el mismo servidor. Para un experto en la materia o SME (Subject Matter Expert), la operación de anclar su web recién creada en un sitio en el que participaba de direcciones IP compartidas resultaba fácil y rápida. Completó su plan comprando por cuatro euros una dirección IP dedicada, con la que obtuvo un certificado SSL y la consiguiente capacidad de ejecutar la transferencia de archivos FTP desde su servidor. De esta forma se facilitó el uso compartido y la transferencia de archivos con operadores dentro de una misma organización y se proporcionó opciones para el uso compartido de FTP anónimo.

Veinte minutos después, el documentalista Oliveras cerró su ordenador portátil, lo guardó en la mochila y abandonó la plaza. En sus tripas tecnológicas llevaba el mecanismo de abeja que le permitía identificar las flores del mal y, lo más importante, emplear una herramienta que los expertos llaman malware para instalar un espía en la IP del objetivo conveniente. Ya en las dependencias policiales, se dirigió al despacho de Tilo y Merche, les explicó los procedimientos de búsqueda y control, y diez minutos más tarde identificaron el sitio de los presuntos criminales. Entonces Oli le aplicó un intruso que era capaz de copiar y a continuación sustraer sus datos y espiar toda la actividad de los dispositivos informáticos sin dañar el hardware físico de los sistemas o equipos de red de los malincuentes.

A un tipo como Tilo, incapaz de saber adónde van a parar los textos que se pierden en el ordenador, las habilidades del pequeño Oliveras le parecían mágicas y le sonaban a chino. ¿Era posible que hubiera gente así? La había. Y aquel Oli, convertido en jáquer o pirata informático, era capaz de espiar a los espías, de copiar los correos electrónicos de los malos, de enviar copia de todos los mensajes salientes y entrantes a un dispositivo informático y telefónico determinado y anónimo: su ordenador portátil. ¿Cómo conseguía las claves, los números y los nombres secretos con los que los malos protegían su información? Ni Tilo ni Merche ni Fabiola, que participaba de la investigación, lo sabían. Tampoco consideraron que fuera el momento de pedirle que descifrara el enigma.

El documentalista Oliveras podía ir más lejos. Tenía capacidad, les dijo, de sabotear al enemigo, obstaculizar su funcionamiento con algunos palos en las ruedas para fastidiarle un poco o, si lo preferían, podía averiar y destruir al mismo tiempo todos sus dispositivos, es decir, eliminarle con un código que él llamó con el nombre bíblico de Torre de Babel porque generaba tal confusión en el lenguaje universal de acceso a Internet que desbarataba las configuraciones.

–Tranquilo, Oli, tiempo habrá para la avería y la destrucción –se apresuró Tilo, impresionado por su facilidad para acceder al correo electrónico de los supuestos delincuentes al servicio del Estado. Mayor fue la sorpresa de Merche cuando, con la barbilla apoyada en el hombro de Oliveras, leyó algunos mensajes recibidos por los enemigos y pidió al documentalista que abriera las respuestas.

–¡Eureka! –exclamó, estimulando la atención de Fabiola y del propio Tilo.

Cualquier persona ajena a la investigación podía comprobar la función de buzón de aquel correo electrónico. Leyeron varios mensajes recibidos. Eran avisos estimulados por activistas en las redes sociales con nombres tan explícitos como Black trash (Basura negra), Blacks out (Negros fuera), Cleaning company (Compañía de limpieza), Desinfection agency (Agencia de desinfección) y otros que llamaban a colaborar en el barrido de la “inmundicia africana”, aportando información sobre las calles, plazas y establecimientos donde la presencia de aquella “escoria” fuera habitual.

Oliveras y Tilo se ofrecieron a traer café a sus compañeras, centradas en la inspección del correo electrónico y, más concretamente en la búsqueda de los mensajes que pudieran tener relación con las fechas y los lugares en los que habían sido asesinados los tres jóvenes negros en menos de treinta días. Cuando regresaron de la planta baja con los vasitos de plástico en las manos, Merche y Fabiola habían impreso una buena resma de avisos sobre los pasadizos del Retiro y de Colón. Había otros sobre la Plaza Mayor, el parking de la Plaza de Jacinto Benavente, los túneles y el intercambiador de la estación ferroviaria de Atocha, así como de otros lugares más alejados del centro y, singularmente, de los distritos más adinerados de la ciudad en los que, por suerte, no se habían registrado asesinatos de momento. Los sicarios tenían su prioridad.

El documentalista dejó el ordenador portátil a disposición de las investigadoras y se fue a otros quehaceres de su departamento. Tilo examinó algunos folios con los mensajes ya leídos y marcados por Fabiola. De la zona donde mataron a Amadou vio dos avisos en lenguaje agresivo y soez. La verdad es que los comunicantes se dirigían a las supuestas entidades de limpieza en términos displicentes y encanallados. ¿A qué obedecía tanto odio contra la pobre gente? ¿Alguien en su sano juicio podía creer que unos jóvenes, incluso niños, que huían del hambre, las enfermedades y las guerras y arriesgaban sus vidas en desiertos hostiles y mares revueltos (muchos morían) para llegar a un lugar donde poder comer y seguir vivos representaban una amenaza para la patria? El lenguaje de aquella gente tóxica, intoxicada, era terrible.

Uno proponía: “Con una machine gun con cargadores de 300 balas cada uno se haría una limpieza en menos de media hora”; otro escribía: “Tenéis que limpiar de negratas el pasaje de Colón con perros anvrientos”; otro planteaba: “Les atáis una losa en el culo y al lago con ellos, son puta escoria”; otro reclamaba: “Urge limpieza étnica o seremos un país tercermundista en un par de décadas”, y otro afirmaba en referencia a Hitler: “El pintor austriaco tenía que a ver acavado su travajo de esternimio con los monos ilegales que están ocupando Madrid”. Los receptores respondían a cada mensaje con unas palabras de agradecimiento y repetían una frase concluyente: “Estamos en ello”.

–Si esto no tiene relevancia penal –comentó Tilo a sus compañeras–, que venga Dios, cualquier dios, y lo lea.

Sus compañeras se mantuvieron en silencio. Centradas en la pantalla del pequeño ordenador, daban pequeños sorbos a sus cafés y no se dejaban distraer fácilmente de la lectura y el análisis de los mensajes de odio racista, islamófobo y político que recibía el buzón de los supuestos criminales. Tilo les devolvió los folios que había examinado y consideró llegado el momento de centrarse en su idea, así que se acomodó ante su escritorio, sacó la libreta de notas del bolsillo de la chaqueta, descolgó el teléfono y marcó el número que había apuntado la tarde anterior en la entrada de la calle de Jorge Juan. Pero el proveedor de maniquís daba comunicando.

El inspector aprovechó la pausa para revisar el correo electrónico. Tal como intuía, su señoría judicial no había contestado a la petición de entrevista personal. Quizá la persona de su secretaría encargada de filtrar los recados no se lo había pasado todavía. La burocracia ralentizaba la acción, cualquier acción. En este caso indicaba el único camino urgente a seguir para prevenir mayores males: la acción directa contra los criminales. A ello se orientaba su idea.

Descolgó otra vez el auricular y volvió a marcar el número de teléfono del escaparatista y proveedor de muñecos de tamaño humano, pero la línea seguía ocupada. Bebió un sorbo al café, se incorporó, caminó tres pasos hasta la puerta, giró ciento ochenta grados, miró a Merche y manifestó en voz alta la conveniencia de informar de la investigación a los compañeros Marcos y Rosado. También a Leo, aunque tuviera otro caso entre manos.

–¿Es una orden? –musitó Merche con desgana.

–Claro que si, aunque si os parece también puedo convocarlos yo cuando hayáis revisado todo eso y lo estiméis oportuno –dijo.

–No es eso, Tilo. Sabes de sobra que no me importa hacer lo que me indiques, pero en este caso creo firmemente que debemos dejar en ayunas a Rosado, por lo menos de momento. No me fio de él. Es demasiado para dejarle comer de nuestra cazuela.

–Ya sabes que a mí tampoco me gusta, pero…

–¡Ni pero ni hostias! –terció Febiola–. Ese menda no es de fiar, insulta a los diferentes, alardea del supremacismo ibérico, es un machista asqueroso y se salta el reglamento cada dos por tres vociferando bulos y lemas políticos de la ultraderecha nazi-franquista. Creo que Merche tiene razón y no conviene correr más riesgos de los necesarios.

A Tilo las afirmaciones de Merche y Fabiola le parecieron razonables.

–De acuerdo, pero necesitamos a Marcos por dos razones: la primera porque parece fuera de dudas que el extranjero asesinado en el pasadizo de Colón aparece en los mensajes del buzón de los presuntos asesinos, y la segunda porque necesitaremos su ayuda en el momento de intervenir contra los malos. Así que habrá que ponerle al corriente de la investigación y pedirle la máxima discreción con el monstruo.

–Pedirle no, exigirle. Ni una mínima filtración –afirmó Merche.

–Correcto –afirmó Tilo–; aplíquese al monstruo faccioso la política del champiñón, que como bien sabemos consiste en mantenerlo a oscuras y darle mierda.

Fabiola desconocía los dichos de Tilo y soltó una corta carcajada. El inspector volvió a sentarse detrás de su mesa, empuñó el adminiculo del teléfono y marcó el número. A la tercera fue la vencida. Una voz aterciopelada respondió con un “buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?” Tilo le preguntó si tenían maniquís de color negro. Los tenían. Y el interlocutor, que se identificó como el escaparatista y decorador Homero Molor en persona se sintió muy halagado por la elección de su establecimiento. Después de escuchar las necesidades de Tilo, estimó que la mejor solución consistía en una cabeza con cuello adosable a un busto de varón por el módico precio de cuatrocientos euros. Lo de “módico” lo dijo con especial suavidad. Pero Tilo recabó detalles y argumentó que para no llevar ojos de cristal, aquella testa le parecía muy cara, a lo Homero respondió ponderando la finura y resistencia del material. “Le engañaría si le digo que es una cabeza para toda la vida –añadió el escaparatista–, pues la puede dejar en herencia como si fuera nueva”.

–¡Por Júpiter señor Homero, no pensaba morirme todavía! –exclamó Tilo.

–Por supuesto, amigo; solo era una forma de explicarle la calidad del material. Y en cuanto al busto le digo que sí, que lleva brazos y manos para lucir camisas, jerséis y americanas en toda su extensión.

–Estupendo, aunque insisto en que cuatrocientos es mucho dinero por medio muñeco de cartón piedra plastificado.

El decorador de escaparates no se apeó del burro, pero incluyó el gasto de transporte en el precio mencionado.

–¿Brillo o mate? –le preguntó.

–Mate –respondió Tilo, evocando para sí la paradoja de que era para matar.

Acordaron la forma de pago y media hora después el inspector dirigía hacia el aparcamiento policial la furgoneta paquetera con la mercancía. Guardó en el maletero de Botones (su Golf superconectado) las dos cajas con el busto y la cabeza negra adosable del maniquí y le dio un billete de diez euros al transportista.

Antes de abandonar la oficina para ir a almorzar, Merche, Fabiola y Tilo comunicaron a la comisaria su decisión de adaptar el horario a las circunstancias operativas y ésta les pidió que la mantuvieran informada y les dio el visto bueno. La verdad es que Gordimer se había saltado olímpicamente las reuniones matinales de los dos últimos días, señal de que se encontraba más relajada y de que el ruido contra la ineficacia policial en la persecución de los criminales iba reduciendo sus decibelios. Pronto vendría el silencio.

C10.–Una idea llamada «maniquí»

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

El inspector Tilo Dátil llevaba media hora paseando sin rumbo definido por los aledaños de las calles de Serrano y Diego de León. Bajaba por Príncipe de Vergara hacia la plaza del Marqués de Salamanca cuando sintió la vibración del teléfono móvil en su bolsillo. Era Merche para decirle que tenía la impresión de haber sido seguida hasta casa. Residía en la zona alta de la avenida de Arturo Soria y solía moverse en el metro y el autobús, unos medios de transporte tan protegidos como desprotegidos contra los seguimientos por la afluencia de usuarios.

–¡Por Júpiter, Merche! Vas a tener que agarrar un K (coche de camuflaje).

–Quita, quita, siempre faltan coches; prefiero modificar un poco el horario.

–¿Se lo has dicho a tu contrario?

–Ya sabes que no comento en casa los asuntos del trabajo; bastante tiene él con ocuparse de los niños, que ya no son tan niños y exigen más atención. Date cuenta de que tienen nueve y once años y a poco que aflojes se desmandan. Aunque quisiera venir a esperarme, tendría que dejarles solos después de recogerlos en el colegio. Y eso sí que no, que están en la edad del despiste y el juego sin límite.

–¿Qué podemos hacer? –se preguntó Tilo en plan retórico antes de contestarse a sí mismo–: iré a buscarte y traerte yo.

–De eso ni hablar.

–Desconocemos la intención de esos tarugos, los que sean, pero no vamos a permitir que nos asusten. De momento ya saben donde vives y harías bien en comentárselo a tu marido para que adopte las precauciones más convenientes. No quiero ni pensar que secuestren un crío, así que toda precaución es poca.

–Vale, en eso estoy de acuerdo. Se lo diré –accedió Merche–, pero en lo atinente a mis idas y venidas debo decirte y como mejor proceda te digo que rechazo de plano tu compañía. ¿Te vale? Y por si fueren pocas las razones de mi santísima voluntad, a fortiori puedo apelar mi inseparable herramienta percutora de calambres.

Tilo aceptó los argumentos de la colega y le pidió disculpas por haber minusvalorado sin querer su capacidad de autodefensa. Ella las aceptó. Él le preguntó cómo era el perseguidor y ella lo describió como un tipo joven y fuerte, uno setenta, rostro cerúleo, abultado y redondo, modelo hogaza de pan y ojos grandes y negros, protegidos por unas gafas con cristales transparentes y marco cuadrado de pasta negra, modelo retro y seguramente de atrezo.

–¿Y zapatillas de pijos, Triple Stitch, color tinto? –le preguntó Tilo.

–Siii. ¿Cómo lo sabes? ¿También te ha seguido a ti?

–Afirmativo. Creo que es el saltarín del autobús, el mismo individuo de la moto de alta cilindrada del Plaza Santana… Parece que nuestros amigos malincuentes han encontrado un entretenimiento para el motorista de alpargatas con puntadas italianas. Habrá que hacer algo para compensar su esfuerzo –dijo Tilo.

–Esperemos que su señoría nos ayude –repuso Merche en tono resignado.

Se despidieron. Tilo siguió caminando, bajó por la calle de Goya. Las aceras cubiertas de costoso granito de Granilouro (Pontevedra) por decisión de un alcalde aficionado hacer agujeros que él llamaba Gasradón (cancerígeno) estaban limpias de negros, la plaza de Margaret Thatcher estaba limpia de negros. Se preguntó por qué habían dedicado una plaza en el lateral izquierdo del Paseo de la Castellana a la mandataria ultraliberal británica que arrojaba los residuos nucleares de las centrales nucleares de su país en la “fosa atlántica”, frente a las costas de Galicia. No halló respuesta. El barrio de Salamanca estaba limpio de negros, la plaza del Descubrimiento estaba limpia de negros. El parking y el pasadizo de Colón habían dejado de ser lugares tranquilos para los africanos.

Bordeaba el monumental caserón de la Biblioteca Nacional en dirección a la calle de Serrano cuando volvió a vibrar su teléfono. Era Jon, el vigilante del Plaza Santana con el mensaje de que había entrado una pareja, hombre y hembra, en el aparcamiento del hotel y ocupado una plaza reservada a la empresa de la primera planta: los espías. Anotó la matrícula del coche, un Mercedes deportivo AMG-GT95, con alerón trasero; un vehículo imponente, de más de cien mil euros, azulón sin brillo; una máquina capaz de superar los trescientos kilómetros por hora, perfecta para poner tierra de por medio en caso de necesidad. Agradeció la colaboración del buen Jon, pero ya no se esforzó en llamar a la DGT para preguntar quién era el titular de vehículo. Por experiencia conocía la respuesta.

Cruzó Serrano, se adentró unos veinte metros por la calle de Jorge Juan y entró en una repostería italiana a tomar un café. Había visto algo sugerente y no quería que la idea se fuera volando. Se concentró en el capuchino, saboreó la trufa de chocolate que la camarera le puso en el platillo y permaneció diez minutos dando forma a la idea. Pagó, sonrió a la camarera, salió, dio unos pasos, sacó la libreta del bolsillo y apuntó una dirección, un teléfono y debajo la palabra “maniquí”.

Eran más de la siete de la tarde cuando llegó al barrio. En el autobús, su balance del día le pareció positivo. Gracias a Merche habían localizado el nido de víboras y obtenido pistas que jamás hubieran sospechado. Sólo les faltaba esperar la respuesta de su señoría para actuar con firmeza y por derecho. Miró el correo electrónico en la pantalla de su teléfono móvil. Nada, del juzgado no había llegado el acuse de recibo a sus escritos. Las cosas de palacio iban despacio o, simplemente, no iban. Se consoló con el aforismo de Bergamín: “Cuando te vas a enterar que vayas a donde vayas no vas a ninguna parte”. Y acto seguido recreó su idea y se instaló en el optimismo del pescador que lanza el anzuelo con la carnaza y se siente seguro de que picarán los peces más gordos.

Ya en casa, sacó a Mingus al parque de los pinos y se pasó por la terraza del Dulce. El amigo Morales carecía de novedades, pues sin haber sido requerido para traducir del árabe las escuchas a los malos (“Observaciones telefónicas a células durmientes”, les llamaban) había dedicado la jornada a leer periódicos, cocinar y vaguear. Hablaron de fútbol. Con la llegada de Frantiska llegó el momento de las adivinanzas:

–¿Dónde está la diferencia entre calor y color? –disparó ella.

–El calor es una sensación térmica y el color, visual –dijo él.

–No, no, en las vocales de la primera sílaba –anunció ella triunfal.

Tilo buscó el empate:

–Adivina adivinanza, su pin es un ocho, ¿cómo se llama el personaje?

–Muy fácil: Pinocho.

Tilo mordió el polvo y repitió la jugada:

–Se llama Tiko y come paté de pato, ¿qué es?

–Pa-te-ti-ko –silabeo Frantiska.

–O sea, yo, je je.

C9.–Dispersos y con miedo, los negros

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

De vuelta hacia las dependencias, el inspector Tilo Dátil seguía buscando respuesta a la cuestión de cómo rayos se habían enterado los matones de que el negro Amadou dormía en el coche de Arias. Su testa, con el cabello en flecha y entradas capilares a derecha e izquierda, no daba para más. Consultó con Merche, pero ella rechazó la hipótesis de que un tipo tan amable y servicial como el patriota Morata fuera un cínico redomado, capaz de engañarlos.

–Vale que no le gusten los africanos –argumentó ella– y que, como tantas personas, crea que nos están invadiendo y van imponernos sus leyes y apoderarse del país. Pero su opinión cambia radicalmente en cuanto conocen y tratan con esos desdichados inmigrantes.

–¿Pondrías la mano en el fuego por él? –incidió Tilo.

–Tengo la impresión de que fue sincero con nosotros. Él conocía a Amadou, le parecía un buen chaval, se sentía muy apenado por la pérdida y la verdad es que no parecía conocer a los sospechosos de los servicios secretos y que se mostró dispuesto a colaborar con nosotros en lo que hiciera falta. Se me hace muy difícil pensar que sea un felón.

–A mí también –coincidió Tilo.

Antes de entrar en la pecera, el inspector se asomó a la puerta del gabinete técnico y encontró, como esperaba, al pequeño Oliveras. Se acercó a su mesa. El documentalista interrumpió su tarea y le invitó a sentarse. Tilo le explicó su bloqueo sobre quién podía haber alertado a los matones y Oliveras le respondió que podía haber sido cualquier vecino o transeúnte que hubiera visto al negro refugiarse en aquel coche. Las redes sociales sirven para muchas cosas, también para eso, le dijo.

Tilo abundó en la explicación de las pesquisas realizadas hasta el momento antes de preguntarle si era posible capturar la conexión a Internet, el wi-fi o como se diga, del escondrijo de seguridad de los malos en la primera planta del hotel Plaza Santana. Lo era. Para el pequeño Oliveras (pequeño en estatura) casi nada relacionado con la tecnología de las comunicaciones era imposible. Bastaba, le dijo, con realizar las operaciones indoloras convenientes desde el lugar correcto para conseguir la dirección IP y demás coordenadas de aquellos sujetos. Pero necesitaba tiempo y estaba a punto de terminar su jornada.

–¿Lo harás?

–Será lo primero que haga mañana –le prometió.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela.

Entre tanto, Merche se había sentado en su cubículo ante el ordenador y peleaba con el lenguaje intentando dar forma a una nota informativa dirigida a su señoría judicial sobre las últimas pesquisas. En su lucha con las palabras trataba conferir a la presunción la firmeza del conocimiento y a la casualidad la calidad del acierto probatorio. Sin desvelar más datos de los imprescindibles y, desde luego, obviando que conocieran la pertenencia al SIE de los presuntos autores de la muerte de Amadou (sin alusión a los demás negros asesinados), solicitaba dos cosas: una entrevista personal para ampliar la información si fuere necesario y una orden de detención de los integrantes de la presunta célula asesina.

Tilo se demoró intercambiando impresiones con la colega Fabiola, que le pareció adormilada en la pecera que compartía con Leo. Ambos llevaban la investigación del inmigrante muerto en el pasadizo Alcalá-Retiro y, según le confesó, tenían tantas pistas como el primer día: ninguna. Su pesimismo al respecto era equivalente al de su compañero, el inspector Leopoldo Riesco, quien, según le informó, había dado el caso por imposible ante la comisaria.

–Si gran jefa Gordimer no da el caso por cerrado se debe al qué dirán –añadió Fabiola antes de explicarle que la comisaria había asignado a su compañero la investigación de un presunto homicidio en La Moraleja, una urbanización de lujo en el municipio de Alcobendas, y la habían dejado sola con el “mono”.

–¿A quién mierda se le ocurrió el nombre de “caso Monos”? –le preguntó Tilo.

–¿Conoces a un tal Rosado? –preguntó ella a su vez.

Tilo contuvo el insulto contra el colega.

Gordimer está convencida de que no vamos a sacar nada en limpio en estos casos y que debemos encajar las críticas sin preocuparnos demasiado y esperar a que escampe.

–¿Eso dice? –se extraño Tilo.

–Eso dice Leo que dice –afirmó Fabiola–; tampoco se trata de dar palos de ciego e incurrir en detenciones ilegales como la del vigilante del Museo de Cera al que Rosado y Marcos implicaron en el homicidio del pasadizo de Recoletos.

–¡Ostras! No lo sabía –exclamó Tilo–. ¿Y si no escampa? ¿Y si siguen cayendo africanos?Vamos a ver qué dice Chipri.

Bajaron a la planta baja, territorio de la “pringue”, donde el comisario general de seguridad ciudadana, Pedro Chipriota, les informó de la desaparición de los negros sin techo de los pasadizos, zaguanes y aparcamientos de los distritos nobles de la ciudad. El término “noble” significaba para él “adinerado, rico, caro”. Se refería a los llamados Salamanca, Retiro, Chamberí, Arguelles, cuyos habitantes tenían fama de trabajar poco, vivir más años y mucho mejor que los de Vallecas, por ejemplo, votaban masivamente a las derechas, incluidos los neonazis, y pertenecían a la alta burguesía.

–Los negros están acojonados –les contó el comisario–, no se dejan ver por las calles de esos distritos desde hace quince días y los del top manta han desaparecido de las esquinas y los andenes del metro. Lo más curioso es que también los magrebíes se han evaporado de las zonas noble de la capital.

–¿Sabemos adonde han ido? –se interesó Tilo.

–Según la información de mi gente, tenemos un grupo de quince o veinte que no sale del parque del Retiro. Están congregados en tres subgrupos: junto al monumento del lago, en el pinar del sureste y en la entrada por la Cuesta de Moyano. Han organizado sus turnos de guardia nocturna para dormir tranquilos. Otros muchos se han trasladado a Lavapiés. Nos tememos que acaben a palos con los moros y los chinos, aunque por el momento los van aceptando. Hemos notado que también rulan por fuera de la M-30, en los barrios de Usera, Carabanchel, Villaverde y los respectivos polígonos industriales.

–¿Están dando problemas?

–De orden público ninguno, aunque nunca falta algún tendero quejoso por la venta ilegal de marroquinería. Pero de algo tienen que vivir las criaturas. Me he reunido con las asociaciones de pequeños comerciantes y les he pedido un poco de tolerancia para evitar mayores males.

–Acabarán matando a alguno, Chipri, seguro –dijo Fabiola.

–Lo que está pasando no es normal –repuso el comisario–, parece obra de sicarios, aunque vosotros tenéis mejor un poco mejor información.

–Un poco sería algo –dijo Fabiola.

–Todos sabemos, tú también, Chipri, que han saturado la atmósfera de basura contra los inmigrantes. Los bulos, las noticias falsas, las manipulaciones de la realidad y la ruindad política de los titulares de los grandes poderes ejecutivo y judicial están permitiendo, si no propiciando, una criminalidad sin tasa ni límite –afirmó Tilo.

–¿Quieres decir que vamos a tener más muertos?

–Eso me temo, Chipri; se ha abierto la veda de la caza del negro –reafirmó Tilo.

El supercomisario, con mando sobre dos mil policías, lo que en términos militares equivaldría a una brigada del ejército, evitó rebatir a Tilo, aunque deseó fervientemente que su pronóstico fuera exagerado. En sus mensajes a las asociaciones de vecinos y comerciantes les pedía tolerancia con los africanos, les explicaba que sus patrullas de uniformados hacían lo que podían, pero si les presionaban demasiado, los echaban de las calles, les quitaban la mercancía un día sí y otro también, corrían el riesgo de desviarlos a la delincuencia pura y dura, los robos, atracos, el tráfico de estupefacientes… la prostitución.

–Intentamos ser prudentes y equilibrados, pero los cañones del miedo y el odio disparan a larga distancia y comparto con vosotros el temor a que toda esa porquería que esparcen por las redes sociales acabe causando víctimas también en los barrios bajos.

–¿Temor fundado? –incidió Fabiola.

–De momento estamos en el nivel de pintadas –admitió el superjefe.

–¿Hay detenciones?

–Son muy hábiles –susurró el responsable de seguridad ciudadana, dando a entender que el tiempo de las consultas había terminado.

Cuando Tilo y Fabiola regresaron a la primera planta, la subinspectora Merche había terminado la nota para su señoría judicial y, a punto de concluir su jornada, solo esperaba el visto bueno de su compañero para remitirla por correo electrónico. A Tilo le pareció bien medida y correcta. Ella colocó la información reservada y la petición oficial de entrevista personal con la juez en la bandeja del email y pulsó la tecla de envío. A continuación se puso la chaqueta, se colgó el bolso al hombro y se despidió de Tilo y de Fabiola. Era implacable con los horarios y, salvo causa de fuerza mayor, no regalaba un minuto a la empresa. Por lo demás, los tres sabían que su señoría no leería la nota ni las solicitudes de los agentes hasta que le diera la gana.

C8.–Coincidencias a falta de pruebas

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

El recepcionista del hotel Plaza Santana, camarero del Picador y padre de familia numerosa Manuel Morata Perea condujo a Merche y a Tilo al cubículo del vigilante de seguridad, un joven fuerte y fornido, con uniforme paramilitar, aficionado al ajedrez y los videojuegos.

–Hola, Jon, estos señores son policías, están investigando un crimen y necesitan ver las grabaciones de las entradas y salidas del garaje la madrugada del sábado.

–Sin problema –asintió el vigilante sin mirar las placas policiales.

–¿Podremos ver también las imágenes de los sábados anteriores? –le preguntó Tilo.

–Por supuesto. Aquí guardamos las grabaciones de un trimestre y se da la casualidad de que no vence hasta el uno del mes que viene, así que están ahí –dijo, señalando al monitor.

–¿Las borráis después de tres meses? –se interesó Merche.

–No, no, las mandamos al archivo de la empresa y se conservan cinco años –dijo Jon el vigilante.

Morata se fue a sus quehaceres y el joven Jon les acercó unos taburetes al panel de consolas visibles en una gran pantalla. Tras una breve explicación sobre el funcionamiento de la video vigilancia, comenzó a manejar la moviola de la filmación correspondiente a la cámara de entrada y salida del garaje hasta que encontró las imágenes de la fecha y la hora indicada. Vieron bajar por la rampa un Ferrari SF90 rojo Burdeos, seguido de una BMV con dos motoristas encima.

–Parece un millonetti con churri a bordo y escolta detrás –comentó Jon.

Visionaron la secuencia varias veces a cámara lenta y Tilo anotó en su libreta algunos detalles de la vestimenta de los tipos, la hora impresa en la parte inferior de la grabación –las 3:50 de la noche que quemaron el coche del señor Árias con Amadou dentro– y las matrículas de los dos vehículos. A los motoristas, con las cabezas protegidas por los cascos, no se les veía la cara. Y la poca luz impedía distinguir con nitidez a los ocupantes del Ferrari.

Tilo buscó en Google el número de teléfono de la famosa (por sus multas) Dirección General de Tráfico y llamó para consultar quiénes eran los titulares de los vehículos cuyos números y letras de matrícula pronunció a continuación. Pero, maldita sea, la primera matrícula, la del Ferrari, figuraba protegida y, en consecuencia, no le podían aportar ese dato. Y la segunda, la de la moto, se hallaba también bajo la protección de la ley de secretos oficiales y ni siquiera con mandato judicial podían desvelar la identidad del titular físico o jurídico. Nada.

El inspector colgó y volvió a marcar. En esta ocasión eludió a la máquina que respondía con una agradable voz femenina y esperó hasta que pudo hablar con una funcionaria de carne y hueso.

–¿Entonces no hay manera de enterarse del nombre de los propietarios de esos dos vehículos? –Preguntó tras explicar su petición.

–Pues mire, no –respondió la voz natural.

–Pero supongo que si esos vehículos han sido utilizados para cometer delitos, la policía podrá saber a nombre de quién están.

–Pues mire, tampoco.

–¿Y qué podemos hacer?

–Nada, si está clasificado, nadie, ni siquiera nosotros lo podemos saber.

–O sea, que esto es como el futuro –dijo Tilo.

–Pues casi, casi; tendrá que solicitar que lo desclasifiquen y esperar la respuesta –respondió la funcionaria.

–Queda claro que los titulares de esas matrículas son espías del SIE –abundó Tilo.

–Pues mire, si. Bueno… eso creo yo, pero tampoco se lo puedo confirmar.

Tilo le agradeció el desliz (algo que una máquina jamás cometería, se dijo), miró con gesto resignado a Merche y al vigilante, que llevaba en la cazadora la insignia del dios egipcio de la visión, y se despidió de la funcionaria deseando que Horus le conserve la vista.

Permanecieron unos segundos indecisos, pero Merche solicitó a Jon que buscara las imágenes del sábado anterior. Con un poco de suerte podrían ver algo, pensó. La operación fue rápida e inútil a los efectos identificadores. Las secuencias de aquel sábado era clavadas a las del sábado siguiente y serían un calco del anterior. Con todo, Jon buscó estas últimas rápidamente. El joven vigilante vasco estaba intrigado por lo que había oído a Tilo y se hallaba en la mejor disposición de colaborar para desarticular aquel comando delictivo.

–¡No me jodas (con perdón) que tenemos un nido espías ahí atrás! –se sorprendió Jon.

–Eso parece, aunque a nosotros tanto nos da si son espías o astronautas; buscamos a presuntos delincuentes –repuso Tilo.

–¿Delincuentes protegidos por la ley…?

–Eso parece.

–¿Se puede saber qué han hecho?

–Supongo que has oído hablar de la muerte de los inmigrantes sin papeles –dijo Tilo.

–¿Esos negros?

–Sí, esos.

–¡Joder, la hostia! ¿Y yo que pensaba que eran directivos de una multinacional farmacéutica alemana o estadounidense?

–¿Por qué pensabas eso? ¿Has hablado con ellos? –le preguntó Tilo.

–Lo que es hablar, no, nunca; si alguna vez me he cruzado con alguno ahí abajo, lo he saludado como a cualquier otro cliente del hotel. Tienen su ascensor privado a cuatro metros del público. Y si, ahora que lo pienso, creo haber saludado alguna vez, buenos días o buenas tardes, a una mujer rubia mientras esperaba el ascensor. Era una tía alta, casi tan alta como yo, muy maquillada, recauchutada, con un busto impresionante y acento extranjero, alemán o así. Supongo que de ver el logotipo que tienen en una placa junto al elevador me dio por pensar que eran gente de una farmacéutica teutona. El logo es una gragea como la Bayer, pero en vez de cruz lleva un botón sobresaliente como una mama en el centro y unas letras despatarradas alrededor, supongo que el nombre de la empresa.

–Pues ya lo ves, amigo Jon, en estos tiempos casi nada es lo que parece y lo que parece no es –comentó Merche.

–Pues si son los asesinos, aunque no lo parezcan están acabados. Contad conmigo para echarles el guante… o lo que esté en mi mano –se ofreció Jon.

Merche le regaló media sonrisa.

En lo que Tilo le agradecía su desinteresada colaboración, el joven vigilante congelo una imagen de la secuencia que estaba repasando, alargó un cable hasta un ordenador portátil orillado en un extremo de la tabla a modo de mesa, conectó la clavija y transfirió la fotografía.

–Pongamos la lupa sobre esos mierdas –dijo.

A continuación recortó y amplió varias veces la imagen. Era el rostro mal iluminado del conductor del coche deportivo.

–¡Vale, vale! –ordenó Tilo.

–¡Que me aspen si no es Mandíbula de Hierro! –exclamó Merche al verlo.

–¡Por Júpiter, claro que es! –correspondió Tilo en referencia al coronel que se hacía llamar Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber cuál sería su verdadero nombre). El prominente mentón de aquel hombre lo hacía inconfundible. Por suerte para ellos había acercado la testa al parabrisas cuando entraba en la rampa, facilitando a la cámara fija grabar su rostro durante unos segundos, los suficientes para poder reconocer sus fauces.

–¡Bien por Jon! –exclamó Tilo, apretando el antebrazo del joven vigilante–. Nos has ayudado mucho y bien –añadió antes de pedirle que custodiase esas filmaciones por si las pedía el juez y de explicarle que el mejor modo de colaborar con ellos para capturar a esos tipos en el supuesto de que fueran los criminales que andaban buscando era avisarles con una llamada de teléfono si detectaba sus entradas a altas horas de la madrugada.

Tras despedirse de Jon se acercaron a la recepción y agradecieron la amable colaboración del patriota Morata, quien se alegró muchísimo de que sus sospechas comenzaran a verificarse y de que la colaboración del vigilante les fuera útil. Ya en la calle se dieron cuenta de que las sorpresas les provocaban aquel hambre canina de los tiempos de la universidad, cuando los dos andaban famélicos día y noche, así que no necesitaron consultarse la indicación al taxista.

–Vamos al Zarajos, en la calle Gaztambide –le indicó Merche.

Como en los viejos tiempos, un buen filete de hígado a la plancha les aportaría las proteínas, el hierro y la vitamina B que necesitaban para seguir rulando. Luego, mientras masticaban aquella carne blanda, color suela de zapato, amenizada con patatas crujientes y regada con cerveza tostada, fueron pasando del optimismo por el hallazgo a la fría realidad. Tilo sacó su libreta de notas, la colocó junto al plato, la abrió y, entre bocado y bocado, emprendió una lenta letanía de casualidades entre las actividades del nido de espías y la muerte de los negros. Sin probar la relación causa-efecto, las coincidencias comenzaban con la visita del coronel Dosbarrios, alias Mandíbula de Hierro, al Luci-Bombón. ¿Tenía razón el arabista Morales cuando le dijo que aquella visita no era casual? No podía saberlo, pero también era casualidad que aquel encuentro se produjera tres horas después de que él y Merche fueran asignados al caso Monos. ¿Era casual que sus compañeros de homicidios apenas hubieran realizado trabajo de campo, de búsqueda de testigos de aquellos crímenes, y que ni siquiera hubiesen interrogado al propietario del Peugeot en el que murió Amadou? Y desde luego, las coincidencias detectadas por el patriota Morata resultaban abrumadoras. ¿Qué hacer, por donde tirar?

Tanto Merche como él sabían que la concurrencia de actos, el albur y las casualidades eran elementos etéreos, con cero valor legal como indicios. Necesitaban un asidero, algo un poco más sólido a lo que agarrarse para caer sobre aquellos tipos. Repasaron el staff de los jefes superiores. Con la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, no podían contar. Con solo recordar su espanto cuando Merche se refirió a los servicios secretos sobre el silenciador y el veneno…

–Por cierto, ¿sabes cómo se llama ese veneno de los espías? –aprovechó ella.

–Le llaman Miloche, aunque su marca es Compuesto 1080, fluroacetato. Ninguna persona conocida ha sobrevivido a una dosis de más de cinco miligramos de esa sustancia para la que no hay antídoto conocido –la ilustró Tilo.

–Miloche… Espero acordarme cuando tengamos a ese monstruo entre rejas –dijo Merche antes antes de volver al margen de maniobra–: Está claro que la comisaria es impracticable, pero podría ser puenteable.

Tilo pronunció en voz baja los nombres del jefe zona, de la brigada central, del jefe superior, del delegado del Gobierno y hasta del director general. Eran todos de la misma cuerda política, una cadena de mando incompetente y discriminatoria que hasta hace poco, hasta que varios intelectuales de prestigio y sindicalistas de mucho peso elevaron su voz, atribuía la muerte violenta de los africanos a rencillas y venganzas entre ellos y se limitaba a tramitar los casos sin pesquisa ni investigación alguna.

–Por el escalafón ejecutivo tiene poco sentido puentear a la comisaria –dijo Tilo–. Por cierto que la muy… ni ha contestado a mi protesta por el nombre “caso Monos”.

–No esperes que conteste, es facha –añadió Merche.

El camarero les ofreció el postre de la casa: naranja o arroz con leche. Optaron por lo segundo.

–Quizá por la vía judicial –prosiguió Merche– podríamos conseguir permiso para arrestar a esos malincuentes y, con un poco de suerte, obtener también un mandamiento de entrada y registro de ese escondrijo.

–Me has leído el pensamiento –dijo Tilo–. Tendremos que trabajarnos a su señoría, sin olvidar al fiscal. Lo ideal sería tener algún indicio algo más sólido antes de acudir a hablar con ellos directamente.

Examinaron el asunto. La juez que se ocupaba del presunto homicidio de Amadou era una perfecta desconocida para ellos. El responsable de la acusación pública, más desconocido todavía. Aparte el atestado técnico, enviado de oficio, ellos sólo les habían remitido el primer resumen de las diligencias practicadas (testimonios) y habían recibido un escueto acuse de recibo por toda respuesta. Si ya resultaba difícil hablar con su señoría para formular una consulta telefónica, más difícil iba a ser concertar una entrevista. En general, los jueces no eran molestables, no admitían consultas por teléfono ni en persona. Tenían tanta labor que no podían perder un minuto de su precioso tiempo en disquisiciones con los investigadores. Aún así, decidieron intentarlo.

Antes de cerrar su libreta de notas y guardarla en el bolsillo, el inspector leyó la palabra “Alpargata” y recordó haberla escrito porque la cámara del garaje del hotel registró la marca y el color tinto de las zapatillas de uno de los motoristas y le parecieron idénticas a las del saltarín del autobús. ¿Paranoia o enésima coincidencia?