NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.
El reloj biológico le jugó una mala pasada. Le despertó la musiquilla zarzuelera del teléfono móvil, olvidado en el bolsillo del pantalón. Se incorporó, lo extrajo a toda prisa. Era su colega Merche.
–Perdón, compañera, me he dormido –dijo al ver la hora: las nueve de la mañana.
–Estas cosas ocurren cuando el cuerpo y la mente necesitan descanso –contestó ella en un tono irreconocible, pues solía mostrarse inflexible con el horario.
–¿Alguna novedad en la reunión de las ocho? –preguntó él.
–Nada nuevo, cinco minutos, un café y cada mochuelo a su olivo. Ah, y Górdimer no ha venido; se ve que también se le han pegado las sábanas.
–Me afeito, saco a Mingus y voy para allá –dijo Tilo con voz apresurada.
–Tranquilo. Te he llamado para que sepas que el garbanzo se ha ablandado. ¿Qué hacemos con él? –dijo en alusión al tabernero Julio Arias.
–¿Te ha dado algo útil?
–Creo que si. Tengo la impresión de que el calabozo ha sido una medicina para su memoria.
–Déjale que se vaya –resolvió Tilo.
–Estu…pendo. Hay tres mujeres esperándole, se alegrarán de verle libre.
–Sin duda, Merche, sin duda –repuso el inspector imaginando el chorreo de la esposa y las dos hijas al buen Arias. “Sólo a un gilipollas como tú –le dirían– se le ocurre dejar el coche a un negro para dormir. Hay que ser muy tonto, un tonto de remate para hacer lo que has hecho. ¿Y si te lo roba? ¿Y si atropella a alguien? ¿Y si tiene un accidente y mata a alguien? Tontaco es poco, hay que ser imbécil, pero muy imbécil. Y encima dejarle el cuarto de baño privado y darle de cenar y ¿qué más Julio, qué más? Seguro que le diste dinero, que le compraste ropa, ¿a que sí?”
En lo que se afeitaba, Tilo recordó las admoniciones de su querida madre a su amado padre, que en paz descansen. Sonrió para sí al evocar los castigos que ella le imponía mientras arrugaba la nariz una, dos, tres veces. No solo le castigaba con encargos, tareas de limpieza en la casa y otros menesteres, sino que, según le contó cuando alcanzó la edad del discernimiento, “cada vez que tu madre pliega la nariz quiere decir una semana sin sexo”. Entonces, cuando había palabras altas, él se fijaba y la nariz de la madre. Llegó a contar vedas de un mes sin follar.
–Eso sí era fastidiar, ¿verdad Mingus?
El cócker movió el rabo como si le diera la razón.
Una hora después, ya en la central policial, Merche le informó de las aportaciones del señor Arias. Eran presunciones y sospechas. Ninguna certeza. Pero Merche las consideró válidas porque le parecieron sinceras.
–Además, mejor esto que nada –añadió, colgándose del brazo de Tilo.
Se pusieron en marcha hacia la plaza de Santa Ana, donde el empleado del turno de meriendas y cenas del señor Arias, el camarero Manuel Morata, realizaba su jornada laboral en el lujoso hotel que dominaba aquella plaza presidida por la estatua con ojos sin niñas de don Pedro Calderón de la Barca. Lo encontraron sin esfuerzo. Era el recepcionista.
–¿Nos concede unos minutos? –le pidió Merche, placa policial en mano.
–Faltaría más –respondió Morata– ¿Cuántos minutos quieren?
–Eso depende de usted –contestó Merche.
El recepcionista colocó en su lugar a un botones uniformado y les condujo por un pasillo mal iluminado hasta una saleta que olía a huevos fritos y tenía las paredes empapeladas con hojas de periódicos sabanos de Londres, Washington y Nueva York, una alta estantería con anaqueles de madera llenos de libros en español, inglés y francés y una larga mesa con cinco sillas a cada lado. Antes de invitarles a sentarse les preguntó si deseaban tomar algo, a lo que Merche dijo que le vendría bien un café con leche desnatada. Morata lo encargó junto con una jarra de agua y cuatro vasos, a través de un telefonillo vertical pegado al marco de la puerta, y luego se sentó.
–Soy todo suyo –dijo.
Tilo correspondió a la cortesía del recepcionista interesándose por su extensa actividad laboral y éste afirmó que las catorce horas diarias de trabajo (ocho en el Santana y seis en El Picador) a duras penas le proporcionan cumquibus suficiente para sacar a su prole adelante.
–¿Cuántos hijos tiene?
–Tres chicos y dos chicas de entre seis y dieciséis años –dijo Morata.
–Pues si, amigo, se necesita un buen salario para alimentar tantas bocas.
–Entre el carro del supermercado, la ropa, el calzado, las matrículas, los libros, el material escolar y demás y demás… Pero si no engrandecemos a la patria, seguirán llegando de ahí abajo y acabarán apoderándose de ella.
–Me parece un poco exagerado, Manuel –dijo Tilo.
–Pues a mí me parece que no exagero; ya hay barrios enteros donde se cuentan más sudamericanos, moros, negros, rumanos, chinos y de todos esos de los países de la fenecida Unión Soviética que españoles –repuso Morata.
Merche aprovechó la entrada del camarero para girar la cabeza y lanzar una mirada de aviso al colega, que respondió con el parpadeo de “mensaje recibido”.
–Si a eso le añades la inflación de homosexuales y lesbianas que padecemos, ya me contarás de quién va a ser España dentro de veinte o treinta años –agregó Morata.
Tilo se encogió de hombros, esperando que Merche captara el mensaje, y replicó al recepcionista:
–Ya veo, amigo Manuel, que no te gustan los inmigrantes y que seguramente eres de los que creen que nos quitan el puesto de trabajo, se acuestan con nuestras mujeres, violan a nuestras hijas, se organizan en bandas para robar, matar, vender drogas, cometer atentados…
–No, no es eso, aunque vosotros conocéis mejor que nadie todo en ese mundo delictivo; lo que yo digo es que con tanta afluencia de inmigrantes y con una tasa de nacimientos cada vez menor, nuestra patria va a cambiar de manos y nuestra identidad se va a ir al carajo en muy poco tiempo.
–Y eso te da miedo.
–No me gusta.
–Lógico, a nadie le gusta que le quiten la identidad –le concedió Tilo–. ¿Pero te has preguntado por qué los ricos, esos grandes patriotas, siempre envueltos en la bandera de la patria, no tienen más hijos?
Merche se llevó la taza de café a los labios y volvió a mirar fijamente a Tilo para indicarle que dejara la demografía y fuera al grano.
–Claro que me lo he preguntado, señor Tilo: son unos putos egoístas. Y encima, para no estropearse, las señoritas van al extranjero a alquilar mujeres gestantes que den a luz por ellas. Es como si de los avances de la ginecología solo les importara la estética; ni barriga ni complicaciones ni incordios del embarazo, del parto… sin dolor. Vientres de alquiler y punto pelota.
El inspector se hallaba impresionado por el lenguaje ágil y la capacidad de respuesta de aquel tipo de cuello corto y grueso, al que calculó poco más de cuarenta años, uno sesenta de estatura, el pelo negro, engominado, los ojos oscuros y la mirada inquieta. Le habría gustado profundizar en sus ideas patrióticas y evaluar su catadura reaccionaria, pero Merche carraspeó en falso.
–No estamos aquí para hablar de política demográfica –terció la subinspectora mirando de reojo a Tilo y clavando la vista en Morata–, sino para que nos hables de Amadou.
–Ya me avisó mi jefe Arias de que vendríais a preguntarme sobre el negro muerto.
–Asesinado –puntualizó Merche.
–Si, una pena. Era un buen chico.
–¡Pero hombre, si te molestan los negros!
–Me fastidia que vengan tantos, pero reconozco que Amadou era un buen chaval, muy servicial y trabajador. Andaba un poco asustado por la muerte de otros negros que dormían en la calle. Le aconsejé que se fuera a Lleida, a la zona del Segre, donde encontraría bastantes congéneres de su raza y podría trabajar dos o tres meses en la recogida de la fruta. Pagan muy poco, pero pagan, y entre tantos negros se encontraría más seguro y a gusto. Mi jefe Arias también le animó a irse a Cataluña y le ofreció dinero para el viaje.
–¿Por qué no se fue?
–Bueno, él conocía bien el trabajo del campo, había estado en los plásticos de los frutos rojos en Huelva y en las campañas de invierno en el Poniente almeriense. No creo que le importara trabajar, pero según me dio a entender, dudada de que los gambianos, en su mayoría mandingas, le acogieran tan bien como suponíamos. Tenía miedo y quería largarse, desde luego, aunque decidió esperar unos días a ver si le llegaba la respuesta de su primo hermano, que residía en Marsella y de la noche a la mañana, sin saber por qué, había dejado de comunicarse con él. Ni su teléfono daba señales de vida ni le llamaba. Temía que algo malo le hubiera sucedido. Le escribió una carta y estaba esperando la respuesta, que debía de llegar al Picador, cuando lo calcinaron en el coche de mi jefe.
–Eso nos contó el señor Arias, quien también se refirió a ti diciendo que sabías cosas que podían resultar interesantes para aclarar el crimen –dijo Merche.
–Bueno, no sé yo si les servirá de algo, pero aquí se ven y oyen cosas –dijo Morata, moviendo las pupilas en todas direcciones.
–Aquí… ¿Te refieres al hotel?
–Si, al hotel.
–Explícate –dijo Merche con voz imperativa.
Acostumbrados a los testigos creativos, ninguno de los dos investigadores de homicidios le preguntó qué tenía que ver aquel negro que limpiaba los cristales por la mañana y las mesas y el suelo por la noche en la Taberna El Picador con el lujoso hotel donde Morata fungía a jornada completa. “¿A ver por qué cerro de Úbeda se descuelga éste?”, se preguntaba Tilo.
–Primero os cuento el contexto –prorrumpió Morata–: el hotel tiene habitaciones alquiladas todo el año a algunos clientes que no las utilizan casi nunca; hay además cinco piezas estratégicas, siempre disponibles, por si ocurre alguna emergencia y, finalmente, tenemos un cliente institucional, por llamarle de alguna manera, que ocupa cuatro alcobas en el pasillo interior de la primera planta, dos como oficina y sala de reuniones y las otras dos, comunicadas entre sí, para descansar y algo más. Esas habitaciones están aisladas del resto por un tabique y una puerta blindada en el pasillo interior de la primera planta. Son como un refugio, un piso de seguridad para esa gente. Los usuarios aparcan sus vehículos, casi siempre cochazos de alta gama y motos de gran cilindrada, en un espacio acotado del garaje y entran y salen por un ascensor privado. Poseen su propio servicio de limpieza y la recepción carece de llaves de esa zona del hotel. Aunque solo detectamos la presencia de esos tíos y tías por los coches, sabemos que mantienen reuniones nocturnas y realizan algún tipo de actividad o teletrabajo por ordenador.
El recepcionista acariciaba el vaso con agua mientras hablaba. Hizo una pausa y lo elevó hacia sus labios. Después de un trago largo, seguido de dos más breves, expuso sus presunciones y sospechas.
–A lo peor no les sirve para nada, pero hay dos cosas que me llevaron a relacionar a esos inquilinos con la muerte de los negros. Una es la coincidencia de los asesinatos con las reuniones nocturnas que mantuvieron aquí esos sábados después de los crímenes, a altas horas de la noche. Pregunté al recepcionista senior que hacía el turno de noche antes de que se jubilara y me aseguró que nunca había visto otro tal y que esos tipos no solían aparecer por aquí los fines de semana. Tampoco el vigilante nocturno había registrado tanta actividad antes de que empezaran las muertes de los negros.
–¿Podrían ser sicarios de alguna mafia de tráfico de drogas y de personas que se encargaran de liquidar a los deudores?
–No digo que no, aunque por lo poco que he podido ver parecen más bien ejecutivos agresivos o directivos y expertos en bolsa de algún grupo societario estadounidense, británico o alemán. La verdad es que me importaba un rábano de qué empresa fueran y a qué se dedicaban mientras no interfirieran en la vida y la dinámica del hotel. Bueno, me importaba un bledo hasta que ocurrió lo de Amadou.
–¿Cuántos se reunían aquí las noches de las muertes de los africanos?
–Tenemos constancia de que venían al menos cuatro. Dos llegaban en un Ferrari y los otros dos entraban inmediatamente detrás en una moto de alta cilindrada.
–¿Cual era esa segunda cosa que le indujo a relacionar a los inquilinos con los crímenes?
–Otra coincidencia. Pero muy, muy extraña. Resulta que la noche que quemaron a Amadou, esos inquilinos llamaron a la recepción del hotel. Les cogí el teléfono. Y para mi sorpresa dijeron si podía hacerles el favor de llevarles cuatro carajillos. Bueno, ellos dijeron café con whisky Les contesté que sí. Dada la hora, algo más de las cuatro de la madrugada, todo el personal operativo éramos el vigilante y yo. Pasé a la cafetería, hice los carajillos, los puse en una bandeja y se los subí hasta la puerta del pasillo. Golpee con los nudillos y me abrió un tipo joven, de rostro redondo, con una barbita negra y rala que parecía una cerca de alambre de espino. Le entregue la bandeja con las bebidas y oí que estaban hablando dentro de la habitación. No me enteré de lo que decían ni me importaba, pero en un instante alguien dijo: “Peugeot en llamas”. Recogí el importe de los carajillos y dejé la bandeja en el suelo, al otro lado de la puerta, para que depositaran los vidrios y la vajilla cuando terminasen. Eso fue todo. Pero unas horas después, cuando me llamó Arias con la noticia de que le habían quemado el coche y el pobre Amadou estaba dentro, me quedé más pasmado que Felipe IV ante Marfisa. Mi sorpresa y mi pena fueron inmensas. El bueno de Amadou había escapado de las llamas en las chabolas onubenses, pero no acertó a salir a tiempo del Peugeot. Fue entonces cuando me acordé de las palabras que oí en el pasillo de los inquilinos. Podían haber dicho coche, pero no dijeron coche, sino Peugeot, Peugeot en llamas. ¿Cómo sabían esos la marca del coche si a esa hora ningún medio de comunicación había dado la noticia?
–Me pregunto por qué no comunicaste esa circunstancia a la policía –incidió Merche.
–¿Verdad que debí decírselo cuanto antes?
–Nos ha jodido, Manuel, pues claro.
–Me dejé guiar por Arias. Se lo conté esa tarde cuando llegué a trabajar y me dijo que esperase a que vinieran los maderos, que debían de estar a punto de caer. Pero pasaron las horas y no aparecieron, pasó el domingo y tampoco. Por la Taberna del Picador no asomó un policía hasta que llegasteis vosotros el lunes a media mañana, pero yo no estaba y se ve que él echó en saco roto o no se acordó de lo que le conté hasta que le dejasteis a dormir en el calabozo.
Merche apuró el café, miró a Tilo con una chispa de optimismo y se cuestionó las incógnitas que Morata había dejado sobre la mesa. ¿Cómo sabían que el coche en llamas era un Peugeot y no, por ejemplo, un Renault? La subinspectora deseaba que el testimonio de aquel hombre fuera bueno.
–¿Hay algún modo o manera de ver a esos sujetos para poder identificarlos? –le preguntó.
Morata asintió y dijo que la cámara del garaje graba las entradas y salidas de los vehículos las veinticuatro horas del día.
–¿Podemos echar una ojeada?
–Claro que sí.