NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.
De vuelta a casa, Tilo aprovechó el trayecto en el autobús para repasar la jornada como solía hacer a diario. Un día más sin un indicio en el caso Monos. ¿Era posible que nadie hubiese visto nada en ninguno de los cuatro crímenes? ¿Era creíble que las pesquisas en los pubs, boites y discotecas nocturnas de las zonas en las que fueron perpetrados los asesinatos a sangre fría no hubieran reportado datos válidos sobre los presuntos autores? Apostaría cualquier cosa a que aquellos perros salvajes eran una camada de ultraderechistas emanados de familias bien o, como solía decir el jefe del Gobierno, “gente de bien”, convenientemente dirigida y protegida.
Ni siquiera los análisis de balística habían aportado datos válidos sobre los dos proyectiles alojados en la testa y el pecho del negro asesinado en el pasadizo de Colón y, al parecer, percutidas por una pistola con silenciador. ¿Quién podía tener un arma con silenciador? Los sicarios de organizaciones criminales y terroristas, pero también los militares, guardias, guardas, policías y ciudadanos con licencia de armas que quisieran disparar sin hacer ruido. El espectro era tan amplio que el dato no valía ni para tacos de escopeta. Si al menos los asesinos hubieran dejado algún casquillo en el lugar del crimen, los investigadores podrían saber qué arma utilizaron.
Recordó la cara de asombro de la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, cuando en la reunión informativa de las ocho de la mañana, Merche sostuvo que había algo en común entre el negro baleado en el pasadizo de Colón y el apiolado meses atrás con una inyección letal en el parking de la terminal internacional del aeropuerto. Y a continuación expuso la hipótesis de que si la sustancia empleada para paralizar en diez segundos el corazón y el cerebro del joven del aeropuerto era la misma que utilizaban los agentes de los servicios de inteligencia como solución final para evitar las torturas y morir sin revelar la información a los captores, el silenciador de la pistola empleada en el paso subterráneo podía tener la misma procedencia.
La presunción de Merche provocó un respingo de rechazo y disgusto en la comisaria. El inspector Rosado se unió a la jefa. En cambio, los colegas Leo, Marcos y Fabiola aceptaron la hipótesis de trabajo, manifestando que cualquier coincidencia podía aportar pistas. A él le habría gustado añadir algún dato relacionado con los procedimientos de los asesinos, pero a la víctima del subterráneo de El Retiro, bajo la calle de Alcalá, le escacharon el cráneo con un bate de béisbol y al muerto en Cibeles le cortaron la yugular a la altura del pescuezo. Ni los peritos policiales ni los del Instituto de Medicina Legal encontraron algo que les permitiera tirar del hilo. En el caso que les tocaba a ellos, el muerto en el incendio del coche del callejón sin salida junto a la Avenida de los Toreros, los forenses no parecían tener ninguna prisa.
Con todo, frente a la perplejidad de la superiora y del colega Rosado, respaldó la hipótesis de Merche en el sentido de que los crímenes podían estar dirigidos por elementos operativos de los servicios secretos. Tilo no recordaba cuáles fueron sus palabras, pero se esmeró en explicar que el uso de la “inteligencia” era una hipótesis tan verosímil como aquella que querían creer todos de que se trataba de rencillas, por no decir guerras, entre ellos, no se sabe por qué. Al inspector Tilo le daba en la nariz que aquellos crímenes eran obra del mismo autor intelectual (uno o varios) con algún tipo de cobertura… Iba a decir “política”, pero se abstuvo añadir porquería a una noble actividad ya bastante envilecida por individuos corruptos y prácticas mafiosas.
La comisaria Górdimer se sulfuró al rebatir la hipótesis de que el SIE (solo ella mencionó esas siglas) estuviera detrás de aquellas muertes. Y a renglón seguido exigió detenciones. Pero los gestos de desazón e impotencia de los agentes la llevaron a rebajar el tono y al final no exigió, sino que imploró algún arresto para rebajar las críticas y reducir la alarma social. Entonces Merche dijo que tenían un sospechoso. Y en cuanto acabó la reunión, envió una patrulla de seguridad ciudadana a buscar al señor al señor Arias con el fin de realizar una diligencia formal. Del interrogatorio y la decisión de tratar a aquel hombre como a un garbanzo, Tilo dedujo que su compañera Merche era una buena sofista.
Ya en la parada, el policía secreto ayudó a una gestante avanzada a salvar el escalón del autobús. Luego, cuando el bus partió, contempló, perplejo, la arriesgada operación de un tipo que contuvo el cierre automático de la puerta y saltó a la acera. Se ve que se había despistado y prefería partirse una pierna a caminar el kilómetro que lo separaba de la siguiente parada. Más de una vez también él, embebido en sus elucubraciones o en la lectura de John Grisham, Michael Connelly y otros maestros del thriller, entre los que le parecían admirables los novelistas españoles Julia Navarro, Domingo Villar, Mikel Santiago…, se había pasado de parada, aunque nunca le había dado por emplear la fuerza con las puertas de acordeón del autobús para saltar y pegarse una costalada.
Tilo se fijo en el saltarín: uno setenta, pelo al cero, barba negra recortada en pico, unos treinta y cinco años de edad. Vestía ropa de marca (pantalón de loneta fina y chaqueta camisera de leñador, aborregada por dentro) y calzaba esas modernas alpargatas elásticas, tan elegantes como los zapatos de piel curtida de vaca. No la pareció un trabajador del comercio o de la industria, como tantos en el barrio, sino de la burocracia y las artes blancas, con jornada de seis horas más dos de gimnasio.
Subió a casa, abrazó al efusivo Mingus y lo sacó al parque. Dejó al canelo enredar y correr con sus congéneres por la campa de los pinos y después de un rato le calcó la correa y se dirigió con él de ramal a la terraza del Dulce para saludar y echar unos párrafos y una birra, como de costumbre, con el amigo Morales.
–Tengo algo para ti –dijo el arabista en cuanto Tilo se sentó. Ese algo eran los datos que había podido recabar sobre el coronel Dosbarrios–. Al parecer –prosiguió– es un jefazo importante en la estructura del órgano central del SIE.
–Si es jefazo es importante y no se moja.
–Los operativos sí intervienen –dijo Morales–. A diferencia de los jefes de análisis, presupuesto, administración, formación y misiones exteriores e interiores, los operativos actúan sobre el terreno y van poco a la central. De hecho solo acuden cuando tienen reuniones entre ellos. Por eso, el otro día, cuando me diste el nombre de Martín Dosbarrios y me dijiste que era coronel, no me sonaba de nada, pero esta mañana me he enterado que le llaman Mandíbula de Hierro y dispone de una secretaria y un despacho en la tercera planta.
–¿Mandíbula de hierro?
–Si, y le atribuyen un cierto parecido mandibulario con los neanderthalensis –dijo Morales.
–Si, es ese personaje –afirmó Tilo, recordando que también a él le llamó la atención las prominentes mandíbulas de aquel tipo la vez que le vio con los de información antiterrorista en el Luci-Bombón–. ¿Qué más me puedes decir de él?
–Muy poco. Parece ser que tiene sus propios grupos operativos y que también realiza cometidos de reclutamiento de los futuros agentes en el ámbito civil. Por lo visto, antes los extraían del Ejército, la Policía y la Guardia Civil, pero hace dos décadas decidieron civilizar el espionaje e introdujeron una cuota de civiles.
–¿Y el coronel Neandertal se ocupa de captarlos y tutelarlos? –quiso cerciorarse Tilo.
–Eso me han dicho.
–¿Tienes alguna posibilidad de enterarte de si algún pupilo operativo del coronel se dedica a la cuestión migratoria?
–Ya sabes que las misiones operativas son ultrasecretas.
–Ultras, desde luego –musitó, resignado, el inspector.
–De todos modos, me quedo con la copla –dijo Morales.
–Y si puedes echar algún anzuelo en aguas tranquilas, sin riesgo…
–En ese lugar todas las palabras tienen riesgo. Hasta en la cafetería te vigilan, observan si saludas a uno, si hablas con otro… Lo único que puedes hacer es aplicar el oído periférico e intentar captar algo.
La llegada de Frantiska distendió la conversación. Mantenían el acuerdo de no hablar de cosas feas, incluido el trabajo en aquellas sentadas de apenas una hora al atardecer, la hora de los perro le decían.
–Adivina adivinanza –prorrumpió la checa mientras Tilo alzaba la mano llamando al camarero–: Llueve, hace frío, no hay taxis… ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?
El inspector pidió al veterano camarero el consabido bitter Kas para Frantiska.
–Muy fácil: estamos hablando de la “sintaxis”. Ahora yo –atacó–: adivina en qué piensa una profesora con hipo mientras lee una tesis.
–En la hipótesis.
–¡Bien por Frantiska!