C4.–Garbanzo en remojo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Tilo Dátil agarró a Merche del brazo, salieron de las dependencias, caminaron hasta la parada de taxis y quince minutos después estaban en el lugar de los hechos. Habían transcurrido setenta horas desde el incendio del coche, ocurrido a las 03:20 de la noche del sábado, y en el escenario del crimen solo quedaban las huellas de los efectos del fuego sobre la grasa, el aceite y los neumáticos del coche. Los bomberos habían evitado mayores daños.

–Tuvimos suerte de que estuviera ese contenedor de cascotes de obra, que si no nos quedamos sin coche –dijo una vecina que tenía su automóvil detrás del siniestrado.

Hablaron con diez o doce residentes en las viviendas de un lado y otro de la estrecha calle donde ardió el auto, pero ninguno pudo aportar datos sobre merodeadores ni, mucho menos, agresores. Dada la hora del suceso, todos los vecinos dormían. Algunos sabían que dentro de aquel Peugeot, cuyos restos habían sido retirados por los servicios municipales, encamaba desde hacía un mes, quizá dos, un desconocido. Pero ninguno de los que dijeron haberlo visto había cruzado una palabra con él. Desconocían de donde venía, cómo se llamaba y adonde iba. Un funcionario de baja por enfermedad lo describió como un hombre de color, un joven que no molestaba a nadie, un tipo que llegaba por la noche, se metía en el coche a dormir y salía a primera hora de la mañana con sus calderos de plástico y sus aperos de limpiar cristales. “Como tantos otros parias de la tierra, se ve que no ganaba para pagar un alquiler, comer, vestir y enviar dinero a casa”, dijo aquel vecino. En cambio, una mujer enjoyada que salía del portal cercano dijo a Merche que claro que había visto al “negrata” que dormía en el coche quemado. Y cuando la agente le hizo saber que “el negrata”, como ella decía, había muerto en el incendio, ni pestañeó. Por el contrario exclamó: “¡Me alegro!” Luego, como si quisiera corregir su barbaridad, añadió: “Me molestan los fumadores”.

–Sobre todo si son negros, ¿verdad? –dijo Merche.

–Pues sí –respondió la mujer enjoyada, quien se despidió a toda prisa aduciendo que llegaba tarde a la peluquería. Aunque el cabello de las mujeres era muy importante y Merche se mostró comprensiva, no olvidó que aquella residía en el tercero izquierda, se asomó al portal, se acercó a los buzones y anotó los nombres que figuraban en la pestaña correspondiente.

También Tilo escuchó la consabida alusión despectiva hacia las personas de otro color por parte de dos vecinos que, cada cual por su lado, demostraron la misma longitud de onda. “Esos negratas vienen a delinquir, violar y vender droga”, dijo uno. “Ya sabía yo que el negro ese del coche no traía nada bueno y, mire, nos ha ahumado la casa”, dijo el otro. La conclusión era una hipótesis de trabajo: cualquiera que supiera donde dormía el inmigrante fallecido podía haber avisado a los perros rabiosos que acudieron a prenderle fuego.

El propietario del vehículo siniestrado regentaba la taberna El Picador, situada en la cercana Avenida de los Toreros. Se mostró asequible y dispuesto a colaborar en lo que hiciera falta para aclarar la muerte de Amadou, por el que sentía una gran pena, pues era un joven amable, servicial y bien dispuesto al esfuerzo. Eso dijo.

–¿Amadou qué más? –Le preguntó Merche.

–Ahí pincha en hueso; no se lo pregunté ni me lo dijo ni creo que tuviese documentación que acreditara los apellidos –contestó el tabernero, que respondía al nombre de Julio Arias y mostró su extrañeza por la tardanza de la policía, tres días, en venir a interrogarle–. Ya sé que tienen faena, pero mayor diligencia les suponía aunque el fallecido fuera negro.

Encajaron el golpe con deportividad.

–Por mucho que corramos no le vamos a resucitar; con evitar que liquiden a otros nos damos por satisfechos –adujo Tilo.

–Si, que menuda racha llevan –dijo el tabernero.

–Bueno, señor Arias, nos gustaría hablar tranquilamente con usted en un sitio más discreto –dijo Merche.

El local se hallaba habitado por media docena de parroquianos, distribuidos ante la barra de mármol y algunas mesas rústicas con taburetes de madera. El tabernero hizo una señal a la cocinera para que echara un ojo a la barra y les invitó a pasar a un salón lateral con un arco de medio punto sin puerta y un letrero en las baldosas laterales que decía: “¡Derecho al toro!” Se sentaron en torno a una mesa del fondo y Merche pidió al señor Arias que les contara todo lo que supiera de Amadou, a lo que el tabernero manifestó que procedía de Mali, había caído por allí hacia cosa de dos semanas y tenía el propósito de llegar a Francia, donde, al parecer poseía algún familiar y conocía a varios de su tribu, residentes en Marsella.

En respuestas a los agentes, Arias dijo que el negro era un tipo de veinticinco años. Lo vio por primera vez el día que limpió los vidrios y la puerta emplomada del establecimiento. “Recuerdo que había llovido durante la noche y el escaparate estaba hecho una pena. Cuando acabó la faena, se asomó, me miró con una expresión un poco tímida, como huidiza, y dijo: “¿La voluntad?” Le dije que pasara y le pregunté si quería tomar algo, un café, un té, un croasant… No, solo algún euro. Sólo hablaba francés, pero esas palabras –voluntad, euro y unas pocas más– las sabía en castellano. Le largué un billete de diez euros y no vean lo contento que se puso. Como que me quería besar el tío. A continuación me pidió permiso para entrar al lavabo, se aseó un poco las manos y la cara, puso agua en el caldero de plástico que llevaba con las guías de goma y esponja, salió, agarró la escalerilla y se despidió inclinando varias veces la cabeza y diciendo “mersí, mersí”. ¿Qué quieren que les diga? Me cayó bien. Limpiaba escaparates, pedía la voluntad, en algunos comercios le daban algo, en otros, nada. Y en determinadas sucursales bancarias, menos que nada: le amenazaban para que se largara. Y fíjese si sería buena gente que incluso a esos, los de seguridad de los bancos, les daba las gracias inclinando la testa en señal de respeto. Eso lo vi yo. Para que luego digan que si los inmigrantes tal, que si los negros cual”.

–¿Sabe si Amadou fumaba? –Inquirió Tilo.

–Claro que lo sé: no. Le prendieron fuego, lo mataron, si es eso lo que quiere saber.

–Eso creemos nosotros también. Lo podían haber liquidado en cualquier sitio, pero se da la circunstancia de que lo mataron en su coche –dijo el inspector.

–Todo tiene explicación –contestó Arias.

–Espero que sea convincente –dijo Tilo.

–Yo mismo le di las llaves del coche –afirmo el tabernero antes de explicarles que aquella noche, cuando cerró el establecimiento y se dirigía a su casa, vio al negro recostado en un banco de la calle. Se acercó a él, lo saludó, comprendió que no tenía donde dormir. Y puesto que amenazaba lluvia, le ofreció su coche como refugio. Amadou lo aceptó encantado, se ajustó la mochila, agarró los bártulos y le siguió hasta la calleja cercana donde tenía el Peugeot aparcado. Eso fue todo.

Si no lo llevó a su casa –añadió el bondadoso Arias– fue para evitar el rechazo de su esposa y porque sus dos hijas, de veintidós y veinticinco años, viven allí. A la mañana siguiente, Amadou acudió a devolverle la llave del coche y limpiar los cristales. Después, los días que siguieron, el inmigrante se personaba a última hora –pasadas las diez de la noche– en la taberna El Picador, se sentaba en algún taburete donde no estorbara y cuando Manuel Morata, el camarero de meriendas y cenas, o el propio Arias, salían a bajar a media asta las persianas metálicas, agarraba la cubeta con agua y jabón, empuñaba el estropajo y la bayeta y limpiaba todas las mesas, que no eran pocas, sino doce. A continuación barría las dos piezas de la taberna típica. Y después cogía la fregona y, con esa mezcla explosiva de agua, jabón líquido desengrasante, un chorro de amoniaco y otro de lejía, fregaba las baldosas. El resultado –afirmó el tabernero– era brillante, higiénico, con olor a limpio.

–Puede ahorrar esos detalles domésticos –le sugirió Merche.

–Para que luego digan que son vagos y solo vienen a delinquir –justificó Arias.

–De acuerdo, siga –susurró la subinspectora.

–¿Sabe o cree usted, señor Arias –terció Tilo– si Amadou era o podía ser terrorista?

–Ni de coña podía ser terrorista un chaval tan afable y tan bueno.

–Le dijo que se iba a ir a Francia, pero no acababa de irse… ¿Sabe por qué?

–Me dijo que su familiar en Marsella no respondía al teléfono; creía que le había sucedido algo. Le escribió una carta y mientras esperaba que llegara la respuesta aquí, a la Taberna El Picador, sobrevivía como les he contado.

–¿Le comentó si tenía algún proyecto de vida aquí o si pensaba volver a África si ese familiar no le contestaba? –incidió Merche.

–Su plan no era volver a Mali, sino al sur, a Andalucía, donde había trabajado en los invernaderos de frutos rojos. No sé si saben que los esclavizan, les meten jornadas de sol a sol debajo de esos plásticos y les pagan menos todavía que a los negros del Penedés… Es lo que yo le dije: vete a Cataluña, Amadou.

Tilo apuntó algo en su libreta de notas. Luego, ya en las dependencias, pidió a Oliveras, el documentalista del grupo de homicidios, que le proporcionara lectura para aquella noche.

La primera conversación con el señor Arias sirvió a los agentes para hacer saber a los funcionarios de la embajada de Malí en Madrid Astan y Seydou (anotaron sus nombres) que los restos del súbdito o ciudadano de su país (más bien lo primero) se hallaban en el depósitos de los cadáveres sometidos al escrutinio de los especialistas en medicina legal. Tuvieron la impresión de que el muerto les importaban un bledo, y aunque aportaron el nombre y la aldea del finado, salieron de las dependencias de aquel país torturado por una guerrilla criminal llamada Boko Haran (secuestraba, torturaba y mataba sin piedad) y por un régimen dictatorial militar despiadado apostando a que aquellos empleados públicos no moverían un dedo para que la información llegase a la familia de Amadou.

La segunda conversación con el tabernero Arias tuvo lugar pocas horas después de la primera en las dependencias policiales. Fue un interrogatorio en toda regla. Le leyeron los derechos como si estuviera detenido, le dijeron que podía solicitar la asistencia de su letrado o de un abogado de oficio. Ni uno ni otro. Arias estaba sorprendido por el comportamiento de los agentes, les pedía explicaciones por una decisión que no entendía y se arrepentía de haberles tratado con corrección el día anterior.

–Correctamente no; ni siquiera nos ofreció una cerveza –le recordó Merche con ironía.

Lo cierto y verdad es que le detuvieron con unos cargos insólitos, aunque le dieron a elegir entre Málaga y Malagón.

–¿Prefiere que le imputemos por colaboración y acogida de célula durmiente o por cooperación necesaria en asesinato? –Le consultó Merche.

–¡Ni cooperación ni colaboración ni hostias!

–Usted entregó las llaves de un automóvil de su propiedad a un inmigrante indocumentado para que durmiera no un día ni dos, sino un mes y otro mes. Eso se llama acogida y colaboración.

–Eso no es delito –afirmó Arias.

–Y luego, para quitárselo de encima –prosiguió Merche– entregó el otro juego de llaves del coche a los asesinos, que acudieron y al lugar indicado, abrieron la puerta y le prendieron fuego.

–Si no fuera un insulto a mi dignidad como persona –protestó el tabernero– le diría que esa hipótesis es más peregrina que la tumba del apóstol Santiago.

–No, señor Arias; nadie en su sano juicio se acuesta a dormir en el interior de un coche sin echar el cierre a las puertas por dentro. Los asesinos abrieron la puerta, lo rociaron con alcohol de quemar, le prendieron fuego con un lanzallamas de gas similar al que usted usa en la cocina de su restaurante. Y pudieron hacerlo porque alguien les proporcionó la información del negro durmiente y, sobre todo, porque alguien les entregó las llaves del coche.

–Eso es una sandez –replicó Arias–. Ustedes no tienen ni una sola prueba contra mi. ¿Desde cuando ayudar a las personas más necesitadas es delito?

–Sandez o lo que usted quiera, pero usted sabía que el pájaro al que facilitó en nido tenía contactos con pollos que fueron detenidos en Francia mientras preparaban atentados terroristas.

–No, no sabía eso –afirmó el tabernero con ojos de asombro.

–Pues ea, ya lo sabe; la cuestión ahora es si prefiere un cargo u otro: colaboración con terroristas o cooperación con criminales –reiteró Merche.

Arias permaneció con los labios sellados y la mirada perdida en la atmósfera de la higiénica y desnuda sala de interrogatorios. Su perplejidad parecía mayúscula, su asombro, descomunal. Merche esperó un minuto más y decidió resolver el dilema:

–Se le detiene como presunto autor de un delito de cooperación necesaria con los autores de un crimen de odio con resultado de muerte. De usted depende si añadimos el encubrimiento o decide colaborar para localizar y detener a los autores materiales.

Arias se mantuvo en silencio. Tilo le informó de que le concedían seis horas de calabozo y le pidió que empleara ese tiempo en recordar algún dato, pista o detalle que les permitiera atrapar a los jodidos asesinos. El inspector le ofreció una libreta de bolsillo y un bolígrafo por si quería anotar sus recuerdos. El tabernero le miró con desprecio y rechazó las herramientas.

Los policías sabían, claro está, que incurrían en arbitrariedad o, como decían los taurinos, que la cosa tenía rejones. Pero los pinchazos más fuertes, despiadados, venían de encima. Los jefes superiores, ministro incluido, exigían detenciones para rebajar (“enfriar”, decían) la alarma social. Tres inmigrantes muertos en tan poco tiempo (cuatro con el del aeropuerto) y ni un solo sospecho detenido era motivo de un escándalo catedralicio. Los sindicatos anunciaban manifestaciones para encauzar la indignación de los trabajadores manuales e intelectuales y de cuantas personas sensibles quisieran responder con firmeza democrática a las prácticas neonazis. Y no descartaban la convocatoria de huelgas en los sectores productivos con más inmigrantes.

Pasadas seis horas, el señor Arias mantenía la decisión de no decir ni mu, de modo que le aplicaron la política del remojo y le dejaron ablandar toda la noche en el calabozo.

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