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C7.–Patriota consecuente

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

El reloj biológico le jugó una mala pasada. Le despertó la musiquilla zarzuelera del teléfono móvil, olvidado en el bolsillo del pantalón. Se incorporó, lo extrajo a toda prisa. Era su colega Merche.

–Perdón, compañera, me he dormido –dijo al ver la hora: las nueve de la mañana.

–Estas cosas ocurren cuando el cuerpo y la mente necesitan descanso –contestó ella en un tono irreconocible, pues solía mostrarse inflexible con el horario.

–¿Alguna novedad en la reunión de las ocho? –preguntó él.

–Nada nuevo, cinco minutos, un café y cada mochuelo a su olivo. Ah, y Górdimer no ha venido; se ve que también se le han pegado las sábanas.

–Me afeito, saco a Mingus y voy para allá –dijo Tilo con voz apresurada.

–Tranquilo. Te he llamado para que sepas que el garbanzo se ha ablandado. ¿Qué hacemos con él? –dijo en alusión al tabernero Julio Arias.

–¿Te ha dado algo útil?

–Creo que si. Tengo la impresión de que el calabozo ha sido una medicina para su memoria.

–Déjale que se vaya –resolvió Tilo.

–Estu…pendo. Hay tres mujeres esperándole, se alegrarán de verle libre.

–Sin duda, Merche, sin duda –repuso el inspector imaginando el chorreo de la esposa y las dos hijas al buen Arias. “Sólo a un gilipollas como tú –le dirían– se le ocurre dejar el coche a un negro para dormir. Hay que ser muy tonto, un tonto de remate para hacer lo que has hecho. ¿Y si te lo roba? ¿Y si atropella a alguien? ¿Y si tiene un accidente y mata a alguien? Tontaco es poco, hay que ser imbécil, pero muy imbécil. Y encima dejarle el cuarto de baño privado y darle de cenar y ¿qué más Julio, qué más? Seguro que le diste dinero, que le compraste ropa, ¿a que sí?”

En lo que se afeitaba, Tilo recordó las admoniciones de su querida madre a su amado padre, que en paz descansen. Sonrió para sí al evocar los castigos que ella le imponía mientras arrugaba la nariz una, dos, tres veces. No solo le castigaba con encargos, tareas de limpieza en la casa y otros menesteres, sino que, según le contó cuando alcanzó la edad del discernimiento, “cada vez que tu madre pliega la nariz quiere decir una semana sin sexo”. Entonces, cuando había palabras altas, él se fijaba y la nariz de la madre. Llegó a contar vedas de un mes sin follar.

–Eso sí era fastidiar, ¿verdad Mingus?

El cócker movió el rabo como si le diera la razón.

Una hora después, ya en la central policial, Merche le informó de las aportaciones del señor Arias. Eran presunciones y sospechas. Ninguna certeza. Pero Merche las consideró válidas porque le parecieron sinceras.

–Además, mejor esto que nada –añadió, colgándose del brazo de Tilo.

Se pusieron en marcha hacia la plaza de Santa Ana, donde el empleado del turno de meriendas y cenas del señor Arias, el camarero Manuel Morata, realizaba su jornada laboral en el lujoso hotel que dominaba aquella plaza presidida por la estatua con ojos sin niñas de don Pedro Calderón de la Barca. Lo encontraron sin esfuerzo. Era el recepcionista.

–¿Nos concede unos minutos? –le pidió Merche, placa policial en mano.

–Faltaría más –respondió Morata– ¿Cuántos minutos quieren?

–Eso depende de usted –contestó Merche.

El recepcionista colocó en su lugar a un botones uniformado y les condujo por un pasillo mal iluminado hasta una saleta que olía a huevos fritos y tenía las paredes empapeladas con hojas de periódicos sabanos de Londres, Washington y Nueva York, una alta estantería con anaqueles de madera llenos de libros en español, inglés y francés y una larga mesa con cinco sillas a cada lado. Antes de invitarles a sentarse les preguntó si deseaban tomar algo, a lo que Merche dijo que le vendría bien un café con leche desnatada. Morata lo encargó junto con una jarra de agua y cuatro vasos, a través de un telefonillo vertical pegado al marco de la puerta, y luego se sentó.

–Soy todo suyo –dijo.

Tilo correspondió a la cortesía del recepcionista interesándose por su extensa actividad laboral y éste afirmó que las catorce horas diarias de trabajo (ocho en el Santana y seis en El Picador) a duras penas le proporcionan cumquibus suficiente para sacar a su prole adelante.

–¿Cuántos hijos tiene?

–Tres chicos y dos chicas de entre seis y dieciséis años –dijo Morata.

–Pues si, amigo, se necesita un buen salario para alimentar tantas bocas.

–Entre el carro del supermercado, la ropa, el calzado, las matrículas, los libros, el material escolar y demás y demás… Pero si no engrandecemos a la patria, seguirán llegando de ahí abajo y acabarán apoderándose de ella.

–Me parece un poco exagerado, Manuel –dijo Tilo.

–Pues a mí me parece que no exagero; ya hay barrios enteros donde se cuentan más sudamericanos, moros, negros, rumanos, chinos y de todos esos de los países de la fenecida Unión Soviética que españoles –repuso Morata.

Merche aprovechó la entrada del camarero para girar la cabeza y lanzar una mirada de aviso al colega, que respondió con el parpadeo de “mensaje recibido”.

–Si a eso le añades la inflación de homosexuales y lesbianas que padecemos, ya me contarás de quién va a ser España dentro de veinte o treinta años –agregó Morata.

Tilo se encogió de hombros, esperando que Merche captara el mensaje, y replicó al recepcionista:

–Ya veo, amigo Manuel, que no te gustan los inmigrantes y que seguramente eres de los que creen que nos quitan el puesto de trabajo, se acuestan con nuestras mujeres, violan a nuestras hijas, se organizan en bandas para robar, matar, vender drogas, cometer atentados…

–No, no es eso, aunque vosotros conocéis mejor que nadie todo en ese mundo delictivo; lo que yo digo es que con tanta afluencia de inmigrantes y con una tasa de nacimientos cada vez menor, nuestra patria va a cambiar de manos y nuestra identidad se va a ir al carajo en muy poco tiempo.

–Y eso te da miedo.

–No me gusta.

–Lógico, a nadie le gusta que le quiten la identidad –le concedió Tilo–. ¿Pero te has preguntado por qué los ricos, esos grandes patriotas, siempre envueltos en la bandera de la patria, no tienen más hijos?

Merche se llevó la taza de café a los labios y volvió a mirar fijamente a Tilo para indicarle que dejara la demografía y fuera al grano.

–Claro que me lo he preguntado, señor Tilo: son unos putos egoístas. Y encima, para no estropearse, las señoritas van al extranjero a alquilar mujeres gestantes que den a luz por ellas. Es como si de los avances de la ginecología solo les importara la estética; ni barriga ni complicaciones ni incordios del embarazo, del parto… sin dolor. Vientres de alquiler y punto pelota.

El inspector se hallaba impresionado por el lenguaje ágil y la capacidad de respuesta de aquel tipo de cuello corto y grueso, al que calculó poco más de cuarenta años, uno sesenta de estatura, el pelo negro, engominado, los ojos oscuros y la mirada inquieta. Le habría gustado profundizar en sus ideas patrióticas y evaluar su catadura reaccionaria, pero Merche carraspeó en falso.

–No estamos aquí para hablar de política demográfica –terció la subinspectora mirando de reojo a Tilo y clavando la vista en Morata–, sino para que nos hables de Amadou.

–Ya me avisó mi jefe Arias de que vendríais a preguntarme sobre el negro muerto.

–Asesinado –puntualizó Merche.

–Si, una pena. Era un buen chico.

–¡Pero hombre, si te molestan los negros!

–Me fastidia que vengan tantos, pero reconozco que Amadou era un buen chaval, muy servicial y trabajador. Andaba un poco asustado por la muerte de otros negros que dormían en la calle. Le aconsejé que se fuera a Lleida, a la zona del Segre, donde encontraría bastantes congéneres de su raza y podría trabajar dos o tres meses en la recogida de la fruta. Pagan muy poco, pero pagan, y entre tantos negros se encontraría más seguro y a gusto. Mi jefe Arias también le animó a irse a Cataluña y le ofreció dinero para el viaje.

–¿Por qué no se fue?

–Bueno, él conocía bien el trabajo del campo, había estado en los plásticos de los frutos rojos en Huelva y en las campañas de invierno en el Poniente almeriense. No creo que le importara trabajar, pero según me dio a entender, dudada de que los gambianos, en su mayoría mandingas, le acogieran tan bien como suponíamos. Tenía miedo y quería largarse, desde luego, aunque decidió esperar unos días a ver si le llegaba la respuesta de su primo hermano, que residía en Marsella y de la noche a la mañana, sin saber por qué, había dejado de comunicarse con él. Ni su teléfono daba señales de vida ni le llamaba. Temía que algo malo le hubiera sucedido. Le escribió una carta y estaba esperando la respuesta, que debía de llegar al Picador, cuando lo calcinaron en el coche de mi jefe.

–Eso nos contó el señor Arias, quien también se refirió a ti diciendo que sabías cosas que podían resultar interesantes para aclarar el crimen –dijo Merche.

–Bueno, no sé yo si les servirá de algo, pero aquí se ven y oyen cosas –dijo Morata, moviendo las pupilas en todas direcciones.

–Aquí… ¿Te refieres al hotel?

–Si, al hotel.

–Explícate –dijo Merche con voz imperativa.

Acostumbrados a los testigos creativos, ninguno de los dos investigadores de homicidios le preguntó qué tenía que ver aquel negro que limpiaba los cristales por la mañana y las mesas y el suelo por la noche en la Taberna El Picador con el lujoso hotel donde Morata fungía a jornada completa. “¿A ver por qué cerro de Úbeda se descuelga éste?”, se preguntaba Tilo.

–Primero os cuento el contexto –prorrumpió Morata–: el hotel tiene habitaciones alquiladas todo el año a algunos clientes que no las utilizan casi nunca; hay además cinco piezas estratégicas, siempre disponibles, por si ocurre alguna emergencia y, finalmente, tenemos un cliente institucional, por llamarle de alguna manera, que ocupa cuatro alcobas en el pasillo interior de la primera planta, dos como oficina y sala de reuniones y las otras dos, comunicadas entre sí, para descansar y algo más. Esas habitaciones están aisladas del resto por un tabique y una puerta blindada en el pasillo interior de la primera planta. Son como un refugio, un piso de seguridad para esa gente. Los usuarios aparcan sus vehículos, casi siempre cochazos de alta gama y motos de gran cilindrada, en un espacio acotado del garaje y entran y salen por un ascensor privado. Poseen su propio servicio de limpieza y la recepción carece de llaves de esa zona del hotel. Aunque solo detectamos la presencia de esos tíos y tías por los coches, sabemos que mantienen reuniones nocturnas y realizan algún tipo de actividad o teletrabajo por ordenador.

El recepcionista acariciaba el vaso con agua mientras hablaba. Hizo una pausa y lo elevó hacia sus labios. Después de un trago largo, seguido de dos más breves, expuso sus presunciones y sospechas.

–A lo peor no les sirve para nada, pero hay dos cosas que me llevaron a relacionar a esos inquilinos con la muerte de los negros. Una es la coincidencia de los asesinatos con las reuniones nocturnas que mantuvieron aquí esos sábados después de los crímenes, a altas horas de la noche. Pregunté al recepcionista senior que hacía el turno de noche antes de que se jubilara y me aseguró que nunca había visto otro tal y que esos tipos no solían aparecer por aquí los fines de semana. Tampoco el vigilante nocturno había registrado tanta actividad antes de que empezaran las muertes de los negros.

–¿Podrían ser sicarios de alguna mafia de tráfico de drogas y de personas que se encargaran de liquidar a los deudores?

–No digo que no, aunque por lo poco que he podido ver parecen más bien ejecutivos agresivos o directivos y expertos en bolsa de algún grupo societario estadounidense, británico o alemán. La verdad es que me importaba un rábano de qué empresa fueran y a qué se dedicaban mientras no interfirieran en la vida y la dinámica del hotel. Bueno, me importaba un bledo hasta que ocurrió lo de Amadou.

–¿Cuántos se reunían aquí las noches de las muertes de los africanos?

–Tenemos constancia de que venían al menos cuatro. Dos llegaban en un Ferrari y los otros dos entraban inmediatamente detrás en una moto de alta cilindrada.

–¿Cual era esa segunda cosa que le indujo a relacionar a los inquilinos con los crímenes?

–Otra coincidencia. Pero muy, muy extraña. Resulta que la noche que quemaron a Amadou, esos inquilinos llamaron a la recepción del hotel. Les cogí el teléfono. Y para mi sorpresa dijeron si podía hacerles el favor de llevarles cuatro carajillos. Bueno, ellos dijeron café con whisky Les contesté que sí. Dada la hora, algo más de las cuatro de la madrugada, todo el personal operativo éramos el vigilante y yo. Pasé a la cafetería, hice los carajillos, los puse en una bandeja y se los subí hasta la puerta del pasillo. Golpee con los nudillos y me abrió un tipo joven, de rostro redondo, con una barbita negra y rala que parecía una cerca de alambre de espino. Le entregue la bandeja con las bebidas y oí que estaban hablando dentro de la habitación. No me enteré de lo que decían ni me importaba, pero en un instante alguien dijo: “Peugeot en llamas”. Recogí el importe de los carajillos y dejé la bandeja en el suelo, al otro lado de la puerta, para que depositaran los vidrios y la vajilla cuando terminasen. Eso fue todo. Pero unas horas después, cuando me llamó Arias con la noticia de que le habían quemado el coche y el pobre Amadou estaba dentro, me quedé más pasmado que Felipe IV ante Marfisa. Mi sorpresa y mi pena fueron inmensas. El bueno de Amadou había escapado de las llamas en las chabolas onubenses, pero no acertó a salir a tiempo del Peugeot. Fue entonces cuando me acordé de las palabras que oí en el pasillo de los inquilinos. Podían haber dicho coche, pero no dijeron coche, sino Peugeot, Peugeot en llamas. ¿Cómo sabían esos la marca del coche si a esa hora ningún medio de comunicación había dado la noticia?

–Me pregunto por qué no comunicaste esa circunstancia a la policía –incidió Merche.

–¿Verdad que debí decírselo cuanto antes?

–Nos ha jodido, Manuel, pues claro.

–Me dejé guiar por Arias. Se lo conté esa tarde cuando llegué a trabajar y me dijo que esperase a que vinieran los maderos, que debían de estar a punto de caer. Pero pasaron las horas y no aparecieron, pasó el domingo y tampoco. Por la Taberna del Picador no asomó un policía hasta que llegasteis vosotros el lunes a media mañana, pero yo no estaba y se ve que él echó en saco roto o no se acordó de lo que le conté hasta que le dejasteis a dormir en el calabozo.

Merche apuró el café, miró a Tilo con una chispa de optimismo y se cuestionó las incógnitas que Morata había dejado sobre la mesa. ¿Cómo sabían que el coche en llamas era un Peugeot y no, por ejemplo, un Renault? La subinspectora deseaba que el testimonio de aquel hombre fuera bueno.

–¿Hay algún modo o manera de ver a esos sujetos para poder identificarlos? –le preguntó.

Morata asintió y dijo que la cámara del garaje graba las entradas y salidas de los vehículos las veinticuatro horas del día.

–¿Podemos echar una ojeada?

–Claro que sí.

C6.–Lectura nocturna

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Camino de casa con Mingus dejando su huella mingitoria aquí y allá, el inspector Tilo Dátil creyó ver al tipo que había saltado del autobús. No pudo verle la cara porque unos metros antes de cruzarse con él, el saltarín se volvió de espaldas y elevó el brazo con la mano estirada como si el saludo fascista atrajera a los taxistas. De hecho, los atraía, y el sujeto desapareció en un taxi. A Tilo le resultó extraño. Ya en el apartamento, puso la cena a Mingus (un par de salchichas de Fráncfort con macarrones hervidos), se zampó la tortilla de jamón que la asistenta Reme le había dejado en un plato tapado con una lámina de aluminio y a continuación se trasladó a la saleta, entreabrió el balcón, activó el ordenador portátil y se sumergió en la lectura del dossier que el documentalista Oliveras le había remitido por correo electrónico.

“El fuego ha vuelto a hacer de las suyas. Anoche insistió en expresarse y redujo a cenizas un racimo de chabolas de inmigrantes africanos en el paraje conocido como Pinospardos, a seis kilómetros de la localidad de Palos. Las llamas se elevaron en el cielo, alcanzando gran altura. El fuego se extendió rápidamente y arrasó todo el campamento, incluidos algunos vehículos. Por suerte, no ha habido muertos que lamentar, aunque sí heridos. No se sabe cuantos. La mayor parte de los quemados fueron asistidos en las dos ambulancias que se desplazaron a la zona. Aparte de las curas urgentes, los furgones sanitarios proporcionaron oxígeno a algunas mujeres y niños muy pequeños que no pudieron huir tan aprisa y sufrieron los dañinos efectos del humo”.

El relato de la revista La Mar de Onuba ilustraba el infierno con dos fotografías: una nocturna, de chabolas ardiendo y sombras humanas huyendo de las llamaradas, y otra diurna, al amanecer, del antiguo poblado convertido en ceniza. Sobre el terreno calcinado, todavía humeante, se distinguían los restos metálicos de dos coches y algunas motos y bicicletas. Unos cuatrocientos trabajadores inmigrantes, temporeros de la fresa (“frutos rojos”) lo habían perdido todo. Pero lo más sorprendente era que el alcalde del término municipal, un hombre con apellidos tan frecuentes como Romero y Hernández y nombre de orden religiosa, se negó a que los heridos y damnificados fueran acogidos en instalaciones municipales. ¿Por qué? Tilo buscó la respuesta en la web municipal. Palos de la Frontera contaba con edificios municipales y pabellones más que suficientes para socorrer a aquella pobre gente. Las instalaciones del magnífico polideportivo Plus Ultra, con duchas, canchas, piscina cubierta y vestuarios para dos campos de fútbol, habrían servido para cobijar y confortar a aquellos trabajadores del campo.

Tilo bebió un trago de agua para digerir su indignación. Aquel pollo nada solidario ni tampoco lo caritativo que se deducía de la profusión de fotografías en las que aparecía encabezando procesiones y otros actos católicos, le pareció un miserable de tomo y lomo. Además de alcalde, era diputado nacional del partido conservador, la principal organización política de la derecha en el poder desde el año 2011. También había sido diputado autonómico en el Parlamento de Andalucía. Por si fuera poco, tenía suerte, pues le habían tocado cuatrocientos mil euros en la lotería de Navidad, según declaró (por obligación) en el registro del Congreso de los Diputados.

Bebió más agua y siguió leyendo recortes de prensa. Las informaciones sobre la quema de asentamientos de inmigrantes en los campos de agricultura intensiva bajo túneles de plástico eran frecuentes. Los propietarios de la tierra, productores e industriales de los municipios freseros y hortofrutícolas de varias provincias andaluzas habían descubierto una mina de oro en los cultivos de primor, frutos rojos, hortalizas, flores y melones de invierno bajo un mar de plástico que crecía sin límites. La productividad era enorme. Decenas de miles de toneladas de alimentos vegetales salían de los invernaderos hacia los mercados centrales de las principales capitales europeas. Los ingresos se contaban en decenas de miles de millones de euros.

Así las cosas, la prosperidad económica provocaba la desaparición de cientos de hectáreas de pinares y la aparición en su lugar de parcelas plastificadas, con la tierra rozada, enarenada y preparada para el cultivo. La feracidad de la tierra abonada y soleada, junto a la excelente acogida de los frutos en los mercados, constituía tal promesa de millones que la plastificación crecía cada año. La única limitación era la falta de agua para regar. Pero la perforación de pozos permitía sacar a flote grandes cantidades del líquido elemento de los acuíferos subterráneos que fluían a profundidades superiores a ciento cincuenta metros. En dos décadas de explotación, los productores se habían apropiado clandestinamente de los acuíferos del Parque nacional de Doñana y estaban a pique de secar el mayor humedal de Europa, una joya de la naturaleza, refugio esencial y único de la avifauna, protegido por la ONU.

La otra limitación productiva era la falta de mano de obra, de braceros locales. Los jóvenes de las localidades prósperas gracias a la agricultura avanzada rechazaban las labores en aquellos invernaderos a más de cuarenta grados bajo los plásticos. Se negaban a correr la suerte de sus abuelos. Algunos no los conocían, pues en las comarcas del poniente almeriense, pioneras de los cultivos bajo plástico, habían quemado sus vidas y muerto antes de tiempo para salir de pobres. También en Nijar y en otras zonas del norte de esa provincia se registraba el mismo fenómeno. Y también en Huelva. El esfuerzo de aquellos abuelos, víctimas de los especuladores de los medios de producción tales como la arena, el agua, los abonos, los plásticos de mala calidad, los sulfatos, nitratos y plaguicidas, sometidos a la devolución de unos créditos bancarios con intereses abusivos y dependientes de intermediarios sin escrúpulos a la hora de vender su producción, acabaría redundando al paso del tiempo en la prosperidad de los hijos, de modo que los nietos preferirían las ciudades, los estudios universitarios y unas tareas menos penosas que el trabajo en los invernaderos. Para eso estaban los inmigrantes. Lógico. Con razón decían que los humanes somos la especie más abundante que hay.

Tilo bebió otro sorbo de agua, echó una hojeada a los datos económicos de un estudio de los sindicatos y de varias organizaciones no gubernamentales, según los cuales, los inmigrantes son un “factor clave” del crecimiento económico en nuestro país. El desarrollo agrícola les debe mucho. Desde hace más de treinta años, la agricultura intensiva basada en invernaderos, se ha desarrollado por el sur de la Península Ibérica gracias al empleo de mano de temporeros no cualificados. Así, el peso del empleo en el sector agrícola ha alcanzado el 25,10 por ciento en provincias como Almería, seguida de Huelva, con el 23 por ciento y de Murcia y Albacete, con el 11,50 y el 10 por ciento, respectivamente. Este nivel de empleo rebasa ampliamente la media nacional que, según el Instituto Nacional de Estadística, es del 4,90 por ciento del total de trabajadores. La prosperidad del sector se puede cuantificar con los 60.100 millones del valor de las exportaciones agroalimentarias cada año, lo que representa en torno al 20 por ciento del total de las ventas españolas al exterior.

Los empresarios agrícolas (también ganaderos) suplen la falta de braceros locales con inmigrantes procedentes de Rumanía, Marruecos, Ghana, Guinea Ecuatorial, Malí, Senegal y, en menor medida, de algunos países de América del Sur. Los atropan por temporada para que recojan las cosechas y después les piden que se larguen. Los freseros onubenses, por ejemplo, les ofrecen contratos en destino y les pagan el viaje desde las ciudades marroquíes de Marrakech, Kenitra, Fez… Cada año traen más jornaleras. En las últimas campañas alcanzaron la cifra de 15.000 temporeras. Prefieren a las mujeres jóvenes y de mediana edad porque, según dicen, las manos femeninas son más adecuadas para la recolección de la fresa, que es muy delicada. Además, generan menos conflictos, no fuman, no beben, no van al cine ni a las discotecas y se concentran más en trabajar y ahorrar. Entre las mujeres eligen a las casadas con hijos porque de ese modo aseguran su retorno, aunque no les pagan el viaje de vuelta.

Con todo, el contingente de temporeras marroquíes resulta insuficiente para los cuatro meses álgidos de recolección y empaquetado del oro carmesí, así que echan mano de cuantos subsaharianos, en su mayoría sin documentación legal, ofrecen sus brazos, docilidad y resignación para trabajar largas jornadas bajo los túneles de plástico. No tienen nada, son muy pobres, aceptan salarios por debajo del mínimo legal establecido. Aunque la ley obliga a los empleadores a darles alojamiento y a pagar su parte de los seguros sociales, muchos de ellos se desentienden de sus obligaciones con los más vulnerables, los que han entrado clandestinamente, arriesgando su vida en frágiles embarcaciones en el mar, de modo que su residencia y la de otros, incluidos hombres y mujeres marroquíes, son esos núcleos de chabolas que entaman en los campos, alejados varios kilómetros de los cascos urbanos de pueblos y ciudades. Construyen sus refugios con materiales de desecho procedentes de los invernaderos y las escombreras, tales como cartones, plásticos, palés de madera, cuerdas, tubos, alambres, trapos y otros elementos útiles.

Ya inmerso en la problemática de los incendios de las infraviviendas de los inmigrantes africanos, Tilo Dátil se preguntaba cómo era posible que los ayuntamientos no les suministraron agua. Tampoco alumbrado público ni otros servicios elementales. Algunas informaciones sobre las quemas referían esas carencias. La Mar de Onuba se hacía eco de una solicitud de cuarenta colectivos sociales y políticos a las administraciones públicas para que tendieran tubos con agua potable y recogieran los residuos urbanos de los asentamientos de inmigrantes existentes en la provincia de Huelva (más de cuarenta). Pero las autoridades locales y autonómicas competentes no habían movido un dedo para facilitar la vida y preservar la salud de aquellas gentes. ¿Por qué? La respuesta se resumía en un sencillo silogismo: Primero les negaban la vecindad y al no ser vecinos era como si no existieran y al no existir, las autoridades no contraían obligación alguna con los inexistentes.

El director y los redactores de aquella revista, uno de los pocos medios críticos con el poder, calificaban de “racismo institucional” la actitud de las autoridades por su incuria contra los trabajadores inmigrantes. Aunque los ignoraban, acababan reconociendo su existencia cuando terminaban las campañas agrícolas. Entonces querían que se largaran. Y puesto que muchos de ellos no tenían a donde ir, aparecía el fuego y calcinaba sus chabolas. Los incendios siempre eran accidentales, casuales y atribuidos a los propios africanos, aunque se hubieran originado en varios puntos a la vez. Los informes sindicales y de varias organizaciones no gubernamentales se referían a la quema de los poblados como una forma de expulsar a los africanos. La otra consistía en destruir las frágiles construcciones con maquinaria pesada.

Tilo miró la hora en el ángulo inferior derecho del ordenador. Era tarde, le pesaban los párpados. Cerró la libreta de notas. Había escrito “negros fogueados” y apuntado debajo algunos datos. La casuística le resultaba formidable para explicar el egoísmo, la ignorancia, la injusticia y, en definitiva, esa mugre mental y moral que llevaba a preguntarse a quién podía importar un negro más o menos. Desconectó el ordenador. Mingus roncaba a los pies de la cama. Se apresuró a ducharse y encamó. Le quedaban seis horas para dormir.

C5.–Sospechas enojosas

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

De vuelta a casa, Tilo aprovechó el trayecto en el autobús para repasar la jornada como solía hacer a diario. Un día más sin un indicio en el caso Monos. ¿Era posible que nadie hubiese visto nada en ninguno de los cuatro crímenes? ¿Era creíble que las pesquisas en los pubs, boites y discotecas nocturnas de las zonas en las que fueron perpetrados los asesinatos a sangre fría no hubieran reportado datos válidos sobre los presuntos autores? Apostaría cualquier cosa a que aquellos perros salvajes eran una camada de ultraderechistas emanados de familias bien o, como solía decir el jefe del Gobierno, “gente de bien”, convenientemente dirigida y protegida.

Ni siquiera los análisis de balística habían aportado datos válidos sobre los dos proyectiles alojados en la testa y el pecho del negro asesinado en el pasadizo de Colón y, al parecer, percutidas por una pistola con silenciador. ¿Quién podía tener un arma con silenciador? Los sicarios de organizaciones criminales y terroristas, pero también los militares, guardias, guardas, policías y ciudadanos con licencia de armas que quisieran disparar sin hacer ruido. El espectro era tan amplio que el dato no valía ni para tacos de escopeta. Si al menos los asesinos hubieran dejado algún casquillo en el lugar del crimen, los investigadores podrían saber qué arma utilizaron.

Recordó la cara de asombro de la comisaria Julia Revenga, alias Górdimer, cuando en la reunión informativa de las ocho de la mañana, Merche sostuvo que había algo en común entre el negro baleado en el pasadizo de Colón y el apiolado meses atrás con una inyección letal en el parking de la terminal internacional del aeropuerto. Y a continuación expuso la hipótesis de que si la sustancia empleada para paralizar en diez segundos el corazón y el cerebro del joven del aeropuerto era la misma que utilizaban los agentes de los servicios de inteligencia como solución final para evitar las torturas y morir sin revelar la información a los captores, el silenciador de la pistola empleada en el paso subterráneo podía tener la misma procedencia.

La presunción de Merche provocó un respingo de rechazo y disgusto en la comisaria. El inspector Rosado se unió a la jefa. En cambio, los colegas Leo, Marcos y Fabiola aceptaron la hipótesis de trabajo, manifestando que cualquier coincidencia podía aportar pistas. A él le habría gustado añadir algún dato relacionado con los procedimientos de los asesinos, pero a la víctima del subterráneo de El Retiro, bajo la calle de Alcalá, le escacharon el cráneo con un bate de béisbol y al muerto en Cibeles le cortaron la yugular a la altura del pescuezo. Ni los peritos policiales ni los del Instituto de Medicina Legal encontraron algo que les permitiera tirar del hilo. En el caso que les tocaba a ellos, el muerto en el incendio del coche del callejón sin salida junto a la Avenida de los Toreros, los forenses no parecían tener ninguna prisa.

Con todo, frente a la perplejidad de la superiora y del colega Rosado, respaldó la hipótesis de Merche en el sentido de que los crímenes podían estar dirigidos por elementos operativos de los servicios secretos. Tilo no recordaba cuáles fueron sus palabras, pero se esmeró en explicar que el uso de la “inteligencia” era una hipótesis tan verosímil como aquella que querían creer todos de que se trataba de rencillas, por no decir guerras, entre ellos, no se sabe por qué. Al inspector Tilo le daba en la nariz que aquellos crímenes eran obra del mismo autor intelectual (uno o varios) con algún tipo de cobertura… Iba a decir “política”, pero se abstuvo añadir porquería a una noble actividad ya bastante envilecida por individuos corruptos y prácticas mafiosas.

La comisaria Górdimer se sulfuró al rebatir la hipótesis de que el SIE (solo ella mencionó esas siglas) estuviera detrás de aquellas muertes. Y a renglón seguido exigió detenciones. Pero los gestos de desazón e impotencia de los agentes la llevaron a rebajar el tono y al final no exigió, sino que imploró algún arresto para rebajar las críticas y reducir la alarma social. Entonces Merche dijo que tenían un sospechoso. Y en cuanto acabó la reunión, envió una patrulla de seguridad ciudadana a buscar al señor al señor Arias con el fin de realizar una diligencia formal. Del interrogatorio y la decisión de tratar a aquel hombre como a un garbanzo, Tilo dedujo que su compañera Merche era una buena sofista.

Ya en la parada, el policía secreto ayudó a una gestante avanzada a salvar el escalón del autobús. Luego, cuando el bus partió, contempló, perplejo, la arriesgada operación de un tipo que contuvo el cierre automático de la puerta y saltó a la acera. Se ve que se había despistado y prefería partirse una pierna a caminar el kilómetro que lo separaba de la siguiente parada. Más de una vez también él, embebido en sus elucubraciones o en la lectura de John Grisham, Michael Connelly y otros maestros del thriller, entre los que le parecían admirables los novelistas españoles Julia Navarro, Domingo Villar, Mikel Santiago…, se había pasado de parada, aunque nunca le había dado por emplear la fuerza con las puertas de acordeón del autobús para saltar y pegarse una costalada.

Tilo se fijo en el saltarín: uno setenta, pelo al cero, barba negra recortada en pico, unos treinta y cinco años de edad. Vestía ropa de marca (pantalón de loneta fina y chaqueta camisera de leñador, aborregada por dentro) y calzaba esas modernas alpargatas elásticas, tan elegantes como los zapatos de piel curtida de vaca. No la pareció un trabajador del comercio o de la industria, como tantos en el barrio, sino de la burocracia y las artes blancas, con jornada de seis horas más dos de gimnasio.

Subió a casa, abrazó al efusivo Mingus y lo sacó al parque. Dejó al canelo enredar y correr con sus congéneres por la campa de los pinos y después de un rato le calcó la correa y se dirigió con él de ramal a la terraza del Dulce para saludar y echar unos párrafos y una birra, como de costumbre, con el amigo Morales.

–Tengo algo para ti –dijo el arabista en cuanto Tilo se sentó. Ese algo eran los datos que había podido recabar sobre el coronel Dosbarrios–. Al parecer –prosiguió– es un jefazo importante en la estructura del órgano central del SIE.

–Si es jefazo es importante y no se moja.

–Los operativos sí intervienen –dijo Morales–. A diferencia de los jefes de análisis, presupuesto, administración, formación y misiones exteriores e interiores, los operativos actúan sobre el terreno y van poco a la central. De hecho solo acuden cuando tienen reuniones entre ellos. Por eso, el otro día, cuando me diste el nombre de Martín Dosbarrios y me dijiste que era coronel, no me sonaba de nada, pero esta mañana me he enterado que le llaman Mandíbula de Hierro y dispone de una secretaria y un despacho en la tercera planta.

–¿Mandíbula de hierro?

–Si, y le atribuyen un cierto parecido mandibulario con los neanderthalensis –dijo Morales.

–Si, es ese personaje –afirmó Tilo, recordando que también a él le llamó la atención las prominentes mandíbulas de aquel tipo la vez que le vio con los de información antiterrorista en el Luci-Bombón–. ¿Qué más me puedes decir de él?

–Muy poco. Parece ser que tiene sus propios grupos operativos y que también realiza cometidos de reclutamiento de los futuros agentes en el ámbito civil. Por lo visto, antes los extraían del Ejército, la Policía y la Guardia Civil, pero hace dos décadas decidieron civilizar el espionaje e introdujeron una cuota de civiles.

–¿Y el coronel Neandertal se ocupa de captarlos y tutelarlos? –quiso cerciorarse Tilo.

–Eso me han dicho.

–¿Tienes alguna posibilidad de enterarte de si algún pupilo operativo del coronel se dedica a la cuestión migratoria?

–Ya sabes que las misiones operativas son ultrasecretas.

–Ultras, desde luego –musitó, resignado, el inspector.

–De todos modos, me quedo con la copla –dijo Morales.

–Y si puedes echar algún anzuelo en aguas tranquilas, sin riesgo…

–En ese lugar todas las palabras tienen riesgo. Hasta en la cafetería te vigilan, observan si saludas a uno, si hablas con otro… Lo único que puedes hacer es aplicar el oído periférico e intentar captar algo.

La llegada de Frantiska distendió la conversación. Mantenían el acuerdo de no hablar de cosas feas, incluido el trabajo en aquellas sentadas de apenas una hora al atardecer, la hora de los perro le decían.

–Adivina adivinanza –prorrumpió la checa mientras Tilo alzaba la mano llamando al camarero–: Llueve, hace frío, no hay taxis… ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

El inspector pidió al veterano camarero el consabido bitter Kas para Frantiska.

–Muy fácil: estamos hablando de la “sintaxis”. Ahora yo –atacó–: adivina en qué piensa una profesora con hipo mientras lee una tesis.

–En la hipótesis.

–¡Bien por Frantiska!

C4.–Garbanzo en remojo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Tilo Dátil agarró a Merche del brazo, salieron de las dependencias, caminaron hasta la parada de taxis y quince minutos después estaban en el lugar de los hechos. Habían transcurrido setenta horas desde el incendio del coche, ocurrido a las 03:20 de la noche del sábado, y en el escenario del crimen solo quedaban las huellas de los efectos del fuego sobre la grasa, el aceite y los neumáticos del coche. Los bomberos habían evitado mayores daños.

–Tuvimos suerte de que estuviera ese contenedor de cascotes de obra, que si no nos quedamos sin coche –dijo una vecina que tenía su automóvil detrás del siniestrado.

Hablaron con diez o doce residentes en las viviendas de un lado y otro de la estrecha calle donde ardió el auto, pero ninguno pudo aportar datos sobre merodeadores ni, mucho menos, agresores. Dada la hora del suceso, todos los vecinos dormían. Algunos sabían que dentro de aquel Peugeot, cuyos restos habían sido retirados por los servicios municipales, encamaba desde hacía un mes, quizá dos, un desconocido. Pero ninguno de los que dijeron haberlo visto había cruzado una palabra con él. Desconocían de donde venía, cómo se llamaba y adonde iba. Un funcionario de baja por enfermedad lo describió como un hombre de color, un joven que no molestaba a nadie, un tipo que llegaba por la noche, se metía en el coche a dormir y salía a primera hora de la mañana con sus calderos de plástico y sus aperos de limpiar cristales. “Como tantos otros parias de la tierra, se ve que no ganaba para pagar un alquiler, comer, vestir y enviar dinero a casa”, dijo aquel vecino. En cambio, una mujer enjoyada que salía del portal cercano dijo a Merche que claro que había visto al “negrata” que dormía en el coche quemado. Y cuando la agente le hizo saber que “el negrata”, como ella decía, había muerto en el incendio, ni pestañeó. Por el contrario exclamó: “¡Me alegro!” Luego, como si quisiera corregir su barbaridad, añadió: “Me molestan los fumadores”.

–Sobre todo si son negros, ¿verdad? –dijo Merche.

–Pues sí –respondió la mujer enjoyada, quien se despidió a toda prisa aduciendo que llegaba tarde a la peluquería. Aunque el cabello de las mujeres era muy importante y Merche se mostró comprensiva, no olvidó que aquella residía en el tercero izquierda, se asomó al portal, se acercó a los buzones y anotó los nombres que figuraban en la pestaña correspondiente.

También Tilo escuchó la consabida alusión despectiva hacia las personas de otro color por parte de dos vecinos que, cada cual por su lado, demostraron la misma longitud de onda. “Esos negratas vienen a delinquir, violar y vender droga”, dijo uno. “Ya sabía yo que el negro ese del coche no traía nada bueno y, mire, nos ha ahumado la casa”, dijo el otro. La conclusión era una hipótesis de trabajo: cualquiera que supiera donde dormía el inmigrante fallecido podía haber avisado a los perros rabiosos que acudieron a prenderle fuego.

El propietario del vehículo siniestrado regentaba la taberna El Picador, situada en la cercana Avenida de los Toreros. Se mostró asequible y dispuesto a colaborar en lo que hiciera falta para aclarar la muerte de Amadou, por el que sentía una gran pena, pues era un joven amable, servicial y bien dispuesto al esfuerzo. Eso dijo.

–¿Amadou qué más? –Le preguntó Merche.

–Ahí pincha en hueso; no se lo pregunté ni me lo dijo ni creo que tuviese documentación que acreditara los apellidos –contestó el tabernero, que respondía al nombre de Julio Arias y mostró su extrañeza por la tardanza de la policía, tres días, en venir a interrogarle–. Ya sé que tienen faena, pero mayor diligencia les suponía aunque el fallecido fuera negro.

Encajaron el golpe con deportividad.

–Por mucho que corramos no le vamos a resucitar; con evitar que liquiden a otros nos damos por satisfechos –adujo Tilo.

–Si, que menuda racha llevan –dijo el tabernero.

–Bueno, señor Arias, nos gustaría hablar tranquilamente con usted en un sitio más discreto –dijo Merche.

El local se hallaba habitado por media docena de parroquianos, distribuidos ante la barra de mármol y algunas mesas rústicas con taburetes de madera. El tabernero hizo una señal a la cocinera para que echara un ojo a la barra y les invitó a pasar a un salón lateral con un arco de medio punto sin puerta y un letrero en las baldosas laterales que decía: “¡Derecho al toro!” Se sentaron en torno a una mesa del fondo y Merche pidió al señor Arias que les contara todo lo que supiera de Amadou, a lo que el tabernero manifestó que procedía de Mali, había caído por allí hacia cosa de dos semanas y tenía el propósito de llegar a Francia, donde, al parecer poseía algún familiar y conocía a varios de su tribu, residentes en Marsella.

En respuestas a los agentes, Arias dijo que el negro era un tipo de veinticinco años. Lo vio por primera vez el día que limpió los vidrios y la puerta emplomada del establecimiento. “Recuerdo que había llovido durante la noche y el escaparate estaba hecho una pena. Cuando acabó la faena, se asomó, me miró con una expresión un poco tímida, como huidiza, y dijo: “¿La voluntad?” Le dije que pasara y le pregunté si quería tomar algo, un café, un té, un croasant… No, solo algún euro. Sólo hablaba francés, pero esas palabras –voluntad, euro y unas pocas más– las sabía en castellano. Le largué un billete de diez euros y no vean lo contento que se puso. Como que me quería besar el tío. A continuación me pidió permiso para entrar al lavabo, se aseó un poco las manos y la cara, puso agua en el caldero de plástico que llevaba con las guías de goma y esponja, salió, agarró la escalerilla y se despidió inclinando varias veces la cabeza y diciendo “mersí, mersí”. ¿Qué quieren que les diga? Me cayó bien. Limpiaba escaparates, pedía la voluntad, en algunos comercios le daban algo, en otros, nada. Y en determinadas sucursales bancarias, menos que nada: le amenazaban para que se largara. Y fíjese si sería buena gente que incluso a esos, los de seguridad de los bancos, les daba las gracias inclinando la testa en señal de respeto. Eso lo vi yo. Para que luego digan que si los inmigrantes tal, que si los negros cual”.

–¿Sabe si Amadou fumaba? –Inquirió Tilo.

–Claro que lo sé: no. Le prendieron fuego, lo mataron, si es eso lo que quiere saber.

–Eso creemos nosotros también. Lo podían haber liquidado en cualquier sitio, pero se da la circunstancia de que lo mataron en su coche –dijo el inspector.

–Todo tiene explicación –contestó Arias.

–Espero que sea convincente –dijo Tilo.

–Yo mismo le di las llaves del coche –afirmo el tabernero antes de explicarles que aquella noche, cuando cerró el establecimiento y se dirigía a su casa, vio al negro recostado en un banco de la calle. Se acercó a él, lo saludó, comprendió que no tenía donde dormir. Y puesto que amenazaba lluvia, le ofreció su coche como refugio. Amadou lo aceptó encantado, se ajustó la mochila, agarró los bártulos y le siguió hasta la calleja cercana donde tenía el Peugeot aparcado. Eso fue todo.

Si no lo llevó a su casa –añadió el bondadoso Arias– fue para evitar el rechazo de su esposa y porque sus dos hijas, de veintidós y veinticinco años, viven allí. A la mañana siguiente, Amadou acudió a devolverle la llave del coche y limpiar los cristales. Después, los días que siguieron, el inmigrante se personaba a última hora –pasadas las diez de la noche– en la taberna El Picador, se sentaba en algún taburete donde no estorbara y cuando Manuel Morata, el camarero de meriendas y cenas, o el propio Arias, salían a bajar a media asta las persianas metálicas, agarraba la cubeta con agua y jabón, empuñaba el estropajo y la bayeta y limpiaba todas las mesas, que no eran pocas, sino doce. A continuación barría las dos piezas de la taberna típica. Y después cogía la fregona y, con esa mezcla explosiva de agua, jabón líquido desengrasante, un chorro de amoniaco y otro de lejía, fregaba las baldosas. El resultado –afirmó el tabernero– era brillante, higiénico, con olor a limpio.

–Puede ahorrar esos detalles domésticos –le sugirió Merche.

–Para que luego digan que son vagos y solo vienen a delinquir –justificó Arias.

–De acuerdo, siga –susurró la subinspectora.

–¿Sabe o cree usted, señor Arias –terció Tilo– si Amadou era o podía ser terrorista?

–Ni de coña podía ser terrorista un chaval tan afable y tan bueno.

–Le dijo que se iba a ir a Francia, pero no acababa de irse… ¿Sabe por qué?

–Me dijo que su familiar en Marsella no respondía al teléfono; creía que le había sucedido algo. Le escribió una carta y mientras esperaba que llegara la respuesta aquí, a la Taberna El Picador, sobrevivía como les he contado.

–¿Le comentó si tenía algún proyecto de vida aquí o si pensaba volver a África si ese familiar no le contestaba? –incidió Merche.

–Su plan no era volver a Mali, sino al sur, a Andalucía, donde había trabajado en los invernaderos de frutos rojos. No sé si saben que los esclavizan, les meten jornadas de sol a sol debajo de esos plásticos y les pagan menos todavía que a los negros del Penedés… Es lo que yo le dije: vete a Cataluña, Amadou.

Tilo apuntó algo en su libreta de notas. Luego, ya en las dependencias, pidió a Oliveras, el documentalista del grupo de homicidios, que le proporcionara lectura para aquella noche.

La primera conversación con el señor Arias sirvió a los agentes para hacer saber a los funcionarios de la embajada de Malí en Madrid Astan y Seydou (anotaron sus nombres) que los restos del súbdito o ciudadano de su país (más bien lo primero) se hallaban en el depósitos de los cadáveres sometidos al escrutinio de los especialistas en medicina legal. Tuvieron la impresión de que el muerto les importaban un bledo, y aunque aportaron el nombre y la aldea del finado, salieron de las dependencias de aquel país torturado por una guerrilla criminal llamada Boko Haran (secuestraba, torturaba y mataba sin piedad) y por un régimen dictatorial militar despiadado apostando a que aquellos empleados públicos no moverían un dedo para que la información llegase a la familia de Amadou.

La segunda conversación con el tabernero Arias tuvo lugar pocas horas después de la primera en las dependencias policiales. Fue un interrogatorio en toda regla. Le leyeron los derechos como si estuviera detenido, le dijeron que podía solicitar la asistencia de su letrado o de un abogado de oficio. Ni uno ni otro. Arias estaba sorprendido por el comportamiento de los agentes, les pedía explicaciones por una decisión que no entendía y se arrepentía de haberles tratado con corrección el día anterior.

–Correctamente no; ni siquiera nos ofreció una cerveza –le recordó Merche con ironía.

Lo cierto y verdad es que le detuvieron con unos cargos insólitos, aunque le dieron a elegir entre Málaga y Malagón.

–¿Prefiere que le imputemos por colaboración y acogida de célula durmiente o por cooperación necesaria en asesinato? –Le consultó Merche.

–¡Ni cooperación ni colaboración ni hostias!

–Usted entregó las llaves de un automóvil de su propiedad a un inmigrante indocumentado para que durmiera no un día ni dos, sino un mes y otro mes. Eso se llama acogida y colaboración.

–Eso no es delito –afirmó Arias.

–Y luego, para quitárselo de encima –prosiguió Merche– entregó el otro juego de llaves del coche a los asesinos, que acudieron y al lugar indicado, abrieron la puerta y le prendieron fuego.

–Si no fuera un insulto a mi dignidad como persona –protestó el tabernero– le diría que esa hipótesis es más peregrina que la tumba del apóstol Santiago.

–No, señor Arias; nadie en su sano juicio se acuesta a dormir en el interior de un coche sin echar el cierre a las puertas por dentro. Los asesinos abrieron la puerta, lo rociaron con alcohol de quemar, le prendieron fuego con un lanzallamas de gas similar al que usted usa en la cocina de su restaurante. Y pudieron hacerlo porque alguien les proporcionó la información del negro durmiente y, sobre todo, porque alguien les entregó las llaves del coche.

–Eso es una sandez –replicó Arias–. Ustedes no tienen ni una sola prueba contra mi. ¿Desde cuando ayudar a las personas más necesitadas es delito?

–Sandez o lo que usted quiera, pero usted sabía que el pájaro al que facilitó en nido tenía contactos con pollos que fueron detenidos en Francia mientras preparaban atentados terroristas.

–No, no sabía eso –afirmó el tabernero con ojos de asombro.

–Pues ea, ya lo sabe; la cuestión ahora es si prefiere un cargo u otro: colaboración con terroristas o cooperación con criminales –reiteró Merche.

Arias permaneció con los labios sellados y la mirada perdida en la atmósfera de la higiénica y desnuda sala de interrogatorios. Su perplejidad parecía mayúscula, su asombro, descomunal. Merche esperó un minuto más y decidió resolver el dilema:

–Se le detiene como presunto autor de un delito de cooperación necesaria con los autores de un crimen de odio con resultado de muerte. De usted depende si añadimos el encubrimiento o decide colaborar para localizar y detener a los autores materiales.

Arias se mantuvo en silencio. Tilo le informó de que le concedían seis horas de calabozo y le pidió que empleara ese tiempo en recordar algún dato, pista o detalle que les permitiera atrapar a los jodidos asesinos. El inspector le ofreció una libreta de bolsillo y un bolígrafo por si quería anotar sus recuerdos. El tabernero le miró con desprecio y rechazó las herramientas.

Los policías sabían, claro está, que incurrían en arbitrariedad o, como decían los taurinos, que la cosa tenía rejones. Pero los pinchazos más fuertes, despiadados, venían de encima. Los jefes superiores, ministro incluido, exigían detenciones para rebajar (“enfriar”, decían) la alarma social. Tres inmigrantes muertos en tan poco tiempo (cuatro con el del aeropuerto) y ni un solo sospecho detenido era motivo de un escándalo catedralicio. Los sindicatos anunciaban manifestaciones para encauzar la indignación de los trabajadores manuales e intelectuales y de cuantas personas sensibles quisieran responder con firmeza democrática a las prácticas neonazis. Y no descartaban la convocatoria de huelgas en los sectores productivos con más inmigrantes.

Pasadas seis horas, el señor Arias mantenía la decisión de no decir ni mu, de modo que le aplicaron la política del remojo y le dejaron ablandar toda la noche en el calabozo.