C2.–El coronel de prominente mentón

NOVELA DE ENTRETIEMPO/ Luis Díez.

El inspector Tilo Datil vio por primera vez en su vida aquel rostro huesudo, con mentón prominente, en el Luci-Bombón. El agente entraba a cafetearse con su compañera Merche Tascón cuando un colega de información antiterrorista le saludó con gesto manual y le indicó que se acercase. Él correspondió.

–Buenos días, señores –dijo mirando al desconocido de mentón prominente antes de preguntar al que le había citado–: ¿Qué pasa Manuel?

–Estamos haciendo un pequeño sondeo y queremos saber tu opinión sobre el carajal de anoche.

–Si te refieres a la pitada al Rey en la final Barça-Bilbao, no tengo opinión.

–Tranquilo, estamos en familia –le animó el colega.

–No sois de mi familia ni yo de la vuestra.

–Vale, tío, pues en confianza…

–No me llames tío, no soy familiar tuyo. Agur.

El inspector les dio la espalda y se dirigió a la mesa donde su compañera esperaba a que les sirvieran los cafés y los pinchos de tortilla que se tomaban a media mañana. También ella se había fijado en el desconocido.

–¿Qué querían? –le preguntó.

–Fastidiar.

–Si, pero cómo –insistió.

–Estaban interesados en saber qué me pareció la gran pitada de vascos y catalanes a su Enormidad en el partido de fútbol de ayer. Para una vez que el preboste se gana el sueldo…

–¿No les habrás dicho que te pareció bien?

–¡Qué va! Pero no creo que sea posible detener y procesar por injurias al jefe del Estado a sesenta y pico mil personas, como quieren algunos, jeje.

Merche se quedó con la cara del desconocido de fauces duras. Poco después sabía quién era y volvió a preguntar al inspector:

–Oye, ¿no les habrás dicho a esos alguna tontería sobre la soberana pitada, verdad?

–¿Por qué insistes en eso?

–Porque el que estaba con los de información era maloliente.

–Me pareció lustroso y acicalado.

–De usos malolientes –precisó Merche.

–No te entiendo.

–Ropa sucia, vaya; un miembro del SIE (Servicio de Inteligencia del Estado) que responde al nombre de coronel Martín Dosbarrios López del Arenal –dijo finalmente la subinspectora.

–¿Cómo lo sabes?

–Me lo ha dicho el inspector Rosado. Al parecer, es primo de Muñoz –añadió.

Tilo recordó la frase del agente Manuel Muñoz: “Estamos en familia”. Y puesto que la pitada al coronado era objeto de comentario en todos los bares del país, restó importancia al desencuentro en el Luci-Bombón.

Ya al atardecer, en el autobús de regreso a casa, un tiempo muerto que el inspector solía emplear en leer o hacer balance mental de la jornada, según los casos, se preguntó la razón por la que aquel colega le había pedido que se significara como monárquico o antimonárquico delante del espía del SIE. Sabía, porque lo había leído en libros sobre el tránsito de la dictadura militar a la democracia representativa, que los servicios secretos del Estado tenían el encargo de pulsar la opinión de los mandos militares y de mantener bien informados al presidente del Gobierno y al Rey sobre las tramas que contra la democracia iban tejiendo en los cuartos de banderas los numerosos generales y coroneles partidarios de la “mano dura” y la continuidad de la dictadura.

Pero aquella práctica de elaborar “estados de opinión” secretos para proteger a la incipiente democracia y también al monarca, considerado el avalista principal de los avances de derechos y libertades, le parecía ya tan absurda como innecesaria. Si entonces resultaba vital saber si los mandos militares y policiales, procedentes del Ejército, querían o no al Rey, y dentro de los primeros, cuántos apostaban por una dictadura coronada que les mantuviera como “columna vertebral de la Patria”, ahora no hacía falta preguntar, ni en familia ni en confianza, sobre la aceptación del sistema. La libertad de pensamiento y expresión son derechos consolidados. Nacen con el individuo y hoy parecen irreversibles. Cada cual puede opinar en público lo que le parezca. Abundan los opinadores de oficio, claro está; los que emiten y divulgan opiniones y falacias al dictado de dirigentes políticos, económicos y religiosos… Son legión los que opinan al tuntún, sin pensamiento cabal previo. Con razón escribió Antonio Machado: “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Pero algo hemos avanzado: el secular golpismo de los espadones patrios (siglos XIX y XX) quedó arrumbado.

Advirtió que se había desviado del asunto aunque, ya en el tobogán de las lecturas y los vagos recuerdos, siguió pensando en el estigma (maldición o lo que sea) del golpismo y la criminalidad impune de los cachorros de la extrema derecha durante la llamada Transición. Con solo leer el libro del periodista Mariano Sánchez Soler, La sangrienta transición, quedaba claro el equívoco de Jorge Manrique: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. “A mi parecer, no”, se dijo.

Por lo demás pensó que jornada había sido menos satisfactoria de lo deseado, pues la comisaria le negó el permiso de una semana (el chupetín era la compensación por las horas de más trabajadas) y le asignó al Caso Monos. El nombre de esa investigación le molestaba profundamente; aunque las víctimas fueran los últimos monos entre los parias de la tierra, merecían más respeto que los simios, y por eso envió una nota a la superioridad pidiendo que se anulara ese nombre. No obtuvo respuesta.

Al entrar en el portal de casa, Tilo echó de menos a la dulce Amali. Suponía que la olvidaría enseguida, pero había pasado un año desde que su joven y amable inquilina aprobó las oposiciones y la asignaron a los juzgados de Almería, y seguía acordándose de ella. Oyó gemir a Mingus y se apresuró escaleras arriba, lanzando reclamos de golondrina: “¡Uit, uit!” En cuanto abrió la puerta, el cocker le saludó a su manera: golpeándole los testículos con las patas delanteras. Luego salió disparado, escaleras abajo, soltando ladridos de regocijo.

El inspector se quitó la corbata, agarró la correa, cerró la puerta y bajó tras él. Condujo al can hacia el parque, esperó en la campa de los pinos a que soltara el marrón, lo recogió con una pequeña bolsa, lo depositó en la papelera y se encaminó hacia la terraza del Dulce, donde, como de costumbre, le esperaba el arabista Jorge Morales para libar una cerveza conversada.

–Hoy he conocido a uno de esos tíos raros para los que trabajas de vez en cuando.

–En el SIE son todos raros, ¿cómo se llama? –se interesó Morales, quien, de tarde en tarde era contratado por horas como traductor de los servicios de inteligencia.

–Le dicen coronel Martín Dosbarrios no se qué más. ¿Te suena?

–Así, a bote pronto, ni flores… ¿Qué quería?

–Nada especial; estaba con dos maderos de información en el Luci-Bombón haciendo un pequeño sondeo sobre la pitada del domingo a su Enormidad y me preguntaron qué opinaba. La verdad es que no tenía mayor importancia, pero me mosqueó un poco.

–¿Cuánto tiempo estuviste en el café? –se interesó Morales.

–Unos quince minutos.

–¿Y en ese tiempo preguntaron a otros?

–Creo que no.

–Entonces querían otra cosa.

Tilo arrugó el entrecejo en señal de extrañeza y el traductor de árabe aventuró que seguramente el mencionado coronel quería inmortalizar su cara en unas instantáneas de teléfono móvil.

–No veo para qué –dijo Tilo.

–Para nada bueno. Intentaré enterarme en qué departamento está.

–No te esfuerces, no vale la pena.

–Esa gente es peligrosa, Tilo.

No dedicaron más tiempo a la extraña materia. A Tilo le preocupaba el nuevo cometido urgente que la comisaria le había asignado, a él y a su compañera Merche, como si fueran insuficientes los cuatro agentes que se ocupaban de la investigación de la muerte de varios africanos indocumentados, “ilegales” les llamaban.

–Hasta hace poco, los mandos nos pedían “mano dura” contra los inmigrantes indocumentados y ahora nos urgen la aclaración de esos crímenes y la detención urgente de los culpables porque la “alarma social” está creciendo –comentó Tilo.

–Los mandos obedecen a sus señoritos, los políticos que les colocan en el cargo –dijo Morales.

–Lo que me alarma de verdad son los mensajes de esos jichos de la ultraderecha, sembrando odio contra los inmigrantes. Sin correctivos ejemplares a esos patriotas de hojalata que difunden bulos venenosos en redes sociales y panfletos digitales mucho me temo que la criminalidad racista y por otros motivos de odio, incluido el religioso, va a ser imparable –afirmó Tilo.

Al hilo de las consideraciones del inspector, Morales recordó haber oído en la sede central del SIE algún comentario sobre el “desasosiego social” que provocan los inmigrantes sin papeles y sobre la necesidad de tomar cartas en el asunto.

–No me consta que los Servicios Secretos del Estado realicen cometidos sobre inmigración en el interior del país a no ser en casos de sospecha fundada de que se haya colado algún terrorista –dijo Tilo.

–Pues tengo la impresión de que te equivocas… Esa gente está en el ajo de los problemas principales del país y, según las encuestas, la inmigración es el cuarto o quinto motivo de preocupación ciudadana –aseguró Morales en voz baja y con toda seriedad.

–¿Cómo lo sabes?

–Toco de oído, pero esos tipos dedican desde hace tiempo elementos operativos a asustar, o sea, aterrar, a los pobres desgraciados para que se larguen, desaparezcan y, desde luego, no hablen bien de nuestro país con sus familiares del otro lado del mar. Parece ser que su principal contribución consiste en combatir «el efecto llamada» –afirmó el arabista.

La conversación quedó en suspenso con la llegada de Frantiska, compañera sentimental del amigo Morales, una checa de algo más de treinta años, de una belleza deslumbrante.

–Tengo otra adivinanza para ti –dijo a Tilo después de saludar y depositar un pico de gorrión en los labios de Jorge.

–¿A ver?

–Adivina adivinanza: ¿Adonde vuelven Ruth y Tina después de las vacaciones?

–A la rutina –respondió Tilo–. Ahora yo: “Un tipo mitad ocre, mitad no, ¿qué es?”

Ella colocó un mechón del liso cabello trigueño detrás de la oreja izquierda y, de pronto, exclamó:

–¡Mediocre!
A Frantiska, una verdadera pentecostés dotada del don de lenguas, le encantaban los juegos de palabras. Y, dicho sea de paso, a Mingus le encantaba Frantiska y se esforzaba en olisquear su entrepierna.

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