NOVELA DE ENTRETIEMPO.–Vuelven Tilo Dátil y Merche Tascón. Han de investigar la muerte de un inmigrante indocumentado cuando dormía en el interior de un coche. Los crímenes de odio contra los africanos se han cobrado cinco víctimas sin techo en los últimos tiempos. Las autoridades tratan de enfriar la alarma social y exigen detenciones. Pero no es fácil. Los asesinos no dejan huellas ni un cabo suelto, un hilo del que tirar para llegar a un ovillo que los investigadores suponen bien apretado y muy protegido.
1.–El coronel Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber su verdadero nombre) se sentía orgulloso de su obra. Lógico. Diga usted que no es nada fácil, sino muy difícil acertar con los fichajes. Pero con aquel pollo había dado en el clavo.
Recordó su vista al instituto de enseñanza media. El centro estaba en un distrito aceptable, tranquilo, bien pavimentado, poblado por trabajadores cualificados (técnicos), clase media acomodada. Los jóvenes llevaban ropa de marca y zapatillas caras. Su charla a los estudiantes, unos cuarenta, fue una más de la tantas veces repetida sobre una materia que otrora llamaban “formación del espíritu nacional” y ahora denominaban con mayúscula “Conciencia de la Defensa Nacional”. Se trataba de informar a aquellos jóvenes de dieciséis a dieciocho años de los medios de los que disponía el Estado para proteger a la sociedad y de hacerles conscientes de que la seguridad es una condición necesaria para el ejercicio de la libertad. Sin los instrumentos de defensa del sistema constitucional de derechos, deberes y libertades, el Estado democrático caería hecho añicos y sería sustituido por la ley del más fuerte. A continuación les decía que el Estado somos todos, sois vosotros; describía las distintas herramientas de defensa, con especial referencia al Servicio de Inteligencia. Y luego, ya consciente de la atracción de aquellos pollos hacia el término “secreto” y hacia el lema de la organización –“Saber para vencer”–, se sometía a sus preguntas.
El procedimiento de recluta de futuros agentes se mantenía año tras año. Los interesados en recibir más información y, eventualmente alistarse y hacer carrera como miembros de los Servicios Secretos, anotaban su filiación, teléfono y dirección en la libreta de bolsillo que el coronel les entregaba y ellos hacían circular de mesa en mesa. La cosecha en aquel centro público de enseñanza media fue aceptable: tres chicas y tres chicos. El último, el que le devolvió la libreta al estrado y ya no se separó de él hasta que cruzó los patios de recreo y salió a la puerta de la calle, era un chaval mofletudo, imberbe, ojos de lignito, al que le interesaba mucho, muchísimo, la materia. “Espía es lo mejor que puedo ser en la vida”. Eso le dijo.
El coronel recordó que aquella tarde se vio sorprendido por una llamada telefónica de ojos de lignito. ¿Cómo rayos había obtenido su numero de teléfono? El jefe de estudios del instituto le aseguró que él no se lo había facilitado.
–¿Suele cerrar su despacho con llave?
–No, nunca –contestó el profesor.
–Entonces lo vio en su agenda o en algún papel donde lo haya anotado –dedujo el coronel.
–Harto difícil: no escribo números.
–¡Qué memoria la suya!
–Mnemotecnia, mucho mejor que la inteligencia artificial.
Ahora, cuando ya había pasado mucha agua bajo los puentes, reconocería el coronel su incapacidad para averiguar cómo consiguió aquel pollo los dígitos de su teléfono secreto. Al día siguiente citó fuera del horario lectivo a los seis estudiantes interesados en servir a la patria. Comparecieron las tres chicas y los tres chicos. Los invitó a ocupar las mesas de la sala de aquel piso franco, a abrir las pantallas de los ordenadores y a hacerse una foto. Luego, como de costumbre, les pidió que fueran pensando un “nombre de guerra” para utilizarlo en la primera misión que les iba a encomendar a modo de prueba. Después de una breve plática les facilitó el nombre y los apellidos de un ciudadano cuyo número de teléfono móvil tenían que averiguar en diez minutos. Enseguida se lanzaron a navegar por Internet para realizar su cometido. El tiempo era escaso, pero tres minutos después, ojos de lignito clicó con el ratón, alzó su rostro mofletudo y exclamó: “Lo tengo”. El coronel se sorprendió. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el hábil aspirante le espetó: “¿De verdad vamos a espiar al ministro de Fomento?” Y un instante después sonó la melodía de Imagine de John Lennon en el teléfono de Ojos de Lignito.
–¿Usted tiene una moto de alta cilindrada, verdad? –preguntó al interlocutor después de saludarle por su nombre e identificarse como miembro de una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico. Tras oír la respuesta, el joven deletreó cuatro números y tres letras. Y ante las explicaciones del ciudadano ministro de Fomento, prorrumpió en disculpas por el error y remató la jugada diciendo: “Nos alegramos enormemente de que la motocicleta robada que hemos interceptado no sea la suya”.
El coronel se vio gratamente impresionado por la habilidad de aquel muchacho y se sorprendió de que supiera mentir como decía Graham Greene: de modo que nadie pudiera distinguir sus mentiras de las verdades del Evangelio. Sin duda se hallaba ante una rara avis, un sujeto con unas cualidades excepcionales para averiguar lo que hiciese falta. Así que al terminar la tercera y última sesión informativa, elaboró un informe tan favorable sobre el recluta que llegó a escribir que su cabeza era una mina de oro para el servicio.
Hasta ahí la intervención personal del coronel, aunque podía añadir y añadió que un capitán de la agrupación operativa cuyo nombre supuesto era Agustín Cierto (por si deseaba confirmarlo) se ocupó de tutelar y adiestrar al muchacho. Pasó el tiempo, pero los medios de comunicación social le impedieron olvidarse de él, pues un día le veía en la pantalla de televisión en un acto del partido político derechista a pocos metros del presidente del Gobierno. Pocos sabían quién era en realidad, pero él sí. Daba bien ante las cámaras. Sus mofletes gordejuelos y su expresión relajada le conferían un aire de inocencia superlativa. Otro día apareció en las fotografías de los periódicos en una recepción oficial de aquel gandul con bigotes y calzas de ir más alto. Pero su sorpresa llegó a lo más alto del podio cuando, dos años después le volvió a ver sentado en un sofá casero con el vicepresidente de la Confederación Empresarial, un personaje que poseía varios locales de restauración en la capital del reino y se estaba forrando con contratas de cafeterías y restaurantes en numerosos centros oficiales. Aunque aquel contratista era digno de atención en sí mismo, poseía un valor especial como amigo personal del Rey.
En este punto el coronel se sintió obligado a invertir unos minutos de su escaso tiempo en explicar que el contratista mandibulario poseía un campo de tiro privado entre Zarzuela y El Pardo donde Su Enormidad afinaba la puntería y le daba gusto al gatillo. Conocida es la afición del coronado a la caza mayor, y en este sentido diga usted que la mayor posible son los elefantes de la reserva de caza de Moremi, en el delta del Okavango (Botsuana). Se comprende que los amigos (y amigas íntimas) de cacería de la persona que ocupa el vértice superior del Estado (“nosotros la llamamos A”) posean gran interés para los servicios de protección. Diga usted, además, que un señor cuyo objetivo vital es pasarlo bien consume gran cantidad de agentes.
El coronel calibró el riesgo de volverse incompatible con la paciencia de su señoría, quien le había concedido media hora y se mantenía en silencio desde que le saludó y le invitó a subir a la berlina. Puesto que el conductor había dado la vuelta en un cambio de sentido cercano al circuito de velocidad del Jarama y estaba a punto de llegar de regreso a la Plaza de Castilla, el coronel abrevió su intercesión por Ojos de Lignito ante el magistrado ponente del Tribunal Supremo. Si el joven agente secreto se había citado con un empresario gallego en aquel restaurante de Ribadeo (Lugo) en calidad de alto cargo enviado por la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real, se debía, sin duda, a las necesidades del servicio. Ciertamente algún servicio secreto enemigo o, cuando menos, poco amistoso, destapó al agente y lo denunció para quitarlo de en medio, lo que nosotros llamamos “quemarlo”. El conductor detuvo el vehículo en “el Paco”, el mismo lugar donde lo había recogido, el lateral de los Nuevos Ministerios donde antes se alzaba la estatua ecuestre del dictador generalísimo. El magistrado lo despidió con un gesto amistoso. Ni una palabra por temor a ser grabado. ¡Qué tío!
Fechas después, el coronel sintió deseos de conceder la medalla de oro al magistrado ponente cuando leyó la sentencia del Supremo exculpando a Ojos de Lignito. El lanzamiento de jabalina había superado la distancia esperada. El alto tribunal declaraba que no hubo delito de usurpación de funciones públicas porque la conducta realizada por el acusado consistió en una única acción de suplantación de un cargo que no existe cual era el enlace entre la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real. Además, la acción del acusado carecía de la nota de pluralidad que demanda el Código Penal; se trataba de una comida sin contenido político o económico que no encaja en el concepto de acto oficial. La conjunción de estos factores no posibilita el encaje del hecho en el delito de usurpación de funciones públicas. La sentencia concluía: “Se realizó un simple acto de jactancia, atípico penalmente”.
Ya anulada la pena de cuatro años de prisión a la que había sido condenado por la Audiencia Provincial, Ojos de Lignito recibiría una nueva identidad, le modificarían el rostro para borrar su semblante aniñado, le suministrarían algún fármaco para estimular el crecimiento de la barba y lo devolverían al servicio con musculatura de gimnasio y fisonomía diferente. Después de todo, resultaba difícil encontrar y fichar a un tipo como aquel, capaz de simular con toda naturalidad hasta cuatro personalidades distintas, de infiltrarse en los ambientes más selectos de la bribonería económica y fiscal, la aristocracia, el patriotismo opulento y, también, de realizar operaciones de alto riesgo y máxima punibilidad.