Cuentos y descuentos del sábado (10-08-2024).–Luis Díez.
Aquel atardecer, don Rafa, el mecánico de trenes de larga distancia a mucha velocidad, llegó excitado al palmeral de la playa.
–Ya han visto ustedes lo que ha ocurrido. ¿Tenía yo razón o no? –preguntó con aire de superioridad a los demás seculares antes de doblar su pesado esqueleto de casi dos metros para abrir la silla plegable y sentarse.
–Tampoco se ponga estupendo, que no es para tanto –replicó José Luis, el aviador apagafuegos.
–¡Anda que no! Se cancelaron miles de vuelos, se retrasaron otros tantos en Estados Unidos, Europa y Asia, lo que ocasionó largas esperas, incalculables pérdidas y mucho enfado a cientos de miles de viajeros en plena temporada de vacaciones. Muchas estaciones de televisión no pudieron emitir; juzgados y tribunales quedaron en suspenso al perder el acceso a los expedientes; los semáforos de muchas ciudades dejaron de funcionar, con el consiguiente caos de tráfico y aumento de los accidentes; las agencias de desempleo quedaron bloqueadas; los servicios de emergencias sanitarias, bomberos, protección civil y otros negociados públicos se fueron…
–¡Va, daños menores! –opuso el aviador.
–No me interrumpa –pidió el ferroviario.
–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo… Digo daños menores porque no ha habido muertos –añadió el aviador.
–Eso no lo sabemos y quizá nunca lo sepamos –dijo el ferroviario. Luego siguió leyendo–: Alison Baulos, de Paducah, Kentucky, dijo que la cirugía cardíaca de su padre, de 73 años, fue cancelada, dejando a la familia muy preocupada. El Servicio de Salud del Reino Unido reconoció que la mayoría de los consultorios médicos quedaron inoperantes. En el Mass General Brigham, el mayor sistema de atención médica de Massachusetts, todas las cirugías, procedimientos y visitas médicas programadas no urgentes se cancelaron. Los registros civiles aplazaron miles de bodas e inscripciones de nacidos y fallecidos en todo el mundo. Los puertos de embarque de contenedores de Gdansk (Polonia), Algeciras y Valencia (España) y los gemelos de Los Ángeles y Long Beach, entre otras terminales marítimas dejaron de operar…
–¿Ha merendado lengua? –se quejó el aviador.
–Tranquilo, ya termino –le contestó el ferroviario. Y siguió leyendo otras referencias al apagón tecnológico, transmitidas por la agencia de noticias Associated Press (AP) y publicadas sin entrar en detalles por la prensa estadounidense y, con menor relevancia (a saber por qué) por los periódicos europeos: “Aunque el impacto del apagón tecnológico pudo sentirse a gran escala, la firma de prospectiva Capital Economics señaló que muy probablemente tendrá un efecto menor en la economía mundial. American Express dijo que tenía algunas dificultades temporales para procesar transacciones, mientras que TD Bank respondió a las quejas en línea diciendo que ya trabajaba para “restaurar” la capacidad de los clientes para acceder a sus cuentas”.
–En fin, que no sabemos en manos de quién estamos y, como les decía hace unos días, hay que tener dinero suficiente en casa para resistir por lo menos un mes, si no tres –concluyó don Rafa.
–Diga usted que sí, que toda precaución es poca –le apoyó Santiago el churrero–. Yo por si acaso no dejo en el banco ni un euro más de los necesarios para pagar los recibos. En cuanto ingresan la pensión, todo para casa, que un día llega el colapso y te quedas sin nada.
–Cada siglo tiene sus riesgos –proclamó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado–. Si el XX nos obligó a desvivir con el riesgo termonuclear, el XXI no le va a la zaga con los bytes, los softwares y todas esas tecnologías informáticas de las telecomunicaciones on line y eso que llaman inteligencia artificial.
–Riesgos que se suman unos a otros, eso es lo malo –dijo la bióloga Raquel antes de hilvanar una parrafada sobre la destrucción de la atmósfera, el calentamiento global y el cambio climático.
–Si la simple actualización de un sofware –abundó el mecánico ferroviario don Rafa– provoca una avería intercontinental en servicios clave y nos revela la fragilidad del mundo, imaginen lo que ocurriría si se tratase del ciberataque de unos desalmados, capaces de apoderarse del planeta.
–Bueno, bueno, tampoco vamos a asustarnos ni dejar de apoyar el progreso –dijo el profesor Manieses, quien recordó aquellos tiempos en los que las olas de calor provocaban caídas del suministro eléctrico, con los consiguientes apagones de luz, averías de todo tipo y enormes pérdidas de alimentos y otras mercancías–. Aquello se resolvió con mayor y mejor potencia instalada y tengo para mí –añadió– que de alguna manera, con blindajes o como se diga, las autoridades democráticas protegerán, duplicarán, triplicarán o más los distintos sistemas, memorias y archivos tecnológicos para que nada se pierda, se borre y desaparezca… Así que no, no vamos a volver a las cavernas por más que algunos intenten asustarnos y otros salgan a la calle vociferando ¡Arriba las antorchas y abajo las bombillas!
–Pues la olímpica la han colocado bien arriba en París, aunque ya ni para alumbrar una tregua en los bombardeos contra los palestinos valga –dijo al aviador apagafuegos–. Por lo demás reconozco que nuestro amigo don Rafa lleva razón al recomendarnos tener dinero en casa para resistir uno, dos o más meses cuando nos dejen cibergripados y sin vacuna.