Braguetazos

Cuentos y descuentos del sábado (03-08-2024).–Luis Díez

En las conversaciones de los “seculares” del palmeral de la playa surgió el asunto de la riqueza la tarde que doña Macarena (setenta y cinco años bien llevados) preguntó al octogenario (huesudo, fumador, con tos de ratón) don Baldo del Llano cuál había sido su dedicación vital.

–Pues mire, he dedicado mi vida a hacerme rico –dijo él.

–¡Anda, como mi marido!

–Y después, poderoso –añadió don Baldo.

–¿No me diga? Pues como mi marido, que en gloria esté –añadió ella.

–¿Y cómo se hizo rico usted? ¿Supongo que no sería trabajando? –se interesó José Luis, el aviador apagafuegos.

–Hombre, mi trabajo me costó enamorar a Mariluz, hija única y heredera universal de una familia muy rica de la provincia –respondió don Baldo dibujando una sonrisa de pícaro.

–Eso en mi pueblo se llama braguetazo –dijo el aviador.

–Se llamará así, pero creame que, además, el dinero requiere un esfuerzo de conservación y reclama una tarea de aspa constante, complicada y laboriosa.

–¡Andaya! Pobres millonarios, cuánto sudan –ironizó el apagafuegos.

–Pues si, sudor mental, intelectual si le parece mejor –replicón don Baldo antes de informar al amigo de la tarea de poner el dinero a trabajar. En su caso, multiplicó la fortuna. No dijo por cuanto, pero estimulado por doña Macarena contó cómo nada más enterarse de que una empresa francesa de automóviles se disponía a instalar una fábrica en su ciudad, se dedicó a conocer a sus directores y directivos, se informó de sus necesidades industriales y, de acuerdo con ellos, enseguida armó una pequeña factoría de componentes para los coches. La marca tuvo éxito y don Baldo fue ampliando más y más su producción hasta convertirse en uno de los principales suministradores de componentes mecánicos, eléctricos y electrónicos de aquella empresa automovilística en nuestro país y en el extranjero. Y puesto que las tripas de los coches se deterioran mucho antes que la chapa y el motor, la fábrica de don Baldo experimentaba una demanda de repuestos extraordinaria para cientos de talleres en España y allende las fronteras.

–Joer, pues va a ser cierto que los ricos también sudan, por la cabeza –concedió el aviador apagafuegos.

–Hombre, tampoco hay que generalizar, que cada persona tiene su personalidad y su forma de sudar –puntualizó don Baldo.

–¿Sobre cuantos obreros llegó a sudar usted? –le preguntó Manuel, el espía.

–Así, a bote pronto, diría que mil doscientos o algunos más si sumamos los peones de las fincas de trigo, cebada, lino… En los mejores tiempos llegamos a hacer tres turnos al día en la fábrica.

–¿También cultivaban lino? –se extrañó Manuel.

–Carecía de utilidad, pero con la subvención de la Pac era más rentable que el cereal. Luego se quemaba y fuera. Todo iba bien si no hubiera sido por un gobernante castellano-manchego, un pureta con mucha labia que denunció las quemas de lino en las supuestas instalaciones de transformación.

–¡Menudos terratenientes sinvergüenzas! –exclamó el espía.

–Sin ánimo de huir de la quema, su comentario me obliga a puntualizar que las tierras eran de mi esposa y ya entonces estábamos divorciados –se exculpó don Baldo.

La conversación derivó hacia la resignación de la mayoría de los senior, que desvivían con el cinturón apretado y se conformaban pensando que no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita. Pero el aviador apagafuegos aventó la brasa preguntando a doña Macarena cómo había recibido ella el braguetazo.

–Con mucho gusto –respondió con tono distante.

Sin embargo, la curiosidad de otros seculares (“cuenta, cuenta”) acabó ablandando a la septuagenaria y entonces contó que su Miguel era un hombre muy listo, un joven que aprobó las oposiciones de abogado del Estado y le dieron plaza en el sur, “en la delegación de Hacienda de mi demarcación provincial”. “No creo yo que a estas alturas se enfade si les cuento lo que él comentó a algún amigo íntimo: que la práctica papelística del Estado le aburría soberanamente, así que se dedicó a buscar en los listados de Hacienda a los contribuyentes más ricos, se fijó en mi familia, cargó su tarea sobre otro abogado del Estado destinado en el mismo negociado y se dedicó a ligar conmigo. Se hacía el encontradizo, acudía a los mismos lugares, boites y fiestas a los que yo iba, se hizo amigo de mis amigos y amigas y al final consiguió lo que buscaba; sin ser alto ni apuesto me ganó con su labia, simpatía, atenciones y detalles”.

Igual que don Baldo, aquel Miguel utilizó el capital del braguetazo para instalar gasolineras, primero flotantes y después en tierra firme. Con el suministro de carburante a barcos y vehículos terrestres activó el aspa multiplicadora y consiguió una gran fortuna. Ni que decir tiene que los progenitores (ricos y famosos terratenientes y bodegueros) de doña Macarena se sentían felices de disponer de un alto funcionario del Estado (en excedencia) al servicio de sus intereses materiales.

–Viajábamos mucho –prosiguió la septuagenaria–, visitamos los lugares más exóticos e interesantes del planeta, lo pasábamos estupendamente, creo que llegué a enamorarme y nos quisimos muchísimo. Pero su ambición le empujó a meterse en el terreno embarrado de la política. Para un espíritu tan inconformista como el suyo, el dinero era una herramienta necesaria para emprender proyectos y conseguir mejoras individuales y colectivas, pero lo importante era el poder. Tener y mandar acabó siendo su lema. Y ya con la adicción política en el cuerpo acabamos siendo visitantes el uno para el otro, pues se convirtió en jefe de prospectiva económica de la dirección del partido conservador, diputado, ministro y más alto todavía: eurodiputado y comisario.

–Eso si que es subir –afirmó el aviador– ¿Y usted, don Baldo?

–Yo no pasé del nivel de director general.

–¿De qué, si se puede saber?

–De la Guardia Civil.

–¡Jo, eso si es poder! –exclamó el aviador.

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