Archivo por meses: julio 2024

Traviesos, trastos, saltabardales

Cuentos y descuentos del sábado (27-07-2024).–Luis Díez

Los peques hacían travesuras, ideaban bromas, protagonizaban trastadas. Y los seculares del palmeral de la playa se las contaban unos a otros entre sorprendidos, irritados o regocijados, según los casos. Relató doña Pilar, labios de cereza, cómo su nieta de diez años, más lista que el hambre, se juntaba con otros saltabardales y se dedicaban a hacer trastadas. “Ayer consiguió mosquearme de verdad”.

–¿Qué pasó? –se interesó don Baldo, el millonario.

–Se fueron en plan safari y se dedicaron a cazar moscas y meterlas en un bote. Ni se imagina para qué.

–Usted dirá –la animó don Baldo.

–Las pincharon en un cactus muy hermoso que adorna la puerta de casa.

Varios seculares se rieron.

–Cuando salí esta mañana y vi la planta… ¡Qué susto! Menuda pena.

Las risas arreciaron.

Entonces don Pepe, que había sido arquitecto, contó que su nieto Willy era un auténtico prodigio de las comunicaciones. “Con solo nueve años agarra el teléfono de su abuela y es capaz de aligerarle la cuenta del banco, la tarjeta de crédito y los fondos asignados a Paypal. “No sé cómo consigue averiguar las claves de seguridad, pero lo consigue y paga suscripciones de juegos on line, bastante caros, por cierto.”

–Es el sino de los tiempos –afirmó Manuel, el espía–; dese cuenta de que ellos son nativos digitales y nosotros acabamos de llegar a su tribu del nuevo mundo.

Las travesuras de Willy, el pequeño jáquer, tenían más recorrido (contable), pero el profesor Manises se interpuso diciendo que su pequeño Juanito le había dejado con la palabra en la boca. “Entra por la noche en mi despacho y perpetra averías; ayer me quitó la barrita de tinta del Pilot y esta mañana, cuando agarré el estupendo bolígrafo para anotar una idea y una adivinanza antes de que se me olvidaran, venga a dar al botón una y otra vez y la punta no salía”.

Más risas.

–Vamos, que el granujiya me dejó con la palabra en el pico, del bolígrafo –remató el profesor.

–¿Qué adivinanza era esa? –se interesó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado.

–Una adivinanza de invierno –dijo el profesor–: llueve, hace frío, no hay taxis. ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

–De la sin…taxis –respondió don Víctor.

–Apúntese una.

–Con su bolígrafo, imposible.

Entre risas, el aviador apagafuegos dijo que para avería gorda, la de su nieto, el pequeño Jon. Contó que una vez echó una botella de detergente líquido de fregar los platos en el depósito de gasolina del Mercedes.

–Arranqué el coche, lo saqué del garaje, pero a los doscientos metros empezó a toser y a soltar espuma… por la boca. ¡Una ruina!

–Si no estoy equivocado, su Jon va para mecánico –aventuró el profesor Manises.

–O para empleado de la limpieza. El muy gandul reconoció la trastada, pero se justificó diciendo que solo quería limpiar el motor. ¡Qué niño!

–A propósito de mecánicos –intervino doña Pilar–, a mi Yago le puede la curiosidad: desarma todos los mecanismos a ver qué tienen dentro. Ya cuando era un renacuajo agarraba los vasos con agua y los ponía boca abajo para ver qué pasaba. Luego te preguntaba por qué se caía el agua. Con las cajas de música hacía lo mismo: las destrozaba para ver donde guardaban las canciones. Y así sucesivamente. Transistores, relojes, mandos a distancia… El cabroncete no deja títere con cabeza.

–¿A que con el teléfono de la abuela no se atreve? –se interesó Manuel, el espía superviviente.

–Me lo arrebata para luchar contra zombis y marcianos, pero, de momento no le ha dado por desarmarlo. Por cierto, tengo la impresión de que se está volviendo adicto a los juegos on line. Su padre le corrige, se desespera…, pero su madre le deja el móvil y le permite jugar todo lo que quiera con tal de que la deje en paz.

Don Víctor volvió a la carga sobre todo ese mundo virtual que está desvirtuando, dijo, a las nuevas generaciones. Pero el millonario don Baldo, sin negar los efectos ignotos de la interconexión digital y la apabullante mundialización del conocimiento al instante, sostuvo que esos avances científico-técnicos están moldeando a una gente nueva más libre, más informada, más lista y mejor que la vieja.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que sí, puede que no –terció el aviador.

–Traviesos y saltabardales o como mi pequeña Olivia, ordenada, obediente, sociable… más buena que el pan, lo importante es que se eduquen bien, adquieran el saber para vivir y sean felices –opinó don Rafa, que había sido mecánico de trenes de largo recorrido a gran velocidad.

Los demás le dieron la razón y Raquel, la bióloga, exclamo: “¡Con lo que se les quiere!”

Patriota ille

Cuentos y descuentos del sábado (20.07.2024).–Luis Díez

Tuvieron suerte: les tocó un vagón con aire refrigerado. Como de costumbre, Marisa preguntó a Fiol a qué dedicaba la jornada de aquel caluroso julio capitalino, a lo que el amigo y antiguo compañero de estudios le respondió que iba a la Biblioteca Nacional a documentar una observación.

–¿De qué observación se trata? –quiso saber ella.

–Supongo que te has fijado en que este es un país lleno de patriotas, un lugar donde la gente ama tanto su patria que compite en demostrar a cualquier hora y en todas partes más amor que el prójimo hacia ella mediante la exhibición de banderas y el lucimiento de los colores de la enseña nacional en los utensilios más diversos: coches con pegatinas, relojes, pasadores de corbata, pulseras, gemelos en las camisas, insignias en las solapas, cinturones, tirantes, bolígrafos, mecheros… ¡Qué se yo! Incluso una vez vi a una chica en bragas de colores de la enseña nacional.

–Y un toro, supongo –añadió Marisa con ironía.

–Hasta ahí no atisbé.

–Pues no olvides las bufandas, cintas de sombreros, sombrillas… Y ten en cuenta la música del himno nacional en los timbres de los teléfonos –agregó la amiga, siempre presta a completar las observaciones del rico estudioso de nuestro tiempo.

Fiol, que se había quitado las gafas de sol y el sombrero de ala corta que usaba para pasear tomó nota mental del apunte de Marisa, quien agregó:

–Asistimos a una inflación de signos bastante asquerosa; no sé si es amor o postureo.

–Eso es lo que intento aclarar –dijo Fiol antes de referirse a aquellos veranos en los que la noticia principal eran las “guerras de banderas” en las fachadas de los ayuntamientos del norte.

–En un país como el nuestro, compuesto de hijos y nietos de expatriados republicanos, patrias históricas y medias patrias, el asunto tiene su complejidad. Los vascos, catalanes y gallegos poseen sus banderas nacionales por ser nacionalidades históricas y, como buenos patriotas, millones de catalanes y vascos (los gallegos menos, dada su idiosincrasia volandera y emigrante) compiten en demostrar su querencia patriótica. Muchos, la mayoría de los que exhiben la bandera nacional del conjunto del Estado, suponen que esos nacionalistas históricos desquieren a España por querer a sus patrias, y ya está el lío, el conflicto, el odio a flor de piel.

–Con razón dicen que las banderas dividen a las gentes en bandos –recordó Marisa.

–De ahí la necesidad de informar, enseñar y transmitir tolerancia y bondad, algo que los líderes políticos, salvo excepciones, no suelen hacer.

Recordó Fiol cómo antes (hasta la última década del siglo XX) se obligaba a los jóvenes sometidos al servicio militar obligatorio a “jurar bandera” con el compromiso de dar “la vida por España”, una fórmula bárbara que fue modificada por un ministro de Defensa llamado José Bono.

–Como supongo que para explicar tus observaciones sobre las banderas tendrás que remontarte a los Reyes Católicos, tan religiosos ellos, podrías averiguar, de paso, por qué rayos esos banderistas españoles, no menos católicos ni apostólicos, desprecian y atacan a las personas inmigrantes –sugirió Marisa.

–A los inmigrantes, las mujeres, los gays… Cuanto más abanderados, más peligrosos. Pero en lo atinente a los inmigrantes tengo la impresión de que estamos ante una táctica política tan cruel y falsaria como siempre: primero meten miedo y luego se presentan como salvadores frente a los malos, que son muchos, muy pobres y vienen a invadirnos. Esos patriotas luciferinos siempre buscan enemigo. Antes venían los rojos (socialistas, anarquistas, comunistas) y te quitaban la vaca (colectivizaban los bienes privados) y ahora vienen los inmigrantes y te lo quitan todo, el puesto de trabajo, la novia y hasta la religión y la patria si no les votas a ellos para pararles los pies.

–¿A quién pretenden engañar?

–Hay mucha ignorancia, hermosa.

–Y demasiada crueldad… ¡Mi estación!

–Que tengas buen día. ¡Siempre nos quedará la roja!

Calderón de la patera

Cuentos y descuentos del sábado (14-07-2024).–Luis Díez

Llegaba don Víctor Márquez hablando solo al palmeral de la playa donde se congregaban “los seculares” al atardecer a contemplar la puesta de sol y conversar. Desde que doña Raquel, la bióloga, dijera que aquel hombre “hablaba con la microfauna”, algunos le lanzaban miradas a las orejas y, al no descubrir el adminículo de comunicación inalámbrica a distancia, murmuraban: “Pues va que sí, que el amigo Víctor habla con los mosquitos”. Entonces José Luis, el aviador apagafuegos, le preguntó:

–¿Con quién venía hablando, Víctor?

–Con Calderón de la Barca –dijo él.

–¿El de La vida es sueño? –terció el profesor Manises.

–Correcto, un tipo con una vida muy interesante, un dramaturgo genial y un soldado valiente, siempre al servicio de la aristocracia y de los reyes de España.

–También fue clérigo –añadió el profesor de segunda enseñanza.

–Cierto, y muchos disgustos se llevó por las descalificaciones y censuras de los superiores de la curia contra sus obras más populares. Tenga en cuenta que estamos hablando del sucesor de Lope de Vega en el trono de los dramaturgos del Barroco.

–Pues yo creo que se equivocó en el título de su famosa tragedia –opinó don Santiago, que había sido churrero y respiraba con dificultad.

–¿Por qué dice eso? –se interesó Víctor.

–Porque de sueño nada, la vida es una putada –afirmó Santiago.

–Sin atreverme a negar sus razones, le puedo decir que también fue puñetera para él, hasta el extremo de tener que refugiarse en la embajada de Austria para librarse de la pena de muerte tras haber sido acusado de asesinato. Era habitual entonces (siglo XVII) batirse en duelo a vida o muerte para vengar ofensas, lo cual, dígase así o de otro modo, constituía una gran putada. Ahora, los más famosos autores del espectáculo contemporáneo de mayor popularidad, el fútbol, se limitan a darse patadas. Duele, quedan perniquebrados –mira lo que el grandullón Kroos hizo a Pedri–, pero ya no te juegas la vida al competir. Volviendo a La vida es sueño…

La voz cantarina de la bióloga Raquel le interrumpió recitando aquellos versos del primer monólogo de Segismundo:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

Los seculares aplaudieron y don Víctor Márquez retomó el hilo.

–La vida como sueño –dijo– no deja de ser un tópico de muchas religiones, pero en el “drama filosófico”, según la definición Menéndez Pelayo, Segismundo ha de resolver el conflicto entre el destino y la libertad. El desenlace eleva el autodominio a la categoría de virtud y el príncipe o primer heredero acabará haciendo de la necesidad virtud.

–¿Y a usted le parece bonito ir por ahí hablando con alguien que ya no existe? –incidió el aviador apagafuegos.

–Una cosa es que no se pueda mover de la pesada estatua que le pusieron en la plaza de Santa Ana de Madrid, frente al Teatro Español, y otra que no exista. La vigencia es existencia, amigo José Luis. Y sí, claro que es bonito hablar nada menos que con el dramaturgo que ideo y creó La Zarzuela. Ya le he dicho que tiene una vida apasionante, combatió contra los secesionistas catalanes en 1640, fue herido en una mano, pasó mucha hambre en el cerco de las tropas enemigas a Tarragona, perdió a su hermano –herido en una pierna en la batalla de Barcelona–, viajó a Madrid a informar al conde-duque de Olivares del rechazo de los sitiadores de Tarragona el 20 de agosto de 1641, pero se incorporó de nuevo a la lucha como cabo de escuadra de caballería de los guardas reales que fracasaron en el intento de tomar Lleida.

–Se ve que le gustaba la bronca entre aquellos jichos de la nobleza, tan fanáticos y empalagosos como los líderes de hogaño –dijo el aviador apagafuegos.

–Pues fíjese usted, sin dejar el teatro se metió a soldado porque, como ocurre ahora, la escritura no da para vivir dignamente. Por lo demás me ha contado que los riesgos en la Corte eran casi tan altos como en el frente. Con decirle que aquel mismo año de 1640 cayó herido de una cuchillada en una disputa durante el ensayo de una obra suya para los carnavales en el palacio del Buen Retiro.

–Pregúntele si le gustaría que en vez de la Barca le llamaran de la Patera o el Cayuco –abundó el aviador apagafuegos “en modo” tocapelotas.

–Me parece una pregunta insidiosa, señor de sombrero arrugado, pues cada uno es hijo de su madre y su padre. Ahora bien, si desea su opinión ante el fenómeno de la inmigración o el exilio económico y vital, le puedo anticipar su respuesta comprensiva, humanitaria hacia quienes se juegan la vida y en su mayoría la pierden en su huida del hambre, la miseria, la enfermedad, el despotismo, la violencia… Lo deseable y posible si la Europa desarrollada quisiera sería un progreso justo de los países africanos que tanta crueldad y penuria soportan.

El aviador aceptó la respuesta y manifestó su acuerdo con don Víctor, pues no en vano había intervenido en muchas operaciones de salvamento de inmigrantes en el Atlántico y el Mediterráneo. La próspera Europa de los ciudadanos acomodados no estaba haciendo sus deberes. Pero antes de que la conversación se desviara hacia baile de máscaras de la política internacional, inquirió doña Pilar desde sus labios de cereza:

–Me pregunto por qué habla usted con Calderón. ¿No tiene suficiente entretenimiento con lo que está pasando?

–Pues mire, hablo con el dramaturgo para hacerle una entrevista. Suelo hacer una al mes y me faltaba ese genio del Barroco.

–¡Anda qué bueno! ¿Y a quién ha entrevistado hasta ahora? –quiso saber Raquel.

–Uff, a muchísimas gente de mérito, comenzando por Miguel de Cervantes, Julio Verne, Sartre, Baroja, Mark Twain, Miguel Hernández, Larra, Antonio Machado, Jovellanos, Pablo Iglesias, Charles Darwin, Ortega y Gasset, Manuel Azaña… Así hasta cuarenta.

–Vamos, que conversación no le falta –zanjó Santiago el churrero.

–Ni compañía, tampoco.

Por un beso

Cuentos y descuentos del sábado (06-07.2024).–Luis Díez

Al atardecer de aquellos días de julio se les veía caminar con sus sillas plegables hacia el palmeral de la playa, donde se sentaban, conversaban y contemplaban la puesta de sol. Eran gente mayor. Les llamaban “los seculares” porque entre todos sumaban más de ocho siglos y porque venían del siglo pasado. Puesto que a determinada edad todo son goteras, las disfunciones, dolencias, enfermedades y averías corporales dominaban sus conversaciones. Quien más quien menos era crónico, se hallaba cronificado y andaba con su pastillero y su agenda de citas sanitarias siempre a mano. Con todo, en ocasiones se contaban vivencias y episodios, pasajes de la memoria que reverdecían de pronto como esos cardos borriqueros que brotan en el empedrado.

–Con lo que yo he sido y ahora mira, apenas me valgo por mí mismo –se quejaba el del sombrero de tela arrugada.

–¿Pues qué ha sido usted, José Luis?

–En lo profesional, bombero aeronáutico. Anda que no he apagado incendios forestales durante treinta años a los mandos de los Canadair-215 de mayor capacidad, unas botijas de cinco mil litros de carga, después mejorados por la también canadiense Bombardier.

–Vuelos de alto riesgo, imagino –decía doña Raquel.

–Supongo que sí, pero mucho más divertidos que manejar un autobús aéreo.

–Imagino que sufriría algún accidente en esos vuelos tan peligrosos –incidía Raquel, que era bióloga, conservadora de especies en extinción y observadora de animales.

–Imagina bien, pero sólo en una ocasión perdí el avión en un amerizaje tormentoso durante una operación de salvamento marino. Mala suerte.

–¿Y qué más ha sido usted? –incidía don Manuel, que gastaba sombrero tirolés con pluma de pavo real inclinada hacia la oreja izquierda.

–Pues mire, en lo deportivo llegué a campeón de marcha campo a través en la competición internacional del Miño al Bidasoa, que ya son kilómetros por montes, caminos, playas y hasta senderos de lobos.

–Aquello sería hace mucho.

–Nos ha jodido… La competición ya ni existe. ¿Y usted, Manuel, qué proezas se ha anotado?

–Ninguna que pueda reseñar; con sobrevivir me doy por satisfecho.

–Diga usted que no, que ahí donde le ve, con la patata averiada, aquí, el espía, las ha pasado canutas –terció Pilar, una mujer de cabello coloreado y labios color cereza.

–Perdona, cariño: ¿Cuantas veces te he dicho que no me llames espía sino agente de inteligencia?

–Bueno, aquí el agente secreto salió vivo de milagro de la emboscada que les tendieron los espías iraquíes amigos de Sadam Hussein en 2003, después de la guerra de ocupación del país. Él y otros tres colegas iban a relevar a los cuatro agentes de inteligencia asignados a las bases militares españolas y centroamericanas en el sur de Iraq. Los mandos decidieron enviarlos dos meses antes para que conocieran el terreno. Los cuatro compañeros que iban a ser relevados les esperaban en Bagdad, les presentaron a algunos contactos y les llevaron a saludar a los mandos de la coalición militar ocupante, ya encabezada por el gobernador Paul Bremer, un tipo ambicioso y nefasto. Después de almorzar, emprendieron viaje al sur, a los cuarteles militares en dos vehículos todo-terreno. No llevaban protección ni armas largas, así que se convirtieron en un blanco fácil para los enemigos que les estaban siguiendo y que les ametrallaron desde un cadillac cuando salieron de Bagdad y tuvieron que desviarse por una carretera secundaria porque la autopista estaba cortada. Los agresores sacaron a tiros de la carretera a un todo-terreno. Acabó en un charco de lodo. Los que iban en el otro coche pararon para socorrerlos, pero poco pudieron hacer con las pistolas reglamentarias contra el fuego de ametralladora y las granadas de mortero que les disparaban desde unos edificios cercanos. Manuel consiguió cruzar la carretera, corrió hasta un poblado a pedir ayuda…

–¡Joder, Pilar! –Protestó el aludido antes de añadir–: Como dijo el Borbón demócrata y gandul: “¿Por qué no te callas?”

–Pues como dijo el que dijo, no he de callar por más que con el dedo silencio ordenes o amenaces miedo –replicó labios de cereza.

–Eso fue el presidente venezolano Hugo Chavez –dijo el bombero aeronáutico.

–Francisco de Quevedo, si no le importa –precisó el profesor Manises.

–Sea como fuere, la cosa es que aquí, Manuel, se vio rodeado por un grupo de gente encolerizada que salía de una mezquita cercana, lo zarandearon, le golpearon, le arrebataron la pistola y entre gritos de venganza se disponían a lincharle. Trataban de maniatarlo y meterlo en el maletero de un coche cuando un hombre se abrió paso entre la muchedumbre, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Entonces los agresores le soltaron, cesó el vociferio y la multitud se dispersó. Pero si no llega a ser por aquel beso de un hombre con mucha autoridad, un imán, mi Manuel estaría ahora como sus siete compañeros, criando malvas. Aquel gesto de amistad entre los árabes le permitió alejarse en un taxi, pero cuando, media hora después, volvió con la policía de Latifiya al lugar donde fueron atacados, los todo-terreno estaban ardiendo y los siete compañeros yacían muertos.

–Me pregunto si hubo responsables directo de los fallos que costaron la vida a los siete agentes y provocaron el mayor descrédito desde el 23-F del llamado “servicio de inteligencia” del Reino –dijo el aviador apaga fuegos.

–Responsables directos, seguro, aunque enseguida elaboraron un informe que atribuía la responsabilidad al colectivo. Lo que sí quedó claro –añadió labios cereza– fue la autoría intelectual de esa y otras masacres terribles.

–¿Quién, si se puede saber?

–No hace falta buscarlo en desiertos remotos ni montañas lejanas; con mirar la foto de las Azores, seguro que lo encuentran.