Cuentos y descuentos del sábado (3-02-2024).– Luis Díez
Algunas –¿a qué negarlo?– le parecían hermosas, saludables, atractivas. Y si por el instinto fuese, perfectamente abrochables. No olvidemos que somos animales y que ya Epicuro dejó escrito en De rerum naturae (Sobre la naturaleza de las cosas) que todos los animales tienden al placer y rechazan el dolor. Aquellas mujeres tenían su negocio entre las piernas y mercaban placer sexual a tanto el rato. Su filiación y procedencia tanto daban, pues como en la rumba de Manu Chao, se llamaban “calle”. Calle Peligros, calle Ballesta, calle Valverde, Red de San Luis…
Muchas noches, cuando el líder pasaba por allí camino de casa, algunas le alargaban una pierna como si fueran a ponerle la zancadila, otras le decían “vente”, otras le susurraban sus tarifas. Él sonreía y les contestaba moviendo la cabeza a derecha e izquierda. En ocasiones, alguna insistía y él la disuadía: “No, guapa, no gasto”.
El líder era un hombre peripatético, le gustaba pasear y meditar por la noche. Solía trabar la reglamentaria en el cinto por si los fachas o algún indeseable intentaban atacarle, y salir a caminar después de cenar, cuando la ciudad se sosegaba. Téngase en cuenta que el líder era carismático, había salido por televisión casi tantas veces como días tienen los años y predicado en cientos de pueblos y ciudades: desenvainaba la mayeútica de Platón y a fuer de preguntas intentaba enseñar a la gente a pensar.
Una de aquellas noches en que el líder del “movimiento político y social transformador de la realidad” pasaba por allí se vio sorprendido por una mujer tan ligerita de ropa que daba frío. Ella no le alargó la pierna ni le susurró la tarifa, sino que se enganchó a su brazo como un candado.
–Que no, hermosa, que no gasto –le dijo.
Pero turris burris, la mujer no le soltaba.
–Tiene que ayudarme –decía.
–No llevo dinero –respondía él.
–No es eso, tiene que subir conmigo a ayudarme –imploraba ella.
–Bueno, bueno –aceptó él un poco intrigado.
Entraron en el portal del viejo edificio sin ascensor y él la siguió escalera arriba hasta la tercera planta. Ella abrió la puerta del piso y le condujo hasta una habitación donde había un hombre tendido en la cama.
–Tiene que ayudarme a bajarlo –le pidió ella al tiempo que le recomponía el pantalón y le ponía los zapatos.
–Bueno, pues vamos allá –dijo el líder, agarrando el brazo izquierdo del hombre y metiéndole el otro brazo por la entrepierna para cargarlo al hombro como a un herido en el campo de batalla. Pero no estaba herido ni sufría daño ni trastorno alguno; simplemente era un anciano que había quedado tan satisfecho y se hallaba tan a gusto que se negaba a moverse.
El líder carismático lo evacuó con toda la delicadeza de que fue capaz y lo depositó en la puerta de la calle después de mirar a un lado y otro para no ser visto por algún mirón noctivago dispuesto a infligir mala fama. La mujer bajó detrás y le agradeció el favor que le permitía seguir trabajando o como se diga. Y pues se hizo lenguas entre sus compañeras de oficio, aquella noche, sin necesidad de prédicas ni garambainas, el líder ganó un buen puñado de votos.