Cuentos y descuentos del sábado (21-10-2023).–Luis Díez
El rector era un hombre introvertido y despistado. Se le veía abstraído por los pasillos y los senderos del campus, siempre inmerso en sus meditaciones. Miraba sin ver y escuchaba sin oír. Quienes le conocían ni siquiera abrían la boca para saludarle, pues de antemano sabían que no correspondía a los saludos. Con todo, cumplía con diligencia y acierto las obligaciones gestoras y representativas del cargo. Firmaba lo que había que firmar y acudía puntual y aseado a los actos académicos y sociales a los que era llamado, que no eran pocos. Se podía decir que no pasaba día sin que fuera reclamado a introducir a los conferenciantes, presidir “honoris causa”, dictar lecciones magistrales, inaugurar jornadas y congresos, dar pregones, presentar libros, etcétera. Baqueteado en tales lides, ponía el piloto automático y realizaba el trayecto sin mayor esfuerzo. En una de esas le tocó presentar a un profesor invitado, un reputado especialista en tecnología biológica. Para facilitarle el cometido le proporcionaron una ficha con la filiación y aportación científica del conferenciante. Pero como era tan despistado la dejó en alguna parte y, ya en el atril, echó mano al bolsillo de la chaqueta y no la encontró.
–Presentamos hoy –dijo– a don…
–Marina, profesor Ángel Marina –le sopló el moderador.
–Ah, si, al profesor don Mariano.
–Marina –le corrigió el conferenciante.
–Bien, el profesor Marino es un grandísimo especialista en … ¿En qué es usted especialista, profesor?
–¡En la totalidad! –exclamó, molesto, el conferenciante.
–Muy bien. Como han oído, es un honor presentarles a un especialista en su conjunto y por partes, una persona que sabe de todo y, como esos señores y señoras piriodistas que lo saben todo y salen en las televisiones y se denominan tertulianos, puede enriquecernos con su enciclopédica sabiduría. Tiene usted la palabra, profesor Marinero.
–¡Marina! –Le corrigió, muy molesto, el confrenciante.
Uno de los plumillas que asistían al acto reflejó en su crónica la tortuosa presentación del despistado rector y éste le llamó para negar que le hubiera fallado la memoria.
–¿Pero no te acordabas del nombre ni la especialidad del científico, no es cierto? –Argumentó el periodista.
–Un poco de perspicacia, amigo Rabanal. Y ten en cuenta que yo no necesito acordarme de nada porque no olvido nada.
–Recibido, tronco. Me quedo con el aforismo –repuso el plumilla.