Cuentos y descuentos del sábado (23-09-2023).–Luis Díez
El tío Dionisio no tenía mujer ni hijos ni dinero, pero libró al pueblo del peligro. La falta de hablidad para conquistar de palabra a la chica que le gustaba y una morfología debilucha y de corta estatura le dejaron soltero de por vida. Al ser canijo y endeble, pocas veces los capataces y manijeros de los dueños de las tierras le reclutaban para la zafra, la vendimia, la aceituna y otras tareas que le permitieran ganarse el jornal. Por esa razón carecía de dinero. Pero se las arreglaba y además sacaba pecho: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”, solía decir.
El hecho de que no le reclutaran para el tajo no significaba que se quedara en la plaza, maldiciendo, quieto parado, ya que echaba a andar y lo mismo se encaminaba hacia el río que se daba un garbeo hasta la laguna salobre o se orientaba hacia el encinar y seguía más allá por el monte de carrascos y pinos piñoneros con su mochila a la espalda. Y nunca volvía de vacío. De la orilla del río, a seis kilómetros del pueblo, solía regresar con un puñado de cangrejos y un atillo de mimbres al hombro; del monte volvía con la mochila provista de bellotas, ajetes, piñones, cebolletas… Según la temporada, también recolectaba espárragos trigueros, cardos blancos y marianos, boletus, setas…
Poca gente en el pueblo conocía el campo y el monte como el tío Dionisio. Sus caminatas de quince y veinte kilómetros cada día le permitían observar la naturaleza y acumular sabiduría muy útil para vivir. De la laguna se traía limo salado. En la rebusca, al paso por las fincas cosechadas, obtenía uvas para hacer su propio vino y olivas que prensaba para tener su aceite. En la cueva o silo donde vivía, situada en un cerro de la cimera del pueblo, debajo de un viñedo, poseía una habitación grande con tinajas para el vino y el aceite y con cestas de mimbre para otros frutos.
El tío Dionisio, siempre con su boina pegada a la cabeza y su mochila a la espalda, era asequible y apreciado por los niños. ¿Cómo no le iban a querer si les traía palulú, les tostaba almendras, les dejaba comer pasas dulces y, sobre todo, les permitía enredar con los pájaros? A un lado del tejadillo de la entrada a la cueva había entamado un palomar donde criaba palomas campestres y se beneficiaba de los huevos y los capones. En el otro lado tenía jaulas grandes, siempre limpias y con grano y agua para las perdices rojas. Las ocho o diez hembras ponedoras le proporcionaban huevos para dar y tomar y dos polladas de cuarenta o cincuenta ejemplares al año. La salida del cascarón y el correteo de los perdigones por una habitación acotada del silo hacían las delicias de los niños que, naturalmente, elegían su polluelo. El tío Donisio se los regalaba a condición de que los alimentaran y no les faltara agua.
La ceremonia de entrega requería un bautizo previo: el niño agarraba el perdigón que le gustaba, le ponía un nombre, le acariciaba el plumón y lo depositaba en una de las pequeñas jaulas de mimbre y albardín que el tío Dionisio confeccionaba en los días de mal tiempo. Dicho sea de paso, también tejía cestas que trocaba por hogazas de pan en la tahona. Cuando el valor de las cestas quedaba saldado, la panadera admitía huevos de palomas y de perdices. Eran pequeños, pero poseían unas proteínas tan alimenticias como los de las gallinas. El tendero Saturnino también los aceptaba como pago de cartones de leche y latas de sardinas.
Un día llegó la noticia de que gran parte del monte y sus estribaciones hacia el oeste iban a ser declaradas de interés para la defensa nacional y se convertirían en campo de tiro para los aviones de combate de las fuerzas aéreas propias y aliadas. Para entonces el tío Dionisio ya tenía algo de dinero, pues a raíz de la gran huelga general que dejó al reino sin televisión y a los capitalistas sin respiración, paralizando todas las empresas y actividades, el gobierno abrió la mano y concedió unas pensiones mínimas, no contributivas, a las personas mayores que habían cotizado poco y nada al seguro social por no tener trabajo. El tío Dionisio era una de ellas.
Ahora, con la tranquilidad de aquel ingreso regular, podía incluso subir al tren y llegarse a la capital, cosa que hizo para visitar a unos primos, a los que llevó productos del campo. Se compró además una pequeña grabadora, se llegó a la base aérea militar y desde el otro lado de las vallas de alambre que protegían las pistas de despegue y aterrizaje de los cazabombarderos, con mucho cuidado de que nadie lo viera, estuvo grabando el sonido brutal, ensordecedor de aquellos artefactos bélicos. Llenó de estridencias lejanas y cercanas dos cintas de una hora.
Ya en casa, enjauló palomas bravías (llegó a tener más de cuarenta), puso algunas trampas para cazar cuervos (también cayeron arrendajos) y los enjauló aparte. Durante días y días los adiestró a conveniencia: unos segundos antes de ponerles el grano y el agua hacía sonar por los altavoces del radiocasete el ruido de los motores de los aviones. Las palomas relacionaron enseguida el sonido con los suculentos granos molidos de maíz, los cuervos se mostraron más renuentes, pero al cabo de una semana ambas especies realizaban la sinapsis automática entre las estridencias y el condumio.
Un mes después, cuando apareció el primer caza en vuelo de reconocimiento a baja cota, el tío Dionisio dejó libres a los cuervos y soltó una docena de bravías, sin cesar por ello de adiestrar a más ejemplares. Los vuelos de observación se sucedieron durante un tiempo, para mayor enfado de los vecinos e irritación de sus representantes políticos municipales y regionales. Mientras tanto, las palomas, tordos y cuervos liberados en el monte por el tío Dionisio obedecían a su instinto, estrellándose contra las carlingas, radiadores y fuselajes de los aviones que aparecían a baja altura. El fenómeno preocupó a los aviadores y, finalmente, los técnicos determinaron que el riesgo de sufrir un accidente era elevado. Puesto que el reino disponía de zonas desérticas y tierras yermas para acotarlas como campo de tiro, el gobierno anunció que buscaría un emplazamiento mejor, pues se trataba de entrenarse para matar, no para morir en accidente por culpa de los pájaros. Después el presidente regional se colgó la medalla de haber salvado al pueblo, la comarca y la región del peligroso campo militar. ¡Qué tío!