Carabina

Cuentos y descuentos del sábado (16-09-2023).–Luis Díez

Las personas mayores se sentaban en unos poyos en la Traviesa, a la sombra del caserón de los sindicatos, y dejaban pasar el tiempo mano sobre mano como si ya lo hubieran hecho todo en la vida y no pudieran o quisieran hacer más. Su función era durar. ¿Para qué? Para seguir leyendo el periódico (los que aún tenían buena vista) y para contemplar las novedades. Una era la llegada del Galleguín. Estacionaba su Land-Rover en un lado de la Traviesa (le llamaban así porque era un espacio ancho, atravesado por cuatro calles de tierra), tocaba varias veces el claxon para avisar al vecindario de su presencia, se apeaba o, más bien, se descolgaba de su potente vehículo, pues era de corta estatura. A continuación abría el portón trasero y esperaba a la clientela, en su mayoría mujeres deseosas de contemplar los rodillos de telas de los más variados colores y texturas, perfectamente ordenados en los anaqueles del furgón. El Galleguín era simpático y listo, le gustaba regatear, ponía un precio alto y luego, según viera el percal, iba bajando hasta cerrar el trato con beneficio y unos botones, una cremallera o una bobina de hilo de regalo. La aparición del pequeño hombre del Land-Rover se registraba siempre dos o tres semanas antes de las fiestas del pueblo, pues como buen vendedor sabía que ninguna moza con algún posible renunciaba a estrenar vestido el día de San Roque. Las mujeres más habilidosas copiaban los patrones de Burda Moden y se confeccionaban unas prendas primorosas. Las menos mañosas recibían ayuda de las otras. Lógico.

Otras novedades de La Traviesa eran la llegada de maleteros, hombres curtidos que recorrían los caminos en bicicleta (y en burro) con una o dos maletas en el portabultos. Las colocaban sobre unas lastras, las abrían y mostraban su contenido: maquinillas de afeitar, cajitas con cuchillas, tijeras, navajas, corta uñas, sacacorchos, rollos de tanza, anzuelos de pescar, abrelatas, naipes, jabones aromáticos, frascos de perfume, tarritos de rímel, lapiceros de carmín, bisutería variada para alegrar la cara. Los hojalateros o estañadores llegaban también en bicicleta, el vehículo por antonomasia de los afiladores, que anunciaban con sus trinos y a voz en grito sus servicios.

Aquella gente mercantil era entretenida, aunque no tanto como los niños que aparecían el pueblo en los meses de verano y correteaban por La Traviesa detrás de un balón. Los ancianos solían llamar a alguno: “¡Guaje, ven acá!” El niño se acercaba y el anciano o la anciana le preguntaban: “¿Tú de quién eres?” Casi ningún crío entendía la pregunta y se quedaba en suspenso. Entonces un abuelo decía: “Tú eres de los Bartolos”. Y otro añadía: “Qué va, hombre, este tiene pinta de ser los Carabinas”. Algunas veces se acumulaban cinco opiniones distintas, como si los de mayor edad fueran aficionados a los acertijos o disfrutaran compitiendo a fisonomistas. El chaval casi nunca sabía el mote de sus ancestros. Era un niño de ciudad y las segundas y terceras generaciones de urbanitas olvidan para siempre los apodos familiares de los pueblos.

El asunto del mote era en mi pueblo menos complicado que Vigàta (Sicilia), donde traía de cabeza a la policía y a la administración judicial. Contaba Andrea Camilleri que en la isla italiana un tal Filippo Nuara, por ejemplo, será llamado por todos, empezando por sus padres y parientes, Nicola Nuara, nombre que, a su vez, será cambiado por el diminutivo de Cola Nuara, de modo que comenzarán a coexistir dos personas distintas, la de los documentos legales y la otra. Y si el tal Nuara habla poco, enseguida recibirá el mote: Cola Zoppo (aburrido) o como cojee un poco será llamado Cola Ticche Tacche (garrapata). No, mi pueblo no era la Vigàta del comisario Montalbano, pero allí cada familia tenía su marca registrada de acuerdo con alguna característica o algún acontecimiento: los habaneros, los criaturas, los albardines, los chopos y por ahí para allá. Finalmente preguntaban al niño el nombre y los apellidos de sus padres y resolvían el acertijo: “Entonces eres un Carabina”. Y le daban un caramelo.

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