Cuentos y descuentos del sábado (2-09-2023).–Luis Díez
Don Nicasio era un buen jefe. Aprovechaba correctamente las circunstancias personales de las autoridades competentes y evitaba joder a los trabajadores. Dos cualidades de las que otros jefes carecían. Para aprovechar las circunstancias obtenía información previa, veraz y fidedigna, de los que podían joderle a él del modo más oneroso para la empresa, es decir, elevando los costes y reduciendo los beneficios. Téngase en cuenta que vivíamos en una sociedad capitalista gobernada por las leyes del mercado.
Si, por ejemplo, don Nicasio tenía que conseguir la certificación sobre el correcto acabado de una obra pública no dudaba en invitar al perito de la agencia revisora o de la administración, según los casos, a almorzar en un buen restaurante con los ingenieros, aparejadores y arquitectos del equipo. Tras los postres y el café, cuando los espirituosos digestónicos surtían efecto, don Nicasio comentaba algo sobre los hijos, sabedor de que el perito certificador tenía uno a punto de contraer matrimonio. La conversación fluía. Y, tal como suponía don Nicasio, el certificador se quejaba de la carestía de la vida, sobre todo, de la vivienda del hijo que abandonaba la casa familiar para crear su propio hogar. Don Nicasio asentía y le preguntaba al oído dónde iba su hijo a celebrar el convite, y cuando el perito respondía, él reponía: “Pues dile que no se preocupe de la factura, que está pagada”. Ya de vuelta a la oficina se ocupaban del papeleo y el certificador firmaba el conforme, todo correcto.
Eso no quiere decir que no hubiera peritos con el colmillo retorcido, individuos puntillosos que escrutaban hasta el último grano de grava, el último kilo de cemento y, calculadora en mano, la última tonelada de arena; medían las vigas, evaluaban la calidad del acero corrugado de la ferralla, computaban por procedimientos infalibles la masa de los taludes y movimientos de tierras. Vale, pero incluso esos tenían un punto débil, y don Nicasio lo sabía y conseguía embozarlos y evitar sus mordiscos. Se las ingeniaba para saber a quién le gustaba viajar, quién sentía debilidad por los juegos de azar, quiénes tenían esposas, novias y amantes caprichosas. Y no escatimaba detalles agradables hacia ellos. Si, por ejemplo, a uno le gustaba el juego se las ingeniaba para organizar una partida de póker de la que invariablemente salía victorioso con varios cientos de euros, incluso miles, en el bolsillo.
Aparte sus costosas (en apariencia) emboscadas a quienes podían obligarle a rectificar una obra, ya he dicho que don Nicasio evitaba fastidiar a los trabajadores. Incluso les ayudaba si no costaba dinero. En una contrata que dirigía en República Dominicana, donde los empleados cobraban en efectivo cada viernes, uno le pidió que le acompañara a la caseta de pago. Don Nicasio accedió, entró detrás de él, se fijó en dos tipos que aguardaban junto a la puerta abierta de par en par. Tras recibir su paga, el obrero empezó a gritarle: “¡Esto es muy poco, jefe! ¡Han contado mal! ¡No me han puesto todas las horas!” Don Nicasio, sorprendido, no sabía qué decir. El operario seguía gritando: “¡Usted quiere matar de hambre a mi familia!” Los dos tipos que esperaban junto a la puerta se percataron de la magra paga y largaron. El trabajador le agradeció efusivamente la ayuda para espantar a sus acreedores. Otro empleado que acababa de cobrar fue detenido a putan de pistola en la puerta de la caseta por dos soldados en función de agentes de la ley. Se lo llevaron. Apenas habían caminado cincuenta metros, el supuesto detenido vio que su acreedor se daba el piro, les guiñó un ojo y les entregó un billete de diez pesos a cada uno. Las tretas de los deudores eran el pan de cada día entre aquellas gentes que sólo tenían hambre y deudas.
Don Nicasio respetaba la ley sin dejar por ello de respetar, apreciar y proteger a los trabajadores a su cargo. “¿Por qué no viniste ayer?”, le preguntó a uno de aquellos dominicanos. “Es qué tenía una diligencia muy urgente”, respondió éste. “¿En qué consistía?”, se interesó. “Pues verá, jefe, yo tenía un papito, sabe usted, y ya no lo tengo”, dijo el joven trabajador. Don Nicasio entendió que había fallecido y le dio el pésame. Y claro que había muerto, pero hacía varios años. “Lo mató uno que salió ayer de la cárcel”, le explicó el empleado. Don Nicasio entendió “la diligencia” y se calló. Después de todo hay ocasiones y materias que es mejor ignorar.