El cuerpo del Presidente

Cuentos y descuentos del sábado (19-08-2023).–Luis Díez

«A mí me sacó de dudas el Presidente», dijo Juanito Alarcón en referencia al debate de mil demonios que se había entablado en aquellos tiempos entre los creacionistas y los darwinistas sobre el origen de la especie humana. Él no era de unos ni de otros. Le traía sin cuidado si el hombre y la mujer salieron de la nada o llegaron a ser como somos por la evolución natural y la selección de las especies. Él no practicaba religión alguna, no creía a curas y predicadores ni, por otra parte, entendía el lenguaje de los científicos y expertos. Además, carecía de tiempo para leer y entender aquella historia de Adán, Eva, la Serpiente y todo lo demás, y tampoco tenía capacidad, suponía, para meterse en el laberinto del genoma humano. Y eso que algunos lo consideraban un intelectual, asesor y amigo del Presidente mucho antes de que llegara a ser Presidente y durara década y media en la presidencia por mandato popular. Amigo y correligionario claro que era. Y si por “asesor” entendemos que lo mismo conducía el coche del amigo Isidoro (nombre del Presidente en la clandestinidad), que arreglaba grifos, pintaba, cocinaba o contaba anécdotas, chistes e ironizaba sobre señoritos y prebostes campanudos de derechas, entonces sí, también era “asesor”. Pero, sobre todo, Juanito era buena gente, un tipo sencillo y trabajador que, como la gran mayoría, aspiraba a una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales en derechos y deberes, y hacía lo que podía para conseguir una justicia social y unas mejoras salariales con las que dar estudios a sus hijos y desvivir sin tantos ahogos. La historia enseñaba que esa justicia sólo podía llegar de la mano del socialismo democrático y por eso él se confesaba rojo.

–¿Juan, cómo fue eso de que el Presidente te sacara de dudas en un asunto tan complejo como el origen del ser humano? –le preguntó el amigo Fiol.

–Muy sencillo –respondió–; ya sabéis que al Presidente le gustaba la naturaleza. Incluso en la sede palatina se relajaba plantando, regando y podando aquellos arboliyos…

–Bonsais.

–Correcto. Encinas, olivos, naranjos, acebuches, olmos…, un bosque variado en miniatura. En una ocasión también plantó un árbol grande, un champa junto a la tumba del gran Mahama Gandhi en la India. Ya te digo, amaba la naturaleza, deseaba estar en contacto con ella, perderse en el monte. Y siempre que podía se escapaba a Doñana. Una vez hicimos una marcha desde Malanda hasta las dunas de la playa del Inglesito; hacía bastante calor, así que me desnudé y me lancé al agua. Después de mucho insistir conseguí que venciera su pudor, se alejara un poco de los escoltas y me secundara. Nos bañamos en pelotas. Dicho sea de paso, le daba mucha vergüenza que lo vieran desnudo. Pero no por lo que estáis pensando, sino porque tenía el cuerpo, todo el cuerpo cubierto de pelos.

–¿Como los monos?

–Correcto.

–Ahora entiendo que te sacara de dudas.

La conversación prosiguió con críticas a aquel presidente peludo por no emplear su prestigio y reputación en concienciar a los ciudadanos de esta desaforada sociedad de consumo para que reduzcamos la emisión de gases contaminantes y no sigamos matando la vida en este planeta.

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