Cuentos y descuentos del sábado (01-07-2023).–Luis Díez

–¡Hombre, Fiol! ¿Cuánto tiempo sin verte? –Le saludó ella al verle subir al vagón.
–Pues sí, un poco.
–¿Has estado de viaje?
–Podría decir que sí, pero en realidad he estado unos días en una Casa de Salud.
–Vaya por dios… Dicen que la tuberculosis está repuntando.
–Me refiero a una casa de salud mental, un manicomio o centro psiquiátrico. Pero no es nada grave, te lo aseguro. Me sentía un poco pasado de rosca y aprovechando la cercanía con mi domicilio decidí someterme a una revisión. Me dieron fecha enseguida. Aunque las constantes mentales estaban bien, me detectaron patinazos neuronales preocupantes y decidieron dejarme ingresado en observación.
–¿Y qué tal la convivencia con los internos?
–Los aguanté como pude, qué remedio. Había un gigantón, un Hércules que engullía todo lo que se podía masticar, incluidas las peladuras de naranjas, de plátanos… ¡Qué tío! Siempre estaba buscando algo comestible.
–Vamos, que para ese no había yogures caducados.
–Le llamaban Vientre de Acero. Después del almuerzo se sentaba a reposar y solía decir: “Ya sólo me faltan cinco años para la metamorfosis”. Le pregunté en qué se quería convertir y me dijo: “En el ejemplar de la raza porcina más prominente de Rebelión en la Granja”.
–Je, je. Bueno, al menos había leído a Orwell.
–El problema de aquel hombre era otro, un enemigo de mirada fría, musculoso y barbado, que se creía jefe permanente y supremo de la extrema derecha nacional y le llamaba “maldito cerdo marxista” y lo quería fusilar. “Hombre, don Jefe, no sabe que eso de fusilar ya no se lleva”, le dije yo. “Bueno, bueno, igual se vuelve a llevar; entre tanto ya se ocupará mi socio y correligionario de la derechita cobarde de derogarlo”.
–Por Júpiter, Fiol, qué nivel político.
–Si, muy alto. Había una señora que exigía trato de alteza y otra más joven que decía ser su hija, aunque no eran parientes lejanos siquiera. La junior aseguraba haber sido la mejor amante del rey, prestado un gran servicio a la Patria y preservando la buena reputación de su majestad al impedir que hozara con pelanduscas de poca monta. La sénior se sentía muy orgullosa de la hija y las dos reclamaban los honores que les correspondían. Otro ejemplar bastante curioso decía ser presidenta de la mejor autonomía del reino y después de haber privatizado los grifos del agua caliente y de salir victoriosa de las elecciones quería privatizar los del agua fría y todos los servicios públicos. Me esforcé en explicarle que no se puede privatizar el patrimonio común en beneficio de unos pocos, por mucho dinero que paguen, y que hay bienes como el sol, el agua, el aire, los árboles, las calles… que son de todos, pero la mandataria no se movía de la famosa frase: “Pues el que quiera (esto, lo otro, lo de más allá) que lo pague, y punto pelota”. Privatizar e implantar tarifas era su objetivo.
–Ya veo que no te ha faltado tarea.
–Y que lo digas. El más astuto se hacía llamar futuro presidente del gobierno. Era un tipo de mirada dudosa, nariz aquilina y apariencia de mozo viejo que siempre andaba de cabildeos con unos y con otros. Con el mayor sigilo repartía embajadas, carteras ministeriales, credenciales de altos cargos, delegaciones y subdelegaciones de gobierno y demás prebendas entre amigos, parientes y correligionarios del partido. Le pregunté si tenía programa para España y me contestó: «Si, claro, y la prioridad es vivir mejor». No dijo quién. Le pregunté: “¿Y si no gana?” Y contestó: “Ganaremos, seguro”. “Ya, pero si no suman”, objeté. “En ese caso derogamos al que gane”, respondió. A lo que su correligionaria privatizadora y tarifaria añadió: “O si no, impugnamos los comicios hasta que los jueces nos den la razón, y punto pelota”.
–Joer, qué gente. ¿Cuántos días estuviste ahí?
–Al cabo de una semana sospeché que querían volverme loco, así que les dije lo de Trías y añadí: “Que os folle un diplodocus”. Y me largué.
–Bien hecho. Yo me bajo en esta.
–Bueno pues adiós Marisa.
–Hasta la próxima, Fiol.