19.–Usa herramientas 3D

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo me instaba a fijarme en los detalles. Sostenía que los detalles daban pistas y muchas veces constituían el meollo de la materia informativa. También en esto seguía la máxima del filósofo José Ortega: “Uno es uno y su circunstancia”. La letra pequeña, el contexto y los aspectos tangenciales y aparentemente ajenos al discurso o al contenido de la comparecencia informativa de un determinado personaje podían proporcionarnos las claves para acercarnos a la verdad. Dejemos lo evidente y procuremos ver más allá. No seamos simples carrileros, decía. En un mundo tan competitivo como el nuestro, el periodista ha de trabajar con los cinco sentidos y no bostezar jamás, pues como bien decía el gran publicista español exiliado en México, Eulalio Ferrer, «el que bosteza está muerto». Él manejaba unas herramientas tridimensionales que le permitían observar al mismo tiempo el ethos, el logos y el phatos de los sujetos noticiosos o con ánimo de notoriedad y obtener sus propias conclusiones para llevarlas o no al papel, según los casos. Si algún dato o algún detalle de esa triple observación le extrañaba o le llamaba la atención por encima del deseo del sujeto de colocar su mercancía, ahí estaba la noticia. Entonces había que indagar, examinar el entorno, documentarse, preguntar a unos y otros y contrastar hasta acercarse a la verdad. Cuando hacía información política sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo y sus precursores, los partidos políticos, aplicaba una segunda herramienta de tres cabezas que le permitía detectar los indicios de las crisis internas antes de que eclosionasen. El mecanismo era sencillo. Consistía en fijarse siempre en los tres elementos básicos del partido político del que se tratase: la ideología (programa), el líder (y su equipo de dirección) y la organización (bases militantes), de modo que si una decisión del líder vulneraba el programa o contradecía la orientación ideológica, la crisis estaba cantada; si las bases (y electores) discrepaban del líder y su equipo, la crisis germinaba; si una mayoría modificaba el programa sin el acuerdo del líder, la crisis era indiscutible. El mecanismo contemplaba todas las combinaciones posibles. Nunca fallaba. Y de la detección de las crisis siempre se derivaban dimisiones, escisiones y otras acciones noticiosas. Aunque los dirigentes y sus equipos de mando propendían a oligarquizarse y trampeaban de mil maneras la democracia interna para conservar el poder, tarde o temprano incurrían falacias para minimizar u ocultar sus manejos y contradicciones, y acababan cayendo. La tercera y simultánea herramienta de T poseía también tres dimensiones y le servía para analizar las fuentes de los conflictos. Consistía en fijar la atención en las relaciones entre la ética, la moral y la política. Las razones éticas, morales y políticas son parte, decía, del proceso dialéctico constante del que muchas veces se derivan injusticias. Pero no hay que alarmarse: en democracia los conflictos, desequilibrios e injusticias se resuelven votando. Más allá de esas tres herramientas tricéfalas que permitían a T observar en 3D y le facilitaban la tarea de contar o, como él decía, “echar el cuento”, me formulaba dos recomendaciones principales a la hora de ejercer el oficio: la primera, saber contar y contar con arte. Se puede escribir con arte o como los burócratas. Y nosotros no somos burócratas, así que hemos de dotar de amenidad los reportajes, entrevistas, crónicas y artículos de opinión. Y para eso, además de erudición y habilidad lingüística, conviene llegar a la redacción con la mochila bien provista de detalles. La segunda recomendación consistía en ser consciente de las tendencias filosóficas dominantes. En todas las actividades públicas, singularmente en la política, predominaban los sofistas. Los distinguirás porque, como bien decía Platón, se dedican al maquillaje y la pastelería para obtener votos y conseguir sus propósitos. Los que acicalan la realidad y edulcoran el futuro suelen ser políticos mediocres. Hemos de ocuparnos de ellos, sí, pero cuanto menos, mejor, y, a poder ser, para desenmascararlos. La tarea de desbrozar la hojarasca para encontrar la raíz es ardua y puede hacernos merecedores del calificativo de “radicales”, con una connotación negativa que muchos toman por extremista, pero la buena política, a diferencia de la cosmética y la repostería, es la que ayuda a la gente a pensar. En mi opinión, añadía, hoy domina la filosofía de los Cornelios, la triple tendencia vigente en la Roma imperial del epicureismo en su variante rabiosamente edonista, el estoicismo y el escepticismo. Para cerciorarse de las corrientes en boga hemos de prestar atención a la sociología, con sus encuestas y estadísticas, pero, sobre todo, preguntar en todo momento y en cualquier lugar, es decir, tomar el pulso de la calle.

Deja un comentario