De INTRODUCCIÓN AL ABUELO
A propósito de los vegetales leñosos, el Abuelo me contó que un día, cuando hacía periodismo político y tenía que ir a las ruedas de prensa semanales en las que el portavoz del Gobierno, acompañado de algún ministro, informaba de las decisiones del Consejo de Ministros, preguntó al titular de Agricultura, Ganadería, Pesca y Medio Ambiente cómo era posible reforestar dos millones de hectáreas sin poseer viveros para ello. El ministro, un economista ortodoxo, respetado, dotado de una cabeza grande y provisto de un hilo de voz monocorde, había realizado una exposición inicial larga y pormenorizada sobre la forestación de España en los próximos tres años. Aquel hombre y sus colegas del Gobierno acababan de aprobar un plan muy ambicioso, con el que querían ofrecer la imagen de un país arbolado frente a la tozuda realidad de una desertificación creciente. La iniciativa merecía aplausos. La masa forestal era necesaria, generaba empleo y riqueza, concitaba consenso y contentaba a los ecologistas y demás amantes de la naturaleza. Pero la rueda de presa discurría por otros derroteros. El portavoz, un tipo dialéctico, conocedor de los ardides y falacias del oficio, no daba abasto a contestar preguntas de los plumillas sobre asuntos mucho más polémicos y candentes del revoltigrama político y jurídico en curso. La flora, el suelo, los montes, la biomasa… les importaban poco, habían quedado en segundo plano. El ministro del ramo propiamente dicho se aburría, parecía un convidado de piedra en aquella mesa con micrófonos, escenario de la sala de prensa. Su plan no suscitaba ninguna duda, ninguna curiosidad o, al menos, eso se deducía del hecho de que ningún informador le dirigiera una sola pregunta. Entonces le llegó el turno a T. Empuñó el micrófono y dijo: “Sobre los árboles”. Se oyeron risitas y cuchicheos. A T no le importaba. Siempre había plumillas burlescos, domésticos de la casa y de la causa con el jiji a punto. Prosiguió: “Me pregunto, señor ministro, cómo podrá ejecutar ese plan de repoblar de árboles dos millones de hectáreas en tres años si el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, el Icona, carece de los viveros necesarios para suministrar los plantones de las especies autóctonas adecuadas a cada terreno. Me gustaría saber qué países con bosque mediterráneo los podrán suministrar”. ¡Maldición! Quedó el ministro descolocado, respondió unas vaguedades y el plan forestal no pasó de la primera fase de propaganda sostenible, lo cual no quiere decir que aquel hombre no progresara adecuadamente, pues alcanzó la cima de la Unión Europea, llegando a ser vicepresidente de la Comisión (órgano ejecutivo de la entonces llamada Comunidad Económica Europea) y regresó de Bruselas para ocupar el cargo de Vicepresidente Económico del Gobierno. Si T me contaba esas y otras experiencias personales durante las largas partidas de ajedrez, sin reloj, que disputábamos, era para significar que el periodismo exigía mucha atención a los detalles para no dejarse intoxicar por la propaganda de unos y otros, en este caso, mediante la falacia de “la gran mentira”. Es menester, decía, conocer las “infotácticas” o tácticas informativas de escamoteo de la verdad para desenmascarar a los cínicos y felones. Luego, parodiando la máxima orteguiana, añadía: hay que impedir que utilicen el bosque para que no veamos los árboles y viceversa. Y eso exige esfuerzo, información previa y mucha dedicación. Y me soltaba un aforismo: por lo demás ya sabemos que los árboles son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano.