14.–Va a la Torre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Más de un día y menos de noventa permaneció el Abuelo en un semanario económico que aparecía los lunes. Llevaba un tiempo escribiendo la crónica política en aquel tabloide de orientación progresista cuando el editor le ofreció un contrato fijo. Era un buen tipo, un gran periodista, un hombre tranquilo que mantenía la costumbre de la clandestinidad política de hablar muy bajito y al que la vida le sonrió con un hijo extraordinario, muy bien educado, seguidor del oficio de su padre. T aceptó la oferta y se incorporó a la redacción del semanario económico, ciertamente escasa de personal, pues se hallaba compuesta por dos aguerridas periodistas, a cual más laboriosa y amable, y por el hijo del director y editor. Durante un tiempo T dejó de ir a tomar el pulso de la calle: iba a la Torre. “Creo que le hacía ilusión –decía la abuela– trabajar en lo más alto de la ciudad, ya que Industrias Pepe tenía la redacción en el último piso, planta 33, de la Torre de Madrid, el edificio de hormigón más alto de la capital durante mucho tiempo”. Nunca le pregunté si la altura le proporcionaba sensación de superioridad. Me parecía una pregunta absurda para un tipo que sólo quería ser libre. En cambio, la Torre le proporcionaba una visión diferente, más alta y más pequeña, de la gente y de las cosas. Era como desvivir en otra dimensión. Junto a la amplia oficina de la pequeña redacción había una cafetería con divanes y ventanales orientados hacia la Gran Vía. Era un mirador estupendo al que subían decenas de turistas a contemplar la ciudad y muchos vecinos a cafetearse. Para T era además un buen observatorio de los motivos de preocupación del personal. Allí pasaba el rato, ejercitando el oído periférico e ideando comienzos irresistibles de informaciones romas. En el fondo y en la forma su principal reto consistía en amenizar los textos grises, dar brillantez a lo opaco y dotar de agilidad al plúmbeo lenguaje burocrático de las notas de prensa de las entidades financieras y de las grandes y medianas empresas, las referencias de los Consejo de Ministros, las directivas europeas, los comunicados de los distintos organismos reguladores y, en fin, los despachos de agencias noticiosas y las resoluciones de los tribunales de la señora de la balanza y el velo en los ojos que llaman Justicia. La tarea, aunque cansina, le resultaba cómoda. El periódico iba bien. El editor se mostraba contento con la aportación de T. Aquel Pepe tenía bien medida y ajustada la tirada: unos 10.000 ejemplares a la semana, de los que más de 4.000 se vendían en los kioskos de Madrid y Barcelona y el resto a los suscriptores y en otras capitales autonómicas y provinciales. Industrias Pepe iba bien, vendía, tenía buenos ingresos por publicidad, ganaba dinero. Lanzó después una revista semanal a todo color de información política, pero el mercado publicitario fue menguando por la competencia de las televisiones autonómicas y anuló las perspectivas de negocio. Un viernes, con el periódico compuesto y las últimas páginas a punto de salir hacia la imprenta, el director y editor le llamó a su despacho, donde se estaba fumando un habano, plenamente satisfecho de sí mismo, y le pidió amablemente en voz baja que se abstuviera de criticar a los ministros fulano y zutano, pues eran “redactores de esta casa”. T se sorprendió. Acababa de entregar a la jefa de redacción sus breves notas confidenciales para la segunda página, una “espuma de los días”, que dijera el surrealista Boris Vian, cuyo tono irónico, cortante y acerado podía escocer no a uno o a otro ministro, sino, por paradojas de la política, a los dos a la vez. “¡Por Júpiter, don José! No sabía yo que tenía ministros redactores”, dijo el Abuelo. Se despidió y no volvió a la Torre nunca más.

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