EL LUNES TE CUENTO
Él caminaba cansinamente por la orilla, sintiendo la caricia de la espuma de las olas a sus píes cuando ella alzó la vista de la novela de intriga policíaca. Sus miradas se cruzaron. Él disparó:
–Ni se imagina quién es el asesino.
Ella se sorprendió; no esperaba que el paseante le hablara. Amagó una sonrisa y contestó:
–Vale, pero no me lo diga.
Él inclinó la cabeza en señal de obediencia y reverencia y ella siguió enredada en la palabrería del ocurrente del relato, pero ya nada era lo mismo: el tipo no estaba mal y, después de todo, le resultá agradable que alguien la saludara. Alzó la vista y le vio desaparecer a lo lejos. Él retuvo en la retina la imagen de la mujer de mediana edad, tendida en la hamaca, con las tetas al sol, y le pareció dulce y jugosa y se reprochó no haber soltado más hilo a la cometa.
La escena se repitió al día siguiente. Ella todavía ignoraba quién era el asesino, pero tanto daba, pues él pronunció un formulismo: “Vaya, qué casualidad, de nuevo nos encontramos” y ella apretó las rodillas y se incorporó para saludarlo. Él se acercó y se autopresentó. Ella hizo lo propio. Luego, en un instante, ella sacó de su bolsa de playa un spray de bronceador, se roció los brazos y los hombros y se lo entregó.
–Sería tan amable de ponerme en la espalda.
Él se sintió encantado de distribuir por las costillas de la bella aquella sustancia aceitosa y perfumada y, con su permiso, la distribuyó por la piel hasta la parte baja de la cintura cubierta por la elástica tela del bikini. Ni que decir tiene que se esmeró en las caricias y se recreó en el cuello y la clavícula. En un instante sintió el deseo de atraerla hacia su pecho, pero se contuvo. “¿Le gusta?” Ella asintió. El abundó:
–¿Qué es lo que más le gusta?
Ella emitió un “jeje” e hizo una larga pausa como si repasara el catálogo de placeres de Epicuro. Finalmente dijo:
–Que me besen antes de dormir.
–¿Y al despertar?
–También.
Él entendió la propuesta y aceptó el rollo según el orden establecido, es decir, la invitó a cenar y a tomar cava antes de acompañarla a la cama.
Algún tiempo después, el hombre y la mujer maduros se casaron bajo Cuerda, que era el alcalde de Vitoria, el primero de España en implantar un registro de parejas de hecho. Del asesino nunca se supo.