Ese pene

EL LUNES TE CUENTO

Quedaron a cenar con unos amigos en el restaurante de los platillos volantes. Él le llamaba así porque cocinaban tan rico que el contenido volaba en un santiamén. Los amigos no habían llegado; eran veterinarios y se retrasaban cuando algún animal requería más tiempo del previsto, así que ocuparon la mesa y pidieron un aperitivo para hacer tiempo: él, un frasco de cerveza bien fría y ella un “distinto” o tinto de verano. Comentaban algún asunto menor cuando ella, sin modificar su semblante relajado, le susurró en tono imperativo: “¡Baja eso, haz el favor!” Él puso cara de circunstancias. “¡Por Júpiter!”, exclamó al tiempo que movía las posaderas, modificaba su postura e inclinaba el torso hacia adelante para disimular la erección. No era fácil.

Ella lanzó algunas ojeadas periféricas, imperceptibles, rápidas, sin apenas subir o bajar la cabeza ni girar el cuello, como si tratara de descubrir a la fémina que excitaba a su compañero. Tampoco era fácil, pues casi todas iban ligerísimas de ropa. Por supuesto, después de treinta años de matrimonio, se autodescartaba como causa del repentino estímulo.

Lo que ella no sabía, porque él nunca se lo había contado, era que de niño se encaramaba con otros guajes del pueblo a la tapia de un corral donde un verraco montaba y dejaba preñadas a las cerdas que le llevaban. El gorrino hozaba, prorrumpía en suaves gruñidos, se excitaba, iba desplegando el miembro y finalmente, tras varios intentos, las cubría. Él tendría entonces once o doce años y aquel espectáculo había sido su primera información sexual. Los apareamientos de Pelotas (así le llamaban) eran sonados. Los gruñidos de placer de los animales alertaban a los chavales, que enseguida se ayudaban unos a otros a subir a la tapia. Los coitos de Pelotas eran frecuentes y largos. Algunas veces duraban veinte minutos o más.

Ahora, al ver al camarero servir un jarrete de cerdo a los comensales de enfrente y contemplar el sacacorchos con el que abría una botella de vino, la memoria y su primo el subconsciente le jugaban una mala pasada.

–Te pone la damisela, no lo niegues –dijo ella, señalando con la mirada a una joven de exuberante anatomía.

–Es muy mona, pero te equivocas, hermosa –dijo él.

–Pelandusca descocada…

–No seas cruel, no pidas en verano una moral de invierno.

–Eres un cerdo, ¿lo sabías?

En ese instante llegaban los amigos Eladio y María del Carmen. Sin duda oyeron el reproche de la mujer y se percataron de que él, al incorporarse a saludarlos, estaba como decía el famoso exduque de Palma. Di tú que inmediatamente se acercó el camarero y él le pidió el descorchador y se lo mostró a los recién llegados.

–¿A qué se parece? –les preguntó.

El veterinario y su esposa se rieron.

–Al pito de un cerdo –dijo Eladio cuando el camarero se alejó, y luego añadió que la naturaleza es sabia y que el órgano sexual del verraco tiene esa curioso morfología en forma de sacacorchos porque el glande ha de abrirse paso a través de los pliegues del útero de la hembra para aparearse como es debido, enroscándose incluso en el cérvix.

Ni que decir tiene que la información fue muy útil para que él pudiera explicar a su compañera la causa y razón de la protuberancia bajo aquel pantalón de lino que tanto se arrugaba. ¡Qué risa con el sacacorchos!

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