Un tipo inmortal

EL LUNES TE CUENTO

Me tentó el maestro Potagias. Primero me dijo que tenía más hambre que el perro del afilador, que se comía las chispas por comer algo caliente, y luego, como me negara a acompañarle al Hogar del Deportista a tomar un plato de lentejas con chorizo y un vaso de vino, me preguntó si quería conocer a alguien inmortal. Supuse que se refería a algún escritor célebre, un cineasta de renombre, un científico eminente… Mordí el anzuelo. Habíamos terminado la actuación, así que recogí los bártulos y nos encaminamos hacia la calle Mayor. Era más de la una de la noche de un frío viernes de febrero. Llegamos al pasadizo donde estaba el portal por el que se accedía a aquel establecimiento perfectamente clandestino. Llamabas al timbre del primer piso y te abrían. Si te equivocabas y llamabas al segundo, también te abrían: era una casa de putas. Subimos. En realidad, el Hogar del Deportista carecía de nombre, pero le decían así porque lo regentaba un boxeador retirado y tenía fotos enmarcadas y carteles de combates adornando las paredes y un futbolín en mitad del amplio salón configurado como un bar. El local estaba abierto toda la noche y podías comer lentejas y huevos fritos con puntillas. Además se podía fumar. El mago Potagias solicitó sus lentejas y un vaso de vino y yo pedí una cerveza. Ninguno de los cinco noctivagos de edad avanzada que ocupaban algunas mesas me pareció célebre e inmortal, pero el maestro señaló con el gesto y la mirada a un tipo endeble, envuelto en un abrigo azul marino y cubierto con una boina negra, que parecía dormitar o meditar ante una copa vacía y una libreta abierta sobre la mesa. “Ese tiene de inmortal lo que yo de obispo”, susurré. Potagias no respondió. Cuando apareció Morrosco con sus lentejas le pidió una botella de tinto Estola, y un platillo de aceitunas y se acercó con esa carta de presentación a la mesa del inmortal, quien se alegró de verle y le pidió que nos sentáramos con él. Pegamos la hebra. Era húngaro, pero manejaba tan bien la lengua de Cervantes que ya solo pensaba, dijo, en español. Había castellanizado su nombre, se hacía llamar José Atilano y se definía como “poeta productivo”.

–¿Y rentable? –le pregunté.

–Eso es otro cantar, va por rachas –dijo.

Escribía poemas de amor y de odio para unos dispensadores instalados en una cadena de grandes almacenes que al precio de un euro y, previa selección del nombre del destinatario, imprimía el poema y lo suministraba junto con un sobre para guardarlo y entregarlo o enviarlo. La primavera era la estación mas rentable, aunque el amor y el odio brotaban todo el año, nos dijo.

–Aquí, mi amigo y maestro Potagias sostiene que es usted inmortal.

–Lo soy –afirmó.

–Permítame que dude: de esta vida nadie sale vivo –dije.

–La muerte no me quiere –repuso.

Esperé a que saboreara unas olivas y el posterior trago de vino antes de preguntarle cómo rayos era eso, y entonces me echó una historia según la cual se enfadó muchísimo porque no le preguntaron si quería nacer.

–Hay cosas que no se preguntan, suceden y ya está –dijo Potagias.

A lo que el poeta del amor y del odio respondió que sin el derecho prístino a decidir entre ser o no ser no cabía hablar de libertad y todo era esclavitud.

–Ya me dirá cómo se las ingeniaría para preguntar a alguien que no existe si quiere o no quiere existir –dije.

–No hay manera, no es posible –concedió–, lo cual demuestra que estamos atados y la libertad es una entelequia –reafirmó.

Luego nos contó que él no deseaba nacer ni le interesaba la vida. El día que decidió poner fin a su estado corporal lo tenía todo calculado, sabía a qué hora exacta pasaba el tren cada día, caminó los tres kilómetros que separaban la estación del punto elegido, después de la curva del lago, se tendió en la vía y esperó mirando al cielo los diez minutos que faltaban para que las ruedas de hierro le cortaran el pescuezo. Pero pasaron diez, quince minutos y el tren no llegaba. ¿Qué estaba pasando? Se incorporó, volvió sobre sus pasos y vio el tren parado a lo lejos. Cuando llegó comprobó que un hombre se le había adelantado. Desde entonces se creía inmortal.

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