Ensayo sobre la Rarera (De 11 a 15)

Caracoles
Caracoles

Por KEY GOOD

11

–¿En qué piensas? –preguntó Vera al abstraído profesor.

–En griego.

–Lo entiendo: es más elegante que el latín –dijo la ayudante, añadiendo “logo” y no “ista” a la desinencia de algunas palabras como “odontólogo, cardiólogo, cosmólogo” en vez de “dentista, corazonista o cosmolista”. Lo que ya le parecía demasiado era “politólogo”–. Pero también podrías pensar en castellano…

El profesor asintió y aprovechó la sugerencia para criticar la injusticia que los hablantes de la lengua de Cervantes y de Gabo cometemos al aplicar a las personas connotaciones negativas de los nombres de los más nobles animales que nos ayudan en la vida como el cerdo, el perro, el burro, la vaca, la oveja, la cabra, la gallina… Del perro la amistad y fidelidad, del cerdo hasta el andar…

–Añada algunos frutales –sugirió Vera en referencia al ciruelo, el membrillo y otros árboles que nos ofrecen sus dulces frutos.

–¿Y donde dejamos el alcornoque? –preguntó el profesor invitando a Vera a leer un rótulo descomunal sobre una larga pared de ladrillos: “Fábrica de caracoles”.

12

El tren paró en una estación, bajaron y subieron viajeros, reanudó la marcha y al poco frenó de repente, con gran estrépito de discos, ruedas y zapatas. Algunos viajeros que todavía no se habían acomodado en sus asientos sufrieron el empellón de la inercia. Una señora cayó al suelo. El profesor se apresuró a socorrerla. Un hombre exclamo: “¡Cago en el misterio!” Algunos se apearon a ver qué estaba pasando. Vera les siguió y pudo ver una mujer tendida en la vía. El maquinista y dos hombres más la desalojaron en volandas. El profesor preguntó a Vera con la mirada.

–Una suicida frustrada –dijo ella.

–Renuente, diría yo. ¿A quién se le ocurre elegir una recta? ¿Acaso no saben que los trenes llevan frenos?

Vera Veraz le concedió la razón con un parpadeo. Luego pensó: “Hay gente estúpida. Y la estupidez, como la gripe, es contagiosa». Y añadió en voz alta: «Parece que hemos elegido la ruta del suicidio». Leontief asintió.

–¿Incluiría esta línea en el catálogo de fenómenos raros?

–No, sin certeza estadística –dijo el profesor. A continuación se refirió al gran Arthur Koestler, concediéndole el título de “suicida ejemplar”, en contraposición con su compatriota Attila József, al que definió como «suicida a medias».

–¿Cómo dice? –inquirió Vera, intrigada.

El profesor puso cara de puntos suspensivos y recitó con voz queda: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”.

–¿Baudelaire?

–Attila József –dijo el profesor–. Sostenía que era inmortal.

–¿Inmortal y suicida a medias? ¿Cómo es eso, profesor?

–El bueno de Attila se quería suicidar, eligió el día, la hora, el lugar y el procedimiento y se tendió en la vía para que un tren que pasaba todos los días a la misma hora por una curva cercana al lago Balatton, en Hungría, le seccionara el pescuezo. Solo que ese día el tren no pasó. Se levantó y fue a ver lo que ocurría. ¿Y qué dirás que vio?

–Ni idea.

–Vio el tren parado y los trozos de un cuerpo destrozado.

–¡Joder!

–Otro suicida se le adelantó. Y desde entonces decía que era inmortal.

–Osease que de medio suicida nada –razonó Vera.

–No te precipites, amiga –la corrigió el profesor–; lo cierto es que su siguiente trato ferroviario no fue para que el tren le cortara el pescuezo, sino solo un brazo.

–¿Y qué pasó?

–Pasó el tren y le cortó el brazo y el resto del cuerpo.

–¡Qué mala pata! –exclamó Vera.

–Estas cosas ocurren cuando se coloca mal el brazo –dijo el profesor Leontief, y siguió recitando en húgaro.

13

A propósito de suicidas por cuenta ajena evocó Leontief el caso de Ambrose Bierce, alias Biter, el amargo. Odiaba a los magnates del ferrocarril, un gran invento para exterminar a los bisontes a tiros desde las ventanillas, y jamás se habría humillado poniendo fin a sus días aplastado por un tren, lo que, por otra parte, resultaría pornográfico. Por eso prefirió cabalgar en su yegua blanca hasta la frontera con México y cruzar el puente con la confianza de que una certera bala de los furiosos revolucionarios mexicanos acabara con sus vida.

–¿Lo consiguió?

–Ni le dispararon.

–¿No estaban en guerra con los gringos?

–Cierto, pero le dejaron cruzar el puente y el jefe de los revolucionarios le preguntó si sabía disparar. Él abrió el zurrón. Llevaba una camisa de lana por si hacía frío, un libro que nunca había podido leer y un revolver. Lo empuñó. El jefe revolucionario lanzó una moneda al aire y el gringo le acertó con la bala, así que en vez de liquidarle, le incorporaron al grupo. Después de un tiempo de aventuras, amores y correrías se le perdió la pista y hoy en día todavía desconocemos cómo murió y donde fue enterrado. Sabemos que El gringo viejo inspiró una aceptable novela a Carlos Fuentes y que después se hizo una película…

–¿Se sabe qué libro era aquel?

–Pues claro: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

14

A propósito de rarezas, recordó Vera Veraz unas notas de Gerald Brenan, aquel soldado británico con paga vitalicia por sus servicios militares en la primera Guerra Mundial que decidió recorrer la Iberia y se sintió tan a gusto Al sur de Granada que anidó en La Alpujarra. Digo “anidó” porque cuando las buenas gentes de aquella tierra le oyeron hablar pensaron que utilizaba el lenguaje de los pájaros.

–¿Diría usted que Brenan era raro? –preguntó la hermosa Vera al profesor. Dudó éste unos veinte segundos antes de contestar:

–Lo era; fue uno de los pocos ingleses que no vino a España a fundar una taberna.

Se quedó Vera evaluando la exageración, no exenta de mala leche, y recordó un pasaje de los Pensamientos en una estación seca en el que el ilustre hispanista decía que «los españoles se aproximan a la tesitura de los griegos y los romanos antiguos bastante más que cualquier otro pueblo moderno porque ellos han preservado ese equilibrio sutil entre los sentidos y el intelecto que los romanos denominaban humanitas”.

–¿Diría usted, Leontief, que los españoles son los más humanos de los europeos?

–En cuanto se europeizaron dejaron de serlo.

–¿A qué debemos atribuirlo?

–A lo que decía Brenan sin ir más lejos: «Los españoles ya no son nativos de un país pobre y poco desarrollado, sino de uno próspero y muy atareado; con la desaparición de los usos y costumbres que eran inherentes a una vida despaciosa, han perdido mucho de su antigua idiosincrasia, de manera que su modo de vida está más próximo a la de otros pueblos europeos, así como sus ciudades, ahora cercadas por horrendos bloques de viviendas al estilo moderno, han perdido mucho de su encanto».

El tren se acercaba a una ciudad. Desde lejos se apreciaba el avance de la fiera de la construcción. Vera se fijó en un gran cartel publicitario de piscinas sin peces bajo el letrero de “Arquitectura líquida”.

–Creo que Brenan tenía razón –musitó Vera.

15

Poco después subió al tren un joven apuesto y tan elegante que cualquiera dijera que iba a una boda. Atraído por la belleza de Vera, dijo: “Con permiso” y se sentó a su lado. Leontief pegó la hebra y enseguida se interesó por la actividad del nuevo viajero.

–Soy inventor y deportista –dijo él.

–¿Y qué ha inventado, si se puede saber?

–El cuádruple salto mortal desde barra fija –contestó el joven.

Vera no pudo ocultar un gesto de admiración al unísono con el profesor. Ciertamente el atleta parecía incómodo en su traje. Leontief mostró su curiosidad por la meritoria actividad del joven – la Península Ibérica y sus islas Baleares y Canarias ya descollaban como tierra de grandes deportistas– y el viajero la satisfizo de buena gana, sin dejar de mirar por eso a la deslumbrante Vera y, con gran frecuencia, a su reloj de pulsera.

–¿Lleva usted prisa?

–Si, llego tarde a la boda.

–¿Es usted el novio?

–No –dijo el joven.

–Entonces, tranquilo –repuso el profesor.

Vera desestimó la rareza de un deportista que no se halla cómodo en su traje ni cuando va de boda, por estimar que podía ser un fenómeno tan vulgar como frecuente, lo que no quita que retuviera el “cuádruple salto mortal”, pues hasta entonces sólo había oído hablar del triple salto de los mortales: largo, ancho y alto.

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